SPRINGFIELD, Missouri.— El senador Barack Obama, con celular en mano, se reclinaba en un sillón negro de piel ubicado en la cabina delantera de su avión de campaña.A unos kilómetros de ahí, miles de personas estaban reunidas en el estadio JFK para el mitin del sábado pasado. Sin embargo, en el Boeing 757, Obama hablaba con miles de sus líderes en todo el país, los voluntarios que conforman al ejército que, espera, le otorgue una ventaja en las últimas horas de la carrera presidencial.
Su seriedad parece contraponerse con el brillo de optimismo que reflejan los ojos de sus asesores. Pero, aunque Obama sonríe menos que antes, evaluar su estado de ánimo con sólo observarlo es arriesgado: su temperamento, por naturaleza calmado, no ha explotado ni en los momentos más difíciles de este largo viaje.
Obama ha enfrentado una campaña mucho más competitiva que cualquier nominado reciente y todavía le falta la batalla más importante. Fue justamente el largo camino recorrido desde la contienda demócrata por la nominación —que abarcó desde su éxito en Iowa hasta los tropiezos en Ohio— lo que según sus amigos otorgó a Obama un fuerte sentido de equilibrio en la recta final de la carrera por la Casa Blanca. “No importa lo difíciles que hayan sido las primarias ni qué tan agitadas pudieron ser; al final, fueron una bendición para él”, dijo Eric Whitaker, viejo amigo de Obama, originario de Chicago y que se ha mantenido cerca de él en los últimos tres días. “Mi papel ahora es mantener la calma. Están sucediendo muchas cosas en su mundo”.
En estos últimos días, Obama se dio a la tarea de terminar de leer Ghost wars: the secret history of the CIA, Afghanistan and Bin Laden (Las guerras fantasma: la historia secreta de la CIA, Afganistán y Bin Laden) y de vez en vez le echa una ojeada a US Weekly; lee por lo menos dos periódicos al día y revisa atentamente su BlackBerry en busca de las últimas actualizaciones de las votaciones anticipadas.
Cualesquiera que sean las emociones o los nervios de Obama, no los deja ver, ni en público ni en privado. El aire de confianza que transmite y que algunos críticos han calificado de arrogancia se forjó durante las primarias, cuando se esforzó por no parecer débil o carente de preparación.
Ahora, según sus amigos, Obama da la apariencia de haber estado sometido a pruebas tan duras que ya está listo para asumir el cargo por el que ha estado luchando durante 22 meses. Con todo, incluso para los más cercanos a Obama resulta difícil descifrar con precisión cómo han sido estos últimos días, incluso para el imperturbable, y con frecuencia, inescrutable, senador de Illinois.
Su mundo está lleno de emociones poderosas y contradictorias: el darse cuenta de que podría convertirse en presidente; el enorme optimismo que ha despertado y que es evidente en las multitudes que ha atraído (hecho que según sus asesores le preocupa un poco debido a las expectativas que se tienen de él); las reflexiones en torno a cómo conformaría su gabinete y afrontaría una transición en tiempos tan difíciles. “¿Y si decepciono a la gente?”, preguntó varias veces a Valerie Jarrett, amiga cercana y asesora. “Es lo que le da la energía para seguir adelante todos los días”, indicó Jarrett.
Al final de la campaña, se ha dado el lujo de concentrarse en estados que hace cuatro años votaron por los republicanos.
Pero cuando sus seguidores demócratas sueltan abucheos ante la sola mención del senador John McCain, Obama los reprende cordialmente: “No es necesario que abucheen, sólo necesitan votar”.
Si existe algún tipo de nostalgia en la campaña demócrata, no viene de Obama. Él está ansioso de que termine esta etapa y, a decir de sus amigos, lleva meses inmerso en el trabajo de la Presidencia, mucho antes de saber si alguna vez será suya.
(Traducción: Gabriela Cornejo)