Escribo este artículo en la amanecida del domingo, es decir, días antes de las elecciones. Aparecerá el martes, día de la votación presidencial. Cuando publiqué mi libro Los liberadores de la conciencia (biografías de Lincoln, Gandhi, Martin Luther King y Nelson Mandela) coloqué en el primer capítulo a Lincoln. Nació en Kentucky en 1809. Fue contemporáneo de Benito Juárez (1806) y, como el zapoteca, nació en la pobreza.
Trabajó en lo que pudo y por la escuela apenas. Aprendió a leer y a escribir en una parroquia católica —recuerda, memoria del hombre de bien, a ese maestro, Caleb Hazle— y se batió en las fronteras del Oeste contra los indios. En Illinois sería elegido, en 1846, para la Cámara de Representantes y, lleno de libros y su cabeza llena de leyes, lo admitieron en la abogacía. Su debate histórico con Douglas lo convertiría en una personalidad nacional en la lucha contra la esclavitud. Al ser elegido para la Cámara de Representantes dijo: “No soy miembro de ninguna confesión cristiana”. En 1860, al ser elegido presidente, interrogado si pertenecía a una religión, contestó: None, “ninguna”. Uno de sus libros clave, no obstante, fue la Biblia, y el 1 de enero de 1863 firmó la ley que terminaba con la esclavitud. El 14 de abril de 1865 fue asesinado en el Ford Theater de Wa-shington cuando asistía, con su esposa, a la representación de una comedia: Our american cousin. Su hijo, que acababa de llegar de los frentes de la Guerra de Secesión, prefirió, aquel día, estar con su novia.
La noche anterior, en reunión con sus colaboradores, Lincoln contó un sueño: “Me desperté sobresaltado al escuchar sollozos. Me levanté y recorrí los salones y siempre el llanto. Finalmente llegué a una sala donde la gente lloraba en torno de un féretro. Pregunté. Me confesaron que velaban al presidente”. Su esposa, Mary Todd, le dijo: “Es horrible”. Lincoln añadió: “Mujer, es sólo un sueño”. Su asesino, el actor John Wilkes Booth, era un racista que no admitía el fin de la esclavitud.
Barack Obama, de 47 años —los acaba de cumplir en agosto— no desciende de los esclavos negros libertados por Lincoln, sino de un negro africano de Kenya: Barack Hussein Obama. Los pastores anglicanos lo enviaron a estudiar a Nairobi y después a Hawaii. Allí, bajo el sol, encontró a una blanca pura, Ann Dunham. Se casaron. Le dio un hijo: Barack Obama. El hombre desapareció y ella se casó con un indonesio y vivió con él en Yakarta. Una vida insólita, lenguas y religiones cruzadas. Traspasado por la complejidad de la existencia, regresado a Estados Unidos, Barack Obama viviría la batalla de Martin Luther King por los derechos civiles de los negros. Luther King fue asesinado como sus dos leales defensores: John F. Kennedy y Robert Kennedy. Después, en la Universidad de Columbia, Obama se graduó, Magna Cum Laude, en Ciencias Políticas, y en 1991 en Harvard terminó la carrera de Derecho. En Chicago vivió las batallas de la negritud y se casó, el mestizo, con una negra de brillante educación universitaria. Inserta, también, en la esperanza de un país nuevo en el que los dos periodos de Bush han transportado la política a la prehistoria. Barack Obama es votado como esperanza universal por una gran mayoría del mundo.
El día que el senador de Illinois (la tierra que hizo de Lincoln el presidente número 16 de EU) presentó su candidatura a la Presidencia este articulista votó por él como un deber de mi memoria lincolniana. Su apuesta por el cambio, en un país cruzado por gigantescos intereses y una crisis económica universal, revela en qué medida Obama, como Lincoln en su día, representa una opción civilizada y creadora. El futuro es inmensamente complejo y Estados Unidos es un poder real que tiene que asumir una nueva edad. La difícil biografía de Obama representa ese viento, esa esperanza, ese dilema. Nos pertenece. Hoy, día de votar.