C uando el aspirante presidencial demócrata Barack Obama ofrece a sus paisanos “un cambio que podemos creer”, cumple con un ritual honrado por una gran parte de los políticos estadounidenses; proponer un cambio en la forma de hacer las cosas.
Y de hecho, como afirma su rival, el senador republicano John McCain, “el cambio viene”.
Obama, por sí solo, representa un cambio. El hecho de que sea de origen afroestadounidense y comparativamentejoven hace recordar la leyenda de John Kennedy y lo hace un símbolo de cambio. Pero, de creer a analistas y a sus críticos, en cuanto a cambios concretos parece tener mucho por precisar y detallar. Sobre todo en la actual circunstancia estadounidense.
Para McCain es más difícil. Después de 20 años en el Congreso, su idea de cambio puede ser menos amplia o creíble, si bien sus campañas como reformador y guardián contra el dispendio son parte de su biografía.
“A la vieja multitud de derrochadores, hacedores de nada y que ponen sus intereses antes que los del país: el cambio viene”, dijo McCain. Pero igual se le ve como continuación de “lo mismo”: el gobierno de George W. Bush.
Al margen de que su propuesta parezca mas creíble, o preferible, la realidad es que la promesa de cambio es una de las constantes en la política estadounidense de las últimas décadas y, de hecho, la idea de “echar a los truhanes” (“Throw the bums out”) y cambiar la forma en que actúa Washington —entendida como la élite política y los intereses especiales— es casi “de cajón”.
Gil Troy, un historiador, afirma que la de traer “cambio” parece la más obvia promesa de campaña; después de todo, la mayoría de las campañas son gestas románticas que prometen salvación”. En particular, apuntó, así han sido las campañas demócratas después de los 60.
En 1976, Jimmy Carter se presentó como “un líder para el cambio” y ganó por su posición moralista luego del escándalo del Watergate, de espionaje interno para la reelección del presidente Richard Nixon, su dimisión y su perdón por el reemplazante, Gerald Ford.
En 1992, Bill Clinton anunciaba que “es tiempo de cambiar a Estados Unidos”. Pero los demócratas tampoco tienen la exclusividad del “cambio”.
De hecho, Ronald Reagan sugería el cambio con una pregunta: “¿Están ustedes mejor que hace cuatro años?”.
Ocho años después, en las elecciones de 1988, Reagan heredó a su vicepresidente George H. W. Bush el lema: “Nosotros somos el cambio”.
En el 2000, George W. Bush llegó a la Presidencia con las promesas de ser un “conservador compasivo” y “un reformador con resultados…”.
Antes que ellos, Abraham Lincoln exhortaba a sus compatriotas a “no cambiar de caballo en medio del río” en las elecciones de 1864, durante la Guerra Civil estadounidense.
Pero no importa qué sea, la palabra “cambio” parece tener un atractivo casi mágico para los estadounidenses, al menos aquellos que tienen interés en la política o se sienten desencantados con su gobierno.