DENVER, Colorado.— Si las convenciones partidistas son calificadas como “circos” y “olimpiadas de la demagogia”, quizá el deporte más practicado en ellas es el ejercicio de la primera enmienda: cada quien trae su jabalina en la mano y la arroja con alegría para decir lo que sea. La idea es hacer uso de la libertad de expresión, no importa lo que se diga.
Por ejemplo, en una esquina está un hombre con una gorra que dice “témele a Dios” y un cartel con frases que advierten sobre las amenazas del milenio: “porno freaks”, dice una de ellas. Otras alertan sobre la peligrosa existencia de los borrachos, los masturbadores, los musulmanes, los mexicanos, los mentirosos y los homosexuales en el mundo.
¿Quién eres para juzgarnos?, le pregunta un muchacho asiático con gesto retador, que ha mutado en súbito defensor de los musulmanes, los borrachos, los masturbadores, los mentirosos, los homosexuales y los mexicanos.
“Soy un predicador de la nueva vida”, responde el hombre de la gorra que pregona que se debe temer a Dios. “Eres un predicador del odio”, lo reprende un joven rubio. La discusión crece y el predicador sucumbe en medio de los gritos de una turba amenazante. Al final un hombre joven claramente gay se le acerca y lo abraza. Fin de la discusión.
¿Quiénes vienen a protestar a las convenciones? Hay tantos grupos con fines e ideas tan distintos que esto es el corazón del caos. Hay feministas, liberales, anarquistas, gays, persecutores de inmigrantes, antiabortistas, lesbianas, defensores de los derechos de los animales, pacifistas y uno muy peculiar, ubicado a unos pasos del Pepsi Center, donde la convención transcurre en un escenario espectacular acribillado por luces de neón y grupos que después de cada discurso pronunciado en el horario estelar cantan éxitos de Lenny Kravitz y Santana. Cualquiera pensaría que Obama no será ungido candidato, sino declarado ganador de un Óscar.
Mientras eso ocurría dentro del centro de convenciones, los manifestantes se fastidiaban de estar recluidos en una zona que tiene el tamaño de tres campos de futbol, preparada para que desfilaran alzando sus pancartas sin molestar a los delegados demócratas. Poco a poco los manifestantes burlaron la vigilancia de los policías que los observaban y se escaparon para dispersarse por las calles de Denver. Por eso en casi cada esquina del centro había un grupo diferente, con una idea diferente y una causa diferente.
“No venimos a hablar con muros. Por eso nos fugamos de ese espacio que es una prisión de la libertad”, dijo Katie Siemen, una rubia que parecía un caramelo de un metro y 80 centímetros de altura, vestida toda de rosa, desde los pies hasta la cabeza, que llevaba cubierta por una corona de papel del mismo color. Iba montada en una bicicleta también rosa y representaba a un movimiento de pacifistas que no podía llevar otro nombre: “Código Rosa”.
Cerca del domo donde transcurría el espectáculo de la convención estaba el grupo más singular de manifestantes. Era uno formado por dos hombres, uno rubio y el otro un mulato con una barba de chivo.
El grupo advertía sobre la existencia de un movimiento que unificará a los países de América. “Hemos descubierto un plan de Obama para hacer de América algo similar a la Unión Europea”, decía el mulato, que llevaba unas gafas estilo John Lennon. “Hasta lanzará una nueva moneda en el Continente: the ameri-us”, contó bajando la voz, como quien revela un secreto.