NUEVA YORK.— Han pasado más de ocho años desde que The Daily Show With Jon Stewart se implicó en la política presidencial, con el premonitorio Indecision 2000, y la diferencia entre la cobertura del programa entonces y ahora revela la impactante evolución del programa.
En 1999, Steve Carell, corresponsal del Daily Show, se abría paso a duras penas en el atestado autobús de prensa de John McCain, directo hacia el Straight Talk Express (Expreso del Discurso Franco), mientras que en la Convención Republicana de 2000, Stewart prometía una cobertura exclusiva de “todos los eventos del día, o al menos aquellos en los que nos permitan entrar”.
En el promocional de este año sobre la cobertura del programa a las convenciones, los reporteros novatos se han transformado en el arrogante Equipo A: “el mejor equipo de campaña en la historia del universo”, trabajando para el Daily Show a marchas forzadas: “117 historias, 73 salones de situaciones, 26 tickers noticiosos”, todo con la promesa de llevar al público “todas las noticias antes que nadie; antes incluso de que sean verdad”.
Aunque el promocional es una burla a la manía mediática de la autopromoción, también habla de una gran verdad: el surgimiento de The Daily Show como una fuerza política y cultural genuina. En una encuesta realizada en 2007 por el Pew Research Center, los estadounidenses dijeron que Stewart, el falso conductor de noticiario, era el cuarto periodista al que más admiraban, junto con verdaderos conductores como Brian Williams y Tom Brokaw, de NBC; Dan Rather de CBS y Anderson Cooper, de CNN. Un estudio, este año, del Proyecto para la Excelencia en Periodismo, también del Pew, concluyó que The Daily Show está “haciendo que la gente piense críticamente sobre lo que sucede en la plaza pública”.
En momentos en que Fox, MSNBC y CNN suelen mezclar las noticias con el entretenimiento, con coberturas maratónicas de predadores sexuales y celebridades muertas, ha sido The Daily Show el que ha abordado asuntos tan delicados como la forma en que se seleccionó la información de inteligencia antes de la guerra en Irak, la politización del Departamento de Justicia y los esfuerzos de la Casa Blanca para incrementar su poder.
Stewart y sus guionistas han abordado los grandes temas del día hablando con una franqueza brutal, a veces con lenguaje profano, usando la sátira y las bromas para garantizar que sus análisis políticos no se vuelvan jamás solemnes o pretensiosos.