VLADIKAVKAZ, Rusia.— De tanto en tanto, Larisa Gagloeva recibía un mensaje en su teléfono celular: Por favor, dime, ¿estás viendo la televisión? ¿Saben que estamos muriendo en los sótanos?Con las líneas telefónicas saturadas, los mensajes de texto eran lo único que la conectaba con sus familiares, escondidos en sótanos de Tskhinvali, la asediada capital de Osetia del Sur, donde se estaban quedando ya sin agua y comida. Así que Gagloeva les respondió con mensajes de aliento: ¡Ya llegaron los tanques! Incluso, en una de sus respuestas, se atrevió a decir: ¡Están hablando de esto en Nueva York! “Ellos me contestaban tan entusiasmados”, dijo Gagloeva. “Era conmovedor”.
Desde el jueves, decenas de osetas han muerto y cientos más resultado heridos en los feroces enfrentamientos entre las fuerzas rusas y georgianas. El sábado, las familias en Tskhinvali empezaron a salir, sin saber bien a dónde ir. Las estaciones rusas de registro y ayuda estaban dispersas en la carretera que conecta Tskhinvali con Vladikavkaz, del lado ruso de la frontera. Minibuses de la era soviética iban cargados con refugiados osetas.
Según las autoridades rusas, unos 34 mil refugiados cruzaron la frontera hacia territorio ruso, en los últimos días, una cifra impactante, tomando en cuenta que la población de Osetia del Sur, que incluye a georgianos étnicos, es de aproximadamente 72 mil.
La gente que vive en Tskhinvali sabe lo que es estar atrapado en medio de la violencia étnica. Magdalena Frichova, del programa para el Cáucaso del Grupo Internacional de Crisis, explicó que las divisiones son tan profundas que los georgianos étnicos y los osetas tienen redes distintas de energía eléctrica y gas.
Eduard Kabulov, de 22 años, hijo de Gagloeva, dijo que, pese a haber heredado los rencores del pasado, alguna vez se sintió optimista de que se podría negociar la paz con Georgia. Pero los últimos acontecimientos, añadió, “han matado mis esperanzas”.
Gagloeva, quien habló vía telefónica desde Vladikavkaz, cree que unos 80 de sus familiares siguen escondidos en los sótanos, en Osetia del Sur, sin agua, ni comida y con el aire viciado. “Naturalmente es posible morir allí”, advirtió. “Y están muriendo”.