BUENOS AIRES.— En febrero de 2002 estaba en el fragor de su campaña por la Presidencia de Colombia. En ese contexto viajó a San Vicente del Caguán. Poco antes de llegar, las FARC —que acababan de romper el diálogo con el gobierno del entonces presidente Andrés Pastrana—, la secuestraron. Íngrid Betancourt estuvo cautiva más de seis años y, ahora, como si el tiempo no hubiera pasado, como si hubiera registrado cada movimiento político de todos estos años, regresó a su libertad siendo más candidata a la Presidencia de lo que se había ido.
Al menos eso comienzan a decir tanto las encuestas como los analistas, algunos ex colaboradores y políticos que la conocen bien y otros ex funcionarios del gobierno de Samper (1994-1998) que la sufrieron como una diputada denunciante. “Cada gesto es estudiado. Como si hubiera hecho un máster en comunicación política en la universidad de la selva”, dijo un ex ministro de la administración Samper que no quiere dar su nombre para no bajar en las encuestas. Y es que desde el miércoles, el encantamiento de los colombianos con Íngrid es absoluto.
Desde el atuendo castrense que lució en su primera aparición pública al llegar a Bogotá, el saludo militar a los militares y la forma de relacionarse con el presidente Álvaro Uribe, hasta los gestos en las conferencias de prensa y las palabras medidas y claras, demuestran que de aquella Íngrid de extraordinario futuro político nada se quedó en las caletas de las FARC.
“Es una mujer fantástica. De una inteligencia llamativa. Fíjese que no dejó librado nada al azar”, explicó Eduardo Chávez, un ex guerrillero del M-19, quien fue su colaborador en el Partido Verde Oxígeno.
Cuando cayó en las redes de la guerrilla, muchos que la conocían bien apostaban a que volvería convertida en la candidata de las FARC para alcanzar un acuerdo de paz. Mucha agua corrió bajo el puente y acontecieron un sinnúmero de errores de la insurgencia y casi dos gobiernos de Uribe, para que ella salga de allí “demasiado uribista”, explica Luis Eladio Pérez, el ex congresista que compartió con ella buena parte de su cautiverio.
Y es que combatió a Uribe, tanto como a Pastrana, a quien culpa aún de su secuestro (porque se negó a llevarla en helicóptero desde Villavicencio al Caguán), como a Samper, de quien se había convertido en una especie de fiscal, el verdadero dolor de cabeza del mandatario que tuvo que sufrir el Proceso 8000 (iniciado en su contra por acusaciones de que fue financiado por el narco).
“Ella tranquilamente puede ser candidata. De hecho, cambia el mapa político del país y es la única capaz de ganarle a Uribe”, sostiene el analista Pedro Medellín.
Mientras su imagen se dispara en las encuestas, Íngrid dice que no sabe si volverá a la política, que debe consultarlo con la familia, que quiere estar con ellos un tiempo. Los sicólogos la observan para ver cómo asimila todo lo ocurrido una vez que pase este momento lógico de euforia. Pero aclara Íngrid que trabajará por la libertad de todos los secuestrados. Esa es, sin duda, la mejor campaña y el mejor pasaporte, como pudo comprobarlo en carne propia, para llegar a la Casa de Nariño.