WASHINGTON.— Para cuando el equipo de campaña localizó al alcalde de Indiana, el ex presidente Bill Clinton tenía ya los nervios de punta. La senadora Hillary Rodham Clinton había perdido esa noche las primarias de Carolina del Norte y estaba ansiosa por compensar su derrota con un triunfo en Indiana. Sin embargo, un retraso en el conteo de los votos en un condado amenazaba con frustrarle un discurso de victoria en horario estelar.“Tengo un ex presidente enojado aquí y una candidata que desea saber si ganó o no”, dijo un representante de la campaña de Hillary al alcalde, Thomas McDermott Jr.
Sin embargo, McDermott no tenía ningún control sobre el conteo y, en todo caso, la derrota en Carolina del Norte opacaba cualquier victoria eventual en un estado pequeño como Indiana. Así, la noche del 6 de mayo, en vez de un “regreso” triunfal a la contienda tras varias derrotas, Clinton se enfrentó a la dura realidad de una suma de delegados que no le favorecía.
La suya fue una campaña del destino. Si bien Clinton resultó ser una candidata más dinámica de lo que muchos esperaban, lo cierto es que su campaña estuvo repleta de un exceso de confianza, de agresividad y permeada por el bagaje emocional de un matrimonio entre un ex y una aspirante a presidente. Las peleas entre sus asesores, que Hillary se esforzó poco en detener, la distrajeron de su contienda con Obama.
Los Clinton trataron de adaptar su exitosa fórmula de antaño a una nueva era y contra un nuevo tipo de oponente, pero se encontraron con que alguien más se había apropiado de su mensaje de cambio y esperanza y les resultó difícil romper con la vieja imagen que los medios tenían de ellos. Antes de mostrarse como la heroína de la clase trabajadora, Clinton intentó presentarse como la amiga que sostiene conversaciones con los estadounidenses; luego, como la voz de la experiencia y una guerrera tenaz.
Mientras que Obama resultó ser un maestro en la recaudación de fondos por internet, a Clinton le tomó un año hacer lo mismo. Y, en sus intentos por dominar una nueva era política, los Clinton exigieron lealtad a aquellos que alguna vez los rodearon y se sintieron traicionados por quienes, asumían, debían permanecer con ellos.
“Lo que los lastimó fue esa sensación de posesión, de que la Presidencia era suya y de que todos los acólitos cerrarían filas con ellos”, dijo el gobernador Bill Richardson, de Nuevo México, un ex funcionario del gabinete Clinton que decidió respaldar a Obama y fue tachado de Judas por James Carville, arquitecto del ascenso de Bill Clinton al poder. “Su mentalidad guerrerista, de atacar cuando algo no sale como ellos lo esperan, me recordó los viejos tiempos”, añadió Richardson.
En esos viejos tiempos, ese tipo de mentalidad resultó eficaz. Si algo aprendieron los Clinton en el pasado fue a nunca darse por vencidos. Pero esta vez, no fue suficiente y los esfuerzos de Hillary por rescatar su campaña tras una cascada de derrotas, en febrero, se quedaron cortos.
“Bill y yo somos determinados y no es fácil disuadirnos o desalentarnos”, dijo Hillary en una entrevista cuando su campaña empezaba a irse a pique. Sobre los amigos que la habían abandonado, dijo, con un tono de resignación: “Eso sucede en la política”.
En los últimos tres meses, corrigió varios de sus errores. Derrotó a Obama en el voto popular en nueve de las últimas 16 contiendas y se reinventó como defensora de las causas populistas. Consiguió un gran apoyo, particularmente entre las mujeres, y se ha convertido en una fuerza formidable en la política estadounidense.
“Se volvió casi una Hubert Humphrey femenina, una guerrera feliz, y la gente respondió a eso”, dijo el gobernador Edward G. Rendell, de Pennsylvania, aliado clave de Clinton.
Después de todo, su campaña estaba al borde del colapso. “Muchos martes de elecciones, era como tener un arma en la cabeza. Si no ganábamos, estábamos muertos. Y seguimos ganando”, dijo Terry McAuliffe, presidente de campaña de Hillary.
Pero al final, de todos modos estaban muertos.