WASHINGTON.— Después del pasmo general que provocó su caída súbita ligada a un escándalo sexual, las piezas en la historia del gobernador Eliot Spitzer han comenzado a acomodarse. La sorpresa es general, pero muy pocos expresan pena por un político que hizo de la imprudencia y la temeridad una forma de vida, tanto en lo público como en lo privado.
Acostumbrado a vivir en el filo de un abismo marcado por tensiones y conflictos, Spitzer no ha renunciado a pesar de que no ha encontrado ecos de solidaridad ni en los ciudadanos ni en el Partido Demócrata. Peor aún, el Partido Republicano advirtió que si no se va por la buena, se irá de otra manera. “Tiene 48 horas para renunciar antes de que se abra un juicio en su contra”, dijo un vocero de esa organización. Anoche, fuentes demócratas dijeron a CNN que los colaboradores de Spitezer están preparando un plan para que el gobernador renuncie, lo cual ocurriría tan pronto como hoy.
Spitzer analiza todas las opciones posibles en su futuro político, que de pronto se desmoronó en medio de un escándalo provocado por él, pero que tendrá resonancias en el Partido Demócrata, en el estado de Nueva York y en la vida política y social de los estadounidenses, tan proclives a envolverse en la tela dramática de los escándalos sexuales que de tanto en tanto sobresaltan a este país.
De golpe comenzaron a surgir las huellas en la vida de Spitzer: En un primer intento por ocupar un cargo público sustrajo “préstamos” por varios millones de dólares de las cuentas de su padre; luego se convirtió en fiscal general y en un acusador de hierro en la urbe de hierro, persiguiendo la corrupción en Wall Street en investigaciones que muchos denunciaron como arbitrarias y excesivas. Spitzer era un cazador que iba reuniendo enemigos como quien colecciona cabezas de animales en su sala.
Persiguió con saña a Richard A. Grasso, ex presidente de la Bolsa de Valores de Nueva York, y John C. Whitehead, ex presidente de Goldman Sachs, describió en las páginas de The Wall Street Journal que una vez recibió una llamada de Spitzer amenazándolo de manera violenta por hacer declaraciones públicas sobre un caso.
Como gobernador las cosas no fueron distintas. Spitzer recibió una amonestación de la Corte por utilizar a la policía estatal para espiar los itinerarios de viaje de una aeronave propiedad del estado utilizada por el senador republicano Joseph Bruno. En pocos meses su gobierno estaba envuelto en varios conflictos y escándalos, incluidas confrontaciones con miembros de su partido, mientras su carácter ganaba fama pública.
Con frecuencia era descrito como temperamental, soberbio e inclemente. De acuerdo con The New York Times, solía decir sobre sí mismo: “Soy una aplanadora”.
La revelación de los vínculos de Spitzer con una banda de prostitución, como cliente, no es resultado de un accidente o una casualidad trágica. Ni siquiera podría pensarse en una trampa hurdida por sus enemigos: no había hecho tratos con mujeres una, dos, tres, sino en muchas ocasiones más. Eso fue justo el principio del final del que unos años atrás había sido un “Eliot Ness” contemporáneo: las autoridades fiscales encontraron sospechosos los pagos por varios miles de dólares, en efectivo, hechos por un cliente asiduo del “Emperors Club VIP”. Esperaban hallar a un sospechoso de lavar dinero y a quien encontraron fue al gobernador de Nueva York.
El derrumbe de Spitzer y su emblemática figura de político recto e incorruptible deja una estela de incertidumbre y caos en varias partes: En el Partido Demócrata, que por primera vez en cuatro décadas estaba en camino de ganar el control del Senado; en la credibilidad y la confianza de la sociedad estadounidense en la política, cuando se avecina una elección general; en la contienda demócrata por la nominación (Spitzer apoyó la candidatura de Hillary Clinton) y en el estado de Nueva York, donde la conducción del gobierno está en el limbo. La aplanadora que Spitzer presumía ser pasó encima de su propia carrera política. Pero en EU se han escrito libros con los casos de políticos que han caído en desgracia o sobrevivido a circunstancias similares o peores. Sólo el tiempo esclarecerá el futuro del que hasta hace unos años era el paradigma de la integridad pública en un país que vive en una sucesión de escándalos.