Jim Rutenberg, Marylin W. Thompson, David D. Kirkpatrick y Stephen Labaton
El Universal
Jueves 21 de febrero de 2008
WASHINGTON.— Al inicio de la primera campaña por la Casa Blanca del senador John McCain, hace ocho años, la ansiedad sacudió a su pequeño círculo de consejeros.
Una cabildera había estado apareciendo con él en actos para recaudar fondos, en sus oficinas y a bordo del avión ejecutivo de un cliente. Convencidos de que la relación se había tornado romántica, algunos de sus más altos asesores intervinieron para proteger al candidato de sí mismo, instruyendo a miembros de su equipo para que impidieran el paso a la mujer, pidiéndole a ella en privado que se alejara y confrontándole a él, dijeron varias personas involucradas en esa campaña que pidieron el anonimato. Cuando medios noticiosos reportaron que John McCain había escrito cartas a reguladores gubernamentales a favor de un cliente de la cabildera, algunos asesores temieron por algún tiempo que la atención se pudiera volcar sobre la mujer, agregaron los ex miembros del equipo de campaña del senador.
McCain, de 71 años, y la cabildera Vicki Iseman, de 40, dijeron que nunca tuvieron un romance. Pero para los consejeros del senador la mera suposición de un vínculo con una cabildera cuyos clientes frecuentemente tenían negocios ante el comité del Senado que McCain dirigió, amenazó la historia de redención y rectitud que definía su identidad política.
Había pasado una década desde que un favor oficial para un amigo con problemas regulatorios casi terminaba con la carrera política de McCain, al entramparlo en el escándalo conocido como Keating Five (junto con otros cuatro senadores fue acusado en 1986 de intentar ayudar a una empresa de la corporación Keating, investigada por estafa). En los años siguientes, McCain se reinventó como el azote de los intereses especiales, un cruzado de estrictas normas éticas y de finaciamiento de campaña, un hombre de honor escarmentado por la vergüenza.
Las preocupaciones acerca de la relación de McCain con Iseman subrayaron una paradoja que perdura en su carrera tras el escándalo Keating. Aunque ha prometido regirse por las normas éticas más elevadas, su confianza en su propia integridad ha parecido a veces cegarlo a potencialmente embarazosos conflictos de intereses.
McCain prometió por ejemplo nunca volar directamente de Washington a Phoenix, su lugar de residencia, para evitar la impresión de ser interesado, debido a que él auspició una ley que abrió esa ruta hace una década. Pero como otros legisladores, el senador frecuentemente voló en aviones de ejecutivos que buscaban su apoyo, incluyendo poderosos empresarios de medios como Rupert Murdoch, Michael R. Bloomberg y Lowell W. Paxson, un cliente de Iseman. (El año pasado, el senador votó a favor de eliminar esa práctica).