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El impacto del comandante en América Latina

Hugo Chávez afirma que dirigentes como el cubano nunca renuncian. Su mito continuará, asegura Luiz Inacio Lula da Silva. Evo Morales lamenta pérdida de un líder histórico
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José Vales
El Universal
Miércoles 20 de febrero de 2008

BUENOS AIRES.— Del histórico anuncio con el que ayer Fidel Castro abandonó el poder formal, sólo una certeza recorrió a América Latina: una de las figuras claves de su historia contemporánea acaba de anotarse un logro más en su dilatada y agitada carrera política. Manejar el tiempo de ese liderazgo hasta marcar el final como gobernante. Ese final que tanto aliados como detractores esperaban que llegase recién con su deceso. En esto Fidel decidió contrariar a sus amigos para no darle el gusto a sus enemigos.

El venezolano Hugo Chávez destacó lo que denominó “gesto de desprendimiento personal”, una muestra de que “la revolución cubana no depende de una persona, de una coyuntura ni de una circunstancia”. “Fidel no ha renunciado”; los hombres como él no renuncian, insistió. El boliviano Evo Morales lamentó perder “a un líder histórico”, aunque, añadió, “lamentablemente los tiempos se terminan”.

Más emotivo resultó el brasileño, Luiz Inacio Lula da Silva, quien aseguró: “El gran mito continúa. Fidel es el único mito vivo en la historia de la humanidad. Él construyó eso a fuerza de mucho carácter, pero también de mucha polémica”. En Fidel, uno de los dos dirigentes indispensables de la historia del siglo XX aún con vida (el otro es Nelson Mandela), la controversia es inevitable, aun a la hora del balance sobre su legado para una región a la que con su acción política irradió a lo largo de décadas.

La Revolución Cubana marcó un quiebre histórico en América Latina. Su imagen y el apoyo de su gobierno fueron las materias primas con las que se reprodujeron los movimientos revolucionarios desde el Río Bravo hasta la Patagonia, en los años 60 y 70, y aun en los 80, cuando las dictaduras militares no reparaban en tortuosos horrores para combatir al comunismo y a todo lo que tuviese que ver con el castrismo o con Cuba.

Castro es una figura idolatrada por la izquierda antiimperialista, odiada por la derecha y cuestionada por aquellos partidos y dirigentes filosóficamente liberales que le reconocían un intelecto y una talla política digna de respeto.

Ese rasgo le permitió muchas veces un acercamiento con presidentes que estaban bien lejos del marxis-mo como el brasileño Joao Goulart (1961-1964) o el argentino Arturo Frondizi (1958-1962) y más acá en el tiempo, en los años 90, con Antonio Carlos Magalhaes, el líder de la derecha brasileña o con el ex presidente colombiano César Gaviria (1990-1994). Con la Unión Soviética hecha añicos, en los 90 Castro se reconvirtió para el progresismo continental en la voz que le ponía argumentos a la “impagable deuda externa” y fustigaba al neoliberalismo. Hoy, son Chávez y Evo Morales sus principales aliados. Para otros se convirtió, de “la punta de lanza del comunismo en la región” en “un dictador”. Pero, en lo que respecta al poder real, “la leyenda de Fidel”, como dijo Lula, “continúa...”.



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