BUENOS AIRES.— Imposible evadirse de la emoción ante las imágenes del esperado momento en que Clara Rojas y Consuelo González fueron liberadas y se encontraron con sus familiares. En términos políticos, si bien del ridículo (de Villavicencio hace nueve días) no se vuelve, el presidente Hugo Chávez terminó resarcido por las FARC y lo que es mejor, parece que aprendió la lección. La discreción, el silencio y el bajo perfil es un imponderable en la acción diplomática y en una mediación humanitaria.
Ayer, Chávez se corrió a un prudente segundo plano. De haberlo hecho desde el inicio, el fiasco de Villavicencio se hubiera evitado. Finalmente, Rojas y González recobraron la libertad y rehabilitan la esperanza para que las liberaciones de rehenes puedan continuar.
Por ahora, lo que continuará es el presidente venezolano intercediendo oficial o extraoficialmente ante las FARC. Así lo admitió el propio mandatario y así lo respaldaron las liberadas (y la guerrilla en un comunicado), en su primer contacto con el presidente —vía teléfono satelital desde El Guaviare—, previsiblemente transmitido por la televisión oficial venezolana.
Los familiares siempre fueron conscientes, aún antes de convertirse en el facilitador oficial, de que Chávez y la senadora Piedad Córdoba —quien debió soportar todo tipo de agresiones verbales en su país— son su última esperanza para reencontrarse con todos los secuestrados.
Después de tantos dimes y diretes y de terminar por brindar las garantías sin reparos para la operación, la primera lectura de la administración Uribe, en boca del ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, es que la liberación de ayer “es la prueba de que no hace falta una zona de despeje” como reclama la guerrilla.
A lo largo de este sinuoso proceso, el gobierno colombiano hizo todo lo posible para no quedar rezagado políticamente ante el protagonismo que venía cobrando Chávez. Eso, la forma en que apareció el pequeño Emmanuel y las torpezas del mandatario venezolano, siempre con la tendencia al show business político, terminaron por dejar a Uribe mejor parado de lo que las FARC, los rehenes (quienes ni le agradecieron ni se refirieron a él) y sus familiares hubiesen deseado.
Pero con los tres ya en libertad, y con las pruebas de vida de otros rehenes que envió la guerrilla, este aparece como un buen momento para que Caracas y Bogotá normalicen sus relaciones diplomáticas.
Ya anoche, mientras Uribe le reconocía a Chávez su “tarea eficaz”, se activaban los contactos en ese sentido, según las fuentes consultadas por EL UNIVERSAL.
Tal vez lo logren más temprano que tarde y hasta se toleren acordar los límites para una eventual renovada gestión venezolana que siga permitiendo, cuanto menos, más y nuevas liberaciones.
No sería la primera vez que Uribe y Chávez, en las antípodas ideológicas, pero con una singular empatía a la hora de relacionarse con el poder, sorprendan a propios y a extraños. De esa manera, el mundo volvería a agradecerlo y a emocionarse como ayer al ver a los Rojas y a los Perdomo-González celebrando la libertad.