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Una jornada muy especial

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JOSÉ VALES • ENVIADO
El Universal
Domingo 02 de diciembre de 2007

CARACAS.— Otra vez Venezuela está en un momento clave de su vida política. Otra vez la tensión, las grandes manifestaciones callejeras y la polarización como única alternativa y un presidente, Hugo Chávez, que no se conforma con el poder total que ya ostenta. Busca más.

Sesenta y nueve artículos de los 555 de una Constitución que más de una vez llegó a calificar de “sagrada”, son puestos a consideración de los venezolanos que hoy acudirán a las urnas para aprobar o desaprobar la reforma, aunque el gobierno se encargó de que todo pasara por un plebiscito a una administración ratificada por buen margen hace sólo un año.

Así es Chávez, un adicto electoral, que no es lo mismo que un afecto a la democracia. Al menos tal y como se desarrollan los procesos electorales aquí y en vista de la consideración que el Poder Ejecutivo tiene hacia las instituciones.

Salvo en los meses previos al frustrado golpe de Estado de abril de 2002, Chávez siempre marcó el paso afiebrado de su interpretación personalísima del ideario bolivariano, primero, y del socialismo después. La decena de procesos electorales que tuvieron lugar desde 1998 mueve a la duda, incluso hasta a aquellos que, no sólo en Venezuela sino en Latinoamérica, lo observan con simpatía. “¿Por qué tanto apuro si lo que se busca es la transformación social?

Pero desde que en 1982 fundara el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200) como una secta del Ejército de la que participaba su hoy opositor Raúl Baduel, su proyecto ya olía a un autoritarismo ramplón, según se desprende de los documentos de la época.

De esa manera, las elecciones son para Chávez la herramienta para mantener movilizadas a sus huestes en función de ese proyecto. Incluso si las circunstancias obligan a disturbios y enfrentamientos callejeros, como muchos temen que pueden repetirse en estas horas, allí están las brigadas del barrio 23 de enero y los Tupamaros motorizados para defender “la revolución”.

Una relación militar

Desde la diana que suena al alba cada día de elecciones, hasta el nombre de las brigadas electorales, el Comando Ezequiel Zamora, la relación de Chávez con sus electores se parece bastante a la que tiene un suboficial con la tropa de soldados en pleno servicio militar.

Es en la instrucción de los soldados nuevos donde el militar a cargo plantea una hipótesis de conflicto, un enemigo imaginario al que se preparan para vencer. Y Chávez los imagina y los convierte en propios, con una suerte de antidiplomacia, pero siempre buscando un efecto hacia el interior de la tropa electoral. Cuando no es el rey Juan Carlos el que reemplaza a “Mr Danger”, como suele decir al presidente de EU, George W. Bush, son los senadores brasileños.

El “peón del imperio” ahora ya no es ni Vicente Fox ni Alan García, sino Álvaro Uribe Vélez —a la postre el mejor aliado de la Casa Blanca en la región— o ese clásico entre los enemigos que Chávez suele buscar periódicamente entre los agentes de turno del imperialismo: la CNN.

Enfrascado en esas batallas y apoyado en su estructura de comunicación y en la maquinaria estatal, Chávez buscó en los últimos días revertir unas encuestas que lo mostraban por primera vez en desventaja.

Y además de un referéndum —cuyo resultado sea cual fuere se presume ajustado en los sondeos— hay, paralelamente, una gestión. Un gobierno y una realidad económica bastante caótica y sólo disimulada por los altos precios del crudo. Basta recorrer los supermercados con carritos semivacíos, la falta de harina y azúcar o carne, o experimentar como la inflación del 26% este año (según los estudios más serios) comienzan a explicar cierto mal humor social que bien se podría manifestar hoy en las urnas. Sin olvidar que esas ánforas son controladas por un Consejo Nacional Electoral y una Justicia regidas a su vez por el poder Ejecutivo.

La última oportunidad

En ese contexto, la de hoy no es una jornada más, como no lo fue el referéndum revocatorio de agosto de 2004. Después de sortear el intento legal de la oposición para sacarlo del poder, Chávez aprovechó la legitimidad en las urnas no para mejorar las condiciones estructurales del país, sino para imprimirle una vorágine tal a su proyecto de controlarlo todo y acabar con una oposición que, por acción u omisión, muchas veces le fue funcional.

“Estamos ante la última oportunidad de salvar al país del totalitarismo”, dicen los que gritan “No”. Y aun cuando una posible derrota lo deje golpeado políticamente, algunas de las modificaciones que se exponen hoy podría ejecutarlas gracias a la suma de poderes que retiene por siete meses más. Por ejemplo, las modificaciones a la propiedad privada o la pérdida de derechos individuales o de información en caso de implantar el estado de excepción en el país.

El hipotético triunfo del “No” serviría para comenzar a perfilar un núcleo opositor que tiene a los estudiantes universitarios como el sector más activo y para poner blanco sobre negro a la pugnas dentro del chavismo, donde Patria Para Todos (PPT), el Partido Comunista (PCV) y Podemos le dijeron “No” al Partido Único y los últimos también se niegan a esta reforma porque escapan de sus tintes autoritarios.

Incluso los gobernadores oficialistas, posibles víctimas en el caso de triunfar el “Sí”, deberían explicar porqué se movilizaron tan poco en esta campaña.

Ahora, un triunfo del “Sí” dejaría a Chávez el camino allanado para profundizar ese proyecto por el que viene bregando, escalón por escalón, batalla por batalla y elección por elección desde hace nueve años. Un proyecto donde todo, hasta el nuevo dibujo de los contornos internos del mapa venezolano o el ADN al cadáver de Bolívar pase por su absoluta decisión.

Por eso la de hoy no es una jornada más. Puede ser un día histórico. El día en que la V República llegue a su fin para darle paso al autoritarismo del siglo XXI.



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