BUENOS AIRES.— Cristina Kirch- ner puso su nombre en la historia como la primera mujer electa presidente de un país que conoce de féminas gobernantes, y ahora también de parejas que comparten el poder. Una primera lectura de su triunfo, leyendo los votos distrito por distrito, aparece como el resultado de un gran aparato electoral.
De esa maquinaria aceitada para estos casos que suele ser el peronismo bonaerense. Pero también del respaldo de buena parte de la sociedad, que como en tiempos de Carlos Menem, se niega a escuchar y a observar críticamente un estilo de gobierno, el destino de la riqueza del país y, lo que es más llamativo, el futuro inmediato ante la carencia de un proyecto de nación.
El momento económico excepcional que vive Argentina se parece mucho al árbol que tapa el bosque en ese sentido. Salvando las distancias en 1995, en el cenit de la convertibilidad (un peso-un dólar), que generaba la falacia de un país del primer mundo. Es ese momento especial del país y el hecho de que la oposición colaboró con su incapacidad, el que supo aprovechar con gran habilidad fue Néstor Kirchner, esposo de la virtual presidenta.
La primera dama heredará de su cónyuge un panorama complejo y arduo el próximo 10 diciembre, cuando reciba ese bien ganancial que para esta pareja —que ascendió junta los peldaños del poder— es el atributo presidencial. Durante estos cuatro años, Argentina creció a un ritmo sostenido de 9% anual y supo acumular reservas monetarias por más de 43 mil millones de dólares. Macroeconómicamente, la economía es saludable, pero en la columna del debe aún se encuentra esa promesa inconclusa del kirch- nerismo de hacer “un país en serio”, con instituciones sólidas, donde no se dibuje el índice inflacionario por necesidades electorales. Necesidades que demandaron varios miles de millones de dólares del erario público y donde los funcionarios se preocupen más por el bienestar general que por perpetuarse en los cargos. No puede tomarse en serio, como alternancia mejor dicho, este enroque de género con el mismo apellido que acontecerá en diciembre.
Fueron cuatro años de una coyuntura extraordinaria aprovechada por el kirchnerismo para acumular poder en vez de colocar los cimientos para un nuevo proyecto del país. Esa es precisamente la deuda más grande de la clase política pero también de esa sociedad que resiste al cambio. El cuatrienio de Néstor fue una gran oportunidad perdida. El que comenzará con Cristina representa una oportunidad renovada.
A la pareja K le llegó la hora de pensar en una gestión mucho más racional, que se centre en la normalización de los índices y en aportar soluciones a la crisis energética, en la deuda con el Club de París, para permitir que comiencen a fluir las inversiones externas. Sólo así, Cristina K y su esposo podrán escribir, y con mayúsculas, sus respectivos nombres en la historia.