BUENOS AIRES.— Fue una elección histórica pero no por eso la más transparente. Fue el día en el que votaron hasta los presos y en el que sobraron las denuncias de falta de boletas por parte de los partidos de oposición, en varias circunscripciones de la capital y el Gran Buenos Aires o en provincias como Chubut, que empañaron una jornada única desde que los argentinos recuperaron la democracia.Nunca hubo tantas demoras para emitir el voto en un sistema de los más arcaicos de los que existen en América del Sur. “Tuve que venir dos veces. Primero a la mañana y luego ahora (casi a las 17 horas). La fila era imposible y ahora entro y no había boletas de la candidata que quería votar”, explicó Melisa Ordóñez, en la Escuela Úrsula del barrio porteño de Palermo.
Los que no tuvieron problemas en ir a votar, incluso si hubieran querido y podido hacerlo una y mil veces en el mismo día, son Maximiliano y Leandro, dos detenidos del penal de Ezeiza, que emitieron su voto y lo hicieron en la cárcel, donde se escribió otro dato para la historia: es la primera vez que los presos votan.
“Me puse esta camiseta blanca, para venir a votar. Es la primera vez que ejerzo mi derecho. Estoy detenido y en proceso por robo de automotores, nunca antes había votado. Y la verdad que está bien esto, así puedo salir del pabellón”, explicó Maximiliano de 19 años. Al lado, su compañero Leandro, de 20 años y detenido por robo calificado, espera con más ansiedad la resolución de su causa que lo que pase con estas elecciones. “Yo no creo en nadie, pero votar me gustó… ¿A quién voté? El voto es secreto”.
Llamó poderosamente la atención que en innumerables mesas electorales no sólo faltaran boletas opositoras sino también autoridades de mesa y fiscales de los partidos de oposición. “Yo llegué a las 8:05 a votar, como lo hago habitualmente y me sentaron acá como presidente de mesa, porque si no, no se podía abrir la mesa”, explicó Horacio en el colegio Pueyrredón de San Telmo. A su lado, sólo un fiscal del derechista PRO y del oficialista Frente Para la Victoria, controlaban los votos. Nadie de la Coalición Cívica, nadie del resto de la oposición.
“Así no se puede aspirar al poder, cuando no tenés gente ni para fiscalizar la elección”, se quejaba un votante con su playera del River Plate, mientras despotricaba en la fila contra los Kirchner.
Filas y más filas. Demoras y más demoras. Como si todo se pareciera un poco al referéndum revocatorio de Venezuela en el 2004, cuando el escrutinio, como aquí, estuvo a cargo de la empresa española INDRA. Pero todo parecer no pasó de una infeliz coincidencia.
Fue en la capital donde la pareja del poder no fue refrendada ni en los grandes centros urbanos como se desprendía de las encuestas. Sin embargo, allá donde priman los aparatos del Justicialismo o los anexos y levantados en estos cuatro años por el kirchnerista Frente para la Victoria, era donde las boletas opositoras solían estar ausentes. Todo era de los Kirchner.
“Acá todo es de Cristina. Ganamos por más de 50%”, vaticinaba Germán González, un fiscal kirchnerista en la ciudad bonaerense de Ciudadela. No se equivocó y se quedó corto: en esa sección electoral la virtual presidenta electa obtendría 56% de los votos.
No faltó la palabra “fraude”, en los cuarteles de Adolfo Rodríguez Sáa y de Roberto Lavagna, donde se habló de “miles de denuncias y anormalidades”.
Todos esperaban los primeros resultados oficiales para decidir si accionaban o si se resignaban a que todo transcurriera como se preveía desde antes de las elecciones: con cuatro años más de Kirchner —en versión femenina— en el poder, en el día en que votaron hasta los presos.