BUENOS AIRES.— Más allá de lo que está en juego, la elección de hoy es cosa de mujeres. Cristina Kirchner, del oficialista Frente para la Victoria, y Elisa Carrió, de la Coalición Cívica, aparecen en todos los sondeos como las dos primeras, delante del resto de los hombres candidatos, algo que es nuevo en materia de elecciones presidenciales pero que supera las cuestiones de género.
Mujeres sí, y alguna vez cercanas en la Cámara de Diputados, cuando el enemigo común era Fernando de la Rúa y su gobierno. Estas dos abogadas poseen personalidades fuertes pero son la antítesis la una de la otra y hasta representan modelos diametralmente opuestos en materia política y de concepción del poder.
Una, Cristina, favorita en las encuestas, muere por las grandes marcas a la hora de elegir el vestuario. A la otra, “Lilita” como todos conocen a Carrió, le encanta la buena comida. No en vano llaman “la gorda” a esta chaqueña que a priori aparece como la única capaz de poder llegar a la segunda vuelta. La candidata oficialista es fanática de la Quinta Avenida neoyorkina; la opositora prefiere las playas de Punta del Este y andar en pantuflas por su departamento rentado de la Avenida Santa Fe.
Y así se pueden irapuntando preferencias y diferencias entre ambas, hasta llegar a las que importan: las políticas.
Dosis de autoritarismo
Dentro de esa dosis de autoritarismo que ambas poseen, Kirchner es la expresión acabada de un político peronista con polleras. Un día puede defender la convertibilidad y el neoliberalismo de Carlos Menem y Domingo Cavallo; otro puede convertirse en la paladín de los derechos humanos, después de más de 26 años sin hablar del tema desde ninguna tribuna. E incluso ahora elogia al Fondo Monetario Internacional (FMI), después de haberlo denostado casi a diario, en lo que aparece como la primera señal de que se viene un ajuste fiscal si ella resulta presidenta. Dúctil con la palabra, pero esquiva a cargar su discurso de contenido, todo eso es lo que aparece en una rápida radiografía de Cristina.
Carrió, en cambio, está formada en el mundo académico y judicial. Supo, en estos años de desvaríos nacionales, convertirse en una especie de cruzada contra la corrupción y luchó contra la destrucción de las instituciones. Combatió no sólo contra corruptos y tránsfugas en el partido que la vio nacer a la política, la Unión Cívica Radical, y en los gobiernos de Menem y De la Rúa, sino también, por exceso de personalismo, con hombres y mujeres dentro de su propia formación, el ARI.
La acusan con facilidad de “gorila” (antiperonista, culturalmente hablando) y, a decir verdad, no le faltan rasgos de antiperonismo. Pero suena creíble cuando jura que “amé a Eva Perón, ella sí era la reina de los humildes y no como otras, que no pasan de ser la reina del Botox”.
Todo un mensaje para su contrincante, que incluso a gusto de los peronistas habla poco de Perón y Evita en sus discursos estudiados con pasión teatral.
La primera dama y su esposo sacan la mayoría de sus votos de las clases bajas con escasa instrucción y dicen ser de centroizquierda para colgarle el mote de “Gorila” a Carrió. Pero hay indicios de que las huestes del líder de la derecha, Mauricio Macri, el electo jefe de gobierno porteño, no están incómodas con un triunfo K. El magnate Franco, padre de Mauricio, fue uno de los principales aportantes de la campaña oficialista. Su hijo tiene en la provincia de Buenos Aires un candidato a gobernador, pero no a presidente, algo que en el principal distrito del país favorece las posibilidades de Cristina.
Carrió, en cambio, va con su liberalismo de izquierda y con sus errores políticos a cuestas, sumando voluntades de la centroizquierda a una centroderecha con escasos votos. Todo a lo largo de esta crisis de representación que afecta desde hace años a unos y a otros. Avanza con su profunda fe cristiana y se esperanza con que las encuestadoras vuelvan a morder el polvo del descrédito —tal como ocurrió en las últimas elecciones— y sea ella la que capitalice en una segunda vuelta toda la inquina que se esmeraron en despertar los Kirchner en muchos sectores y el apoyo de aquellos que se hartaron de un estilo perimido de hacer política. Sólo las urnas dirán cuál de las dos mujeres y cuál de los dos modelos está llamado a escribir la historia.