BOGOTÁ.—Un desfile con hadas, ángeles, brujas, soldaditos de gala del siglo XIX y hasta la Madre Teresa de Calcuta y Lady Di inundó los pasillos de la cárcel para mujeres del Buen Pastor, en Bogotá.
“Lo hicimos todo nosotras, con lo que teníamos”, explica Omaira, una interna del patio 5 que empuja orgullosa la pequeña “carroza” engalanada con papeles de colores y brillantes mariposas de purpurina. Adentro, sus candidatas al reinado de la simpatía. La más joven va de pie, impávida a traqueteos de su inusual medio de transporte una pose robada de cualquier modelo de élite colombiana. La mayor, sentada delante, con las piernas cruzadas, deja caer elegantemente sus manos sobre las rodillas, emulando a las más antiguas reinas europeas.
Este año, el reinado de la cárcel tiene una categoría para las mayores de 50 años, y cinco patios se dieron a la tarea de elegir a la abuela más carismática y simpática de entre sus compañeras. “Cuando me lo pidieron pensé que una, de vieja, cómo iba a ser reina”, dice Be-thsabé, una abuelita que pese a utilizar una andadera hasta hace pocos días, ahora se pavonea con un estudiado “andao” propio de los guapos bonaerenses, cada vez que sus compañeras la aclaman para que desfile.
Las celebraciones anuales de la Virgen de las Mercedes, patrona de los reclusos, se han convertido en el evento más esperado del penal. Durante una semana las internas muestran sus habilidades en diversos deportes y concursos de canto, para cerrar las festividades con el desfile ideado por ellas mismas y la coronación de las reinas. “Este es el momento que ellas tienen de no sentirse en la cárcel, de sentirse mujeres bonitas”, explica Jenny Morantes, directora de la prisión.
Las gradas que rodean el escenario son un hervidero de gritos, silbatos y consignas donde es casi imposible escuchar al maestro de ceremonias que anuncia a cada una de las candidatas. “La ganadora del reinado de la tercera edad es la candidata del Patio 2 ¡Bethsabé!”, se escucha. Entonces, el público estalla en un griterío superior, si cabe, a los anteriores y las internas del mencionado patio se precipitan en avalancha sobre el escenario para subir en hombros a su abuela favorita, que parece descoyuntarse en el intento.
Cuando por fin Bethsabé puede respirar tranquila explica que lleva siete meses en la cárcel y que aún le quedan tres años. En una desordenada conversación donde se adivinan los primeros estragos de la pérdida de memoria, narra una vida llena de calamidades. “Dos de mis hijos son marihuaneros y bazuqueros, y me robaban y me trataban mal, por eso los denuncié y se fueron a la cárcel, pero yo no pude evitar ir a verlos. En una de las visitas no me dejaron entrar con zapatos de tacón y tuve que alquilar unas chanclas y resultó que estaban llenas de bazuco y por eso me trajeron aquí”, dice con una expresión tan inocente que arrugaría cualquier corazón.
Una funcionaria de prisiones que la felicita hace un comentario cuando ésta se aleja: “Es un encanto, pero ladrona profesional, ha entrado y salido de la cárcel 2 mil veces”. Mientras, Bethsabé, con su “andao” bonaerense y su traje de gasa prestado, disfruta de unos pocos minutos de gloria con una pícara sonrisa.