APARECIDA, Brasil.- Era un discurso de alguna manera esperado, con el que el papa Benedicto XVI abrió ayer la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Celam). Algunas voces, como la del cardenal Claudio Hummes, al frente de la Congregación de la Doctrina de la Fe, ya habían anticipado la preocupación del Santo Padre por el gobierno del venezolano Hugo Chávez.Pero no sólo Chávez le preocupa al Papa, sino todos aquellos gobiernos de "formas autoritarias o sujetas a ideologías que se creían superadas", o los que creen en la "utopía" de volver a darle vida "a las religiones precolombinas", en referencia al gobierno de Evo Morales, en Bolivia.
Tanto Chávez como Morales han tenido roces con la Iglesia católica, aunque no son las únicas administraciones latinoamericanas que se dejan tentar por el autoritarismo. En Argentina, Néstor Kirchner y su posible sucesora, su esposa Cristina, deberán tomar nota, como lo están haciendoel ex obispo paraguayo, Fernando Lugo, quien busca la presidencia a pesar de la recomendación papal a los prelados de dejar de lado los intereses políticos.
En las numerosas reuniones que se sucedían en los pasillos del santuario de Aparecida, nadie dudaba que el de ayer fue el discurso más político de los que Benedicto dio desde su llegada aquí y que tenía destinatarios concretos. Las repercusiones no se hicieron esperar. Desde Caracas, el canciller Nicolás Maduro anticipó que si se corrobora que el secretario vaticano, cardenal Tarcisio Betone, "acusó a Venezuela de autoritario" (en una entrevista con el matutino local O Globo), "tendrá una respuesta contundente de la Venezuela soberana y bolivariana".
Es de esperar que Caracas no se quede callada, pero hubo una referencia del Pontífice que podría generar reacciones mucho más diversas y grandilocuentes. "El anuncio de Jesús y de su Evangelio no supuso, en ningún momento, una alienación de las culturas precolombinas, ni fue una imposición de una cultura extraña", dijo, negando así que el continente se haya colonizado con la cruz como apoyo de la espada.
En los últimos días, el jerarca católico pidió en reiteradas ocasiones dejar de lado la ideología y la política. Ayer, en su día más político, despertó los aplausos de obispos y cardenales cada vez que hacía referencias a los dirigentes o a la mera política. "La Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres, precisamente al no identificarse con los políticos ni con los intereses de partido", dijo.
Pero esas referencias también sirvieron para delimitar, hacia dentro de la Iglesia, el terreno en que la Celam debe discutir la opción preferencial por los pobres. Sin el contenido marxista que para Joseph Ratzinger posee la Teología de la Liberación -aún con fuerza en Brasil-, el Papa alertó sobre la falsa dicotomía entre el capitalismo y el marxismo, a los que calificó de "errores históricos" porque "prometieron encontrar el camino para la creación de una estructura justas y afirmaron que éstas, una vez establecidas, funcionaban por sí mismas... y esta promesa ideológica se ha demostrado falsa".
De esta manera, el debate que arrancó ayer, y se prolongará hasta el próximo 31 de mayo, se hará desde dos ópticas bien definidas: los que buscan una Iglesia más latinoamericana, con una mayor cercanía a los pobres, y los que se aferrarán al pensamiento estructurado por el Papa.
Carlos Signorelli, presidente del Consejo Nacional del laicado de la Iglesia brasileña, un hombre ligado a las comunidades eclesiales de base, excluidos de la reunión, cree que "sólo la Iglesia puede dar respuestas a la gran exclusión de nuestras sociedades. Acá en Aparecida tiene dos opciones: o se une a los pobres o se queda sin aliados".