CARACAS.- Dos modelos y dos países en pugna. Chavistas y antichavistas. "Rojos, rojitos" y "escuálidos y oligarcas". La misma división, la misma polarización de los últimos cuatro años en Venezuela, el país de las paradojas más llamativas.La nación donde los grandes empresarios y la burguesía surgida en los años del Pacto de Punto Fijo, que se repartió gobiernos entre adecos y copeyanos, socialdemócratas y socialcristianos, hasta 1994, quiere tumbar a Hugo Chávez a cualquier precio, aunque como lo reconoce un empresario que milita en la oposición, "nunca, desde comienzos de los 80, los negocios han ido tan bien como ahora".
Por eso la disputa que atrajo aquí a más de 2 mil periodistas de todo el mundo, y a un ejército multinacional de observadores invitados por el gobierno, pasa por el plano estrictamente político. Ahí donde Chávez se mueve como un pez en el mar de petróleo sobre el que se asienta Venezuela.
Por ejemplo, la venta de autos importados subió 400% en los últimos dos años (de 11 mil 700 en el 2004 a 117 mil en julio de este año); el consumo en restaurantes de primer nivel se incrementó en ese lapso un 170% y los "nuevos gustos", según Fernando García, encargado de una cadena de restaurantes españoles, son notorios. "El consumo de vino importado pasó del 20% al 80% de las bebidas alcohólicas que se venden aquí", dijo. Muestras de cómo "la revolución" mejora el nivel de vida de las clases altas.
Las clases bajas, núcleo duro del chavismo, pueden protestar porque no llegan las casas prometidas, pero tiene las Misiones, como el Mercal (supermercados populares) y la de Barrio Adentro (Salud) que alivian su situación, aun cuando el sistema público de hospitales esté colapsado y a la buena de Dios.
Esa fiebre por el consumo y por el asistencialismo no ayuda a diferenciar mucho a esta Venezuela bolivariana de la Venezuela saudita de los años 70, que eclosionó en 1992, con la baja de los precios del crudo y el despilfarro de cientos de miles de millones de dólares derivados del petróleo.
Sin mucho por observar pero sí con una agenda de reformas necesarias para llevar a cabo, el tema económico pasa a segundo plano.
En el frente político, el chavismo busca obtener el pasaporte hacia "el socialismo del siglo XXI", con propuestas como las empresas de producción socialista y la red global del trueque, con proyectos de partido único y posibilidades de reelección permanente, hasta el 2021, 2030 o la próxima meta que se imponga Chávez, siempre y cuando el mercado del crudo mantenga los precios allá arriba.
La alternativa
La oposición, en cambio, brinda una imagen hasta ahora desconocida. En tres meses encontró un candidato, Manuel Rosales, que le permite comenzar a transitar el rumbo de cierta racionalidad. Más allá de lo que marcan las encuestas -una victoria cantada de Chávez-, será necesario leer el porcentaje que alcance en las urnas para saber si puede constituirse en alternativa política, enterrando ya sus desesperados proyectos golpistas y esa miopía, que a veces parece ceguera, para comprender ese otro país que empieza a unas calles de la plaza Altamira.
Del tenor de votos que logre, cuando no una sorpresa, podría depender el comportamiento futuro de Chávez para con sus opositores y que su búsqueda de una "revolución" se parezca un poco más a una democracia. "Es la última oportunidad para recomponer las instituciones y retomar la senda de la democracia", coinciden en ese arcoiris ideológico que rodea a Rosales.
Sólo el voto silencioso, el del miedo, puede voltear la elección a favor del antichavismo. Ahí se comenzaría a analizar otro estadio en este país cuya fractura política puede reducirse a esa máxima que alguien dejó caer por ahí: "Para un chavista no hay nada mejor que otro antichavista...".