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| El penoso regreso a casa Cientos de personas retornan poco a poco al sur del Líbano, observando a su paso la destrucción y preguntándose cómo harán para retomar sus vidas
KAREN MARÓN/ ENVIADA Si al inicio la tardanza se producía por la ansiedad, ahora el avance de decenas de vehículos militares —entre camiones, transbordadores de tropas y jeeps que se dirigen hacia el sur con su banderas libanesas desplegadas—, produce mayores atascamientos. Mientras la carretera costera presenta complicaciones, los caminos al sur de Tiro resultan por tramos intransitables con los boquetes producidos por los misiles, las edificaciones derrumbadas sobre las calles, los puestos de control de las milicias chiítas y la vigilante mirada del Ejército israelí. Las hostilidades cesaron, pero las consecuencias del conflicto son imborrables. Cinco días después de que empezara el alto el fuego, decenas de libaneses no quieren irse del Hospital Gubernamental de Tibnin que los albergó durante un mes. “Sólo rezo a Dios para que nos ayude en este momento”, dice Zahra Berri, una maestra de jardín de infantes de 20 años que es una de las 2 mil 700 desplazadas que se encontraban viviendo en los pasillos del hospital. Su casa fue destruida y debió compartir con 30 personas desconocidas el espacio de una habitación durante un mes. Las penurias recién empiezan para ella y su familia, compuesta por sus padres y cuatro hermanos, que a pesar de tener pasaporte estadounidense se negaron a abandonar el país. “No nos queremos ir porque esta es nuestra tierra”, señala la joven chiíta en un perfecto inglés. Los 30 kilómetros que separan la portuaria Tiro de Tibnin, legendaria por su castillo de los cruzados, se convierten en más de dos horas de paciente viaje en medio de la destrucción y la desolación, que se interrumpe en algunos cascos urbanos con la presencia de la Cruz Roja libanesa y la Defensa Civil, junto a la cooperacion de Cruz Roja Internacional y de Médicos sin Fronteras. Pero Alí Fuani, junto a su esposa Hadija Khahafi, soportaron más de siete horas desde Beirut hasta encontrar a su padre perdido. Mohamed Hassan Fuani, un humilde pastor de 75 años vivió tres semanas hacinado en el subsuelo, casi abandonado sobre un viejo colchón y enfermo de los pulmones y las piernas. Hoy no tiene dónde vivir y tampoco en qué trabajar. Sus vacas están muertas y no sabe qué hacer. Mohammed, junto con los centenares de desplazados que se albergaban en el subsuelo, sufrió 10 horas antes del inicio del cese el fuego, la explosión de la denominada bomba de racimo, que contienen en su interior una sextena de explosivos similares a las minas antipersonales y que detona a 100 metros del suelo desperdigando su letal contenido. En los ámbitos políticos de la capital libanesa ningún tema está cerrado y sigue preocupando que el desarme de Hezbolá “no está en la mesa” cuando 15 mil soldados tomarán el control del sur del país por primera vez en 40 años. Ayer al medio día, el diputado Saad Hariri, hijo del ex primer ministro asesinado y el líder druso Wualid Jumblat, realizaron conferencias de prensa, alentando a la unidad nacional y la autonomía del país sin interferencias extranjeras, mientras un gran número de políticos libaneses considera éste como un cese el fuego aleatorio y frágil
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