isabel allende
Zarité
En mis cuarenta años, yo, Zarité Sedella, he tenido mejor suerte que
otras esclavas. Voy a vivir largamente y mi vejez será contenta porque
mi estrella —mi z’etoile— brilla también cuando la noche está nublada.
Conozco el gusto de estar con el hombre escogido por mi corazón cuando
sus manos grandes me despiertan la piel. He tenido cuatro hijos y un
nieto, y los que están vivos son libres. Mi primer recuerdo de felicidad, cuando
era una mocosa huesuda y desgreñada, es moverme al son de los tambores
y ésa es también mi más reciente felicidad, porque anoche estuve en
la plaza del Congo bailando y bailando, sin pensamientos en la cabeza, y
hoy mi cuerpo está caliente y cansado. La música es un viento que se lleva
los años, los recuerdos y el temor, ese animal agazapado que tengo adentro.
Con los tambores desaparece la Zarité de todos los días y vuelvo a ser
la niña que danzaba cuando apenas sabía caminar. Golpeo el suelo con
las plantas de los pies y la vida me sube por las piernas, me recorre el esqueleto,
se apodera de mí, me quita la desazón y me endulza la memoria. El
mundo se estremece. El ritmo nace en la isla bajo el mar, sacude la tierra,
me atraviesa como un relámpago y se va al cielo llevándose mis pesares
para que Papa Bondye los mastique, se los trague y me deje limpia y contenta.
Los tambores vencen al miedo. Los tambores son la herencia de mi
madre, la fuerza de Guinea que está en mi sangre.
Nadie puede conmigontonces, me vuelvo arrolladora como Erzuli, loa del amor, y más veloz
que el látigo. Castañetean las conchas en mis tobillos y muñecas, preguntan
las calabazas, contestan los tambores Djembes con su voz de bosque y
los timbales con su voz de metal, invitan los Djun Djuns que saben hablar
y ronca el gran Maman cuando lo golpean para llamar a los loas. Los tambores
son sagrados, a través de ellos hablan los loas.
En la casa donde me crié los primeros años, los tambores permanecían
callados en la pieza que compartía con Honoré, el otro esclavo, pero salían
a pasear a menudo. Madame Delphine, mi ama de entonces, no quería
oír ruido de negros, sólo los quejidos melancólicos de su clavicordio.
Lunes y martes daba clases a muchachas de color y el resto de la semana
enseñaba en las mansiones de los grands blancs, donde las señoritas disponían
de sus propios instrumentos porque no podían usar los mismos que
tocaban las mulatas. Aprendí a limpiar las teclas con jugo de limón, pero
no podía hacer música porque madame nos prohibía acercarnos a su clavicordio.
Ni falta nos hacía. Honoré podía sacarle música a una cacerola,
cualquier cosa en sus manos tenía compás, melodía, ritmo y voz; llevaba
los sonidos en el cuerpo, los había traído de Dahomey. Mi juguete era una
calabaza hueca que hacíamos sonar; después me enseñó a acariciar sus tambores
despacito. Y eso desde el principio, cuando él todavía me cargaba en
brazos y me llevaba a los bailes y a los servicios vudú, donde él marcaba el
ritmo con el tambor principal para que los demás lo siguieran. Así lo recuerdo.
Honoré parecía muy viejo porque se le habían enfriado los huesos, aunque
en esa época no tenía más años de los que yo tengo ahora. Bebía tafia
para soportar el sufrimiento de moverse, pero más que ese licor áspero, su
mejor remedio era la música. Sus quejidos se volvían risa al son de los tambores.
Honoré apenas podía pelar patatas para la comida del ama con sus
manos deformadas, pero tocando el tambor era incansable y, si de bailar
se trataba, nadie levantaba las rodillas más alto, ni bamboleaba la cabeza
con más fuerza, ni agitaba el culo con más gusto. Cuando yo todavía
no sabía andar, me hacía danzar sentada, y apenas pude sostenerme sobre
las dos piernas, me invitaba a perderme en la música, como en un sueño.
«Baila, baila, Zarité, porque esclavo que baila es libre… mientras baila»,
me decía. Yo he bailado siempre.
PRIMERA PARTE
Saint-Domingue, 1770-1793
El mal español
Toulouse Valmorain llegó a Saint-Domingue en 1770, el mismo
año que el delfín de Francia se casó con la archiduquesa
austríaca María Antonieta. Antes de viajar a la colonia, cuando
todavía no sospechaba que su destino le iba a jugar una broma y
acabaría enterrado entre cañaverales en las Antillas, había sido
invitado a Versalles a una de las fiestas en honor de la nueva delfina,
una chiquilla rubia de catorce años, que bostezaba sin disimulo
en medio del rígido protocolo de la corte francesa.
Todo eso quedó en el pasado. Saint-Domingue era otro mundo.
El joven Valmorain tenía una idea bastante vaga del lugar donde
su padre amasaba mal que bien el pan de la familia con la ambición
de convertirlo en una fortuna. Había leído en alguna parte
que los habitantes originales de la isla, los arahuacos, la llamaban
Haití, antes de que los conquistadores le cambiaran el nombre por
La Española y acabaran con los nativos. En menos de cincuenta
años no quedó un solo arahuaco vivo ni de muestra: todos perecieron,
víctimas de la esclavitud, las enfermedades europeas y el
suicidio. Eran una raza de piel rojiza, pelo grueso y negro, de inalterable
dignidad, tan tímidos que un solo español podía vencer a
diez de ellos a mano desnuda. Vivían en comunidades polígamas, cultivando la tierra con cuidado para no agotarla: camote, maíz,
calabaza, maní, pimientos, patatas y mandioca. La tierra, como
el cielo y el agua, cultivando la tierra con cuidado para no agotarla: camote, maíz,
calabaza, maní, pimientos, patatas y mandioca. La tierra, como
el cielo y el agua, no tenía dueño hasta que los extranjeros se apoderaron
de ella para cultivar plantas nunca vistas con el trabajo
forzado de los arahuacos. En ese tiempo comenzó la costumbre
de «aperrear»: matar a personas indefensas azuzando perros contra
ellas. Cuando terminaron con los indígenas, importaron esclavos
secuestrados en África y blancos de Europa, convictos, huérfanos,
prostitutas y revoltosos.
A fines de los mil seiscientos España cedió la parte occidental
de la isla a Francia, que la llamó Saint-Domingue y que habría de
convertirse en la colonia más rica del mundo. Para la época en que
Toulouse Valmorain llegó allí, un tercio de las exportaciones de
Francia, a través del azúcar, café, tabaco, algodón, índigo y cacao,
provenía de la isla. Ya no había esclavos blancos, pero los negros
sumaban cientos de miles. El cultivo más exigente era la caña de
azúcar, el oro dulce de la colonia; cortar la caña, triturarla y reducirla
a jarabe, no era labor de gente, sino de bestia, como sostenían
los plantadores.
Valmorain acababa de cumplir veinte años cuando fue convocado
a la colonia por una carta apremiante del agente comercial de
su padre. Al desembarcar iba vestido a la última moda: puños
de encaje, peluca empolvada y zapatos de tacones altos, seguro
de que los libros de exploración que había leído lo capacitaban
de sobra para asesorar a su padre durante unas semanas. Viajaba
con un valet, casi tan gallardo como él, varios baúles con su vestuario
y sus libros. Se definía como hombre de letras y a su regreso a
Francia pensaba dedicarse a la ciencia. Admiraba a los filósofos y
enciclopedistas, que tanto impacto habían tenido en Europa en las
décadas recientes y coincidía con algunas de sus ideas liberales:no tenía dueño hasta que los extranjeros se apoderaron
de ella para cultivar plantas nunca vistas con el trabajo
forzado de los arahuacos. En ese tiempo comenzó la costumbre
de «aperrear»: matar a personas indefensas azuzando perros contra
ellas. Cuando terminaron con los indígenas, importaron esclavos
secuestrados en África y blancos de Europa, convictos, huérfanos,
prostitutas y revoltosos.
A fines de los mil seiscientos España cedió la parte occidental
de la isla a Francia, que la llamó Saint-Domingue y que habría de
convertirse en la colonia más rica del mundo. Para la época en que
Toulouse Valmorain llegó allí, un tercio de las exportaciones de
Francia, a través del azúcar, café, tabaco, algodón, índigo y cacao,
provenía de la isla. Ya no había esclavos blancos, pero los negros
sumaban cientos de miles. El cultivo más exigente era la caña de
azúcar, el oro dulce de la colonia; cortar la caña, triturarla y reducirla
a jarabe, no era labor de gente, sino de bestia, como sostenían
los plantadores.
Valmorain acababa de cumplir veinte años cuando fue convocado
a la colonia por una carta apremiante del agente comercial de
su padre. Al desembarcar iba vestido a la última moda: puños
de encaje, peluca empolvada y zapatos de tacones altos, seguro
de que los libros de exploración que había leído lo capacitaban
de sobra para asesorar a su padre durante unas semanas. Viajaba
con un valet, casi tan gallardo como él, varios baúles con su vestuario
y sus libros. Se definía como hombre de letras y a su regreso a
Francia pensaba dedicarse a la ciencia. Admiraba a los filósofos y
enciclopedistas, que tanto impacto habían tenido en Europa en las
décadas recientes y coincidía con algunas de sus ideas liberales: El contrato social de Rousseau había sido su texto de cabecera a los
dieciocho años. Apenas desembarcó, después de una travesía que
por poco termina en tragedia al enfrentarse a un huracán en el Caribe,
se llevó la primera sorpresa desagradable: su progenitor no lo
esperaba en el puerto. Lo recibió el agente, un judío amable, vestido
de negro de la cabeza a los pies, quien lo puso al día sobre las
precauciones necesarias para movilizarse en la isla, le facilitó caballos,
un par de mulas para el equipaje, un guía y un miliciano para
que los acompañaran a la habitation Saint-Lazare. El joven jamás
había puesto los pies fuera de Francia y había prestado muy poca
atención a las anécdotas —banales, por lo demás— que solía contar
su padre en sus infrecuentes visitas a la familia en París. No imaginó
que alguna vez iría a la plantación; el acuerdo tácito era que su
padre consolidaría la fortuna en la isla, mientras él cuidaba a su
madre y sus hermanas y supervisaba los negocios en Francia. La
carta que había recibido aludía a problemas de salud y supuso que
se trataba de una fiebre transitoria, pero al llegar a Saint-Lazare,
después de un día de marcha a mata caballo por una naturaleza glotona
y hostil, se dio cuenta de que su padre se estaba muriendo. No
sufría de malaria, como él creía, sino de sífilis, que devastaba a blancos,
negros y mulatos por igual. La enfermedad había alcanzado su
última etapa y su padre estaba casi inválido, cubierto de pústulas,
con los dientes flojos y la mente entre brumas. Las curaciones dantescas
de sangrías, mercurio y cauterizaciones del pene con alambres
al rojo no lo habían aliviado, pero seguía practicándolas como
acto de contrición. Acababa de cumplir cincuenta años y estaba
convertido en un anciano que daba órdenes disparatadas, se orinaba
sin control y estaba siempre en una hamaca con sus mascotas,
un par de negritas que apenas habían alcanzado la pubertad.
Mientras los esclavos desempacaban su equipaje bajo las órdenes del valet, un currutaco que apenas había soportado la travesía
en barco y estaba espantado ante las condiciones primitivas del
lugar, Toulouse Valmorain salió a recorrer la vasta propiedad. Nada
sabía del cultivo de caña, pero le bastó aquel paseo para comprender
que los esclavos estaban famélicos y la plantación sólo se había
salvado de la ruina porque el mundo consumía azúcar con creciente
voracidad. En los libros de contabilidad encontró la explicación
de las malas finanzas de su padre, que no podía mantener a la familia
en París con el decoro que correspondía a su posición. La producción
era un desastre y los esclavos caían como chinches; no le
cupo duda de que los capataces robaban aprovechándose del estremecedor
deterioro del amo. Maldijo su suerte y se dispuso a arremangarse
y trabajar, algo que ningún joven de su medio se planteaba:
el trabajo era para otra clase de gente. Empezó por conseguir
un suculento préstamo gracias al apoyo y las conexiones con banqueros
del agente comercial de su padre, luego mandó a los commandeurs
a los cañaverales, a trabajar codo a codo con los mismos
a quienes habían martirizado antes y los reemplazó por otros menos
depravados, redujo los castigos y contrató a un veterinario, que
pasó dos meses en Saint-Lazare tratando de devolver algo de salud
a los negros. El veterinario no pudo salvar a su valet, al que despachó
una diarrea fulminante en menos de treinta y ocho horas. Valmorain
se dio cuenta de que los esclavos de su padre duraban un
promedio de dieciocho meses antes de escaparse o caer muertos
de fatiga, mucho menos que en otras plantaciones. Las mujeres
vivían más que los hombres, pero rendían menos en la labor agobiante
de los cañaverales y tenían la mala costumbre de quedar
preñadas. Como muy pocos críos sobrevivían, los plantadores habían
calculado que la fertilidad entre los negros era tan baja, que
no resultaba rentable. El joven Valmorain realizó los cambios necesarios de forma automática, sin planes y deprisa, decidido a irse
muy pronto, pero cuando su padre murió, unos meses más tarde,
debió enfrentarse al hecho ineludible de que estaba atrapado. No
pretendía dejar sus huesos en esa colonia infestada de mosquitos,
pero si se marchaba antes de tiempo perdería la plantación y con
ella los ingresos y posición social de su familia en Francia.
Valmorain no intentó relacionarse con otros colonos. Los grands
blancs, propietarios de otras plantaciones, lo consideraban un presumido
que no duraría mucho en la isla; por lo mismo se asombraron
al verlo con las botas embarradas y quemado por el sol. La antipatía
era mutua. Para Valmorain, esos franceses trasplantados a las
Antillas eran unos palurdos, lo opuesto de la sociedad que él había
frecuentado, donde se exaltaban las ideas, la ciencia y las artes y
nadie hablaba de dinero ni de esclavos. De la «edad de la razón» en
París, pasó a hundirse en un mundo primitivo y violento en que los
vivos y los muertos andaban de la mano. Tampoco hizo amistad con
los petits blancs, cuyo único capital era el color de la piel, unos pobres
diablos emponzoñados por la envidia y la maledicencia, como él
decía. Provenían de los cuatro puntos cardinales y no había manera
de averiguar su pureza de sangre o su pasado. En el mejor de los
casos eran mercaderes, artesanos, frailes de poca virtud, marineros,
militares y funcionarios menores, pero también había maleantes,
chulos, criminales y bucaneros que utilizaban cada recoveco del
Caribe para sus canalladas. Nada tenía él en común con esa gente.
Entre los mulatos libres o affranchis existían más de sesenta clasificaciones
según el porcentaje de sangre blanca, que determinaba
su nivel social. Valmorain nunca logró distinguir los tonos ni aprender
la denominación de cada combinación de las dos razas. Los affranchis
carecían de poder político, pero manejaban mucho dinero; por
eso los blancos pobres los odiaban. Algunos se ganaban la vida con tráficos ilícitos, desde contrabando hasta prostitución, pero otros habían
sido educados en Francia y poseían fortuna, tierras y esclavos.
Por encima de las sutilezas del color, los mulatos estaban unidos por
su aspiración común a pasar por blancos y su desprecio visceral
por los negros. Los esclavos, cuyo número era diez veces mayor que
el de los blancos y affranchis juntos, no contaban para nada, ni en el
censo de la población ni en la conciencia de los colonos.
Ya que no le convenía aislarse por completo, Toulouse Valmorain
frecuentaba de vez en cuando a algunas familias de grands
blancs en Le Cap, la ciudad más cercana a su plantación. En esos
viajes compraba lo necesario para abastecerse y, si no podía evitarlo,
pasaba por la Asamblea Colonial a saludar a sus pares, así
no olvidarían su apellido, pero no participaba en las sesiones.
También aprovechaba para ver comedias en el teatro, asistir a
fiestas de las cocottes —las exuberantes cortesanas francesas, españolas
y de razas mezcladas que dominaban la vida nocturna— y
codearse con exploradores y científicos que se detenían en la isla,
de paso hacia otros sitios más interesantes. Saint-Domingue no
atraía visitantes, pero a veces llegaban algunos a estudiar la naturaleza
o la economía de las Antillas, a quienes Valmorain invitaba
a Saint-Lazare con la intención de recuperar, aunque fuese
brevemente, el placer de la conversación elevada que había aderezado
sus años de París. Tres años después de la muerte de su
padre podía mostrarles la propiedad con orgullo; había transformado
aquel estropicio de negros enfermos y cañaverales secos
en una de las plantaciones más prósperas entre las ochocientas
de la isla, había multiplicado por cinco el volumen de azúcar sin
refinar para exportación e instalado una destilería donde producía
selectas barricas de un ron mucho más fino que el que solía
beberse. Sus visitantes pasaban una o dos semanas en la rústica casona de madera, empapándose de la vida de campo y apreciando
de cerca la mágica invención del azúcar. Se paseaban a
caballo entre los densos pastos que silbaban amenazantes por la
brisa, protegidos del sol por grandes sombreros de pajilla y boqueando
en la humedad hirviente del Caribe, mientras los esclavos,
como afiladas sombras, cortaban las plantas a ras de tierra
sin matar la raíz, para que hubiera otras cosechas. De lejos, parecían
insectos entre los abigarrados cañaverales que los doblaban
en altura. La labor de limpiar las duras cañas, picarlas en las máquinas
dentadas, estrujarlas en las prensas y hervir el jugo en profundos
calderos de cobre para obtener un jarabe oscuro, resultaba fascinante
para esa gente de ciudad que sólo había visto los albos
cristales que endulzaban el café. Esos visitantes ponían al día a Valmorain
sobre los sucesos de Europa, cada vez más remota para él,
los nuevos adelantos tecnológicos y científicos y las ideas filosóficas
de moda. Le abrían un portillo para que atisbara el mundo y
le dejaban de regalo algunos libros. Valmorain disfrutaba con sus
huéspedes, pero más disfrutaba cuando se iban; no le gustaba tener
testigos en su vida ni en su propiedad. Los extranjeros observaban
la esclavitud con una mezcla de repugnancia y morbosa curiosidad
que le resultaba ofensiva porque se consideraba un amo justo: si
supieran cómo trataban otros plantadores a sus negros, estarían de
acuerdo con él. Sabía que más de uno volvería a la civilización
convertido en abolicionista y dispuesto a sabotear el consumo de
azúcar. Antes de verse obligado a vivir en la isla también le habría
chocado la esclavitud, de haber conocido los detalles, pero su padre
nunca se refirió al tema. Ahora, con cientos de esclavos a su cargo,
sus ideas al respecto habían cambiado.
Los primeros años se le fueron a Toulouse Valmorain sacando
a Saint-Lazare de la devastación y no pudo viajar fuera de la colonia ni una sola vez. Perdió contacto con su madre y sus hermanas,
salvo por esporádicas cartas de tono formal que sólo transmitían
las banalidades de la existencia diaria y la salud.
Había probado un par de administradores traídos de Francia
—los criollos tenían reputación de corruptos— pero fueron un fracaso:
uno murió mordido por una culebra y el otro se abandonó a
la tentación del ron y las concubinas, hasta que llegó su esposa
a rescatarlo y se lo llevó sin apelación. Ahora estaba probando a
Prosper Cambray, quien como todos los mulatos libres en la colonia,
había servido los tres años reglamentarios en la milicia —la
Marechaussée— encargada de hacer respetar la ley, mantener orden,
cobrar impuestos y perseguir cimarrones. Cambray carecía de fortuna
o padrinos y optó por ganarse la vida en la ingrata tarea de
cazar negros en esa geografía disparatada de junglas hostiles y montañas
abruptas, donde ni las mulas pisaban seguras. Era de piel
amarilla, marcado de viruela, con el pelo rizado color óxido, los
ojos verdosos, siempre irritados, y una voz bien modulada y suave,
que contrastaba como una burla con su carácter brutal y su físico
de matón. Exigía servilismo abyecto de los esclavos y a la vez
era rastrero con quien estuviese por encima suyo. Al principio trató
de ganarse la estima de Valmorain con intrigas, pero pronto
comprendió que los separaba un abismo de raza y clase. Valmorain
le ofreció un buen sueldo, la oportunidad de ejercer autoridad
y el anzuelo de convertirse en jefe de capataces.
Entonces dispuso de más tiempo para leer, salir de caza y viajar
a Le Cap. Había conocido a Violette Boisier, la cocotte más solicitada
de la ciudad, una muchacha libre, con reputación de ser limpia
y sana, con herencia africana y aspecto de blanca. Al menos
con ella no terminaría como su padre, con la sangre aguada por el
«mal español».
Ave de la noche
Violette Boisier era hija de otra cortesana, una mulata magnífica
que murió a los veintinueve años ensartada en el sable
de un oficial francés —posiblemente el padre de Violette, aunque
eso nunca fue confirmado— desquiciado de celos. La joven empezó
a ejercer la profesión a los once años bajo la tutela de su madre;
a los trece, cuando ésta fue asesinada, dominaba las artes exquisitas
del placer, y a los quince aventajaba a todas sus rivales. Valmorain
prefería no pensar con quién retozaba su petite amie en su
ausencia, ya que no estaba dispuesto a comprar exclusividad. Se
había encaprichado con Violette, puro movimiento y risa, pero
poseía suficiente sangre fría para dominar su imaginación, a diferencia
del militar que mató a la madre y arruinó su carrera y su
nombre. Se conformaba con llevarla al teatro y a fiestas de hombres
a las que no asistían mujeres blancas y donde su radiante hermosura
atraía las miradas. La envidia que provocaba en otros hombres
al lucirse con ella del brazo le daba una satisfacción perversa;
muchos sacrificarían el honor por pasar una noche entera con Violette,
en vez de una o dos horas, como era lo estipulado, pero ese
privilegio le pertenecía sólo a él. Al menos así lo creía.
La joven disponía de una vivienda de tres piezas y un balcón
con una reja de hierro de flores de lis en el segundo piso de un edificio
cerca de la plaza Clugny, única herencia que le dejó su madre,
aparte de algunos vestidos adecuados a su oficio. Allí residía con
cierto lujo en compañía de Loula, una esclava africana, gruesa y
amachada que ejercía de criada y guardaespaldas. Violette pasaba
las horas más calurosas descansando o dedicada a su belleza:
masajes con leche de coco, depilación con caramelo, baños de aceite
para el cabello, infusiones de hierbas para aclarar la voz y la
mirada. En algunos momentos de inspiración preparaba con Loula
ungüentos para la piel, jabón de almendra, pastas y polvos de
maquillaje que vendía entre sus amistades femeninas. Sus días transcurrían
lentos y ociosos. Al atardecer, cuando los debilitados rayos
del sol ya no podían mancharle el cutis, salía a pasear a pie, si el
clima lo permitía, o en una litera de mano llevada por dos esclavos
que alquilaba a una vecina; así evitaba ensuciarse con la bosta
de caballo, la basura y el lodo de las calles de Le Cap. Se vestía
discretamente para no insultar a otras mujeres: ni blancas ni mulatas
toleraban de buen grado tanta competencia. Iba a las tiendas
a hacer sus compras y al muelle a conseguir artículos de contrabando
de los marineros, visitaba a la modista, al peluquero y a sus
amigas. Con la excusa de tomar un jugo de frutas se detenía en el
hotel o en algún café, donde nunca faltaba un caballero dispuesto
a invitarla a su mesa. Conocía íntimamente a los blancos más poderosos
de la colonia, incluso al militar de mayor rango, el gobernador.
Después volvía a su casa a ataviarse para el ejercicio de su profesión,
tarea complicada que requería un par de horas. Poseía trajes
de todos los colores del arco iris en telas vistosas de Europa y el
Oriente, zapatillas y bolsos que hacían juego, sombreros emplumados,
chales bordados de China, capitas de piel para arrastrar
por el suelo, porque el clima no permitía usarlas y un cofre de alhajas de pacotilla. Cada noche, el afortunado amigo de turno —no se
llamaba cliente— la llevaba a algún espectáculo y a cenar, luego a
una fiesta que duraba hasta la madrugada y por último la acompañaba
a su piso, donde ella se sentía segura, porque Loula dormía
en un jergón al alcance de su voz y en caso de necesidad podía
deshacerse de un hombre violento. Su precio era conocido y no
se mencionaba; el dinero se dejaba en una caja de laca en la mesa
y de la propina dependía la próxima cita.
En un hueco entre dos tablas de la pared que sólo Loula conocía,
Violette ocultaba un estuche de gamuza con sus gemas de valor,
algunas regaladas por Toulouse Valmorain, de quien se podía decir
de todo menos que fuese avaro, y algunas monedas de oro adquiridas
poco a poco, sus ahorros para el futuro. Prefería adornos de
fantasía, para no tentar a los ladrones ni provocar habladurías, pero
se ponía las joyas cuando salía con quien se las había regalado.
Siempre usaba un modesto anillo de ópalo de diseño anticuado,
que le puso al dedo como señal de compromiso Étienne Relais, un
oficial francés. Lo veía muy poco, porque pasaba su existencia a
caballo, al mando de su unidad, pero si estaba en Le Cap ella postergaba
a otros amigos por atenderlo. Relais era el único con quien
podía abandonarse al encanto de ser protegida. Toulouse Valmorain
no sospechaba que compartía con ese rudo soldado el honor
de pasar la noche entera con Violette. Ella no daba explicaciones
y nunca había tenido que escoger, porque los dos no habían coincidido
en la ciudad.
—¿Qué voy a hacer con estos hombres que me tratan como a
una novia? —le preguntó Violette a Loula en una ocasión.
—Estas cosas se resuelven solas —replicó la esclava, aspirando
a fondo su cigarrito de tabaco bruto.
—O se resuelven con sangre. Acuérdate de mi madre.
—Eso no te pasará a ti, mi ángel, porque aquí estoy yo para cuidarte.
Loula tenía razón: el tiempo se encargó de eliminar a uno de
los pretendientes. Al cabo de un par de años, la relación con Valmorain
dio paso a una amistad amorosa que carecía de la pasión
de los primeros meses, cuando él era capaz de galopar reventando
cabalgaduras para abrazarla. Se espaciaron los regalos caros y
a veces él visitaba Le Cap sin hacer amago de verla. Violette no
se lo reprochó, porque siempre tuvo claros los límites de aquella
relación, pero mantuvo el contacto, que podía beneficiar a los dos.
El capitán Étienne Relais tenía fama de incorruptible en un
ambiente donde el vicio era la norma, el honor estaba en venta,
las leyes se hacían para violarlas y se partía de la base que quien
no abusaba del poder, no merecía tenerlo. Su integridad le impidió
enriquecerse como otros en una posición similar y ni siquiera
la tentación de acumular lo suficiente para retirarse a Francia, como
le había prometido a Violette Boisier, logró desviarle de lo que él
consideraba rectitud militar. No dudaba en sacrificar a sus hombres
en una batalla o torturar a un niño para obtener información
de su madre, pero jamás habría puesto la mano en dinero que no
había ganado limpiamente. Era puntilloso en su honor y honradez.
Deseaba llevarse a Violette donde no los conocieran, donde
nadie sospechara que ella se había ganado la vida con prácticas de
escasa virtud y no fuera evidente su raza mezclada: había que tener
el ojo entrenado en las Antillas para adivinar la sangre africana
que corría bajo su piel clara.
A Violette no le atraía demasiado la idea de irse a Francia, porque
temía más los inviernos helados que las malas lenguas, contra
las cuales era inmune, pero había aceptado acompañarlo. Según
los cálculos de Relais, si vivía frugalmente, aceptaba misiones de
gran riesgo por las que ofrecían recompensa y ascendía rápido en
su carrera, podría cumplir su sueño. Esperaba que para entonces
Violette hubiera madurado y no llamara tanto la atención con la
insolencia de su risa, el brillo demasiado travieso de sus ojos negros
y el bamboleo rítmico de su andar. Nunca pasaría inadvertida, pero
tal vez podría asumir el papel de esposa de un militar retirado.
Madame Relais… Saboreaba esas dos palabras, las repetía como
un encantamiento. La decisión de casarse con ella no había sido
el resultado de una minuciosa estrategia, como el resto de su existencia,
sino de una corazonada tan violenta, que jamás la puso en
duda. No era hombre sentimental, pero había aprendido a confiar
en su instinto, muy útil en la guerra.
Había conocido a Violette un par de años antes, en pleno mercado
del domingo, en medio del griterío de los vendedores y el
apelotonamiento de gente y animales. En un mísero teatro, que
consistía sólo en una plataforma techada con un toldo de trapos
morados, se pavoneaba un tipo de exagerados bigotes y tatuado
de arabescos, mientras un niño pregonaba a grito suelto sus virtudes
como el más portentoso mago de Samarcanda. Aquella patética
función no habría atraído al capitán sin la luminosa presencia
de Violette. Cuando el mago solicitó un voluntario del público,
ella se abrió paso entre los mirones y subió al entarimado con
entusiasmo infantil, riéndose y saludando con su abanico. Había
cumplido recién quince años, pero ya tenía el cuerpo y la actitud
de una mujer experimentada, como solía ocurrir en ese clima
donde las niñas, como la fruta, maduraban pronto. Obedeciendo
las instrucciones del ilusionista, Violette procedió a acurrucarse
dentro de un baúl pintarrajeado de símbolos egipcios. El pregonero,
un negrito de diez años disfrazado de turco, cerró la tapa con
dos candados macizos, y otro espectador fue llamado para comprobar su firmeza. El de Samarcanda hizo algunos pases con su
capa y enseguida le entregó dos llaves al voluntario para abrir los
candados. Al levantar la tapa del baúl se vio que la chica ya no
estaba adentro, pero momentos más tarde un redoble de tambores
del negrito anunció su prodigiosa aparición detrás del público.
Todos se volvieron para admirar boquiabiertos a la chica que se
había materializado de la nada y se abanicaba con una pierna sobre
un barril.
Desde la primera mirada Étienne Relais supo que no podría
arrancarse del alma a esa muchacha de miel y seda. Sintió que algo
estallaba en su cuerpo, se le secó la boca y perdió el sentido de
orientación. Necesitó hacer un esfuerzo para volver a la realidad
y darse cuenta de que estaba en el mercado rodeado de gente. Tratando
de controlarse, aspiró a bocanadas la humedad del mediodía
y la fetidez de pescados y carnes macerándose al sol, fruta podrida,
basura y mierda de animales. No sabía el nombre de la bella,
pero supuso que sería fácil averiguarlo, y dedujo que no estaba
casada, porque ningún marido le permitiría exponerse con tal
desenfado. Era tan espléndida que todos los ojos estaban clavados
en ella, de modo que nadie salvo Relais, entrenado para observar
hasta el menor detalle, se fijó en el truco del ilusionista. En otras
circunstancias tal vez habría desenmascarado el doble fondo del
baúl y la trampa en la tarima, por puro afán de precisión, pero
supuso que la muchacha participaba como cómplice del mago y
prefirió evitarle un mal rato. No se quedó para ver al gitano tatuado
sacar un mono de una botella ni decapitar a un voluntario, como
anunciaba el niño pregonero. Apartó a la multitud a codazos y partió
detrás de la muchacha, que se alejaba deprisa del brazo de un
hombre de uniforme, posiblemente un soldado de su regimiento.
No la alcanzó, porque lo detuvo en seco una negra de brazos
musculosos cubiertos de pulseras ordinarias, que se le plantó al
frente y le advirtió que se pusiera en la cola, porque no era el único
interesado en su ama, Violette Boisier. Al ver la expresión desconcertada
del capitán, se inclinó para susurrarle al oído el monto
de la propina necesaria para que ella lo colocara en primer lugar
entre los clientes de la semana. Así se enteró de que se había prendado
de una de aquellas cortesanas que le daban fama a Le Cap.
Relais se presentó por primera vez en el apartamento de Violette
Boisier tieso dentro de su uniforme recién planchado, con una
botella de champán y un modesto regalo. Depositó el pago donde
Loula le indicó y se dispuso a jugarse el futuro en dos horas.
Loula desapareció discretamente y se quedó solo, sudando en el
aire caliente de la salita atiborrada de muebles, levemente asqueado
por el aroma dulzón de los mangos maduros que descansaban
en un plato. Violette no se hizo esperar más de un par de minutos.
Entró deslizándose silenciosa y le tendió las dos manos, mientras
lo estudiaba con los párpados entrecerrados y una vaga sonrisa.
Relais tomó esas manos largas y finas entre las suyas sin saber
cuál era el paso siguiente. Ella se desprendió, le acarició la cara,
halagada de que se hubiese afeitado para ella, y le indicó que abriera
la botella. Saltó el corcho y la espuma de champán salió a presión
antes de que ella alcanzara a poner la copa, mojándole la
muñeca. Se pasó los dedos húmedos por el cuello y Relais sintió
el impulso de lamer las gotas que brillaban en esa piel perfecta,
pero estaba clavado en su sitio, mudo, desprovisto de voluntad.
Ella sirvió la copa y la dejó, sin probarla, sobre una mesita junto
al diván, luego se aproximó y con dedos expertos le desabotonó
la gruesa casaca del uniforme. «Quítatela, hace calor. Y las botas
también», le indicó, alcanzándole una bata china con garzas pintadas.
A Relais le pareció impropia, pero se la puso sobre la camisa, lidiando con un enredo de mangas anchas, y luego se sentó en
el diván, angustiado. Tenía costumbre de mandar, pero comprendió
que entre esas cuatro paredes mandaba Violette. Las rendijas
de la persiana dejaban entrar el ruido de la plaza y la última luz
del sol, que se colaba en cuchilladas verticales, alumbrando la salita.
La joven llevaba una túnica de seda color esmeralda ceñida a
la cintura por un cordón dorado, zapatillas turcas y un complicado
turbante bordado con mostacillas. Un mechón de cabello negro
ondulado le caía sobre la cara. Violette bebió un sorbo de champán
y le ofreció la misma copa, que él vació de un trago anhelante,
como un náufrago. Ella volvió a llenarla y la sostuvo por el delicado
tallo, esperando, hasta que él la llamó a su lado en el diván.
Ésa fue la última iniciativa de Relais; a partir de ese momento ella
se encargó de conducir el encuentro a su manera.
El huevo de paloma
Violette había aprendido a complacer a sus amigos en el tiempo
estipulado sin dar la sensación de estar apurada. Tanta
coquetería y burlona sumisión en aquel cuerpo de adolescente
desarmó por completo a Relais. Ella desató lentamente la larga
tela del turbante, que cayó con un tintineo de mostacillas en el suelo
de madera, y sacudió la cascada oscura de su melena sobre los
hombros y la espalda. Sus movimientos eran lánguidos, sin ninguna
afectación, con la frescura de una danza. Sus senos no habían
alcanzado aún su tamaño definitivo y sus pezones levantaban la
seda verde, como piedrecillas. Debajo de la túnica estaba desnuda.
Relais admiró ese cuerpo de mulata, las piernas firmes de tobillos
finos, el trasero y los muslos gruesos, la cintura quebrada, los
dedos elegantes, curvados hacia atrás, sin anillos. Su risa comenzaba
con un ronroneo sordo en el vientre y se elevaba de a poco,
cristalina, escandalosa, con la cabeza alzada, el cabello vivo y el
cuello largo, palpitante. Violette partió con un cuchillito de plata
un pedazo de mango, se lo puso en la boca con avidez y un hilo
de jugo le cayó en el escote, húmedo de sudor y champán. Con
un dedo recogió el rastro de la fruta, una gota ambarina y espesa,
y se la frotó en los labios a Relais, mientras se sentaba a horcajadas sobre sus piernas con la liviandad de un felino. La cara del
hombre quedó entre sus senos, olorosos a mango. Ella se inclinó,
envolviéndolo en su cabello salvaje, lo besó de lleno en la boca y
le pasó con la lengua el trozo de la fruta que había mordido. Relais
recibió la pulpa masticada con un escalofrío de sorpresa: jamás
había experimentado nada tan íntimo, tan chocante y maravilloso.
Ella le lamió la barbilla, le tomó la cabeza a dos manos y lo
cubrió de besos rápidos, como picotazos de pájaro, en los párpados,
las mejillas, los labios, el cuello, jugando, riéndose. El hombre
le rodeó la cintura y con manos desesperadas le arrebató la
túnica, revelando a esa muchacha esbelta y almizclada, que se plegaba,
se fundía, se desmigajaba contra los apretados huesos y los
duros músculos de su cuerpo de soldado curtido en batallas y privaciones.
Quiso levantarla en brazos para conducirla al lecho, que
podía ver en la habitación contigua, pero Violette no le dio tiempo;
sus manos de odalisca abrieron la bata de las garzas y bajaron
las calzas, sus opulentas caderas culebrearon encima de él sabiamente
hasta que se ensartó en su miembro pétreo con un hondo
suspiro de alegría. Étienne Relais sintió que se sumergía en un pantano
de deleite, sin memoria ni voluntad. Cerró los ojos, besando
esa boca suculenta, saboreando el aroma del mango, mientras recorría
con sus callosas manos de soldado la suavidad imposible de
esa piel y la abundante riqueza de esos cabellos. Se hundió en ella,
abandonándose al calor, el sabor y el olor de esa joven, con la sensación
de que por fin había encontrado su lugar en este mundo,
después de tanto andar solo y a la deriva. En pocos minutos estalló
como un adolescente atolondrado, con un chorro espasmódico
y un grito de frustración por no haberle dado placer a ella, porque
deseaba, más que nada en su vida, enamorarla. Violette esperó
que terminara, inmóvil, mojada, acezando, montada encima,
con la cara hundida en el hueco de su hombro, murmurando palabras
incomprensibles.
Relais no supo cuánto rato estuvieron así abrazados, hasta que
volvió a respirar con normalidad y se despejó un poco la densa
bruma que lo envolvía, entonces se dio cuenta de que todavía estaba
dentro de ella, bien sujeto por esos músculos elásticos que lo
masajeaban rítmicamente, apretando y soltando. Alcanzó a preguntarse
cómo había aprendido esa niña aquellas artes de avezada
cortesana antes de perderse nuevamente en el magma del deseo
y la confusión de un amor instantáneo. Cuando Violette lo sintió
de nuevo firme, le rodeó la cintura con las piernas, cruzó los pies
a su espalda y le indicó con un gesto la habitación de al lado. Relais
la llevó en brazos, siempre clavada en su miembro, y cayó con ella
en la cama, donde pudieron gozarse como les dio la gana hasta
muy entrada la noche, varias horas más de lo estipulado por Loula.
La mujerona entró un par de veces dispuesta a poner fin a esa
exageración, pero Violette, ablandada al ver que ese militar fogueado
sollozaba de amor, la despachó sin contemplaciones.
El amor, que no había conocido antes, volteó a Étienne Relais
como una tremenda ola, pura energía, sal y espuma. Calculó que
no podía competir con otros clientes de aquella muchacha, más
guapos, poderosos o ricos, y por eso decidió al amanecer ofrecerle
lo que pocos hombres blancos estarían dispuestos a darle: su
apellido. «Cásate conmigo», le pidió entre dos abrazos. Violette se
sentó de piernas cruzadas sobre la cama, con el cabello húmedo
pegado en la piel, los ojos incandescentes, los labios hinchados de
besos. La alumbraban los restos de tres velas moribundas, que los
habían acompañado en sus interminables acrobacias. «No tengo
pasta de esposa», le contestó y agregó que todavía no había sangrado
con los ciclos de la luna y según Loula ya era tarde para eso,
nunca podría tener hijos. Relais sonrió, porque los niños le parecían
un estorbo.
—Si me casara contigo estaría siempre sola, mientras tú andas
en tus campañas. Entre los blancos no tengo lugar y mis amigos
me rechazarían porque te tienen miedo, dicen que eres sanguinario.
—Mi trabajo lo exige, Violette. Así como el médico amputa un
miembro gangrenado, yo cumplo con mi obligación para evitar
un mal mayor, pero jamás le he hecho daño a nadie sin tener una
buena razón.
—Yo puedo darte toda clase de buenas razones. No quiero correr
la misma suerte de mi madre.
—Nunca tendrás que temerme, Violette —dijo Relais sujetándola
por los hombros y mirándola a los ojos por un largo momento.
—Así lo espero —suspiró ella al fin.
—Nos casaremos, te lo prometo.
—Tu sueldo no alcanza para mantenerme. Contigo me faltaría
de todo: vestidos, perfumes, teatro y tiempo para perder. Soy perezosa,
capitán, ésta es la única forma en que puedo ganarme la vida
sin arruinarme las manos y no me durará mucho tiempo más.
—¿Cuántos años tienes?
—Pocos, pero este oficio es de corto aliento. Los hombres se
cansan con las mismas caras y los mismos culos. Debo sacarle provecho
a lo único que tengo, como dice Loula.
El capitán procuró verla tan a menudo como se lo permitían
sus campañas y al cabo de unos meses logró hacerse indispensable;
la cuidó y la aconsejó como un tío, hasta que ella no pudo imaginar
la vida sin él y empezó a considerar la posibilidad de casarse
en un futuro poético. Relais calculaba que podrían hacerlo al
cabo de unos cinco años. Eso les daría tiempo para poner a ba el amor y ahorrar dinero separadamente. Se resignó a que Violette
continuara en su oficio de siempre y a pagarle sus servicios
como los otros clientes, agradecido de pasar algunas noches enteras
con ella. Al principio hacían el amor hasta quedar magullados,
pero después la vehemencia se trocó en ternura y dedicaban horas
preciosas a conversar, hacer planes y descansar abrazados en la
penumbra caliente del apartamento de Violette. Relais aprendió
a conocer el cuerpo y el carácter de la muchacha, podía anticipar
sus reacciones, evitar sus rabietas, que eran como tormentas tropicales,
súbitas y breves, y darle gusto. Descubrió que esa niña tan
sensual estaba entrenada para dar placer, no para recibirlo, y se
esmeró en satisfacerla con paciencia y buen humor. La diferencia
de edad y su temperamento autoritario compensaban la ligereza
de Violette, que se dejaba guiar en algunas materias prácticas
para darle gusto, pero mantenía su independencia y defendía sus
secretos.
Loula administraba el dinero y manejaba a los clientes con
cabeza fría. Una vez Relais encontró a Violette con un ojo amoratado
y, furioso, quiso saber quién era el causante para hacerle pagar
muy caro el atrevimiento. «Ya se lo cobró Loula. Nos arreglamos
de lo más bien solas», se rió ella, y no hubo manera de que confesara
el nombre del agresor. La formidable esclava sabía que la salud
y la belleza de su ama eran el capital de ambas y que llegaría el
momento en que inevitablemente comenzarían a disminuir; también
había que considerar la competencia de las nuevas hornadas
de adolescentes que cada año tomaban la profesión por asalto. Era
una lástima que el capitán fuese pobre, pensaba Loula, porque Violette
merecía una buena vida. El amor le parecía irrelevante, porque
lo confundía con la pasión y había visto lo poco que ésta dura,
pero no se atrevió a recurrir a intrigas para despachar a Relais. Ese hombre era de temer. Además, Violette no daba muestras de prisa
por casarse y entretanto podía aparecer otro pretendiente con
mejor situación financiera. Loula decidió ahorrar en serio; no bastaba
con acumular baratijas en un hoyo, había que esmerarse con
inversiones más imaginativas, por si no resultaba el matrimonio
con el oficial. Restringió los gastos y subió la tarifa de su ama y
cuanto más caro cobraba, más exclusivos se consideraban sus favores.
Se encargó de inflar la fama de Violette con una estrategia de
rumores: decía que su ama podía mantener a un hombre dentro
de ella toda la noche o resucitar la energía del más cansado doce
veces seguidas, lo había aprendido de una mora y se ejercitaba con
un huevo de paloma, salía de compras, iba al teatro y a las peleas
de gallos con el huevo en su lugar secreto sin quebrarlo ni dejarlo
caer. No faltó quienes se batieran a sablazos por la joven poule, lo
que contribuyó enormemente a su prestigio. Los blancos más ricos
e influyentes se anotaban dócilmente en la lista y esperaban su turno.
Fue Loula quien ideó el plan de invertir en oro para que los
ahorros no se les escurrieran como arena entre los dedos. Relais,
que no estaba en condiciones de contribuir con mucho, le dio a
Violette el anillo de su madre, lo único que quedaba de su familia.
La novia de Cuba
En octubre de 1778, al octavo año de su estadía en la isla, Toulouse
Valmorain realizó otro de sus breves viajes a Cuba, donde
tenía negocios que no le convenía divulgar. Como todos los
colonos de Saint-Domingue, debía comerciar sólo con Francia,
pero existían mil maneras ingeniosas de burlar la ley y él conocía
varias. No se le hacía pecado evadir impuestos, que a fin de cuentas
acababan en los cofres sin fondo del Rey. La atormentada costa
se prestaba para que una embarcación discreta se alejara de
noche rumbo a otras ensenadas del Caribe sin que nadie se enterase,
y la permeable frontera con la parte española de la isla, menos
poblada y mucho más pobre que la francesa, permitía un constante
tráfico de hormigas a espaldas de las autoridades. Pasaba toda
clase de contrabando, desde armas hasta maleantes, pero más que
nada sacos de azúcar, café y cacao de las plantaciones, que de allí
partían a otros destinos, esquivando las aduanas.
Después que Valmorain salió de las deudas de su padre y empezó
a acumular más beneficios de los soñados, decidió mantener reservas
de dinero en Cuba, donde las tendría más seguras que en Francia
y a mano en caso de necesidad. Llegó a La Habana con la intención
de quedarse sólo una semana para reunirse con su banquero, pero
la visita se prolongó más de lo planeado porque en un baile del consulado
de Francia conoció a Eugenia García del Solar. Desde un rincón
del pretencioso salón vio a lo lejos a una opulenta joven de piel
diáfana, coronada por una mata de cabello castaño y vestida como
una provinciana, lo opuesto de la garbosa Violette Boisier, pero a
sus ojos no menos hermosa. La distinguió de inmediato entre la multitud
del salón de baile y por primera vez se sintió inadecuado. Su
traje, adquirido en París varios años antes, ya no se usaba, el sol le
había curtido la piel como cuero, tenía las manos de un herrero, la
peluca le picaba en la cabeza, los encajes del cuello lo asfixiaban y
le apretaban los zapatos de petimetre, puntiagudos y de tacos torcidos,
que lo obligaban a caminar como un pato. Sus modales, antes
refinados, resultaban bruscos comparados con la soltura de los cubanos.
Los años que llevaba en la plantación lo habían endurecido por
dentro y por fuera y ahora, cuando más las necesitaba, carecía de las
artes cortesanas que tan naturales eran en su juventud. Para colmo,
los bailes de moda eran un rápido enredo de piruetas, reverencias,
vueltas y saltitos, que se hallaba incapaz de imitar.
Se enteró de que la joven era hermana de un español, Sancho
García del Solar, de una familia de la baja nobleza, con apellido
pomposo, pero empobrecida desde hacía un par de generaciones.
La madre había puesto fin a sus días saltando desde el campanario
de una iglesia y el padre murió joven después de echar por la
ventana los bienes familiares. Eugenia se educó en un helado convento
de Madrid, donde las monjas le inculcaron lo necesario para
adornar el carácter de una dama: recato, oraciones y bordado.
Entretanto, Sancho llegó a Cuba para tentar fortuna, porque en
España no había espacio para una imaginación tan desbocada
como la suya; en cambio, esa isla caribeña, donde iban a parar
aventureros de toda laya, se prestaba para negocios lucrativos, aunque no siempre lícitos. Allí llevaba una bulliciosa vida de soltero,
en la cuerda floja de sus deudas, que pagaba a duras penas y siempre
a última hora mediante aciertos en las mesas de juego y la ayuda
de sus amigos. Era bien parecido, poseía una lengua de oro para
engatusar al prójimo y se daba tantos aires que nadie sospechaba
cuán profundo era el hoyo de su bolsillo. De repente, cuando menos
lo deseaba, las monjas le enviaron a su hermana acompañada por
una dueña y una escueta carta explicando que Eugenia carecía de
vocación religiosa y ahora le tocaba a él, su único pariente y guardián,
hacerse cargo de ella.
Con esa joven virginal bajo su techo, a Sancho se le terminaron
las parrandas, tenía el deber de encontrarle un marido adecuado
antes de que se pasara en edad y se quedara para vestir santos, con
vocación o sin ella. Su intención era casarla con el mejor postor,
alguien que los sacara a ambos de la escasez en que los sumió el
derroche de sus padres, pero no supuso que el pez sería de tanto
peso como Toulouse Valmorain. Sabía muy bien quién era y cuánto
valía el francés, lo tenía en la mira para proponerle algunos negocios,
pero no le presentó a su hermana en el baile porque estaba en
franca desventaja comparada con las célebres bellezas cubanas.
Eugenia era tímida, carecía de ropa adecuada y él no podía comprársela,
no sabía peinarse, aunque por suerte le sobraba cabello,
y no tenía el talle diminuto impuesto por la moda. Por lo mismo se
sorprendió cuando al día siguiente Valmorain le pidió permiso para
visitarlos con intenciones serias, como manifestó.
—Debe de ser un viejo patuleco —bromeó Eugenia, al saberlo,
dándole un golpe a su hermano con el abanico cerrado.
—Es un caballero culto y rico, pero aunque fuera jorobado te
casarías de todos modos. Vas a cumplir veinte años y careces de
dote…
—¡Pero soy bonita! —lo interrumpió ella, riéndose.
—Hay muchas mujeres más bonitas y delgadas que tú en La
Habana.
—¿Te parezco gorda?
—No puedes hacerte de rogar y mucho menos si se trata de Valmorain.
Es un excelente partido y posee títulos y propiedades en
Francia, aunque el grueso de su fortuna es una plantación de azúcar
en Saint-Domingue —le explicó Sancho.
—¿Santo Domingo? —preguntó ella, alarmada.
—Saint-Domingue, Eugenia. La parte francesa de la isla es muy
diferente a la española. Voy a mostrarte un mapa, para que veas
que está muy cerca; podrás venir a visitarme cuando quieras.
—No soy una ignorante, Sancho. Sé que esa colonia es un purgatorio
de enfermedades mortales y negros alzados.
—Será sólo por un tiempo. Los colonos blancos se van apenas
pueden. Dentro de unos años estarás en París. ¿No es ése el sueño
de todas las mujeres?
—No hablo francés.
—Lo aprenderás. Desde mañana tendrás un tutor —concluyó
Sancho.
Si Eugenia García del Solar planeaba oponerse a los designios
de su hermano, desistió de la idea apenas Toulouse Valmorain se
presentó en su casa. Era más joven y atractivo de lo que ella esperaba,
de mediana estatura, bien proporcionado, con espaldas
anchas, un rostro viril de facciones armoniosas, la piel bronceada
por el sol y los ojos grises. Tenía una expresión dura en la boca de
labios finos. Bajo la peluca torcida le asomaban unos cabellos rubios
y se veía incómodo en la ropa, que le quedaba estrecha. A Eugenia
le gustó su forma de hablar sin rodeos y de mirarla como si la
desnudara, provocándole un hormigueo pecaminoso que habría
horrorizado a las monjas del lúgubre convento de Madrid. Pensó
que era una lástima que Valmorain viviera en Saint-Domingue,
pero si su hermano no la había engañado, sería por poco tiempo.
Sancho invitó al pretendiente a beber sambumbia de miel de caña
en la pérgola del jardín y en menos de media hora el trato se dio
tácitamente por concluido. Eugenia no se enteró de los detalles
posteriores, que fueron resueltos por los hombres a puerta cerrada,
ella sólo se hizo cargo de su ajuar. Lo encargó a Francia aconsejada
por la mujer del cónsul y su hermano lo financió con un
préstamo usurario conseguido gracias a su irresistible elocuencia
de charlatán. En sus misas matinales, Eugenia agradecía a Dios
con fervor la suerte única de casarse por conveniencia con alguien
a quien podía llegar a querer.
Valmorain se quedó en Cuba un par de meses cortejando a
Eugenia con métodos improvisados, porque había perdido la costumbre
de tratar con mujeres como ella; los métodos utilizados
con Violette Boisier no servían en este caso. Acudía a casa de su
prometida a diario de cuatro a seis de la tarde a tomar un refresco
y jugar a los naipes, siempre en presencia de la dueña enteramente
vestida de negro que hacía bolillos con un ojo y los vigilaba
con el otro. La vivienda de Sancho dejaba mucho que desear
y Eugenia carecía de vocación doméstica y no hizo nada por acomodar
un poco las cosas. Para evitar que la mugre del mobiliario
malograra la ropa al novio, lo recibía en el jardín, donde la voraz
vegetación del trópico se desbordaba como una amenaza botánica.
A veces salían de paseo acompañados por Sancho o se vislumbraban
de lejos en la iglesia, donde no podían hablarse.
Valmorain había notado las precarias condiciones en que vivían
los García del Solar y dedujo que si su novia estaba cómoda
allí, con mayor razón lo estaría en la habitation Saint-Lazare. Le
enviaba delicados regalos, flores y esquelas formales que ella guardaba
en un cofre forrado en terciopelo, pero dejaba sin respuesta.
Hasta ese momento Valmorain había tenido poco trato con españoles,
sus amistades eran francesas, pero pronto comprobó que se
sentía a gusto entre ellos. No tuvo problema para comunicarse,
porque el segundo idioma de la clase alta y la gente culta en Cuba
era el francés. Confundió los silencios de su prometida con recato,
a sus ojos una apreciable virtud femenina, y no se le ocurrió
que ella apenas le entendía. Eugenia no tenía buen oído y los esfuerzos
del tutor resultaron insuficientes para inculcarle las sutilezas
de la lengua francesa. La discreción de Eugenia y sus modales de
novicia a él le parecieron una garantía de que no incurriría en la
conducta disipada de tantas mujeres en Saint-Domingue, que se
olvidaban del pudor con el pretexto del clima. Una vez que comprendió
el carácter español, con su exagerado sentido del honor
y su falta de ironía, se sintió cómodo con la muchacha y aceptó de
buen talante la idea de aburrirse con ella a conciencia. No le importaba.
Deseaba una esposa honrada y una madre ejemplar de su
descendencia; para entretenerse tenía sus libros y sus negocios.
Sancho era lo opuesto a su hermana y a otros españoles que
conocía Valmorain: cínico, liviano de sangre, inmune al melodrama
y a los sobresaltos de los celos, descreído y con habilidad para
coger al vuelo las oportunidades que andaban en el aire. Aunque
algunos aspectos de su futuro cuñado le chocaban, Valmorain se
divertía con él y se dejaba embaucar, dispuesto a perder una suma
por el placer de la conversación ingeniosa y de reírse un rato. Como
primer paso lo convirtió en socio en un contrabando de vinos franceses
que planeaba realizar desde Saint-Domingue a Cuba, donde
eran muy apreciados. Eso inició una larga y sólida complicidad
que habría de unirlos hasta la muerte.
La casa del amo
A finales de noviembre Toulouse Valmorain regresó a Saint-
Domingue a preparar la llegada de su futura esposa. Como
todas las plantaciones, Saint-Lazare contaba con la «casa grande»,
que en este caso era poco más que una barraca rectangular de
madera y ladrillos, sostenida por pilares a tres metros sobre el nivel
del terreno para impedir inundaciones en la estación de huracanes
y defenderse en una revuelta de esclavos. Contaba con una
serie de dormitorios oscuros, varios de ellos con las tablas podridas,
y con un salón y un comedor amplios, provistos de ventanas
opuestas para que circulara la brisa y un sistema de abanicos de
lona colgados del techo, que los esclavos accionaban tirando
de una cuerda. Con el vaivén de los ventiladores se desprendía
una tenue nube de polvo y alas secas de mosquitos, que se depositaba
como caspa en la ropa. Las ventanas no tenían vidrios sino
papel encerado y los muebles eran toscos, propios de la morada
provisoria de un hombre solo. En el techo anidaban murciélagos,
en los rincones solían encontrarse sabandijas y por la noche se oían
pasitos de ratones en los cuartos. Una galería o terraza techada,
con estropeados muebles de mimbre, envolvía la casa por tres costados.
Alrededor había un descuidado huerto de hortalizas y apolillados árboles frutales, varios patios donde picoteaban gallinas
confundidas por el calor, un establo para los caballos finos, las
perreras y una cochera, más allá el rugiente océano de los cañaverales
y como telón de fondo las montañas color violeta perfiladas
contra un cielo caprichoso. Tal vez antes hubo un jardín, pero no
quedaba ni el recuerdo. Los trapiches, las cabañas y barracas de
los esclavos no se veían desde la casa. Toulouse Valmorain recorrió
todo con ojo crítico, notando por primera vez su precariedad
y ordinariez. Comparada con la vivienda de Sancho era un palacio,
pero frente a las mansiones de otros grands blancs de la isla y
al pequeño château de su familia en Francia, que él no había pisado
en ocho años, resultaba de una fealdad vergonzosa. Decidió
empezar su vida de casado con buen pie y darle a su esposa la sorpresa
de una casa digna de los apellidos Valmorain y García del
Solar. Había que hacer algunos arreglos.
Violette Boisier recibió la noticia del matrimonio de su cliente
con filosófico buen humor. Loula, que todo lo averiguaba, le comentó
que Valmorain tenía una prometida en Cuba. «Te echará de
menos, mi ángel, y te aseguro que volverá», dijo. Así fue. Poco después
Valmorain llamó a la puerta del piso, pero no en busca de los
servicios habituales sino para que su antigua amante lo ayudara a
recibir a su mujer como era debido. No sabía por dónde empezar
y no se le ocurrió otra persona a quien pedirle ese favor.
—¿Es cierto que las españolas duermen con un camisón de monja
con un ojal adelante para hacer el amor? —le preguntó Violette.
—¿Cómo voy a saberlo? Todavía no me he casado, pero si ése
es el caso, se lo arrancaré de cuajo —se rió el novio.
—No, hombre. Me traes el camisón y aquí con Loula le abrimos
otro ojal por atrás —dijo ella.
La joven cocotte se dispuso a asesorarlo mediante una comisión
azonable del quince por ciento en los gastos de alhajar la casa.
Por primera vez en su trato con un hombre, no se incluían maromas
en la cama y emprendió la tarea con entusiasmo. Viajó con
Loula a Saint-Lazare para darse una idea de la misión que le habían
encargado y apenas cruzó el umbral le cayó en el escote una
lagartija del artesonado del techo. Su alarido atrajo a varios esclavos
del patio, que ella reclutó para hacer una limpieza a fondo.
Durante una semana esa bella cortesana, que Valmorain había visto
a la luz dorada de las lámparas, ataviada de seda y tafetán, maquillada
y perfumada, dirigió la cuadrilla de esclavos descalza, con
una bata de tela burda y un trapo envolviéndole la cabeza. Parecía
en su salsa, como si hubiese hecho ese rudo trabajo toda la vida.
Bajo sus órdenes rasparon las tablas sanas y reemplazaron las podridas,
cambiaron el papel de las ventanas y los mosquiteros, ventilaron,
echaron veneno para los ratones, quemaron tabaco para
espantar a los bichos, mandaron los muebles rotos al callejón de
los esclavos y al final quedó la casa limpia y desnuda. Violette la
hizo pintar de blanco por fuera y como sobró cal, la usó en las
cabañas de los esclavos domésticos, que estaban cerca de la casa
grande, luego hizo plantar trinitarias moradas al pie de la galería.
Valmorain se propuso mantener la casa aseada y destinó varios
esclavos a hacer un jardín inspirado en Versalles, aunque el clima
exagerado no se prestaba para el arte geométrico de los paisajistas
de la corte francesa.
Violette regresó a Le Cap con una lista de compras. «No gastes
demasiado, esta casa es temporal. Apenas tenga un buen administrador
general, nos iremos a Francia», le dijo Valmorain, entregándole
una suma que le pareció justa. Ella no hizo caso de la
advertencia, porque nada le gustaba tanto como comprar.
Por el puerto de Le Cap salía el tesoro inacabable de la colonia y entraban los productos legales y el contrabando. Una muchedumbre
variopinta se codeaba en las calles embarradas, regateando
en muchas lenguas entre carretones, mulas, caballos y jaurías
de perros sin dueño que se alimentaban de basura. Allí se vendía
desde lujos de París y chinerías del Oriente hasta el botín de los
piratas, y cada día, menos el domingo, se remataban esclavos para
suplir la demanda: entre veinte y treinta mil al año nada más que
para mantener el número estable, porque duraban poco. Violette
gastó la bolsa y siguió adquiriendo a crédito con la garantía del
nombre de Valmorain. A pesar de su juventud, escogía con gran
aplomo porque la vida mundana la había fogueado y le había pulido
el gusto. A un capitán de barco que hacía la travesía entre las
islas le encargó cubiertos de plata, cristalería y un servicio de porcelana
para visitas. La novia debía aportar sábanas y manteles que
sin duda había bordado desde la infancia, así es que de eso no se
ocupó. Consiguió muebles de Francia para el salón, una pesada
mesa americana con dieciocho sillas destinada a durar varias generaciones,
tapices holandeses, biombos lacados, arcones españoles
para la ropa, un exceso de candelabros de hierro y lámparas de
aceite, porque sostenía que no se puede vivir a oscuras, loza de Portugal
para el uso diario y un surtido de adornos, pero nada de alfombras,
porque se pudrían con la humedad. Los comptoirs se encargaron
de enviar las compras y pasarle la cuenta a Valmorain. Pronto
empezaron a llegar a la habitation Saint-Lazare carretas cargadas
hasta el tope con cajones y canastos; de entre la paja los esclavos
extraían una serie interminable de objetos: relojes alemanes, jaulas
de pájaros, cajas chinas, réplicas de estatuas romanas mutiladas,
espejos venecianos, grabados y pinturas de diversos estilos
elegidos por su tema, ya que Violette nada sabía de arte, instrumentos
musicales que nadie sabía tocar y hasta un incomprensible conjunto de gruesos cristales, tubos y ruedecillas de bronce,
que Valmorain armó como un rompecabezas y resultó ser un catalejo
para espiar a los esclavos desde la galería. A Toulouse los muebles
le parecieron ostentosos y los adornos completamente inútiles,
pero se resignó porque no podía devolverlos. Una vez concluida
la orgía de gastos, Violette cobró su comisión y anunció que la futura
esposa de Valmorain iba a necesitar servicio doméstico, una
buena cocinera, criados para la casa y una doncella. Era lo menos
que se requería, como le había asegurado madame Delphine Pascal,
quien conocía a toda la gente de buena sociedad en Le Cap.
—Menos a mí —apuntó Valmorain.
—¿Quieres que te ayude o no?
—Está bien, le ordenaré a Prosper Cambray que entrene a algunos
esclavos.
—¡No, hombre! ¡En esto no puedes ahorrar! Los del campo no
sirven, están embrutecidos. Yo misma me encargaré de buscarte
los domésticos —decidió Violette.
Zarité iba a cumplir nueve años cuando Violette se la compró
a madame Delphine, una francesa de rizos algodonosos y pechuga
de pavo, ya madura pero bien conservada, considerando los
estragos que causaba el clima. Delphine Pascal era viuda de un
modesto funcionario civil francés, pero se daba aires de persona
encumbrada por sus relaciones con los grands blancs, aunque éstos
sólo acudían a ella para tráficos turbios. Estaba enterada de muchos
secretos, que le daban ventaja a la hora de obtener favores. En apariencia
vivía de la pensión de su difunto marido y de dar clases de
clavicordio a señoritas, pero bajo mano revendía objetos robados,
servía de alcahueta y en caso de emergencia practicaba abortos.
También de tapadillo enseñaba francés a algunas cocottes que pretendían
pasar por blancas y, aunque tenían el color apropiado, las traicionaba el acento. Así conoció a Violette Boisier, una de las
más claras entre sus alumnas, pero sin ninguna pretensión de afrancesarse;
al contrario, la chica se refería sin complejo a su abuela
senegalesa. Le interesaba hablar correcto francés para hacerse respetar
entre sus amigos blancos. Madame Delphine sólo tenía dos
esclavos: Honoré, un viejo para todo servicio, incluso la cocina,
adquirido muy barato porque tenía los huesos torcidos, y Zarité
—Tété— una mulatita que llegó a sus manos con pocas semanas de
vida y no le había costado nada. Cuando Violette la obtuvo para
Eugenia García del Solar, la chiquilla era flaca, puras líneas verticales
y ángulos, con una mata de cabello apelmazado e impenetrable,
pero se movía con gracia, tenía un rostro noble y hermosos
ojos color miel líquida. Tal vez descendía de una senegalesa
como ella misma, pensaba Violette. Tété había aprendido temprano
las ventajas de callar y cumplir órdenes con expresión vacía,
sin dar muestras de entender lo que ocurría a su alrededor, pero
Violette sospechó siempre que era mucho más avispada de lo que
se podía inferir a primera vista. Habitualmente no se fijaba en los
esclavos —con la excepción de Loula, los consideraba mercancía—
pero esa criatura le provocaba simpatía. En algunos aspectos se
parecían, aunque ella era libre, hermosa, y tenía la ventaja de haber
sido mimada por su madre y deseada por todos los hombres que
se cruzaron en su camino. Nada de eso tenía Tété en su haber; era
sólo una esclava harapienta, pero Violette intuyó su fuerza de carácter.
A la edad de Tété, también ella había sido un atado de huesos,
hasta que en la pubertad se esponjó, las aristas se convirtieron
en curvas y se definieron las formas que le darían fama. Entonces
su madre empezó a entrenarla en la profesión que a ella le había
dado beneficios, así no se partiría la espalda como sirvienta. Violette
resultó buena alumna y para la época en que su madre fue asesinada ya podía valerse sola con ayuda de Loula, que la defendía
con celosa lealtad. Gracias a esa buena mujer no necesitaba la protección
de un chulo y prosperaba en un oficio ingrato en que otras
jóvenes dejaban la salud y a veces la vida. Apenas surgió la idea de
conseguir una esclava personal para la esposa de Toulouse Valmorain,
se acordó de Tété. «¿Por qué te interesa tanto esa mocosa?»,
le preguntó Loula, siempre desconfiada, cuando se enteró de sus
intenciones. «Es una corazonada, creo que nuestros caminos se van
a cruzar algún día», fue la única explicación que se le ocurrió a Violette.
Loula lo consultó con las conchas de cauri sin obtener una
respuesta satisfactoria; ese método de adivinación no se prestaba
para aclarar asuntos fundamentales, sólo los de poca monta.
Madame Delphine recibió a Violette en una sala diminuta, en
la que el clavicordio parecía del tamaño de un paquidermo. Se sentaron
en frágiles sillas de patas curvas a tomar café en tazas para
enanos pintadas de flores y conversar de todo y de nada, como
habían hecho otras veces. Después de algunos rodeos Violette planteó
el motivo de su visita. La viuda se sorprendió de que alguien
se fijara en la insignificante Tété, pero era rápida y olió de inmediato
la posibilidad de una ganancia.
—No había pensado vender a Tété, pero por tratarse de usted,
una amiga tan querida…
—Espero que la chica sea sana. Está muy flaca —la interrumpió
Violette.
—¡No es por falta de comida! —exclamó la viuda, ofendida.
Sirvió más café y pronto hablaron del precio, que a Violette le
pareció exagerado. Mientras más pagara, mayor sería su comisión,
pero no podía estafar a Valmorain con demasiado descaro; todo
el mundo conocía los precios de los esclavos, especialmente los
plantadores, que siempre estaban comprando. Una mocosa escuálida no era un artículo de valor, sino más bien algo que se regala
para retribuir una atención.
—Me da pena desprenderme de Tété —suspiró madame Delphine,
secándose una lágrima invisible, después de que acordaron
la cifra—. Es una buena chica, no roba y habla francés como se
debe. Nunca le he permitido que se dirija a mí en la jerigonza de
los negros. En mi casa nadie destroza la bella lengua de Molière.
—No sé para qué le va a servir eso —comentó Violette, divertida.
—¡Cómo que para qué! Una doncella que habla francés es muy
elegante. Tété le servirá bien, se lo aseguro. Eso sí, mademoiselle,
le confieso que me costó algunas palizas quitarle la pésima costumbre
de escaparse.
—¡Eso es grave! Dicen que no tiene remedio…
—Así es con algunos bozales, que eran libres antes, pero Tété
nació esclava. ¡Libertad! ¡Qué soberbia! —exclamó la viuda, clavando
sus ojitos de gallina en la chiquilla, que esperaba de pie junto
a la puerta—. Pero no se preocupe, mademoiselle, no volverá a
intentarlo. La última vez anduvo perdida varios días y cuando me
la trajeron estaba mordida por un perro y volada de fiebre. No
sabe el trabajo que me dio curarla ¡pero no se libró del castigo!
—¿Cuándo fue eso? —preguntó Violette, tomando nota del silencio
hostil de la esclava.
—Hace un año. Ahora no se le ocurriría una tontería semejante,
pero de todos modos vigílela. Tiene la sangre maldita de su
madre. No sea blanda con ella, necesita mano dura.
—¿Qué me dijo de la madre?
—Era una reina. Todas dicen que eran reinas allá en África —se
burló la viuda—. Llegó preñada; siempre es así, son como perras
en celo.
—La pariade. Los marineros las violan en los barcos, como usted sabe. Ninguna se libra —replicó Violette con un escalofrío, pensando
en su propia abuela, que había sobrevivido a la travesía del océano.
—Esa mujer estuvo a punto de matar a su hija. ¡Imagínese! Tuvieron
que quitársela de las manos. Monsieur Pascal, mi esposo, que
Dios lo tenga en su gloria, me trajo a la chiquilla de regalo.
—¿Qué edad tenía entonces?
—Un par de meses, no recuerdo. Honoré, mi otro esclavo, le
puso ese nombre tan raro, Zarité, y la crió con leche de burra; por
eso es fuerte y trabajadora, aunque también terca. Le he enseñado
todas las labores domésticas. Vale más de lo que estoy pidiéndole
por ella, mademoiselle Boisier. Sólo se la vendo porque pienso
regresar pronto a Marsella, todavía puedo rehacer mi vida ¿no cree?
—Seguramente, madame —replicó Violette examinando la cara
empolvada de la mujer.
Se llevó a Tété ese mismo día, sin más bienes que los harapos
que vestía y una tosca muñeca de palo de las que usaban los esclavos
para sus ceremonias vudú. «No sé de dónde sacó esa porquería
», comentó madame Delphine haciendo ademán de quitársela,
pero la niña se aferró a su único tesoro con tal desesperación que
Violette intervino. Honoré se despidió llorando de Tété y le prometió
que iría a visitarla si se lo permitían.
Toulouse Valmorain no pudo evitar una exclamación de desagrado
cuando Violette le mostró a quién había escogido para criada
de su mujer. Esperaba alguien mayor, con mejor aspecto y experiencia,
no esa criatura desgreñada, marcada por golpes, que se
encogió como un caracol cuando él le preguntó el nombre, pero
Violette le aseguró que su esposa iba a estar muy satisfecha una
vez que ella la preparara como era debido.
—Y eso ¿cuánto me va a costar?
—Lo que acordemos, una vez que Tété esté lista.
Tres días más tarde Tété sacó la voz por primera vez para preguntar
si ese señor iba a ser su amo; creía que Violette la había comprado
para ella. «No hagas preguntas y no pienses en el futuro. Para
los esclavos sólo cuenta el día de hoy», le advirtió Loula. La admiración
que Tété sentía por Violette barrió su resistencia y pronto
se entregó entusiasmada al ritmo de la casa. Comía con la voracidad
de quien ha vivido con hambre y a las pocas semanas lucía un
poco de carne sobre el esqueleto. Estaba ávida de aprender. Seguía
a Violette como un perro, devorándola con los ojos, mientras alimentaba
en lo más secreto del corazón el deseo imposible de llegar
a ser como ella, así de bonita y elegante, pero más que nada,
libre. Violette le enseñó a hacer los elaborados peinados de moda,
a dar masajes, almidonar y planchar ropa fina y lo demás que su
futura ama podía exigirle. Según Loula, no era necesario afanarse
tanto, porque las españolas carecían del refinamiento de las francesas,
eran muy burdas. Ella misma rapó el inmundo cabello a Tété
y la obligaba a bañarse con frecuencia, hábito desconocido para la
chica, porque según madame Delphine el agua debilita; ella sólo
se pasaba un trapo húmedo por las partes escondidas y se rociaba
con perfume. Loula se sentía invadida por la chiquilla, apenas cabían
las dos en el cuartito que compartían de noche. La agobiaba
con órdenes e insultos, más por hábito que por maldad, y solía propinarle
coscorrones cuando Violette estaba ausente, pero no le escatimaba
comida. «Cuanto antes engordes, antes te irás», le decía. Por
contraste, era de una amabilidad exquisita con el viejo Honoré cuando
aparecía tímidamente de visita. Lo instalaba en la sala en el mejor
sillón, le servía ron de calidad y lo escuchaba embobada hablar de
tambores y artritis. «Este Honoré es un verdadero señor. ¡Cómo
quisiéramos que alguno de tus amigos fuera tan fino como él!», le
comentaba después a Violette. |