I. El asesinato
26 de abril de 1998
1
La tarde de un domingo, pocas horas antes de ser asesinado
a golpes en el garaje de la casa parroquial de la iglesia
de San Sebastián, ubicada en el centro histórico de la
ciudad de Guatemala, monseñor Juan Gerardi Conedera
bebía whisky y contaba chistes en una pequeña reunión celebrada
en el jardín de la casa de un amigo. Los chistes de
monseñor Gerardi eran famosos por divertidos y, algunas
veces, atrevidos. Tenía fama de chistoso. «En una reunión
con él, se escuchaba todo un repertorio de chistes», le diría
a los policías, dos días después, el padre Mario Orantes
Nájera, auxiliar de la parroquia. «Ojalá lo hubieran conocido.
» Los guatemaltecos admiran a alguien que puede
contar chistes. Un buen chiste es, entre otras cosas, una defensa
contra el miedo, la soledad y la desesperación de no
poder hablar. En las situaciones más tensas, incómodas o
tenebrosas, un guatemalteco siempre sale adelante con un
chiste o dos, contado con un aire casi serio, a menudo con
un recitativo torrente de palabras, con menos énfasis en la
voz, raras veces alzada, que en los gestos de las manos.
Hasta cuando la risa es forzada parece un alivio.
Los guatemaltecos han sido siempre conocidos por su
reserva y secretismo e incluso su melancolía. «Hombres
más remotos que las montañas» fue como Wallace Stevens
los describió en un poema después de visitar la «Guatemala
ajena, a quemarropa, verde y real». Dos culturas profundamente
ceremoniosas y fantasmagóricas, la españolacatólica
y la maya-pagana, dieron forma a la identidad
nacional del país a lo largo de siglos de crueldad y aislamiento.
(Los barcos del imperio español raramente anclaron
en las costas guatemaltecas porque la tierra les ofrecía
un botín poco atractivo, especialmente si se comparaba
con el oro y la plata disponibles en México y Suramérica.)
En 1885, el escritor y político exiliado Enrique Guzmán
describió el país como un Estado corrupto y policial, lleno
de tantos informantes del gobierno que «hasta los borrachos
eran discretos» –una observación que nunca ha dejado
de ser citada porque nunca, de un dictador o gobierno
a otro, ha dejado de parecer cierta.
Monseñor Gerardi era un hombre grande y aún fuerte
a pesar de sus setenta y cinco años. Medía cerca de un metro
ochenta y pesaba alrededor de cien kilos. Era de pecho
amplio y espalda ancha; nariz prominente y colorada; cabello
crespo, grueso y canoso. Después del asesinato, sus
amigos recordaban no sólo su sentido del humor y su afición
por el alcohol, sino su voracidad para leer, su inteligencia
realista y su casi clarividente entendimiento de la
política guatemalteca, notoriamente enredada, corrupta y
letal.
Todo ello lo convirtió en el consejero más confiable
de su superior, el arzobispo Próspero Penados del Barrio,
una figura menos terrenal. Poco tiempo después de que
Penados fue nombrado arzobispo, en 1983, hizo regresar a
Gerardi del exilio político en Costa Rica.
Como fundador de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de
Guatemala, a la que usualmente llaman por su acrónimo
ODHA, Gerardi se convirtió en uno de los líderes y voceros
más importantes de la Iglesia católica.
La reunión en el jardín esa última tarde de la vida del
obispo Gerardi celebraba la conclusión de Guatemala:
Nunca Más, un informe de cuatro volúmenes, 1.400 páginas,
sobre una investigación sin precedentes de las desapariciones,
masacres, asesinatos, torturas y violencia sistemática
que había padecido la población guatemalteca desde el
comienzo de los años 60, décadas durante las cuales dictadores
militares y gobiernos civiles de derecha bajo dominio
militar emprendieron la guerra contra grupos guerrilleros
de izquierda. Unos doscientos mil civiles fueron asesinados
durante la guerra que había concluido formalmente en diciembre
de 1996 con la firma de los Acuerdos de Paz supervisados
por la Organización de las Naciones Unidas
(ONU).
El ejército guatemalteco había vencido fácilmente
en el campo de batalla, pero firmar la paz con la guerrilla
se había convertido en una necesidad política y económica.
Aun así, el ejército pudo dictar varios de los términos de
los acuerdos y diseñar para sí mismo y para las organizaciones
guerrilleras una amnistía que suprimió de raíz toda posibilidad
de que alguien entablara juicios por crímenes relacionados
con la guerra. Esta «piñata de autoperdón» fue
el comienzo siniestro de una era supuestamente democrática
basada en principios como el respeto por la ley, el acceso
a la justicia y la desmilitarización.
Los Acuerdos de Paz promovieron la creación de una
comisión de la verdad apoyada y financiada por la ONU
–la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, CEH–
que pretendía establecer el historial de los crímenes cometidos
durante los años de guerra. Pero muchos activistas
de derechos humanos, incluido monseñor Gerardi, quien
había participado en las negociaciones de paz, dudaban
que esa comisión pudiera proveer un informe completo de
los hechos. La comisión no estaba autorizada a identificar
con nombre y apellidos a violadores de derechos humanos
y no podría responsabilizar a nadie por los crímenes.
Los testimonios dados a la comisión tampoco podrían ser usados
en futuros juicios. Como contrapartida, bajo la guía
de Gerardi, la ODHA emprendió una investigación paralela
de apoyo, el proyecto para la Recuperación de la Memoria
Histórica, conocido como REMHI, la cual culminó
con el informe Guatemala: Nunca Más. El obispo Gerardi
escribió la introducción de ese informe.
El miércoles 22 de abril, monseñor Gerardi junto con
Ronalth Ochaeta, un abogado de treinta y tres años, director
ejecutivo de la ODHA, y Edgar Gutiérrez, de treinta y
seis, coordinador de REMHI, ofreció una conferencia de
prensa para informar a los reporteros sobre el contenido general
de Guatemala: Nunca Más. Cuando un reportero preguntó
si tomaban medidas de seguridad, Gerardi cedió el
micrófono a Gutiérrez, al mismo tiempo que se volteó para
murmurar al oído de Ochaeta: «Qué vaina.» Poco después
del asesinato, Ochaeta vio en un periódico una fotografía
que había captado justamente ese instante. El obispo, recostado
en su silla, tenía una mirada de preocupación.
La siguiente noche, el jueves 23 de abril, monseñor
Gerardi y su equipo habían invitado a periodistas y personajes
influyentes a una cena en el Palacio Arzobispal, una
extensión del complejo de la Catedral Metropolitana, cerca
de la iglesia de San Sebastián. Esa noche se entregaron copias
de los dos primeros volúmenes de Guatemala: Nunca
Más –«El Impacto de la Violencia» y «Los Mecanismos del
Horror»–. Mientras los invitados cenaban, el obispo Gerardi
explicó la metodología del REMHI, y minutos después
respondió preguntas de los asistentes.
Durante un período de dos años, explicó, alrededor de ochocientas personas se
habían sometido a un entrenamiento intensivo para recopilar
los testimonios de la investigación. Operando desde
trece centros regionales, los «animadores a la reconciliación
» habían recorrido y atravesado todo el país. La población
de Guatemala es sesenta por ciento maya-indígena,
y los mayas, los campesinos rurales especialmente, habían
sido las víctimas más afectadas de la carnicería de esa guerra.
Más de la mitad de las entrevistas de Guatemala: Nunca Más
se habían realizado en quince idiomas mayas y el resto en
español.
El viernes 24 de abril, Guatemala: Nunca Más fue formalmente
presentado en la catedral. La grande y tenebrosa
casa del Señor –un austero y firme edificio neoclásico de
ciento cincuenta años cuyas paredes aún muestran las marcas
provocadas por el terremoto de 1976– estaba abarrotada
de diplomáticos, políticos, miembros de organizaciones
no gubernamentales, antiguos guerrilleros, periodistas, activistas
de derechos humanos y otras personas. El único organismo
no representado, a pesar de la invitación, fue el
gobierno del presidente de Guatemala, Álvaro Arzú Irigoyen.
Se colocaron dos pantallas de televisión en cada uno
de los dos pasillos de la nave de la catedral para que la
gente, sentada o de pie, pudiera ver la ceremonia que tenía
lugar en el altar. A pesar de la gravedad del informe, había
cierto júbilo silencioso. Para muchos, parecía como si Guatemala
se encontrara realmente al borde de una nueva era.
Hacía tan sólo doce días que el presidente Arzú había
anunciado por la televisión nacional que la Comisión de
Derechos Humanos de Naciones Unidas había removido
a Guatemala de la lista de los países violadores de los derechos
humanos, un estatus que había mantenido durante
diecinueve años, lo cual había llevado a la ONU a impo-
ner sanciones, molestas inspecciones, y suspensiones periódicas
por parte del Congreso de Estados Unidos a la
ayuda militar (aunque de manera encubierta o bien bajo
otras formas de ayuda militar, a través de la CIA, otras naciones
como Taiwán e Israel –este último, por ejemplo,
construyó la fábrica de municiones del ejército de Guatemala–,
el país había mantenido ese financiamiento).
Al lado de los Acuerdos de Paz, el fin de la posición de
Guatemala como Estado paria abrió camino para la renovación
de financiamientos y ayuda extranjera. Y ahora la
Iglesia, a través del REMHI, iniciaba un informe confiable
del pasado –un informe que, Gerardi había hecho énfasis
en ello en repetidas ocasiones, era crucial para reparar el tejido
social destruido del país y para garantizar que nunca
más los abusos y violaciones de los derechos humanos serían
protegidos por una cultura oficial de silencio y mentiras
o por un sistema legal que, efectivamente, daba a ciertas
instituciones y sectores de la sociedad carta blanca para
cometer crímenes.
Esa noche en la catedral, obispos de todas las diócesis
involucradas en el REMHI estaban reunidos en el altar
(sólo una de las doce diócesis del país se había negado a
participar). Un pastor luterano fue invitado a hablar durante
la presentación. «Cuando emprendimos esta tarea,
nos interesaba conocer, para compartirla, la verdad», dijo
Gerardi en su discurso, «reconstruir la historia del dolor y
la muerte, ver los móviles, entender el porqué y el cómo.
Mostrar el drama humano, compartir la pena, la angustia
de los miles de muertos, desaparecidos y torturados... El
REMHI ha sido una puerta abierta para que las personas
respiren y hablen en libertad, para la formación de comunidades
con esperanza. Es posible la paz, una paz que nace
de la verdad de cada uno y de todos.»
Después de la ceremonia, se celebró una recepción en
el Palacio Arzobispal. Los invitados, unas seiscientas personas
que habían hecho el trabajo de campo para el REMHI,
pasaron a uno de los viejos patios de estilo colonial
dentro del complejo de la catedral, para el refrigerio tradicional
de café y tamales, así como para felicitar a monseñor
Gerardi. Edgar Gutiérrez pronto notó que el obispo
se había retirado al final de uno de los corredores que rodeaban
el patio. Estaba de pie, bajo la sombra de uno de
los arcos, y en silencio observaba a los invitados. Gutiérrez
se acercó y le preguntó si se sentía agobiado por tanta gente.
El obispo respondió distraído: «Nos hizo buena noche.
Esperemos que no llueva.» Y luego preguntó: «Y tú, Edgar,
¿has hecho planes con tu familia para salir del país, para ir
a estudiar a algún lugar mientras las aguas se calman?»
«¿No están calmadas, monseñor?», preguntó Gutiérrez.
«Bueno, van a estar más agitadas después de que terminen
de leer el REMHI.»
«Entonces todavía tengo tiempo, monseñor», dijo Gutiérrez
con un tono envalentonado.
Las últimas semanas y días de su vida, Gerardi advirtió
en repetidas ocasiones a sus jóvenes auxiliares que tomaran
precauciones. A Ronalth Ochaeta le había urgido a
que explorara la posibilidad de una beca para estudiar en
una universidad europea o que buscara trabajo en una organización
internacional. Pero Gerardi parecía menos preocupado
por su propia seguridad. Guatemala, después de
todo, se mantenía como un país fervientemente católico, a
pesar de la oleada de conversiones al protestantismo evangélico,
en especial durante las últimas décadas de la guerra.
Gerardi probablemente suponía, como aparentemente lo
hicieron todos a su alrededor, que su estatus como figura
pública de la Iglesia católica lo protegería.
El domingo 26 de abril, el último día de la vida de
Gerardi, empezó con normalidad. Margarita López, la cocinera
y empleada durante más de veinte años de la casa
parroquial, le sirvió su café de la mañana –fuerte, como a
él le gustaba– en su habitación. El obispo Gerardi dormía
en una cama sencilla con cabecera de madera. Había un
crucifijo en la pared, sobre la cama, y sus prótesis dentales
se encontraban en un vaso con agua sobre la mesita de noche.
La habitación apenas estaba amueblada, tenía repisas
para libros, un escritorio, un equipo de sonido y una televisión
en la esquina. Monseñor Gerardi se puso su sotana,
usó su anillo obispal e impartió la misa de las siete de la
mañana. Después de ello, su sobrino Javier visitó a monseñor
con sus hijos. El sacerdote auxiliar, el padre Mario,
recordaría más tarde cuán absorto se veía el obispo mientras
miraba a los hijos de Javier jugar Nintendo en su habitación.
El padre Mario, quien entonces tenía treinta y
cuatro años y había compartido las tareas parroquiales con
Gerardi durante ocho años, fue de los primeros en notar
la manera inusual en que se había vestido el obispo Gerardi
ese día, con pantalones vaqueros y una camisa de cuadros
roja en lugar de su camisa negra y su alzacuellos.
Alrededor de las once de la mañana, Ronalth Ochaeta
llegó a la iglesia de San Sebastián para llevar a Gerardi a El
Encinal, un residencial ubicado en una colina boscosa en
las afueras de la ciudad, donde vivía el doctor Julio Penados,
hermano del arzobispo, en cuya casa tuvo lugar la
reunión para celebrar la presentación del REMHI.
En el camino se detuvieron en la casa de Ochaeta para
llevar a su esposa e hijos, sus «nietos», como le gustaba llamarlos
al obispo Gerardi. Ochaeta, un hombre pequeño,
con cara regordeta, parecido a un querubín mestizo, había
trabajado para la ODHA cerca de diez años, y Gerardi, se
decía a menudo, había llegado a quererlo como a un hijo.
Ya de camino hacia la reunión, Gerardi contó emocionado
sus impresiones sobre el evento del viernes en la noche, y
dijo: «Ahora me puedo retirar en paz.» Jugaba con los hijos
de Ochaeta, dándoles pedacitos de chocolate como premio
si podían imitar las muecas divertidas que él iba haciendo.
Los invitados de esa celebración del domingo eran sobre
todo colegas de la ODHA y familiares. Muchos recordarían
después que «Monse» –así abreviaban monseñor– estaba
de buen humor, animado, comentarían también cuán
inusual les parecía que vistiera ropa informal. Usaba una
chaqueta beige con los pantalones vaqueros. Una de las invitadas
me dijo que Monse se veía como si de pronto se
hubiera quitado diez años de encima. Hubo bromas, fiesta,
bebidas, y luego tazones de garbanzos guisados y carne. El
cielo estaba azul y brillante, el aire era fresco y fragante, olía
a los pinos y eucaliptos que rodeaban la residencia.
Naturalmente, cuando las personas que estuvieron en
esa reunión contaron lo que recordaban de esa tarde, enfatizaron
detalles que, en retrospectiva, parecían cargados de
premoniciones. Y es así como recordaron que, en cierto
momento, Gerardi le dijo a Ronalth Ochaeta y Edgar Gutiérrez:
«Ustedes dos no deberían andar tan juntos todo el
tiempo. Después ellos van a decir que son huecos» –jerga
guatemalteca para referirse a los homosexuales–. Todos rieron,
pero cuando cesaron las risas, él insistió en que hablaba
en serio. «Recuerden», les advirtió, «ahora es cuando van
a empezar las campañas de difamación.»
También recordaron que el tema central de la conversación
fue, por supuesto, el REMHI. «Ahora sabemos qué
sucedió, pero no sabemos quién dio las órdenes», enfatizó
Gerardi en cierto momento. «Creo que necesitamos empezar
a trabajar en otro pequeño proyecto», un nuevo informe
sobre los «autores intelectuales» de las atrocidades
cometidas durante la guerra. Soltó palabras así, al aire,
dejó que las escucharan y luego siguió platicando. Gutiérrez
respondió: «Ay, monseñor, si hacemos eso de seguro
nos matan.»
Los invitados recuerdan que en ese momento el hijo
menor de Gutiérrez se cayó de un columpio hecho con
una llanta atada a la rama de un árbol y se rompió el labio,
y que los otros niños gritaban: «¡Tiene sangre! ¡Tiene
sangre!» Eran alrededor de las cuatro y media de la tarde y
la fiesta, poco a poco, se apagó. La suegra de Gutiérrez,
quien había venido de México para visitarlos, quedó tan
perturbada por las advertencias de Gerardi que esa misma
tarde decidió que sus nietos volvieran con ella a la ciudad
de México.
Ronalth Ochaeta, junto con su esposa y sus dos hijos,
llevó a Gerardi de regreso a la iglesia de San Sebastián,
ubicada en un barrio residencial de la zona 1. (La ciudad
de Guatemala está demarcada por zonas numeradas, la
mayoría compuesta de colonias o barrios, los cuales tienen,
cada uno, su propio nombre.) San Sebastián queda a
pocas cuadras hacia el norte de la Plaza Central, que está
rodeada por la catedral y el renombrado Palacio Nacional
de la Cultura –antes llamado Palacio Nacional–, sede de
varios dictadores. Entre San Sebastián y el Palacio está
ubicada la Casa Presidencial.
Llegaron a la iglesia entre las cinco y media y las seis
menos cuarto. «¿No tiene que decir misa?», preguntó
Ochaeta. El obispo dijo que el padre Mario diría la misa de
las seis de la tarde. Hablaron brevemente sobre el viaje que
Gerardi debía hacer el miércoles para asistir a una confe-
rencia en México. Ochaeta le aseguró que ya todo estaba
arreglado. Gerardi se bajó del carro y volteó a verlos, les
dijo adiós agitando la mano y luego entró a la casa parroquial.
Si el obispo Gerardi contemplaba realmente la idea de
retirarse –a veces mencionaba la posibilidad, aunque casi
todos creían que aún tenía demasiada energía y estaba
muy involucrado en su trabajo, además de que era una
figura demasiado importante para el arzobispo Penados y
la Iglesia como para dejarlo todo– la conclusión de Guatemala:
Nunca Más habría representado la culminación
triunfante de más de cinco décadas de sacerdocio.
Hijo de una familia de emigrantes y comerciantes italianos, Gerardi
había pasado la mayor parte de sus primeros veinte
años de sacerdocio sirviendo en parroquias pobres, en
pueblos indígenas, rurales, hasta que fue llamado a la ciudad
de Guatemala para trabajar sucesivamente con dos
prelados poderosos y ultraconservadores –el arzobispo
Mariano Rossell y el cardenal Mario Casariego– y sirvió
además un turno como canciller de la curia. Su nombramiento
como obispo de la diócesis de Verapaz (al norte del
país) en 1967 coincidió con los años durante los cuales se
celebró el Concilio Vaticano II (1965) y la Conferencia
Episcopal Latinoamericana (1968), reuniones fundamentales
que comprometieron a la Iglesia a una mayor apertura,
y al clero –especialmente la última conferencia– a un
rol más realista, receptivo a las necesidades de los pobres.
Lo que para algunos parecía una nueva teología radical
–reformar la liturgia para hacerla más accesible, por
ejemplo–, para el joven Gerardi parecían más bien aspectos
prácticos. La diócesis de Verapaz estaba ubicada en
medio de montañas cubiertas de nubes, de bosques lluviosos,
y ricas colinas con plantaciones de café. Durante mucho
tiempo, a expensas de la población maya q’eqchi, esta
diócesis había atendido las necesidades espirituales de una
pequeña oligarquía, propietaria de los cafetales, descendientes,
en su mayoría, de emigrantes alemanes que llegaron
a Guatemala en el siglo XIX.
Durante siglos, en las raras ocasiones en que se impartían
misas católicas en las comunidades aisladas, los q’eqchi,
que en su mayoría ni siquiera hablaban español, tuvieron
que escucharlas en latín. El obispo Gerardi fue
pionero en la puesta en práctica de misas en idiomas mayas.
Animó a sus sacerdotes a aprender q’eqchi y preparó y
apoyó a catequistas y otros profesores laicos. «Nuestra
Iglesia se halla frente al profundo reto de la realidad y situación
en que viven nuestros indígenas», escribió Gerardi
en 1973. «Efectivamente nos encontramos ante una situación
de explotación, marginación, analfabetismo, enfermedades
endémicas, pobreza e incluso miseria; todo ello
equivale a un estado de injusticia y revela un estado de pecado.
Esta situación, vista a la luz de nuestra fe, nos invita
a volver al núcleo del mensaje cristiano, y crear dentro de
nosotros una conciencia íntima de su verdadero significado
y exigencias.»
Leyendo algunas de las cartas pastorales y otros escritos
producidos por Gerardi durante esa época, quedé sorprendido
por el equilibrio con que combinaba el sentido
tradicional de la misión pastoral –buscando y predicando
el misterio de la salvación en el ejemplo de Cristo– con un
compromiso hacia los pobres. «El sufrimiento del cuerpo
místico de Cristo es algo que nos debe hacer reflexionar.
Es decir, si los pobres están fuera de nuestra vida, entonces
tal vez Cristo está fuera de nuestras vidas.» La inclu-
sión de ese «tal vez» era una de sus características. Nunca
alguien describió al obispo Gerardi como dogmático.
En 1980, cuando Gerardi era obispo de la diócesis de
El Quiché, la zona indígena más poblada del país, escapó
de un intento de asesinato. Estuvo a punto de convertirse
en el segundo obispo asesinado en Centroamérica ese año.
(En los cinco siglos precedentes sólo un obispo había sido
asesinado en esa región.) Otro prelado, abierto e influyente,
asociado con la teología de la liberación, el arzobispo
Óscar Romero de El Salvador, había sido recientemente
ultimado por un sicario vinculado a ARENA (Alianza Republicana
Nacionalista), el partido de ultraderecha gobernante
en El Salvador.
El conflicto interno en Guatemala, que se desarrollaba
con diferentes niveles de intensidad, cumplía entonces dieciocho
años. La guerra había sido el resultado de un golpe
planificado por la CIA en 1954 contra Jacobo Arbenz
Guzmán, el segundo presidente electo democráticamente
en la historia guatemalteca. Arbenz había propuesto una
reforma agraria para paliar las desigualdades del sistema
que él mismo llamó «feudal» en su discurso de toma de posesión.
Tierra ociosa, sin cultivar, en manos privadas, había
sido expropiada y redistribuida entre campesinos sin
bienes. Parte de esas tierras expropiadas pertenecían a un
solo dueño, la United Fruit Company. El gobierno de Arbenz
había reembolsado el valor a la United Fruit, pero a
los desinflados precios que la compañía había declarado en
el momento de valuarla para el pago de impuestos.
La United Fruit ejercía una considerable influencia en
la administración Eisenhower a través de conexiones personales,
particularmente a través de los hermanos Dulles,
John Foster y Allen. Tal y como Stephen Schlesinger y Stephen
Kinzer lo explican en Bitter Fruit, un relato del golpe
de 1954 y sus repercusiones, John Foster Dulles, el secretario
de Estado de Estados Unidos, había negociado un trato
favorable del transporte por ferrocarril para la United Fruit
en Guatemala mientras él era socio senior de la firma de
abogados Sullivan y Cromwell en Nueva York. Allen Dulles,
quien también había hecho trabajos legales para la
United Fruit, era entonces el director de la CIA.
No obstante,el motivo más importante que se hallaba detrás del
golpe era que el gobierno de Estados Unidos temía al comunismo.
Arbenz había legalizado el Partido Comunista
en 1952 (en realidad era pequeño, con menos de mil
miembros activos, la mayoría sin mucha influencia).
Primero la administración Truman y luego la de Eisenhower
malinterpretaron las intenciones políticas de las acciones
del gobierno guatemalteco, rehusándose a reconocer que
Arbenz, en esencia, era un nacionalista, sin vínculos proba-
dos con Moscú. Y de esa manera, en una operación similar
a la de Irán, en la cual el primer ministro Mosaddeq fue depuesto,
marchó el primer programa de cambio de régimen
encubierto en Latinoamérica, que incluía fuertes acusaciones
del establecimiento de una base militar soviética.
Después de varios meses de sabotaje económico, maniobras y
operaciones psicológicas, gestos amenazantes del ejército
estadounidense, y la invasión de una pequeña fuerza rebelde,
armada y entrenada por la CIA, Arbenz renunció y pidió
asilo político en la embajada de México. El gobierno
fue entregado a empresarios y líderes políticos de ultraderecha,
quienes fundaron sus propios escuadrones de la muerte
paramilitares, y también al ejército de Guatemala, respaldado
por Estados Unidos. La política de reforma agraria de
Arbenz fue revocada y muchos de sus defensores y beneficiarios
fueron asesinados. El ejército de Guatemala al final
se convertiría en la institución militar más brutal, corrupta
y criminal del hemisferio occidental.
Cinco años después de que Arbenz fue removido de su
cargo en América Latina, la Revolución Cubana inspiraba
una nueva preocupación en la región. Después de una intentona
de revuelta militar, liderada por oficiales arbenzistas,
la administración Eisenhower decidió fortalecer las
unidades de Inteligencia del ejército de Guatemala, engendrando
un aparato clandestino criminal de terror sobre el
cual, en el futuro, Estados Unidos perdería el control.
En 1962, dos soldados jóvenes –el teniente Yon Sosa, de veintidós
años y Luis Turcios Lima, de diecinueve, ambos con
entrenamiento militar de élite en Estados Unidos– tomaron
el interior del país para emprender la guerra de guerrillas
contra lo que ellos describieron como la «tiranía y la
humillación».
El levantamiento tuvo, en principio, el apoyo
del ahora desarticulado Partido Comunista de Guate-
mala, pero no por mucho tiempo. Aunque la causa de la
revolución armada sobrevivió, las fuerzas guerrilleras en
Guatemala, durante los años 60, no estuvieron integradas
por más allá de unos cuantos cientos; no obstante una
campaña contrainsurgente, financiada por Estados Unidos
(era la «campaña-contra-el-terror»), asesinó durante esa década
alrededor de diez mil civiles.
Una paradoja particular y trágica de esa época es que mientras el programa Alianza
para el Progreso, apoyado por el presidente John Kennedy,
buscaba formas de identificar y apoyar a líderes reformistas,
moderados y democráticos en Guatemala –incluso en
los años 60– para llevarlos a estudiar a Estados Unidos, las
fuerzas de seguridad y escuadrones de la muerte, respaldados
por el gobierno de ese mismo país, asesinaban a esos líderes
después de que regresaban a poner en práctica lo
aprendido. Para 1970, dos tercios de las personas enviadas
a estudiar a Estados Unidos habían sido asesinadas.
Mientras las posibilidades para un cambio pacífico se
desvanecían ante una represión violenta, crecían las filas
guerrilleras de corte marxista. La guerra interna de Guatemala,
como los otros conflictos que le siguieron en Centroamérica
(en El Salvador y Nicaragua, sobre todo), fue
generalmente descrita en el contexto de la rivalidad entre
Estados Unidos, la Unión Soviética y Cuba, y a las causas
locales se les restaba importancia, pero esa guerra, de hecho
y en esencia, se promovía para proteger a una élite
atrincherada.
A principios de la década de 1980, los oficiales
de mayor rango del ejército de Guatemala se habían
hecho extremadamente ricos. La mayoría de escuadrones
de la muerte que operaban en Guatemala estaban vinculados
al ejército, aunque sus actividades siempre se achacaban
a extremistas de ultraderecha. O se apoyaba a la dictadura
y a la oligarquía o se era calificado de izquierdista.
Uno de mis familiares en Guatemala, conservador en
sus ideas políticas, médico, devoto del catolicismo, conocido
por sus compromisos en el campo de la salud, no
vinculado a la política, fue obligado junto a su familia a
salir al exilio en 1970. Los doctores descalzos a quienes
había entrenado para llevar tratamientos médicos básicos,
como pastillas contra la disentería, a las áreas más alejadas
y pobres, fueron asesinados uno a uno por el ejército, el
cual había confiscado una pequeña clínica que él había
construido con donaciones internacionales en el Triángulo
Ixil, un pueblo de Nebaj, en una esquina montañosa en
el norte de El Quiché.
El 31 de enero de 1980, El Quiché literalmente encendió
la llama en la conciencia mundial cuando treinta y
siete campesinos mayas ocuparon la embajada de España
en Guatemala para llamar la atención y denunciar la violencia
infligida en sus comunidades. Las fuerzas de seguridad
guatemaltecas bombardearon la embajada, provocando
un infierno que mató a todos los insurgentes excepto a
uno, así como a los miembros de la misión diplomática
que quedaron atrapados en el edificio. Entre los muertos se
encontraba el padre de quien se convertiría en el futuro en
premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú. Esa noche el
único sobreviviente, uno de los indígenas que protestaban,
fue secuestrado del hospital donde convalecía y posteriormente
asesinado. Su cuerpo fue hallado la madrugada siguiente
en la Universidad de San Carlos, la universidad
pública nacional.
La masacre en la embajada de España precipitó una
protesta de magnitud internacional y España rompió relaciones
diplomáticas con Guatemala. Poco tiempo des-
pués, se lanzó una campaña de terror, que duraría años,
contra la Iglesia católica y que pronto se extendió a las
montañas brumosas, pueblos, villas y aldeas de El Quiché,
la mayoría poblada por mayas. En una pequeña estación
de radio comunitaria ubicada en la cabecera departamental,
Santa Cruz, justo donde se encontraba la diócesis a
cargo del obispo Gerardi, se descubrieron los cuerpos mutilados
de dos catequistas de la Iglesia. Los conventos eran
a menudo bombardeados con ametralladoras y granadas.
Mientras la lucha contra la guerrilla se intensificaba en el
altiplano, el ejército se apoderaba y ocupaba iglesias, casas
parroquiales y conventos, para convertirlos en barricadas y
centros de interrogatorios y tortura. Las estatuas de los
santos fueron envueltas con ropa de camuflaje verde olivo,
como para recordar a los feligreses a quién debían realmente
obediencia, al menos si buscaban salvación terrenal.
Al sacerdote español de la villa de Chajul, en el Triángulo
Ixil, le tendieron una emboscada y fue asesinado. En
Joyabaj, el padre Faustino Villanueva fue asesinado en su
oficina. Algunas veces, cuando el ejército había desocupado
una parroquia o un convento, la gente dejaba candelas
encendidas afuera por las almas de aquellos que habían
sido asesinados adentro.
En Nebaj, un pueblo antaño bullicioso, el ejército emplazó
un nido de ametralladora en el campanario de la
iglesia, apuntando hacia la plaza. Años después, en 1984,
viajé en bus desde la ciudad de Guatemala a Nebaj junto
con mi amiga Jean-Marie Simon, fotógrafa y periodista,
además de investigadora tenaz para organizaciones de derechos
humanos como Americas Watch y Amnistía Internacional.
Visitamos una pequeña comunidad de monjas en
Nebaj que aún vivían en una casita conventual dentro del
complejo colonial de la iglesia que el ejército había ocupado.
Una de las monjas colocó una grabadora en la mesa y
escuchamos sollozos y gritos de las sesiones de tortura que
las monjas habían grabado a través de las paredes de adobe
durante las noches. Para entonces, el ejército y los civiles,
forzados a convertirse en milicias rurales –llamadas patrullas
de autodefensa civil–, bajaban en camionadas a indígenas
refugiados en las montañas, para llevarlos a vivir a
campos desolados, en chozas hechas de pino con techos de
zinc. Esos campos denominados «aldeas modelo» eran
bautizados con nombres orwellianos como Nueva Vida.
Acompañamos a las monjas al mercado del pueblo para
comprar provisiones de comida, platos y vasos multicolores
de plástico para los refugiados. Las monjas escogieron
platos y vasos de todos colores menos verde: el color del
Ejército, explicaron en voz baja. Era una protesta sutil,
probablemente nadie la notaba, ni los refugiados ni el ejército,
pero ¿quién se atrevería a arriesgarse más?
Durante años, los expertos en el conflicto armado
guatemalteco han discutido qué parte de culpa de esa violencia
recae en la guerrilla, en particular en la facción llamada
Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP). Al moverse
entre la población y prometerles una protección que no
podían proporcionar, ¿empujaron al ejército a estas acciones?
La guerrilla ciertamente carga con parte de la culpa.
Pero el ejército de Guatemala también tenía su propia
agenda, una agenda que, a principios de la década de los
80, cortó toda posibilidad de llegar a un acuerdo o negociación
pacífica. La mentalidad estatal de seguridad nacional
pronto relegó el altiplano indígena a área necesitada de
la imposición de la marca de autoridad militar transformadora.
Mientras pudo, Gerardi trató de mantenerse a una distancia
prudente del ejército y de la guerrilla. Pero en una
ocasión, contada a menudo después de su asesinato, se
enfrentó al comandante de la zona militar de El Quiché.
El ejército, le reprochó al comandante, estaba matando
más gente que la guerrilla. En su afán, Gerardi le advirtió
que el propio ejército empujaba a la gente a los brazos de la
guerrilla. La respuesta del militar fue solicitar la cooperación
del obispo Gerardi, lo que implicaba, por ejemplo, que
identificara a los colaboradores de la guerrilla en su parroquia.
Él rehusó, el ejército empezó a considerarlo su enemigo.
Demetrio Toj, un maestro y locutor de radio que
fue secuestrado y torturado por el ejército, pero que logró
fugarse de una manera espectacular y extraña, le contó a
la ODHA que en cierto momento sus torturadores le preguntaron
insistentemente «dónde escondía el obispo Gerardi
las armas». Poco tiempo después del secuestro de
Toj, el obispo fue advertido por los pobladores de San Antonio
Ilotenango de que los soldados le preparaban una
emboscada. Los propios aldeanos lo guiaron por una ruta
alternativa a través de las montañas durante la noche, al
amparo de la oscuridad.
Quizá después de escapar de la muerte en San Antonio
Ilotenango, el obispo Gerardi perdió el control. «Cuando
sientes la muerte llamando a tu puerta, te paralizas», le
confió en una ocasión a Edgar Gutiérrez. Gerardi decidió
cerrar la diócesis de El Quiché, una decisión que lo persiguió
durante mucho tiempo. No obstante fue un acto tanto
de protesta como de miedo, quizás en el fondo con la
intención de llamar la atención del cardenal Casariego, un
prelado conservador y chapado a la antigua, que cultivaba
sus relaciones con las familias adineradas y poderosas, además
de bendecir con agua bendita los tanques del ejército.
El cardenal Casariego nunca habló sobre la represión,
guardó silencio incluso sobre los asesinatos de sus propios
sacerdotes. Su exacerbado anticomunismo lo convirtió, en
apariencia, en un partidario acrítico del ejército.
La salida de los curas de El Quiché sólo profundizó la
soledad de la provincia y no logró impedir la matanza, así
que el obispo Gerardi y Próspero Penados, quien entonces
era obispo de San Marcos, viajaron al Vaticano, donde, en
reunión privada con Juan Pablo II, le informaron sobre la
situación. El Papa se conmovió al escucharlos y escribió
una carta pública a la Conferencia Episcopal de Guatemala
condenando duramente la violencia contra la población
civil y la persecución contra la Iglesia: «Comparto su dolor
», escribió el Papa, «sobre la trágica acumulación de sufrimiento
y muertes que pesa, y que no muestra signos de
detenerse, sobre tantas familias y sobre sus comunidades
eclesiales, debilitadas no sólo por el asesinato de varios catequistas,
sino también de sacerdotes, en las más oscuras
circunstancias, de manera vil y premeditada. Me siento
particularmente entristecido por la grave situación de la
diócesis de El Quiché, donde debido a las múltiples amenazas
de muerte y hechos criminales contra el clero, la comunidad
carece de asistencia religiosa.»
El cardenal Casariego debió sentir esa carta abierta
como un reproche irritante. Los gobernantes y la élite
conservadora estaban enfurecidos. ¿No era el papa Juan
Pablo II acaso el símbolo de la resistencia anticomunista
en el mundo? ¿Por qué respaldaba a los «comunistas» de
El Quiché?
A pesar de que el obispo Gerardi solicitó un nuevo
destino y permiso para no regresar a Guatemala, el Papa le
ordenó reabrir la diócesis de El Quiché. El obispo Gerardi
obedeció, pero en el aeropuerto de la ciudad de Guatema-
la fue recibido por un contingente militar que denegó su
ingreso al país y le ordenó subir a un avión que lo llevó a
El Salvador. El obispo Rodolfo Quezada Toruño, que había
llegado al aeropuerto junto con otros delegados de la
Iglesia para recibir a Gerardi, recordó años después –cuando
ya había sido ordenado cardenal– que tuvo la impresión
de que fue la presencia de ellos lo que evitó que los
soldados se llevaran al obispo Gerardi a otro lugar y probablemente
lo mataran.
En El Salvador, tan pronto como aterrizó, Napoleón
Duarte, el presidente demócrata-cristiano, le advirtió al
obispo Gerardi que había asesinos esperándole. Entonces
partió hacia Costa Rica, donde permaneció durante tres
años en un exilio angustiante. Tres meses después de la
reapertura de la diócesis de El Quiché, el sacerdote a cargo
fue asesinado. Y antes de que la guerra concluyera, sacerdotes,
monjas, y trabajadores religiosos serían «martirizados
» en El Quiché más que en cualquier otra diócesis de
América.
En 1982, un golpe militar derrocó al general Lucas
García como presidente de Guatemala y lo reemplazó el
general Efraín Ríos Montt, un protestante evangélico que
lanzó una despiadada campaña contrainsurgente de tierra
arrasada. Se perpetraron cientos de masacres. Más de seiscientas
villas y aldeas fueron quemadas, unas setenta mil
personas fueron asesinadas, y tal vez alrededor de un millón
de refugiados huyeron hacia las montañas y las fronteras
del país. Para el obispo Gerardi, ésos fueron años de
depresión y culpa por encontrarse tan lejos. También fueron
años, según algunos, de soledad acompañada de bebida
en exceso. Pero Ríos Montt fue depuesto en 1983
por el general Óscar Mejía Víctores, y un año después, cuando
el cardenal Casariego murió, el Papa nombró a Próspero
Penados del Barrio arzobispo de Guatemala. Penados era
una figura de unión dentro de una Iglesia gravemente dividida.
Cambió la limusina y el chofer de su predecesor
por un Toyota que él mismo conducía.
El general Ríos Montt había en varias ocasiones contrariado
y desafiado abiertamente al papa Juan Pablo II.
Por ejemplo, en la víspera de la primera visita del Papa a
Guatemala en 1983, ignoró la petición de clemencia que
el Papa hizo en favor de «subversivos» que fueron ejecutados
después de un juicio sumario ante un tribunal militar
cuyo sistema no admitía abogados defensores. En un gesto
necesario hacia la Iglesia, el general Mejía Víctores permitió,
de mala gana, que el arzobispo Penados llamara a su
viejo amigo Gerardi al exilio.
La ODHA, establecida por el arzobispo Penados en
1989, y con el obispo Gerardi a la cabeza, se convirtió en
la primera organización de derechos humanos a nivel local
capaz de trabajar a escala nacional. Muchos guatemaltecos
confiaban más en la Iglesia que en ninguna otra institución,
aunque otros, claro, la despreciaban. En cualquier
caso, la Iglesia era la única organización que podía superar
las limitaciones culturales que enfrentaría la comisión de la
verdad de Naciones Unidas establecida en los Acuerdos de
Paz en 1996, y ésa fue la razón por la cual el obispo Gerardi
concibió el proyecto REMHI. En la actualidad, los
indígenas guatemaltecos hablan veintitrés idiomas mayas,
y muchos de ellos no dominan el español. Muchas de las
comunidades mayas se encontraban en zonas militares donde
aún prevalecía un clima de represión tiempo después de
concluida la lucha. Decenas de miles de mayas que habían
abandonado sus hogares durante los años de terror, hu-
yendo hacia las remotas montañas y bosques, habían vivido
durante años en comunidades semiclandestinas –«Comunidades
de Población en Resistencia»– dentro del país,
pero también en la frontera con México, así como en
campos de refugiados. El obispo Gerardi comprendió que
la mayoría de indígenas no iban a sentirse seguros y confiados
al colaborar con los investigadores de Naciones Unidas,
muchos de ellos extranjeros, a menos que la Iglesia
católica ayudara primero a disipar esas profundas inhibiciones
y miedos a hablar.
El informe REMHI –a pesar de sus imperfecciones
como ciencia social estricta– era, hasta el momento, la investigación
más extensa que se había emprendido sobre el
número de víctimas de la guerra en la población civil. Guatemala:
Nunca Más identificó con nombre y apellidos a una
cuarta parte de los muertos civiles de la guerra (los 50.000
nombres comprenden el cuarto volumen) y documentó
410 masacres, que son definidas como intentos por destruir
y asesinar comunidades completas. La mayoría de las masacres
se llevaron a cabo entre 1981 y 1983, pero algunas tuvieron
lugar más tarde, incluso en 1995. También se documentaron
alrededor de mil quinientas muertes violentas de
tres o más civiles al mismo tiempo. El informe compilaba
cifras estimadas de refugiados de guerra, viudas y huérfanos,
de víctimas de violación y tortura, y de desaparecidos.
La investigación usaba el testimonio de víctimas, sobrevivientes
y combatientes de ambos lados del conflicto, así
como documentos desclasificados del gobierno de Estados
Unidos. El informe también incluía una evaluación de su
propia metodología para recopilar información, mencionando
las dificultades que representaban la poca fiabilidad
de la memoria y el paso del tiempo. Analizaba los antecedentes
históricos de la guerra, su impacto en las comunida-
des, sus estrategias y mecanismos. Un capítulo arroja luz
sobre la más temida y misteriosa entidad estatal, la Inteligencia
Militar, usualmente llamada G-2. (La terminología
fue adoptada del sistema de clasificación del ejército de Estados
Unidos: G-1, Personal; G-2, Inteligencia; G-3, Logística;
etc.) El informe describía la estructura y funciones
de varias de sus unidades, una de ellas dedicada al espionaje
sexual (recolectaban información de esposos infieles o empleaban
prostitutas-espías para comprometer a los oponentes).
Cuando disponía de pruebas para hacerlo, Guatemala:
Nunca Más identificaba a las unidades militares responsables
de los crímenes, y en numerosos casos nombraba también
individuos. El informe concluyó que el ejército de
Guatemala y sus unidades paramilitares asociadas, como las
patrullas de autodefensa civil, eran responsables del ochenta
por ciento de los asesinatos de civiles, y que la guerrilla
había cometido poco menos del cinco por ciento de los crímenes
de guerra.
Los autores del informe REMHI intentaron describir
e ilustrar la lógica de lo que ellos llamaron «lo inexplicable
». Pero los números, análisis de tácticas y causas, e incluso
las reconstrucciones periodísticas de masacres concretas
resultaron fríos realmente para «explicar» todo. El
obispo Gerardi, como le dijo una vez a Edgar Gutiérrez,
quería un informe que «penetrara en los poros de los lectores
» y que los conmoviera. Así, había cientos y cientos
de páginas que transcribían los testimonios directos:
La señora estaba embarazada. Con cuchillo le abrieron
el vientre para sacarle el muchachito. Y mataron a los dos.
Las niñas que jugaban en los arbolitos cerca de la casa, con
machete cortaron sus cabecitas. Caso 0976, Santa María
Tzejá, Quiché, 1980.
Los mataron a machetazos, los mataron ahorcados y a
balazos. Y a los niños los agarraron de los pies y les pegaron a
un palo donde le pegaban a los niños se murió el palo, porque
cuántas veces, por tantos niños que pegaron en ese palo, entonces
pues se murió el palo. Caso 3336 Río Negro, Rabinal,
Baja Verapaz, 1982.
El 19 de marzo de 1981 llegó el Ejército a la aldea Chel,
sacó de la iglesia a 95 personas que estaban haciendo oración,
después se los llevaron al río que está a la orilla de la aldea y
allí los masacraron con cuchillos y balas. Con ese hecho la gente
se asustó y salió huyendo a la montaña donde también fueron
perseguidos con helicópteros. Los responsables son el Ejército
y las patrullas civiles. Caso 4761, Chel, Chajul, Quiché.
Cuando vi, estaban llamando a la gente que se reunieran
todos y los estaban metiendo en una iglesia que está allá y yo
me quedé escondido allí, viendo todo lo que estaba pasando,
cuando vieron que ya no quedaba nadie afuera, hombres, mujeres,
ancianos, niños, los metieron en la iglesia. Cuando vi, cerraron
la puerta y luego comenzaron a regar gasolina por todos
lados y luego le prendieron fuego. Ése es el testimonio que yo
vine a decir. Caso 977, Santa María Tzejá, Quiché, 1982.
No sé si un capitán o un teniente que llegó allí con los soldados
dijo: «Esta aldea va a terminar toda porque esta aldea
está metida con la guerrilla.» A la una de la tarde terminaron
de matar a toda la gente y sólo quedaron mujeres y niños. Entonces
dijo el teniente: «Mejor matamos a todas las mujeres y
los niños para que nadie quede.» A las mujeres y los niños los
mataron con puras bombas, porque eran muchos los niños;
como allí hay solteras buenas, entonces todos los soldados apartaron
a todas las solteras. Hicieron como tres tandas y se pusie-
ron a matar a la pobre gente, pues como todos los soldados se
quitaron el gusto con las más jóvenes, fue el teniente el que
empezó a chingar a las pobres muchachas. Los niños de dos
años se hicieron una bola así, se quemó toda la ropa pegada, se
hizo una bola, los niños se quemaron todos. Caso 6070, Petanac,
Huehuetenango, 1982.
Josefa (Acabal) estaba platicando con Eulalia (Hernández)
cuando llegaron los soldados y rodearon la casa. Dejaron
acuchillada a la señora, quedaron muertas, por todo eran
cinco personas. Cuando los cadáveres ya estaban en el suelo
comenzaron a quemar la casa, tiraron los cadáveres sobre el
fuego. Caso 4912, Aldea Xix, Chajul, Quiché, 1983.
Corre afuera la manteca quemando, ve, como corre la
manteca de las pobres mujeres. Parece como cuando estaba
lloviendo que viene el agua en las zanjas. Como viene así la
manteca pura agua. ¿Y qué es eso?, pensaba yo cuando entré,
pura manteca está saliendo de las pobres mujeres, pura agua
sale. Caso 6070, Petanac, Huehuetenango, 1982.
El lector podía salir de esas páginas preparado para
creer al ejército de Guatemala culpable de cualquier crimen
del que se le acusara. Y eso se convertiría más tarde en
un problema para quienes tuvieron que investigar y seguir
el juicio por el asesinato del obispo Gerardi. Tendrían que
resistirse a llegar a conclusiones prejuiciosas y emocionales
enraizadas en el salvajismo del pasado reciente.
En 1998, cuando se hizo público el informe REMHI,
ningún oficial guatemalteco había sido encarcelado o procesado
por un crimen relacionado con los derechos humanos,
aunque algunos soldados y miembros de las milicias
sí habían sido condenados. Algunos casos de impacto ha-
bían quedado estancados en los tribunales durante años, y
la amnistía decretada en los Acuerdos de Paz pretendía
evitar que avanzara cualquier caso de ese tipo. Pero bajo la
ley internacional existían condiciones en las que esa amnistía
podía ser parcialmente suspendida, y Guatemala:
Nunca Más, como quedaría claro más tarde, iba a ayudar a
que se alcanzaran esas condiciones. El obispo Gerardi había
hecho saber que, si las circunstancias lo permitían, las
pruebas recopiladas por el REMHI debían ser accesibles a
la gente que más tarde buscara justicia contra los militares
o la guerrilla.
Así que el informe REMHI introducía dinámicas impredecibles
e imprevistas en la Guatemala de la posguerra.
Inició un debate público que el ejército y sus aliados –¡responsables
del ochenta por ciento de los crímenes de guerra!–
no creían que tendrían que tolerar, ciertamente no
dentro del país. Anticipándose al informe apoyado por
Naciones Unidas y quebrando los tabúes de hablar en voz
alta y repartir culpas, el REMHI desafió directamente esa
amnistía y la posición incuestionable del ejército en la sociedad
guatemalteca. Había mucho en juego para preservar
esa posición. Tras la atribución de poderes que gozaba
como protector de la oligarquía del país y como aliado de
Estados Unidos en sus metas durante la guerra fría, el ejército
se había convertido en un poder en sí mismo, su cuerpo
de oficiales constituía una clase social de élite y protegía
sus propios intereses.
Pero ¿cómo podría el asesinato del obispo Gerardi servir
a esos intereses si el REMHI había sido ya publicado?
2
Poco después de llegar a la casa parroquial ese último
domingo de su vida –luego de que Ronalth Ochaeta lo dejara
en la puerta de la residencia–, el obispo Gerardi, sin
cambiarse siquiera de ropa, salió de nuevo. El padre Mario
recordó después que, cuando salió de su habitación para
impartir la misa de las seis de la tarde, al atravesar el corredor
de la sacristía a la iglesia pasó por el garaje y vio que los
dos vehículos del obispo –un Toyota Corolla beige y un
Volkswagen Golf– estaban estacionados. Cuando regresó a
su habitación, cuarenta y cinco minutos después, el Volkswagen
Golf ya no estaba. Pero no había nada de inusual en
ello. Como solía hacerlo cada domingo por la noche, el
obispo había llevado a su hermana Carmen a su casa –la
casa donde habían pasado la infancia los hermanos, en
Candelaria, uno de los barrios más antiguos y nobles de la
ciudad–. Los Gerardi habían crecido en la misma calle que
el premio Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias, a
quien habían conocido de niños. Había una estatua de Asturias
en una rotonda situada enfrente de ambas casas.
El obispo Gerardi y Carmen fueron a la casa de su sobrino
Javier, en donde vieron televisión y comieron una
cena sencilla: platanitos, frijoles y queso. Luego el obispo
llevó a su hermana de regreso a Candelaria y llegaron –ella
lo recordaba perfectamente porque le preguntó la hora al
llegar– a las diez menos veinte de la noche.
Se demoraron un momento en el carro, mientras
platicaban, antes de despedirse. Carmen todavía vio a su
hermano manejar en dirección hacia la iglesia de San Sebastián.
A esa hora, calcularon más tarde los investigadores,
las calles estarían vacías, sin tráfico –durante el
día solía haber atascos–, así que el obispo debió tardar entre
cinco y ocho minutos como máximo en llegar a la casa
parroquial.
Así que pocos minutos antes de las diez el obispo Gerardi
llegó a la 2.ª calle, cruzó hacia la izquierda y manejó
sobre la rampa entre el complejo de San Sebastián y el
parque de árboles. El complejo está compuesto, en línea,
por un colegio católico, la casa parroquial, el garaje y la
iglesia. Un camino pavimentado atraviesa el parque desde
la esquina de la 6.ª avenida hasta las puertas de la iglesia.
Por las noches, el parque está oscuro y silencioso, y el vecindario,
usualmente bullicioso durante el día por su cercanía
a los comercios y oficinas gubernamentales, se queda
prácticamente desierto. Las tiendas estaban cerradas, las
oficinas y los colegios vacíos y las pesadas puertas de madera
de las casas antiguas estaban cerradas y aseguradas
bajo doble llave. San Sebastián es una vieja parroquia, que
data casi de la fundación de la ciudad, a fines del siglo
XVII, pero la iglesia, de tamaño modesto, con dos torres de
campanas en cada esquina, fue destruida en dos ocasiones
debido a los terremotos y dos veces reconstruida durante
el pasado siglo. Un vestigio de la época colonial, una estatua
de la Virgen de Dolores de Manchén, cuyo pecho está
atravesado por varias espadas, de rostro pálido y etérea-
mente triste, con labios semiabiertos para expeler un suspiro
de dolor, se encuentra en una capilla lateral.
Una calle sin final, el callejón del Manchén –que se extiende
dos cuadras, entre la 3.ª y 5.ª calles– conecta el complejo
de San Sebastián y el antiguo Palacio Nacional. En las
intersecciones del callejón del Manchén y la 4.ª y 5.ª calles,
puertas y guardias de seguridad custodian la Casa Presidencial,
situada en el centro. El acaudalado presidente Arzú, descendiente
de virreyes y arzobispos españoles, fue el primer
presidente guatemalteco que eligió vivir en su propia residencia
en lugar de ocupar la Casa Presidencial, que usó para
ceremonias y reuniones oficiales. También dentro de esas
puertas se encuentran las instalaciones de la Guardia Presidencial
y el Estado Mayor Presidencial (EMP) del ejército
de Guatemala. En décadas recientes no hubo probablemente
un edificio en Centroamérica más prohibido o temido que
ese del callejón del Manchén donde se ubicaban el EMP y
su conocida unidad de Inteligencia, antiguamente conocida
como El Archivo. El EMP y la Guardia Presidencial, además
de velar por la seguridad personal del presidente y su
familia, contaba, entre sus aproximadamente quinientos
miembros, con un comando de élite antisecuestros.
Durante la guerra, pocos sobrevivieron a los interrogatorios y las
torturas del EMP. (De acuerdo con documentos desclasificados
del gobierno de Estados Unidos, la unidad de Inteligencia
Militar guatemalteca –G-2– y El Archivo, aunque
técnicamente funcionaban por separado, trabajaron mano a
mano.) Al otro lado de la 4.ª calle, justo al cruzar las puertas
y a tan sólo cincuenta metros de la iglesia, se alza el moderno
edificio de concreto blanco y cristales polarizados de la
Secretaría de Análisis Estratégicos (SAE), una agencia gubernamental
de recolección de información que, hasta 1998,
estaba integrada a la estructura de Inteligencia Militar.
Así que la iglesia de San Sebastián está situada en un
vecindario interesante, dentro del perímetro de seguridad
del ejército. El parque mismo, se supo después, cuando
investigadores y periodistas lo sometieron a escrutinio antropológico,
era un pequeño y complejo mundillo donde
convergían varias subculturas. Trabajadores de oficinas
cercanas visitaban el parque para comprar almuerzo o bocados
de los puestos de comida ubicados en la banqueta, o
bien llegaban a sentarse a las bancas para un lustre de zapatos.
Jóvenes enamorados aprovechaban la sombra y los caminos entre los árboles por las tardes.
Durante el día, los lavacarros hacían su trabajo alrededor del parque, llenando
sus cubetas con agua de la fuente. Algunos de los
lavacarros eran indigentes alcohólicos, pero la mayoría no,
y casi todos pertenecían a una especie de sindicato que cobraba
pequeñas cuotas en una oficina ubicada en el centro
donde les ofrecían clases en materias del tipo «Cómo negociar
precios con los clientes».
Pero el parque también era un lugar ocupado por grupos
de adolescentes y pequeñas bandas de delincuentes
que a veces peleaban por el territorio –estudiantes de secundaria,
rockeros de heavy-metal, ladronzuelos, pushiteros
que vendían drogas, e incluso una banda de adictos
señalados de satánicos, que siempre vestían de negro y a
veces irrumpían en la iglesia en plena misa gritando obscenidades.
Jóvenes deportistas también iban a jugar basquetbol
y fútbol en la pequeña cancha cerca de la capilla
del Padre Eterno, en la 3.ª calle, a un lado de la iglesia.
Tiempo después el padre Mario diría a los detectives de la
policía que cuando los muchachos fumaban a las puertas
de la residencia, el olor de marihuana llegaba a la casa parroquial,
y que a veces fumaban crack. Se suponía naturalmente,
dadas las características del vecindario y su cerca-
nía al centro de Inteligencia Militar e incluso a la sede
presidencial, que algunos de los inquilinos del parque, los
vendedores, los lustradores de zapatos, los lavacarros y pequeños
criminales, eran orejas o informantes.
En una noche cualquiera, hasta catorce indigentes,
hombres y mujeres, se refugiaban en la banqueta cubierta
por la cornisa del garaje de la casa parroquial, o bien en la
plaza frente a la entrada de la iglesia, a la que comúnmente se
referían como «el atrio». Dormían en camas hechas de cajas
de cartón y mantas raídas, que los mismos indigentes doblaban
y guardaban durante el día sobre la cornisa del garaje o
en rincones de la iglesia. Como los narcotraficantes, los
miembros de las pandillas o los héroes del deporte –o como
los turcos en El Quijote, de los que se cuenta que tienen por
costumbre «ponerse nombres de alguna falta que tengan o de
alguna virtud que en ellos haya»–, los indigentes tenían sus
propios apodos: Carne Asada, Chalupa, el Gallo, el Monstruo,
el Pity, el Árabe, el Canche, Ronco, el Loquito, varios
el Chino, etcétera. Así se conocían entre ellos y así eran conocidos
por la policía, aunque la mayoría se refería a los indigentes
generalmente como pordioseros, derivado de su usual
frase «Por Dios», y como bolitos, el diminutivo de borrachos.
El obispo Gerardi solía llamarlos «mis bolitos» y ellos en respuesta
lo llamaban jefe. (Un vecino recordaría una mañana
cuando escuchó al obispo caminando por la banqueta mientras
repetía: «Se murió otro de mis bolitos anoche.») Los
indigentes también eran conocidos como charamileros, un
nombre derivado de la mezcla de alcohol farmacéutico con
agua que la mayoría de ellos bebían, una combinación también
conocida como quimicazo, que los llevaba directamente
a un estado de olvido y muerte. Alcohol puro mezclado con
agua contaminada de la fuente del parque, según ellos, era la
fórmula para un potente quimicazo.
La noche de ese domingo, dos de los indigentes del
parque –Rubén Chanax Sontay, más conocido como el
Colocho, y el Chino Iván Aguilar– se encontraban en la
tienda de Don Mike, un pequeño local de venta de licores
y comestibles, ubicado a la vuelta de la esquina de la iglesia.
A diferencia del resto de propietarios de las tiendas del
vecindario, Don Mike no bajaba las persianas de metal de
su negocio cuando oscurecía. Los clientes podían reunirse
allí y, a pesar de que era una tienda pequeña, podían apostarse
sobre el mostrador a beber sodas o cervezas y ver la
pequeña televisión portátil empotrada en una esquina.
Rubén Chanax contaría más tarde a los investigadores
que era originario del altiplano, del pueblo de Santa Cruz,
Totonicapán, y que había vivido en el parque durante
cuatro años, desde poco tiempo después de ser dado de
baja del ejército. Rubén Chanax tenía los ojos grandes y
una mirada inocente, los rasgos mayas de un muchacho de
veinticuatro años, y era pequeño pero musculoso, con cabello
negro, grueso y ondulado, y aspecto tranquilo y reservado.
Era el único de los indigentes que dormían frente
a la iglesia que no bebía alcohol ni consumía drogas. Chanax
diría después que cuando llegó al parque, cuatro años
atrás, bebía, pero que bajo la influencia del obispo Gerardi
había dejado de hacerlo. (Una afirmación algo dudosa,
pero ¿quién sabe?) Se ganaba la vida como lavacarros en el
parque, pero dado que no pertenecía al sindicato, no podía
llenar su cubeta en la fuente del parque. El obispo Gerardi,
quien aparentemente había tomado cierto interés en
él –comprándole esponjas para lavar los carros y ropa, por
ejemplo–, lo dejaba entrar a la capilla del Padre Eterno a
llenar sus cubetas en el grifo ubicado en el pequeño jardín.
El Chino Iván, un poco más alto, delgaducho, de piel
clara, y con un carácter bastante más agresivo que Rubén
Chanax, era un ladronzuelo, un cristalero: los que rompen
las ventanillas de los automóviles para robar radios u otros
objetos. Bebía y consumía drogas, incluyendo crack y piedras.
Había llegado al parque un año antes del asesinato,
luego de que sus padres lo echaran de su casa, y desde entonces
había deambulado por allí, desapareciendo durante
semanas para reaparecer después. Llevaba un mes durmiendo
en el parque.
Rubén Chanax y el Chino Iván habían ocupado la tarde
de ese domingo cada uno a su manera: el primero había
ido al cine durante la tarde y luego había deambulado por
la ciudad; el segundo había ido a un salón de videojuegos
llamado Indianápolis. Alrededor de las siete de la tarde Rubén
Chanax apareció en la tienda de Don Mike –el nombre
real de la tienda era Abarrotería San Sebastián– y allí encontró
al Chino Iván viendo una película de Chuck Norris
en la televisión. Luego de la película de Chuck Norris, en
Canal 3 seguiría el thriller de aventuras Congo.
Rubén Chanax compró un vaso de sopa preparada de
fideos deshidratados y se lo llevó al parque, donde, frente
a la iglesia, encendió una pequeña fogata para hervir agua
en una lata de metal para preparar su sopa. Después de cenar,
se apresuró a la tienda de Don Mike para ver Congo.
Chanax era un apasionado del cine, un visitante asiduo de
las salas de cine baratas ubicadas en el centro. Más tarde
explicaría que dado que ya había visto Congo varias veces y
conocía el final, se había ido de la tienda antes de que la
película concluyera. Recordó que el reloj de Don Mike señalaba
que faltaban pocos minutos para las diez. El director
de Canal 3 confirmó, más tarde, que Congo había finalizado
a las diez y cinco.
Cerca de la entrada del parque, Rubén Chanax vio la
sombra de una pareja sentada en una banca. En la oscuri-
dad, subió por la pequeña pendiente del parque hacia la
casa parroquial. La luz tenue del garaje estaba encendida. El
sacristán de la iglesia, al retirarse por las noches, dejaba las
luces encendidas para el obispo Gerardi si éste había salido.
Luego, cuando el obispo regresaba, él mismo las apagaba.
Junto a las puertas del garaje, del lado más cercano a la iglesia,
había una ventana con rejas. Rubén Chanax escalaba
por ellas para alcanzar sus cosas sobre la cornisa: el cartón y
la manta que utilizaba para dormir. En «el atrio» de la iglesia
había varios indigentes ya dormidos; descansaban formando
una fila de lo que parecían fardos de ropa, los cuerpos
bastante cerca el uno del otro para darse calor.
A Chanax le gustaba dormir en una esquina delante
del garaje, refugiado bajo el techo de la cornisa. Últimamente
había compartido ese espacio con el Chino Iván.
Pero dormir ahí implicaba levantarse en cualquier momento
cuando un vehículo, el Toyota o el Volkswagen del
obispo Gerardi –el padre Mario no manejaba–, entraba o
salía. La puerta del garaje estaba hecha de paneles de metal,
pintados de negro, que se abrían y cerraban lateralmente,
como un acordeón, arrastrados sobre un riel. Esa puerta
podía ser abierta sólo desde dentro, y había una puerta más
pequeña en uno de esos paneles por donde el obispo Gerardi
debía entrar para abrir el portón. Dejaba su carro en
marcha, entraba por la puerta, arrastraba el ruidoso portón,
luego regresaba al carro y lo estacionaba adentro. Aparentemente
siempre abría y cerraba el garaje él. Nunca
aceptaba ayuda.
Mientras Rubén Chanax acomodaba su cartón y su
manta para dormir, la pequeña puerta de metal se abrió.
Iluminado por la luz del garaje, un hombre de unos veintitantos
años se detuvo en el umbral. Chanax lo describió
como un hombre moreno, de estatura y complexión me-
diana, y soprendentemente musculoso. Tenía ojos grandes,
rasgos pronunciados, una barba rala y bigote. Pero lo
más llamativo de él era que no llevaba camisa. La ciudad
de Guatemala es un valle montañoso y las noches suelen
ser frías. La gente no sale sin camisa, como sí lo hacen los
costeños.
Chanax le preguntó al hombre semidesnudo si todavía
iba a salir algún carro. El hombre le respondió: «Simón,
ése», una frase de pandilleros que quiere decir: «Sí, hombre.
» Justo en ese momento una patrulla de policía pasó por
la 2.ª calle, entonces el hombre sin camisa dio un paso
atrás dentro del umbral de la puerta, se quedó callado y
quieto, viendo a través de la oscuridad y los árboles mientras
la patrulla giraba hacia la izquierda en la 6.ª avenida y
pasaba frente al parque y la iglesia. El hombre sin camisa
salió y corrió hacia la 2.ª calle, giró a la derecha, hacia la
7.ª avenida. Llevaba vaqueros, según contaría Chanax a los
investigadores más tarde, y botas negras con suela amarilla,
probablemente de la marca Caterpillar. Unos cinco minutos
después de que el hombre sin camisa se fue, Chanax lo
vio regresar por la 2.ª calle, pero ahora iba abotonándose
una camisa de manga larga; giró por la 6.ª avenida. Chanax
dijo que la camisa era blanca.
Más tarde el Chino Iván dijo que dejó la tienda de
Don Mike cinco minutos después de que Chanax se retiró,
cuando terminó Congo. Estaba caminando dentro del parque
cuando se dio cuenta que había olvidado sus cigarrillos
en la tienda. El Chino Iván dijo que antes de volver a buscarlos,
vio a Chanax conversando con un hombre de torso
desnudo, delante de la puerta del garaje.
Momentos después, enfrente de la iglesia, otro de los
indigentes, Marco Tulio, compartió una bolsa plástica de
comida con el Chino Iván. Rubén Chanax contó que se les
unió. Y alrededor de las once de la noche representantes de
Eventos Católicos, una organización de caridad que repartía
por la ciudad comida a los indigentes, se detuvieron en
San Sebastián. Pero los investigadores se enteraron de que
mucho antes, ese mismo domingo por la noche, un extraño
había llegado al parque con algo especial: sándwiches
de queso Kraft y botellas de litro de cerveza destapadas
–«no era cosa de todos los días», dijo el Chino Iván–. Algunos
de los bolitos dirían después que seguramente la cerveza
y la comida contenían somníferos, porque después de
comer sintieron cansancio y pesadez hasta que cayeron en
un profundo y pesado sueño. Ésta es la razón, explicarían,
por la que no escucharon ni vieron nada inusual alrededor
del garaje. Ni siquiera recordaban la llegada del obispo Gerardi
a la casa en su Volkswagen Golf blanco.
El Chino Iván, que no estaba acostumbrado a dormir
en el pavimento a la intemperie, no tenía un sueño profundo,
pero esa noche, dijo, inmediatamente después de comer
las sobras de los alimentos que Marco Tulio dejó en
una bolsa plástica, cayó profundamente dormido hasta las
seis de la mañana, cuando policías e investigadores del Ministerio
Público (MP) lo despertaron. Fue entonces cuando
el Chino Iván describió su encuentro con el hombre-sincamisa.
Después de haber ido a la tienda de Don Mike por
sus cigarros olvidados –él dijo que el propio Don Mike se
los alcanzó a través de las persianas de metal ya cerradas–
regresó al parque, entonces fue cuando encontró al hombre
semidesnudo que había visto minutos antes platicar con
Rubén Chanax, sólo que el hombre ahora llevaba puesta
una camisa que el Chino Iván describió como beige clara
con cuadros café claro. Según el Chino Iván, el extraño le
dijo: «Compadre, véndame un cigarro.» El Chino Iván le dio
dos, y el extraño le dio un billete de un quetzal y le dijo:
«Buena onda, gracias.» (El Chino Iván le entregó después
el billete a la policía.) El hombre salió del parque hacia la
6.ª avenida, con dirección hacia la Casa Presidencial.
La duda de si transcurrieron sólo minutos o mucho
más tiempo entre el momento en que el Chino Iván regresó
a la tienda por sus cigarros y volvió al parque, obsesionaría
mucho después al representante legal de la ODHA,
Mario Domingo. Fue uno de los tantos y molestos, aparentemente,
pequeños misterios que rodearon el crimen, y
Mario Domingo no lo resolvería, al menos para su propia
satisfacción, sino cinco años después.
Rubén Chanax aseguró que no había participado en la
famosa cena dopada. Él y el Chino Iván se acostaron en su
espacio usual delante del garaje, y cuando los hombres de
Eventos Católicos llegaron, antes de las once, a entregar
comida a los indigentes, se levantó, la tomó, la devoró rápidamente,
y volvió a dormirse. El hombre de Eventos
Católicos diría que lo único inusual que notó esa noche,
aparte del profundo sueño de los bolitos, fue que la luz del
garaje, por dentro, estaba encendida.
Don Mike, cuyo nombre real es Miguel Ángel Hércules
García, y de quien los habituales del parque creían que
era un informante, tenía muy poco que decir sobre los sucesos
de la noche del asesinato. Sostuvo en su primera declaración
que había cerrado su tienda antes de las nueve y
media, y que el Monstruo Jorge y Pablo el Loquito habían
estado adentro más temprano, viendo la película. Aseguró
que no conocía a nadie con el apodo de Rubén Chanax, el
Colocho, pero que si lo veía, con seguridad lo reconocería.
Más tarde Don Mike se rehusaría a hablar más con investigadores
y, mucho menos, con periodistas. Cuando algún
reportero llegaba a su tienda, él se retiraba hacia la parte
trasera.
Los bolitos el Monstruo Jorge y Pablo el Loquito tampoco
tenían mucho que decir sobre esa noche que resultara
útil para los investigadores. Pero nunca pudo descubrir
nadie si fue el alcohol y las drogas los que borraron los recuerdos
que podían tener de esa noche o no recordaban
nada simplemente por miedo. En pocos años, los dos indigentes,
así como el resto de bolitos que dormían esa noche
a las puertas de la casa parroquial –con excepción de
Rubén Chanax y el Chino Iván– morirían.
Al llegar a la casa parroquial de San Sebastián los domingos
por la noche después de cenar con su familia, el
obispo Gerardi telefoneaba casi siempre a Juana Sanabria,
la administradora de la casa parroquial y amiga cercana
desde hacía mucho tiempo, para hacerle saber que había
llegado bien. Los sábados por la noche, Gerardi solía cenar
en casa de Juana Sanabria y la hija adolescente de ella les
acompañaba; luego miraban en la televisión películas de
Cantinflas. Quizá no había nadie tan cercano al obispo
Gerardi como Juana Sanabria y su hija. Pero algunas veces
el obispo olvidaba la llamada, así que ese domingo, cuando
ya habían pasado las diez de la noche y Juana Sanabria no
había recibido noticia, trató de convencerse a sí misma de
que no habían razones para preocuparse. No pudo, sin
embargo, contener su ansiedad, y a las diez y media telefoneó
a la casa parroquial. La siguiente hora, contaría Juana
Sanabria, telefoneó cada quince minutos, pero luego dejó
de hacerlo, temerosa de molestar al padre Mario.
Durante mucho tiempo se creyó que Juana Sanabria
había llamado únicamente a la línea privada del obispo,
ubicada en su habitación, razón por la cual, según el padre
Mario, no había oído el teléfono. Aunque el sacristán ase-
guró más tarde que el teléfono de la habitación del obispo
se oía en toda la casa. Más tarde, Juana Sanabria declaró
que esa noche había llamado a las tres líneas de la
casa parroquial. Ella comprendía los peligros derivados de
la publicación del informe REMHI y había notado, el sábado
anterior, cuando el obispo Gerardi estuvo en su casa,
que estaba tan preocupado que ni siquiera se había quedado
para ver la película de Cantinflas que siempre lo hacía
reír. Juana Sanabria testificaría después que cuando vio que
ni el obispo ni nadie respondía los teléfonos de la casa,
tuvo miedo y malos presentimientos y empezó a llorar.
Alrededor de las doce y media, tal vez un poco antes,
la puerta frontal de la casa parroquial se abrió y el padre
Mario salió en bata y pijama. Rubén Chanax contaría a
los investigadores que el sacerdote esa mañana les habló a
la fila de bolitos que aún dormían: «Muchá, ¿alguno de ustedes
vio quién entró o salió?» Uno de los bolitos, conocido
como el Pity, a quien le gustaba beber únicamente el
letal quimicazo y que se había perdido la comida soporífera,
respondió «No se preocupe, padre, hace un rato entró
monseñor.»
Rubén Chanax dijo que se levantó para acercarse al
padre Mario y le dijo que él había visto a un muchacho
salir del garaje, que ese muchacho iba semidesnudo de la
cintura para arriba. Según Chanax, el sacerdote dijo: «Ah,
quédate ahí entonces, porque llamé a la policía.» Los siguientes
testimonios de Rubén Chanax nunca variarían en
relación con lo que le dijo al sacerdote, pero los primeros
investigadores policiales designados a la escena del crimen
refirieron el relato del padre Mario sobre el momento en
que descubrió el cuerpo en el garaje: «Se dirigió hacia la
puerta de la casa parroquial para interrogar a los bolitos
que dormían en la parte exterior, hacia la derecha del ga-
raje, para saber si habían visto a alguien entrar o salir, los
interrogados respondieron negativamente.» Dos días después,
en una declaración dada al fiscal especial asignado al
caso, el sacerdote daría de nuevo la misma versión indicando
que los bolitos habían respondido que no habían
visto nada inusual, sin mencionar a Chanax en su relato.
Pero las dos siguientes declaraciones del padre Mario, el
15 de mayo y el 22 de julio, iban a coincidir, al menos en
ese aspecto, con el testimonio de Chanax.
El padre Mario les contó a los investigadores que ese
domingo, después de impartir la misa del mediodía, se había
quedado en su habitación, viendo televisión y cenando
su comida favorita, pollo frito servido a domicilio por Pollo
Campero, la popular cadena guatemalteca de comida
rápida. Después de la misa vespertina, llevó a su pastor alemán
de once años, Balú, a una breve caminata por el parque.
Una feligresa que había asistido a misa pidió hablar
con él, así que el padre llevó al perro adentro y la atendió
durante diez minutos. En ese momento, los miembros del
coro que habían cantado en la misa, se retiraron de la iglesia.
Ya en su habitación, el padre Mario se puso el pijama a
la hora usual, alrededor de las siete y media, y se dirigió a
la cocina de la casa parroquial para tomar sus medicamentos
contra la migraña. En la cocina, habló brevemente con
Margarita López, la cocinera, y con el sacristán, Antonio
Izaguirre. Habitualmente, Margarita López, después de
servir el desayuno, tomaba el domingo libre para pasarlo
con su familia, pero en esta ocasión se había quedado en la
casa parroquial debido a que la aquejaba un severo resfriado.
Ella y el sacristán cenaron juntos, después Margarita
López se retiró a su habitación. Alrededor de las ocho y
media, el sacristán se retiró a su casa. El padre Mario dio
de comer a Balú, tomó un baño, y se sentó frente a su
computadora para conectarse a Internet. Como a las diez
menos veinte, contó, encendió el aire acondicionado y se
fue a la cama a ver la televisión (en las siguientes declaraciones,
explicaría que todo este tiempo estaba usando audífonos).
Quería ver un programa español, programado
para las diez y media. Vio las noticias, pero cayó dormido,
según calculó él mismo, alrededor de las diez y veinte. Se
despertó media hora después, apagó la televisión y las luces,
y volvió a dormirse.Alrededor de la medianoche, contó el padre, al voltearse
en su cama, se despertó por el reflejo de la luz que
se colaba por el cristal de la parte superior de la puerta de
su dormitorio. «Tal vez uno da vuelta así dormido», explicó
en su primera declaración ante los fiscales en la casa parroquial
dos días después del asesinato, «y púchica, qué pasó,
y entonces dije qué pasó, me levanté, verdad, y apagué
la luz y me dije a monseñor otra vez se le olvidó apagar la
luz.»
El obispo Gerardi apagaba las luces del corredor cuando
regresaba a casa. Pero cuando el padre Mario salió, dejando
a Balú en su habitación, vio que las luces del final
del pasillo también estaban encendidas. «Entonces eso»,
dijo, «me extrañó.» El corredor, de unos siete metros, atravesaba
la casa, desde las habitaciones del padre Mario y el
obispo, pasando por dos pequeños patios, la cocina y la
habitación de la cocinera, directamente hacia el garaje, un
área abierta al final de la casa que conectaba con la iglesia.
El padre continuó: «Entonces mire, licenciado, uno tal
vez por el cariño que le tiene a veces a la persona, uno no
quiere creer que el muerto es la persona, verdad, entonces
yo en primer lugar, como le dije, yo no lo conocí, usted
vio cómo estaba, verdad, era irreconocible, entonces
yo no lo conocí, entonces con tantos bolitos como vienen
aquí...»
Cuando el padre Mario llegó al garaje, encontró al
obispo Gerardi, boca arriba, sobre un charco de sangre,
entre el Toyota Corolla y la pared. Tenía la boca abierta y
su cara, brutalmente destrozada, estaba cubierta de sangre.
Sus piernas estaban cruzadas a la altura de los tobillos, y
las manos, «las manitas», dijo el padre Mario a los investigadores,
«las manitas estaban, no sé cómo estaban pero sí,
verdad, las manitas las tenía como usted las vio, las tenía
así», cruzadas sobre las muñecas, colocadas sobre el pecho,
«eso sí me extrañó, porque las tenía cruzadas, se acuerda,
¿verdad? Que las tenía así cruzadas, así como ustedes lo
vieron, así lo encontré, y también estaba el sudadero.»
Cerca de un tanque de agua en el garaje, había un suéter
en el suelo. Una piedra de concreto en forma triangular,
con sangre, reposaba en el suelo, no lejos del cadáver. Había
sangre por todos lados.
El padre Mario dijo que pensó: «Tal vez hubo un
pleito aquí dentro y alguno de los bolitos se murió.» Después,
contó, se dirigió hacia la puerta de la casa parroquial,
que estaba cerrada con doble llave como siempre, la
abrió y salió y entonces fue cuando «dije a los bolitos si habían
visto algo, algún pleito, hubo algún relajo aquí o
algo, entonces ellos me dijeron no, padre, no tenga pena,
monseñor hace rato que entró, entonces fue eso lo que me
mató, y fui a mi cuarto a traer una linterna, porque la luz
yo no la sentía suficiente, ni la luz del garaje ni nada, regresé
y le lucié la cara hasta que me di cuenta que era él, y
cuando me di cuenta que era él, llamé a monseñor Hernández,
el canciller de la curia.»
Antes, no obstante, despertó a la cocinera, Margarita
López. Llamó a la puerta de su habitación. «Y le dije:
“Margarita, mataron a monseñor.” Entonces la cocinera
salió y lo fue a ver, ella trabajaba para monseñor desde que
él vino aquí, estaba a su servicio, y se puso muy mal, se
puso a llorar.»
Alrededor de la una de esa madrugada, el sonido del
teléfono de su sala despertó a Ronalth Ochaeta. No era
inusual para los Ochaeta recibir llamadas a medianoche,
eran voces anónimas que proferían insultos y amenazas.
Habitualmente, la esposa de Ronalth, Sonia, se levantaba
para desconectar el teléfono, pero esta vez no se quiso levantar,
así que lo hizo Ronalth. En lugar de desconectarlo,
respondió, y se sorprendió cuando escuchó la voz del doctor
Julio Penados, quien le preguntó cómo estaba, dónde
estaba... y luego dijo: «No sé cómo decirte esto...» Ochaeta
pensó que tal vez el arzobispo Penados había muerto.«Mataron a Juanito», dijo Penados.
¿Qué? ¿Cómo? ¡Imposible!
«Lo atacaron cuando regresaba a la casa y lo mataron.»
Ronalth Ochaeta dijo que se iba a San Sebastián y
colgó. Un momento después sonó el teléfono de nuevo.
Era el doctor Penados diciéndole que no se moviera, que
iba a enviar a su hijo Fernando a buscarlo. Aturdido,
Ochaeta regresó a su habitación. Sonia estaba sentada sobre
la cama con las luces encendidas. «¿Qué pasó?», le preguntó,
y él respondió con voz calmada: «Mataron a monseñor
» y un momento después añadió: «Hijos de la gran
puta.» Sonia respondió agitada: «¡Tengo miedo! No vayás,
por favor, ¡no vayás!», y empezó a llorar.
A lo lejos, en la autopista Tulam Zu, sin tráfico a esas
horas, escuchó el motor de un carro acelerando. Sabía que
era Fernando Penados que iba a buscarlo.
A Fernando Penados, el sobrino de veintiochos años
del arzobispo, lo había despertado su padre para decirle
que habían asesinado al obispo Gerardi. El obispo había
sido el mentor de Fernando Penados. La familia de Fernando
siempre había albergado la esperanza de que se
convirtiera en sacerdote. Como era un adolescente ingobernable
con intereses demasiado mundanos, lo habían
enviado a vivir al Palacio Arzobispal en la catedral, su familia
se las había arreglado para que compartiera habitación
con un seminarista. «Para que influyera en mi comportamiento
», me contaría Penados después. «Pero al final
yo no entendía muy bien el proceso en el que estaba inmerso.
Y el seminarista decidió dejar el seminario.» Penados,
que llevaba el pelo corto, casi rapado y usaba la mayoría
del tiempo lentes de sol y camisetas que dejaban ver
sus bíceps desarrollados por las pesas, tenía una forma de
hablar increíblemente festiva y grandilocuente. A los veinte
años, cuando empezó a trabajar para el obispo Gerardi
en la ODHA, encontró su verdadera vocación.
Cuando describía sus años trabajando a las órdenes del
obispo Gerardi, Fernando Penados usaba con frecuencia
la expresión «mi formación». Investigar casos de derechos
humanos fue «parte de mi formación», como lo fueron sus
conversaciones memorables, empezando con el monólogo
de dos horas sobre la realidad política de Guatemala que el
obispo Gerardi le había dirigido en la que se suponía que
había sido su entrevista de trabajo en 1990. El obispo Gerardi
viajaba frecuentemente al extranjero para representar
a la ODHA en los foros internacionales, y Fernando Penados
a veces lo acompañaba. Apreciaba la cercanía que compartían
en esos viajes, especialmente en los vuelos largos a
Europa. «Fueron parte de mi formación, esas diez horas en
el aire, algo que yo aproveché», decía. «Hablando de cómo
veía él al ejército, la guerra, el sector civil, el trabajo interno
de la Iglesia, siempre acompañados por un par de whiskitos.»
Bebían sus whiskys y hablaban, me contó Penados, «sobre
los problemas del día-a-día. Bueno, tal vez no sólo de los
problemas diarios. Por ejemplo, mientras trabajaba con él,
atravesé un divorcio. Le hablé de lo difícil que era en mi familia,
porque era muy conservadora. Él había asistido a mi
boda. Me habían casado el arzobispo y dos sacerdotes en la
catedral. ¡Realmente me habían amarrado!». Fernando sentía
que el obispo Gerardi lo entendía y le daba consejos útiles.
Investigar casos de derechos humanos para la ODHA
era probablemente la mejor formación en investigación criminal
que alguien podía tener en Guatemala. A los veintitrés
años, Fernando Penados había estado involucrado
en el seguimiento de los crímenes más importantes y oscuros,
incluido el asesinato, en 1990, de la joven antropóloga
Myrna Mack Chang, asesinada de veintisiete puñaladas en
una calle del centro, una ejecución política manipulada
para que pareciera un crimen pasional o un crimen producto
de un asalto. Mack fue asesinada principalmente
por sus investigaciones sobre el impacto de la guerra en las
comunidades indígenas del altiplano, especialmente los refugiados
que vivían escondidos en la profundidad de la selva.
Su trabajo había llamado la atención del ejército, que
negaba la existencia de las comunidades de población en
resistencia. La extraordinaria investigación, sin precedentes,
que siguió a su asesinato, conducida por la perseverancia
implacable de la hermana de Myrna, Helen Mack, había
resultado en el arresto, juicio –después de la renuncia de
doce jueces amenazados– y condena, en 1993, del «cuchillero
» Noel Beteta, sargento del ejército y miembro operativo
de El Archivo, la unidad encubierta de inteligencia del
EMP.El crimen de Myrna Mack era, hasta el momento, el
último caso en el que un investigador de la policía se había
atrevido a investigar indicios que apuntaban a la participación
del ejército en un crimen político. El detective, José
Mérida Escobar, era un oficial joven, conocido por su firme
carácter y su excepcional tenacidad. José Mérida había seleccionado
a otro joven investigador, Julio Pérez Ixcajop,
como auxiliar, y los dos recibieron pronto advertencias
provenientes de un policía que sabía que Noel Beteta era el
asesino y que pertenecía al Archivo del EMP. El policía les
dijo que tuvieran cuidado «porque hay cosas que deben investigarse,
y otras que no». Al persistir en su investigación,
José Mérida empezó a recibir amenazas. Fue degradado y
arrestado bajo falsos cargos de negligencia en sus funciones.
Durante su audiencia administrativa, reveló que había descubierto
indicios de la participación del Archivo en el asesinato
de Myrna Mack. Una semana después, en octubre de
1990, José Mérida fue asesinado en un parque, justo enfrente
de las instalaciones centrales de la Policía Nacional.
Recibió cuatro balazos en la cara. Un pelotón de policías
armados observó el hecho. «Lo dejaron morir como a un
animal herido», testificaría un oficial de policía años después
ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos
en San José, Costa Rica.
La Policía Nacional no era el lugar para aprender a ser
un detective de homicidios. Fernando Penados asistió a
cursos de criminología auspiciados por el FBI, y por los
gobiernos de España y Francia, y en 1996, a los veintiséis
años, dejó la ODHA para hacerse cargo de la Subdirección
de Investigaciones del Ministerio Público, un trabajo al
cual renunció pronto porque, como él mismo expresó, «había
muchos criminales trabajando ahí adentro». Cuando el
obispo Gerardi fue asesinado, Fernando impartía cursos en
la Academia de la Policía Nacional Civil, y estudiaba además
Administración de Empresas en la Universidad Rafael
Landívar.
Esa noche de domingo –o madrugada de lunes para
entonces– después de pasar a buscar a Ronalth Ochaeta a
su casa (Fernando dijo que halló a Ochaeta en un estado
casi esquizofrénico), manejó hacia la iglesia de San Sebastián
y en cuatro minutos recorrió seis kilómetros y medio
de distancia. Ambos iban callados en el carro hasta que
Penados preguntó: «¿Qué pensás?», e hizo unas pocas observaciones,
como lo cercana que estaba la iglesia de las
instalaciones del EMP. Pero parecía imposible que el ejército
se hubiera atrevido a asesinar al obispo. Fernando Penados
estaba a punto de llorar, pero Ochaeta dijo: «Ahora
no es el momento.» Le dijo que tenían que estar tranquilos
porque iban a necesitar todas sus facultades atentas.
Eran alrededor de la una y veinticinco cuando llegaron
a la iglesia. La policía y los bomberos (estos últimos son los
encargados de levantar los cadáveres en Guatemala, además
de funcionar como pilotos de ambulancias también)
habían llegado y se encontraban dentro del garaje. En la
rampa de entrada había más de un compacto japonés entre
los carros estacionados. La puerta de la casa parroquial era
atendida por Ana Lucía Escobar, una hermosa mujer conocida
como la China. Ana Lucía era una de las integrantes
del clan de monseñor Efraín Hernández, el canciller de
la curia, y estaba destinada a jugar un rol en las futuras especulaciones
sobre el crimen. Fernando Penados le preguntó
a Ana Lucía –a quien conocía desde la infancia–,
«¿Qué pasó?» y se detuvo un momento a conversar con ella
mientras Ronalth Ochaeta caminaba hacia la casa.
Ochaeta recorrió el corredor que conectaba las habitaciones de
los sacerdotes con la cocina y el garaje, que se encontraba
ya repleto. La cocinera, Margarita López, lo interceptó, derramando
lágrimas: «¡Se nos fue! ¡Se nos fue!» Justo en ese
momento el padre Mario se acercó. El padre Mario es un
hombre robusto y flemático, aunque de aspecto refinado, y
su cara, de labios finos, tenía una expresión serena. Sus
ojos se veían agrandados por los cristales de sus anteojos de
marca. «Y sin que yo le hubiera preguntado», recordó después
Ochaeta, el sacerdote le soltó la historia de cómo había
encontrado el cuerpo del obispo: el reflejo de luz que lo
despertó, el cuerpo que no reconoció... «Ahí está, en el garaje,
¿quiere verlo?», preguntó el sacerdote. Ochaeta dijo
que no y se dirigió hacia la cocina, donde se encontraba
monseñor Hernández junto con dos sacerdotes.
Como canciller de la curia –algo parecido al gerente
administrativo de la arquidiócesis–, monseñor Efraín Hernández
era el tercero en la jerarquía eclesiástica, detrás del
arzobispo Penados y del obispo Gerardi. Su parroquia, El
Calvario, era una concurrida y vieja iglesia ubicada en la
18.ª calle y 7.ª avenida, en uno de los distritos más poblados
y sórdidos del centro de la ciudad. Monseñor Hernández
compartía la casa parroquial con su cocinera de toda
la vida, Imelda Escobar, y varios de sus parientes, incluida
su hija Ana Lucía y un sobrino llamado Dagoberto Escobar.
Fue él quien, alrededor de la medianoche, contestó la
llamada del padre Mario que anunciaba el asesinato del
obispo. Monseñor Hernández se había dormido alrededor
de las diez. Cuando llegó al teléfono, le preguntó al padre
Mario, a quien conocía desde que Mario era un niño, si
había llamado a la policía y los bomberos. Cuando el padre
le dijo que aún no lo había hecho, monseñor Hernández
le pidió que lo hiciera de inmediato.
Ana Lucía Escobar, la China, dijo que su madre la había
despertado, que se vistió tan pronto como pudo, y que
luego llevó a monseñor Hernández, acompañada de su
primo Dagoberto, a la iglesia de San Sebastián. Ella recordó
que mientras manejaba vio el reloj digital del carro y
advirtió que pasaba de la medianoche. Manejó rápido.
Después de llamar a monseñor Hernández, el padre
Mario hizo otras llamadas, a sus padres y a amigos de
Houston, Texas, adonde viajaba a menudo para recibir
tratamiento médico. Llamó a la alterada Juana Sanabria
cuando pasaban diez minutos de la medianoche. Cuando
el padre Mario le dijo que el obispo había sido asesinado y
que yacía en el garaje, ella sugirió que tal vez sólo se encontraba
demasiado golpeado, pero el sacerdote le repitió que
monseñor estaba en el garaje, y le pidió que llevara las llaves
de la casa parroquial. «Me desmoroné y no podía hablar
», contaría ella después, «me temblaban las piernas, y
no me respondía el cuerpo, la noticia me causó un impacto
terrible, le dije al padre que no me sentía bien.» Entonces
él le dijo que no se moviera, que se quedara donde estaba.
Ella sintonizó la radio y halló una emisora que emitía
ya una cobertura en directo desde San Sebastián. Pero antes
le pidió a su hija que llamara por teléfono al sobrino del
obispo, Axel Romero, un abogado, quien recordó haber
recibido esa llamada precisamente a las doce y cuarto. Romero
llamó al padre Mario a la casa parroquial para verificar
la terrible noticia, y el sacerdote le pidió que fuera de
inmediato.
Cuando monseñor Hernández llegó a San Sebastián, el
padre Mario lo condujo hacia el garaje. Hernández le preguntó
si le había suministrado los santos óleos al obispo, y
cuando le respondió que no, Hernández practicó el santo
sacramento.
Ana Lucía Escobar me contó mucho después, en una
conversación telefónica, con su suave y melodiosa voz, que
después monseñor Hernández se dirigió a ella, que se encontraba
en la oficina parroquial. «Me agarró del brazo, caminamos
hacia el corredor y me dijo: “Monseñor está
muerto, ¿quiere verlo?” Al principio dije sí, pero cuando
llegué ahí y vi la sangre, dije que no, y me regresé.»
A Ana Lucía le pidieron que hiciera llamadas a las autoridades
eclesiásticas y otras personas para comunicar la muerte del
obispo. Primero telefoneó al arzobispo Penados. El celular
de Ronalth Ochaeta estaba apagado. Después llamó al doctor
Julio Penados. Usando el directorio de la iglesia que se
encontraba en la oficina, hizo llamadas a obispos, a miembros
de la Conferencia Episcopal y a otros sacerdotes. La
gente que recibía las llamadas llamaba a otras personas, y
así la noticia del asesinato del obispo Gerardi, recibida invariablemente
con exclamaciones de conmoción e incredulidad,
fue prontamente propagada en la ciudad, el país y el
extranjero.
Los registros telefónicos revelerían más tarde
que una de las llamadas desde la casa parroquial se hizo a
un teléfono público ubicado junto a una academia militar
en San Marcos. La explicación más aceptada fue que se trató
de una equivocación: el teléfono público se diferenciaba
en un solo dígito del número telefónico del obispo de San
Marcos, Álvaro Ramazzini. Aun así, al día siguiente de que
un periódico hiciera pública la misteriosa llamada, la cabina
telefónica desapareció, fue arrancada de su lugar.
Monseñor Hernández envió a Ana Lucía a buscar al padre
Maco, Marco Aurelio González –«el padre con los dos
perros San Bernardo», como lo describía Ana Lucía–, a la
iglesia de La Candelaria porque el sacerdote no manejaba.
A las doce cuarenta, la Subestación Dos de los bomberos
había recibido una llamada telefónica del padre Ma-
rio, quien no se identificó, informando sobre el hallazgo
de un cadáver en la casa parroquial de San Sebastián. Cinco
minutos después, un grupo de bomberos se conducían
en ambulancia hacia el lugar.
A las doce cuarenta y ocho, el padre Mario finalmente
llamó a la policía. Él y uno de los bolitos, el Monstruo Jorge,
esperaron fuera de la iglesia, y cuando vieron una patrulla
que pasaba enfrente del parque –ya eran la una y
diez– gritaron y agitaron las manos, pero el carro siguió la
marcha. Cinco minutos después llegaron los bomberos y
entraron al garaje, donde encontraron a monseñor Hernández
rezando al lado del cuerpo del obispo. Uno de los
bomberos se arrodilló y rezó.
La policía llegó quince minutos después. Un video tomado
por los bomberos muestra una relativamente tranquila
imagen de lo que sería, en media hora, una caótica y
abarrotada escena del crimen. La cámara se mueve tan
lentamente por el garaje, iluminado con luces fluorescentes,
como si se tratase de la filmación de un buzo en el
fondo del mar. El Volkswagen Golf está estacionado al
lado derecho del garaje, detrás del Toyota beige. El obispo
yace de espaldas en el estrecho espacio entre una maceta
colocada junto a la pared y la llanta delantera del Toyota.
Hay un charco grande de sangre alrededor de su cabeza.
Su cuerpo está parcialmente cubierto por una sábana blanca
y arrugada, que no alcanza a cubrir la vuelta de sus pantalones,
sus grandes zapatos, el pie izquierdo cruzado sobre
el derecho. Hay un pequeño charco de sangre en el suelo,
cerca de la puerta delantera del Golf aún entreabierta. La
piedra triangular de concreto se encuentra a un lado, sobre
el suelo, cercana a una botella vacía de Pepsi. Hay páginas
arrugadas de papel periódico dispersas alrededor.
Hay dos huellas de sangre sobre el piso que conducen del
Volkswagen Golf a donde se encuentra el cuerpo y terminan
justamente en los zapatos del obispo. El suéter azul
está en el suelo. A un metro del cadáver, cerca de la cabeza
del obispo, alguien dejó la huella de un zapato manchado
de sangre, como si hubiera sido su último paso y luego se
hubiera elevado por los aires.
En la cocina, habían dejado abierto el refrigerador y
parecía que al menos uno de los intrusos había bebido de
un pichel medio lleno de jugo de naranja que Margarita
López había dejado lleno del todo antes de acostarse esa
noche. Una salchicha cruda, mordida por la mitad, fue
hallada en una de las macetas del garaje. Un auxiliar del
fiscal asignado al caso deduciría más tarde, esa noche, que
probablemente la había dejado un gato que era visto con
frecuencia en la casa parroquial.
Durante sus años como director ejecutivo de la
ODHA, Ronalth Ochaeta a menudo mostró una personalidad
temperamental y combativa que a muchos les parecía
arrogante. Se granjeaba enemigos y, algunas veces, cometía
errores. Pero también, como lo demostrarían los meses siguientes
al asesinato, se dirigía hacia puntos y lugares a los
que una personalidad más pasiva no apuntaría. Cuando
Ochaeta entró a la cocina de la casa parroquial, monseñor
Hernández, un hombre pequeño y rellenito, con cara de
conejo y ojos en forma de almendras, le dijo: «Esto es lo
que pasa por tratar de investigar el pasado.» El padre Maco,
el sacerdote a quien Ana Lucía había ido a buscar a La Candelaria,
agregó: «Sí, yo nunca estuve de acuerdo con eso.»
Ochaeta se burló: «Ustedes nunca estuvieron de acuerdo
con nada de lo que hacía monseñor, así que no me vengan
con cuentos.» Monseñor Hernández lo interrumpió: «Bue-
no, ¿qué vas a hacer ahora?» Y Ochaeta respondió, incrédulo:
«¿Qué voy a hacer? ¡Querrá decir qué vamos a hacer!» Un
tercer sacerdote, un español cuyo apellido era Amezaga, del
ala conservadora de la Iglesia, vio a Ochaeta y le dijo: «Pero
ustedes en la ODHA tienen experiencia y deberían saber
qué hacer.»
Fernando Penados interrumpió furioso: «Ronalth,
¡vení aquí afuera! Esta gente está alterando la escena del
crimen. Son una mierda, les pedí que ampliaran el cordón
de seguridad y no lo quieren hacer.»
Los primeros policías en llegar habían colocado cinta
amarilla alrededor de un área encerrando el cuerpo y los
dos carros. Incluso la pisada de sangre había quedado fuera
del perímetro de ese primer cordón, así como otras pisadas
de la parte posterior del garaje. Poco después llegaron
varios especialistas en escena del crimen, así como
Axel Romero, el sobrino del obispo, entre otros. La gente
caminaba alrededor del cuerpo, dentro y fuera del garaje
de la casa parroquial. Algunos incluso ignoraban la cinta
amarilla y se pasaban sobre ella, hasta en ocasionres botarla.
La propia cinta se manchó de sangre. La gente iba dejando
huellas de sangre por la casa.
Fernando Penados le gritó a la policía para que ampliaran
el cordón. Ésta obedeció, pero luego lo movió a
su posición inicial. «Por supuesto, después la hicieron más
grande», recordó Penados, «pero cuando la escena ya estaba
totalmente contaminada.» Penados salió y empezó a gritar
y patear a los bolitos somnolientos para despertarlos, porque
estaba seguro de que ellos habían visto o escuchado algo.
La multitud creció. Edgar Gutiérrez, de la ODHA, estaba
ahí, y también Helen Mack. Años atrás, Gutiérrez,
que era economista, había trabajado para una fundación
junto con la hermana de Helen, Myrna, la joven antropóloga
asesinada por el especialista del Archivo del EMP. Antes
de la muerte de su hermana, Helen Mack –que tenía
un gran parecido físico con Peppermint Patty de Peanuts–
era una mujer tímida, enclaustrada en su negocio de bienes
raíces, y miembro de una familia china-guatemalteca devotamente
religiosa. Pertenecía nada menos que a la ultraconservadora
formación católica del Opus Dei. Ella aún
trabajaba en el negocio de bienes raíces y finanzas, pero
también fungía como directora fundadora de la Fundación
Myrna Mack.
Su larga e incesante búsqueda de justicia por
el asesinato de su hermana la había convertido en la activista
de derechos humanos más admirable en Guatemala.
Inteligente, daba la impresión de que nada la asustaba y
proyectaba una fría implacabilidad, pero al mismo tiempo
mostraba la vulnerabilidad emocional más desarmante: a
menudo rompía en lágrimas desgarradoras cuando discutía
el caso de su hermana o cuando debía dirigirse a la prensa
después de recibir un revés en los tribunales. Elocuente en
público, en privado era usualmente considerada y amable,
aunque directa, y a veces revelaba un humor asombrosamente
agudo. En eso se parecía al obispo Gerardi, con
quien había trabajado a lo largo de los últimos años. A Fernando
Penados le gustaba decir que soñaba con convertirse
un día en jefe de la Guardia Presidencial, pero sólo cuando
Helen Mack fuera presidenta.
Jean Arnault, el jefe francés de la Misión de Verificación
de Naciones Unidas, encargada de supervisar el cumplimiento
de los Acuerdos de Paz en Guatemala, también
llegó a la escena. La misión multinacional, a la cual se referían
por su acrónimo MINUGUA, tenía una presencia
ubicua en el país. Arnault llegó acompañado de Cecilia
Olmos, una chilena que trabajaba para MINUGUA en la
ciudad de Guatemala, y Rafael Guillamón, un veterano
investigador de España, con años de experiencia en contraterrorismo
árabe. Guillamón, en sus cuarenta años, tenía
la espalda ancha y era un hombre robusto, de barba rojiza.
Era el policía jefe de investigaciones de MINUGUA, y él
y su pequeño equipo de dos compañeros más despachaban
sólo con Jean Arnault.
Los fiscales del Ministerio Público son asignados a
cada caso de acuerdo con un sistema de rotación numérica,
y ese fin de semana la Agencia Seis de la fiscalía, dirigida
por Otto Ardón Medina, se encontraba de turno. Gustavo
Soria, uno de los fiscales auxiliares de la Agencia Seis,
había llegado a San Sebastián poco antes que su jefe esa
noche. Ardón, un hombre lúgubre y reservado, le pidió al
joven Soria, quien parecía más activo y seguro de sí mismo,
que dirigiera a los policías.
Fuera del garaje, los indigentes tambaleantes le dijeron
a la policía que Rubén Chanax poseía información. Él
era el único entre ellos que no bebía, explicaron, así que
«había visto todo». Chanax le contó a fiscales y policías sobre
el hombre sin camisa que había salido del garaje, y fue
conducido de inmediato a una comisaría, empezando su
larga jornada como testigo protegido, bajo custodia de la
Policía Nacional Civil y el Ministerio Público.
Dentro de la casa parroquial, Ronalth Ochaeta estaba
asombrado por la serenidad sobrenatural que mostraba el
padre Mario, y por lo cuidado de su vestuario, todo de negro,
chaqueta de cuero negra, y cabello recién lavado y peinado.
Ochaeta preguntó abruptamente al sacerdote qué había
sucedido, y el padre Mario de nuevo soltó su historia.
Más tarde, Ochaeta le preguntó si podía usar su baño, pero
el padre Mario le dijo que no y lo dirigió a otro baño de
la casa. Ochaeta vio al padre Mario entrar a su habitación y
le pareció extraña la forma cuidadosa en que abría la puerta
lo justo para deslizarse dentro.
El fiscal general, jefe del Ministerio Público (nombrado
directamente por el presidente), llegó y abrazó a
Ochaeta. «Hijos de puta, esto tiene todas las marcas de los
de allí enfrente», le dijo. Obviamente se refería a la unidad
de Inteligencia Militar del EMP. Llamó por teléfono a
otro fiscal del MP, Fernando Mendizábal de la Riva,
quien llegó a la iglesia y, pocos minutos después, le dijo a
Rafael Guillamón, jefe de investigaciones de MINUGUA:
«Esto parece trabajo de esa gente.» En Guatemala ese tipo
de eufemismos son fácilmente entendidos. Pero Mendizábal
de la Riva, era sabido, sostenía amistad con el general
Marco Tulio Espinosa, quien antes de su reciente promoción
como jefe del Estado Mayor de la Defensa del Ejército,
había sido cabeza del EMP y ahora era visto como
una de las personas más poderosas del ejército de Guatemala.
Así que incluso gentes con cargos políticamente
influyentes, como el fiscal general y un amigo personal del
hombre más poderoso del ejército, eran capaces de hacer
observaciones espontáneas de las que más tarde, con mucha
probabilidad, se retractarían. Ni siquiera las personas
más cómplices y comprometidas políticamente se comportan
todo el tiempo como se prevé, ni, claro está, el crimen
más cuidadosamente planificado sale siempre según lo esperado.
Nery Rodenas, el coordinador del equipo legal de la
ODHA, vivía retirado de la ciudad junto con su esposa y
sus hijos pequeños y no tenía teléfono, así que alguien de
la ODHA manejó hasta su casa para llevarlo a San Sebastián.
Rodenas había estudiado Derecho en la Universidad
de San Carlos, en la misma promoción que Ronalth
Ochaeta. Y mientras Ochaeta se hizo conocido en círculos
políticos como miembro de la Asociación de Estudiantes
Universitarios, Rodenas lideró un grupo de estudiantes católicos.
Él, de adolescente, se había convertido del protestantismo
al catolicismo. De voz suave y baja, Nery Rodenas
tenía ojos melancólicos, la boca como un capullo, las
mejillas rellenitas, y de alguna manera poseía un aire a la
vez frío y apacible de un personaje de una pintura de Botero.
De todos sus colegas en la ODHA –al menos a quienes
yo conocí– Rodenas era el único católico devoto y
practicante.
Nery Rodenas llegó a la iglesia de San Sebastián entre
las dos y las dos y media de la madrugada, tuvo que hacerse
paso caminando entre la multitud reunida delante de la
puerta del garaje. La gente a su alrededor sollozaba, cuchicheaba,
tomaba notas u observaba, mientras Gustavo Soria
y los policías trabajaban dentro de la casa, dentro del
ya expandido cordón de seguridad. Rodenas vio a su alrededor
y descubrió a un hombre –bajo, de piel morena,
con bigote– tomando fotografías con flash, en ese momento
se dio cuenta de que lo había visto antes. El hombre no
era un reportero. Rodenas lo había visto en la vieja ciudad
colonial de La Antigua, durante el juicio contra los acusados
del asesinato de un lechero de veinte años llamado
Haroldo Sas Rompich.
La presencia del hombre bajo tomando fotografías era
uno de los cientos de indicios que al final se tejerían para
dar forma a la investigación y persecución del asesinato del
obispo Gerardi, el «crimen del siglo» de Guatemala –el
caso legal más importante, espectacular y apasionadamente
debatido de la historia del país. Años después Rodenas y
otros se encontrarían todavía hilando, investigando y debatiendo
su significado.
Cierto día de febrero de 1996, el presidente Álvaro
Arzú, antes de cumplirse un mes desde que ocupara la
presidencia, daba un paseo con su esposa a caballo en un
pueblo cercano a La Antigua, acompañado por una caravana
de guardaespaldas del EMP en vehículos y en caballos,
cuando el lechero Sas Rompich se cruzó en su camino,
conduciendo su picop Isuzu 1984 en el que hacía sus
entregas diarias. Es posible que Sas Rompich estuviera un
poco borracho. Antes del incidente, se había detenido en
una pequeña tienda para beber varias cervezas para aliviar
la resaca y ahora se dirigía a la granja donde recogía la leche.
El capitán Byron Lima, de la Guardia Presidencial
del EMP, dirigió su caballo hacia el picop que venía por el
camino, con una mano le indicó al conductor que se detuviera,
pero el picop continuó la marcha, el caballo relinchó
y tiró al suelo a su jinete, quien se quebró un brazo.
El picop chocó luego contra un vehículo estacionado a un
lado del camino. Aparentemente confundido y asustado,
el lechero aceleró, después puso la marcha atrás, y otro
oficial saltó hacia el picop y alcanzó la llave de contacto,
tratando de controlar el vehículo. Alguien más disparó
contra las llantas. Un guardia manejó su carro contra el
frente del picop, bloqueándolo, y otro más se dirigió hacia
la ventanilla derecha y con una pistola de 9 milímetros
apuntó a través de la ventana y disparó tres tiros contra el
lechero, uno de los cuales acertó en el oído y lo mató en
el instante.
El gobierno anunció a continuación que los guardaespaldas
del presidente habían hecho fracasar heroicamente
un intento de doble magnicidio contra el presidente Arzú
y su esposa. Nadie podía negar que el lechero había asus-
tado a la pareja. La primera dama había logrado girar con
su caballo y galopar hacia un campo cercano, saltando una
cerca. En el pasado, la declaración de amenaza al presidente
hubiera sido suficiente para poner punto final al asunto.
El sistema legal, la prensa, y las autoridades competentes
no hubieran hecho más preguntas. Pero en el nuevo clima
establecido por los Acuerdos de Paz se quería descartar la
posibilidad de que el personal de seguridad del presidente
se hubiera excedido en el uso de la fuerza y despreciado la
vida humana, cometiendo incluso un asesinato.
Los abogados de la ODHA representaron a la familia
de la víctima en el juicio que se siguió contra el guardia
presidencial sargento mayor Obdulio Villanueva, quien
fue acusado de haber asesinado al lechero. El relato de
Mario Domingo, abogado de la ODHA, sobre ese incidente,
que coincidía con el de la fiscalía y con lo que se
narró en líneas anteriores, estaba basado en el testimonio
del único testigo civil: un joven que manejaba su bicicleta,
que fue removido del camino y a quien le ordenaron bajarse
de la bicicleta y caminar, cuando estaba por alcanzar
la caravana presidencial.
En el juicio, miembros del EMP y otros militares llenaban
la sala. El fotógrafo bajo y moreno que Nery Rodenas
vio la noche del asesinato del obispo Gerardi resultó
ser la persona que día tras día enfocaba su cámara de fotos
hacia los abogados de la ODHA, y hacia las personas que
habían llegado a observar el juicio sin precedentes contra
un miembro de la fuerza de seguridad del presidente. También
lo habían visto cuando tomó fotografías de las placas
de los automóviles estacionados en las afueras del edificio
del juzgado. Sospechando que el fotógrafo no era periodista,
Ronalth Ochaeta pidió a los jueces que solicitaran al
individuo que se identificara. El carné de identificación re-
veló que pertenecía al EMP. Al final, Obdulio Villanueva
fue condenado a cinco años de prisión por el asesinato del
lechero. La ODHA había pedido, dadas las circunstancias,
la pena máxima, treinta años.
Aquella noche en la iglesia de San Sebastián, Nery
Rodenas buscó a Ronalth Ochaeta y a Fernando Penados
y les dijo que ahí se encontraba un hombre que pertenecía
al EMP tomando fotografías dentro del garaje. Cuando
Jean Arnault, jefe de MINUGUA, les pidió a sus investigadores
que verificaran el asunto, el fotógrafo se identificó
como miembro de la avanzada de seguridad del director
de la Policía Nacional. Para entonces Nery Rodenas y algunos
otros se habían dado cuenta de que el fotógrafo no
había llegado solo. Un hombre alto, delgado, que usaba
una gorra de béisbol roja con la visera jalada para cubrir
su cara, lo acompañaba. Más tarde el hombre fue observado
en el parque mientras hablaba a través de un radiocomunicador.
Ángel Conte Cojulún, el director de la Policía Nacional,
llegó a San Sebastián a las tres de la mañana. Cuando
le informaron que miembros de su avanzada habían estado
dentro de la casa parroquial tomando fotografías, él
respondió que no contaba con ninguna avanzada de seguridad.
Acompañado por los investigadores de MINUGUA,
Conte Cojulún se aproximó a hablar con los sospechosos,
quienes insistieron en hablar con él a solas. Después de
varios minutos, los dos hombres se retiraron, y Conte Cojulún
se dirigió a Fernando Penados. «Escuche, Fernando,
son del EMP», dijo. «No haga un escándalo de esto.»
En cierto momento durante esa larga noche, Helen
Mack y los pupilos del obispo, Ronalth Ochaeta, Edgar
Gutiérrez y Fernando Penados, se retiraron a uno de los
jardines interiores de la casa parroquial y sostuvieron una
conversación, que, conforme se desarrollaron los eventos
los siguientes días, derivó en la decisión de la ODHA de
formar su propio equipo para documentar el caso. La experiencia
les había enseñado que sería ingenuo creer que una
investigación conducida por el gobierno no estaría parcializada,
o que apuntaría hacia los sospechosos más obvios,
miembros del ejército o vinculados con el ejército, los más
amenazados por el informe REMHI.
La idea de que la ODHA formara su propio equipo
parece haber provenido de Helen Mack. Ella también sugirió
esa misma noche que antropólogos forenses de la
ODHA asistieran a la autopsia del cuerpo del obispo. El
equipo de forenses de la ODHA participaba entonces en
las exhumaciones de cementerios clandestinos y de lugares
donde hubo masacres que se realizaban en el país, y
Ochaeta telefoneó a dos especialistas.
Ronalth Ochaeta y Edgar Gutiérrez acordaron que no
iban a dejar la casa parroquial sino hasta que el cuerpo del
obispo fuera conducido hacia la morgue. «Sólo me senté
ahí», recordó Ochaeta: «Me levantaba, me sentaba, me levantaba.
Edgar también. Nadie dijo nada. Creo que pasó
una hora, hora y media. Nos veíamos el uno al otro sin
pronunciar palabra.»
Helen Mack, en cambio, estaba en movimiento constante.
Había llamado a su amigo el doctor Mario Iraheta,
un respetado especialista forense, y lo había llevado a San
Sebastián. Ahora se sentaba con los dos hombres de la
ODHA. «Chafas cerotes hijos de la gran puta», soltó. Chafas
es en la jerga guatemalteca militares; cerotes es una expresión
vulgar y común entre guatemaltecos, algo que
quiere decir mierda en pedacitos. «Chafas cerotes hijos de
la gran puta», repitió varias veces. «Estos pisados fueron.»
Luego tomó sus cigarros y se sentó a fumar en silencio.
En el garaje de la casa parroquial, el doctor Iraheta
trabajó al lado del doctor Mario Guerra, jefe forense de la
Morgue Judicial. Cuidadosamente lavaron las heridas del
obispo, limpiando la sangre de su cara, que había recibido
varios golpes con algún objeto duro –aparentemente el pedazo
de concreto triangular– usado con una rabia inusitada.
Las heridas más obvias eran fracturas en ambas mejillas
y alrededor de la nariz, magulladuras sangrientas en el
ojo derecho, y múltiples moretones en la parte posterior
del cráneo. El oído izquierdo era particularmente una masa
excoriada. En el cuello del obispo había rasguños sangrientos
que indicaban una pelea, marcas que podrían haber
sido causadas por el zíper de su chaqueta, que pudo
haber sido jalada contra su piel mientras él luchaba para
defenderse o liberarse, o quizás causadas cuando le arrancaron
la delgada cadena de oro de la que colgaba una medalla
religiosa que el obispo llevaba en el cuello.
Aparentemente el obispo Gerardi había recibido el primer
golpe mientras salía o era jalado a la fuerza de su carro.
Axel Romero descubrió en el bolsillo de la puerta del conductor,
uno de los lentes de los anteojos del obispo. Había
sangre dentro del carro, y granos de concreto. El MP tomó
en custodia el Volkswagen Golf esa misma noche. Más tarde,
cuando la ODHA fue autorizada a recuperar el carro,
Nery Rodenas y Mario Domingo fueron a buscarlo, llevando
las copias del set de llaves dejadas en la casa parroquial. Al
poner en marcha el carro por primera vez desde la noche de
la muerte del obispo, el aire acondicionado y el radio se encendieron
simultáneamente. El obispo no había tenido
oportunidad de apagarlos. Los atacantes debieron meterse al
carro, giraron la llave y luego la lanzaron afuera.
En algún momento antes del amanecer, cuando los
bomberos llevaron el cuerpo del obispo Gerardi a la morgue,
Ronalth Ochaeta y Edgar Gutiérrez se dirigieron hacia
las oficinas de la ODHA. Debían preparar un comunicado.
En pocas horas, la gente despertaría para enterarse
de la espantosa noticia del asesinato del obispo Gerardi.
Todos –la prensa, el gobierno, la comunidad internacional,
toda Guatemala– estarían esperando la reacción de la
Iglesia católica y la ODHA. Debían pensar en lo que iban
a decir.
El padre Mario dijo más tarde que se acercó a un especialista
de escena del crimen del MP y le pidió permiso
para limpiar el garaje, a lo cual accedió. Margarita López,
el sacristán Antonio Izaguirre y Julio Trujillo, cuyo trabajo
era arreglar a la Virgen de Dolores de Manchén, trapearon
la sangre del obispo y limpiaron el garaje. Trujillo encontró
más pisadas de sangre en la entrada de una de las
pequeñas oficinas ubicada en la parte trasera del garaje,
pero le ordenaron que siguiera trapeando y así lo hizo.
Cuando la limpieza del garaje –la destrucción y limpieza
de pruebas que podían quedar aún en la escena del crimen
a pesar del poco cuidado y el caos de la madrugada– se
convirtió en un escándalo en la prensa, el padre Mario insistió
repetidamente en que alguien del MP le había dicho
que estaba bien limpiar el garaje. El sacerdote no pudo
identificar a la persona por su nombre, pero lo describió
como un hombre alto y con barba. Para entonces el padre
ya se había convertido en el foco de especulaciones y sospechas,
tanto públicas como privadas. Así que cuando nadie
del MP dio el paso para responsabilizarse del «error», o para
identificar al «hombre de la barba», muchos dieron por
sentado que el sacerdote mentía y que él mismo había sido
quien había ordenado limpiar el garaje.
Edgar Gutiérrez me dijo más tarde que mientras todos
decían lo contrario sobre el comportamiento del padre
Mario esa noche, él personalmente vio al sacerdote llorar
silenciosamente. Otros dijeron que se quedaron fríos cuando,
después de que el cuerpo del obispo Gerardi fue retirado
hacia la morgue y que el garaje fue limpiado y trapeado,
el sacerdote salió de la casa parroquial, sin expresión
alguna en su cara, vestido y arreglado inmaculadamente,
para llevar a su pastor alemán Balú a caminar al parque.
Margarita López colocó la sotana del obispo en su
cama, y más tarde esa misma mañana el padre Mario llevó
la ropa hacia la funeraria. Él supervisó la operación de vestir
al obispo y ayudó a los maquillistas funerarios para reconstruir
la cara de tal manera que se pareciera lo más posible
a como el difunto se veía en vida.
Alrededor de las seis de la mañana, el Chino Iván, levantado
ya de su inducido y profundo sueño-soporífero,
contó a la policía su encuentro con el hombre sin camisa y
entregó el billete de 1 quetzal que el extraño le había dado
a cambio de los dos cigarrillos. Dos días después, se presentaría
en las oficinas de MINUGUA asegurando que temía
por su vida, y muy pronto se unió a Rubén Chanax
en la vida subterránea de testigos protegidos a cargo de la
policía guatemalteca.
Mientras tanto, en las primeras horas de la manaña del
27 de abril, en el MP, Rubén Chanax daba el primero de sus
varios testimonios oficiales. No tendría oportunidad de dormir
sino hasta las diez de la noche de ese día, veinticuatro
horas después de haber dejado la tienda de Don Mike. Junto
con los fiscales, observadores de MINUGUA y el director
de la policía, tres de los jóvenes de la ODHA estuvieron
presentes durante el interrogatorio de Chanax. Parecía un
poco asustado pero tranquilo, recordó Nery Rodenas, y cla-
ramente se veía que no estaba bajo los efectos de drogas
ni alcohol. Una vez más, Chanax describió al hombre sin
camisa. Era moreno, tenía ojos grandes, una cara grande
y redonda, boca amplia, bigote y barba ralos, pelo corto,
«estilo militar». Cuando el fiscal incidió en esa descripción,
la de cabello cortado «estilo militar», Rubén Chanax insistió
en que él había estado enlistado en el ejército durante
treinta meses y que podía reconocer el corte estilo militar.
Según el testimonio del Chino Iván, el hombre sin camisa
no usaba barba y su cabello no era crespo.
Rubén Chanax le contó a sus interrogadores que alrededor
de diez noches antes un hombre a quien los indigentes
conocían como el Chino Guayo se había presentado
a dormir a la iglesia y había preguntado a qué hora
regresaba usualmente, por las noches, el obispo Gerardi a
la casa parroquial. Chanax indicó que él le respondió que
no sabía. El Chino Guayo fue descrito por otro de los indigentes
como un adicto al crack de carácter violento,
que a veces empezaba y provocaba peleas bulliciosas fuera
de la casa parroquial. La policía se dirigió a la casa del
Chino Guayo a las seis de la mañana, y aunque el joven,
hijo de un hombre del ejército, era en cierta forma un personaje
interesante, resultó ser la primera de muchas pistas
falsas.
Cuando la casa parroquial estuvo finalmente tranquila
y sin gente, Otto Ardón, sus auxiliares y varios especialistas
de la policía pudieron realizar una inspección más
tranquila y minuciosa. Encontraron gotas de sangre en
una pequeña habitación cerca del garaje que se usaba para
planchar y en la pared de fuera. Hallaron pequeñas manchas
de sangre en otras paredes; había aún más marcas de
sangre que ellos no vieron, pero que la ODHA encontraría
más tarde.
Las pruebas conseguidas en el garaje aquella mañana
incluían el suéter, el cual resultó tener manchas de sangre
y cabellos humanos; la piedra de concreto, también manchada
de sangre; algunas hojas de periódico arrugado; y
unas pocas huellas digitales y rastros de manos que podían
estar relacionadas con el crimen.
Esa mañana, mientras se iban de San Sebastián para
dirigirse a la morgue, los investigadores de MINUGUA se
sorprendieron al escuchar a una indigente, una mujer llamada
Vilma, cantando de manera desentonada que el
obispo había sido asesinado por huecos.
La autopsia empezó alrededor de las nueve de la mañana.
El doctor Mario Guerra, jefe de los forenses de la
morgue, y los otros doctores que ejecutaron y observaron
el procedimiento estaban frente a un profundo misterio
forense. Se registró como causa oficial de la muerte «Trauma
craneofacial en cuarto grado». La fractura y las cortadas
en un pulgar, además de las marcas en su cuello, parecían
indicar que el obispo Gerardi había opuesto una
breve y enérgica resistencia a sus atacantes.
En la parte posterior de la cabeza se hallaron cuatro
perforaciones que formaban un arco. Rafael Guillamón,
quien supervisó la autopsia por parte de MINUGUA,
pensó que se veían como las marcas que dejaría una manopla
(nudillera).
El auxiliar del fiscal, Gustavo Soria, llegó al cuarto de
la autopsia y solicitó que se practicara en el cuerpo un hisopado
anal para verificar señales de una penetración homosexual.
«¡Órdenes de arriba!», dijo Soria. Cuando Gui-
llamón me contó esta historia, muchos años después, se
bufó con ironía, y dijo que las órdenes, provenientes de Inteligencia
Militar, por supuesto, eran del general Espinosa,
el antiguo comandante del EMP que había sido recientemente
promovido al Estado Mayor de la Defensa. «Soria
trabajaba para Inteligencia Militar», dijo Guillamón.
¿Estaba en lo correcto? La gente se había presentado
aquella noche a la iglesia y a los demás lugares, según Guillamón,
como actores que entran en escena para representar
su papel. Algunos lo sabían anticipadamente. Tal vez
otros llegaron a la iglesia, evaluaron la situación, y rápidamente
entendieron qué papel debían representar. Pero
¿eran simplemente incompetentes ciertas personas cuyas
acciones parecerían después sospechosas? ¿Algunos eran sospechosos
por su intrínseca rareza, o porque guardaban otros
secretos y debilidades? ¿Quiénes entre la multitud dentro
y fuera de la iglesia de San Sebastián esa noche eran los
actores? ¿Algunos de los indigentes y bolitos eran actores
en el sentido del que hablaba Guillamón? ¿Era Vilma, la
indigente que cantaba que el obispo había sido asesinado
por homosexuales, una actriz? ¿El canciller de la curia o
la China Ana Lucía Escobar? ¿La cocinera? ¿Alguien de la
ODHA? ¿Y quién determinaba los roles detrás del telón?
¿El general Marco Tulio Espinosa, «el hombre más poderoso
del ejército»? ¿O incluso el presidente Arzú? Al final
todos serían objeto de sospecha.
Era obvio, si los relatos de Rubén Chanax y el Chino
Iván eran ciertos, que el hombre sin camisa iba a ser visto,
o no importaba si era visto, al menos por dos indigentes
del parque esa noche cuando salió del garaje. Dejó un
sudadero tirado en el suelo. ¿Lo hizo con el propósito de
hacer ver que el terrible ataque violento había de alguna
manera envuelto un acto de amor o deseo? ¿Para que des-
pués, cuando los testigos hablaran, sugerentemente conectaran
al hombre sin camisa, el suéter tirado en el suelo,
con el obispo asesinado? Pero ¿por qué, si se trataba del
mismo hombre, regresó después al parque usando camisa?
¿Y adónde se dirigía el extraño?
Ésas eran algunas de las preguntas, basadas en la información
más obvia disponible hasta ese momento, que surgían
en las primeras horas y días después del asesinato, y
que se convirtieron en titulares en todo el mundo. Líderes
religiosos y políticos, incluido el papa Juan Pablo II, denunciaron
y demandaron justicia en este crimen. En general
se daba por sentado, por supuesto, que el obispo había
sido asesinado en venganza por el informe REMHI, aunque
era difícil creer que sus enemigos podían responder con
tal descuido y brutalidad, por molestos y amenazados que
se sintieran.¿Hasta qué punto era realista creer que los asesinos
comparecerían ante la justicia? Los guatemaltecos sólo debían
voltear a ver la historia reciente de los homicidios
«inimaginables» del país para sentirse desanimados. A pesar
de que la Comisión de la Verdad de Naciones Unidas
en el país vecino, El Salvador, había confirmado lo que se
había sostenido por todos desde que ocurrió el crimen, que
el arzobispo Romero había sido asesinado por sicarios gubernamentales,
nunca se había acusado a nadie ni se había
realizado una investigación seria. En el norte, en México,
el asesinato del cardenal Posadas en 1993 permanecía irresuelto,
al igual que el asesinato del candidato presidencial
reformista Luis Donaldo Colosio, en 1994. Cuanto más
impactante era el crimen, cuanto más poderosos o vinculados
con el poder estaban los criminales, en América Latina
menos probable era que terminaran en prisión.
No obstante, como Ronalth Ochaeta lo dijo en el co-
municado que fue entregado a los reporteros aquella primera
mañana, era inconcebible que un crimen de esa magnitud
permaneciera sin resolver cuando había ocurrido sólo
a cien metros de la unidad de seguridad y del aparato de
vigilancia más sofisticado del gobierno.
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