
Valle de Bravo es un destino de aventura y buen lugar para perder el miedo a la alturas
Este fin de semana nos fuimos a Valle de Bravo a volar como los pájaros, y el parapente es el vehículo más a la mano para alcanzar el cielo. Salimos del Distrito Federal y dos horas después llegamos a este llamado Pueblo Mágico, con calles que se antoja caminar, pero eso lo dejaremos después de lanzarnos al vacío.
Sacudiéndonos dentro de un todoterreno 6x6, con capacidad para 15 personas, subimos hasta la cima de Monte Alto, una reserva cubierta de altos pinos donde también se pueden hacer recorridos en cuatrimoto y bici de montaña. El vehículo se estaciona a un costado de una cama de pasto, nuestra pista de aterrizaje, y lugar donde firmamos una carta responsiva, antes de llegar al punto de despegue.
Alas del Hombre es una compañía que, desde el año 2000 está registrada ante la Dirección General de Aeronáutica Civil, como el único centro de capacitación en la especialidad de vuelo libre en México. Así que confiamos estar en buenas manos.
El parapente es parecido a un paracaídas, pero varía en su tamaño. El paracaídas mide 12 metros cuadrados, el parapente mide de 25 a 28 metros cuadrados, además este último se infla con el viento y no está diseñado para caída libre. También es distinto el lanzamiento: no se hace desde una avioneta, como el paracaídas, sino desde un cerro.
Cosquillas en el estómago
El aire fresco pega en nuestros rostros que expresan preocupación, en algunos de nosotros. Otros sonríen emocionados y bromean sobre su próxima experiencia. Después de 30 minutos de trayecto llegamos al punto de despegue, a lo más alto de la Reserva Monte Alto.
Desde aquí es fácil impresionarse con la vista del lago, uno de los principales atractivos de este destino. Así que todos sacamos nuestras cámaras para capturar la foto de grupo, con este paisaje de fondo. La presa que vemos, se construyó en 1947 y es famosa porque en ahí se practica el esquí, el remo, la vela y se ofrecen paseos en lancha, los cuales valen la pena para visitar la Cascada Velo de Novia, al poniente de Avándaro.
Ya nos esperan los instructores. Ni pensar en volar solos, cada quien lo hará en compañía de uno de ellos. Esta modalidad se conoce como vuelo tándem. No se necesita de conocimiento previo, pues toda la operación la lleva a cabo el experto. Sólo es necesario seguir sus indicaciones para tener buen despegue y aterrizaje en la rampa que, a más de uno nos provoca vértigo, con algo de nervios, por su pronunciada inclinación.
El clima es favorable, hay buenas corrientes de aire, fundamentales para un vuelo tranquilo y sin riesgo de un accidente. Nunca de los nuncas se debe planear con tormentas o con viento fuerte. Está prohibido. Héctor, mi instructor, es un hombre de 40 años más o menos y, a juzgar por su cabello largo, lo creo roquero de corazón. Me saluda efusivamente y me pregunta de nuevo mi nombre. Me coloca el equipo: casco, chaleco salvavidas –no sea de malas que caigamos al lago- y un arnés, el cual asegura dos veces.
Después prepara su propio equipo, el cual incluye un paracaídas de emergencia. En total, carga con 25 kilos de más. Extiende el parapente, una enorme tela de nylon y de otras fibras sintéticas y, junto con otros tres instructores, verifica que las cuerdas que lo sostiene no tengan nudos.
Yo sigo con la emoción y el inevitable cosquilleo en el estómago. Antes de perder el piso, Héctor me da las instrucciones básicas para despegar: 1. poner mi cuerpo en posición para correr; 2. aunque el parapente me jale hacia atrás, debo conservar siempre esa postura; 3. caminar tres pasos para atrás para tener mayor espacio para el despegue, y, 4. una carrerita para elevarnos. Puedo presumir que soy la primera valiente del grupo que se anima a volar. Respiro profundo, el corazón me pega en el pecho y el cosquilleo en el estómago se expande y, a la cuenta de tres, nos echamos la carrerita; abro bien los ojos porque no quiero perderme de este momento, el piso se me pierde y nos echamos a volar.
Héctor va detrás de mí, parece como si estuviera sentada en sus piernas, pero en realidad sólo me recargo en su pecho porque el arnés es lo que me sostiene. Al principio me siento insegura en el aire, pero conforme transcurre el tiempo me voy acostumbrando y me gusta esa sensación de estar suspendidos. Para ser más ameno el paseo platicamos sobre nuestros respectivos trabajos. La plática no dura mucho porque hay corrientes de aire que ya no dejan escuchar con claridad, así que optamos por el silencio y a disfrutar del paisaje.
Durante 30 minutos todo se ve tan pequeño: los tejados rojos tradicionales del pueblo y el azul de las albercas en las casas, los yates, los veleros, las lanchas que se desplazan a lo largo del lago y las rayitas blancas que dejan los esquiadores en el agua. Por fortuna traigo mi sudadera, porque el viento es muy frío.
Es tiempo de aterrizar. Mi instructor hace las indicaciones pertinentes: levantarnos del arnés y caminar algunos pasos en el aire para pisar suelo con seguridad. Fue muy fácil aterrizar, al menos para mí. La emoción se nota en mi cara. Mientras Héctor me quita el equipo espero a que bajen los demás, todos llegan con una sonrisa de oreja a oreja, con muchas ganas de repetir la experiencia.
Lo básico
En este tipo de vuelos hay que planear la ruta. El parapente con un maneral, un tipo de agarradera en cada mano, jalando el izquierdo o el derecho, según a donde quiera girar. También tiene la capacidad de subir y bajar.
El parapente se eleva con corrientes de aire ascendentes y permite desplazarse a grandes distancias. Vuela entre 30 y 40 kilómetros por hora, alcanzando una distancia de 2 mil 500 metros de altura. Esta actividad puede hacerla cualquier persona a partir de los cinco años.
El Pueblo Mágico tiene un abanico de opciones para conocer su historia y cultura.