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Es cuestión de física pura: los espacios vacíos tienden a llenarse. Desde el 3 de julio de 2006, cuando el país se debatía en la incertidumbre de un resultado electoral que a nadie complacía, una fuerza política comprendía que su derrotaera atroz y a partir de entonces apostó su resto a ganar los espacios que los dos más fuertes comenzaron a dejarle paraconvertirlo en el tercero en discordia y el ganón de lo que los otros simplemente despreciaban: el diálogo y la negociación como fundamento primario de la política.
Así, el PRI no ha hecho sino ocupar un espacio
que naturalmente debería ser para el Partido de la
Revolución Democrática si su excandidato no estuviera
empeñado en parecer más un eterno Mesías
que el líder auténtico y muy honorablede una fuerza
opositora aglutinada en torno suyo y que estuvo
apunto de arrebatarle a Felipe Calderón la Presidencia
de la República.
Un año después de las elecciones más controvertidas
de la historia moderna mexicana, Calderón ha
logrado afianzarse en la silla presidencial a punta de
golpes espectaculares (el uso masivo, como lo definió
él mismo, de las Fuerzas Armadas para combatir
al narcotráfico) y de alianzas que no le ruborizan ni la
mitad de una mejilla: Elba Esther Gordillo ha hecho
valer e peso de los votos que dice haber comprometido
a la candidatura del panista, sin que nunca jamás
puedan Calderón ni su partido comprobar los dichos
de la líder eterna del sindicato magisterial respecto
de los votos que supuestamente ofreció.
A cambio, el nuevo gobierno un día sí y otro también
muestra su agradecimiento a la dirigencia nacional
del SNTE a la que le obsequió una subsecretaría y
la posibilidad de fijar la agenda educativa nacional.
El país, mientras tanto, continúa dividido y los
agravios reales o aumentados siguen inflando el costal
del resentimiento de una izquierda atormentada
por sus divisiones perennes y la presencia de un liderazgo
que parece estorbar al PRD, desdibujado como
partido en el Frente Amplio Progresista, y que ha
recorrido más de 500 municipios del país anunciando
la buena nueva de su “presidencia legítima” y un
gabinete de sombra que cobija poco. Frente a él, un
presidente ilegítimo que resistía los embates de los
seguidores del ex candidato perredista, pero que sin
embargo se aprestaba a asumir la Presidencia de la
República con todas las de la ley en el Palacio Legislativo
y en medio de un alboroto que a pesar de sus
dimensiones mayúsculas al final permitió la asunción
y el inicio de un mandato accidentado, dispuesto a
gobernar a toda costa y, en palabras del politólogo
Ricardo Raphael, “enormemente atado de manos”
por los intereses que ayudaron a construir su
candidatura, señaladamente la maestra Gordillo.
Tiempo detenido
Doce meses después, Andrés Manuel López Obrador
se mantiene anclado en un resultado electoral
victoriosoque le fue arrebatado,segúnsu dicho, por
una “mafia” que le robó la Presidencia, pero que en
realidad sólo pudo “quitarle una pluma” a su gallo,
como rezan el título y subtítulo del libro que hoy mismo
presenta en el zócalo de la ciudad de México.
Tras los comicios comenzó un largo, tortuoso y
peligroso camino de confrontación que puso en peligro
la gobernabilidad del país y tuvo momentos “de
crisis institucional muy importantes”, según el investigador
y profesor del Centro de Investigación y
Docencia Económicas (CIDE), Mauricio Merino.
“No se sabían los alcances de la protesta de López
Obrador ni la capacidad de Felipe Calderón o del
muy debilitado presidente Fox”, afirma Merino al recordar
los días del plantón en el Paseo de la Reforma
que dio lugar a elevadas cuotas de inconformidad
ciudadana por las afectaciones a la vialidad y a los
comercios establecidos (el empresario Carlos Slim
llegó a expresar su desconcierto con esta forma de
protesta que estrangulaba a una ciudad gobernada
por los mismos), pero que permitió a López Obrador
“reconducir el movimiento sin poner en jaque la vida
política y social de México”.
En su más reciente libro, Fango sobre la democracia (Planeta, 2007) el antropólogo Roger Bartra
apuntó sobre los temores posteriores a las elecciones
de julio, lo siguiente: “Los fantasmas que invocaron
los políticos fueron sofocados por la insospechada
civilidad de una gran partede la sociedad. La sociedad
civil logró amortiguar los agitados temblores
de la sociedad política. Por más que algunos se desgañitaron
advirtiendo que México estaba a punto del
colapso, dividido entre dos fracciones irreconciliables,
el resultado fue que de alguna extraña manera la
clase política comprendió que había llegado el momento
de frenar las confrontaciones”.
Desde otra perspectiva, parece ser que la gobernabilidad
al final no estuvo realmente en riesgo como
se preveía. Para Merino, la principal víctima del
proceso electoral del 2de juliode 2006 no fue la gobernabilidad,
sino el sistema electoral, cuya credibilidad
quedó muy dañada.
Alfonso Zárate, investigador y analista político,
pondera la posibilidad de que las cosas hubieran sido
completamente diferentes si la diferencia de votos
entre Calderón y López Obrador hubiera sido otra y
no una tan cerrada (0.5%).
“La gobernabilidad parece depender del movimiento
inercial y no de un diseño del Estado mexicano
sobre cuáles son los riesgos. Se vale todo menos
perder, parece que era el tema. ¿Cómo explicarle a la
gente que llenaba plazas, pero no las urnas? Si López
Obrador hubiera aceptado la derrota, de inmediato
se hubiera dicho que claudicó o que se vendió y habría
dado paso a otros liderazgos”más radicales, dice
Zárate, quien reconoce en el Frente Amplio Progresista
un factor coadyuvante de la estabilidad y no
uno perturbador.
Sobre la aceptación de la derrota, el ex presidente
del gobierno español, Felipe González, escribió el sábado
pasado en el diario El País: “Entre las fuerzas en
liza, las consideraciones sobre las derrotas se deslizan
con frecuencia hacia la autojustificación. Es decir,
se niegan a analizar sus propios fallos, sus carencias,
para cargar sobre otros factores la derrota”.
González, quien fue un buen perdedor después
de 14 años en el poder, agregó: “A los auténticos demócratas
se les conoce por su capacidad para aceptar
la derrota”.
La ganancia de los pescadores
Mientras Calderón se calzaba el uniforme de campaña
militar para mostrar su determinación de gobernar
con firmeza, López Obrador insistía en que su
partido y sus militantes no le deberían reconocer ni
un ápice de lo que hace. Ni para adelante ni para
atrás.
La división, en sentido inverso a lo que han querido
establecer las dos fuerzas más confrontadas, no
fue por mitades, sino, si se quiere, en tercios y aunque
matemáticamente no fue así — el PAN y el PRD
casi con el mismo número de votos pero ninguno de
ellos con más de 36% — el PRI disputó un razonable
tercer lugar. Dos jugadores principales y un tercero
hundido por un candidato para muchos (inclusive
de su propio partido) impresentable pero que habría
de hacer valer 22%que pescó en el turbulento día
electoral .
Frente a ese caleidoscopio, Merino apunta que
Calderón, corrido ya al centro - derecha, no puede tener
una agenda de un solo color. “Es técnicamente
imposible, hay que pactar. En ese sentido — subraya —, López Obrador ha servido la mesa y el PRI se
ha sentado cómodamente. El PRI y no el PRD es el
aliado y contrapeso eficaz de Calderón”.
Y a las pruebas se remite: la reforma de la Ley del
ISSSTE (ya aprobada) y la del Estado, fundamentales
ambas en la propia estrategia calderonista,
han sido presentadas por el PRI y no por Calderón
que, de haberlo hecho, corría el riesgo de ser rechazado
de inmediato.
Lo dicho, ni política ni matemáticas: física pura,
pues.
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