| POR
Peter Robb
Vivía “sin esperanza y sin temor”. Abjuró
de todos los maestros, repudió a todos sus discípulos,
y sin embargo deslumbró a sus contemporáneos con una
gota de agua sobre una hoja. Así se convirtió en el
primer pintor moderno. Un día de 1610 desapareció
en una playa; su cuerpo nunca fue hallado. Cuatro siglos más
tarde, con una investigación que ha causado polémica
en Europa, Peter Robb cree haber resuelto el misterio. El ensayo
que ofrecemos a continuación, proviene de El enigma
de Caravaggio,
libro recién editado en español por editorial Océano.
D¿M?
M era un pintor. Su nombre real era Michelangelo Merisi. Sin embargo,
la primera relación escrita de su vida —de un contemporáneo
que lo había conocido en persona— lo llamaba Amerigi,
y la segunda, Merigi. Cuando él tenía un año
el nombre de su padre fue registrado como Merici, y a los cinco
como Morisi. El pintor mismo fue mencionado como Merisio en documentos
de un tribunal romano y Morigi en otro escrito, un año antes
de su muerte. Las extravagancias de la lengua escrita lo transmutaron
en las variantes Morisius, Amarigi, Marigi, Marisi, Narigi, Moriggia,
Marresi y Amerigi. El propio M firmaba Marisi.
Los amigos que no estaban seguros de su nombre lo llamaban simplemente
Michelangelo, o Michele o Michelagnolo, y los que se sentían
inseguros o no lo conocían tanto lo llamaban de modo genérico
por el nombre del pueblo de Caravaggio en la provincia de Bérgamo,
al este de Milán, donde es casi seguro que no nació,
pero en el que pasó parte de su infancia y de donde provenían
las familias de sus padres. Lo más probable es que M haya
sido originario de Milán, y allí aprendió a
pintar. Nació en 1571, aunque sus amigos pensaban que en
1573, creencia común hasta hace poco, debido a que M se quitó
dos años cuando se fue a Roma. El genio se apreciaba más
en la juventud y en Roma M era un debutante casi tardío,
apenas conocido cuando otros pintores de su edad ya estaban en la
cumbre y lo empleaban para trabajar en sus talleres. Murió
en 1610, probablemente el 18 de julio, en una localidad no identificada.
Más que morir, M desapareció. Se desvaneció
y su cuerpo nunca fue hallado. Nadie presenció su muerte.
Y si hubo testigos, jamás se refirieron a este asunto.
Las quince variantes de su apellido, así como las fechas
y los lugares posibles de su nacimiento y muerte, no son las únicas
incertidumbres acerca de la existencia de M. Buena parte de lo que
le ocurrió entre esos dos extremos no es menos incierto.
Lo que sabemos hoy proviene en gran parte de las memorias de dos
contemporáneos que escribieron un par de decenios después
de los hechos que recordaban, alrededor de diez años después
de la muerte de M. En aquellos tiempos la vida de los artistas era
breve; con frecuencia en los hechos reales, en los textos escritos
siempre. La vida de un artista solía tener la extensión
de una entrada en el Who's Who o de una nota en una guía
turística. En su mayor parte las vidas de artistas registradas
se limitaban a relaciones cronológicas de sus obras, quizá
con el agregado de una nota sobre la técnica o alguna ilustrativa
anécdota original. Los más inteligentes y ambiciosos
de esos relatos —el de Vasari a mediados del siglo XVI y el
de Bellori un siglo después— elaboraron una idea tal
de la pintura que la carrera de un artista se usaba sólo
para ilustrarla. No se consideraba que la vida interior del artista
ni las minucias de su existencia social —los elementos básicos
de la biografía moderna— merecieran transmitirse a
quien se interesaba en su obra.
La idea de la vida interior desplegó sus horrendas alas un
par de siglos después de escritas las vidas de esos pintores,
y también la idea —emparentada con la anterior—
de la inmerecida grandeza que hoy se llama celebridad. En el siglo
XIX la llamaban genio. La cuestión de la rutina diaria del
artista se ignoraba porque todos sabían que la vida de un
pintor era, en su mayor parte, trabajo duro y sucio. Más
tarde el tiempo colocó una pátina sobre los antiguos
usos, pero el trabajo duro nunca llegó a ser realmente glamoroso.
Los primeros registros de las vidas de los artistas eran remotos,
primitivos y enormemente sensatos. Sus autores estaban informados
de manera suficiente y cercana sobre el creador y la obra que describían,
y en el caso de M estos relatos aún son la principal fuente
de conocimiento, no obstante haber sido escritos bajo la guía
de intereses particulares, cortados y armados para adaptarse a la
tesis del autor. Así, estas versiones fueron cabalmente creación
de sus autores. La primera fue escrita por un pintor a quien M había
humillado y quiso devolverle un golpe que pasara a la historia.
La segunda fue obra de un intelectual cuya sutil intención
en la historia del arte lo obligó a realizar un trabajo personal
de demolición de la figura de M.
Pero la falta de interés del siglo XVII en la vida privada
de los creadores no es la única razón de que sepamos
tan poco sobre M. Éste vivió en una época de
confrontaciones ideológicas que dividieron a Europa desde
fines del siglo XVI de manera tan profunda como cualquier división
política del siglo XX. El surgimiento del poder protestante
en el norte había desencadenado en la Italia católica
una involución defensiva y totalitaria del poder. La Contrarreforma
puso a la cultura italiana en pie de guerra en torno a la pretensión
de la Iglesia católica de controlar por completo el pensamiento
y la moral de los italianos. Comenzó siete años antes
del nacimiento de M y condicionó toda su vida. Los brazos
de la Iglesia eran la coerción y la persuasión. El
garrote era la Inquisición, una vasta maquinaria represiva
que trabajaba por medio de informantes y tribunales secretos para
castigar las desviaciones ideológicas con humillaciones,
prisión, tortura y, en los casos más recalcitrantes,
la hoguera. El arte era la zanahoria, y se utilizó reclutando
para servir a los fines de la Iglesia militante, canalizando las
energías de la imaginación por los caminos de la doctrina
católica.
Italia no era una sociedad que se adaptara al control totalitario,
y las ambiciones represivas de la Iglesia sólo se realizaron
en forma imperfecta e intermitente. La red de terror era dispareja
y, en general, incluso en el peor arte del régimen había
elementos atenuantes. Sin embargo, el terror y el arte eran bastante
abrumadores. El miedo y la sospecha permeaban toda la cultura. La
inminencia del terror acechaba en lo que se leía, en las
prácticas sexuales, en el modo de vestirse, en lo que cada
uno pensaba sobre la religión, lo que sabía sobre
ciencia, sus simpatías políticas. Empujó la
vida privada a la clandestinidad. M vivió en una época
de poder burocrático, policía del pensamiento y conformismo
temeroso en la que prosperaban los aduladores y los oportunistas,
mientras las mentes creativas eran ferozmente condenadas al silencio.
En la vida cotidiana eso significaba que cada uno se ocupaba de
los suyo —como no era costumbre hacerlo en Italia—,
teniendo cuidado con lo que se decía y, más aún
con lo que se escribía. No era una época que estimulara
el chisme, las especulaciones, las pláticas de sobremesa,
el ingenio, la paradoja ni cualquier otra de las actividades más
libres y juguetonas de la mente, ni siquiera entre amigos. Hablar
sin censura costaba la vida, en general, la propia. Se acabó
aquella forma fácil de relación social que otrora
había existido entre los poderosos y los artistas que los
patrocinaban, entre el clero y los intelectuales laicos, los aristócratas
y los comerciantes, entre hombres y mujeres, entre viejos y jóvenes.
Venecia conservó su deslumbrante promiscuidad y Florencia,
una vigorosa resistencia cultural, pero ahora eran las excepciones
y Roma las veía con profunda desconfianza. El brillo fácil
de la cultura de las ciudades italianas se desvaneció. La
vida social era temerosa, velada, limitada por la desconfianza.
No era una época propicia para dejar muchas huellas de la
vida privada, en particular si las ideas y actitudes o el comportamiento
podían atraer una atención no deseada. En todas partes
se entendía que las cosas quedaban entre amigos. Incluso
el alto clero, que estaba muy lejos de la inconformidad, mantenía
su correspondencia privada en un tono de alusiones oblicuas, y cuando
se trataban asuntos de Estado se entendía que las cartas
debían destruirse, o la información relevante se reservaba
para su transmisión oral.
No es raro que las únicas huellas escritas que M dejó
sobre su vida sean un par de recibos garabateados, a pesar de que
escribía con facilidad y elegancia. Ni que más allá
de las cuentas relacionadas con algunos encargos, los únicos
documentos de su vida cotidiana provengan de informes policíacos
y actas judiciales. De acuerdo con la naturaleza de una sociedad
policial, a la menor excusa la gente acudía ante las autoridades
con quejas y denuncias, y sus largas, excitadas, volubles, airadas
o evasivas declaraciones literales son el único testimonio
existente de la forma y la presión de la vida ordinaria en
aquellos años. El registro de la vida cotidiana en Italia
durante la Contrarreforma es el policial. Y como M tuvo varios tropiezos
con las autoridades —más que varios, a decir verdad—,
las huellas que dejaron en el vasto y apolillado registro de los
problemas entre la gente y la ley son todo lo que sabemos sobre
cómo vivía M cada día.
Los críticos no revelaron mucho. Todos los relatos antiguos
de la vida y obra de M en su original italiano, alemán u
holandés, con introducciones y traducción inglesa,
caben en alrededor de cuarenta páginas, dedicadas sobre todo
a sus cuadros. Hace 50 años Roberto Longhi publicó
todos los estudios críticos de la obra de M, escritos hasta
comienzos del siglo XX, de autores italianos, franceses, ingleses
y alemanes, en poco más de cincuenta páginas. Y buena
parte de ellos contenían sus propios comentarios: 300 años
de discusión sobre la vida y el arte de M caben con facilidad
en medio centenar de páginas. M sobrevive como un nombre
en los archivos, pero la suma de los hechos de archivo no es suficiente
para revelar una vida completa. Ofrece puntos para conectar, bases
para aventurar hipótesis, datos para elaborar un kit de identidad
mental, y lo que sigue aquí no es más que un esbozo
de ese tipo. Una hipótesis. El esquema que se ofrece se desvanecerá
cuando se conozcan más datos, pero cualquier cosa que pueda
descubrirse en un archivo no hará del pintor M una figura
amigable para el lector: la gente siempre lo encontró irritable,
y sus enemigos lo consideraban violento. Las personas más
cercanas a él nunca hablaron. Quien hoy desee conocer a M
puede visitar unos cuantos palacios, callejones y celdas de prisión,
muchas iglesias sombrías, algunos puertos, una o dos playas
desiertas. Pero ninguno de estos lugares le dirá mucho. Y
puede contemplar larga y reflexivamente sus cuadros.
Sus cuadros. Los historiadores de arte han forjado un canon y una
cronología funcionales de la obra de M. Se trata de una gran
realización colectiva detrás de la cual hay muchos
años de paciente esfuerzo. Hace cien años la mayoría
de sus cuadros se pudría en sótanos, buhardillas e
iglesias en decadencia, ocultos bajo costras de mugre, mientras
que su nombre se adhería a decenas de torpes copias y crasas
derivaciones de pintores posteriores que imitaron su trabajo. El
rescate de la obra de M ha sido una empresa larga, compleja y trabajosa.
Cuadro tras cuadro, ha sido necesario eliminar el hollín
de las velas, las capas de barniz amarillento y las toscas pinturas
superpuestas. Telas en descomposición, pintura agrietada
y lienzos rasgados se han restaurado con sumo esmero, han sido devueltos
a una existencia estable. Imágenes que parecían irrecuperables
han recobrado su vitalidad, imperfectas pero reales. Todavía
hay cuadros por encontrar, dudas por resolver, obras por reordenar,
pero ahora podemos movernos con más certeza por una secuencia
de pinturas bastante sólida y rastrear las claves que relacionan
los cuadros con los hechos conocidos de la vida de M. Y esto apenas
hace menos de diez años.
Los cuadros son el gran secreto de M. Para muchas personas todavía
tienen la peculiar inaccesibilidad de lo que está totalmente
a la vista. Nos deleitan y desconciertan porque, como algunas obras
de Tolstói y Chéjov, parecen no tener nada qué
ver con el arte. Parecen ir directamente a la vida misma, sin mediación
de alguna inteligencia que dé forma. Y esa apariencia es,
desde luego, errónea. En una época en que el arte
era prisionero primero de las ideas y después de la ideología,
M emprendió una exploración solitaria y persistente
de lo que significaba ver la realidad de las cosas y las personas.
Lo hizo con tal rigor que, igual que la obra de Leonardo cien años
antes, significó mucho, tanto para los orígenes de
la ciencia moderna como para los del arte moderno y, en cierto sentido
más, porque lo que Leonardo escribió sobre el arte
sólo se realizó en manos de M. Éste presentó
la forma en que vemos de un modo tan verdadero que 400 años
después sus cuadros recién restaurados nos sorprenden
como brillantes fotografías de otra era. Esas imágenes
surgieron de una atención a lo real que ignoraba la cuidadosa
geometría del arte del Renacimiento tan escrupulosamente
como ignoraba los dogmas de la religión. Ningún otro
pintor ha captado jamás una presencia corpórea viva
como lo hizo él.
Y sin embargo, M logró hacer el arte tan sobrecogedoramente
objetivo sólo porque mantuvo una extraordinaria fidelidad
a su subjetiva manera de ser. Sus exploraciones visuales dejan al
descubierto su propia psique y sus propias debilidades con una franqueza
y valentía conmovedoras; él sabía muy bien
que lo que pintaba y la manera en que lo hacía mostraban
tanto de él como de otras personas representadas en el lienzo.
Su peculiar honestidad personal tiene que ver más con Cézanne
que con los pintores que lo precedieron, y ésta es la razón
por la que hoy resulta fascinante. M fue el primer pintor moderno.
El enigma de M el hombre es que muy pocos de los escasos hechos
conocidos de su asombrosa vida parecen corresponder a la mente sutil
y penetrante que reflejan sus cuadros. Desde el inicio mismo de
su fama, en los primeros años del siglo XVII, M el hombre
era conocido en Roma como una persona difícil, antisocial
y violenta —stravagante es la palabra que utiliza la mayoría—,
y los acontecimientos posteriores de su vida parecen haber confirmado
ese juicio temprano con una precisión devastadora. El peor
efecto de la historia personal de M, y el más duradero, fue
el que se reflejó sobre su obra —o más bien
fue reflejado sobre su obra por intelectuales hostiles— para
distorsionar la naturaleza de su trabajo. Y sin embargo, M necesitaba
de ese caparazón para defender su arte y su persona en una
época violenta e intolerante. Antes de la fama hubo años
en que vivió feliz, seguro y productivo, sin atraer una atención
no deseada.
Los primeros trabajos de M asombraron a sus contemporáneos
porque parecían muy reales. Los deslumbraba con una gota
de agua sobre una hoja. La calidad de la piel desnuda en sus pinturas
los hacía delirar. Después de tomar Roma por asalto
en 1600, los efectos que lograba en su obra hacían que las
personas, sorprendidas, percibieran la polémica simplicidad
de su visión del arte. Uno pinta a partir de la vida, decía
M. Uno pintaba lo que veía y un hombre bueno para pintar
sabía cómo hacer cosas naturales. Los mejores —aun
cuando ésa era su práctica, M nunca lo dijo precisamente—
sabían, como él, trasladar en forma directa a la tela
las cosas naturales que veían. Olvidaban la interferencia
del dibujo preliminar. Esto implicaba que el dibujo era convención
e idea preconcebida; el dibujo falsificaba la vida. Por eso M no
dibujaba.
Actitudes como ésa no podían dejar de perturbar una
profesión que consideraba un arduo entrenamiento en el dibujo
la base misma de cualquier arte. Eso por no hablar de una Iglesia
que dominaba las principales oportunidades de empleo y consideraba
la pintura no como una forma de mostrar la vida real sino el medio
para la transmisión de un conjunto de mensajes estrictamente
controlados. La Iglesia de la Contrarreforma generaba una interminable
demanda de imágenes de los protomártires cristianos
con sus diversas muertes terribles, y las obtenía. Así
era como la Iglesia volvía a sus raíces. La gente
estaba acostumbrada a las representaciones de torturas y muerte
y no se inmutaba ante ellas. El sufrimiento era el tapiz mental
de la época. Pero entonces M pintó una cabeza cortada
y por primera vez la gente vio cómo era seccionar un cuello.
M les mostró cómo sentía un anciano cuando
le atravesaban las manos con clavos. La irrupción de la realidad
en el arte religioso empezó a causar problemas. M fue blanco
de ataques casi desde que apareció en escena. Los pintores
ya establecidos lo odiaban porque subvertía la estructura
profesional que los había encumbrado y hacía que las
agotadas contorsiones del agonizante manierismo parecieran tontas.
Lo que más detestaban era que M —a pesar de él
mismo, porque era un solitario— se hubiera convertido en el
ídolo absoluto de los jóvenes pintores de Roma al
inicio del siglo XVII: imitaban su estilo de vida y veían
su trabajo como paradigma del arte moderno. Hasta los pintores de
mediana edad, no sin torpeza, empezaron a tratar de cambiar de caballos
estilísticos a mitad de su carrera.
M podía evadir los celos profesionales —más
o menos, en su peculiar forma violenta— pero la hostilidad
institucional era un asunto más siniestro. Los ideólogos
de la Iglesia habían trabajado mucho para establecer un sistema
de “decoro” en la pintura, que determinaba lo que era
aceptable en el arte y lo que no, y por ello debían supervisarlo
con rigor. Todo había sido expuesto por el cardenal Paleotti
en 1584, cuando M era un joven aprendiz de pintor. La desnudez y
el erotismo quedaban excluidos, así como cualquier cosa del
pasado clásico pagano, los falsos dioses. En cambio, se idealizaba
el sufrimiento y la muerte. Cualquier cosa vagamente contaminada
de incorrección herética era anatema, y no debía
permitirse la inclusión de algún elemento de la vida
real que pudiera atenuar o distraer de la imagen destinada a elevar
y mejorar al hombre. La dignidad era esencial. El humor quedaba
excluido; lo mismo la fantasía. Se rechazaba toda novedad
de cualquier índole. El problema era, al igual que lo fue
en una época posterior para un totalitarismo de grandes fauces,
que el “decoro” no existía en la naturaleza.
Un pintor que sólo trabajaba con la vida tenía que
meterse en serios problemas muy pronto, y eso fue lo que le ocurrió
a M.
Había nacido en
1571, siete años después de la muerte de Miguel Ángel,
el mayor y el último de los artistas del Renacimiento italiano,
y 21 años antes que Montaigne, el primer escritor europeo
moderno y un hombre de pensamiento por completo independiente. M
nació siete años después que Marlowe —inventor
del drama moderno— y Shakespeare —que fue la imaginación
literaria europea moderna—, y siete años después
que Galileo, quien hizo innegable el sistema solar e irrelevante
la cosmovisión establecida por la Iglesia. Tanto Shakespeare
como Galileo sobrevivieron a M, al igual que Monteverdi, quien era
cuatro años mayor que él e inventó la ópera,
y Cervantes, quien era 24 años mayor e inventó la
novela moderna. También Giordano Bruno, quien tenía
23 años más que M y era un hueso napolitano duro de
roer, pudo haberle sobrevivido si no lo hubieran quemado en el campo
de Fiori de Roma en 1600 por repensar el universo. El propio M era
muy resistente y fue un luchador indómito hasta el final,
pero para 1610 ya había gastado nueve vidas y no le quedaban
más. Todos esos nombres pertenecen al breve pero asombroso
momento de la historia en que Europa pasó del siglo XVI al
XVII y nació la mente moderna. Parecería que en Italia,
si observamos el destino de M y el de Galileo, aquélla fue
asfixiada al nacer. Pero lo que M y Galileo difundieron más
allá de su patria ya se conocía mucho antes de que
murieran.
¿Cómo era M? Su fama entre los artistas resultaba
enceguecedora. La verdadera fama siempre tiene su momento especial.
En determinada fase del trayecto de la vida la imagen queda fija,
icónica, intemporal. La imagen de M se formó en Roma
en esos primeros años del siglo XVII, cuando acababa de cumplir
treinta. Era un momento crítico. Aun entonces las noticias
llegaban a Holanda con rapidez, llevadas por pintores que trabajaban
en Roma.
Hay un hombre llamado
M que hace cosas maravillosas en Roma... ya es famoso... no respeta
en absoluto la obra de ningún maestro, aunque tampoco elogia
en público la propia... dice que todo son trivialidades y
juego de niños, cualquier cosa y quienquiera que la haya
pintado, si no ha sido a partir de la vida.
El norte enviaba a Roma
a sus ansiosos jóvenes seguidores. Pero M no tenía
asistentes ni escuela, trabajaba solo y repudiaba airadamente a
los artistas que adoptaban su arte como un estilo. M negaba de manera
radical los preceptos y las destrezas comunes. Rechazaba las ideas
y los ideales. Parecía eliminar el arte: lo único
que le importaba era la vida; presentarla de un modo correcto. Su
fama siempre estuvo rodeada de una notoriedad que —según
la mayoría— tenía que ver con su arte. La gente
relacionaba la estridente novedad de la negación con su comportamiento
indigno. También esas noticias viajaron con rapidez hacia
el norte.
Cuando trabaja dos semanas
se va por un par de meses con su daga al costado y un sirviente
que lo acompaña, pasando de un campo de pelota a otro y siempre
en busca de peleas o discusiones, de modo que es imposible llevarse
bien con él.
Desde el principio —y
en 1601 ésas eran las primeras noticias— su fama transformándose
poco a poco hasta hacerse notoriedad. Un enemigo recuerda que:
Por excesivo ardor de
espíritu, M era un poco díscolo, y a veces parecía
buscar que le rompieran el cuello o poner en peligro la vida de
algún otro. Se juntaba con hombres pendencieros...
Y muchísimos años
más tarde, la gente recordaba que iba por las calles
... con sus compañeros,
casi todos desvergonzados, pintores y espadachines a los que se
adaptaba por completo el dicho “sin esperanza y sin temor”.
Casi desde el principio
las cosas anduvieron mal para M; tan mal como bien. Los ricos le
encargaban cuadros para elegantes iglesias de la ciudad y los curas
los rechazaban. Entonces aparecían los compradores privados.
Los coleccionistas más ricos y conocedores nunca dudaron
de la calidad de M, pero el respaldo institucional parecía
eludir su obra. Y cada rechazo era una afrenta pública, que
deleitaba a los rivales ensombrecidos por su fama. Los oportunistas
del mundo del arte seguían imitando su estilo sin entender
nada. Alrededor de esa época el nombre de M comenzó
a aparecer en los registros de la policía de Roma. Y cada
vez con mayor frecuencia. Hubo una serie de incidentes violentos
y un importante proceso por difamación. M huyó de
la ciudad después de uno de esos ataques pero el asunto se
arregló y él volvió. Las cosas sólo
empeoraron. El momento en que la fama y la notoriedad coincidieron
y se convirtieron en lo mismo, el momento en que la imagen de M
quedó fija para siempre, llegó en 1606. Hubo una pelea
callejera en la que M fue herido de gravedad y uno de sus oponentes
murió desangrado. Fue cuando huyó de Roma por segunda
vez. Y en esta ocasión no consiguió regresar. Aún
persistía en su intento, y había llegado muy cerca,
cuando ocurrió su repentina muerte, cuatro años más
tarde. Era 1610 y M todavía no había cumplido cuarenta
años.
Después de eso, fue fácil para el crítico hostil
encerrar la pintura en la vida. Si en su obra de madurez el pintor
M había sido famoso por sus poderosos contrastes de luz y
sombra, pintando sus modelos en salas oscuras para destacar de manera
más vívida sus formas, eso podía moralizarse
para crear la imagen de un pintor que:
de su primera manera
dulce y pura para colorear... pasó a la otra oscura, llevado
por su propio temperamento, que era turbio y pendenciero.
Vista así, toda
la vida de M aparecía como una larga y desesperada fuga de
sí mismo.
Primero tuvo que dejar
su pueblo natal y Milán, y después se vio forzado
a huir de Roma y Malta, a ocultarse en las proximidades de Sicilia,
a correr riesgos en Nápoles y morir miserablemente en una
playa.
Era una historia seductora,
un gran mito si se quería enterrar una presencia incómoda.
Como todos los grandes mitos estaba hecho de elementos reales y
era irrebatible. Cumplió su propósito cuando se desvaneció
el choque del reconocimiento y la gente se aburrió de lo
real. Artistas como Bernini tomaron de M lo que podían usar
y lo sacaron de la vida real elevándolo a la retórica
de la bravura del barroco. Y como todos los grandes mitos, la historia
de M siguió su propia vida. Después de 200 años
de olvido su mito fue lo primero en resurgir.
Un hombre malvado, dijo Stendhal. La fábula de M, el genio
con mala estrella, estaba destinada a agradar en la era del poeta
maldito y, más aún, en la del delincuente sexual.
El más extraño indicador de su potencia fue la manera
en que el mito de las tinieblas se incorporó a las bases
de una industria del crecimiento académico. En 1983 el texto
en inglés más conocido sobre M hablaba de la obvia
e indiscutible vena de crueldad en el arte de M y aventuraba de
modo confiado que:
su criminalidad parece
arraigar en problemas psicológicos profundos que trascienden
las explicaciones puramente sociales.
Los cuadros de semejante
pintor no podían ser otra cosa que fallidos y peculiares.
Quizá no deberíamos soprendernos. Esta combinación
de finales del siglo XX de la supuesta psicosis del hombre con las
aparentes fallas de su pintura es sólo una actualización
del trabajo académico hecho con M 300 años antes.
Todavía deja caer sus gotas. A fines de 1996 el suplemento
Sunday Times de Londres recordó a sus lectores que M fue
probablemente un hombre malo y que una oscuridad interior infectaba
todo lo que pintó.
En el verano de 1610 la gente en Roma se sorprendió al saber
que M había muerto. ¿M, el hombre siempre ingenioso,
resistente a todo, hiperactivo y autorrenovable? Un admirador que
lo conocía consideró que su temprana muerte era simplemente
un acto de irresponsabilidad:
Con sus extravagancias
se quitó más de diez años de vida y disminuyó
la gloria adquirida con su profesión... si hubiese vivido
más habría crecido.
Otro —un enemigo—
escribió:
Si M no hubiera muerto
tan pronto habría hecho mucho bien al arte con su excelente
estilo de pintar del natural.
Los expertos
modernos podrían haberle dicho un par de cosas a los contemporáneos
de M. La visión moderna es que sus pinturas lo muestran en
la vanguardia. Para los críticos que lo miran desde hoy,
M había corrido hacia su muerte en esa playa desierta durante
años, y llegó en el momento justo. Lo habían
visto venir desde mucho antes. Las pinturas lo habían anunciado
todo. Los críticos modernos están tan convencidos
de su mito, de la forma en que sucedió todo, que se han persuadido
de que el cuadro grandioso y trágico de su joven amante Francesco
Boneri como David —que sostiene tristemente una cabeza cortada
con los rasgos devastados del propio M— fue pintado en los
últimos meses de su vida, como anuncio del fin próximo,
summun de una vida mal empleada, trágica conciencia de la
nada e irónica oferta de paz de último minuto al hombre
que tenía en su poder la vida de M. Es indudable que se trata
de una idea seductora en forma compleja, profunda y lúgubre.
Pero está equivocada, y el estilo de M la refuta. Ese David
fue pintado cuatro años antes de su muerte.
La datación errónea de ese cuadro sombrío y
vigoroso tiene mucha importancia para cualquiera que intente encontrar
sentido a la vida de M. El error contiene una doble falsedad. Desplaza
la gravedad emocional del año trágico de 1606, en
que M pintó su David, al momento de desesperación
lúcida que siguió a su muerte en Roma. Y la propia
fuerza icónica del cuadro presta una finalidad trágica
y falsamente consciente a sus últimos meses, o incluso años,
como si para 1610 M hubiera ido, de manera resignada y consciente,
al encuentro de su muerte. Es un error que inunda sus últimas
pinturas y distorsiona todo. Ese desplazamiento de cuatro años
es falso en relación con su arte y a la vez falso en relación
con su vida. Alimenta la vieja historia. El viejo mito.
(...) Los fragmentos
que refieren lo que sabemos sobre la vida y muerte de M flotan en
la superficie de una realidad traicionera: mentiras dichas a la
policía, reticencias en el tribunal, confesiones arrancadas
por cualquier medio, denuncias forzadas, memorias vengativas, justificaciones
retrospectivas, rumores nunca cuestionados, estallidos de ira. Apenas
si se encuentra una palabra que no esté contaminada por el
miedo, la ignorancia, la malicia o el interés particular.
Es necesario considerar con una actitud forense y escéptica
los enigmas de la vida y muerte de M. Es preciso saber cómo
leer las evidencias, entender qué está ahí,
tener cierto sentido de lo no dicho. Los datos que faltan sobre
la vida y la muerte de M conforman su propia narración, que
corre invisible pero presente a lo largo de los hechos conocidos.
La carrera de M estuvo marcada por una serie de delitos. La tradición
afirma que fueron suyos. Yo leo las fuentes de otro modo y lo veo
en gran medida como la víctima de intereses poderosos a los
que había ofendido. Veo su muerte como un asesinato. Después
de hurgar en el pasado italiano reciente encontré a M viviendo
en un mundo remoto y extraño de poderes paralelos y crímenes
de Estado. En este libro no pretendo haber resuelto —ni siquiera
articulado por completo— los problemas del destino de este
artista; sólo espero que después de leerlo el lector
sienta que M es mucho más serio de lo que sugiere la expresión
difamatoria genio criminal, y que hay preguntas acerca de lo que
le ocurrió que demandan respuestas claras. Y espero que el
libro deje insatisfechos a los lectores con la ortodoxia exquisitamente
académica de que la vida de M fue, al igual que su arte,
ortodoxa en esencia. Las extravagancias de su vida no eran accidentales
sino intrínsecas a su forma de pintar. De entre quienes escribieron
sobre M, el que mejor lo conoció, su biógrafo contemporáneo
más desinteresado, observó sobre su arte que quizá
fue por eso que el pobre tuvo tantas dificultades durante su vida.
Robb. Escritor.
Entre sus libros destacan Medianoche en Sicilia
y A Death in Brazil.
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|
Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
| |
Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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