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Por
Salvador Elizondo
Hace algunos años —creo que durante la época
de lluvias de 1952— me encontraba yo ocupado en preparar una
memoria acerca de las leyes arancelarias mexicanas durante el periodo
de la Reforma. Con este objeto me dirigía yo todos los domingos
al mercado de La Lagunilla en busca de viejas colecciones de leyes.
Debo decir que a veces hice descubrimientos interesantísimos.
Entre ellos esta pequeña memoria que encontré dentro
de un volumen intitulado Tasas y Aranceles, publicado por la Diputación
del “Libre y Soberano Estado de Oaxaca” en 1862. Ignoro
por completo la identidad de su autor. Las cuartillas en que fue
escrita llevan membrete del Hotel Chula Vista de Cuernavaca. La
caligrafía es firme, de rasgos redondeados, poco común
en México. Este escrito ha sido redactado en un castellano
correcto aunque llaman la atención ciertos arcaísmos
y el uso frecuente de la k en lugar de la c y de la q. Este dato
me hace atribuirla a algún judío sefaradita. He tomado
la libertad de corregir el texto de acuerdo a la grafía actual.
S.E.
Debo
confesar que la primera vez que la probé no me gustó.
Pero entonces era yo muy joven. La vanidad de mi propia digestión
me impidió, durante muchos años gozar de lo ya digerido.
No fue sino después de mi abjuración solemne —acto
que me dio la sensación de haber entrado en el pleno uso
de la razón— que un día en que me encontraba
leyendo Les Annals de la Coprofagie Pendant le IIeme Empire de Sadoch,
que la semblanza de Arthur Rimbaud que allí se hace me lanzó
a esta apasionante aventura de la que tan violentos placeres he
derivado durante muchos años. Pensaba por entonces que esta
actividad era, en cierto modo, un método artificial de inspiración
poética.
Soy tal vez el primer hombre que, a través de estas líneas
inspiradas tan sólo por el sentimiento generoso de compartir
con mis semejantes mi propia riqueza— este maravilloso sistema
de vid—, transporta una costumbre secular, arraigada en las
más profundas simientes de las tendencias atávicas
del hombre, al escenario de la luz pública. Pues no obstante
los velos que una mal entendida higiene ha querido extender sobre
esta maravillosa práctica, ¿quién, en la cotidiana
expulsión de la Gran Substancia, no se han sentido atraído
por su forma, color, olor y textura? Hubo quien, según nos
cuenta Vlaminck en su colección de semblanzas, emocionado
por la excelsitud de esta materia, quiso elevarla a la esfera del
arte formulando una teoría pictórica denominada “caquisme”.
¿Y no fue la mera enunciación de la palabra que la
significa la que permitió al General Cambron escribir una
de las más gloriosas páginas de la historia de Francia?
Y por si esto no bastara, ¿quién ignora que en Francia,
reducto inexpugnable del esprit, la fórmula que sirve para
desear ventura, la palabra que encierra la significación
última de la solidaridad humana, es precisamente, ¡merde!?
No obstante esto, los hombres han querido denigrar el alto sentido
de esta práctica aplicando su nombre a los críticos
de arte y a los malos poetas: “¡come...s!”, dicen,
como si tal apelación fuera un insulto.
Ahora pasemos a los hechos.
Un día, encontrádome en una reunión en casa
de la Princesa Paleologo en Roma, se aproximó a mí
un joven elegante. Yo me encontraba en esos momentos contemplando
con atención minuciosa una miniatura sobre la cual había
llamado mi atención la propia princesa unos minutos antes.
Estaba realizada de una manera sumaria sobre una pequeña
placa de marfil y representaba a Arthur Rimbaud a la edad de dieciséis
años. El mérito pictórico era escaso. Sin embargo
hubo una circunstancia que atrajo poderosamente mi atención
que nos fue señalada, algunos instantes después, a
mí y a la joven elegante que se me había unido, por
la sonrisa maliciosa de la propia princesa. “Ah, mes chers,
nos dijo sonriendo, en realité c´est un tout petit
rien, mais on dit que c´était dessiné par Rimbaud
lui-même pour en faire cadeau à Verlaine, avec une
substance que je n´ose pas nommer...” Dado el color
de la extraña tinta de Rimbaud, el sentido de las palabras
de la princesa era un equívoco. El autorretrato había
sido pintado con excremento.
Para entonces ya había yo leído Les Annales y este
retrato de Rimbaud vino a corroborar la imagen, coprofágica
ciertamente, que había yo deducido —sobre todo después
de la lectura de la maravillosa biografía de Verlaine de
Francois Porche— de Satán Adolescente.
Aquella misma noche, en compañía de mis jóvenes
amigos romanos lo intenté por primera vez. Los resultados
fueron lamentables. Violentos vómitos, náuseas rebeldes
y una persistencia en el aliento del oloroso gusto de los excrementos
nos asediaron durante muchos días.
Yo por mi parte, sin embargo, no había decidido claudicar.
Y cuál no sería mi sorpresa el día en que,
algunos meses más tarde, encontré por casualidad —si
la memoria de aquella época no me traiciona creo que fue
una tarde de otoño, en una de las terrazas del Campidoglio
que dan hacia el Foro— el joven elegante en compañía
del cual había yo escrutado la miniatura de Rimbaud. El crepúsculo
romano, todo incendiado de oro y de púrpura era propicio
a las confidencias. Mi joven amigo me relató cómo
después de aquella velada había hecho el mismo intento
que yo, sólo que con resultados mucho más halagüeños.
Según recuerdo creo que lo había intentado con un
complemento de pan y salami: “... salame e panini”,
me dijo con acento romano. Como quiera que sea había salido
victorioso de su primera prueba y para entonces se encontraba en
vías de realizar una práctica consuetudinaria sin
el menor trastorno. Actualmente es un poeta de mérito. Creo
que inclusive el comité literario que preside la Principesca
Gaetani en Vía delle Botteghe Oscure lo ha propuesto en repetidas
ocasiones para el Premio Nobel. Esto es importante tenerlo en cuenta
pues grande sería la sorpresa de muchos si de pronto fueran
revelados al mundo los nombres de todos los hombres ilustres en
las ciencias y en las artes que derivan si no todo, sí parte
de su genio de esta práctica a la que el primero que le dio
el carácter que tiene la inspiración poética
fue el autor de la miniatura de la Princesa Paleologo. Esto sin
contar, por supuesto, el sentido profundamente económico
de las consecuencias que acarrearía esta práctica
una vez que se haya generalizado. Tal vez, inclusive, llegará
el día en que la Organización de las Naciones Unidas,
mediante la creación de un organismo pantónomo, haga
llegar a todos los confines del mundo los beneficios de esta práctica
que por ahora, es de lamentar, cuenta entre sus adeptos a espíritus
selectos y emancipados. ¡Qué bello será el día
en que los negros de Basutoland y los indios del Mezquital puedan,
con una ración inicial, nutrirse indefinidamente! Pues tal
es el sentido que este ejercicio puede tener para la economía
mundial. Digamos por lo tanto que la coprofagia es, fundamentalmente,
una práctica antimalthusiana. Y en efecto...
El día 26 de julio
de 1940 fui arrestado en Vienna por la Geheimstatpolizei. Estaba
yo comiendo en un famoso restaurant de Franziskanerplatz. Doy a
continuación el menú pormenorizado:
Le Caviar Romanoff Molossol
(eran los tiempos del Pacto)
Le Saumon Fumé Narvik (se conmemoraba aquí la hazaña
de la Flota Alemana en Noruega)
Le Potage à la Creme d´Endives (Francia acababa de
caer y yo pensaba en las hortalizas de mi tía en Ivry-sur-Seine)
Le Grand Steak au Citron et aux Fines Herbes (sólo en A la
Marechale de Coconasse de Place des Vosges lo he vuelto a comer
tan bueno)
Les Asperges à la Sauce de Moutarde Tendre (seguramente una
alusión velada al poderío británico o a la
V-2 que el Dr. von Braun preparaba en Peenemunde)
Les Fromages Assortis (sobre todo Limburgo y Provolone)
La Bombe Glacé Napoleon (esto, sin duda, aludía a
la desbandada de los ejércitos del General Weygand).
El Sturmabteilung,
afortunadamente, después de los quesos, salvándome,
por así decirlo, del bombardeo napoléonico. Después
de pasar una noche en la Komandatur de Freudelosegasse fui despachado
en compañía de algunos empleados de la casa Rotchild
de Viena a quienes la debacle había tomado desapercibidos
para huir a Londres o a Nueva York, al campo de concentración
de Auschwitz en Polonia. Al abrigo del lema “Arbeit macht
Frei” permanecí allí hasta que el campo fue
liberado por las avanzadas del Ejército Rojo que se dirigían
a toda prisa a Berlín al mando del Mariscal Konev cuatro
años más tarde. Durante esos cuatro años nunca
sufrí de hambre o del nefando Durchfal gracias a la excelente
comida que había yo ingerido aquel último día
de mi libertad.* Ese mismo menú me fue suministrado durante
cerca de 1,500 días, dos veces al día sin que jamás
me llegara a hartar, pues mediante procesos digestivos a los que
sometía yo diariamente mi comida del Franziskaner los alimentos
se iban quintaesenciando poco a poco. Después de tres años
de someter, digamos el salmón de Narvik, a la acción
disociativa de los ácidos digestivos, éste se sintetiza
hasta convertirse en un producto cristalino que tiene la apariencia
de la sal común pero que milagrosamente conserva, por lo
que al gusto respecta, todas las características primitivas,
cada vez más activadas.
Desgraciadamente este proceso de cristalización comporta
a su vez otro proceso de aglutinación y cohesión mediante
el cual los cristales se van haciendo cada vez más grandes
y más duros en progresión geométrica. Sin embargo,
esto no acontece sino después de haber sometido la materia
inicial a aproximadamente 2,500 redigestiones. Existen organismos,
más refinados o de mujeres jóvenes, o de personas
que sufren de estrechez rectal o intestinal, para quienes la obtención
de cristales cópricos se vuelve intolerable al cabo de un
año, o sea después de aproximadamente 700 digestiones.
No obstante, tengamos en cuentas que estos son casos atípicos.
Hay que tener en cuenta que las circunstancias particulares que
determinan la existencia de un campo de concentración —la
abstinencia sexual principalmente— permiten elevar considerablemente
el número de redigestiones. Tal vez ese fue mi propio caso.
Aunque hay que tener en cuenta tres de los casos citados por Dasoch
en su excelente obra:
1) —En 1864 el Sr. Charles B., coprófago
aficionado de París, logró producir el único
ejemplar que se conoce del cristal llamado salmonita. Esta muestra
se conserva en la colección de ejemplares minerales y cristalografía
del Instituto de Francia. Fue producida mediante la redigestión
de una libra de salmón 3, 124 veces. El Sr. B., murió,
sin embargo, y según los dictámenes médicos,
a consecuencia de una descompensación de las funciones intestinales.
La salmonita es un pequeño cristal de color rosado que pesa
aproximadamente un gramo. Tuve oportunidad de verlo, en compañía
del Doctor Carrel, en 1923.
2) —En 1870 el Profesor Durand de la Facultad
de Ciencias de Lyon, produjo, después de digerir dos veces
diarias durante 15 años el detritus de un kilo de carbón
minera, un diamante puro que pesaba 8/10 de kilate. A la época
de publicación del libro de Sadoch (1904) este diamante había
sido adquirido por la Asociación de Lapidarios de Amsterdam
para ser donado a la Universidad de Utrecht en cuyo Museo de Patología
Interna aún hoy puede verse.
3) —El cabo Rousseleau, de la fuerza expedicionaria
francesa en México, relató a Sadoch que un indio mexicano,
mediante sucesivas digestiones diarias durante cinco años
de una libra de oropéndula logró disociar y sintetizar
fisiológicamente los dos elementos que componían la
materia primitiva y produjo así aproximadamente 50 gramos
de óxido de pendolio y 3 kilates de oro puro de ley. Hay
que tener en cuenta que en México cualquier cosa es posible.
Mis propias experiencias nunca fueron tan felices ni tan notorias.
El producto de mi comida en el Franziskaner —un pequeño
guijarro de color verdoso jaspeado— que vendí a un
soldado ruso poco después de la liberación, no ascendió
más que a dos rublos (emisión del ejército
soviético), diez cigarrillos marca Kazbek y un pedazo de
pan duro.
Que sirva lo anterior para ilustrar las posibilidades industriales
y económicas del procedimiento que estamos tratando. Yo por
mi parte considero que no es necesario llegar a tales extremos.
Hay entre nosotros quienes propugnan una ingestión acumulativa.
A este procedimiento corresponden las experiencias citadas más
arriba. Otros, que podríamos llamar el ala izquierda, propugnan
una renovación constante, es decir, que les basta una sola
reingestión del mismo producto.
En México, donde la práctica ha cobrado gran impulso
últimamente, ha surgido una nueva facción cuyos precedentes
se encuentran ya aisladamente desde el siglo XIII según el
libro de Sadoch, pero que en estas latitudes resultan completamente
novedosos. Los viejos maestros no dejan de verla con cierto recelo.
Pertenece a la sección radical y propugna una ingestión
única pero de materia cóprica ajena. Algunos, más
extremistas, prefieren la de prostitutas y ladrones.
Por ahora es difícil afirmar con certeza el desarrollo eventual
de la coprofagia en el mundo. Lo cierto es que ha alcanzado un gran
desarrollo pues según estadísticas de la FAO de cada
25 personas en el mundo una come caca. Estadísticas particularizadas
para cada país arrojan una primacía ex aequo a dos
grandes potencias. Es de esperarse que México no tardará
en ocupar un lugar prominente entre ellas.
* Ahora que han pasado
tantos años me complace pensar, además, que debido
a la violencia natural de la irrupción de las tropas de asalto
me fui sin pagar.
Elizondo. Autor
de Elsinore. Editorial El Equilibrista, México, 1988
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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