| Por:
John Mraz
México debe ser uno de los países más fotografiados
por los extranjeros. La persistencia de culturas increíblemente
diferentes de las del mundo desarrollado y una geografía
asombrosa en su diversidad han hecho de México un objeto
natural de la lente, sobre todo para los vecinos del norte. Se empezaron
a sacar fotografías alrededor de 1840 y, unos años
después, artistas importantes como William Henry Jackson
se aprovecharon de su belleza natural para promover el turismo.
La Revolución de 1910-1917 fue un imán para fotoperiodistas
de todas partes y las imágenes del primer cataclismo social
en el mundo presentó el país a un amplio público.
Durante los años veinte y treinta, la efervescencia cultural
de la posrevolución atrajo a individuos que se consideran
entre los más grandes fotógrafos del siglo XX: Edward
Weston, Tina Modotti, Paul Strand y Henri Cartier-Bresson. Asimismo,
con los refugiados de la Guerra Civil Española llegaron figuras
como Kati Horna, los Hermanos Mayo y Walter Reuter.
Un método para examinar la representación de
México por fotógrafos extranjeros es el de contrastar
las polaridades de lo pintoresco y lo antipintoresco. Por un lado,
pondríamos las interpretaciones “orientalistas”
(como diría Edward Said) hechas por los fotógrafos
que encuentran en el exotismo inherente a México un blanco
fácil para sus cámaras. Por el otro, consideremos
imágenes producidas por artistas que han buscado diferentes
—y más difíciles— maneras de retratar
al país. Este “mano a mano” entre las formas
de representación empieza en los años veinte e, irónicamente,
la controversia se encarnaba —por lo menos al principio—
en las posiciones adoptadas por extranjeros. El exotismo era liderado
por el alemán Hugo Brehme y el grupo que se formó
en torno a la Asociación de Fotógrafos Mexicanos y
su revista, Helios. Para ellos, se debía de retratar a México
en términos bucólicos e idílicos; la posición
de Brehme está encapsulada en el título de su influyente
libro, México pintoresco, publicado en español, alemán
e inglés entre 1923 y 1925. Uno de sus seguidores, Luis Márquez,
articuló esta perspectiva: “México es un país
absolutamente fotogénico: sus ruinas arqueológicas,
sus monumentos coloniales y su peculiar paisaje. En esto puede fundarse
el desenvolvimiento fotográfico que ha tenido”. No
se encuentran la fotografía de Brehme y su Asociación
en esta exposición, pero lo atractivo de lo exótico
se puede ver en las imágenes de Anton Bruehl y Donald Cordry.
Los grandes creadores resisten lo fácil. Por eso, el antipintoresquismo
es parte fundamental del proyecto de Edward Weston y Tina Modotti
en México. Weston ya era bien conocido como fotógrafo
en los Estados Unidos y sus colegas imaginaban que él venía
a México en busca de nuevos objetos. Aunque estaba consciente
de que el país le iba a ofrecer oportunidades diferentes,
resistió las tentaciones del exotismo desde el principio.
Mientras viajaba hacia México en el barco Colima en 1923,
se quejaba en su Daybook: “Me irrita la repetida exclamación,
‘Oh, vas a encontrar cosas maravillosas para fotografiar en
México’. Por el contrario, siento que me enfrento a
una batalla para evitar que me lleve lo pintoresco, lo romántico”.
Los retratos de los muralistas José Clemente Orozco y Diego
Rivera, además de la esposa de Rivera, Guadalupe Marín,
embalsaman la intención de Weston. Lejos de la idílica
y pasiva tranquilidad comúnmente asociada con lo pintoresco,
la pose asumida por Marín es activa y desafiante, como lo
son también las miradas que devuelven Orozco y Rivera: los
muralistas miran airadamente a la cámara de Weston, expresando
su creatividad aún como objetos del instrumento de otro artista.
Así, cuando Weston salió de México en 1926,
reflexionaba con satisfacción: “Podría describir
mi trabajo en México como una lucha por evitar su pintoresquismo
natural”.
Tina Modotti fue “aprendiz” de Weston y adquirió
no sólo sus formidables habilidades técnicas sino,
además, sus actitudes de cómo se debe representar
a México. Cuando estuvo a punto de ser expulsada del país
en 1930 por ser “una extranjera perniciosa”, escribió
a Weston: “Estoy pensando seriamente en montar una exposición
aquí, dentro de poco. Siento que, si me voy del país,
estoy casi obligada no tanto a mostrar lo que hice, sino lo que
se puede hacer aquí sin recurrir a las iglesias coloniales,
los charros, las chinas poblanas y toda esa basura en que han incurrido
la mayoría de los fotógrafos”. En tanto comunista,
Modotti debe haber sentido necesariamente que México se tenía
que definir en términos históricos en lugar de esencialistas.
O sea, para Modotti, la representación del país estaría
determinada por el resultado de las luchas posrevolucionarias sobre
las formas que tomaría la cultura y no por expresiones esenciales
como los campesinos felices montados en sus burros (Bruehl) o ancianas
indígenas ensombrecidas en su “exotiquez”. (Cordry).
Modotti adquirió un sentido de la historia a través
del contacto con el marxismo mexicano, porque las primeras imágenes
que hizo aquí eran, en general, apolíticas y naturales,
como se puede ver en las fotografías de la azucena y las
rosas. Pero, en la medida en que se integró en la sociedad
—ingresando en el Partido Comunista Mexicano y colaborando
en su periódico, El Machete— fotografiaba el país
que surgía, ejemplificado en las líneas del sistema
telegráfico y expresado en las manos de la gente trabajadora
—un hombre descansa sobre el mango de una pala; una lavandera
es más activa: talla ropa contra unas rocas. El enfoque de
Modotti sobre los que laboran fue una manera de insistir en que
la identidad no se recibe de la naturaleza, se construye. Así,
fotografiaba a un albañil cargando una viga con la cual se
haría una nueva cultura. En la imagen de la campesina zapoteca
con cántaro al hombro, reinterpretaba una escena clave: como
todo lector de National Geographic puede constatar, las fotografías
de mujeres que llevan jarros sobre sus cabezas es una de las clásicas
curiosidades del subdesarrollo. En la foto de Modotti, el cántaro
ocupa casi el encuadre entero, una bella composición que
comunica al mismo tiempo la forma exquisitamente redonda del jarro
como el peso que debe de haber significado para la mujer que lo
carga, ya que tenía que emplear su mano para sostenerlo.
El vidriado irregular que corre por su superficie refleja elegantemente
la luz, pero funciona también como una metáfora de
la pobreza de los que están condenados a una vida tan ardua.
Las imágenes fotoperiodísticas de Modotti aparecieron
en El Machete entre 1928 y 1929, y su perspectiva crítica
parece no haber tenido precedentes en México ni en el resto
de Latinoamérica. El Machete era considerado como un desafío
al monopolio del gobierno sobre la información y la educación
en el país. Las fuerzas desatadas por la Revolución
habían conducido a un ambiente casi evangélico de
acabar con el analfabetismo y de descubrir a la cultura mexicana;
pero los gobernantes utilizaron la educación y las expresiones
culturales en general para “ganarse” a las clases populares
y reintegrarlas al nuevo Estado. La alternativa que ofreció
El Machete en esta lucha está representada gráficamente
en la foto de Modotti de campesinos que contemplan el titular del
periódico que demanda, “¡Toda la tierra, no pedazos
de tierra!” Como era de esperarse de una publicación
que contaba entre sus colaboradores a los grandes muralistas, Orozco,
Rivera y David Alfaro Siqueiros, El Machete fue reconocido por las
ilustraciones que aparecían en sus páginas. Sin embargo,
sus imágenes fotográficas dejaban mucho qué
desear y, antes de la llegada de Modotti, se limitaban comúnmente
a borrosas fotos de líderes soviéticos.
Las fotografías de Modotti le dieron a El Machete una calidad
gráfica que no había tenido. Aparte del fotoperiodismo
que hacía —por ejemplo, la foto de Diego Rivera dirigiendo
la palabra en un mitin del Socorro Rojo Internacional— ella
también publicaba imágenes que se podrían llamar
“publicidad comunista”. Las exquisitas naturalezas muertas
creadas con una canana, una guitarra, una mazorca y una hoz, son
quizá las fotografías más logradas de Modotti.
Estas imágenes son las que más muestran la enseñanza
de Weston, quien experimentaba con el enfoque duro al retratar un
excusado una y otra vez en su búsqueda por descubrir y definir
lo realmente novedoso que ofrecía el medio fotográfico.
Podríamos decir que, en su trabajo con naturaleza muerta,
Modotti llenó la forma westoniana con un contenido social.
Asimismo, vinculó emblemas mexicanos con el movimiento comunista
internacional: la mazorca y la guitarra que asociamos con México
aparecen junto con la hoz que hace pensar inmediatamente en la Revolución
Soviética. No está claro cuál fue la intención
original de Modotti al hacer estas fotos, pero una de ellas fue
publicada en El Machete como un anuncio de Concha Michel, una cantante
comunista que se ofrecía para tocar en fiestas. En esta foto,
Modotti puso la hoz, la canana y la guitarra encima de un petate,
lo que proporciona una textura que da a la foto una profundidad
visual de la cual Weston se habría enorgullecido. El petate
es la cama de los pobres y aquí hace alusión a la
cultura popular que fue un fundamento en la búsqueda de mexicanidad
que empieza a desarrollarse en los años veinte.
La efervescencia posrevolucionaria atrajo a muchos artistas e intelectuales
que huían de la reacción política y del puritanismo
de los Estados Unidos. Mientras escritores como Ernest Hemingway
y F. Scott Fitzgerald buscaron alternativas en París, México
abrió sus puertas a figuras como Weston, Modotti, Anita Brenner
y Bertram Wolfe, entre muchos otros. El fotógrafo Paul Strand
supo aprovechar la apertura a artistas extranjeros. En una historia
similar a la de Weston, Strand era ya famoso cuando conoció
al compositor Carlos Chávez, figura clave de la nueva cultura
mexicana, quien lo invitó a venir a México. Strand
siempre fue un radical, tanto política como estéticamente,
y estuvo fascinado por la manera en que los muralistas habían
puesto su arte al servicio del pueblo. Quería ver, y de ser
posible, participar, en el experimento cultural que se estaba llevando
a cabo en el país. Cruzó la frontera a finales de
1932 y en febrero de 1933 montó una exhibición de
sus fotos en la sala de arte de la Secretaría de Educación
Pública, que fue muy comentada. Strand la consideró
una de las exposiciones que más satisfacción le dio:
“La exhibición estuvo al nivel de la calle y así
la gente entraba por una puerta, paseaba por la sala y salía
por la otra puerta. Se volvió parte de la calle. Todo tipo
de gente venía: policías, soldados, indígenas
con sus bebés y así. Jamás he tenido un público
como ese en ningún lado”.
Aunque nunca aprendió a hablar el español, Strand
viajaba por el país acompañado por el sobrino de Carlos
Chávez. Años después reflexionaba sobre cómo
sus experiencias en México cambiaron sus anteriores ideas
acerca de la necesidad de establecer una relación entre el
fotógrafo y el fotografiado: “Siempre se decía
que tenías que conocer realmente un lugar antes de empezar
a trabajar, si no, harías algo muy superficial. Otro lugar
común era que no podías hacer un retrato de alguien
hasta no conocer a esa persona y, entonces, cuando la conoces puedes
o crear el momento o esperar el momento en el cual está más
viva y es más sí misma. Esos lugares comunes se echaron
por la ventana”. Obviamente, las relaciones oficiales de las
cuales disfrutó Strand hicieron posible un acercamiento a
pueblos aislados y campesinos reservados que, de otra manera, hubieran
resistido el entrometimiento del fotógrafo gringo. Las imágenes
que Strand hizo mientras viajaba por el país salieron publicadas
en 1940 en una edición limitada de 250 portafolios bajo el
nombre de Photographs of Mexico; en 1967, Strand sacó a la
luz una segunda edición de mil copias, con el título
de The Mexican Portfolio.
Las fotografías de Strand sobre México y los mexicanos
que aparecen en el portafolio ofrecen una narrativa cuidadosamente
construida con el juego entre imágenes de paisajes, arquitectura,
íconos religiosos y retratos. Por ejemplo, las fotos de Hombre,
Tenancingo de Degollado y Cristo, Oaxaca fueron colocadas en el
portafolio una junto a la otra con la intención de que se
produjera una resonancia. Así, la dignidad humilde del hombre
y del cristo se reflejan y se refuerzan mutuamente; en una concepción
nietzscheana (una de las influencias del fotógrafo), las
dificultades de la vida no disminuyen a las personas, sino que las
fortalecen y ennoblecen. Como dijo Strand: “Me gusta fotografiar
a la gente que tiene fuerza y dignidad en su cara; a pesar de las
cosas que la vida le ha hecho, no le ha destruido. Me siento atraído
por gente así”. Strand rechazaba el pintoresquismo,
como queda documentado en las duras expresiones de los rostros de
los Hombres de Santa Ana, Michoacán. La foto da la sensación
de que los hombres le devolvían fijamente la mirada de la
cámara de Strand, encarándose a su intento de hacerles
objetos de la lente. No obstante, Strand fotografiaba con una cámara
trucada: la verdadera lente sacaba fotos en ángulo recto
y la gente no tenía idea que estaba siendo fotografiada.
Es fundamental que Strand escogiera para el portafolio fotografías
que muestran firmeza y resistencia. No hay en las caras de los fotografiados
de Strand la desesperación que se encuentra en la forma grotesca
del pintoresquismo —que se ve, por ejemplo, en las imágenes
de Cordry o en tantos fotógrafos extranjeros que han enfocado
la miseria— sino que son retratos de gente firmemente enraizada
en el destino dentro del cual ha nacido.
El fotograma del pescador que jala una cuerda pertenece a la película
Redes, que Strand realizó en una intricada colaboración.
Redes se originó en la invitación que le hicieron
Narciso Bassols (entonces Secretaría de Educación
Pública) y Carlos Chávez de organizar un sistema para
producir películas financiadas por el gobierno “con
el pueblo y para el pueblo”. Explicó Strand a sus patrones
que se inspiraba en el concepto de lucha que caracterizaba la obra
del documentalista Robert Flaherty, con la diferencia de que quería
representar la lucha social, no la de los seres humanos en contra
de la naturaleza. Explicó Strand: “Los trabajadores
mexicanos del cine sabían que no querían hacer una
película basada en el principio de la lucha entre un individuo
y su ambiente físico. Una película sobre México
debería de mostrar la lucha de la gente por mejorar sus condiciones
sociales”. Asimismo, descartó explícitamente
el paternalismo de la perspectiva exótica; iba a fotografiar
a los mexicanos “como prójimos, no desde la óptica
de un ejemplo superior de la raza blanca quien les encontró
‘interesantes, pintorescos y graciosos’”.
Strand es el autor de Redes y así está consignado
en los créditos. Además, hizo la fotografía,
aunque parece que Ned Scott también participó en alguna
faceta (las fotos de Scott en la exposición aparecen en la
película). La dirección es asignada a Fred Zinnemann
(quien luego dirigió un western famosísimo, High Noon,
entre otras obras) y Emilio Gómez Muriel. La producción
se atribuye a Bassols y Chávez, y la música fue escrita
por otra figura de renombre, Silvestre Revueltas. Como se puede
apreciar en el fotograma del pescador, Redes es tanto un progenitor
del estilo visual clásico del cine mexicano como una de las
pocas instancias de una verdadera crítica social. A diferencia
del simbolismo sobrecargado de la naturaleza en las películas
de Emilio Fernández y Gabriel Figueroa, el entorno físico
es un ambiente que se transforma a través del trabajo humano.
La exquisita cámara de Strand hace un contrapunto irresistible
con la música de Revueltas y, aunque la actuación
de los pescadores (sólo hay un actor profesional en Redes
) es acartonada, la historia es convincente y conmovedora. Redes
representa una fusión de exploración estética
y compromiso social como pocas veces se ha visto en el cine.
Henri Cartier-Bresson llega a México en 1934, el mismo año
en que Strand estaba filmando Redes, aunque no hay evidencia de
que los dos fotógrafos se frecuentaran aquí. Ahora
bien, Cartier-Bresson sí comparte con Strand y, además,
con Tina Modotti y Kati Horna, una inclinación hacia las
culturas de donde provenían y una entrega a las causas progresistas
de la izquierda, sobre todo el anti-imperialismo. Así, Cartier-Bresson
buscaba huir de las ficciones de las convenciones civilizadas y
en México esa exploración le llevó a fotografiar
en los barrios pobres, cuya ruda vida de la calle y la sensualidad
abierta proporcionan una vitalidad ausente en su propia cultura.
Quizá la visita a México fue inspirada por el interés
que conmovió a varias figuras de la avant-garde europea,
entre otros, Sergei Eisenstein, Antonin Artaud y André Breton.
Como tantos artistas e intelectuales, Cartier-Bresson vino a México
vinculado con un proyecto oficial: iba a documentar el trazo de
la carretera Panamericana, pero la expedición nunca cuajó.
Sin embargo, el fotógrafo se quedó en México
durante un año y se hizo amigo de Manuel Álvarez Bravo.
Se limitó básicamente a fotografiar en Juchitán
o en las partes más sórdidas de la ciudad de México
—siempre con una intención antipintoresca— por
ejemplo, la calle de Cuauhtemoctzin, una zona de teporochos y prostitutas,
como las que aparecen en la foto exhibida. Un elemento de gran interés
en esta foto es la interacción entre las mujeres y el fotógrafo.
Cartier-Bresson es conocido como el fotógrafo que más
encarna la estética de “la mosca en la pared”;
busca anonimato e invisibilidad, intenta descubrir en lugar de crear,
insiste en que él “toma” sus fotografías
en vez de “hacerlas”. Sus imágenes rara vez muestran
la intervención del fotógrafo, aunque en este caso
las mujeres responden claramente a la presencia de la cámara.
En suma, México ha sido objeto para las lentes de muchos
extranjeros. En su mayoría, ellos han optado por dejarse
llevar por la fachada pintoresca (ante lo cual han pecado también
varios fotógrafos mexicanos). Sin embargo, los grandes artistas
de la cámara rehúsan el camino fácil del exotismo
y buscan liberar lo más raro, lo más difícil:
entender a los mexicanos pero a través de imprimir su propio
estilo inconfundible. En los casos de Tina Modotti, Paul Strand,
Henri Cartier-Bresson y Kati Horna, esa insistente búsqueda
estética estuvo irremediablemente vinculada con un compromiso
social de hacer un mundo más justo. Para ellos, la creación
artística siempre viene relacionada con la capacidad de imaginar
un mejoramiento de las relaciones humanas. Así, rechazan
reducir a los mexicanos a sub-seres pintorescos y eligen la creación
de una comunidad de todos. Para citar al poeta Robert Frost, podríamos
decir de ellos que:
“Dos caminos divergían en el bosque, y yo/Yo tomé
el menos transitado,
Y eso ha hecho toda la diferencia.”
Mraz. Catedrático
del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades
Universidad Autónoma de Puebla.
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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