03 de junio de 2007

Con diez novelas y más de cuarenta años como escritor, Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933) ha logrado ascender al rango de leyenda literaria: de su vida se sabe bastante poco, no da entrevistas ni participa en actos de promoción, y se ha forjado, en cambio, una reputación que lo acredita como legítimo heredero de Herman Melville y William Faulkner. Este año recibió el Premio Pulitzer por su novela The Road , de la cual presentamos el fragmento inicial, acompañado de una nota biográfica realizada por Martín Solares.

La carretera
por CORMAC MCCARTHY

Cuando despertó en medio del bosque, en la oscuridad y el frío de la noche extendió la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más negras que la negrura y días cada vez más grises. Como si la mancha de algún frío glaucoma alumbrara al mundo desde la lejanía. Su mano se relajaba con cada una de las exhalaciones de ese preciado aliento. Hizo a un lado la lona de plástico, se incorporó en las sábanas y cobijas malolientes, y buscó en dirección Este una luz, pero no había nada. En el sueño del que acababa de despertar él se encontraba en una cueva y el niño estaba a su lado tomado de su mano. La luz de su lámpara se extendía sobre las húmedas e irregulares paredes de piedra. Como personajes de fábula, perdidos en el interior de una bestia de granito que los hubiera engullido. Profundo caño de piedra donde el agua se arremolina y consume. Repiqueteando en el silencio los minutos, las horas y los días de la tierra y los años sin cesar. Hasta que estuvieron de pie en una enorme recámara de piedra en la que yacía un antiguo lago negro. Y en la orilla opuesta una criatura alzaba sus fauces aún chorreantes sobre los bordes de piedra y fijaba en la luz sus ojos muertos, blancos y opacos como huevos de araña. Balanceaba su cabeza sobre la superficie del agua como si percibiera aquello que no podía ver. Agazapada, sus pálidos, desnudos y traslúcidos huesos de alabastro se reflejaban en la sombra sobre las rocas a su espalda. Sus entrañas, su corazón palpitante. Las pulsaciones de su cerebro a través de un fanal opaco. Hacía oscilar su cabeza de un lado al otro, emitía un ligero gemido, volteaba; pendía en silencio en mitad de la oscuridad.

*

Con la primera luz grisácea sintió al niño y lo dejó dormir. Caminó hacia la carretera, se acuclilló y estudió la llanura rumbo al Sur. Yermo, silencioso, sin Dios. Pensó que era octubre, pero no estaba seguro. No había llevado un calendario por años. Se dirigían al Sur. No sobrevivirían otro invierno aquí.

*

Cuando hubo luz suficiente para usar los binoculares, inspeccionó el valle a sus pies. Todo palidecía en el panorama sombrío. Las suaves cenizas volaban en remolinos indefinidos sobre la carpeta asfáltica. Estudió aquello que podía ver. Segmentos de la carretera camino abajo entre árboles muertos. Buscando algo de color. Algún movimiento. Alguna señal de humo. Bajó los binoculares y se descubrió la cara jalando la pañoleta hacia abajo, se frotó la nariz con la parte trasera de la muñeca e inspeccionó el panorama de nuevo. Entonces simplemente se sentó ahí sosteniendo los binoculares y observando la cenicienta luz del día congelada sobre la tierra. Sólo sabía que el niño era su fuerza. Dijo: Si él no es la palabra de Dios, Dios nunca habló.

*

Cuando volvió, el niño seguía dormido. Jaló la lona plástica azul lejos de él, la dobló, la llevó hasta la carretilla de las provisiones para empacarla, y regresó con platos, un poco de harina de maíz en una bolsa de plástico y un bote desechable de jarabe. Extendió la pequeña lona que usaban como mesa en el suelo y dejó ahí su carga, cogió la pistola de su cinturón, la colocó sobre la ropa, y después simplemente se sentó a mirar al niño durmiendo. Se había quitado la pañoleta de la cara durante la noche y estaba enredada por ahí entre las sábanas. Observaba al niño y miraba a través de los árboles hacia el camino. Éste no era un lugar seguro. Ellos podían ser vistos desde la carretera ahora que era de día. El niño se dio vuelta entre las sábanas. Luego abrió los ojos.

Hola papá, dijo.

Aquí estoy.

Lo sé.

*

Una hora después se hallaban sobre la carretera. Él empujaba la carretilla y ambos traían mochilas a la espalda. En las mochilas había cosas esenciales. En caso de que tuvieran que abandonar la carretilla y echarse a correr. Sujeto a la carretilla había un espejo cromado de motocicleta que él usaba para vigilar el camino a su espalda. Se acomodó la mochila sobre los hombros y echó una mirada sobre el paisaje desolado. El camino estaba libre. Abajo en el pequeño valle, inmóvil, la grisácea serpentina del río. Inanimado y perfectamente definido. A lo largo de la orilla un montón de juncos secos. ¿Te encuentras bien?, dijo él. El niño asintió. Luego comenzaron a caminar sobre el asfalto bajo la luz acerada, arrastrando los pies en la ceniza.

*

Cruzaron el río sobre un viejo puente de concreto y a las pocas millas hallaron una gasolinería a la orilla de la carretera. Se quedaron de pie sobre la carretera y examinaron el lugar. Creo que deberíamos asegurarnos, dijo el hombre. Echa un vistazo. Atravesaron la explanada de asfalto quebrado y hallaron el depósito de gasolina. La tapa había desaparecido y el hombre se inclinó sobre sus codos para olfatear el interior, pero el olor a gasolina era sólo un rumor, tímido y rancio. Se puso de pie y observó el edificio. Las bombas con sus mangueras extrañamente aún en su sitio. Las ventanas intactas. La puerta de la estación de servicio estaba abierta y él se metió. Una caja de herramientas empotrada sobre una de las paredes. Hurgó en las gavetas, pero no había nada que él pudiera usar. Llaves de tuercas de media pulgada en buen estado. Un trinquete. Estuvo mirando alrededor del garage. Un barril metálico lleno de basura. Se metió a la oficina. Polvo y ceniza por todos lados. El niño se quedó parado en la puerta. Un mostrador de metal y una caja registradora. Algunos manuales automotrices viejos, hinchados y húmedos. El linóleo estaba manchado y arrugado donde había goteras. Pasó al otro lado del mostrador y se quedó ahí. Luego levantó el teléfono y marcó el número de la casa que en una época fue de su padre. El niño lo observaba. ¿Qué haces?, dijo.

*

Un cuarto de milla adelante, se detuvo y miró hacia atrás. No pusimos atención, dijo. Tenemos que volver. Empujó la carretilla fuera del camino y la cubrió de manera que no pudiera ser vista, dejaron las mochilas y volvieron a la gasolinería. En la estación de servicio volteó el bote metálico y sacó todas las botellas de plástico que había dentro. Luego se sentó en el suelo a vaciar sus restos, una por una, poniendo las botellas boca arriba, escurriendo sobre una palangana hasta obtener casi un cuarto de litro de aceite para motor. Enroscó el tapón de plástico, limpió la botella con un trapo y la sopesó en su mano. Aceite para la lámpara que iluminará las grises tinieblas, los largos y grises crepúsculos. ¿Me puedes leer un cuento?, dijo el niño. ¿Puedes?, papá. Sí, dijo. Puedo.

*

En el extremo opuesto del valle el camino atravesaba un quemadal negro y desolado. Chamuscados y desmembrados había troncos de árboles esparcidos por doquier, de lado a lado. La ceniza desplazándose sobre la carretera y los restos del cable inservible tendidos sobre los ennegrecidos postes de luz quejándose suavemente en el viento. Una casa quemada en un claro a lo lejos, fuera del perímetro de la pradera desolada y gris, y un banco de barro rojo crudo donde los trabajos de construcción de la carretera fueron abandonados. A lo lejos, anuncios luminosos de moteles. Cada cosa como si estuviera a punto de desaparecer, marchitado por la intemperie. En lo alto de la colina se detuvieron entre el frío y el viento, para recuperar el aliento. Él miró al niño. Estoy bien, dijo el niño. El hombre le puso la mano sobre el hombro y le indicó con la cabeza en dirección del campo abierto a sus pies. Sacó los binoculares de la carretilla, se paró en la carretera y miró en dirección de la planicie, ahí había una especie de pueblo que se erguía en la grisura, como un dibujo con carboncillo hecho sobre la tierra. Nada que ver. Ni humo. ¿Puedo ver?, dijo el niño. Sí. Claro que puedes. El niño se recargó en la carretilla y ajustó la perilla. ¿Qué ves?, dijo el hombre. Nada. Bajó los binoculares. Llueve. Sí, dijo el hombre. Lo sé.

*

Dejaron la carretilla en una hondonada, cubierta con la lona y se desviaron hacia arriba, a través de los oscuros troncos de los árboles erguidos, hasta dar con una saliente de roca. Se sentaron debajo y observaron la cortina de agua ondear a través del valle. Hacía mucho frío. Estuvieron sentados, acurrucados uno contra otro, cada quien envuelto con una manta sobre la chamarra y, después de un rato, la lluvia se detuvo; quedó sólo el bosque escurriendo.

*

Cuando escampó, bajaron hasta la carretilla, quitaron la lona y cogieron las cobijas y las cosas que necesitarían en la noche. Volvieron colina arriba, hicieron su campamento sobre la tierra seca bajo las rocas y el hombre se sentó abrazando al niño para tratar de calentarlo. Envueltos con las mantas, observaban la innombrable oscuridad que venía a cubrirlos. El contorno gris de la ciudad se desvanecía con el caer de la noche como una aparición. Encendió la pequeña lámpara y la resguardó del viento. Luego salieron a la carretera, él tomó la mano del niño y fueron a la cima de la colina, donde la carretera comenzaba el descenso y donde podían ver el campo ennegrecido rumbo al Sur, detenidos ahí, en el viento, envueltos en sus mantas, atentos a cualquier señal de fuego o de una lámpara. No había nada. La lámpara en las rocas, en la ladera de la colina, no era más que una brizna de luz y después de un rato regresaron. Todo estaba demasiado mojado como para hacer una fogata. Comieron su precaria cena fría y se acostaron con la lámpara entre los dos. Él había traído el libro del niño, pero el niño estaba demasiado cansado como para leer. ¿Podemos dejar encendida la lámpara hasta que me duerma?, dijo. Sí. Claro que podemos.

*

Tardó un buen tiempo en dormirse. Después de un rato se volteó a mirar al hombre. Su cara en la tenue luz con franjas negras parecía provenir de un viejo mundo fantástico. ¿Puedo preguntarte algo?, dijo.

Sí. Por supuesto.

¿Vamos a morir?

Algún día. No ahora.

Y ¿seguiremos viajando rumbo al Sur?

Sí.

¿Así que habrá más calor?

Sí.

Ok.

¿Ok qué?

Nada. Solamente Ok.

Duérmete.

Ok.

Voy a apagar la lámpara. ¿Ok?

Sí. Ok.

Y después de un rato a oscuras: ¿Puedo preguntarte algo?

Sí. Claro que puedes.

¿Qué harías si yo muriera?

Si tú murieras, yo querría morir también.

¿Así que estarías conmigo?

Sí. Estaría contigo.

Ok.

*

Él yace escuchando a los árboles escurrir. Cama de piedra. El frío y el silencio. Las cenizas del mundo desaparecido llevadas por la suciedad y los vientos de aquí para allá en el vacío. Llevadas hacia delante y esparcidas y llevadas hacia delante de nuevo. Todo fuera de su sitio, desacoplado. Desbalagado en el aire ceniciento. Sostenido por un aliento, trémulo y breve. Si tan sólo mi corazón fuera de piedra.

*

Despertó antes del amanecer y observó al día gris romper. Lento y algo opaco. Se levantó mientras el niño dormía, le puso los zapatos y arropado con su manta se dirigió hacia los árboles. Descendió a una grieta en la piedra y ahí se inclinó y tuvo un acceso de tos; continuó tosiendo por un largo rato. Luego sólo se arrodilló en las cenizas. Volteó la cara hacia el pálido día. ¿Estás ahí?, susurró. ¿Te veré al final?¿Tienes un cuello para asfixiarte? ¿Tienes corazón? Maldito eternamente, ¿tienes alma? Oh, Dios, susurró. Oh, Dios.

*

Atravesaron el pueblo al filo del mediodía. Tenía la pistola a la mano, en la lona doblada sobre la carretilla. Mantuvo al niño justo a su lado. El pueblo estaba quemado casi por completo. Ninguna señal de vida. Sobre los automóviles, una gruesa capa de ceniza, todo estaba cubierto con ceniza y polvo. Rodadas viejas sobre el fango seco. Un cadáver en el vano de una puerta con la piel seca. Un cadáver con la piel seca en el vano de una puerta. Acercó al niño hacía sí. Sólo recuerda que las cosas que pones en tu cabeza se quedan ahí para siempre, le dijo. Es posible que quieras pensar en ello.

Olvidas algunas cosas, ¿no?

Sí. Olvidas lo que quieres recordar y recuerdas lo que quieres olvidar.

*

A una milla de la granja de su tío había un lago a donde él y su tío iban en el otoño por leña. Se sentaba en la parte trasera de la lancha arrastrando sus manos en la fría estela mientras su tío se inclinaba sobre los remos. Los pies del viejo en sus negros zapatos infantiles se impulsaban contra las tablas verticales. Su sombrero de paja. Su pipa de mazorca de maíz entre los dientes y un hilillo de baba escurriendo. Volteaba para echar una ojeada a lo lejos, en la orilla opuesta, recargaba los remos de madera, tomaba la pipa de su boca y se limpiaba el mentón con la parte superior de la mano. En la orilla había abedules erguidos, formaban una palizada oscura, la frontera con los verdes campos lejanos. En el borde del lago un montón de restos torcidos, grises y curtidos por la intemperie, de árboles derribados por un huracán años antes. Desde hacía mucho esos árboles habían sido serruchados y usados como leña. El tío dirigía el bote hacia allá, subía los remos y se dejaban llevar por la corriente sobre la playa arenosa hasta que la popa rechinaba en la arena. Una perca muerta con la barriga colgante en el agua clara. Hojas amarillas. Dejaban sus zapatos sobre los travesaños pintados del bote, lo empujaban hasta la playa y colocaban el ancla hasta el final de la soga. Una lata llena de concreto con una argolla en el centro. Luego caminaban a lo largo de la orilla mientras su tío estudiaba los troncos, fumando su pipa, una cuerda de cáñamo enrollada sobre su hombro. Cogía uno y lo volteaba, usando las raíces como palancas, hasta que conseguía que la mitad estuviera flotando en el agua. Los pantalones enrollados hasta las rodillas, pero mojados. Ataban la cuerda sujetándola a la parte trasera del bote y remaban de regreso a través del lago, arrastrando el tronco lentamente detrás de ellos. Para ese momento, ya estaba a punto de oscurecer. Sólo los lentos y periódicos crujidos y golpeteos de las abrazaderas de los remos. El cristal oscuro del lago y las luces de las casas desde la orilla. Un radio en alguna parte. Ninguno de los dos había dicho una palabra. Este era el día perfecto de su infancia. El día que marcaría los días por venir.

McCarthy . Entre sus obras destaca la Trilogía de la frontera .

Traducción: Juan Manuel Gómez

* * *

Un escritor del desierto

por MARTÍN SOLARES

Mientras la mayoría de los novelistas se concentra en decorar jardines, Cormac McCarthy abre la mano y nos ofrece un desierto. En lugar de añadir, retira unas cuantas palabras de sus novelas (Dios, Bondad, Justicia), y examina qué sería el mundo sin ellas. El resultado es un espejismo de tres dimensiones, donde la humanidad se manifiesta en los peores momentos de la caída y los jardines aparecen en los rincones más insospechados.

Sus historias pueden resumirse en pocas palabras, si bien, como ocurre con las grandes experiencias, resultan imposibles de transmitir: dos vaqueros cruzan la frontera para recuperar sus caballos, y los recuperan pero pierden sus almas; un cazador persigue a una loba durante kilómetros, la alcanza, y a partir de entonces la desgracia lo persigue a él.

Los títulos de sus libros son lápidas hechas de ironía, como las frases que diría un alpinista luego de bajar de la cumbre exhausto, y encontrarse con un turista que preguntase cuál es el nombre de esa montaña. Las montañas de McCarthy se han titulado El guardián del vergel, La oscuridad exterior, Hijo de Dios, Sutree, Meridiano de sangre, Todos los hermosos caballos, En la frontera, Ciudades de la llanura, No es país para viejos y La carretera, y desde 1965 surgen en promedio cada seis años.

Como aconsejaba Borges para evitar errores muy evidentes, McCarthy ubicó sus primeras novelas en sitios y años remotos, de los que no hay gran memoria. Salvo las dos más recientes, que ocurren en la época actual o exploran un mundo imaginario, el grueso de sus historias transcurre en el siglo que va de 1849 a 1950. Algunas borran la mayoría de las huellas que permitirían ubicar una época exacta. Todas ocurren en la frontera entre México y los Estados Unidos. Que los Cohen adapten al cine la violenta No es país para viejos o que La carretera se ubique en un futuro apocalíptico, donde los sobrevivientes se han vuelto caníbales, es la consecuencia lógica de sus temas habituales, y no le extrañará a quien haya leído Hijo de Dios o La oscuridad exterior.

En el vientre de la ballena

De McCarthy se conocen más rumores que datos concretos: nació en Rhode Island en 1933 pero se crió en Tennessee, se enroló en el Ejército Americano de 1953 a 1957, abandonó la universidad al volver a su país y se dedicó a escribir desde 1959. Se ha dicho que vivió bajo una torre de perforación petrolífera, que fue vagabundo, cavador de zanjas y camionero, y que antes de establecerse en El Paso en 1976 escribía sus novelas en humildes moteles, armado con una Olivetti y una lámpara que él mismo construyó. A fin de crear personajes mexicanos que escaparan al cliché y de registrar los poderosos paisajes que describe en sus libros, dedicó años a aprender español y cruzar frecuentemente el Río Bravo, al grado que conoce Sonora, Coahuila y Chihuahua como la palma de su mano. En 40 años dedicados a la escritura nunca dio clases ni participó en la promoción de sus libros, así tuviera que vivir en total pobreza: “Si alguien llamaba para pedirle que diera una conferencia pagada”, recuerda su segunda esposa, Anne DeLisle, “respondía que todo lo que tenía que decir sobre sus novelas ya lo había dicho en su obra, y seguíamos comiendo frijoles”. Entre 1965 y 1992 su obra ganó el reconocimiento de sus colegas más exigentes, de Saul Bellow a Harold Bloom, pero cada uno de sus libros apenas interesaba a un puñado de lectores. Para el autor de El cánon occidental, McCarthy “es el digno discípulo de Melville y Faulkner”: “Ningún otro novelista americano vivo, ni siquiera Pynchon, nos ha dado un libro tan fuerte y memorable como Meridiano de sangre”, un libro dueño de una riqueza e intensidad barroca semejante a la de Moby Dick o Mientras agonizo.

McCarthy sólo ha concedido dos entrevistas en su vida, una de ellas a The New York Times en 1992, luego de que su editor le rogara que hiciese algo especial para anunciar la aparición de Todos los hermosos caballos. Escabulléndose lo mejor que pudo, como corresponde a un escritor que siempre ha ocultado ciertas palabras, entonces dejó muy claro que prefiere hablar de las serpientes de cascabel que de su propia obra; que su novela preferida es Moby Dick y que prefiere a Dostoievsky y William Faulkner sobre Proust y Henry James, a los que no entiende ni considera buenos escritores.

La publicación de Todos los hermosos caballos cambió radicalmente su vida. Casi 30 años después de publicar su primera novela, McCarthy dejó de ser un escritor de culto y se convirtió en un best-seller. Además de subirnos a un tren en movimiento desde la primera línea, de presentarnos a los personajes en uno de los momentos más dramáticos de sus vidas, el arranque de esta novela descubre detalles que muestran un dominio total de los personajes: “La llama de la vela y la imagen de la llama de la vela reflejada en el espejo vacilaron y se enderezaron cuando cruzó el umbral y volvieron a hacerlo cuando hubo cerrado la puerta”. Un vaquero camina hasta el centro de una habitación, examina el cuerpo de un anciano recostado y concluye: Cuando estabas vivo nunca te peinabas así. Con unas cuantas palabras McCarthy pone en marcha un mecanismo de relojería, donde las imágenes son cada vez más imponentes y adictivas, y poco a poco la sensación del desierto invade al lector.

Los habitantes del desierto

Una de las mayores virtudes de las novelas de McCarthy es su capacidad para contagiar la sensación de aventura que viven sus personajes. Estos son seres de pocas palabras, observadores y memoriosos, que no pierden de vista dónde coloca su pistola el recién llegado y tampoco dudan en registrar cada palabra pronunciada por los numerosos narradores orales que se encuentran en su camino. Errabundos y eremitas atesoran cada palabra que escuchan y les habla de ese jardín que existe y está más allá del desierto.

Quienes persiguen o dicen perseguir grandes proyectos son ridiculizados o destrozados por la ficción. Aunque en la concepción de algunos personajes se advierte la influencia de Melville, los personajes de McCarthy nunca persiguen ballenas blancas sino presas pequeñas, que a los ojos de estos pobres cazadores representan la posibilidad de mejorar sus vidas o de encontrarle sentido a su errancia. Cada vez que aparece un falso predicador o un político es echado a patadas por los demás personajes: no hay lugar para grandes discursos ni ideas.

Junto a charlatanes como Cornelius Sutree, McCarthy ha creado a algunos de los personajes más aterradores de la literatura norteamericana, entre ellos un albino que mide casi dos metros, habla todas las lenguas, conoce todas las ciencias, no duerme nunca, y tiene un rifle infalible con el que mata a quienes le parecen sospechosos: es el Juez Holden, tan rápido para detectar criminales como para deshacerse de ellos. También está un rastreador al servicio del narco, conocido con el retorcido nombre de Azúcar, al que pocos podrían describir, y esto se debe a que dicho sujeto no se tienta el corazón a la hora de liquidar a quienes lo han visto, sin importar lo inofensivos que sean. Menos sanguinarios son un pistolero de trece años que le teme a los truenos, y un puñado de vaqueros muy pobres que con frecuencia arriesgan sus vidas —me refiero, quitándome el sombrero, a Lacey Rawlins, a Billy Parham y al gran John Grady Cole, verdadero Tom Sawyer texano. Armado con la poesía de Faulkner y la desesperanza de Melville, McCarthy expulsa a sus protagonistas de la relativa seguridad en que se encontraban y los obliga a viajar, movidos por una razón poderosa. Es curioso que no viajen al oeste o a las grandes ciudades, sino hacia el sur más remoto. En algún punto los héroes se pierden e ignoran dónde quedó su país o cómo alcanzar su objetivo. Aquellos que consiguen regresar al punto de partida encontrarán a un cobrador en la aduana, a veces un matón mexicano, a veces al Juez Holden, que no deja herederos. La aduana invisible de McCarthy termina por hacer que el personaje pague la cuota con su propia existencia.

Los personajes creen que están explorando el desierto pero es el desierto quien los explora a ellos, y se pregunta qué tanta crueldad, qué tanta adversidad podrá soportar el protagonista, cómo va a reaccionar ante los espejismos. Recorrer el lugar donde se borra la frontera entre dos países o explorar a pie una larga pesadilla convierte a los personajes en seres sin remordimientos visibles. Ciertos capítulos de sus novelas consisten en un mero peregrinaje, una larga enumeración de actos que parecen urgentes y necesarios, como si los héroes fueran profetas a los cuales no se les indicó en qué consistía su misión. Luego de matar a su primera víctima, el protagonista de Meridiano de sangre se baña en un río, como si realizara un extraño bautismo. Como ocurre en otros momentos clave de las novelas de McCarthy, el lector comprende que presencia una épica extraña, que incluye éxodo y juicio final a la vez.

Visiones nocturnas

Salvo el viejo sheriff de No es país para viejos, que narra en primera persona un tercio de la novela, ningún libro de McCarthy está contado por un narrador dotado de nombre y apellido: se trata de una presencia invisible que nos permite ver lo mismo que el héroe y comprender lo mismo que él. Así, el protagonista de Meridiano de sangre ve por primera vez a unos mariachis pero ignora a qué se deben sus gritos de alegría profesional. En lugar de encerrarnos entre cuatro paredes o de sumergirnos en el flujo de conciencia del personaje (como ocurre con buena parte de la novelística contemporánea), McCarthy retira la grabadora de la mente de sus héroes, los echa al desierto y los sigue cámara en mano, a un paso de distancia, mientras escuchamos cómo pasa el viento y levanta la arena. No pierde uno solo de sus movimientos ni deja de registrar los paisajes que los rodean, pues cada momento puede ser el último y cada objeto un anuncio. Al lector le toca decidir si la visión de un águila muerta en el camino representa una amenaza o una feliz profecía sobre el destino de los personajes.

Como si no fuese demasiado evidente que sus novelas son odiseas fronterizas, McCarthy se permitió incluir la imagen de un cantante ciego en el segundo tomo de su trilogía. Allí, en el centro del desierto, el ciego cuenta cómo le quitaron los ojos, y cómo, desde entonces, se ha dedicado a vagar y a contar historias en las que el mal elige a sus víctimas. A quien se atreve a escucharlo hasta el final termina por revelarle cómo, en su opinión, a pesar de todos los males, una parte del alma o de la memoria conserva las cosas perdidas. Uno se pregunta si luego de recorrer la frontera durante años McCarthy pensará de la misma manera.

Con el recurso de ocultar las palabras clave, de pulir el resto hasta que den la ilusión de estar vivas, Cormac McCarthy ha creado unas cuantas novelas habitadas por imágenes bien definidas, inolvidables, autónomas, y un puñado de personajes siempre dispuestos a acompañar en el viaje, como ocurre con la mejor literatura.

Debe ser el único autor que construye un jardín mientras oculta las plantas.

Solares. Su libro más reciente es Los minutos negros (Mondadori, 2006).



Confabulario — título que rinde homenaje a Juan José Arreola
 
Héctor de Mauleón, director
Juan Manuel Gómez y César Blanco, editores Kathya Millares, asistente
Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx