El lector encontrará en estas páginas dos poemas inéditos
del Premio Nobel Seamus Heaney, que se enmarcan en un ambicioso
proyecto al que este poeta irlandés se ha abocado recientemente:
la traducción de las tragedias de Sófocles. A Filolectes
y Antígona, ya estrenadas en versión de Heaney en
la escena irlandesa, se sumarán Áyax y Edipo en Colono.
Ofrecemos aquí la primicia de lo que estos dos personajes
de destino trágico inspiraron en el autor de libros como
El nivel y Viendo visiones.
Lo que ocurrió en Colono
en memoria de Czeslaw Milosz
Sus lecciones nos calmaban, su compañía y su voz
Eran como buenas nuevas en los árboles de verano,
Salvo que en esta ocasión se dio media vuelta y nos abandonó.
Se fue caminando hasta donde el arroyo corre bajo tierra
Y un pronunciado banco de lajas
Conduce hasta un dintel en el terraplén.
Permaneció de pie, meditando en el porvenir,
Entre un hito de piedra y una placa de mármol
En memoria de los muertos de antiguas batallas.
Otras guerras y palabras me daban vuelta en la cabeza,
Otra mirada final sobre la tierra...
—Caminos resplandecientes tras la lluvia
Como ríos que corren cuesta arriba—
Así que rompí en llanto por su soledad.
Soltó entonces la faja
De sus harapos de espantapájaros, pidió a sus niñas
Que fueran por agua al río, y hallaran un lugar
Donde el césped colgante se meciera larga y verdemente
Para sumergir ahí sus cántaros. Salieron al punto
Y volvieron con vasijas rebosantes
Para realizar la última libación y lavar pies
Y manos a su querido padre en despedida,
Preparar sus vestiduras de lino y hacer todo
Según las costumbres rituales de los muertos.
Con todo listo y las hijas a la espera,
Surgió un ruido como de agua aumentando veloz
Su caudal, lejos, bajo tierra; luego un estallido impetuoso
Como si algún nombre sagrado flotara en el aire,
Un sonido que al escucharse hacía gritar
A las niñas y, al ciego Edipo, tomarlas
Entre sus brazos. “Hijas mías —dijo,
Y nosotros, los demás, nos sentimos aludidos—;
Este día marca el fin de la vida de su padre.
Se levanta la carga que he sido para mí mismo
Y para ustedes. Con todo y que el amor la aligeraba.
Ahora habrán de arreglárselas sin mí y reaprender
El significado de esa palabra recordándola”.
Luego, la catarata de sonido creció tras él
Hasta volverse una cavernosa voz apabullante
Que emitía gritos procedentes de todas direcciones:
“Oye, tú. ¿Qué esperas? Estamos
En ascuas. Vamos ya. Es hora de partir”.
Teníamos
ya a un extraño enfrente. Iba jadeando
Conforme sus hijas se le acercaban, poniendo la cabeza
En su regazo, y las tocaba y les besaba la frente, dándoles
Instrucciones una vez más: habían de darse vuelta
y partir
Y (he aquí sus palabras precisas) no posar los ojos
En lo que no era de verse, ni prestar oído
A lo que no era de escucharse.
Y lo que les dijo
Nuevamente lo tomamos como alusión personal,
Así que nos dimos media vuelta cuando él hizo lo propio,
Con el rey mismo a su lado.
Mas unos pasos
adelante, algunos otros y yo
Nos detuvimos a mirar atrás. Se había perdido de vista:
Mis ojos fueron testigos: el rey había elevado el brazo
Contra el cielo para protegerse los ojos, diríase,
De una luz resplandeciente o de un pavor deslumbrante.
Acto seguido se hallaba de rodillas, la cabeza contra el suelo,
En homenaje a los dioses que debajo habitan;
Se incorporó con los brazos abiertos en honor
De los dioses en lo alto, como un torno volteado
Merced a los poderes de supra e inframundo,
Elevándose por encima del conocimiento,
Testigo único de lo que ocurría.
Ningún dios había pasado
Galopando en carroza de fuego, ningún huracán
Había arrasado la colina. Podrán tildarme de loco
O de simple, pero ese hombre avanzó con aplomo,
Al lado de un guía de su confianza, rumbo al sitio
Donde la luz se ha ido, mas la puerta permanece abierta.
Adaptación
de un fragmento del Edipo en Colono de Sófocles
***
El incidente
de Áyax: un testimonio
Extintas las linternas, algo lo sobresaltó.
Dormitaban ya los centinelas. Se levantó
Dispuesto a
entrar en acción. Arma de cabecera,
Alzó su espada de dos filos, fiel compañera,
Y mucho más
ágil de lo que se habría esperado
De un hombre de semejante porte y tal tamaño
Se escabulló
enarbolando esa cuchilla, espejo
De la noche en ristre. Todas mis palabras, luego,
Por desgracia
no le dijeron mayor cosa,
Apenas un ignorado parloteo de esposa,
Aunque no se
daba una orden ni una batalla
Se anunciaba con clarín.
Volvió como una lanza
Y entró
a la tienda, conquistador ganadero:
De la soga, morro y ternera, sus prisioneros,
Vacas, carneros,
perros pastores y ovejas:
Cuánto había asolado esos corrales y dehesas,
Por qué
quería los ganados: misterio para mí,
Hasta que empezó el exterminio. Ahora viene a mí
Aquel salpicar
de orines, boñiga y entrañas.
De un sablazo en el cuello los decapitaba.
A algunos el
plomo dejaba caer sobre el hueso:
Patas arriba, les iba cortando el pescuezo.
Todo era estiércol,
coces y agitar de cuernos.
A otros torturaba y rebanaba, como a presos,
De tajo en tajo,
tendones, labios y orejas
Hasta dejarlos sin sangre: cascos ante la reja.
Al fin llegaron
calma e invectiva contra aquellos
Jefes que atrás había dejado y dado por muertos,
Antiguos camaradas
caídos, hombres de honor,
Ahora vilipendiados. A la entrada, en estupor,
Bramaba por
la matanza exclamando sus nombres.
Cubierto de costras y escupiendo rabia, entonces,
Se abre paso,
vuelve a sus cabales lentamente
Y se da de topes contra un poste inútilmente
Conforme trepa
y resbala y lucha; aquí y allá,
Entrañas esparcidas, cadáveres en canal.
Mucho tiempo
permanece tirado en pasmo
Mesándose con dedos y uñas, en hartazgo,
Los tiesos cabellos,
jadeando bestialmente,
Los labios babeantes. Por fin se restablece,
Se levanta después
de andar a gatas y en sangre,
Volviéndose hacia mí para explicar la masacre.
Yo sólo
repetí lo que él sabía que había hecho.
De inmediato Áyax alzó la voz entre lamentos.
Acorralado,
despreció la consigna vana:
Que un guerrero no llora como cualquier anciana.
Dejó
caer la cabeza: su desgarrador bramido
Era el largo y hondo sollozo de un toro herido.
Helo ahí.
Se desploma con lentos movimientos
Sobre carne masacrada y tripas, mugiendo
Como a sus adentros.
Algo cobra fuerza en la acción
Que está a punto de ocurrir. Hay que prestarle atención.
Nada ha concluido,
sino sólo se ha pospuesto.
Uno, amigos, entre ustedes, debe ir a su encuentro.
Adaptación
de un fragmento del Áyax de Sófocles
***
Grecia hoy
Creo que todo aquel que se atreva a tomar en serio la actividad
artística del traductor estará de acuerdo en que,
para no claudicar ante lo que se presenta como una imposibilidad,
los dones, las gracias, tienen que brillar por su presencia. Ese
algo, aunque sea minúsculo, que la otra lengua otorga, descubre:
según George Steiner, lo nuevo “que ya estaba ahí”.
Uno de los aspectos que siempre me han interesado de la actividad
total de Seamus Heaney es su tarea como traductor. En varias ocasiones
lo he oído citar el ejemplo del poema “Whoso List to
Hunt”, gracias al cual Sir Thomas Wyatt escribió su
propio poema de amor a Ana Bolena, al tiempo que traducía
el famoso soneto de Petrarca. Lo que Heaney siempre alaba no es
la capacidad de Wyatt para cantarle asu amada disfrazándola
de cervatilla, aprovechando la tradición latina, sino el
verdadero cambio que favoreció en el verso inglés
aligerándolo, el paso adelante, dicho de otro modo, en la
evolución de la lengua poética y hasta del idioma
mismo: el acto de traducir parece, así, despojarse de sus
vestiduras de quimera... Heaney ha demostrado sobradamente que es
capaz de lograr tal empresa. Uno de los ejemplos más relevantes
es su versión más o menos reciente del Beowulf, hasta
entonces confinado a la academia, al estudio, digamos, y no necesariamente
al alcance de cualquier lector.
Hace unos años tuve el privilegio de traducir un poema de
Heaney dedicado a Ted Hughes, en celebración de su último
libro de poemas, por un lado, y en su memoria, por otro. Se titula
“Sobre una nueva obra en lengua inglesa”, y rinde homenaje
al poder poético de Hughes, como individuo, y a su pertenencia
a una tradición. Para esto último, Heaney incluye
un fragmento de su traducción del Beowulf, a manera de guiño
a su par y gran amigo, situándose con él en la Grecia
que ambos siempre reconocieron como territorio común, donde
no había necesidad de sobresalir como persona o como artista,
pues la sustancia atemporal de los orígenes civilizatorios
los ubicaba “en el propio más allá,/ cual orilla
de mar golpeada por oleajes de quebranto/ en lengua tal que aún
al lenguaje lograra soslayar”. Y justamente al final de este
poema, el autor cita a Milosz: “Tiene sus escrúpulos
el alma. Cosas que no se dicen./ Cosas que se mantienen dentro,
que logran mantener/ la mirada al alba abierta y fija. Cosas para
el sí de Dios/ y la poesía. Que es, dice Milosz,/
un dividendo de nosotros, un tributo pagado / por nuestra fidelidad.
Algo permitido.”
Ahora es Milosz quien ha muerto. Y es a él a quien Heaney
dedica, cual dividendo, las más recientes traducciones de
uno de sus autores favoritos, Sófocles, visiones pertenecientes
a la antigüedad que ambos valoraban de igual modo. Heaney ha
traducido con gran éxito para la escena irlandesa el Filoctetes,
que tituló, muy a su manera, “La cura en Troya”,
y la Antígona, según él, “El entierro
en Tebas”. Como podrá ver el lector, el poeta ha puesto
ya manos a la obra en Áyax y Edipo en Colono (que todavía
llevan el mismo título). Los dos fragmentos que se ofrecen
aquí corresponden, respectivamente, a un parlamento de Tecmesa,
la mujer de Áyax (en el cual ve ominosos augurios del triste
destino de su esposo, que terminará suicidándose),
y al relato que hace el mensajero, al final, de la despedida de
este mundo del viejo y ciego Edipo. Es ésta la última
obra de Sófocles, quien para entonces era ya nonagenario.
Heaney ve en Milosz a un paralelo del dramaturgo griego así
como de su último personaje creado, el autor y su obra como
una y la misma cosa. Cualquiera que haya leído al Nobel polaco
estará de acuerdo en la enorme congruencia que siempre proyectó
como persona y como escritor, con todo y sus permanentes contradicciones.
Siempre se sintió atraído por la imagen del poeta
como alguien que tiene un encargo secreto, lleno de verdades antiguas
y vitales. Su obra, como la de Sófocles, según Heaney,
“es necesaria para la dignidad humana y la sobrevivencia”,
de ahí que tantos de sus poemas fueran variaciones de temas
milenarios.
Al traducir a Sófocles, Heaney recrea a Milosz, a Hughes,
a sí mismo. Nos da entrada a la analogía entre profundidad
de imagen y profundidad de conocimientos: “el aquí
y el todas partes, el ahora y el siempre del momento poético.
Eso que es existencialmente urgente y necesario [...] la inevitabilidad
interior, la seguridad de estar frente a la fuente del significado”.
Pura López Colomé
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor de Mauleón,
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