02 de febrero de 2008

En el ejercicio de la crítica literaria, la realidad impone su pragmatismo: las emociones, las vísceras, los egos, las conveniencias, los intereses comerciales y los grupos funcionan como mordaza. Los enredados mecanismos de la República de las Letras mexicana obstaculizan el trabajo de quien debiera fungir como interlocutor entre los libros y el público. En las líneas que siguen, Armando González Torres desciende al piso bajo de una empresa que, por momentos, malbarata su compromiso para transformarlo en simulación y en farsa.


El país de la simulación. La imposibilidad de la crítica en México
Por ARMANDO GONZÁLEZ TORRES

El asalto de templo
Si uno atiende al entusiasmo de las críticas, como nunca antes en la historia, el mundo artístico, intelectual y literario está poblado de genios, cuyas obras indispensables se acumulan cada semana en los anaqueles. Me he atrevido a probar algunas de estas delicias novísimas que, sobre todo en la narrativa, se anuncian ostentosamente y reclaman su imperiosa lectura, aunque creo que mi gusto se encuentra disociado del más exquisito entre la crítica. Las sensaciones que me dejan estos encuentros van desde la admisión de que son platos regulares, pero mucho menos suculentos de lo que se reputan en la carta, hasta el enojo por lo que, a todas luces, es un guiso rancio que se quiere hacer pasar por nueva cocina mediante reseñas condescendientes y solapas alcahuetas. Admito que, acaso, esta búsqueda intransigente de textos conmovedores y definitivos no sea sino una nostalgia reaccionaria que intenta olvidar dos fenómenos que marcan la creación y recepción literaria contemporánea: por un lado, la variación y sucesión continua en los modelos de escritura y, por el otro, la desaparición de la cultura patricia del libro y la democratización (o masificación) del gusto y la creación. Por un lado, cuestiones como el valor literario, la definición de los géneros, la existencia o no de una lista de autores clásicos son tópicos mucho más difíciles de plantearse que hace unas décadas. La idea de formas y obras que funcionan como paradigmas para guiar la apreciación del lector y del estudioso ha sido bombardeada por todos los frentes, desde los estudios culturales hasta la crítica posestructuralista, y no existen criterios consensuados que permitan apoyar de manera inobjetable un juicio literario. Además, las convenciones y fronteras de los géneros literarios han sido rebasadas y el “texto” se vuelve depositario de todas formas de escritura, lo que, si es propicio para la experimentación, también lo es para la complacencia, el apresuramiento y la simulación literaria.

Por otro lado, desde La edición sin editores de André Schiffrin hasta el reciente A la sombra de los libros de Fernando Escalante, existen diagnósticos desoladores en torno a fenómenos como la concentración editorial en unas pocas manos, el declive de la antigua cultura y ética editorial, los imperativos de rentabilidad inmediata y la asimilación de la literatura al entretenimiento y el espectáculo. Claro, la literatura, particularmente la narrativa, ha estado ligada históricamente a la producción en serie y ha aspirado al consumo masivo, sin embargo, en la época contemporánea los criterios comerciales y las estrategias mercadotécnicas son cada vez más importantes no sólo en el éxito de un producto literario, sino en su propia concepción. Ahora lo determinante en los prestigios literarios no es el reconocimiento de los pares que lentamente se va filtrando a los auditorios más amplios, sino la fama inmediata forjada por el imperio de la publicidad, del que la crítica se vuelve un engranaje. En fin, la creación se distorsiona y disminuye el nivel de exigencia, los panoramas literarios e intelectuales se simplifican y parecen privar la homogeneidad y la superficialidad. Frente a estos peligros, ¿quién custodia el templo de la creación?

Los custodios
De acuerdo al estereotipo romántico, la República de las Letras es un espacio en donde se resguardan algunos de los valores más caros al espíritu humano, el refugio de una aristocracia de la inteligencia y del gusto que se precia de su carácter elitista y de su impermeabilidad a otro valor que no sea el talento. Se supone, por ende, que los criterios para la admisión y el ascenso en la República son estrictos, pero relativamente objetivos e imparciales, y que sus ciudadanos actúan de buena fe en defensa de la autonomía de su República; es decir, que el poder político, el dinero, la belleza física o la fama en otros ámbitos no determinan las evaluaciones o los prestigios literarios y que un escritor aceptado por sus pares no practica el fraude, el tráfico de influencias o cualquiera de esos vicios que suelen encontrase en las vecinas repúblicas del poder y del dinero. Desde la independencia e integridad de la República de las Letras, el escritor y el crítico pueden erigirse entonces como defensores de valores estéticos, y hasta morales, de carácter universal frente a los intereses económicos, los fanatismos políticos, la razón de Estado o el simple razonamiento mercantilista. Todo esto parece una caricatura y lo es (como señala Escalante, los delitos heroicos contra la moral y las costumbres de Gustave Flaubert y Charles Baudelaire han sido sustituidos por las trapacerías del fuero común de personajes tan mentados como Ricardo Piglia o Alfredo Bryce Echenique, que se han visto involucrados en fraudes o plagios comprobados). Pese a todo, la ascendencia pública del escritor sigue basándose en gran medida en esta imagen idílica de la República de las Letras.
En esta visión ideal de la república letrada, el crítico cumplía un papel muy importante que era la custodia del gusto. Porque la crítica (entendiendo por crítica no tanto el trabajo académico, generalmente confinado al mundo de los especialistas, sino las formas más extendidas de diálogo libresco y sociabilidad literaria, como los ensayos periodísticos, las reseñas o los libros de divulgación) adquiere dignidad a partir de la noción de autonomía de la literatura y el crítico se convierte en un certificador de la pertenencia de un producto a esa esfera de lo puro que se aleja de lo vulgar, lo comercial y lo utilitario. El crítico, entonces, es una suerte de clérigo vigilante, que evita la infiltración de advenedizos y farsantes en el templo del arte. Cierto, el papel del crítico cambió y, de la mano del estructuralismo y sus secuelas, muchos pasaron, de certificar la pertenencia de un producto al mundo del arte, a denunciar las formas de poder ocultas en los discursos artísticos y a celebrar su subversión. De cualquier manera, se trata de un ejercicio de autoridad, de una propedéutica de lectura, en este caso ya no dirigida contra el “mal gusto” sino contra las “convenciones” y el “sistema”.
Por supuesto, más allá de ese carácter de neutralidad y superioridad moral que se le atribuía en la mitología intelectual, el mundo real de la crítica es mucho más pragmático y ordinario y las emociones, las vísceras y las conveniencias juegan siempre un papel relevante. Con todo, la crítica cumplía una función fundamental en esa interlocución entre el consumo masivo y el arte minoritario, en la mediación de ese proceso de democratización de la cultura, que no puede ser dejado enteramente a merced del mercado. Hoy, la posición del crítico es menos sólida: no hay un estatuto importante de su trabajo (nadie vive de hacer reseñas o ensayos); sus cuadros son débiles y en constante rotación (en países como México hacer reseñas se concibe como la novatada del ascenso intelectual y cualquiera que ya ha publicado un librillo se ofende si le piden una nota); escasean los espacios para publicar reseñas o ensayos, y el trabajo del crítico pierde proyección y resonancia frente a los medios audiovisuales y la publicidad.

Paradójicamente, al lado de estos incentivos perversos y estos síntomas de fatiga de la crítica, el crítico se convierte en parte indispensable de la funcionalidad del proceso mercantil, pues el prestigio de lo “literario”, lo “artístico”, lo “subversivo”, lo “novedoso”, o como sea que se catalogue el valor de una obra, resulta significativa y tranquilizante para los nuevos auditorios, más o menos letrados pero no literarios, que buscan orientarse, distinguirse y apartarse de la tosquedad del consumo en serie. Por ejemplo, una novela como La silla del Águila, de Carlos Fuentes, por su apresuramiento, énfasis en la coyuntura política y falta de construcción, no se distinguiría del folletín oportunista de un aficionado, pero su estatuto es otro gracias al acervo de prestigio literario del autor, a su presencia en espacios editoriales prestigiosos y a la unción de ciertos segmentos de la crítica. Así, al lado de la publicidad impersonal, la crítica funciona como la parte solemne y más literariamente acreditada de la promoción de un libro y, al avalar una obra, el crítico no sólo cumple un servicio de información, sino que le transfiere una parte de su carisma como lector. De modo que aun en los espacios marginales en que subsiste, el crítico goza de un poder, que no pocas veces lo engolosina y lo hace asumir protagonismos.

El estilo mexicano de criticar
La crítica mexicana sufre del mismo malestar de la cultura libresca en todo el mundo, aunque hay una serie de rasgos, como la politización del campo literario y la estrechez del mercado cultural, que han contribuido a conferirle un carácter particular a sus dolencias. No es extraño que en una vida literaria politizada, vertical y jerárquica, la crítica sea mal vista y la verdadera polémica se ejerza por debajo del agua, con pequeñas intrigas y vetos. Por un lado, la politización del campo literario contribuyó a que, durante mucho tiempo, predominaran condiciones e incentivos para una crítica militante, oscilante entre el terrorismo y la lambisconería, donde la simpatía política se confundía con el juicio literario. Por otro lado, la concentración del mercado y del poder cultural y, por ende, la importancia de las relaciones personales en el ascenso literario obstaculizan el ejercicio natural de la crítica e inhiben la cultura del debate y la disidencia.

La politización de la literatura generó durante buena parte del siglo XX, una frecuente propensión a fragmentar el universo literario mexicano en estancos rivales; a convertir los debates literarios en controversias políticas y a construir un canon dual, en constante pugna. En efecto, durante buena parte del siglo, la crítica y el ensayo fueron identificados como géneros edificantes, que debían aportar a la patria no sólo un canon, sino un instrumento de ingeniería de las conciencias. Así, en el plano literario las discusiones entre nacionalismo y cosmopolitismo, entre arte comprometido y arte puro ocuparon muchas décadas de saliva y tinta. Quizás pueda hablarse, hacia los años 50, de un breve interregno, para que después del 68 la escena literaria y cultural se polarizara de nuevo y la pugna ideológica volviera a trasladarse de modo evidente al campo de la cultura. En estos años de enfrentamientos (el primer Plural vs. La cultura en México, Vuelta vs. Nexos), la élite literaria se dividió en bandos y en gustos casi corporativos (literatura fácil vs. literatura difícil, crónica vs. ensayo) que representaban una escisión estética y política más amplia. Por supuesto, pueden recogerse algunas obras y momentos críticos excepcionales, pero el medio ambiente en general desfavorecía la pluralidad y dificultaba el diálogo literario. Si bien, merced al desgaste de algunos debates y a la consolidación de cuadros especializados, en los últimos años la vida cultural se ha despolitizado, la crítica se ha visto sometida a nuevas presiones, ahora provenientes de los intereses comerciales.

Quizá la más importante limitación sea la estrechez y concentración del medio cultural, lo que genera diversos dilemas y conflictos de interés, como son, por ejemplo, que el crítico frecuentemente tenga que sobrevivir como dictaminador o funcionario de una editorial, trabajador de la burocracia cultural, becario o editor de una revista. Todos estos oficios pueden implicar una amplia serie de restricciones institucionales o auto-impuestas. Casi nadie que escriba y, al mismo tiempo, obtenga su sustento del medio cultural se encontrará libre de una compleja red de compromisos y lealtades y, entre más concentradas e intrincadas sean las redes de poder editorial y mediático, habrá más posibilidades de que la crítica dañe susceptibilidades e intereses (tómese en cuenta la reciente querella Braulio Peralta-Juan Villoro). Este entorno institucional de la cultura tiene profundas implicaciones para el ejercicio de la crítica, pues el aspirante a crítico trata de maximizar sus oportunidades en un ambiente de incertidumbre laboral, feroz competencia por el ascenso literario e importancia decisiva de las relaciones. En este ambiente, la propensión racional, con todo su costado de cinismo, aconsejaría:
1) que el crítico elogie a todo mundo; 2) que se adhiera a un grupo y siga sus pautas de gusto (con la ventaja de que esto le permitirá romper las fórmulas de cortesía con los enemigos del grupo y reputarse como duro) y
3) que a quienes no tengan nada que ofrecerle les aplique la forma más severa del juicio, el silencio.
Tal vez esta relación extremadamente sensible entre la crítica y el medio cultural explique la pervivencia de un canon sobrecargado, fundado en la repetición inercial de unas cuantas opiniones influyentes y en la filtración de mucha publicidad disfrazada de crítica, donde abundan los indispensables, donde el mérito literario se confunde con el político y donde los miembros de cada grupo impulsan sin rubores su propio panteón (la controversia que ha desatado el Diccionario… de Christopher Domínguez es el resultado de intentar convertir, desde un título desproporcionado, un mosaico crítico, que pudo haber resultado interesante, en un recuento canónico). Por otro lado, cuestionar a las figuras encumbradas es descomedido, pues la crítica atenta contra marcas literarias con valor comercial o contra monumentos a la corrección política y sentimental. Hay, entonces, numerosos autores que, por sus logros anteriores, por su posición política o gremial, su representatividad o la ascendencia que sea, han alcanzado una sacralidad que los vuelve objeto elusivo de la crítica. Por mencionar algunos ejemplos, autores como Carlos Monsiváis, Fernando del Paso o Elena Poniatowska gozan, sin duda más allá de su voluntad y de sus méritos o deméritos literarios, de un sólido blindaje fincado en su trayectoria y su representación ciudadana y una eventual lectura crítica de su obra llega a confundirse peligrosamente por sus seguidores con un ataque a la buena conciencia. Esta opinión petrificada por la admiración partisana crea monumentos estables, pero empobrece el acto de la lectura y la discusión de nuestros clásicos modernos (la exacerbada sensibilidad de los herederos de Juan Rulfo a la crítica es un buen ejemplo de este fenómeno).
Asistimos, pues, a una república literaria con una urbanidad apoltronada e hipersensible a cualquier signo de franqueza, así sea civilizada y argumentada. Con ello se propicia una crítica superficial, poco exigente y demasiado pagada de sí misma, en cuya práctica son frecuentes la inflación de los adjetivos, la vaguedad de los argumentos y la reiteración y pobreza del estilo. Por fortuna, este ambiente adverso no es determinante. Acaso porque el trabajo crítico, ejercido de corazón, exige un compromiso con la inteligencia y la belleza y puede lograr que, al final, sea posible equilibrar el peso de las apegos o las conveniencias. Cierto, todo crítico tiene, en mayor o menor medida, filias, intereses y grupos de referencia, pero quizá algunos indicadores para que el lector informado calibre su compromiso con la lectura sean su curiosidad y generosidad para rebasar su círculo de afectos e intereses, su facultad de ponderar argumentos o su congruencia en opiniones, posturas y actitudes. Por eso, tal vez aun hoy, la actividad crítica pueda ser una mínima moral de la lectura y una simple reseña bien escrita y argumentada funcione como una modesta resistencia contra la publicidad letrada, contra los propios pequeños poderes, contra todo.

González Torres. Ensayista y poeta. Su libro más reciente es Eso que ilumina el mundo (Almadía, 2006).



Confabulario — título que rinde homenaje a Juan José Arreola
 
Héctor de Mauleón, director
Juan Manuel Gómez y César Blanco, editores Kathya Millares, asistente
Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx