| El
asalto de templo
Si uno atiende al entusiasmo de las críticas, como nunca
antes en la historia, el mundo artístico, intelectual y literario
está poblado de genios, cuyas obras indispensables se acumulan
cada semana en los anaqueles. Me he atrevido a probar algunas de
estas delicias novísimas que, sobre todo en la narrativa,
se anuncian ostentosamente y reclaman su imperiosa lectura, aunque
creo que mi gusto se encuentra disociado del más exquisito
entre la crítica. Las sensaciones que me dejan estos encuentros
van desde la admisión de que son platos regulares, pero mucho
menos suculentos de lo que se reputan en la carta, hasta el enojo
por lo que, a todas luces, es un guiso rancio que se quiere hacer
pasar por nueva cocina mediante reseñas condescendientes
y solapas alcahuetas. Admito que, acaso, esta búsqueda intransigente
de textos conmovedores y definitivos no sea sino una nostalgia reaccionaria
que intenta olvidar dos fenómenos que marcan la creación
y recepción literaria contemporánea: por un lado,
la variación y sucesión continua en los modelos de
escritura y, por el otro, la desaparición de la cultura patricia
del libro y la democratización (o masificación) del
gusto y la creación. Por un lado, cuestiones como el valor
literario, la definición de los géneros, la existencia
o no de una lista de autores clásicos son tópicos
mucho más difíciles de plantearse que hace unas décadas.
La idea de formas y obras que funcionan como paradigmas para guiar
la apreciación del lector y del estudioso ha sido bombardeada
por todos los frentes, desde los estudios culturales hasta la crítica
posestructuralista, y no existen criterios consensuados que permitan
apoyar de manera inobjetable un juicio literario. Además,
las convenciones y fronteras de los géneros literarios han
sido rebasadas y el “texto” se vuelve depositario de
todas formas de escritura, lo que, si es propicio para la experimentación,
también lo es para la complacencia, el apresuramiento y la
simulación literaria.
Por otro lado, desde La edición sin editores de André
Schiffrin hasta el reciente A la sombra de los libros de Fernando
Escalante, existen diagnósticos desoladores en torno a fenómenos
como la concentración editorial en unas pocas manos, el declive
de la antigua cultura y ética editorial, los imperativos
de rentabilidad inmediata y la asimilación de la literatura
al entretenimiento y el espectáculo. Claro, la literatura,
particularmente la narrativa, ha estado ligada históricamente
a la producción en serie y ha aspirado al consumo masivo,
sin embargo, en la época contemporánea los criterios
comerciales y las estrategias mercadotécnicas son cada vez
más importantes no sólo en el éxito de un producto
literario, sino en su propia concepción. Ahora lo determinante
en los prestigios literarios no es el reconocimiento de los pares
que lentamente se va filtrando a los auditorios más amplios,
sino la fama inmediata forjada por el imperio de la publicidad,
del que la crítica se vuelve un engranaje. En fin, la creación
se distorsiona y disminuye el nivel de exigencia, los panoramas
literarios e intelectuales se simplifican y parecen privar la homogeneidad
y la superficialidad. Frente a estos peligros, ¿quién
custodia el templo de la creación?
Los
custodios
De acuerdo al estereotipo romántico, la República
de las Letras es un espacio en donde se resguardan algunos de los
valores más caros al espíritu humano, el refugio de
una aristocracia de la inteligencia y del gusto que se precia de
su carácter elitista y de su impermeabilidad a otro valor
que no sea el talento. Se supone, por ende, que los criterios para
la admisión y el ascenso en la República son estrictos,
pero relativamente objetivos e imparciales, y que sus ciudadanos
actúan de buena fe en defensa de la autonomía de su
República; es decir, que el poder político, el dinero,
la belleza física o la fama en otros ámbitos no determinan
las evaluaciones o los prestigios literarios y que un escritor aceptado
por sus pares no practica el fraude, el tráfico de influencias
o cualquiera de esos vicios que suelen encontrase en las vecinas
repúblicas del poder y del dinero. Desde la independencia
e integridad de la República de las Letras, el escritor y
el crítico pueden erigirse entonces como defensores de valores
estéticos, y hasta morales, de carácter universal
frente a los intereses económicos, los fanatismos políticos,
la razón de Estado o el simple razonamiento mercantilista.
Todo esto parece una caricatura y lo es (como señala Escalante,
los delitos heroicos contra la moral y las costumbres de Gustave
Flaubert y Charles Baudelaire han sido sustituidos por las trapacerías
del fuero común de personajes tan mentados como Ricardo Piglia
o Alfredo Bryce Echenique, que se han visto involucrados en fraudes
o plagios comprobados). Pese a todo, la ascendencia pública
del escritor sigue basándose en gran medida en esta imagen
idílica de la República de las Letras.
En esta visión ideal de la república letrada, el crítico
cumplía un papel muy importante que era la custodia del gusto.
Porque la crítica (entendiendo por crítica no tanto
el trabajo académico, generalmente confinado al mundo de
los especialistas, sino las formas más extendidas de diálogo
libresco y sociabilidad literaria, como los ensayos periodísticos,
las reseñas o los libros de divulgación) adquiere
dignidad a partir de la noción de autonomía de la
literatura y el crítico se convierte en un certificador de
la pertenencia de un producto a esa esfera de lo puro que se aleja
de lo vulgar, lo comercial y lo utilitario. El crítico, entonces,
es una suerte de clérigo vigilante, que evita la infiltración
de advenedizos y farsantes en el templo del arte. Cierto, el papel
del crítico cambió y, de la mano del estructuralismo
y sus secuelas, muchos pasaron, de certificar la pertenencia de
un producto al mundo del arte, a denunciar las formas de poder ocultas
en los discursos artísticos y a celebrar su subversión.
De cualquier manera, se trata de un ejercicio de autoridad, de una
propedéutica de lectura, en este caso ya no dirigida contra
el “mal gusto” sino contra las “convenciones”
y el “sistema”.
Por supuesto, más allá de ese carácter de neutralidad
y superioridad moral que se le atribuía en la mitología
intelectual, el mundo real de la crítica es mucho más
pragmático y ordinario y las emociones, las vísceras
y las conveniencias juegan siempre un papel relevante. Con todo,
la crítica cumplía una función fundamental
en esa interlocución entre el consumo masivo y el arte minoritario,
en la mediación de ese proceso de democratización
de la cultura, que no puede ser dejado enteramente a merced del
mercado. Hoy, la posición del crítico es menos sólida:
no hay un estatuto importante de su trabajo (nadie vive de hacer
reseñas o ensayos); sus cuadros son débiles y en constante
rotación (en países como México hacer reseñas
se concibe como la novatada del ascenso intelectual y cualquiera
que ya ha publicado un librillo se ofende si le piden una nota);
escasean los espacios para publicar reseñas o ensayos, y
el trabajo del crítico pierde proyección y resonancia
frente a los medios audiovisuales y la publicidad.
Paradójicamente, al lado de estos incentivos perversos y
estos síntomas de fatiga de la crítica, el crítico
se convierte en parte indispensable de la funcionalidad del proceso
mercantil, pues el prestigio de lo “literario”, lo “artístico”,
lo “subversivo”, lo “novedoso”, o como sea
que se catalogue el valor de una obra, resulta significativa y tranquilizante
para los nuevos auditorios, más o menos letrados pero no
literarios, que buscan orientarse, distinguirse y apartarse de la
tosquedad del consumo en serie. Por ejemplo, una novela como La
silla del Águila, de Carlos Fuentes, por su apresuramiento,
énfasis en la coyuntura política y falta de construcción,
no se distinguiría del folletín oportunista de un
aficionado, pero su estatuto es otro gracias al acervo de prestigio
literario del autor, a su presencia en espacios editoriales prestigiosos
y a la unción de ciertos segmentos de la crítica.
Así, al lado de la publicidad impersonal, la crítica
funciona como la parte solemne y más literariamente acreditada
de la promoción de un libro y, al avalar una obra, el crítico
no sólo cumple un servicio de información, sino que
le transfiere una parte de su carisma como lector. De modo que aun
en los espacios marginales en que subsiste, el crítico goza
de un poder, que no pocas veces lo engolosina y lo hace asumir protagonismos.
El
estilo mexicano de criticar
La crítica mexicana sufre del mismo malestar de la cultura
libresca en todo el mundo, aunque hay una serie de rasgos, como
la politización del campo literario y la estrechez del mercado
cultural, que han contribuido a conferirle un carácter particular
a sus dolencias. No es extraño que en una vida literaria
politizada, vertical y jerárquica, la crítica sea
mal vista y la verdadera polémica se ejerza por debajo del
agua, con pequeñas intrigas y vetos. Por un lado, la politización
del campo literario contribuyó a que, durante mucho tiempo,
predominaran condiciones e incentivos para una crítica militante,
oscilante entre el terrorismo y la lambisconería, donde la
simpatía política se confundía con el juicio
literario. Por otro lado, la concentración del mercado y
del poder cultural y, por ende, la importancia de las relaciones
personales en el ascenso literario obstaculizan el ejercicio natural
de la crítica e inhiben la cultura del debate y la disidencia.
La politización de la literatura generó durante buena
parte del siglo XX, una frecuente propensión a fragmentar
el universo literario mexicano en estancos rivales; a convertir
los debates literarios en controversias políticas y a construir
un canon dual, en constante pugna. En efecto, durante buena parte
del siglo, la crítica y el ensayo fueron identificados como
géneros edificantes, que debían aportar a la patria
no sólo un canon, sino un instrumento de ingeniería
de las conciencias. Así, en el plano literario las discusiones
entre nacionalismo y cosmopolitismo, entre arte comprometido y arte
puro ocuparon muchas décadas de saliva y tinta. Quizás
pueda hablarse, hacia los años 50, de un breve interregno,
para que después del 68 la escena literaria y cultural se
polarizara de nuevo y la pugna ideológica volviera a trasladarse
de modo evidente al campo de la cultura. En estos años de
enfrentamientos (el primer Plural vs. La cultura en México,
Vuelta vs. Nexos), la élite literaria se dividió en
bandos y en gustos casi corporativos (literatura fácil vs.
literatura difícil, crónica vs. ensayo) que representaban
una escisión estética y política más
amplia. Por supuesto, pueden recogerse algunas obras y momentos
críticos excepcionales, pero el medio ambiente en general
desfavorecía la pluralidad y dificultaba el diálogo
literario. Si bien, merced al desgaste de algunos debates y a la
consolidación de cuadros especializados, en los últimos
años la vida cultural se ha despolitizado, la crítica
se ha visto sometida a nuevas presiones, ahora provenientes de los
intereses comerciales.
Quizá la más importante limitación sea la estrechez
y concentración del medio cultural, lo que genera diversos
dilemas y conflictos de interés, como son, por ejemplo, que
el crítico frecuentemente tenga que sobrevivir como dictaminador
o funcionario de una editorial, trabajador de la burocracia cultural,
becario o editor de una revista. Todos estos oficios pueden implicar
una amplia serie de restricciones institucionales o auto-impuestas.
Casi nadie que escriba y, al mismo tiempo, obtenga su sustento del
medio cultural se encontrará libre de una compleja red de
compromisos y lealtades y, entre más concentradas e intrincadas
sean las redes de poder editorial y mediático, habrá
más posibilidades de que la crítica dañe susceptibilidades
e intereses (tómese en cuenta la reciente querella Braulio
Peralta-Juan Villoro). Este entorno institucional de la cultura
tiene profundas implicaciones para el ejercicio de la crítica,
pues el aspirante a crítico trata de maximizar sus oportunidades
en un ambiente de incertidumbre laboral, feroz competencia por el
ascenso literario e importancia decisiva de las relaciones. En este
ambiente, la propensión racional, con todo su costado de
cinismo, aconsejaría:
1) que el crítico elogie a todo mundo; 2)
que se adhiera a un grupo y siga sus pautas de gusto (con la ventaja
de que esto le permitirá romper las fórmulas de cortesía
con los enemigos del grupo y reputarse como duro) y
3) que a quienes no tengan nada que ofrecerle les
aplique la forma más severa del juicio, el silencio.
Tal vez esta relación extremadamente sensible entre la crítica
y el medio cultural explique la pervivencia de un canon sobrecargado,
fundado en la repetición inercial de unas cuantas opiniones
influyentes y en la filtración de mucha publicidad disfrazada
de crítica, donde abundan los indispensables, donde el mérito
literario se confunde con el político y donde los miembros
de cada grupo impulsan sin rubores su propio panteón (la
controversia que ha desatado el Diccionario… de Christopher
Domínguez es el resultado de intentar convertir, desde un
título desproporcionado, un mosaico crítico, que pudo
haber resultado interesante, en un recuento canónico). Por
otro lado, cuestionar a las figuras encumbradas es descomedido,
pues la crítica atenta contra marcas literarias con valor
comercial o contra monumentos a la corrección política
y sentimental. Hay, entonces, numerosos autores que, por sus logros
anteriores, por su posición política o gremial, su
representatividad o la ascendencia que sea, han alcanzado una sacralidad
que los vuelve objeto elusivo de la crítica. Por mencionar
algunos ejemplos, autores como Carlos Monsiváis, Fernando
del Paso o Elena Poniatowska gozan, sin duda más allá
de su voluntad y de sus méritos o deméritos literarios,
de un sólido blindaje fincado en su trayectoria y su representación
ciudadana y una eventual lectura crítica de su obra llega
a confundirse peligrosamente por sus seguidores con un ataque a
la buena conciencia. Esta opinión petrificada por la admiración
partisana crea monumentos estables, pero empobrece el acto de la
lectura y la discusión de nuestros clásicos modernos
(la exacerbada sensibilidad de los herederos de Juan Rulfo a la
crítica es un buen ejemplo de este fenómeno).
Asistimos, pues, a una república literaria con una urbanidad
apoltronada e hipersensible a cualquier signo de franqueza, así
sea civilizada y argumentada. Con ello se propicia una crítica
superficial, poco exigente y demasiado pagada de sí misma,
en cuya práctica son frecuentes la inflación de los
adjetivos, la vaguedad de los argumentos y la reiteración
y pobreza del estilo. Por fortuna, este ambiente adverso no es determinante.
Acaso porque el trabajo crítico, ejercido de corazón,
exige un compromiso con la inteligencia y la belleza y puede lograr
que, al final, sea posible equilibrar el peso de las apegos o las
conveniencias. Cierto, todo crítico tiene, en mayor o menor
medida, filias, intereses y grupos de referencia, pero quizá
algunos indicadores para que el lector informado calibre su compromiso
con la lectura sean su curiosidad y generosidad para rebasar su
círculo de afectos e intereses, su facultad de ponderar argumentos
o su congruencia en opiniones, posturas y actitudes. Por eso, tal
vez aun hoy, la actividad crítica pueda ser una mínima
moral de la lectura y una simple reseña bien escrita y argumentada
funcione como una modesta resistencia contra la publicidad letrada,
contra los propios pequeños poderes, contra todo.
González
Torres. Ensayista y poeta. Su libro más reciente es Eso que
ilumina el mundo (Almadía, 2006).
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