por
Héctor de Mauleón
I
En enero de 1906, la clausura del Café La Concordia emblematiza
el verdadero final del siglo XIX, tan francés en sus letras.
Ese año, en una pequeña casa de la calle de Soto,
en la colonia Guerrero, algunos jóvenes escritores, fogueados
en la tertulia de Jesús E. Valenzuela, fundador de la Revista
Moderna, se reúnen domingo a domingo para leer a los griegos,
revisar los Siglos de Oro, releer a Dante, Shakespeare y Goethe,
y ponerse al día en “las modernas orientaciones artísticas
de Inglaterra”. Jesús Villalpando les llama “los
muchachos del grupo”. Leen incansablemente a Nietzsche y a
Schopenhauer. Resienten la opresión intelectual que emana
del porfiriato, y quieren diferenciarse de la generación
anterior (Amado Nervo, José Juan Tablada, Marcelino Dávalos,
Luis G. Urbina: la generación azul), a pesar del gran poder
y prestigio intelectual de que goza ésta.
Uno de ellos le ha robado a su madre cincuenta pesos para poder
salir de la ciudad de León, y conocer a Nervo, quien le publica
sus primeros versos; otro es ex cadete de la Escuela Náutica
de Campeche, y acaba de pasar varios meses en prisión por
haber protestado en los muelles contra la última reelección
de Porfirio Díaz. También forma parte del grupo un
joven extravagante, de vestido ridículo y voz tipluda, al
que se considera el estudiante de arquitectura más destacado.
El primero trabaja como mozo de escritorio en “La Gran Sedería”;
el segundo es empleado de la Sección de Archivos y Biblioteca
del ministerio de Instrucción Pública; el tercero,
hijo de un antiguo burócrata que se ha pasado la vida realizando
actividades menores. La historia literaria del siglo XX los recordará
con los nombres de Rafael López, Roberto Argüelles Bringas
y Jesús T. Acevedo. Tienen 33, 31 y 24 años, respectivamente.
Están destinados a formar parte de una nueva era del pensamiento
y de las letras mexicanas. A convertirse en precursores directos
de la Revolución. Pero, por lo pronto, sólo quieren
hablar, sólo quieren leer. Apuestan por el rigor en un país
de improvisados.
Ahí, en la pequeña casa de la calle de Soto —el
desperezo viene siempre envuelto en motivos espirituales, apunta
Alfonso Reyes—, se comienzan a demoler, desde el terreno de
las ideas, las bases anquilosadas del porfiriato: se anuncia el
primer centro libre de cultura en la historia del siglo XX mexicano.
II
El dueño de la casa es Luis Castillo Ledón, poeta
de 27 años y mediana fortuna, que en 1904 ganó los
juegos florales de San Luis Potosí, y apenas recibir el premio
decidió viajar a la capital, “atraído por la
luz y la fama que entonces desprendía México”.
En esa ciudad de carruajes, jardines, vecindades, edificios antiguos,
conventos en ruinas, tranvías de mulitas y colonias recién
inauguradas —por las que transitan, ruidosamente, algunos
automóviles que dejan tras de sí “estelas de
humo oscuro/ y flatulencias de carburo”, como reza el poema
de Tablada—, las puertas de la casa se abren cada semana para
reclutar a jóvenes talentosos, ávidos por lo nuevo,
que quieren escapar de la momificación cultural del régimen,
o por lo menos están fastidiados con la deshumanizada vertiente
positivista que lo sustenta.
Roberto Argüelles Bringas incorpora, por ejemplo, a Manuel
de la Parra y Abel C. Salazar, que trabajan con él en la
Sección de Archivo y Biblioteca. No tardan en llegar Antonio
Caso (23 años) y Alfonso Cravioto (22). Todos se inclinan
ante la inteligencia, cargada de dardos venenosos, de un estudiante
de Jurisprudencia que habla con familiaridad de Ruskin, de Wilde,
de Whistler. Se llama Ricardo Gómez Robelo, tiene 22 años
y se dice que una noche cayó de rodillas para besar los pies
de una prostituta, mientras gritaba, al igual que Rodión
Romanovich Raskolnikoff: “¡No te beso a ti, sino a todo
el sufrimiento humano!”. (Desde esa vez se le llamó
Rodión.
)Las reuniones se trasladan a veces a la casa de Acevedo; andando
el tiempo, el grupo se concentrará en la de Caso. Aunque
en los albores de 1906 “los muchachos” se mueven con
naturalidad entre el círculo de los consagrados (los primeros
comentarios sobre Argüelles Bringas vinieron de Tablada; el
nombre de Rafael López figura desde 1905 en todas las revistas
de la época; el poema “Los Caballos”, de Luis
Castillo Ledón, fue declamado en 1904 nada menos que por
Manuel José Othón), dos sucesos catalizan las búsquedas
inconscientes del grupo, hacia la renovación literaria e
ideológica que vendrá después. El primero,
la jugosa herencia que Alfonso Cravioto recibe a la muerte de su
padre, cuatro veces gobernador del estado de Hidalgo. El segundo,
la llegada a la ciudad del dominicano Pedro Henríquez Ureña
quien, pese a sus 22 años, no tarda en convertirse en cabeza
intelectual de la agrupación, a la que induce al estudio
de corrientes filosóficas opuestas al positivismo, e incita
a estudios y lecturas más amplios y exigentes. Considerado
“nuestro Sócrates” por los jóvenes del
grupo, les hace pasar “de la filosofía alemana al humanismo
renacentista, a Wilde, a Bernard Shaw, al barroco, a muchas cosas
más, para arribar siempre a Platón y deleitarse con
la sabiduría helénica”.
Recordará Henríquez Ureña años después:Veíamos
que la filosofía oficial era demasiado sistemática,
demasiado definitiva para no equivocarse [...] Como mis amigos eran
ya lectores asiduos de los griegos, mi helenismo encontró
ambiente, y pronto ideó Acevedo una serie de conferencias
sobre temas griegos, que nos dio ocasión de reunirnos con
frecuencia a leer autores griegos y comentarlos.
Gabriel Zaid ha observado que la renovación literaria de
1906 procede del encuentro entre dos juniors. Hijo de un ex presidente
de su país, y con una vasta cultura a su disposición,
que incluye una residencia de dos años en Nueva York, Henríquez
Ureña influye para que el grupo se compacte y exprese en
un medio anquilosado. Hijo de un gobernador que hizo su fortuna
a la sombra de Díaz, y luego fue depuesto a capricho del
dictador, Alfonso Cravioto se había erigido líder
estudiantil en contra del gobernador que sustituyó a su padre,
lo que le valió ser perseguido y finalmente encarcelado.
Luego de pasar seis meses en prisión, se unió a los
hermanos Flores Magón, pero en vez de acompañarlos
a preparar la lucha armada en Estados Unidos, optó, como
dice Zaid, por la acción cultural. Arribó a la ciudad
de México en 1903, año del cierre de la Revista Moderna
(1898-1903), colaboró con virulentos artículos contra
Díaz en El hijo del Ahuizote, y de pronto se descubrió
como “un junior con talento, con dinero, con experiencia como
líder y con notable capacidad de convocatoria”. En
un acto eminentemente político, en lugar de dedicarse a dilapidar
su fortuna, decide reunir, en una revista, a la juventud talentosa
de su tiempo. Sabe, como dice Reyes, que los cambios vienen siempre
envueltos en motivos espirituales.
Pero a la mayor parte de ellos, ese cambio acabará por destruirlos.
III
Setenta años antes, al poner la primera piedra en la historia
de las letras del México independiente, los cuatro jóvenes
que en un cuarto ruinoso fundaron la Academia de Letrán (Guillermo
Prieto, los hermanos Lacunza y Manuel Tossiat Ferrer) sólo
pudieron disfrutar, como banquete de inauguración, de una
piña espolvoreada con azúcar.
La revista fundada por Cravioto, en cambio, se instala con un lujo
deslumbrante del que no existen precedentes en periódicos
y revistas “de pocilgas, covachas y ratoneras”. La redacción
está en el último piso de La Palestina, uno de los
primeros edificios de seis pisos que existen en la capital, con
vista exquisita hacia el nuevo boulevard 5 de Mayo. De un lado se
ve la Catedral; del otro, los crepúsculos de la Alameda.
El piso del edificio es de mármol. Abajo corren cafés,
bares, tiendas, librerías. “Aquello era un Aeropago,
un Parnaso, un palacio, una corte de los Medicis”, recuerda
Jesús Villalpando.
Con los primeros muebles empiezan a llegar los muchachos del grupo.
Se decide poner a la revista un nombre absurdo: Savia Moderna. La
bautizan de ese modo para que sea vista como una prolongación
de la revista fundada a finales de siglo por los poetas mayores.
“No fue una segregación de disidentes sino una prolongación
afirmativa de una tendencia que aspiró a modernizar por completo
la literatura mexicana [...] a inyectar savia nueva en el viejo
tronco”, escribe Francisco Monterde.
No se trata, sin embargo, de una prolongación, sino del relevo
de los jóvenes que están pidiendo a gritos que les
abran paso. Gracias al redactor Jesús Villapando, y a un
artículo suyo publicado el 5 de mayo de 1918 en El Nacional,
poseemos la crónica exacta del instante fundador:Todo el
día era una serie de momentos de sorpresa. Tocaban la puerta
y aparecía un artista. Un día llegó Manuel
de la Parra, todo tímido, como pajarito deslumbrado y anhelante
de luz; otro, Rafael López apareció a las cinco y
media de la tarde haciendo frases, elegancias y versos al hablar;
tal se presentó Roberto Argüelles Bringas, con voz de
sochantre y actitudes majestuosas de Duque; a la una de la tarde
de un sábado se anunció un grupo de pintores y dibujantes,
algo cohibidos, serios y sencillos; Diego Rivera, ocupado de un
cuadro de Rubens o de un aguafuerte de Rembrandt, bueno y risueño,
como un niño con su indomable e inseparable pipa y cuando
todavía no pensaba en los abismos trágicos del futurismo;
Saturnino Herrán, con su aspecto de colegial, afable, bondadoso,
ingenuo y observador; Gonzalo Argüelles Bringas, gallardo Don
Juan, lleno de gran amor por las flores, las mujeres y los paisajes;
Antonio Garduño, alto como el edificio de nuestra redacción,
seguro de sí mismo y de su color; Rafael de Lillo, con algo
de Adonis y mucho de San Juan Bautista, antes de ir a predicar al
desierto; Franciso de la Torre, silencioso, como un monje de la
Trapa, impasible y melancolizado, soñador como noche de luna,
reconcentrado, como un comprimido de Vichy, con algo de agua azul
y tristeza de telaraña en estancia abandonada; Francisco
Zubieta, miope y anguloso, de suavidades agresivas de caricatura
fina y Martínez Carrión siempre muy triste.
Recordará a su vez, en un artículo publicado en julio
de 1913, el poeta Rafael López:En la ruidosa redacción
de ese periódico, ruidosa con el entusiasmo y la alegría
de los años en mocedad, nos sentíamos como en la propia
casa. La redacción era pequeña, como una jaula, y,
por lo mismo, algunas aves comenzaron allí a cantar [...]
el alma obscura se bañaba con un poco de sueño y de
infinito, sobre el bullicio de la gran ciudad que hacía rodar
abajo todas sus tentaciones.
Desde aquella altura habrá de caer la palabra sobre la ciudad.
El primer número es lanzado a fines de marzo de 1906, con
portada de cartulina que reproduce un óleo del artista catalán
Antonio Fabrés. Alfonso Cravioto y Luis Castillo Ledón
figuran como directores. El secretario de redacción es un
muchacho de provincia, tocado por la sombra de mortales excitantes
que no tardarán en asesinar su talento: José María
Sierra. Treinta y tres poetas y escritores integran la nómina
de colaboradores. Veinticuatro pintores y dibujantes, conforman
la de artistas e ilustradores. Los fotógrafos son Lupercio,
Kampfner y Casasola. La suscripción trimestral cuesta 1.50.
La casa de peletería La Palestina, las máquinas de
escribir W.M.A. Parker, los pianos Cable Company, los electricistas
Sierra y Fernández, la Kalodermina Imperial (compuesto para
el embellecimiento del cutis), la Emulsión de Scott y la
Tabacalera Mexicana, son los anunciantes.
Savia Moderna lanza su proclama desde la primera página:
“Gustamos de las obras más que de las doctrinas. Clasicismo,
Romanticismo, Modernismo... diferencias odiosas. Monodien las cigarras,
trinen las aves y esplendan las auroras. El Arte es vasto, dentro
de él, cabremos todos”. Prosigue Villalpando:La falange
juvenil de aquellos que iba a continuar la tradición de los
maestros iba engrosando; en cuanto Cravioto sabía de algún
joven ignorado que empezaba a despuntar, no descansaba sino hasta
dar con él e introducirlo al cenáculo. Y así
fueron llegando con intervalos de horas o de días Alfonso
Reyes, el más joven de todos, casi un niño, y que
ya le hacía bellos sonetos a la Victoria de Samotracia; José
M. Sierra, caballero electo de la muerte; el arquitecto Jesús
Acevedo, que tenía más erudición que todos
nosotros juntos; Gómez Robelo, con su boca enorme y que era
una especie de Mauclaire en el grupo; Eduardo Colín, severo,
metódico y sereno, un griego cerebral con gran seguridad
en los pasos de su camino; Severo Amador, más fúnebre
que un ataúd; Pepito Gamboa, con dramas sin terminar; Antonio
Caso, a las puertas de la filosofía; Rodolfo Nervo, contagiado
por el ambiente de su admirable hermano; Emilio Valenzuela, que
continuaba la tradición lírica del magnífico
Chucho Valenzuela; Ángel Zárraga, que estaba indeciso
entre la literatura y la pintura y otros muchos attachés
y principiantes ya fracasados que engrosaban la corte majestuosa
del segundo renacimiento literario de México.
El ambiente es de júbilo y camaradería. Diego Rivera,
que hará las portadas desde el segundo número, instala
su caballete junto a la ventana y comienza a pintar desde aquella
perspectiva inédita. Los poetas Luis Rosado Vega y Delio
Moreno Cantón se presentan para conocer las oficinas. Los
recibe José María Sierra, absolutamente drogado, pero
la labia de Ricardo Gómez Robelo, la erudición de
Pedro Henríquez Ureña y unos versos “semejantes
a armaduras de templados aceros”, que declama Roberto Argüelles
Bringas, logran salvar la tarde. El siglo XX ha comenzado. Nadie
sabe a cuantos cegará el polvo del camino. Pero en ese instante,
los muchachos sienten, como cuenta Rafael López, que su destino
duerme “en las manos cerradas de la vida”. El Imparcial
dedica un amplio espacio para dar al público mexicano la
buena noticia. Luis G. Urbina ve con buenos ojos la llegada de la
publicación, y le atrae el disimulado apoyo del ministro
Justo Sierra.
IV
Los jóvenes lanzan la primera carga desde el número
inicial. Parecen decir: “¡Aquí estamos!”.
Poemas de Roberto Argüelles Bringas, Alfonso Cravioto, Eduardo
Colín, Luis Castillo Ledón, Manuel de la Parra, Alberto
Herrera y José María Sierra. Prosas, artículos
y textos narrativos de Antonio Caso, Ángel Zárraga
y Abel C. Salazar. Se reseñan libros, se revisa el panorama
del teatro, se hace un directorio de revistas, sociedades artísticas
y bibliotecas públicas. Se escriben notas necrológicas
y pequeños ensayos. Uno de los capítulos más
importantes para las letras mexicanas se abre en ese sitio, la tarde
en que Alfonso Reyes, un joven preparatoriano de 17 años,
sube las escaleras con un manojo de poemas que le cantan a la naturaleza.
Reyes se deslumbra con la inteligencia apolínea de Caso,
celebra a risotadas las feroces ocurrencias de Gómez Robelo,
e inicia a muchos metros de la tierra no sólo la carrera
que habrá de convertirlo en el mayor hombre de letras de
la primera mitad de nuestro siglo XX, sino también su amistad
con Pedro Henríquez Ureña, decisiva para la literatura
mexicana. Recordará Reyes:Cuando lo encontré por primera
vez en la redacción de Savia Moderna, me pareció un
ser aparte, y así lo era. Su privilegiada memoria para la
poesía —cosa tan de su gusto y que siempre me ha parecido
la prenda mayor de una verdadera educación literaria—
fue en él lo primero que me atrajo. Poco a poco sentí
su gravitación imperiosa, y al fin me le acerqué de
por vida. Algo mayor que yo (cinco años) lo consideré
mi hermano y a la vez mi maestro. La verdad es que los dos nos íbamos
formando juntos, pero él un paso adelante.
La revista, afirma Villalpando, circula en toda la República
y se vende como pan caliente. Pero los agentes no pagan y Savia
Moderna se vuelve, desde el primer número, el más
malo de los negocios. A Cravioto esto no le importa un bledo, quiere
llevar adelante “su misión artística”,
y está resuelto a gastar hasta el último centavo.
Pasado el momento de unir a los literatos, extiende su radio de
acción hacia los pintores. El 7 de mayo de ese mismo año,
siguiendo una idea del recién llegado de Europa Gerardo Murillo,
a quien Leopoldo Lugones bautizará como Dr. Atl, organiza
en un suntuoso salón de la calle de Santa Clara, entre triunfales
cortinajes de seda y púrpura, la primera exposición
de pintura que se realiza en México sin ayuda oficial, y
fuera de la academia.
José Juan Tablada toma la palabra esa noche para presentar
a Murillo, quien ofrece “el regalo de una conferencia muy
interesante y abundosa en altos conceptos e ideas novísimas
acerca de las tendencias de la pintura y la escultura modernas”.
A un lado cuelgan las obras de un conjunto de muchachos que andando
el tiempo transformarán la plástica mexicana, y por
lo pronto preludian la revolución pictórica dando
un golpe mortal a la pintura académica que —la frase
es de Alfonso Reyes—, esa misma noche “se atajó
de repente”: Diego Rivera, Germán Gedovius, Francisco
de la Torre, Jorge Enciso, Gonzalo Argüelles Bringas, Rafael
Ponce de León, Antonio Garduño y, sobre todo, Joaquín
Clausell, que dio a conocer sus paisajes impresionistas y fue celebrado,
en otro acto eminentemente político, como el único
artista plástico que no había egresado de San Carlos
o de cualquier otra escuela de arte.
Justo Sierra y Ezequiel A. Chávez, ministro y subsecretario
de Instrucción Pública, respectivamente, visitan la
muestra y celebran “el intento del grupo de hombres de buena
voluntad” con una sonrisa apretada. Roberto Argüelles
Bringas, Rafael López y Ricardo Gómez Robelo escriben
sobre la exposición, que es como “cortar las rosas
sobre el mal y el dolor” (López) y un “perseguido
anhelo” que se alza sobre el “más hondo desconsuelo”
(Argüelles Bringas).
El mensaje es claro: la batalla se libra desde la rebeldía
creadora, y la tribu va en contra de la dictadura positivista, organizando
instituciones alternativas. “¡Momias a vuestros sepulcros!
¡Abrid el paso! ¡Vamos hacia el porvenir!”, dirá
la proclama firmada un año después, en abril de 1907,
cuando los muchachos encabecen un escándalo contra la segunda
Revista Azul, que atacaba precisamente las libertades de la poesía
procedente de Manuel Gutiérrez Nájera, y tomen las
calles enarbolando la bandera del arte libre.
V
¿Cuántos se quedaron en el camino?, se pregunta en
1913, lleno de tristeza, Rafael López. Alfonso Cravioto,
“tan joven y tan junior”, se casa a los pocos meses
y sale en viaje de bodas rumbo a Europa, donde permanecerá
un año. Mientras Gómez Robelo traduce a Poe y Manuel
de la Parra escribe un cuento extraordinario (“El trasunto”),
el director hace poemas sobre el océano, escribe crónicas
desde la Coruña y envía su primera nota desde Francia.
La revista queda en manos de los amigos. Los más activos,
Rafael López, Gómez Robelo, Manuel de la Parra y Argüelles
Bringas. En ausencia del director debutan los hermanos Pedro y Max
Henríquez Ureña, y se organiza un banquete en honor
del propio Rafael López, quien acaba de recibir la encomienda
de declamar su “Oda a Juárez” ante la tumba del
prócer, en la ceremonia oficial por el aniversario de su
muerte.
Sin el financiamiento de Cravioto, ante el fracaso comercial que
impide sufragar su alto costo en buen cuché, la revista dura
sólo cinco números y desaparece en julio de 1906 (Miguel
Capistrán asegura que existe un sexto número, perdido).
El grupo, formado por los dos géneros de escritores, los
que escriben y los que no escriben, se refugia en el taller de Acevedo
y comienza a manifestarse por vías extraeditoriales: marcha
en defensa de Gutiérrez Nájera, funda una Sociedad
de Conferencias para seguir teniendo trato directo con el público,
vuelve a marchar en 1908 en defensa de la obra liberal de Gabino
Barreda, que aunque positivista, estaba siendo atacado por católicos
y consevadores, y da de ese modo la primera señal de una
conciencia pública emancipada del régimen. “No
es inexacto decir que allí amanecía la Revolución”,
escribirá Reyes.
A fines de 1909, verificada ya la incorporación de José
Vasconcelos, Julio Torri y Martín Luis Guzmán, los
jóvenes fundan el Ateneo de la Juventud, lo transforman en
el Ateneo de México, abren la Universidad Popular y finalmente
se disgregan tras el cuartelazo de Huerta. Savia Moderna tiene la
duración de una rosa.
Alfonso Cravioto, que redactará la Constitución de
1917, va a ser encarcelado por el dictador. Con el tiempo seguirá
los pasos de su padre, abandonará la poesía y se inclinará
por la estética. Jamás llegará a escribir “todas
sus invenciones y ocurrencias”. Rafael López aceptará
un puesto en el gobierno de Huerta y a la caída de éste
se verá odiado y perseguido: para seguir viviendo tendrá
que firmar durante años con el anagrama de “Lázaro
P. Feel”. Considerado por Tablada como uno de los mejores
poetas de México, pasará sus días finales en
el olvido; dejará sólo un par de libros, y un “Canto
a la Bandera” que todos los lunes siguen entonando los niños
de México. Hoy nadie lo recuerda. Reyes rescatará
parte de su obra dispersa en 1957, y Serge I. Zäitzeff reúnirá
sus poemas y crónicas en 1973.
Roberto Argüelles Bringas será el primero en caer. Después
de ocupar puestos penumbrosos en el zapatismo, va a ser perseguido
por los triunfadores y sucumbirá de fiebre tifoidea en 1915.
Sin haber publicado un solo libro, y sin que se conozca en realidad
su obra, durante algunos años gozará de prestigio
entre los lectores más exigentes. A él también
habrán de cubrirlo las sombras del olvido. Luis Castillo
Ledón pedirá insistentemente que se recoja su obra,
pero nadie llevará a cabo el proyecto. Zäitzeff lo hace
medio siglo después, levantando de manos de su hijo varios
poemas inéditos.
Tres años más tarde, caerá Jesús T.
Acevedo. Alfonso Reyes se lamenta en Pasado inmediato porque no
van a poderse recoger jamás sus charlas, sus promesas, sus
atisbos. Sólo queda un volumen de “aquel escritor posible”
que en 1910 inició una cruzada en favor de la transformación
de la arquitectura nacional. Luis Castillo Ledón, al igual
que su amigo Cravioto, abandonará la lira para especializarse
en la historia e incursionar en política. Gobernador de su
estado por breve tiempo, va a dirigir durante años el Museo
Nacional. Un destino más sosegado que el del diabólico
Rodión, que en 1909 tomará partido por la candidatura
de Ramón Corral, y no por la del padre de su amigo Alfonso
—el general Bernardo Reyes—, y que en 1913 terminará
sirviendo oscuramente en el gobierno de Huerta, lo que habrá
de costarle el destierro.
Gómez Robelo regresa al país en 1921, convertido en
un crepúsculo del porfiriato. Viene enfermo de alcoholismo,
y de una pasión que le devora las entrañas: la fotógrafa
italiana Tina Modotti. El trueno de la Revolución ha sofocado
los diálogos de aquella generación que agarrada de
una tabla se ha dispersado por el mundo. Muchos de ellos no se perdonan.
La sacudida que dieron se ha dejado sentir, como acota Reyes, en
profundidades muy otras. Savia Moderna, rosa de la juventud a la
que cantaba López, les explotó en las manos. ¿Cuántos
quedaron en el camino?
Por influjo de Vasconcelos, Rodión dirige el Departamento
de Bellas Artes. Ya no existen “las noches dedicadas al genio,
por las calles de quietud admirable, o en la biblioteca de Antonio
Caso”, en la que presidía un busto de Goethe en donde
los muchachos del grupo colgaban sus sombreros.
Gómez Robelo se ha convertido en una sombra que habita una
casa en San Ángel, y escribe maquinazos, y sufre por Modotti.
En el sexto piso de La Palestina ya no hay nada, o habrá
alguna otra cosa.
La muerte lo sorprende a mediados de 1924. Los periódicos
no le dedican una línea. En 1980, el Fondo de Cultura hace
la edición facsimilar de los cinco números de Savia
Moderna, pero la historia de esta revista, y de los muchachos que
hace un siglo transformaron la vida intelectual de México,
aún no ha sido escrita.
De Mauleón. Su libro más reciente es Como nada en
el mundo (Joaquín Mortiz, 2006).
 |
|
Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
| |
Héctor
de Mauleón, director
Juan Manuel Gómez y César Blanco, editores
Kathya Millares, asistente
Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
|
|