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1857, hace siglo y medio, Charles Baudelaire y Gustave Flaubert
fueron llevados ante la justicia con pocas semanas de diferencia
por la publicación de Les fleurs du mal y Madame Bovary.
Habían nacido en el mismo 1821, como Dostoievski, eran amigos
y admiraban sus respectivas obras.
La condena de estos dos libros bajo el cargo de inmoralidad señala
el comienzo de la literatura moderna. Se discute
quién fue el primero en emplear la palabra modernidad, si
Edmond de Goncourt en 1857 o el propio Baudelaire
dos años después.
El sesquicentenario coincide con la edición definitiva en
español del Libro de los paisajes (Akal, Madrid, 2007), la
gran obra inconclusa de Walter Benjamin que ha llegado a ser más
conocida por su resumen, París, capital del siglo XIX.
Para Benjamin, Las flores del mal, último libro de la poesía
europea que tuvo éxito masivo, surgió de la experiencia
hostil y enceguecedora en la época de la gran industria:
el shock del encuentro con la multitud amorfa que pasa por las calles
de la ciudad.
Como ella y como el obrero al servicio de las máquinas, Baudelaire
es un hombre despojado de su experiencia: un moderno. Su obligación
es comenzar siempre de nuevo. Se debate entre el spleen (lo que
entonces llamaban “tedio”, un tedio que no es sinónimo
de aburrimiento y en términos contemporáneos sería
más bien la depresión) y el ideal que tiene la fuerza
de los recuerdos.
El spleen opone al ideal la horda de los segundos. Es el emperador
de los segundos, así como el Demonio es el Señor de
las Moscas. Expone en toda su desnudez la experiencia vivida. Ningún
aliento de prehistoria la circunda, ningún aura.
Baudelaire se vuelve contra la multitud. Lo hace con la cólera
impotente de quien se lanza contra el viento y la lluvia. Muestra
el precio al que se conquista la sensación de la modernidad:
la disolución del aura a través de la experiencia
del shock.
La desconsolada vida de los habitantes de la gran ciudad a la que
transforma el progreso industrial, encarna en el flâneur,
el paseante que vaga sin rumbo por las avenidas, los bulevares y
los pasajes, primeros malls de la historia, primeros almacenes que
aprovechan la misma flânnerie para vender sus mercancías.
(Aquí debe pensarse en la distinción que hace Eugenio
Montejo: la ciudad moderna de Baudelaire no es la ciudad contemporánea:
en aquella aún no existían los automóviles.)
Con el flâneur el intelectual se dirige al mercado. Cree que
es para observarlo cuando en realidad es ya para encontrar un comprador.
En la fase intermedia, cuando el escritor aún tiene mecenas
pero empieza ya a familiarizarse con el mercado, aparece la bohemia.
A su imprecisa posición económica corresponde su no
menos imprecisa función política. La poesía
de Baudelaire se inclina del lado de los asociales y obtiene su
fuerza de esta rebeldía.
Las únicas relaciones perdurables que tuvo Baudelaire fueron
con Jeanne Duval (la “Vénus Noire”, nacida en
Haití) y con Apollonie Sabatier (la “Vénus Blanche”).
Apolonia tenía un salón literario sólo frecuentado
por hombres, y Theóphile Gautier, el autor de Émaux
et cammées a quien Baudelaire dedica Las flores del mal,
le dirigió su célebre Lettre á la Présidente
que suele circular en series dedicadas a la pornografía.
Sin embargo, su amigo el gran fotógrafo Nadar afirma que
Baudelaire jamás consumó el acto sexual con ninguna
de las dos.
Las imágenes de la mujer y de la muerte se mezclan en la
poesía de Baudelaire con la imagen de París. El París
de Baudelaire es una ciudad hundida y más submarina que subterránea.
Allí la modernidad revienta el ideal y lo transforma en spleen.
Para Walter Benjamin, que escribió sobre Baudelaire en la
etapa ascendente del nazismo (1933-1940), Las flores del mal son
la última obra de poesía lírica que ha tenido
resonancia europea: ninguna obra posterior ha trascendido los límites
de un círculo lingüístico más o menos
limitado. A ello debe añadirse que Baudelaire ha volcado
su capacidad creadora casi exclusivamente en este libro. Y no puede
negarse que algunos de sus temas vuelven problemática la
posibilidad misma de la poesía lírica.
Pacheco.
Escritor, traductor y poeta. En el año 2000 el Fondo de Cultura
Económica reunió sus seis libros de poemas en el volumen
Tarde o temprano.
***
Ocho
poemas de Charles Baudelaire
versiones de JOSÉ EMILIO PACHECO
La
cabellera
Manantial
que se encrespa y llega a la cintura
En perfumes y rizos. El desvelo ha marcado
La región donde brota la cálida ventura.
El recuerdo se duerme sobre este río extasiado
Que destella en el aire como un astro incendiado.
Alto
país de sombra, pradera calcinada,
Orbe oscuro y radiante o sol ennegrecido
En tinieblas y abismos, negra joya aromada:
Si el alma de los otros en la música nada
Mi corazón inerme en tu pelo ha dormido.
Caminaré
hasta el sitio de cuerpos vegetales
Donde la savia enciende las feroces pasiones.
Que tus trenzas sean olas, impulsos torrenciales.
Naveguen, mar de ébano, mis sueños las visiones
De mástiles, remeros, negras embarcaciones.
Para
mí eres la playa en que el alma ha tomado
Las aguas del sonido, el perfume, el color;
En donde los navíos sobre el tapiz salado
Del mar sueltan las velas ante un desaforado
Cielo oscuro en que vibra un eterno calor.
Dichosamente
herido, hundiré la cabeza
En ese océano bruno que al mar ha encarcelado.
Y mi espíritu roto, sangrante y destrozado
Podrá gozar de nuevo la terrible belleza,
El combate y la dicha del amor recobrado.
Tus
cabellos azules, tinieblas desatadas,
Me devuelven al cielo que por negro azulea.
Allí en sus confluencias, lianas entrelazadas,
Me dominan y anegan las nubes hechizadas
Del aceite de coco, el almizcle y la brea.
Amada,
eternamente mi mano en esa altiva
Región que es tu cabello sembrará mil diamantes
Para que mi deseo no rehúses esquiva.
Eres sombra y ensueño y puerto de embriagantes
Licores que enardecen nuestra dicha nociva.
El
albatros
Por
divertirse, a veces, los crueles marineros
Derriban un albatros, gran pájaro nevado.
Él sigue desde el cielo los azules senderos
De las naves que surcan el desierto salado.
Inerme,
escarnecida, derribada en cubierta
La inmensa ave marina, blanca y avergonzada,
Mueve sus tristes alas en una danza muerta,
Como inútiles remos de una nave encallada.
Qué
triste y desvalido se halla el viajero alado,
Tan hermoso y tan ágil cuando reina en el cielo.
Los infames marinos el pico le han quemado
Y rengueando se burlan de su inválido vuelo.
El
poeta recuerda a ese rey abatido
Que tormentas y flechas ha logrado esquivar.
Entre burlas y risas al suelo reducido,
Sus alas de gigante le impiden caminar.
Sed non satiata
Extraña
diosa bruna, semejante a la noche
Y al aroma mezclado de almizcle y de tabaco.
Obra de algún conjuro, engendro demoníaco,
Calcinada hechicera, ser de la medianoche.
No
quiero opio ni sombras ni brebajes: ansío
El vino de tu boca donde el amor es llama.
Hacia ti mis deseos parten en caravana.
Tus ojos son dos pozos en que bebe mi hastío.
En
esos grandes ojos que anhela quien te ama,
Oh demonio insaciable, me devora tu llama,
El fuego que robaste al cielo y el infierno.
Si
este placer prohibido tiene un castigo eterno,
Es un precio que vale la dicha de tenerte
Y fundir en tu abrazo el amor y la muerte.
El
vampiro
Tú,
como una puñalada,
Entraste en mi corazón,
Semejante a una legión
Que se agita endemoniada.
En
mi espíritu humillado
Fincaste tu residencia.
Y me oprime tu presencia
Como cadena al forzado.
Como
al tahúr la baraja,
Como al ebrio una botella;
Gusano que al muerto mella
Y maldición que lo ultraja.
Rogué
a un veneno mortal
Que de ti me separara,
Y también que te matara
Le supliqué a mi puñal.
Los
dos, en complicidad,
Mi petición rechazaron:
“No mereces”, afirmaron,
“El goce de libertad”.
“Pues
si muerta la encontraras,
Inerte y ya sin respiro,
A besos resucitaras
Su cadáver de vampiro.”
Los
gatos
Los
amantes ardientes y los sabios austeros
Aman del mismo modo, cuando la edad declina,
Al gato fuerte y dulce, maravilla felina,
Que en la sala se esconde de los fríos traicioneros.
Amigos
de la ciencia y la voluptuosidad,
Indagan el silencio y el horror de lo oscuro.
Seguirían del Erebo el fúnebre conjuro
Si algún amo pudiera vencer su vanidad.
Adoptan
mientras duermen las nobles posiciones
De las pétreas esfinges que en la arena desierta
Sueñan el sueño insomne de quien nunca despierta.
En
sus flancos fecundos duermen constelaciones.
Y partículas de oro, haces de magia incierta,
Encienden sus pupilas con místicas visiones.
Obsesión
Grandes
bosques: me espantan como las catedrales;
Como órganos aúllan. El corazón maldito
—Cripta de eterno luto y de ecos funerales—
Oye su De profundis, su dolor infinito.
Océano,
te aborrezco. Tus olas y tumultos
Se duplican en mi alma. Y la risa inclemente
Del hombre derrotado a quien cercan insultos
Suena como la risa del oleaje doliente.
Noche,
me encantarías sin tus abominables
Astros que con luz hablan una lengua callada.
Porque anhelo el vacío, la oscuridad, la nada;
Y las
sombras dibujan los cuadros imborrables
Donde habitan los seres de que está hecha mi vida
Y me observan ahora desde su eterna huida.
A
la que pasa
La
avenida estridente en torno de mí aullaba.
Alta, esbelta, de luto, en pena majestuosa,
Pasó aquella muchacha. Con su mano fastuosa
Casi apartó las puntas del velo que llevaba.
Ágil
y ennoblecida por sus piernas de diosa,
Me hizo beber crispado, con un gesto demente,
En sus ojos el cielo y el huracán latente,
El dulzor que fascina y el placer que destroza.
Relámpago
en tinieblas, fugitiva belleza,
Por tu brusca mirada me siento renacido.
¿Volveré acaso a verte? ¿Serás eterno
olvido?
¿Jamás,
lejos, mañana?, pregunto con tristeza.
Nunca estaremos juntos. Ignoro adónde irías.
Sé que te hubiera amado. Tú también lo sabías.
Recogimiento
Cálmate,
dolor mío, y tu angustia serena.
Anhelabas la noche. Ya desciende. Aquí está.
Una atmósfera oscura cubre a París. Traerá
A unos cuantos la paz, a otros muchos la pena.
Mientras
la muchedumbre que se rinde al placer
—Su verdugo inclemente— por las calles anhela
Cazar remordimientos bajo la noche en vela,
Tú, dolor, ven a mí. Dame la mano al ver
Que
es posible escaparse de los ya muertos años.
Con sus antiguos trajes en el balcón celeste
Ya brotan, como salen del mar los desengaños,
Cuando
el sol, bajo un arco, se muere en lontananza.
Ahora, tal un sudario que desciende del este,
Observa, mi dolor: la inmensa noche avanza.
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