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Los objetos son más locuaces de lo que suponemos. No sólo hablan en nombre de su propia historia sino en el de la cultura, al menos desde que la humanidad se puso a conjugar los verbos fabricar, confeccionar, diseñar. En la corbata que llevamos puesta, por ejemplo, está inscrito el día en que Luis XIV conoció al cuerpo de elite de soldados croatas, ataviados con pañuelos al cuello que anudaban en forma de flor; en los relojes podemos hallar constancia del esplendor de la China antigua y del imperio maya. Los objetos tienen memoria. Por desgracia, son tan cercanos a nuestras ceremonias cotidianas que pasamos por alto este detalle. Dejemos ahora que hablen y revelen sus secretos. |
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Ojos para una segunda vida Por Héctor de Mauleón |
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Decían que con aquellos oculi de vitro cum capsula, Roger Bacon podía mirar desde Oxford lo que estaba sucediendo en París. La gente se detenía en la calle para mirar el extraño objeto que Bacon se ponía en el rostro: una horquilla construida de tal modo que pudiera montarse en la nariz de un hombre como el jinete en el lomo de su caballo. Corría el rumor de que con aquel objeto era posible leer manuscritos redactados en letras pequeñísimas y se decía que los sabios, muertos después de los cincuenta para la lectura y la escritura, adquirían, gracias a los lentes, una segunda vida. Habían surgido al final del siglo XIII, en los talleres de vidrio de Murano, en Venecia, y despertaron con rapidez el asombro de los hombres: traían de nueva cuenta la luz, en la edad de la sombra y las tinieblas. Umberto Eco novela, en El nombre de la rosa, su aparición en el mundo: “Con aquello delante de sus ojos, Guillermo solía leer, y decía que le permitía ver mejor que con los instrumentos que le había dado la naturaleza, o, en todo caso, mejor de lo que su avanzada edad, sobre todo al mermar la luz del día, era capaz de concederle”. En 1352, irrumpieron por primera vez en una pintura: Tomás de Modena recibió el encargo de hacer el retrato del cardenal Hugo de Provenza, y lo pintó en un fresco de la iglesia de San Nicolás, en Treviso, inclinado sobre su escritorio, redactando un documento con la mano izquierda, y portando unas extrañas gafas que eran sólo dos pequeños aros. Ya desde entonces, ser miope y zurdo resultaba una costumbre de la gente. Además de objetos modernísimos, los lentes eran entonces objetos utilizados sólo por personas mayores y de cierto nivel intelectual. Comenzaban a ser asociados, sin embargo, con el ridículo, y sus usuarios eran víctimas de toda clase de burlas. Los españoles los llamaban antojos. Según un estudio de Agustín González-Cano, de la Sociedad Española de Oftalmología, la primera aparición de los lentes en la poesía se da en el siglo XIV y se debe a Alfonso de Villasandino: Mal oyo e bien non veo. ¡Ved, señor, qué dos enojos! ¡Mal pecado! sin antojos Ya non escrivo nin leo. González-Cano documenta que, a partir de entonces, los anteojos aparecieron de modo frecuente en la literatura española, en especial durante el Siglo de Oro: salpican páginas enteras de Lope, y también de su rival Cervantes. Góngora se burlaba de los lentes de Quevedo y, en clave escatológica, le dedicó estos versos: Con cuidado especial vuestros antojos dicen que quieren traducir del griego no habiéndolo mirado vuestros ojos Prestádselos un rato a mi ojo ciego, porque a la luz saque ciertos versos flojos, y entenderéis cualquier gregüesco luego. En 1590, desembarcó en Veracruz don Luis de Velasco, que había sido nombrado decimoprimer virrey de la Nueva España. Sólo existe en el mundo una pintura suya: de acuerdo con los entendidos, la obra posee un valor incalculable, pues es la única referencia sobre el uso de lentes en la Nueva España. “Son lentes con montura metálica o de material rígido, contorno redondo, con una pinza pronunciada para sujetarlas a la altura de la nariz, y un sistema a modo de varilla no rígida formada por un cordel que bien puede ser material de fibra vegetal u orgánico. La forma redondeada del puente recuerda la de los quevedos, aparecida en el siglo XV”, escriben María Luisa Calvo y Jay M. Enoch en un estudio sobre el uso de lentes correctoras en las colonias del Nuevo Mundo. Cuando don Luis de Velasco desembarcó con aquel raro instrumento montado sobre la nariz, debió dar la impresión de que se trataba de un funcionario que podía ver con claridad realidades de otro modo ocultas. Los miembros de su corte debieron pensar que a don Luis no iba a pasarle lo que a su señor padre, el primer Luis de Velasco, a quien los criollos montaron la conspiración destinada a asesinarlo. Don Luis lo hizo bien, al parecer. Del virreinato de México lo enviaron al de Perú, donde leyó, con esos mismos lentes, el Quijote, y debió sonreír al encontrar la frase de Sancho: “Que el amor, según yo he oído decir, mira con unos antojos que hacen parecer oro al cobre, a la pobreza, riqueza, y a las lagañas, perlas”. De Mauleón. Su libro más reciente es Como nada en el mundo (Joaquín Mortiz, 2006). |
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| + Tiempo y control por Daniel González Dueñas | Ojos para una segunda vida por Héctor de Mauleón + Brasieres y otras sujeciones por Ana Clavel | ¿Dónde están mis llaves? por Rafael Muñoz Saldaña + Ya quítate la peluca por Roberto Pliego | Las vueltas de la corbata por José Homero |
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