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Por Jorge Ibargüengoitia
HLeí en el papel las letras mayúsculas escritas a
mano:
“MVORTSGHORO
XANACVWRJIP
FUCADSG...”, etcétera.
Gilberto Sullivan me miraba con impaciencia.
—¿Entiendes lo que dice? —preguntó.
—¿Mvortsghoro o fudcasg?
Me quitó el papel y señaló las letras que estaban
al final del primer renglón y al principio del segundo.
—Aquí dice “Roxana”.
Era la transcripción parcial de los resultados de la primera
sesión de espiritismo, a la cual no asistí. Gilberto
Sullivan había llegado un mediodía a mi casa, me había
mostrado el papel y relatado lo que había ocurrido la noche
anterior. Varios amigos se habían reunido en el departamento
de León y Salka Jitchkov y, sin muchas ganas, casi por aburrimiento,
habían improvisado una ouija. Habían escrito las letras
del alfabeto en pedacitos de papel, las habían puesto formando
una circunferencia sobre una mesa para café, habían
agregado otros dos pedacitos de papel con las palabras “sí”
y “no”, habían pues-
to sobre la mesa, boca abajo, el vasito más ligero que había
en la casa, sobre el cual dos de los concurrentes habían
colocado las yemas de dos dedos, apenas tocándolo, hasta
que el vaso, sin que nadie lo empujara, había empezado a
deslizarse sobre la mesa y llegado hasta las letras. Habían
apagado la luz eléctrica, encendido una vela y hecho la transcripción
que teníamos enfrente.
—Berta me envió un mensaje —dijo Gilberto Sullivan.
Berta, su esposa, había muerto dos años antes.
—¿Qué te dice? —pregunté.
—No se entendió claramente.
Además de Roxana, habían estado en contacto con otro
espíritu, llamado “Mening”, que les había
prometido “manifestarse” la noche siguiente, es decir
“esa” noche.
—¿No quieres ir?
Dije que no. En parte por incrédulo, pero sobre todo por
celos sociales: me molestaba que mis amigos se hubieran reunido
en casa de León y Salka sin invitarme.
En la segunda sesión, que Gilberto me describió al
día siguiente, ocurrieron fenómenos inexplicables.
Mening cumplió lo que había prometido y se manifestó
varias veces. Pidió que apagaran la vela, que se pusieran
de pie y se tomaran de las manos hasta formar un círculo,
que caminaran de lado hasta completar una vuelta y luego se soltaran
y guardaran silencio. Al cumplir con estas instrucciones oyeron,
en una ocasión, voces extrañas, que provenían
de un librero, que parecían quejarse en un idioma ininteligible;
en otra, un ruido que les pareció sobrenatural y que resultó
ser el que hacían todas las llaves del agua que había
en la casa, que un instante antes habían estado cerradas,
chorreando a toda capacidad. La tercera manifestación fue
la más impresionante. Mening la había anunciado para
las dos de la mañana en punto: ellos apagaron las luces,
hicieron la rueda, giraron, se soltaron, guardaron silencio y no
pasó nada. Cuando cada uno pensaba que no iba a haber manifestación,
dice Gilberto que sintió “que había una presencia”
a su espalda.
Dejó su lugar en el círculo y procurando no hacer
ruido fue a la puerta del departamento y la abrió. Frente
a él, en el pasillo iluminado, había una figura de
mujer.
Varios gritaron aterrados, inclusive la mujer que estaba en el pasillo,
que era la criada de León y Salka, que había tenido
el día libre, regresaba a la casa muy tarde y estaba desde
hacía un rato con la oreja pegada en la puerta, porque al
ver la rendija se había dado cuenta de que la sala estaba
a oscuras y sin embargo oía adentro ruido de pasos y de gente
que se movía.
Decidí asistir a la tercera sesión y a todas las que
siguieran.
Como suele ocurrir cuando uno tiene esperanzas de ver algo notable,
esa noche no ocurrió nada extraordinario.
—Hubieras venido ayer, cuando oímos las voces —dijo
Salka, que era la más perturbada.
Logramos contacto varias veces con Roxana, pero después de
deletrear su nombre, el vasito se iba deteniendo en letras cuya
secuencia no tenía ningún sentido, S M O R V D R O
R, por ejemplo.
—Pregúntale si quiere decir “smorgasbord”
—dijo David Jitchkov, hermano de León.
—¿Quiere decir “smorgasbord”? —preguntó,
con los ojos cerrados, Horacio Recto, uno de los que estaba moviendo
el vasito.
El vasito se desvió abruptamente y fue a parar encima de
la palabra “no”.
Cambió la pareja que ponía los dedos sobre el vasito
y cuando éste empezó a deslizarse muy lentamente,
Olga Felegrini, que en tres noches de aprendizaje había adquirido
un tono profesional, preguntó:
—¿Hay alguien aquí presente?
“S I”
—Dinos tu nombre.
“N O”
—¿Eres hombre o mujer?
“E L L A”
—Es mujer —dedujo en voz alta Míriam, la esposa
de David Jitchkov.
Ignorando esta interrupción, Olga preguntó:
—¿Tienes algún mensaje para alguno de los que
aquí estamos?
“N O”
—Pregúntale si podemos hacerle preguntas —sugirió
Salka.
Olga hizo la pregunta y el vasito dijo “S I”.
Hubo un momento de confusión, porque nadie se había
puesto a pensar qué cosa se le puede preguntar a un espíritu.
Hubo sugerencias: que cuántos años tiene, o que cuántos
años tiene de muerta, o qué edad tenía cuando
murió, o de qué se murió, etcétera.
—¿Cómo es el más allá? —preguntó,
de motu proprio, Olga Felegrini.
“I G U A L Q U E A C A”
A pesar de respuestas como ésta, a la mayoría de los
asistentes nos pareció fascinante la sesión. Aunque
los mensajes fueran indescifrables o completamente banales, en la
ceremonia que hicimos había algo, si no sobrenatural, cuando
menos fuera de lo común. Yo sentí —o creí
sentir— que mis dedos apoyados levemente sobre el vaso, sin
aplicar ninguna fuerza, lo hacían deslizarse sobre
la superficie de la mesa hasta llegar a una letra y luego a otra,
y a veces la sucesión de estas letras formaba una palabra.
¿No era esto suficientemente notable? Estábamos en
comunicación con... algo.
Nos reuníamos todas las noches. A veces sin resultados, otras,
ocurrieron cosas francamente espectaculares. León Jitchkov,
a pesar de ser el más escéptico del grupo, era el
que tenía más suerte, o mejor disposición para
mover el vasito: la mayoría de los contactos con Mening o
con Roxana ocurrieron cuando él era uno de los operadores.
En cambio, Gilberto Sullivan, Salka y yo, que estábamos convencidos
de estar en contacto con los espíritus, teníamos mala
influencia y nuestras intervenciones generalmente inmovilizaban
el vasito o bien lo hacían formar palabras sin sentido. Pero
no era cuestión de convencimiento porque Horacio Recto y
Mario Felegrini, que tenían fe, eran buenos médiums.
No recuerdo qué efecto tenían sobre la ouija ni David
Jitchkov, que era escéptico, ni Míriam, su esposa,
que era creyente. Olga Felegrini era excelente para tratar con los
espíritus y hacerles preguntas con voz solemne; Ifigenia
Trejo tenía, en cambio, una intuición notable para
separar las palabras y predecir la siguiente letra en que iba a
detenerse el vasito. Todos desconfiábamos de Salvador Trejo,
porque era un cínico en la vida real y pretendía —sospechábamos—
creer a pie juntillas que todo lo que ocurría en las sesiones
era realmente sobrenatural. Gilberto Sullivan estuvo convencido,
desde la primera sesión hasta la última, de que todos
los mensajes recibidos iban dirigidos a él. Horacio Recto
dejó de asistir a partir de la quinta o sexta sesión,
porque empezó a tener experiencias sobrenaturales en su propia
casa: un íncubo, nos dijo, se había metido en su recámara.
Una noche, después de una sesión que nos pareció
larguísima y especialmente aburrida, logramos contacto con
un espíritu que dijo haber sido mujer y que al ser interrogado
por Olga Felegrini respecto a su vida contestó:
“F U I M A L A V E S T I D E R O J O”
Después de señalar estas letras, el vasito —no
recuerdo quién lo movía— empezó a moverse
con tanta violencia que se cayeron los papelitos y tuvimos que suspender
la reunión.
Otra noche Mening anunció que iba a manifestarse “por
medio del agua”, pero a pesar de que tomamos las medidas de
costumbre y repetimos las providencias varias veces, no pasó
nada. Pero a la mañana siguiente, cuando Salka entró
en el baño, encontró, parado en el tubo de la regadera,
un canario. Salka dice que tuvo al principio un sobresalto, pero
que se dominó y logró coger el canario y meterlo en
una jaula vieja que tenía en la casa. El canario parecía
muy tranquilo. Salka no sabía si estaba ante un canario común
y corriente que se había metido accidentalmente por la ventila
del baño, que siempre estaba abierta, o ante una manifestación
de Mening que hubiera pasado inadvertida la noche anterior. El caso
es que Salka dejó el canario en la jaula sobre la mesa de
la cocina. Cuando terminó de arreglarse, regresó a
la cocina y encontró la jaula vacía.
En otra ocasión nos reunimos en la casa de los Felegrini,
que tenía piso de duela y una escalera en la sala que conducía
a la parte superior. Las instrucciones que dio Mening esa vez para
preparar su manifestación fueron diferentes: en vez de hacer
la rueda tomados de la mano, deberíamos hacerla poniendo
las dos manos sobre los hombros del que iba adelante y dar tres
vueltas en vez de una sola. Obedecimos. Al principio oíamos
en la oscuridad los pasos de los ocho caminando sobre el piso
de duela, pero a la segunda vuelta el ruido de los pasos se transformó
hasta convertirse en una especie de quejido que, a mí, cuando
menos, me pareció aterrador. Cuando encendimos la luz nos
dimos cuenta de que habíamos estado caminando sobre azúcar
granulada que alguien había regado en el piso. A la siguiente
manifestación nos cayeron a varios, sin lugar a dudas, gotas
de agua. A la tercera se cayó un biombo ruidosamente. A la
cuarta, aparecieron unas letras ilegibles, pintadas de gris, en
un cuadro antiguo. En un descanso que tuvimos, varios entramos en
la cocina a comer algo y de pronto vimos que a Salvador Trejo “se
le oscurecía el semblante”. Dijo:
—Miren.
Vimos que la puerta del clóset se abría lentamente,
sin que nadie la empujara ni nadie la hubiera jalado.
En la segunda parte de la sesión logramos establecer contacto
con Roxana. Pidió que Salka subiera al baño del primer
piso y viera lo que había en la tina. Salka dijo que se sentía
demasiado nerviosa y no quiso ir sola, por lo que Gilberto Sullivan
se ofreció a acompañarla. Los vimos subir la escalera
y caminar por el pasillo del primer piso y después no vimos
nada, porque se apagaron las luces. A tientas busqué el camino
hacia la entrada de la casa, en donde supuse que estaría
el medidor. Cuando llegué al vestíbulo se encendió
la luz. Allí, en efecto, estaba el medidor y Felegrini tenía
la mano en el interruptor.
—Cabrón —le dije.
Él me hizo seña de que no dijera nada. Regresamos
a la sala en el momento en que Salka y Gilberto Sullivan bajaban
por la escalera. Parecían diez o veinte años más
viejos: Salka se apoyaba en Gilberto, ambos caminaban lentamente.
—Felegrini apagó la luz —dije.
Todos se molestaron. Gilberto y Salvador Trejo le dijeron a Felegrini
que por hacer esa broma tonta había desvirtuado una serie
de experiencias de lo más interesante.
Ni Salka ni Gilberto alcanzaron a ver si había algo en la
tina, porque la luz se apagó en el momento en que descorrían
la cortina de plástico y salieron del baño a oscuras.
Salka se negó a subir otra vez. Otros subimos al baño
y no encontramos nada en la tina, pero después de todo, Roxana
había pedido que Salka subiera, no que los demás subiéramos.
Decidimos hacer una pausa en nuestras sesiones y suspender la siguiente,
porque todos, o casi todos, comprendimos que nuestras relaciones
con los espíritus —o lo que fuera— estaban afectando
nuestras vidas considerablemente.
Durante esa temporada los días eran para mí no sólo
llenos de luz, sino lógicos. ¿Cómo es posible,
pensaba de día, que cuando alguien se muera se quede flotando
por allí parte de la personalidad del difunto, sin otra función
que la de asistir a reuniones de ociosos, hacer suertes —llamadas
manifestaciones— y contestar preguntas que son completamente
idiotas —igual que las respuestas—? Pero se metía
el sol y todo lo que me circundaba parecía lleno de amenazas
y de significados ocultos.
Al día siguiente de la reunión en casa de los Felegrini
pasé la mañana escribiendo y en la tarde fui al cine
Latino. Cuando terminó la función y salí a
la calle era de noche.
Caminé por Reforma hasta llegar a la esquina y di la vuelta
en la calle de Génova. Avancé unos metros y me detuve.
A tres cuadras de distancia, en la marquesina del cine Insurgentes,
alcancé a leer, en letras rojas de neón: R O X A N
E.
Fui hacia el letrero con una mezcla de curiosidad y temor. Al llegar
a la taquería que estaba entonces enfrente del cine —esto
ocurrió antes de que construyeran el Metro— me di cuenta
de que lo que había visto era una casualidad rarísima,
pero al mismo tiempo perfectamente natural: el letrero decía
en realidad “próximamente”, pero se habían
fundido los tubos de varias letras hasta quedar nomás Roxane.
Acababa de hacer esta reflexión cuando me di cuenta de que
debajo de la marquesina estaban los Trejo. Crucé la calle
antes de que ellos me vieran y al acercarme me di cuenta de que
estaban peleando.
—Ah, hola —dijo Salvador y me explicó el motivo
del pleito:
Ifigenia había aceptado una invitación a cenar con
un grupo en el que había una mujer que, según Salvador,
era lesbiana y pretendía seducirla. Salvador había
entrado en el restaurante de chinos en donde los otros estaban esperando
a que les trajeran la cena y había sacado a Ifigenia a jalones.
Habían caminado dos cuadras discutiendo hasta detenerse debajo
de la marquesina del “Insurgentes”. Ifigenia, que estaba
complacida de haber sido objeto de tanto celo, dijo que tenía
hambre.
—¿Ya vieron lo que dice la marquesina? —pregunté.
Volví a cruzar la calle con ellos, que tuvieron la misma
reacción que yo al ver las letras de neón. Decidimos
que era una casualidad demasiado rara para ser natural coincidir
los tres en aquel lugar a esa hora debajo de un letrero que decía
“Roxana” —o “Roxane”— y que
urgía hacer otra sesión.
Fue facilísimo convocarla, porque los Felegrini estaban a
dos cuadras, en un ensayo teatral, y León y Salka estaban
en su casa. Aparte de esto no pasó nada. Fue la sesión
más inútil que tuvimos.
La siguiente reunión —que estaba destinada a ser la
penúltima— fue en casa de David y Míriam Jitchkov,
que vivían en Las Lomas. Después de una comunicación
con Mening, a alguien se le ocurrió buscar ese nombre en
la enciclopedia que había en la casa. David sacó el
tomo de la M y lo estuvimos hojeando. No encontramos Mening, pero
sí “meninge” y “meningitis”.
—Debe ser un mensaje dirigido a mí —dijo Gilberto
Sullivan-—. Meningitis es la enfermedad que yo he de tener.
Volvimos a la ouija. Al cabo de un rato, Mening nos pidió
que buscáramos su nombre en la enciclopedia. A pesar de que
acabábamos de hacerlo inútilmente, David volvió
a sacar el tomo y volvimos a hojearlo. “Mening”, por
supuesto, no estaba, pero tampoco estaba “meninge” ni
“meningitis”.
Ver aquella página de la que habían desaparecido sin
dejar huella dos textos que yo acababa de leer, fue para mí
la experiencia más inquietante que había tenido hasta
entonces. Sólo aparecía “meningeo: referente
o perteneciente a las meninges”, ¿cuáles meninges?
Después, Mening anunció que iba a manifestarse, pero
en la calle. Salimos a la calle —afortunadamente era muy noche
y nadie nos vio—, hicimos la rueda agarrados de la mano y
dimos la vuelta y nos soltamos. La casa de David y Míriam
estaba en
la plazoleta a la cual desembocaban varias calles que bajaban de
la loma. Vimos primero una luz lejana, oímos un ruido y luego
distinguimos los faros y el motor potente de un coche que bajaba
la cuesta a toda velocidad. Parecía un fenómeno sobrenatural,
pero afortunadamente dos cuadras antes de llegar a donde nosotros
estábamos el coche se desvió y tomó una calle
transversal. Respiramos aliviados. Entonces nos dimos cuenta de
que la luz del portal, que estaba apagada cuando habíamos
salido a la calle, se había encendido. Esta manifestación
nos pareció banal, comparada con la desaparición de
dos palabras en la enciclopedia o el coche bajando la cuesta.
—¿Ya supiste la noticia? —me preguntó
Salka cuando llegué a su casa al día siguiente—.
León y David confesaron.
—¿Confesaron qué cosa?
Mientras Salka explicaba lo que había ocurrido fueron llegando
los demás. Cuando terminó el relato estábamos
presentes todos. Dijo Salka que al ver los efectos que las sesiones
espiritistas estaban teniendo en algunos de los asistentes —Horacio
Recto dormía en un cuarto lleno de azucenas y ajos y Gilberto
Sullivan había ido a una iglesia a pedir que le hicieran
un exorcismo—, los hermanos Jitchkov habían decidido
confesar la verdad: ellos habían empujado el vasito, inventando
el nombre de Mening y adoptado el de Roxana, que había aparecido
por casualidad en la primera sesión, ellos también
habían arreglado las manifestaciones: las voces ininteligibles
que salían del librero eran un radio pequeño sincronizado
en onda corta, que León había tenido tiempo de encender
mientras los demás daban vueltas en círculo agarrados
de la mano, la manifestación por medio del agua se había
logrado cerrando primero la válvula maestra del departamento,
que conectaba con la tubería general, abriendo después
todas las llaves de la casa y por último, cuando se apagaban
las luces, abriendo la válvula maestra; ellos habían
regado azúcar en el piso, nos habían echado chisguetes
de agua contenida en globitos, habían sacado un tomo normal
de la enciclopedia cuando buscábamos el nombre de Mening
y un tomo con agregados en el que vimos que habían desaparecido
las palabras meninge y meningitis, etcétera.
El efecto de la confesión de los hermanos Jitchkov en los
que habíamos sido sus víctimas fue inesperado. En
vez de aceptar que las experiencias que habíamos tenido en
las últimas semanas habían sido una ilusión
cómica, todos, menos León y David Jitchkov, nos quedamos
convencidos de que sí había sido una serie de bromas,
pero también había habido contacto con... algo.
La última sesión ocurrió en casa de los Trejo.
Estuvimos presentes nomás León y Salka, Salvador e
Ifigenia, Gilberto Sullivan, Horacio Recto y yo. Los Felegrini y
David y Míriam no asistieron. Al principio parecía
que iba a ser una sesión como todas las demás: Mening
mandó un mensaje, que se iba a manifestar, pero cuando esto
iba a ocurrir, alguien encendió la luz antes de tiempo y
vimos a León Jitchkov moviendo los botones de un radio en
que no se podía oír más que la Hora Nacional.
Se puso de tan mal humor por haber sido descubierto que se acostó
en un sofá y se quedó dormido.
Salka y Horacio Recto, los más inocentes del grupo, pusieron
los dedos sobre el vasito. Vimos que empezaba a deslizarse, casi
imperceptiblemente al principio, y después de una manera
más definida.
—¿Hay alguien aquí? —preguntó Salvador.
“S I”
—¿Quieres dar algún mensaje a alguno de los
que estamos aquí presentes?
Muy lentamente el vasito osciló cuatro veces y se detuvo.
“K O K O”
—Es para mí —dijo Gilberto Sullivan.
Salvador pidió que se repitiera el nombre de la persona con
quien quería comunicarse y la ouija marcó: K O K O.
En mi mente flotaba el recuerdo impreciso de algo ocurrido casi
veinte años antes: era una partida de Gim Rummy entre mi
tío Pepe Méndez, su hijo Jorge y yo.
—¿Por qué creen que se juntaron los Tres Grandes
en Teherán? —me preguntó mi tío esa tarde—.
¿Para discutir la ofensiva contra Alemania? No. Se juntaron
para jugar Gin Rummy.
Mi tío Pepe Méndez, que llevaba la cuenta del juego,
había hecho tres columnas en un papel y en la cabeza de cada
una había puesto: “YO”, “COCO” y
“KOKO”, porque su hijo y yo nos llamábamos Jorge
y a los dos nos decían Coco. A mí, por ser de los
Cocos el más extraño para mi tío, me había
tocado la ortografía exótica.
—¿Eres pariente mío? —pregunté.
“T I O”
—¿Cómo te llamas?
“P E P E”
—¿Qué mensaje tienes?
“D I L E A J O S E F I N A Q U E L A A M O Q U E L A A M O”
—¿Quién es Josefina? —pregunté.
“L A E S P O S A D E C H A R L I E”
Sentí un escalofrío, porque el hermano de mi tío
Pepe —que era pariente político mío— se
llamaba Carlos Méndez. Su esposa era una actriz conocida,
pero no pude recordar entonces ni su nombre ni su apellido.
—¿Qué profesión tiene?
“T E A T R O”
—¿Cómo se apellida?
“M O R E N O D I L E Q U E L A A M O Q U E L A A M O Q U E
L A A M O...”, etcétera.
Cuando llegué a mi casa, entré en el cuarto de mi
madre y la desperté.
—¿Cómo se llama la esposa de Carlos Méndez?
Me contestó casi inmediatamente:
—Josefina Moreno.
—Gracias. Que pases buena noche —dije y salí
del cuarto.
Ni a Josefina Moreno ni a Carlos Méndez ni a mi madre les
dije lo que había pasado. Ahora ya no importa y es demasiado
tarde: los tres están muertos.
Ibargüengoitia .
Autor de Dos crímenes y Maten al león, reeditados
por la editorial Joaquín Mortiz.
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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