El
simbolismo surge en México en la última década
del siglo XIX: 1898 resulta una fecha clave.
Es el año en que empieza a publicarse la Revista moderna
(1898-1911), que habrá de convertirse en vocero representativo
del modernismo en Hispanoamérica, y adquirirá celebridad
notoria merced, entre otras razones, a las ilustraciones de Julio
Ruelas (1870-1907). En aquel año se organizó también
la que sería la última de las exposiciones que, a
lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, tuvieron por sede a
la antigua Academia de San Carlos (desde 1867, Escuela Nacional
de Bellas Artes): la vigésimotercera exposición cuya
inauguración se pospuso, por problemas de último momento,
hasta enero de 1899. En las salas de esta muestra multitudinaria,
donde por primera y única ocasión alternaron artistas
nacionales y españoles, el público mexicano se enfrentó
a las creaciones de los por entonces neófitos escultores
Fidencio Nava (1869-1938) y Enrique Guerra (1871-1943), tocadas
por el simbolismo rodiniano propio del fin de siglo, introducido
a México por Jesús Contreras (1866-1902); y de los
pintores Germán Gedovius (1867-1937) y Julio Ruelas, quienes
habían completado su formación profesional en Munich
y Karlsruhe, donde asimilaron los muy carnales modos expresivos
del simbolismo germánico á la Boecklin.
Pese a los predecibles anatemas de críticos tradicionalistas,
como Manuel G. Revilla, las modernas formas de expresión
llegarían a aclimatarse en el propio ámbito académico
al correr de unos cuantos años, cuando en 1903 Gedovius y
Ruelas fueron incorporados al claustro profesoral de la Escuela
Nacional de Bellas Artes.
En septiembre de 1910, el régimen dictatorial de Porfirio
Díaz celebró con fiestas muy rumbosas el Centenario
de la Independencia, como una suerte de apoteosis triunfalista de
los logros del régimen luego de más de 30 años
de paz y bajo la doble consigna de “orden y progreso”
y “poca política y mucha administración”.
Entre los eventos organizados con tal motivo, tuvo lugar una importante
exposición de artistas mexicanos en patio y salones de la
Escuela de Bellas Artes. La mayor parte de los exponentes fueron
alumnos y profesores del plantel, más algunos artistas simpatizantes,
ajenos al establecimiento; entre otros, concurrieron los estudiantes
que hasta aquel año miliar habían estado pensionados
en Europa, “perfeccionando” sus estudios. Pues bien,
lo que en aquella muestra prevalecía eran obras impregnadas
de los principios estéticos simbolistas. Podría afirmarse,
pues, que para estas fechas el simbolismo había llegado a
ser el estilo dominante en el propio recinto académico, mechado
con expresiones tardías de un impresionismo con ribetes “primitivistas”
y algunas otras alineadas con el naturalismo.
Lo que la exposición de 1910 puso también en evidencia
era que los asuntos de carácter “cosmopolita”,
que dieron materia a las reflexiones plásticas de Contreras,
Ruelas, Gedovius y Alberto Fuster (1870-1922), es decir, a los simbolistas
de la primera hora, así como a los jóvenes pensionados
recién desembarcados en Europa —Diego Rivera (1886-1957),
Roberto Montenegro (1887-1968), Ángel Zárraga (1887-1946)—
estaban siendo desplazados, en la obra de los artistas locales,
por una temática enraizada en la iconografía “propia”
(leyendas y mitos, figuras y paisajes nacionales), sin perder por
ello el sello simbolista. Un fenómeno que también
se dio, dentro del simbolismo internacional, en las expresiones
de países como Finlandia, Polonia y otros que, por problemas
políticos o de otra índole, requerían afirmar
su identidad nacional.
Lo mismo podría decirse del caso de España, con cuyas
expresiones artísticas los mexicanos acabaron por reconocer
de nuevo una afinidad profunda. No hay duda de que el desastre de
‘98, al arrollar los últimos vestigios del antiguo
imperio hispánico y marcar el concomitante ascenso meteórico
del protagonismo estadounidense, obligó a replantearse en
nuevos términos la espinosa relación con España.
Los ominosos presagios del imperialismo yanqui, que tanto gravitaría
en la historia futura del subcontinente, fueron captados de inmediato
por la intelectualidad iberoamericana: piénsese en Rubén
Darío y en José Enrique Rodó, quien desarrollaría
al respecto toda una teoría político cultural, el
arielismo, que habría de conocer una honda repercusión.
La requerida afirmación de la identidad mexicana (en un país
que ya había sufrido, medio siglo antes, los primeros embates
de la voracidad territorial yanqui) se tradujo en una búsqueda
de expresión del “alma nacional”, una noción
que se le tomó prestada a Ernest Renan. Tal búsqueda
acabó por cifrarse en la idealización del “mestizaje”,
lo cual supuso una reivindicación simultánea, no sin
problemas, de la doble raíz constitutiva de la nación:
la indígena y la española. Sin duda, el artista más
significativo de esta fase fue Saturnino Herrán (1887-1918).
El estallido de la Revolución Mexicana en noviembre de 1910
y, cuatro años después, de la Gran Guerra, y el largo
periodo consecuente de muy difíciles condiciones materiales,
de retracción y aislamiento, retrasaron la continuidad de
la renovación artística local según los mutables
lineamientos de la vanguardia internacional —con la excepción
consabida de casos aislados como los de Rivera y Zárraga
y, a su modo y manera, de José Clemente Orozco (1883-1949)
y David Alfaro Siqueiros (1896-1974). De ahí que, para el
caso mexicano, el simbolismo haya prolongado desmesuradamente su
ciclo cronológico hasta el arranque de los años veinte.
Simbolismo
como reacción
No es casual que las profundas transformaciones que tuvieron lugar
en la antigua Academia capitalina hayan coincidido con el arribo
de Justo Sierra a la gestión de las políticas educativas
y culturales del estado porfiriano. En 1901, Sierra fue nombrado
Subsecretario de Justicia e Instrucción Pública; en
1905 se escindieron las funciones a cargo de dicho ministerio, creándose
la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas
Artes, cuya cartera le fue encomendada al antes subsecretario.
Con Sierra, el grupo de los “científicos” extendió
su posición hegemónica al campo educativo y cultural,
tal como previamente había logrado imponerse en el de la
política económica (con la designación de José
Yves Limantour como secretario de Hacienda, en 1893) y las Relaciones
Exteriores (con Enrique Creel en la cartera correspondiente).
Uno de los rasgos del grupo era su adscripción formativa
a las premisas del positivismo comtiano, implantadas por Gabino
Barreda en 1869 como modelo educativo de nivel superior, con la
Escuela Nacional Preparatoria como sede del experimento. Sierra
fue en sus mocedades un positivista convencido, como lo fue también
Jesús Valenzuela, el fundador, director y principal sostén
de la Revista moderna, y como lo fueron no pocos de los colaboradores
de éste y otros órganos culturales del modernismo
finisecular. La fe en el progreso futuro, fundado en la noción
experimental, analítica y racional del conocimiento científico
y en su aplicación práctica en todos los campos de
la experimentación humana, iluminó el pensamiento
de los jóvenes formados en los años 70.
Ya para la última década del siglo, muchos de ellos
no se mostraban tan optimistas: la ciencia, en su avance incontenible,
abría más puertas a la incertidumbre y al misterio
que las respuestas que aportaba. Después de todo, el conocimiento
del mundo suponía algo más, mucho más, que
la acumulación de conocimientos parciales y fragmentarios.
Una sensación de falta de coherencia, de pérdida de
sentido en la relación del hombre con el cosmos, percibida
a veces como un sentimiento de orfandad metafísica, se apoderó
de los espíritus a medida que el siglo se aproximaba a su
fin. Justo el campo de cultivo abonado para que la sensibilidad
simbolista floreciese.
Las lamentaciones por la pérdida de una dimensión
trascendente y el deterioro de la experiencia de unidad con el mundo,
junto con las invectivas contra el materialismo y el pragmatismo
prevalecientes en la modernidad “burguesa” y, como antídoto,
la postulación del arte como camino de redención (y
del artista como una suerte de oficiante o profeta iluminado), forman
parte del discurso filosófico y literario de las revistas
prototípicas del modernismo mexicano: Azul (1894-1896) y,
desde luego, Revista moderna.
Carlos Díaz Dufoo (quien, junto con el poeta Manuel Gutiérrez
Nájera dirigía la revista Azul) lo declaraba en un
artículo allí publicado: “Nuestra generación
es una generación de tristes”. Y se esforzaba por encontrar
una explicación, refiriéndose al profundo cambio de
mentalidades que había tenido lugar en el último tercio
del siglo:
El hombre del
siglo XIX, educado en el Cristianismo, ha substituido la creencia
en Dios por la creencia en la Libertad, en la Ciencia, en la Democracia,
—no importa en qué...
Para
advertir como corolario:
Reina en nuestra
extrema civilización un sentimiento de pavor infinito: es
una humanidad que tiene miedo: nuestra literatura contemporánea
está herida de esta dolencia extraña que invade nuestros
espíritus como una onda amarga.
Con mayor simplicidad
y contundencia lo había expresado ya Gutiérrez Nájera,
por boca de un suicida, en un relato de 1888 también publicado
en Azul: “¡Hijos del siglo, vosotros y yo, todos somos
huérfanos!”.
La Revista moderna acogió igualmente variadas reflexiones
sobre la perplejidad ante las nuevas y más alucinantes preguntas
que la ciencia contemporánea venía a plantarle a la
mente humana y el descontento con la fragilidad de las certezas
que el positivismo prometiera; entre otras, varios ensayos y poemas
del propio director, Chucho Valenzuela. Y el conflicto entre la
fe tradicional y la moderna duda dio asunto a no pocos poemas finiseculares.
José Juan Tablada, en un cuento alegórico concebido
como una suerte de manifiesto estético y social de los jóvenes
poetas que, bajo la égida de Valenzuela, empezaban a hacer
de la Moderna su principal órgano de expresión periodística,
y no por acaso incluido en las primeras páginas de su número
inaugural (con el título de “Exempli gratia o fábula
de los siete trovadores y de la Revista moderna”), planteaba
la conflictiva situación del artista en la sociedad contemporánea,
regida por los “falsos” valores del utilitarismo y el
lucro. Un septeto de trovadores arriba a un castillo sombrío,
e intenta compartir sus dones con los cortesanos, entonando el más
excelso de sus cantos; mas al concluir contemplan atónitos
cómo los castellanos, movidos sólo por sus groseros
intereses materiales y ajenos al arte trovero, se han quedado dormidos.
Indignados, los poetas abandonan el castillo, para toparse con una
nevisca desatada. En ese preciso momento, una bíblica y purificadora
lluvia de fuego cae sobre los cortesanos y los reduce a cenizas,
mientras los trovadores permanecen transfigurados para siempre en
“estatuas de nieve adamantina”.
El tema resultaba de una actualidad palpitante. Tablada alardeaba
de que los trovadores caminaban “con los pies sobre el lodo,
pero con la frente en el cielo”. El artista, desafiando los
valores “burgueses”, pretendía definir para sí
una exaltada personalidad social como integrante de una auténtica
“aristocracia del espíritu” y dedicado a una
actividad tan “improductiva” como era el arte, cuya
absoluta autonomía de toda otra función social fue
proclamada entonces. Pese a la indiferencia generalizada, le correspondía
al “trovador” afinar cada vez mejor la perfección
de su canto, como signo de elección. He aquí otra
de las características de la expresión artística
finisecular en todas sus manifestaciones, literarias y plásticas:
el refinamiento de los recursos formales y expresivos hasta alcanzar
el grado límite de la artisticidad.
Aquí es bueno referirse a la firme determinación de
nuestros artistas finiseculares por sintonizar cabalmente con las
corrientes estéticas más avanzadas. Como lo han señalado
los estudiosos del modernismo, se difunde por primera vez en nuestros
círculos artísticos la voluntad de apropiarse de los
instrumentos expresivos más genuinamente contemporáneos
y establecer un diálogo al tú por tú, y en
sincronía perfecta, con la más innovadora creatividad
a nivel mundial.
El ideario
estético de un simbolista
Entre las actitudes por las que nuestros modernistas optaron para
impugnar a la sociedad porfirista, opulenta y pragmática,
se hallaba la vida de bohemia inspirada en el modelo francés.
Jugaron así, con mayor o menor grado de compromiso personal,
según los casos, con la “irregularidad” y marginación
respecto de las convenciones sociales. Ruelas dejó no escasos
testimonios visuales de las “faunalias”, o celebraciones
carnales y etílicas, de sus compañeros de la Revista
moderna, entre ellos una escena prostibularia ejecutada en su propia
paleta de pintor. Lo cierto es que el abuso inusitado de “excitantes”
(drogas, alcohol) acabó por diezmar las filas de esta bohemia
artística, alucinada por la obtención y el goce de
“paraísos artificiales” como un recurso para
aguzar la sensibilidad a la vez que como un escape a la sensación
de tedio y desencanto que los embargaba de cara a la civilización
moderna.
Pero también se señalaron mediante la construcción
de una imagen idealizada de su persona social, como ya queda dicho,
y por la definición de un ideario estético que había
de guiar sus tareas creativas. En lo que concierne a la pintura,
resulta muy revelador un texto remitido por Ángel Zárraga
a la revista juvenil Savia moderna (1906), en donde, sin ocultar
su perplejidad, hace un “examen de conciencia” de su
propia producción reciente, expuesta como parte del “grupo
modernista” en el último salón madrileño,
y articula sus reflexiones incipientes frente al panorama del arte
que ha tenido oportunidad de conocer durante los primeros tiempos
de su estancia formativa en Europa. Apoyado en citas de Delacroix
y Whistler, Zárraga argumenta:
Es preciso convencerse
de que el arte: música, poesía, pintura, escultura,
nada tiene que ver directamente con la naturaleza, sino que ésta
es simplemente tema conductor sobre el cual el artista sinfoniza
y armoniza sus rimas y sus ritmos de notas, palabras, líneas
y colores.
[...] La fiebre naturalista que hoy domina en los pintores de España
y tal vez en los de México, es la mitad del camino: es la
documentación, es el estudio, el aprendizaje, pero no es
la creación. Y a la creación hay que tender para dejar
en los cuadros la visión de nuestro sueño.
[...] Mi convicción actual es la busca de lo expresivo...
El pintor tiene que decir un estado de su espíritu al que
contemple su obra, por lo que es preciso que llegue al dominio absoluto
de los medios de su arte; es decir: al estilo. El pintor habrá
dado un gran paso en su arte cuando el estudio definido y abstracto
del dibujo le enseñe cómo la dirección de una
línea puede sugerir una idea.
Concluye:
Sírvanos
la naturaleza para documentarnos, para poder elegir en ella los
elementos que más respondan a nuestro reino interior. Procedamos
como el poeta y como el músico, por una selección
de ritmos y de armonías, y llegaremos a pintar esa obra que
está en todas partes y no está en ninguna.
El texto del
joven pintor es un compendio de los ideales simbolistas: la noción
del arte como “la expresión de un estado espiritual”;
la naturaleza como mero punto de partida del trabajo creativo; la
exigencia de labrarse un acendrado “estilo” personal
como manifestación del propio “reino interior”;
la experimentación con las potencialidades expresivas de
línea, color y claroscuro; la interrelación de las
artes en la persecución de un ideal expresivo análogo,
y la postulación (implícita) de la música como
el modelo por excelencia (nótese el vocabulario empleado:
“sinfonizar”, “armonía”).
Basta con darle un repaso a la crítica suscrita por comentaristas
asiduos como José Juan Tablada y Ricardo Gómez Robelo,
y por ocasionales dilettanti bien enterados como Alfonso Reyes,
Alfonso Cravioto, Carlos González Peña y Jesús
T. Acevedo, para constatar que las premisas estéticas del
simbolismo europeo, y el conocimiento de las obras de sus practicantes
más representativos, estaban bien asimilados en el medio
intelectual mexicano a principios del siglo XX.
El simbolismo
y sus protagonistas
¿Quiénes eran los mecenas que patrocinaron la producción
de nuestros pintores y escultores simbolistas, y qué imagen
de sí mismos proyectaban éstos? No por azar, algunas
de las obras que mejor ilustran al respecto giran en torno a la
Revista moderna, y se deben a su ilustrador más representativo.
En efecto, Julio Ruelas nos ha dejado dos cuadros reveladores: el
Retrato de Jesús Luján (1901) y Entrada de don Jesús
Luján a la Revista moderna (1904). El primero, enmarcado
en un soberbio alarde de áureos entrelaces, diseñado
por el propio artista, y que parece prolongar la composición
del cuadro en el ámbito del espectador, es el prototipo del
dandy o “esteta”, espiritual y refinado, a quien los
modernistas tenían en mente como interlocutor ideal. Las
estampas y el ejemplar abierto de la revista, que están sobre
la mesa, así como el lujo del mobiliario y de la ambientación,
son indicio del exigente gusto “modernista” del personaje:
pero la densa escena boscosa que le sirve de fondo, con un par de
jinetes medievales que huyen sobresaltados ante la súbita
aparición de un sátiro, no sólo es la expresión
perfecta del mundo visual del pintor, sino que parece materializar
también lo que está cruzando por la imaginación
del ensimismado personaje.
La convivencia y mezcolanza de tiempos y espacios culturales diversos,
como una estrategia para evadir la insatisfactoria realidad presente
y que constituía uno de los rasgos iconográficos más
reiterados en el primer momento del simbolismo en México,
se hace todavía más explícita en el segundo
de los cuadros mencionados. Luján era un rico hacendado chihuahuense,
dueño de grandes extensiones territoriales en el norte del
país, quien había incrementado su fortuna al participar
en los pingües negocios algodoneros de la región lagunera,
en Durango; vino a instalarse en la capital y, a través de
su amistad con el también hacendado norteño (en su
caso, duranguense) Chucho Valenzuela, trabó una estrecha
relación con el grupo de colaboradores de la revista dirigida
por éste. Fungió de mecenas munificente, tanto de
la propia publicación, como de sus nuevos amigos, a quienes
colmó de dádivas, pagándoles viajes y caprichos.
A Tablada, por ejemplo, le patrocinó el tan soñado
viaje a Japón; a Ruelas, después de haber acompañado
su breve agonía en París, le costeó un monumento
funerario en el cementerio de Montparnasse. En homenaje al mecenas
generoso, que evocaba los fastos renacentistas, Ruelas imaginó
una composición fantástica (“capricho al óleo”,
la designó Tablada), con claros ecos de pinturas botticcellianas
y tapices tardomedievales, donde toda la pandilla de colaboradores,
transfigurados en criaturas semibestiales mediante significativas
metamorfosis y bajo el liderazgo de Valenzuela en figura de centauro,
le daba la bienvenida al amigo millonario, jinete en un magnífico
unicornio. El pintor se autorretrató bajo la figura de un
sátiro que pende ahorcado del árbol, poniendo así
en evidencia su talante autodestructivo y su obsesión por
la muerte.
Naturaleza y
simbolismo
En opinión de Jean Clair, el simbolismo constituye el último
gran estilo aparecido en Europa, en el sentido que Meyer Schapiro
le daba a este concepto. Se trataría del último movimiento
artístico que pretendió dar una explicación
coherente y comprensiva a la situación del ser humano en
el cosmos.
Reformulando los principios de la Naturphilosophie, los simbolistas
postulaban la estrecha interdependencia de todos los reinos de la
naturaleza y la simbiosis con el ser humano: un universo recorrido
por la misma energía biológica y obediente a un complejo
sistema o red de correspondencias, que enlazaba y confería
sentido a todos los fenómenos. Contra la tendencia analítica
disgregadora del cienticismo positivista, y la correlativa parcialización
del conocimiento, el simbolismo se aferraba a la noción del
mundo como un inmenso “organismo” totalizador en que
el hombre se refleja y reconoce. No por acaso, Wagner teorizará
sobre la Gesamtkunstwerk, la obra de arte total o síntesis
de todas las artes, como ideal a perseguir.
Clair señala tres estrategias que el simbolismo adoptó,
en un intento, final y desesperado, de restaurar los antiguos lazos
“naturales” que el ser humano, como ente pensante, estableciera
con el entorno. En primer lugar, con Wagner y Nietzsche, pretendió
hacer una recapitulación monumental del legado mítico
del ser humano: legado denso, fabuloso y legendario, erigido como
una prueba de aquella interrelación unificadora.
En segundo lugar, con los grandes sensualistas, Baudelaire y Debussy,
llevó a cabo la exploración de las correspondencias
que, “en la fisiología humana, son evidencia de la
armonía predicable entre nuestros sentidos y el mundo exterior”.
Por último, se empeñó en la búsqueda
de esos estados límites de la conciencia, en las fronteras
entre lo normal y lo patológico, que ofrecen atisbos de lo
que subyace en lo más íntimo de nuestro ser, llámese
el espíritu, la mente o la imaginación.
La espiritualización
del paisaje
La estética simbolista concebía la naturaleza como
punto de partida para la expresión de una visión interior,
que el artista hubiese intuido o “soñado” delante
de aquélla, y que debía plasmar mediante los recursos
visuales que le eran propios (línea, color, texturas), alejándose
de una visión puramente “materialista” y externa.
La pintura de paisaje dejó de ser una recreación meticulosa
de planos y detalles, para convertirse en una proyección
de la espiritualidad del pintor, en una revelación de las
fuerzas cósmicas o de cualquier otra noción o visión
surgida en su interior. Son paisajes vistos al trasluz de una subjetividad,
dotados a menudo de una cualidad onírica o visionaria y ajenos
a un mero propósito descriptivo o narrativo, que demandan
la respuesta del contemplador en términos de atmósfera
y emotividad.
Podemos tomar por ejemplo un Paisaje del tapatío Jorge Enciso
(1883-1967), firmado en 1910, que demuestra ejemplarmente la peculiar
atracción finisecular por lo vago e informe que, por obra
y gracia del “estilo” del artista, logra alcanzar coherencia
y armonía. El cuadro no es otra cosa que una misteriosa evocación
de tierra, agua, cielo y nubes, reducidos a su mínima expresión
y como disueltos por una bruma colorística. Aquí no
hay especificación de una “localidad” reconocible,
ni de planos ni distancias escalonados y precisos, ni mucho menos
un “episodio” que ancle la vista en el espacio y en
el tiempo.
Ricardo Gómez Robelo, uno de nuestros jóvenes críticos
mejor informados, legitimaba en sus notas periodísticas esta
novedosa concepción del paisaje: “la obra de arte no
es sino un estado del alma al que le prestan elementos expresivos
las cosas exteriores”. Concebía al artista como una
suerte de vidente que, penetrando en las secretas armonías
que la naturaleza posee en bruto, logra plasmarlas y hacérnoslas
perceptibles: “La naturaleza no tiene más fin que el
de balbucear con incoherencia, ofreciendo vagas formas, para que
el artista defina, descifre y perfeccione (...) pues nada existe
si no hay un ser que lo perciba y comprenda”.
Los artistas, afirmaba, “...transforman la materia en idea,
la idea en imagen”. Abogaba por la formulación de un
arte sintético e interpretativo, alejado de la meticulosidad
enumerativa y la complejidad fatigosa. De allí, sus elogios
a los paisajistas de nuevo cuño —como Enciso, Francisco
de la Torre (1883-1943), Gonzalo Argüelles Bringas (18...-19...)
y Joaquín Clausell (1866-1935)— que, con disciplina
y dominio de los recursos expresivos, habían acertado a descifrar
“algunos de los oráculos de la tierra”, y a hacer
perceptible “la esencia eterna y divina que se oculta en el
universo”.
Tal vocación de sintetismo cuasi “profético”
diferenciaba tajantemente los cuadros de estos pintores respecto
del paisajismo decimonónico local de corte académico,
cuyo prototipo por antonomasia era José María Velasco
(1840-1912): sus minuciosas vistas del Valle de México se
habían convertido en la carta de presentación de la
moderna escuela pictórica mexicana en las exposiciones internacionales
del último cuarto del siglo XIX. Basta ver las sorprendentes
versiones de los volcanes, Iztaccíhuatl y Popocatépetl,
que en el certamen de 1910 expusieron Adolfo Best Maugard (1891-1965)
y Armando García Núñez (1883-1965), acaso influidos
por las obras y las pláticas de Gerardo Murillo, el futuro
Dr. Atl (1875-1965), para percibir tal diferencia: la montaña
nevada se alza como único motivo del paisaje, con apenas,
si acaso, una leve indicación del terreno donde se desplanta.
Y a menudo ni siquiera eso, produciéndose un perturbador
efecto de flotación casi espectral, como el que logró
Clausell en La nube verde.
Como una variante de estas visiones paradisíacas, se incluyen
aquéllas en que el artista, retomando y actualizando una
antigua tradición iconográfica, se propuso personificar,
mediante figuras femeninas de carácter alegórico,
distintos aspectos del mundo natural, ya sea relativos a las fuerzas
vitales (como la fecundidad o la fertilidad), ya a los ciclos temporales
(las horas del día, las estaciones del año), en correlación
con la vida humana. La diferencia principal respecto a las obras
precedentes residiría en el protagonismo visual asignado
a tales figuras. Me estoy refiriendo a obras como Flora (1910),
de Francisco Romano Guillemín (1883-1950) o como Bugambilias
(ca. 1911), de Herrán; o bien, a La primavera, 1905, de Alfredo
Ramos Martínez (1875-1946) y La dádiva (1910), de
Zárraga.
La irreprimible abundancia de la vida, y su perenne estallido en
el ámbito de la naturaleza también podía expresarse
mediante el recurso directo a la mitología clásica,
y en concreto al universo “pánico”, como lo demostraron
ejemplarmente Boecklin y Franz von Stuck en el ámbito germánico
y, entre nosotros, Julio Ruelas.
El jardín
y la ciudad
Es innegable la fascinación que los simbolistas experimentaron
por los antiguos jardines asociados a las grandes residencias palaciegas,
y que evocaban grandezas perdidas y en ruinas. A menudo estas visiones,
afines a la aguda noción de fragilidad y caducidad de la
vida y las obras humanas que caracteriza a la sensibilidad decadente,
están asociadas a la presencia, explícita o implícita,
de la muerte. Véase, por ejemplo, el dibujo de Montenegro
titulado Pórtico, que representa la entrada a un jardín
poblado por un par de estatuas, a través de una reja enmarcada
por pilares, en uno de los cuales está empotrada una calavera,
siniestra advertencia que contrasta con el saltarín chorro
de la fuente.
Sin duda, la influencia de Paul Verlaine y sus evocaciones de un
fantasmagórico mundo “galante”, deambulando por
jardines cortesanos en pleno abandono, matizó en buena medida
el abordaje del tópico en las ilustraciones de nuestros modernistas.
Sobresalen los trabajos dibujísticos y gráficos de
Julio Ruelas en este campo iconográfico. No es insólito
que incluyan la presencia de pierrots, arlequines y colombinas,
como parte del universo dieciochesco recreado por Verlaine, cuya
asimilación por los modernistas hispanoamericanos (encabezados
por el nicaragüense Rubén Darío) fue contundente.
Lo que singulariza a muchos de los jardines imaginados por Ruelas,
además de su carga de erotismo y tristeza, es el impulso
viviente que le da a la vegetación y que, al rebasar a menudo
los márgenes de la representación, la convierten en
una presencia invasora y amenazante (igual que ocurre en el Retrato
de Jesús Luján). Semejante “animismo vegetal”
podría tener también sus raíces en “el
ideal wagneriano de expresar la voz de la naturaleza”.
Pero, como lo ha estudiado Lily Litvak, los jardines significan
también una muestra y celebración del artificio humano,
capaz de imponer el orden de una belleza idealizada al caos de la
naturaleza. Ésta es una noción del jardín antagónica
a las visiones de Ruelas, y es la adoptada en algunas de nuestras
pinturas de este género.
Diego Rivera mostró un interés temprano en el tema.
En 1904 pintó Paseo de los melancólicos (La Castañeda).
La Castañeda era una antigua hacienda ubicada en las afueras
de Mixcoac y en cuyos terrenos se construyó, a principios
del siglo XX, el Manicomio General. El asunto fue trabajado por
varios de los alumnos de Gedovius en la antigua Academia, por ejemplo,
Saturnino Herrán en su dibujo al pastel, Jardines de la Castañeda.
Ya durante sus años de aprendizaje en España, bajo
la dirección de Eduardo Chicharro, Rivera pintó otros
cuadros de este género, por ejemplo Jardín interior
(El Prado) de 1908, cuyas afinidades con las pinturas españolas
de jardines (por ejemplo, los de Santiago Rusiñol) saltan
a la vista.
También mediante un conjunto de paisajes urbanos por lo regular
desolados y sombríos, los simbolistas pusieron de manifiesto
su conflictiva relación con el entorno moderno, su firme
voluntad de transfiguración idealizadora y su anhelo de refugiarse
en la evocación de un pasado preindustrial.
En el fondo hay una desconfianza en los logros reales del progreso
tecnológico que, para la ideología burguesa dominante
en el “fin de siglo”, había llegado a convertirse
en un artículo de fe colectiva. La visión finisecular
del presente está presidida por el desencanto, por el malestar
ante la civilización urbana avanzada, que crea un cruel sentimiento
de incertidumbre, de indecisión entre el pasado y el futuro,
una suerte de grieta liminal que llevará incluso a plantearse
la noción del ocaso de la cultura: la “decadencia de
Occidente” es uno de los topoi de la época.
Prevalece una sensación de extrañamiento y alienación
ante la cultura urbana y burguesa, autocomplaciente y satisfecha.
La ciudad es vista como algo artificial, opuesto a la “verdad”
raigal de lo agrario. No por acaso este movimiento de nostálgico
reflujo (más cerebral que práctico, y siempre en la
órbita del escepticismo y del desaliento de la modernidad)
coincide con el entusiasmo revalorativo de los mitos de antaño
y con una resignificación de las experiencias religiosas
de todo signo.
Durante su primera estancia en Europa, a principios del siglo XX,
Roberto Montenegro pintó un cuadro característico
del talante con que los simbolistas abordaron el tema de la ciudad
contemporánea: una vista distante, transfigurada por los
prestigios de la noche y de la niebla, capaces de borrar todo rasgo
de singularidad identificadora. Ciudad en brumas (Nocturno) es una
composición hecha a base de manchas y reflejos, con algún
ocasional destello “artificial” despojado de peligrosidad:
un poema de tonos y colores restringidos, pleno de resonancias musicales,
a la manera de Whistler.
Pero, más que ciudades “tentaculares” y febriles,
energizadas por la industria y el comercio contemporáneos,
la sensibilidad de fin de siglo gozó en evocar el ritmo desmayado
y monótono de las viejas ciudades dejadas al margen del flujo
modernizador. Los artistas mexicanos, durante sus temporadas de
estudio en el viejo continente, asimilaron el tópico de la
“ciudad muerta” y anclada en el pasado. Y luego, al
regresar al país, reinterpretaron esta idea en sus propias
versiones del paisaje urbano local.
Diego Rivera pagó su tributo al prestigio simbólico
de ciudades como Brujas, Toledo y Ávila. La casa sobre el
puente (1909) es un cuadro de gran formato, imbuido de la fascinación
finisecular por Brujas, la muerta (título de una célebre
novela de Georges Rodenbach publicada en 1892, y que consagró
el culto a aquella ciudad medio abandonada, silenciosa y mística,
ratificado luego en la plástica por pintores como Khnopff
y Degouve de Nuncques); fue realizado luego de un viaje que hizo
a allí Rivera en octubre de 1909. Ya otros mexicanos, como
Zárraga y Alfonso Cravioto, habían sucumbido al oscuro
encanto de la ciudad. El asunto que Rivera escogió fue una
de las fachadas de la antigua Casa Arents (hoy Museo Brangwyn),
construida sobre el Canal Reie. Como lo advierte Ramón Favela,
“el cuadro hace pensar en el gusto de los pintores simbolistas
por las grandes mansiones consumidas por el tiempo y vencidas por
la naturaleza, que aún siguen en pie temerosas de esas fuerzas
o en consonancia con ellas, como la desgarradora pintura de Edvard
Munch La enredadera roja (1893)... o La maison rouge, ou la maison
aveugle (1892) del simbolista francés William Degouve de
Nuncques”.
Otros artistas mexicanos pensionados en Europa contribuyeron a establecer
el gusto, en nuestra pintura por estas desoladas vistas de ciudades.
Por ejemplo, Francisco Goitia (1882-1960), con sus recreaciones
de pintorescos rincones barceloneses igualmente despoblados. Un
rasgo iconográfico, éste del vacío urbano,
que acaso tuvo su contribución mejor conocida entre nosotros
con las magníficas fotografías de la ciudad de México
que Guillermo Kahlo estaba haciendo por aquellos años: un
deslumbrante espectáculo arquitectónico elevado en
medio de la más absoluta soledad.
Ramírez.
Curador; investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas
de la UNAM.
Esta es una
versión editada del ensayo de presentación de la muestra.
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor de Mauleón,
Director / Laura Emilia Pacheco y Juan Manuel Gómez,Editores.
Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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