Mañana, Francia someterá a referéndum la
aprobación de la nueva Constitución de la Unión
Europea. El resultado podría desencadenar una de las peores
tormentas en la construcción de una Europa unida: en el país
emblema de la UE, grandes sectores de la izquierda rechazan la propuesta,
y los sondeos parecen indicar que ganará el no. En el ensayo
que ofrecemos a continuación, antes de que la idea de Europa
se pierda, uno de los pensadores más lúcidos de Occidente
señala la necesidad de su apuntalamiento “como una
misión para el espíritu y la inteligencia”.
“Un pararrayos
debe estar pegado a la tierra. Aun la más abstracta, la más
especulativa de las ideas debe anclarse en la realidad, en la sustancia
de las cosas. ¿Qué es, entonces, la “noción
de Europa”?
Los cafés son un rasgo característico de Europa. Van
del establecimiento preferido de Pessoa, en Lisboa,
a los cafés de Odessa donde todavía se siente la presencia
de los gángsters de Isaac Babel. Se extienden desde los cafés
de Copenhague, ante los cuales pasaba Kierkegaard durante sus paseos
meditabundos, a los mostradores de Palermo. No hay cafés
antiguos o característicos en Moscú, que es ya un
suburbio asiático. Hay muy pocos en Inglaterra, luego de
una moda efímera en el siglo XVIII. No hay ninguno en América
del Norte, con excepción de esa sucursal francesa que es
Nueva Orleáns. Si uno dibuja el mapa de los cafés
obtendrá una de las referencias esenciales de la “noción
de Europa”.
El café es un lugar de encuentro y complot, de debate intelectual
y chismorreo, el lugar del flâneur y del poeta o del metafísico
con sus infaltables cuadernos. Está abierto a todos y sin
embargo también es un club, una francmasonería de
reconocimiento político o artístico y literario, de
presencia programática. Una taza de café, un vaso
de vino, un té con ron franquean el paso a un local donde
se puede trabajar, soñar, jugar ajedrez o simplemente pasar
el día cómodamente. Es el club del espíritu
y la “lista de correos” de los que no tienen domicilio.
En el Milán de Stendhal, en la Venecia de Casanova, en el
París de Baudelaire, el café albergaba a la oposición
política, al liberalismo clandestino. En la Viena imperial
y de entreguerras tres grandes cafés constituían el
agora, lugar para la elocuencia y la rivalidad de escuelas opositoras
de estética y de economía política, de psicoanálisis
y de filosofía. Las personas deseosas de encontrar a Freud
o a Karl Kraus, a Musil o a Carnap, sabían con precisión
en qué café buscarlos, en qué mesa sentarse.
La última vez que Danton y Robespierre se entrevistaron fue
en el Procope. Cuando en 1914 las luces se extinguen en Europa,
Jaurès cae asesinado en un café. Y en un café
de Ginebra, Lenin trabaja en su tratado sobre el empiriocriticismo
mientras juega ajedrez con Trotsky.
Obsérvense las diferencias ontológicas. Un pub inglés,
un bar irlandés poseen un aura y una mitología particulares.
¿Qué sería la literatura irlandesa sin los
bares de Dublín? ¿O dónde si no en la Museum
Tavern habría encontrado el Dr. Watson a Sherlock Holmes?
Pero ésos no son cafés. Ahí no hay tableros
ni periódicos colgando de su costilla de madera para que
los clientes dispongan de ellos. No es sino hasta hace muy poco
que tomar café se ha vuelto en Gran Bretaña un hábito
público, envuelto aún en un halo italiano. El bar
americano juega un papel considerable en la literatura y el eros
de ese país, en el carisma de figuras como Scott Fitzgerald
o Humphrey Bogart. La historia del jazz es inseparable de él.
Pero el bar americano es un santuario de penumbras, incluso de obscuridad,
que palpita al ritmo de una música no pocas veces ensordecedora.
Su sociología, su ropaje psicológico están
impregnados de sexualidad, de presencias femeninas esperadas, soñadas
o reales. Nadie redactaría un tratado de fenomenología
en la mesa de un bar americano (cf. Sartre). Para poder permanecer,
los clientes deben renovar sus consumos. Hay “desalojadores”
para expulsar a los indeseables. Cada uno de estos rasgos define
un genio radicalmente distinto del genio del café Central,
del Deux-Magots o del Florian. “La mitología existirá
mientras haya mendigos”, dijo Walter Benjamin, conocedor apasionado
y peregrino de los cafés. Mientras haya cafés, la
“noción de Europa” tendrá contenido.
Europa ha sido
y es todavía recorrida a pie. Esto es capital. La cartografía
de Europa nació de las capacidades pedestres, de los horizontes
accesibles a las piernas. Hombres y mujeres han trazado sus rutas
caminando de una aldea a otra, de un pueblo a otro, de una ciudad
a otra. La mayor parte de las veces las distancias poseen una escala
humana, pueden ser recorridas por el viajero a pie: lo mismo el
peregrino de Compostela que el paseante solitario o gregario. Existen
extensiones áridas e inhóspitas, marismas, montañas
impresionantes, pero nada de todo eso constituye un obstáculo
definitivo. No hay Sahara, no hay badlands, no hay tundras infranqueables.
Los cuellos de alta montaña tienen sus refugios, así
como los parques tienen sus bancas. Los Holzwege de Heidegger atravesaban
el más sombrío de los bosques. Europa no tiene Valle
de la Muerte, no tiene Amazonia, no posee un “territorio virgen”
hostil al viajero.
Esta realidad determina una relación fecunda entre la humanidad
europea y su paisaje. Metafórica lo mismo que maternalmente,
este paisaje ha sido moldeado, humanizado por pies y manos. Como
en ninguna otra parte del mundo, las riberas, las costas, los campos,
los bosques, las colinas de Europa, de La Coruña a San Petersburgo,
de Estocolmo a Mesina, han sido menos trabajados por el tiempo geológico
que por el tiempo histórico, humano. A orillas del glaciar
sueña Manfred. Chateaubriand declama en la punta del peñón.
Nuestras tierras, ya estén hundidas bajo la nieve o iluminadas
por la luz dorada del verano, son las mismas que conocieron Brueghel,
Monet o Van Gogh. Los bosques más obscuros poseen sus ninfas
o sus hadas, ogros letrados o ermitaños pintorescos los habitan.
Es como si el viajero no se encontrara jamás fuera del alcance
de las campanas del pueblo siguiente. Desde tiempos inmemoriales,
las riberas han tenido vados (fords), vados para el ganado (oxen),
Oxford, y puentes sobre los que se puede bailar como en Avignon.
Las bellezas de Europa son inseparables de la pátina del
tiempo humanizado.
Aquí también la diferencia con América del
Norte, para no hablar de África o de Australia, es radical.
En América no se va a pie de una ciudad a otra. Los desiertos
del interior australiano, del suroeste americano, los bosques de
los estados del Pacífico o de Alaska son prácticamente
infranqueables. El esplendor del Grand Canyon, de los pantanos de
Florida, de la Ayer’s Rock en la inmensidad de Australia,
tiene que ver con una dinámica tectónica, geológica,
sin relación con el hombre, hasta el punto de parecer una
amenaza para él. Tal es el motivo de la impresión
que los turistas que llegan a Europa provenientes del Nuevo Mundo
o de “más abajo” tienen con frecuencia: de que
los paisajes europeos se extienden demasiado cerca del espectador,
que sus horizontes sofocan. Tal es el motivo de esa impresión
de que los “vastos cielos” de América, de África
del Sur o de Australia son desconocidos en Europa. Para un ojo americano,
incluso las nubes europeas pueden parecerle domesticadas: están
sobrepobladas de divinidades antiguas vestidas por Tiepolo.
Los componentes integrales del pensamiento y la sensibilidad europeos
son fundamentalmente pedestres. Su cadencia y sus encadenamientos
son los de un caminante. En la filosofía y la retórica
griegas, los peripatéticos son, literalmente, los que van
a pie de polis en polis, aquéllos cuya enseñanza es
itinerante. En la métrica y las convenciones poéticas
occidentales, el pie, el ritmo, el encabalgamiento entre versos
o estrofas nos recuerdan la gran intimidad entre el cuerpo humano
pisando la tierra y las artes de la imaginación. Una buena
parte de las teorías más refinadas nació caminando.
El paseo cotidiano de Emmanuel Kant, su travesía por Könisberg
de una precisión cronométrica, se ha vuelto legendaria.
Las meditaciones, los ritmos de percepción de un Rousseau
son los de un paseante. Las dilatadas errancias de Kierkegaard por
Copenhague y sus alrededores se convirtieron en un espectáculo
público y objeto de caricaturas. Pero son esas errancias
con sus diversiones, sus cambios repentinos de dirección
y ritmo, los reflejos de las síncopas de su prosa. La de
Charles Peguy es sin lugar a dudas la más punzante, la más
escandida de la literatura moderna. Las frases van por delante,
inexorables; sus conclusiones son machacadas por el paso de esas
pesadas botas de marchar y esos botines de infantería emblemáticos
de la visión de Peguy. De ahí el incomparable “himno
en marcha” de su peregrinaje a Chartres y de la oda que lo
celebra.
En este tiempo americano, el del automóvil y el avión
a reacción, nos cuesta trabajo imaginar las distancias recorridas
y aprovechadas intelectual y poéticamente por los maestros
europeos. Hölderlin hace el viaje de Westfalia a Bordeaux,
ida y vuelta, caminando. El joven Wordsworth va y viene de Calais
al Oberland bernés a pie. Coleridge, un individuo corpulento
afligido por diversos males físicos, recorre habitualmente
veinte o treinta millas al día en un terreno difícil
y montañoso mientras compone poesía o elabora complejas
argumentaciones teológicas. Y piensen en el papel del Wanderer
en algunas de nuestras más grandes obras musicales, en las
fantasías y los lieder de Schubert, en Mahler. Uno vuelve
a la enigmática profecía de Benjamin: en todas las
alegorías y las leyendas europeas, el mendigo que toca a
la puerta, el mendigo que puede ser un agente divino o demoniaco
disfrazado, llega a pie.
La historia europea está hecha de largas marchas. Los soldados
de Alejandro marcharon a pie de la Grecia continental hasta las
fronteras de la India y del desierto libio. La Anábasis de
Jenofonte sigue siendo el clásico de la desesperación,
del agotamiento y la resistencia del soldado de infantería
en marchas forzadas por su sobrevivencia. El kilometraje recorrido
a pie por las legiones napoleónicas desde Portugal hasta
Moscú desafía la credulidad, lo mismo que la capacidad
de supervivencia de Stendhal desplazándose por distancias
interminables durante la retirada de Rusia. En la Segunda Guerra
Mundial, la Wehrmacht tenía unidades de infantería
que habían marchado desde las costas atlánticas más
occidentales de Francia hasta el Cáucaso. Con elocuencia,
Julien Benda llamó a sus memorias Un regular en el siglo,
es decir, un soldado de infantería recorriendo el trágico
atlas de la historia europea moderna, un mappa mundi que es también
la carta del tiempo europeo.
Las calles,
las plazas donde marchan los hombres, las mujeres y los niños
europeos son cien veces bautizadas con los nombres de jefes de Estado,
militares, poetas, artistas, compositores, sabios y filósofos.
Y éste es mi tercer parámetro. Mi infancia en París
me vio pasar, innumerables ocasiones, por la calle La Fontaine,
la plaza Victor Hugo, el puente Henri IV, la calle Téophile
Gautier. Las calles que rodean a la Sorbona llevan los nombres de
los grandes maestros de la escolástica medioeval. Celebran
a Descartes y a Auguste Comte. Si Racine tiene su calle, también
la tienen Corneille, Molière o Boileau. Lo mismo sucede en
el mundo germanófono con sus miriadas de Goetheplätze
y de Schillerstrassen, con sus plazas nombradas en honor de Mozart
o Beethoven. El escolar europeo, los ciudadanos habitan verdaderas
cámaras de eco de triunfos históricos, intelectuales,
artísticos y científicos. Con mucha frecuencia, la
placa con el nombre de la calle no sólo lleva éste
sino también las fechas correspondientes y una evocación
sumaria. Ciudades como París, Milán, Florencia, Francfort,
Weimar, Viena, Praga o San Petersburgo son crónicas vivientes.
Leer los letreros de sus calles es hojear un pasado reciente. Y
una pietas semejante no se ha extinguido de ninguna manera. La plaza
Saint-Germain se ha convertido en la plaza Sartre-Beauvoir. Francfort
acaba de darle el nombre de Adorno a una plaza. En Londres, una
abundancia de placas azules identifica las casas en las que se supone
vivieron no sólo escritores, artistas, o sabios medioevales,
del Renacimiento o de la época victoriana, también
otros asociados a Bloomsbury o a los modernos.
Ahora observen la diferencia casi espectacular. En Estados Unidos
son raros tales memoranda. Las calles siempre se llaman Pine (pino),
Maple (arce), Oak (roble) o Willow (sauce). Algunos bulevares alcanzan
el privilegio de Sunset, en tanto la más noble de las calles
de Boston es conocida con el nombre de Beacon (faro). Pero incluso
estos nombres son concesiones a una especie de humanidad. Las avenidas,
las carreteras, las calles americanas están simplemente numeradas
o en el mejor de los casos, como en Washington, se distinguen por
su orientación con el epíteto “norte”
u “oeste” añadido a su número. Los automóviles
no tienen el tiempo para reflexionar en una calle Nerval o en un
bulevar Copérnico.
Pero esta soberanía del recuerdo, esta definición
que la propia Europa se da como un lugar de la memoria, tiene su
lado obscuro. Las placas pegadas a tantas casas europeas no sólo
evocan la excelencia artística, literaria, filosófica
o política. Conmemoran centurias de matanzas y sufrimiento,
de odio y sacrificio humano. En una ciudad francesa, una placa a
la memoria de Lamartine, el más idílico de los poetas,
se encuentra al otro lado de la calle donde una inscripción
recuerda la tortura y la ejecución de combatientes de la
Resistencia en 1944. Europa es el lugar donde el jardín de
Goethe casi toca Buchenwald, donde la casa de Corneille es vecina
de la Place du Marché donde Juana de Arco fue atrozmente
ejecutada. Por todas partes monumentos conmemoran el asesinato individual
o colectivo. Enumerados sobre el mármol, los muertos parecen
con frecuencia más numerosos que los vivos. Las decisiones
tomadas, los métodos empleados en la reconstrucción
o restauración de las ciudades y la herencia artística
destruidas por la guerra fueron de lo más problemático.
Claro que la restauración al milímetro de los viejos
barrios de Varsovia según pinturas topográficas del
siglo XVIII es una maravilla de habilidad y voluntad de memoria,
al igual que la reconstrucción de Dresde, devuelta en gran
parte a su brillo de antaño, o incluso la resurrección
facsimilar de muchos de los esplendores de lo que fue Leningrado.
Pero cuando uno deambula entre esos espectros materializados se
impone un sentimiento de extrañeza, una tristeza rotunda.
Tanta exactitud produce una sensación de falsedad. Como si
hasta las perspectivas de profundidad no fueran más que fachada.
Es muy difícil traducir en palabras el calor, el aura que
el tiempo auténtico, el tiempo que es proceso vivido, da
a los juegos de la luz sobre la piedra, en los patios, en la punta
de los tejados. En el artificio de la reconstrucción, la
luz tiene un gusto de neón.
El problema es más profundo, claro está. En Europa
hasta un niño se dobla bajo el peso del pasado, como con
tanta frecuencia se dobla bajo el peso de una mochila demasiado
llena. Cuántas veces al caminar por la rue Descartes, al
atravesar el Ponte Vecchio o al pasar frente a la casa de Rembrandt
en Amsterdam no me he sentido abrumado, hasta en mi cuerpo, por
la pregunta “¿Y para qué? ¿Qué
importa quién de entre nosotros puede añadir algo
a las inmensidades del pasado europeo?”. Cuando Paul Celan
se hunde en el Sena para suicidarse, elige el lugar preciso que
celebra Apollinaire en su gran balada, y este lugar se encuentra
bajo las ventanas de la recámara donde Tsvitaieva pasó
su última noche antes de regresar a la desolación
y la muerte en la Unión Soviética. Un europeo letrado
está atrapado en la telaraña de un in memoriam luminoso
y a la vez sofocante.
Y precisamente esta urdimbre es la que América del Norte
rechaza. Su ideología está hecha de sol naciente y
de futuro. Al declarar que la historia es una broma, Henry Ford
le dio un santo y seña a la amnesia creativa, a una capacidad
de olvido garante de la búsqueda pragmática de la
utopía. El más elegante de los edificios nuevos tiene
un factor de obsolescencia de unos cuarenta años. La guerra
de Vietnam proyectó una sombra casi digna del viejo mundo;
el 11 de septiembre provocó un estremecimiento, un memento
mori en la psique americana. Pero motivos tales resultan excepcionales
y verosímilmente transitorios. Los recuerdos más fuertes
en la sensibilidad y la lengua americanas son recuerdos de promesa,
de ese contrato con horizontes ilimitados que han hecho del desplazamiento
hacia el Oeste, y muy pronto del viaje interplanetario, un nuevo
Edén. Ése es el motivo del creciente malestar ante
la mera idea (sin duda perdurable) de un monumento conmemorativo
de la destrucción del World Trade Center —al mismo
tiempo un mausoleo simbólico deliberadamente brutal, y desde
mi punto de vista mal inspirado, enterrará un espacio central
en Berlín. ¡Hombres y mujeres del Nuevo Mundo resultan
mucho más fieles al precepto de Jesús: dejad que los
muertos entierren a sus muertos!
El peso ambiguo
del pasado en la idea y la substancia de Europa deriva de una dualidad
primordial. Y éste es mi cuarto axioma. Se trata de la doble
herencia de Atenas y Jerusalén. En este parentesco a un tiempo
conflictivo y sincrético se origina en Europa toda la argumentación
teológica, filosófica y política, de los Padres
de la Iglesia a Leon Chestov, de Pascal a Leo Strauss. El topos
es tan urgente y tan rico en la actualidad como nunca. Ser europeo
es tratar de conciliar moral, intelectual y existencialmente los
ideales rivales, las exigencias, la praxis de la ciudad de Sócrates
y de la ciudad de Isaías.
Nosotros somos un tipo de bípedo con una indescriptible capacidad
de sadismo, de ferocidad territorial, de avidez, de vulgaridad y
de abyección superior al de todas las especies. Nuestra tendencia
a la matanza, a la superstición, al materialismo y a un egoísmo
carnicero prácticamente no ha cambiado en el curso de la
breve historia de nuestra presencia en la tierra. Y sin embargo,
este miserable y peligroso mamífero ha engendrado tres búsquedas,
o pasiones, o juegos de una dignidad por completo trascendente.
Se trata de la música, las matemáticas y el pensamiento
especulativo (en el cual incluyo a la poesía, que no podría
hallar mejor definición que música del pensamiento).
De una inutilidad deslumbrante y con frecuencia contrarias a la
intuición, estas tres actividades son únicas de los
hombres y las mujeres y se aproximan lo más posible a la
intuición metafórica de que, en efecto, hemos sido
creados a imagen de Dios.
No hay la menor duda de que la música es planetaria. Hasta
donde sabemos, no existe ninguna comunidad étnica, por rudimentaria
que sea, que no practique algún tipo de música. Lo
que uno puede preguntarse es si alguna de esas variadas construcciones
o formas musicales se encuentra en el origen de estos milagros de
los sentidos del sentido que nos ofrecen Bach, Mozart, Beethoven
o Schubert. Un pequeño número de centros no europeos
ha aportado a las matemáticas una contribución vital;
la India, claro está, y durante un tiempo el islam. Pero
la aventura épica de la conjetura y la prueba matemática,
de las hipótesis radicalmente fuera del alcance de la representación
material o de la comprensión ordinaria es, en su esencia,
de Europa y, por transferencia directa, de América del Norte.
Puede que la investigación matemática pura, de las
intuiciones axiomáticas de Euclides a la hipótesis
de Riemann, del teorema de Pitágoras a la reciente demostración
del último teorema de Fermat, sea el único y supremo
capítulo, el largo mediodía en la existencia del hombre.
Emparienta con la inmaterialidad, con la gravedad alegre de la inquisición
metafísica. Y de nuevo existen momentos y sistemas filosóficos
extraterritoriales a Europa. Pero la corriente soberana de las suposiciones
y la argumentación, en particular en lógica y epistemología,
pasa, como dirigida por una fuerza poderosa, de los presocráticos
a Wittgenstein, Bergson y Heidegger, de Plotino a Spinoza y Kant.
Nuestra herencia ontológica es, como sostenía Heidegger,
la facultad de hacer preguntas. Y por momentos tan enigmáticos
como la huida de los números primos en lo desconocido, las
tres acta cardinales se reúnen. Las matemáticas habitan
la música, la gran filosofía comprende una doble magia
de la cadencia y la secuencia axiomática. Tal y como lo sintieron
ciertos místicos y lógicos como Leibniz, cuando Dios
habla consigo mismo, canta en álgebra.
El papel inicial de la Hélade es manifiesto desde el principio.
Tres mitos, entre los más antiguos de nuestra cultura, evocan
el origen y el misterio de la música. Lo sorprendente es
la percepción, en la Grecia arcaica, a través de las
historias de Orfeo, de las sirenas y del concurso mortal entre Apolo
y Marsias, de aquello que en la música escapa a la humanidad
racional, del poder que tiene la música para enloquecer y
destruir. Nuestras matemáticas han sido “griegas”
por lo menos hasta la proposición de la geometría
no euclidiana y la crisis de la axiomática implícita
en los enunciados indecidibles de Gödel. Pensar, soñar
matemáticamente, es continuar a Euclides y Arquímedes,
las primeras conjeturas relativas a la insolubilidad paradójica
en Zenón. Platón no invitaba a nadie a su Academia
que no fuera geómetra. Él mismo dirigió, no
obstante, la inteligencia occidental hacia cuestiones de sentido,
de moral, de derecho y de política. Según la célebre
fórmula de A. N. Whitehead, la filosofía occidental
es una posdata al pensamiento de Platón, y, añadiríamos
con gusto, al de Aristóteles y Plotino, Parménides
y Heráclito. El ideal socrático del conocimiento de
uno mismo, la búsqueda platónica de certezas trascendentes,
las investigaciones aristotélicas en las relaciones problemáticas
entre la palabra y el mundo abrieron el camino seguido por Tomás
de Aquino y Descartes, por Kant y Heidegger. De esta forma, estas
tres cumbres del intelecto humano y de la formación de la
sensibilidad —la música, las matemáticas, la
metafísica— subscriben la afirmación de Shelley
según la cual “todos somos griegos”.
La herencia de Atenas es mucho más vasta todavía.
El vocabulario de nuestras teorías y de nuestros conflictos
políticos y sociales, de nuestro atletismo y de nuestra arquitectura,
de nuestros modelos estéticos y de nuestras ciencias naturales
permanece saturado de raíces griegas en los dos sentidos
de la palabra. Física, genética, biología,
astronomía, geología, zoología, antropología
son palabras derivadas directamente del griego clásico. A
su vez, las palabras llevan en sí mismas, como la propia
palabra “lógica”, una visión específica,
una cartografía particular de la realidad y de sus horizontes
abiertos. Heidegger exagera, pero exagera sugestivamente, cuando
afirma que una traducción equivocada del “ente”
o del “ser” de los griegos en el latín de Cicerón
determinó el destino de Europa.
No se exagera nada cuando añadimos que este destino no está
menos moldeado por la herencia de Jerusalén. No se encuentra
casi ningún nudo vital en la textura de la existencia de
Occidente, en la conciencia del mundo y de sí mismos de los
hombres y mujeres occidentales (y en consecuencia de los americanos)
que no haya sido alcanzado por la herencia hebraica. Esto es cierto
tanto para el positivista, el teísta o el agnóstico,
como para el creyente. El desafío monoteísta, la definición
de nuestra humanidad como interlocutora de lo trascendente, el concepto
de un Libro supremo, la noción de ley inextricable de los
mandamientos morales, hasta el sentido que tenemos de la historia
como de un tiempo que tiende hacia un objetivo, se originan en la
singularidad y la dispersión enigmáticas de Israel.
Es un lugar común citar a Freud, Marx y Einstein (yo añadiría
a Proust) como los padres de la modernidad, los artesanos de nuestra
condición actual. Pero el lugar común recubre una
situación de una considerable complejidad: la del judaísmo
secular y la traducción en términos y valores profanos
de antecedentes profundamente judaicos. La pasión de Marx
por la justicia social y su historicismo mesiánico concuerdan
directamente con la furia de Amos o de Jeremías. La extraña
hipótesis planteada por Freud de un crimen original —el
asesinato del padre— refleja con claridad el escenario de
la caída de Adán. Hay numerosos puntos maravillosamente
próximos de la promesa de los Salmos y de Maimónides
en la confianza de Einstein en un orden cósmico, en su rechazo
tenaz del caos. El judaísmo y sus dos principales posdatas,
el cristianismo y el socialismo utópico, son descendientes
del Sinaí, incluso ahí donde los judíos no
pasaban de ser un puñado despreciado y perseguido.1
Las relaciones jamás han sido fáciles. La tensión
entre judíos y griegos obsesiona la invención paulina
del cristianismo. Los Padres de la Iglesia están ansiosamente
atentos al doble magnetismo de Atenas la pagana y Jerusalén
la hebraica. ¿De qué manera la verdad de Jesús
incorporará la herencia indispensable de la Grecia clásica?
Herencia tanto más problemática que su transmisión
pasa por el mundo árabe y musulmán. En muchas ocasiones
las polaridades se agudizan. Un neopaganismo consciente impregna
la filosofía y la estética del Renacimiento florentino.
El puritanismo del siglo XVII casi podría definirse como
una tentativa de recuperar Sión. El helenismo romántico
se expresa con frecuencia en los términos de una crítica
amarga de los valores hebraicos y nazarenos. Con más frecuencia
el humanismo europeo, de Erasmo a Hegel, busca formas diversas de
compromiso entre los ideales áticos y hebraicos. Pero luego
de toda una vida de investigación escrupulosa, Leo Strauss,
impregnado lo mismo del Talmud que de Aristóteles, de Sócrates
que de Maimónides, concluyó la imposibilidad de negociar
un acuerdo satisfactorio entre los imperativos últimos de
la razón filosófica y científica tal y como
están establecidos en nuestra herencia griega, y los de la
fe y la revelación proclamados en la Torá.
El sincretismo, por ingenioso que sea, siempre será imperfecto.
La idea de Europa es así “un cuento de dos ciudades”.
Mi quinto criterio
es una conciencia de sí escatológica que bien podría
no existir más que en la conciencia europea. Mucho tiempo
antes del reconocimiento por parte de Valéry de la naturaleza
mortal de las civilizaciones o del diagnóstico apocalíptico
de Spengler, el pensamiento y la sensibilidad europeos habían
previsto un final más o menos trágico. El cristianismo
jamás abandonó por completo esta espera de un fin
del mundo que marcó en profundidad sus orígenes sinópticos.
Mucho tiempo después de lo que los historiadores han llamado
“el gran pavor del año mil”, profecías
anunciando el final de los tiempos, numerologías esforzadas
en la búsqueda de esa fecha abundaron en la imaginación
popular europea. Tales perspectivas no eran patrimonio exclusivo
de personas sin instrucción. Una mente como la de Newton
se ocupaba de ellas. Bajo una forma secular e intelectualizada,
“un sentido del final” es tan explícito en la
teoría de la historia de Hegel como lo había sido
en la formulación capital por Carnot de la entropía,
de la inevitable extinción de toda energía. Puede
pensarse asimismo en esas representaciones panorámicas de
ciudades europeas en llamas o invadidas por aguas furiosas que son
un aspecto tan curioso del arte romántico. Como si Europa,
a diferencia de las demás civilizaciones, tuviera la intuición
de que un día tendría que desplomarse bajo el peso
paradójico de sus victorias y la riqueza y complejidad de
su historia incomparable.2
Dos guerras mundiales que en realidad fueron guerras civiles europeas
llevaron hasta el más alto grado este presentimiento. Tal
es el origen del moderno apocalipsis de Los últimos días
de la humanidad, de Karl Kraus. Entre agosto de 1914 y mayo de 1945,
de Madrid al Volga y del círculo ártico a Sicilia
se estima en cien millones el número de hombres, mujeres
y niños que perecieron por la guerra, la hambruna, la deportación
y la matanza étnica. Tanto Europa occidental como Rusia occidental
se convirtieron en la casa de la muerte, el escenario de una bestialidad
sin precedentes, lo mismo en Auschwitz que en el Gulag. Más
recientemente el genocidio y la tortura reaparecieron en los Balcanes.
A la luz —¿o debería uno decir a la sombra?—
de una realidad tal, creer en el final de la idea europea y de los
lugares que habita es casi una obligación moral. ¿Con
qué derecho sobreviviríamos nosotros a nuestra inhumanidad
suicida?
Cinco axiomas para definir Europa: el café; el paisaje a
escala humana, accesible, esas calles y plazas con los nombres de
estadistas, sabios, artistas, escritores del pasado —en Dublín
hasta las paradas de autobús indican dónde se encuentran
las casas de los poetas—; nuestra doble filiación con
Atenas y Jerusalén y, en fin, esta aprehensión de
un último capítulo, de ese famoso crepúsculo
hegeliano que obscureció la idea y la substancia de Europa
cuando aún se encontraban en su mediodía.
¿Y entonces?
Dos voces pueden
ayudarnos a avanzar.
En Munich, durante el invierno desesperado de 1918-1919, Max Weber
pronunció una conferencia sobre la enseñanza y la
ciencia como vocación. Aunque transcrita sólo en parte,
muy pronto dicha conferencia se convirtió en un clásico.
Europa yacía en ruinas. Su civilización, su grandeza
intelectual, de la que la educación alemana había
sido garante emblemático, se habían revelado impotentes
frente a la demencia política. ¿Cómo se podía
restaurar el prestigio, la integridad de la vocación del
letrado, del pensador y del maestro? Profético, Weber había
anticipado la americanización, la reducción a una
burocracia administradora de la vida del espíritu en Europa.
¿Cómo se podía unir de nuevo la enseñanza
con la investigación intelectual y científica? La
abyecta categoría de lo “políticamente correcto”
aún no se había imaginado. Pero Weber había
visto y expresado lo esencial: “Hay que introducir la democracia
donde mejor convenga, pero la educación científica
tal y como la debemos impartir por tradición en las universidades
alemanas es un asunto de aristocracia espiritual”. Aun antes
que Benda, Weber enunciaba el austero ideal de una verdadera intelligentsia:
“Todo ser incapaz de ponerse, por decirlo así, anteojeras,
y de limitarse a la idea de que el destino de su alma depende de
la necesidad de hacer tal conjetura, y precisamente esa, en tal
lugar de tal manuscrito, haría mucho mejor en abstenerse
del trabajo científico”. Las personas insensibles a
lo que Platón llamaba la “manía”, a la
posesión de su ser por la búsqueda de verdades de
una abstracción frecuentemente ardua y no utilitarias, deberían
irse a otra parte. Los científicos, los eruditos, los artistas
son, Weber lo afirma con insistencia, devotos de un ideal sacrificial
tan antiguo como los presocráticos y distintivo del genio
de Europa.
En un momento no menos trágico, poco antes de su muerte solitaria,
Edmund Husserl pronunció una conferencia célebre sobre
“La crisis de la humanidad europea y la filosofía”.
Europa, proclama Husserl, “designa la unidad de una vida,
de una actividad, de una creación espiritual”. Esta
espiritualidad creadora tiene su lugar de nacimiento. “La
ciencia de todo en el mundo”, según la expresión
un tanto desmañada de Husserl, es originaria de la Grecia
antigua. El milagro ático es haber comprendido que “las
ideas, esas formaciones de sentido producidas en las personas individuales
y que son de un tipo nuevo y sorprendente”, consisten “en
encerrar en uno infinidades intencionales”. Horizontes tales
sugieren una historicidad nueva y formadora. Otras culturas y otras
comunidades han hecho descubrimientos científicos e intelectuales,
pero sólo en la Grecia antigua evoluciona la búsqueda
de la teoría, del pensamiento especulativo desinteresado
a la luz de posibilidades infinitas. Además, sólo
en la Grecia clásica y su descendencia europea lo teórico
es aplicado a lo práctico en la forma de una crítica
universal de toda vida y sus objetivos. Una distinción clara
debe ser establecida entre esta fenomenología y el tejido
“mítico-práctico” de los modelos de Extremo
Oriente o hindúes. El acto primordial de asombro, thaumazein,
y de desarrollo teórico y lógico es fundamentalmente
platónico y aristotélico. De ahí proviene,
bien considerado, el avance de la ciencia y la tecnología
europeas, y luego americanas, sobre todas las otras culturas. El
proceso de conjunto consiste en una idealización en la cual
hasta Dios “es, por así decirlo, logificado, se convierte
en el portador del Logos absoluto”. Europa se olvida de sí
misma cuando olvida que ha nacido de la idea de razón y del
espíritu de filosofía. El peligro, concluye Husserl,
es “la lasitud”.3
Y precisamente cuando Husserl hablaba, la barbarie inundaba una
vez más a Europa, así como no ha dejado de hacerlo
de Sarajevo a Sarajevo. Citar las orgullosas esperanzas de Weber
y Husserl es incitar de por sí a la ironía. ¿Significa
esto que la idea de Europa ha terminado su viaje, que no tiene porvenir
autónomo? Tal es, sin lugar a dudas, una posibilidad clara.
Corresponde a esa lógica de muerte de las civilizaciones
y las ideologías que he recordado más arriba. ¿O
aún existen avenidas de esperanza que vale la pena explorar?
No sólo los factores significativos son de una complejidad
y una diversidad tales que desafían casi todo análisis
responsable. No nada más la previsión es de una miopía
casi cómica (nosotros interpretamos siempre mirando desde
un espejo retrovisor). La competencia necesaria en terrenos como
la política económica y monetaria, la demografía,
el derecho, las relaciones industriales y la teoría de la
información, que ejercen interacciones múltiples entre
sí, no está a mi alcance. Que alguien tan limitado
aborde la cuestión de un eventual renacimiento europeo roza
la impertinencia. En el mejor de los casos sólo proporcionará
intuiciones impresionistas. En el peor, abundará en los clichés
retóricos y patéticos a los que innumerables coloquios,
pláticas, publicaciones y manifiestos sobre “la cuestión
de Europa” nos han acostumbrado hasta el punto de hartarnos.
Y al llegar aquí yo debería, claro está, volver
a ocupar mi asiento.
Lo poco que tengo que proponer es la idea de que tal vez nosotros
no nos hayamos hecho las preguntas convenientes. Que los factores
en apariencia preponderantes a los que acabo de aludir no son, en
última instancia, total ni aun principalmente determinantes.
Puede ser que el porvenir de “la idea de Europa”, si
es que tiene algún porvenir, dependa menos de las bancas
centrales y los subsidios agrícolas, de las inversiones en
tecnología o las tarifas comunes de lo que nos hacen creer.
Puede ser que la OCDE o la OTAN, la extensión del euro o
de las burocracias parlamentarias según el modelo de Luxemburgo
no sean las dinámicas principales de la visión europea.
Pues si en verdad lo son, dicha perspectiva no tiene nada de entusiasmante
para el alma humana.
Permítanme entonces enumerar, inevitablemente como un aficionado
y de forma provisional, algunas posibilidades poco comunes, deseos
que valdría la pena tomar en cuenta si lo que queremos es
que la idea de Europa no se pierda en ese gran museo de los sueños
pasados al que llamamos historia.
Odios étnicos,
nacionalismo chovinista, reivindicaciones regionales han sido la
pesadilla de Europa. La limpieza étnica y el intento de genocidio
en los Balcanes no son sino la más reciente manifestación
de un flagelo que comprende lo mismo a Irlanda del Norte y el País
Vasco, que las divisiones entre flamencos y valones. Con sobrada
razón se considera la propagación mundial de la lengua
angloamericana, la standarización tecnológica de la
vida cotidiana, la universalidad de Internet como otros tantos pasos
decisivos en pos de una abolición de las fronteras y de los
antiguos odios. Innumerables organizaciones legales, económicas,
militares y científicas tienden hacia un grado siempre más
elevado de colaboración europea y al fin y al cabo de unión.
El éxito fantástico del modelo americano, de su federalismo
a través de distancias enormes y una gran diversidad de climas,
convoca a la imitación. Europa no debe sucumbir nunca más
a las guerras intestinas.
Este ideal de unión es indiscutible. Desde Carlomagno inspira
elementos importantes del pensamiento y la política europeos.
Pero desde mi punto de vista no representa más que un aspecto
del cuadro.
El genio de Europa es aquello que William Blake habría llamado
“el carácter sagrado del detalle ínfimo”.
Es el de la diversidad lingüística, cultural y social,
que con frecuencia transforma una distancia despreciable, una veintena
de kilómetros, en una división entre dos mundos. En
contraste con la espantosa monotonía que sienta sus reales
desde el oeste de Nueva Jersey hasta las montañas de California,
en contraste con esa sed de conformidad que es fuerza y vacío
a la vez de tantas existencias americanas, el mapa reventado, de
divisiones francamente absurdas, del espíritu europeo y de
su herencia ha sido de una fertilidad inagotable. La expresión
de Shakespeare “una morada local y un nombre” identifica
un carácter determinante. No hay “lenguas menores”.
Cada lengua contiene, articula y transmite no nada más una
carga única de memoria vivida, sino además una energía
elaboradora de sus tiempos futuros, una potencialidad para el mañana.
La muerte de una lengua es irreparable: disminuye las posibilidades
del hombre. Nada amenaza tan radicalmente —desde la raíz—
a Europa, que la progresión exponencial y detergente del
angloamericano y la uniformidad de los valores y de la imagen del
mundo que este esperanto devorador trae consigo. La computadora,
la cultura del populismo y el mercado de masas hablan angloamericano
desde los night-clubs de Portugal hasta los malls y los fast-foods
de Vladivostok. Europa perecerá, sin lugar a dudas, si no
pelea por sus lenguas, sus tradiciones locales y sus autonomías
sociales. Si olvida que “Dios está en los detalles”.
¿Pero cómo equilibrar las exigencias contradictorias
de la unificación político-económica y de la
especificidad creadora? ¿Cómo separar de la dilatada
crónica de los odios recíprocos la saludable riqueza
de la diferencia? Ignoro la respuesta. Sólo sé que
personas más sabias que yo deben encontrarla y que ya es
tarde.
En “la idea de Europa” se entrelazan las doctrinas y
la historia del cristianismo occidental. Nuestra arquitectura, nuestro
arte, nuestra música, nuestra literatura y nuestro pensamiento
filosófico están saturados de valores y referencias
cristianos. La alfabetización nació en Europa de la
enseñanza cristiana. Las guerras de religión entre
católicos y protestantes moldearon el destino europeo y el
mapa político del continente. Otros factores jugaron sin
duda su papel, pero es imposible por completo disociar la caída
de Europa en la inhumanidad, en la Shoah, de la designación
por los cristianos del judío como deicida, como heredero
directo de Judas. Es en nombre de una santa revancha por el Gólgota,
que los primeros pogroms se emprendieron en Renania a comienzos
de la Edad Media. De esas matanzas al Holocausto, el encadenamiento
es con seguridad complejo y aun subterráneo, pero no menos
indiscutible. El aislamiento, las persecuciones, la humillación
social y política de los judíos han estado vinculados
de forma integral a la presencia cristiana, la cual ha sido axiomática
en la grandeza y abyección de Europa. Los campos de la muerte
son un fenómeno europeo situado, con una monstruosa intuición,
en la más católica de las naciones europeas. Los crucifijos
hacen burla del perímetro de Auschwitz.
Valientes protestas contra el odio a los judíos se levantaron
desde el corazón del catolicismo romano, así como
de diversas ramas del protestantismo. Más recientemente se
han expresado demandas simbólicas de perdón y propuesto
modificaciones a algunos de los textos litúrgicos más
odiosos. Pero esto es casi nada. La verdad brutal es que hasta el
día de hoy Europa se ha rehusado a reconocer o analizar,
para no hablar de condenar, el papel múltiple del cristianismo
en la negra noche de la historia. Simple y sencillamente ha borrado
o ignorado de forma convencional la raíz de su antisemitismo
en los Evangelios, en el repudio de su pueblo por San Pablo, en
innumerables escritos teológicos e ideológicos posteriores
(a comienzos de los años 1520, Lutero reclama alto y fuerte
la hoguera para todos los judíos). Hasta que Europa admita
que lleva en la sangre ese veneno que es el odio a los judíos,
hasta que llegue a reconocer explícitamente la larga prehistoria
de las cámaras de gas, muchas estrellas de nuestro cielo
europeo continuarán siendo amarillas.
En la actualidad el cristianismo es una fuerza en vías de
desaparición. En numerosas regiones de Europa las iglesias
se vacían. En el corazón mismo de la Europa papal,
en Italia, la tasa de natalidad se desploma. Alrededor de seiscientas
iglesias anglicanas han sido declaradas excedentes. ¿Qué
gran voz teológica cristiana habla ahora para la Europa cultivada?
El tsunami del agnosticismo, si no del ateísmo, desencadena
un cambio profundo en la evolución milenaria de Europa. Esta
transmutación, tan gradual como pueda serlo, implica posibilidades
sin precedente de tolerancia, de indiferencia irónica ante
los mitos arcaicos de retribución. Una Europa postcristiana
podría surgir, bien que lentamente y por caminos difíciles
de predecir, de la sombra de las persecuciones religiosas. En un
universo que en la hora actual es rehén de un fundamentalismo
homicida, ya sea el del sur o el medio oeste americanos o el del
islam, Europa occidental puede tener el privilegio imperativo de
elaborar y promulgar un humanismo laico. Si puede purgarse de su
propia herencia tenebrosa, enfrentándose a esta herencia
sin flaquear, la Europa de Montaigne, de Erasmo, de Voltaire y de
Emmanuel Kant podría, una vez más, servir de guía.
Se trata de una misión para el espíritu y para la
inteligencia. Es absurdo suponer que Europa podrá rivalizar
con el poder económico, militar y tecnológico de Estados
Unidos.4 Asia, y China en particular, se encuentran ya en vías
de superar a Europa en importancia demográfica, industrial
y finalmente geopolítica. Los días del imperialismo
y de la hegemonía diplomática europeos han desaparecido
de la misma manera que los mundos de Richelieu, de Palmerston y
de Bismarck. Las tareas, las ocasiones que se nos presentan ahora
son precisamente las que atestiguaron el alba luminosa de Europa
bajo la influencia del pensamiento griego y de la moral judía.
Resulta vital que Europa reafirme ciertas convicciones y audacias
del alma que la americanización del planeta —con todas
sus ventajas y su generosidad— ha obscurecido. Permítanme
formularlas brevemente.
La dignidad del homo sapiens es exactamente eso: el descubrimiento
de la sabiduría, la búsqueda de un saber desinteresado,
la creación de belleza. Ganar dinero e inundar nuestras vidas
con bienes materiales cada vez más desprovistos de interés
es una pasión profundamente vulgar, devastadora. Puede ser
que, por medios aún muy difíciles de distinguir, Europa
engendre un día una revolución contra-industrial,
así como ella dio a luz la revolución industrial.
Ciertos ideales de ocio, de vida privada, de individualismo anárquico,
ideales casi extinguidos en el consumo y las uniformidades flagrantes
de los modelos americanos y americano-asiáticos, pueden conservar
su función natural en un contexto europeo, incluso si este
contexto tiene por consecuencia un cierto grado de decrecimiento
material. Aquéllos que conocieron la Europa Oriental durante
las décadas negras, o la Gran Bretaña en periodo de
austeridad, sabrán qué solidaridades y creatividades
humanas pueden nacer de una pobreza relativa. La censura política
no mata, es el despotismo del mercado de masas y los efectos del
vedetismo comercializado los que aniquilan.
No se trata más que de sueños, tal vez imperdonables
por su inocencia. Sin embargo, hay objetivos que merecen el intento
por alcanzarlos. Resulta desesperadamente urgente que se detenga,
en la medida de lo posible, la salida de Europa de la flor de nuestros
jóvenes talentos científicos (pero también
humanistas), atraídos por las ofertas paradisiacas que les
hace Estados Unidos. Si nuestros mejores científicos, nuestros
jóvenes arquitectos más dotados, nuestros músicos
y nuestros eruditos abandonan Europa, si el abismo entre los salarios,
las posibilidades profesionales, los recursos consagrados a la investigación
y los descubrimientos hechos en colaboración tanto en Estados
Unidos como en Europa no es resuelto, estaremos condenados en efecto
a la esterilidad o a la segunda posición —en terrenos
clave la situación es de por sí prácticamente
desesperada—. Y sin embargo estoy convencido de que la solución,
tanto económica como psicológica, no está fuera
de nuestro alcance. Si los jóvenes ingleses prefieren colocar
a David Beckham muy por encima de Shakespeare y Darwin en su lista
de tesoros nacionales, si instituciones científicas, bibliotecas,
salas de concierto y teatros sobreviven a duras penas en una Europa
que en lo fundamental es próspera y donde la riqueza jamás
ha hablado más fuerte, la falta nos incumbe simple y sencillamente
a todos nosotros. Como podría incumbirnos la reorientación
de la enseñanza secundaria y de los medios de comunicación
que corregirían esa falta. Con la degradación del
marxismo en tiranía salvaje y nulidad económica se
perdió un gran sueño, ese que anunciaba Trotsky del
hombre común marchando tras los pasos de Aristóteles
y Goethe. Liberado de una ideología declarada en quiebra,
este sueño puede y debe ser soñado otra vez. Y sin
duda sólo en Europa los indispensables fundamentos del saber,
el sentimiento de la vulnerabilidad trágica de la condición
humana podrán ofrecer una base. Es entre los hijos con frecuencia
fatigados, divididos y confusos de Atenas y Jerusalén que
podremos regresar a la convicción de que una “vida
que no se somete a examen” no vale la pena de ser vivida.
Puede ser que todo esto no sea más que palabras vanas. Que
sea demasiado tarde. Yo espero que no, simplemente porque las digo
en Holanda. Aquí, donde Baruch Spinoza vivió y pensó.
Steiner (París,
1929). Catedrático de Cambridge. Éste es el texto
íntegro de la conferencia Nexus que George Steiner pronunció
en Holanda el año pasado.
Traducción
de Alberto Román.
NOTAS:
1 Mi mujer y
yo tuvimos el gran privilegio de ser invitados por Nadine Gordimer
a su hermosa casa del Cabo durante los tiempos difíciles,
justo antes de la liberación. Ella había invitado
a cenar a los líderes del Congreso Nacional Africano, el
movimiento nacional de resistencia, con todo y sus jefes militares.
Policías en auto paraban frente a su casa y tomaban nota
de todos los invitados, pero no tocaron a Nadine. Gozábamos
de absoluta seguridad. Ellos se contentaban con anotar quién
venía a cenar. Toda mi vida he tenido por principal talento
una falta de tacto sideral, así que finalmente les pregunté
a estos tres grandes líderes: “Miren, vivir bajo la
ocupación de las Waffen-SS era muy duro, ellos eran maestros
en el arte del sometimiento. Pero de cuando en cuando alguien mataba
a uno de esos sinvergüenzas. Ustedes no han tocado a ningún
blanco. Ni a uno solo. En Johannesburgo la proporción es
de trece negros por blanco. En la calle todo lo que ustedes tienen
que hacer es apretar los brazos y nada más con eso ahogarán
al blanco. Ni siquiera necesitan armas. Trece a uno. ¿Pero
qué les pasa, por Dios?”. Uno de los líderes
del CNA me dijo entonces: “Yo puedo responderle. Los cristianos
tienen los Evangelios; ustedes los judíos tienen el Talmud,
el Antiguo Testamento, la Mishná; mis camaradas comunistas
en esta mesa tienen El Capital. Nosotros los negros no tenemos libro”.
Ese momento fue para mí inmenso. La herencia de Atenas a
Jerusalén, que consiste en tener un libro, hace que tengamos
varios libros. Era ésa una respuesta irresistiblemente triste
y convincente: “Nosotros no tenemos libro”.
2 El alemán
tiene una palabra que como de costumbre no se puede traducir: Geschichtsmüde,
fatiga de la historia. Se trata de una palabra muy antigua y obsesionante.
3 Es necesario
recordar que hay mucho por recordar. Fue Herodoto quien planteó
la cuestión siguiente: “Año con año nosotros
enviamos nuestros barcos a África, con riesgo de nuestras
vidas y a un gran costo, para preguntar: ‘¿Quiénes
son ustedes? ¿Cuáles son sus leyes? ¿Cuál
es su lenguaje?’. Ellos no han enviado jamás un solo
barco para hacer lo propio”. Ninguna medida de “corrección
política” ni de liberalismo a la moda puede destruir
esta cuestión.
4 Esta semana
se hicieron públicas las cifras. Entre el 75 y el 80% de
todos los europeos que hacen un doctorado en Estados Unidos no regresan.
Como no tenemos nada que ofrecerles, es seguro que no regresan.
Se podría comenzar por pagarles decentemente; en este sentido
soy un verdadero materialista.
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor de Mauleón,
Director / Laura Emilia Pacheco y Juan Manuel Gómez,Editores.
Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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