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28 de mayo del 2005


Una idea de Europa

Por George Steiner

Mañana, Francia someterá a referéndum la aprobación de la nueva Constitución de la Unión Europea. El resultado podría desencadenar una de las peores tormentas en la construcción de una Europa unida: en el país emblema de la UE, grandes sectores de la izquierda rechazan la propuesta, y los sondeos parecen indicar que ganará el no. En el ensayo que ofrecemos a continuación, antes de que la idea de Europa se pierda, uno de los pensadores más lúcidos de Occidente señala la necesidad de su apuntalamiento “como una misión para el espíritu y la inteligencia”.

“Un pararrayos debe estar pegado a la tierra. Aun la más abstracta, la más especulativa de las ideas debe anclarse en la realidad, en la sustancia de las cosas. ¿Qué es, entonces, la “noción de Europa”?
Los cafés son un rasgo característico de Europa. Van del establecimiento preferido de Pessoa, en Lisboa,
a los cafés de Odessa donde todavía se siente la presencia de los gángsters de Isaac Babel. Se extienden desde los cafés de Copenhague, ante los cuales pasaba Kierkegaard durante sus paseos meditabundos, a los mostradores de Palermo. No hay cafés antiguos o característicos en Moscú, que es ya un suburbio asiático. Hay muy pocos en Inglaterra, luego de una moda efímera en el siglo XVIII. No hay ninguno en América del Norte, con excepción de esa sucursal francesa que es Nueva Orleáns. Si uno dibuja el mapa de los cafés obtendrá una de las referencias esenciales de la “noción de Europa”.

El café es un lugar de encuentro y complot, de debate intelectual y chismorreo, el lugar del flâneur y del poeta o del metafísico con sus infaltables cuadernos. Está abierto a todos y sin embargo también es un club, una francmasonería de reconocimiento político o artístico y literario, de presencia programática. Una taza de café, un vaso de vino, un té con ron franquean el paso a un local donde se puede trabajar, soñar, jugar ajedrez o simplemente pasar el día cómodamente. Es el club del espíritu y la “lista de correos” de los que no tienen domicilio. En el Milán de Stendhal, en la Venecia de Casanova, en el París de Baudelaire, el café albergaba a la oposición política, al liberalismo clandestino. En la Viena imperial y de entreguerras tres grandes cafés constituían el agora, lugar para la elocuencia y la rivalidad de escuelas opositoras de estética y de economía política, de psicoanálisis y de filosofía. Las personas deseosas de encontrar a Freud o a Karl Kraus, a Musil o a Carnap, sabían con precisión en qué café buscarlos, en qué mesa sentarse. La última vez que Danton y Robespierre se entrevistaron fue en el Procope. Cuando en 1914 las luces se extinguen en Europa, Jaurès cae asesinado en un café. Y en un café de Ginebra, Lenin trabaja en su tratado sobre el empiriocriticismo mientras juega ajedrez con Trotsky.

Obsérvense las diferencias ontológicas. Un pub inglés, un bar irlandés poseen un aura y una mitología particulares. ¿Qué sería la literatura irlandesa sin los bares de Dublín? ¿O dónde si no en la Museum Tavern habría encontrado el Dr. Watson a Sherlock Holmes? Pero ésos no son cafés. Ahí no hay tableros ni periódicos colgando de su costilla de madera para que los clientes dispongan de ellos. No es sino hasta hace muy poco que tomar café se ha vuelto en Gran Bretaña un hábito público, envuelto aún en un halo italiano. El bar americano juega un papel considerable en la literatura y el eros de ese país, en el carisma de figuras como Scott Fitzgerald o Humphrey Bogart. La historia del jazz es inseparable de él. Pero el bar americano es un santuario de penumbras, incluso de obscuridad, que palpita al ritmo de una música no pocas veces ensordecedora. Su sociología, su ropaje psicológico están impregnados de sexualidad, de presencias femeninas esperadas, soñadas o reales. Nadie redactaría un tratado de fenomenología en la mesa de un bar americano (cf. Sartre). Para poder permanecer, los clientes deben renovar sus consumos. Hay “desalojadores” para expulsar a los indeseables. Cada uno de estos rasgos define un genio radicalmente distinto del genio del café Central, del Deux-Magots o del Florian. “La mitología existirá mientras haya mendigos”, dijo Walter Benjamin, conocedor apasionado y peregrino de los cafés. Mientras haya cafés, la “noción de Europa” tendrá contenido.

Europa ha sido y es todavía recorrida a pie. Esto es capital. La cartografía de Europa nació de las capacidades pedestres, de los horizontes accesibles a las piernas. Hombres y mujeres han trazado sus rutas caminando de una aldea a otra, de un pueblo a otro, de una ciudad a otra. La mayor parte de las veces las distancias poseen una escala humana, pueden ser recorridas por el viajero a pie: lo mismo el peregrino de Compostela que el paseante solitario o gregario. Existen extensiones áridas e inhóspitas, marismas, montañas impresionantes, pero nada de todo eso constituye un obstáculo definitivo. No hay Sahara, no hay badlands, no hay tundras infranqueables. Los cuellos de alta montaña tienen sus refugios, así como los parques tienen sus bancas. Los Holzwege de Heidegger atravesaban el más sombrío de los bosques. Europa no tiene Valle de la Muerte, no tiene Amazonia, no posee un “territorio virgen” hostil al viajero.
Esta realidad determina una relación fecunda entre la humanidad europea y su paisaje. Metafórica lo mismo que maternalmente, este paisaje ha sido moldeado, humanizado por pies y manos. Como en ninguna otra parte del mundo, las riberas, las costas, los campos, los bosques, las colinas de Europa, de La Coruña a San Petersburgo, de Estocolmo a Mesina, han sido menos trabajados por el tiempo geológico que por el tiempo histórico, humano. A orillas del glaciar sueña Manfred. Chateaubriand declama en la punta del peñón. Nuestras tierras, ya estén hundidas bajo la nieve o iluminadas por la luz dorada del verano, son las mismas que conocieron Brueghel, Monet o Van Gogh. Los bosques más obscuros poseen sus ninfas o sus hadas, ogros letrados o ermitaños pintorescos los habitan. Es como si el viajero no se encontrara jamás fuera del alcance de las campanas del pueblo siguiente. Desde tiempos inmemoriales, las riberas han tenido vados (fords), vados para el ganado (oxen), Oxford, y puentes sobre los que se puede bailar como en Avignon. Las bellezas de Europa son inseparables de la pátina del tiempo humanizado.
Aquí también la diferencia con América del Norte, para no hablar de África o de Australia, es radical. En América no se va a pie de una ciudad a otra. Los desiertos del interior australiano, del suroeste americano, los bosques de los estados del Pacífico o de Alaska son prácticamente infranqueables. El esplendor del Grand Canyon, de los pantanos de Florida, de la Ayer’s Rock en la inmensidad de Australia, tiene que ver con una dinámica tectónica, geológica, sin relación con el hombre, hasta el punto de parecer una amenaza para él. Tal es el motivo de la impresión que los turistas que llegan a Europa provenientes del Nuevo Mundo o de “más abajo” tienen con frecuencia: de que los paisajes europeos se extienden demasiado cerca del espectador, que sus horizontes sofocan. Tal es el motivo de esa impresión de que los “vastos cielos” de América, de África del Sur o de Australia son desconocidos en Europa. Para un ojo americano, incluso las nubes europeas pueden parecerle domesticadas: están sobrepobladas de divinidades antiguas vestidas por Tiepolo.

Los componentes integrales del pensamiento y la sensibilidad europeos son fundamentalmente pedestres. Su cadencia y sus encadenamientos son los de un caminante. En la filosofía y la retórica griegas, los peripatéticos son, literalmente, los que van a pie de polis en polis, aquéllos cuya enseñanza es itinerante. En la métrica y las convenciones poéticas occidentales, el pie, el ritmo, el encabalgamiento entre versos o estrofas nos recuerdan la gran intimidad entre el cuerpo humano pisando la tierra y las artes de la imaginación. Una buena parte de las teorías más refinadas nació caminando. El paseo cotidiano de Emmanuel Kant, su travesía por Könisberg de una precisión cronométrica, se ha vuelto legendaria. Las meditaciones, los ritmos de percepción de un Rousseau son los de un paseante. Las dilatadas errancias de Kierkegaard por Copenhague y sus alrededores se convirtieron en un espectáculo público y objeto de caricaturas. Pero son esas errancias con sus diversiones, sus cambios repentinos de dirección y ritmo, los reflejos de las síncopas de su prosa. La de Charles Peguy es sin lugar a dudas la más punzante, la más escandida de la literatura moderna. Las frases van por delante, inexorables; sus conclusiones son machacadas por el paso de esas pesadas botas de marchar y esos botines de infantería emblemáticos de la visión de Peguy. De ahí el incomparable “himno en marcha” de su peregrinaje a Chartres y de la oda que lo celebra.

En este tiempo americano, el del automóvil y el avión a reacción, nos cuesta trabajo imaginar las distancias recorridas y aprovechadas intelectual y poéticamente por los maestros europeos. Hölderlin hace el viaje de Westfalia a Bordeaux, ida y vuelta, caminando. El joven Wordsworth va y viene de Calais al Oberland bernés a pie. Coleridge, un individuo corpulento afligido por diversos males físicos, recorre habitualmente veinte o treinta millas al día en un terreno difícil y montañoso mientras compone poesía o elabora complejas argumentaciones teológicas. Y piensen en el papel del Wanderer en algunas de nuestras más grandes obras musicales, en las fantasías y los lieder de Schubert, en Mahler. Uno vuelve a la enigmática profecía de Benjamin: en todas las alegorías y las leyendas europeas, el mendigo que toca a la puerta, el mendigo que puede ser un agente divino o demoniaco disfrazado, llega a pie.
La historia europea está hecha de largas marchas. Los soldados de Alejandro marcharon a pie de la Grecia continental hasta las fronteras de la India y del desierto libio. La Anábasis de Jenofonte sigue siendo el clásico de la desesperación, del agotamiento y la resistencia del soldado de infantería en marchas forzadas por su sobrevivencia. El kilometraje recorrido a pie por las legiones napoleónicas desde Portugal hasta Moscú desafía la credulidad, lo mismo que la capacidad de supervivencia de Stendhal desplazándose por distancias interminables durante la retirada de Rusia. En la Segunda Guerra Mundial, la Wehrmacht tenía unidades de infantería que habían marchado desde las costas atlánticas más occidentales de Francia hasta el Cáucaso. Con elocuencia, Julien Benda llamó a sus memorias Un regular en el siglo, es decir, un soldado de infantería recorriendo el trágico atlas de la historia europea moderna, un mappa mundi que es también la carta del tiempo europeo.

Las calles, las plazas donde marchan los hombres, las mujeres y los niños europeos son cien veces bautizadas con los nombres de jefes de Estado, militares, poetas, artistas, compositores, sabios y filósofos. Y éste es mi tercer parámetro. Mi infancia en París me vio pasar, innumerables ocasiones, por la calle La Fontaine, la plaza Victor Hugo, el puente Henri IV, la calle Téophile Gautier. Las calles que rodean a la Sorbona llevan los nombres de los grandes maestros de la escolástica medioeval. Celebran a Descartes y a Auguste Comte. Si Racine tiene su calle, también la tienen Corneille, Molière o Boileau. Lo mismo sucede en el mundo germanófono con sus miriadas de Goetheplätze y de Schillerstrassen, con sus plazas nombradas en honor de Mozart o Beethoven. El escolar europeo, los ciudadanos habitan verdaderas cámaras de eco de triunfos históricos, intelectuales, artísticos y científicos. Con mucha frecuencia, la placa con el nombre de la calle no sólo lleva éste sino también las fechas correspondientes y una evocación sumaria. Ciudades como París, Milán, Florencia, Francfort, Weimar, Viena, Praga o San Petersburgo son crónicas vivientes. Leer los letreros de sus calles es hojear un pasado reciente. Y una pietas semejante no se ha extinguido de ninguna manera. La plaza Saint-Germain se ha convertido en la plaza Sartre-Beauvoir. Francfort acaba de darle el nombre de Adorno a una plaza. En Londres, una abundancia de placas azules identifica las casas en las que se supone vivieron no sólo escritores, artistas, o sabios medioevales, del Renacimiento o de la época victoriana, también otros asociados a Bloomsbury o a los modernos.

Ahora observen la diferencia casi espectacular. En Estados Unidos son raros tales memoranda. Las calles siempre se llaman Pine (pino), Maple (arce), Oak (roble) o Willow (sauce). Algunos bulevares alcanzan el privilegio de Sunset, en tanto la más noble de las calles de Boston es conocida con el nombre de Beacon (faro). Pero incluso estos nombres son concesiones a una especie de humanidad. Las avenidas, las carreteras, las calles americanas están simplemente numeradas o en el mejor de los casos, como en Washington, se distinguen por su orientación con el epíteto “norte” u “oeste” añadido a su número. Los automóviles no tienen el tiempo para reflexionar en una calle Nerval o en un bulevar Copérnico.

Pero esta soberanía del recuerdo, esta definición que la propia Europa se da como un lugar de la memoria, tiene su lado obscuro. Las placas pegadas a tantas casas europeas no sólo evocan la excelencia artística, literaria, filosófica o política. Conmemoran centurias de matanzas y sufrimiento, de odio y sacrificio humano. En una ciudad francesa, una placa a la memoria de Lamartine, el más idílico de los poetas, se encuentra al otro lado de la calle donde una inscripción recuerda la tortura y la ejecución de combatientes de la Resistencia en 1944. Europa es el lugar donde el jardín de Goethe casi toca Buchenwald, donde la casa de Corneille es vecina de la Place du Marché donde Juana de Arco fue atrozmente ejecutada. Por todas partes monumentos conmemoran el asesinato individual o colectivo. Enumerados sobre el mármol, los muertos parecen con frecuencia más numerosos que los vivos. Las decisiones tomadas, los métodos empleados en la reconstrucción o restauración de las ciudades y la herencia artística destruidas por la guerra fueron de lo más problemático. Claro que la restauración al milímetro de los viejos barrios de Varsovia según pinturas topográficas del siglo XVIII es una maravilla de habilidad y voluntad de memoria, al igual que la reconstrucción de Dresde, devuelta en gran parte a su brillo de antaño, o incluso la resurrección facsimilar de muchos de los esplendores de lo que fue Leningrado. Pero cuando uno deambula entre esos espectros materializados se impone un sentimiento de extrañeza, una tristeza rotunda. Tanta exactitud produce una sensación de falsedad. Como si hasta las perspectivas de profundidad no fueran más que fachada. Es muy difícil traducir en palabras el calor, el aura que el tiempo auténtico, el tiempo que es proceso vivido, da a los juegos de la luz sobre la piedra, en los patios, en la punta de los tejados. En el artificio de la reconstrucción, la luz tiene un gusto de neón.

El problema es más profundo, claro está. En Europa hasta un niño se dobla bajo el peso del pasado, como con tanta frecuencia se dobla bajo el peso de una mochila demasiado llena. Cuántas veces al caminar por la rue Descartes, al atravesar el Ponte Vecchio o al pasar frente a la casa de Rembrandt en Amsterdam no me he sentido abrumado, hasta en mi cuerpo, por la pregunta “¿Y para qué? ¿Qué importa quién de entre nosotros puede añadir algo a las inmensidades del pasado europeo?”. Cuando Paul Celan se hunde en el Sena para suicidarse, elige el lugar preciso que celebra Apollinaire en su gran balada, y este lugar se encuentra bajo las ventanas de la recámara donde Tsvitaieva pasó su última noche antes de regresar a la desolación y la muerte en la Unión Soviética. Un europeo letrado está atrapado en la telaraña de un in memoriam luminoso y a la vez sofocante.
Y precisamente esta urdimbre es la que América del Norte rechaza. Su ideología está hecha de sol naciente y de futuro. Al declarar que la historia es una broma, Henry Ford le dio un santo y seña a la amnesia creativa, a una capacidad de olvido garante de la búsqueda pragmática de la utopía. El más elegante de los edificios nuevos tiene un factor de obsolescencia de unos cuarenta años. La guerra de Vietnam proyectó una sombra casi digna del viejo mundo; el 11 de septiembre provocó un estremecimiento, un memento mori en la psique americana. Pero motivos tales resultan excepcionales y verosímilmente transitorios. Los recuerdos más fuertes en la sensibilidad y la lengua americanas son recuerdos de promesa, de ese contrato con horizontes ilimitados que han hecho del desplazamiento hacia el Oeste, y muy pronto del viaje interplanetario, un nuevo Edén. Ése es el motivo del creciente malestar ante la mera idea (sin duda perdurable) de un monumento conmemorativo de la destrucción del World Trade Center —al mismo tiempo un mausoleo simbólico deliberadamente brutal, y desde mi punto de vista mal inspirado, enterrará un espacio central en Berlín. ¡Hombres y mujeres del Nuevo Mundo resultan mucho más fieles al precepto de Jesús: dejad que los muertos entierren a sus muertos!

El peso ambiguo del pasado en la idea y la substancia de Europa deriva de una dualidad primordial. Y éste es mi cuarto axioma. Se trata de la doble herencia de Atenas y Jerusalén. En este parentesco a un tiempo conflictivo y sincrético se origina en Europa toda la argumentación teológica, filosófica y política, de los Padres de la Iglesia a Leon Chestov, de Pascal a Leo Strauss. El topos es tan urgente y tan rico en la actualidad como nunca. Ser europeo es tratar de conciliar moral, intelectual y existencialmente los ideales rivales, las exigencias, la praxis de la ciudad de Sócrates y de la ciudad de Isaías.

Nosotros somos un tipo de bípedo con una indescriptible capacidad de sadismo, de ferocidad territorial, de avidez, de vulgaridad y de abyección superior al de todas las especies. Nuestra tendencia a la matanza, a la superstición, al materialismo y a un egoísmo carnicero prácticamente no ha cambiado en el curso de la breve historia de nuestra presencia en la tierra. Y sin embargo, este miserable y peligroso mamífero ha engendrado tres búsquedas, o pasiones, o juegos de una dignidad por completo trascendente. Se trata de la música, las matemáticas y el pensamiento especulativo (en el cual incluyo a la poesía, que no podría hallar mejor definición que música del pensamiento). De una inutilidad deslumbrante y con frecuencia contrarias a la intuición, estas tres actividades son únicas de los hombres y las mujeres y se aproximan lo más posible a la intuición metafórica de que, en efecto, hemos sido creados a imagen de Dios.

No hay la menor duda de que la música es planetaria. Hasta donde sabemos, no existe ninguna comunidad étnica, por rudimentaria que sea, que no practique algún tipo de música. Lo que uno puede preguntarse es si alguna de esas variadas construcciones o formas musicales se encuentra en el origen de estos milagros de los sentidos del sentido que nos ofrecen Bach, Mozart, Beethoven o Schubert. Un pequeño número de centros no europeos ha aportado a las matemáticas una contribución vital; la India, claro está, y durante un tiempo el islam. Pero la aventura épica de la conjetura y la prueba matemática, de las hipótesis radicalmente fuera del alcance de la representación material o de la comprensión ordinaria es, en su esencia, de Europa y, por transferencia directa, de América del Norte. Puede que la investigación matemática pura, de las intuiciones axiomáticas de Euclides a la hipótesis de Riemann, del teorema de Pitágoras a la reciente demostración del último teorema de Fermat, sea el único y supremo capítulo, el largo mediodía en la existencia del hombre. Emparienta con la inmaterialidad, con la gravedad alegre de la inquisición metafísica. Y de nuevo existen momentos y sistemas filosóficos extraterritoriales a Europa. Pero la corriente soberana de las suposiciones y la argumentación, en particular en lógica y epistemología, pasa, como dirigida por una fuerza poderosa, de los presocráticos a Wittgenstein, Bergson y Heidegger, de Plotino a Spinoza y Kant. Nuestra herencia ontológica es, como sostenía Heidegger, la facultad de hacer preguntas. Y por momentos tan enigmáticos como la huida de los números primos en lo desconocido, las tres acta cardinales se reúnen. Las matemáticas habitan la música, la gran filosofía comprende una doble magia de la cadencia y la secuencia axiomática. Tal y como lo sintieron ciertos místicos y lógicos como Leibniz, cuando Dios habla consigo mismo, canta en álgebra.

El papel inicial de la Hélade es manifiesto desde el principio. Tres mitos, entre los más antiguos de nuestra cultura, evocan el origen y el misterio de la música. Lo sorprendente es la percepción, en la Grecia arcaica, a través de las historias de Orfeo, de las sirenas y del concurso mortal entre Apolo y Marsias, de aquello que en la música escapa a la humanidad racional, del poder que tiene la música para enloquecer y destruir. Nuestras matemáticas han sido “griegas” por lo menos hasta la proposición de la geometría no euclidiana y la crisis de la axiomática implícita en los enunciados indecidibles de Gödel. Pensar, soñar matemáticamente, es continuar a Euclides y Arquímedes, las primeras conjeturas relativas a la insolubilidad paradójica en Zenón. Platón no invitaba a nadie a su Academia que no fuera geómetra. Él mismo dirigió, no obstante, la inteligencia occidental hacia cuestiones de sentido, de moral, de derecho y de política. Según la célebre fórmula de A. N. Whitehead, la filosofía occidental es una posdata al pensamiento de Platón, y, añadiríamos con gusto, al de Aristóteles y Plotino, Parménides y Heráclito. El ideal socrático del conocimiento de uno mismo, la búsqueda platónica de certezas trascendentes, las investigaciones aristotélicas en las relaciones problemáticas entre la palabra y el mundo abrieron el camino seguido por Tomás de Aquino y Descartes, por Kant y Heidegger. De esta forma, estas tres cumbres del intelecto humano y de la formación de la sensibilidad —la música, las matemáticas, la metafísica— subscriben la afirmación de Shelley según la cual “todos somos griegos”.

La herencia de Atenas es mucho más vasta todavía. El vocabulario de nuestras teorías y de nuestros conflictos políticos y sociales, de nuestro atletismo y de nuestra arquitectura, de nuestros modelos estéticos y de nuestras ciencias naturales permanece saturado de raíces griegas en los dos sentidos de la palabra. Física, genética, biología, astronomía, geología, zoología, antropología son palabras derivadas directamente del griego clásico. A su vez, las palabras llevan en sí mismas, como la propia palabra “lógica”, una visión específica, una cartografía particular de la realidad y de sus horizontes abiertos. Heidegger exagera, pero exagera sugestivamente, cuando afirma que una traducción equivocada del “ente” o del “ser” de los griegos en el latín de Cicerón determinó el destino de Europa.

No se exagera nada cuando añadimos que este destino no está menos moldeado por la herencia de Jerusalén. No se encuentra casi ningún nudo vital en la textura de la existencia de Occidente, en la conciencia del mundo y de sí mismos de los hombres y mujeres occidentales (y en consecuencia de los americanos) que no haya sido alcanzado por la herencia hebraica. Esto es cierto tanto para el positivista, el teísta o el agnóstico, como para el creyente. El desafío monoteísta, la definición de nuestra humanidad como interlocutora de lo trascendente, el concepto de un Libro supremo, la noción de ley inextricable de los mandamientos morales, hasta el sentido que tenemos de la historia como de un tiempo que tiende hacia un objetivo, se originan en la singularidad y la dispersión enigmáticas de Israel. Es un lugar común citar a Freud, Marx y Einstein (yo añadiría a Proust) como los padres de la modernidad, los artesanos de nuestra condición actual. Pero el lugar común recubre una situación de una considerable complejidad: la del judaísmo secular y la traducción en términos y valores profanos de antecedentes profundamente judaicos. La pasión de Marx por la justicia social y su historicismo mesiánico concuerdan directamente con la furia de Amos o de Jeremías. La extraña hipótesis planteada por Freud de un crimen original —el asesinato del padre— refleja con claridad el escenario de la caída de Adán. Hay numerosos puntos maravillosamente próximos de la promesa de los Salmos y de Maimónides en la confianza de Einstein en un orden cósmico, en su rechazo tenaz del caos. El judaísmo y sus dos principales posdatas, el cristianismo y el socialismo utópico, son descendientes del Sinaí, incluso ahí donde los judíos no pasaban de ser un puñado despreciado y perseguido.1

Las relaciones jamás han sido fáciles. La tensión entre judíos y griegos obsesiona la invención paulina del cristianismo. Los Padres de la Iglesia están ansiosamente atentos al doble magnetismo de Atenas la pagana y Jerusalén la hebraica. ¿De qué manera la verdad de Jesús incorporará la herencia indispensable de la Grecia clásica? Herencia tanto más problemática que su transmisión pasa por el mundo árabe y musulmán. En muchas ocasiones las polaridades se agudizan. Un neopaganismo consciente impregna la filosofía y la estética del Renacimiento florentino. El puritanismo del siglo XVII casi podría definirse como una tentativa de recuperar Sión. El helenismo romántico se expresa con frecuencia en los términos de una crítica amarga de los valores hebraicos y nazarenos. Con más frecuencia el humanismo europeo, de Erasmo a Hegel, busca formas diversas de compromiso entre los ideales áticos y hebraicos. Pero luego de toda una vida de investigación escrupulosa, Leo Strauss, impregnado lo mismo del Talmud que de Aristóteles, de Sócrates que de Maimónides, concluyó la imposibilidad de negociar un acuerdo satisfactorio entre los imperativos últimos de la razón filosófica y científica tal y como están establecidos en nuestra herencia griega, y los de la fe y la revelación proclamados en la Torá.
El sincretismo, por ingenioso que sea, siempre será imperfecto. La idea de Europa es así “un cuento de dos ciudades”.

Mi quinto criterio es una conciencia de sí escatológica que bien podría no existir más que en la conciencia europea. Mucho tiempo antes del reconocimiento por parte de Valéry de la naturaleza mortal de las civilizaciones o del diagnóstico apocalíptico de Spengler, el pensamiento y la sensibilidad europeos habían previsto un final más o menos trágico. El cristianismo jamás abandonó por completo esta espera de un fin del mundo que marcó en profundidad sus orígenes sinópticos. Mucho tiempo después de lo que los historiadores han llamado “el gran pavor del año mil”, profecías anunciando el final de los tiempos, numerologías esforzadas en la búsqueda de esa fecha abundaron en la imaginación popular europea. Tales perspectivas no eran patrimonio exclusivo de personas sin instrucción. Una mente como la de Newton se ocupaba de ellas. Bajo una forma secular e intelectualizada, “un sentido del final” es tan explícito en la teoría de la historia de Hegel como lo había sido en la formulación capital por Carnot de la entropía, de la inevitable extinción de toda energía. Puede pensarse asimismo en esas representaciones panorámicas de ciudades europeas en llamas o invadidas por aguas furiosas que son un aspecto tan curioso del arte romántico. Como si Europa, a diferencia de las demás civilizaciones, tuviera la intuición de que un día tendría que desplomarse bajo el peso paradójico de sus victorias y la riqueza y complejidad de su historia incomparable.2

Dos guerras mundiales que en realidad fueron guerras civiles europeas llevaron hasta el más alto grado este presentimiento. Tal es el origen del moderno apocalipsis de Los últimos días de la humanidad, de Karl Kraus. Entre agosto de 1914 y mayo de 1945, de Madrid al Volga y del círculo ártico a Sicilia se estima en cien millones el número de hombres, mujeres y niños que perecieron por la guerra, la hambruna, la deportación y la matanza étnica. Tanto Europa occidental como Rusia occidental se convirtieron en la casa de la muerte, el escenario de una bestialidad sin precedentes, lo mismo en Auschwitz que en el Gulag. Más recientemente el genocidio y la tortura reaparecieron en los Balcanes.
A la luz —¿o debería uno decir a la sombra?— de una realidad tal, creer en el final de la idea europea y de los lugares que habita es casi una obligación moral. ¿Con qué derecho sobreviviríamos nosotros a nuestra inhumanidad suicida?

Cinco axiomas para definir Europa: el café; el paisaje a escala humana, accesible, esas calles y plazas con los nombres de estadistas, sabios, artistas, escritores del pasado —en Dublín hasta las paradas de autobús indican dónde se encuentran las casas de los poetas—; nuestra doble filiación con Atenas y Jerusalén y, en fin, esta aprehensión de un último capítulo, de ese famoso crepúsculo hegeliano que obscureció la idea y la substancia de Europa cuando aún se encontraban en su mediodía.
¿Y entonces?

Dos voces pueden ayudarnos a avanzar.
En Munich, durante el invierno desesperado de 1918-1919, Max Weber pronunció una conferencia sobre la enseñanza y la ciencia como vocación. Aunque transcrita sólo en parte, muy pronto dicha conferencia se convirtió en un clásico. Europa yacía en ruinas. Su civilización, su grandeza intelectual, de la que la educación alemana había sido garante emblemático, se habían revelado impotentes frente a la demencia política. ¿Cómo se podía restaurar el prestigio, la integridad de la vocación del letrado, del pensador y del maestro? Profético, Weber había anticipado la americanización, la reducción a una burocracia administradora de la vida del espíritu en Europa. ¿Cómo se podía unir de nuevo la enseñanza con la investigación intelectual y científica? La abyecta categoría de lo “políticamente correcto” aún no se había imaginado. Pero Weber había visto y expresado lo esencial: “Hay que introducir la democracia donde mejor convenga, pero la educación científica tal y como la debemos impartir por tradición en las universidades alemanas es un asunto de aristocracia espiritual”. Aun antes que Benda, Weber enunciaba el austero ideal de una verdadera intelligentsia: “Todo ser incapaz de ponerse, por decirlo así, anteojeras, y de limitarse a la idea de que el destino de su alma depende de la necesidad de hacer tal conjetura, y precisamente esa, en tal lugar de tal manuscrito, haría mucho mejor en abstenerse del trabajo científico”. Las personas insensibles a lo que Platón llamaba la “manía”, a la posesión de su ser por la búsqueda de verdades de una abstracción frecuentemente ardua y no utilitarias, deberían irse a otra parte. Los científicos, los eruditos, los artistas son, Weber lo afirma con insistencia, devotos de un ideal sacrificial tan antiguo como los presocráticos y distintivo del genio de Europa.

En un momento no menos trágico, poco antes de su muerte solitaria, Edmund Husserl pronunció una conferencia célebre sobre “La crisis de la humanidad europea y la filosofía”. Europa, proclama Husserl, “designa la unidad de una vida, de una actividad, de una creación espiritual”. Esta espiritualidad creadora tiene su lugar de nacimiento. “La ciencia de todo en el mundo”, según la expresión un tanto desmañada de Husserl, es originaria de la Grecia antigua. El milagro ático es haber comprendido que “las ideas, esas formaciones de sentido producidas en las personas individuales y que son de un tipo nuevo y sorprendente”, consisten “en encerrar en uno infinidades intencionales”. Horizontes tales sugieren una historicidad nueva y formadora. Otras culturas y otras comunidades han hecho descubrimientos científicos e intelectuales, pero sólo en la Grecia antigua evoluciona la búsqueda de la teoría, del pensamiento especulativo desinteresado a la luz de posibilidades infinitas. Además, sólo en la Grecia clásica y su descendencia europea lo teórico es aplicado a lo práctico en la forma de una crítica universal de toda vida y sus objetivos. Una distinción clara debe ser establecida entre esta fenomenología y el tejido “mítico-práctico” de los modelos de Extremo Oriente o hindúes. El acto primordial de asombro, thaumazein, y de desarrollo teórico y lógico es fundamentalmente platónico y aristotélico. De ahí proviene, bien considerado, el avance de la ciencia y la tecnología europeas, y luego americanas, sobre todas las otras culturas. El proceso de conjunto consiste en una idealización en la cual hasta Dios “es, por así decirlo, logificado, se convierte en el portador del Logos absoluto”. Europa se olvida de sí misma cuando olvida que ha nacido de la idea de razón y del espíritu de filosofía. El peligro, concluye Husserl, es “la lasitud”.3
Y precisamente cuando Husserl hablaba, la barbarie inundaba una vez más a Europa, así como no ha dejado de hacerlo de Sarajevo a Sarajevo. Citar las orgullosas esperanzas de Weber y Husserl es incitar de por sí a la ironía. ¿Significa esto que la idea de Europa ha terminado su viaje, que no tiene porvenir autónomo? Tal es, sin lugar a dudas, una posibilidad clara. Corresponde a esa lógica de muerte de las civilizaciones y las ideologías que he recordado más arriba. ¿O aún existen avenidas de esperanza que vale la pena explorar?

No sólo los factores significativos son de una complejidad y una diversidad tales que desafían casi todo análisis responsable. No nada más la previsión es de una miopía casi cómica (nosotros interpretamos siempre mirando desde un espejo retrovisor). La competencia necesaria en terrenos como la política económica y monetaria, la demografía, el derecho, las relaciones industriales y la teoría de la información, que ejercen interacciones múltiples entre sí, no está a mi alcance. Que alguien tan limitado aborde la cuestión de un eventual renacimiento europeo roza la impertinencia. En el mejor de los casos sólo proporcionará intuiciones impresionistas. En el peor, abundará en los clichés retóricos y patéticos a los que innumerables coloquios, pláticas, publicaciones y manifiestos sobre “la cuestión de Europa” nos han acostumbrado hasta el punto de hartarnos. Y al llegar aquí yo debería, claro está, volver a ocupar mi asiento.

Lo poco que tengo que proponer es la idea de que tal vez nosotros no nos hayamos hecho las preguntas convenientes. Que los factores en apariencia preponderantes a los que acabo de aludir no son, en última instancia, total ni aun principalmente determinantes. Puede ser que el porvenir de “la idea de Europa”, si es que tiene algún porvenir, dependa menos de las bancas centrales y los subsidios agrícolas, de las inversiones en tecnología o las tarifas comunes de lo que nos hacen creer. Puede ser que la OCDE o la OTAN, la extensión del euro o de las burocracias parlamentarias según el modelo de Luxemburgo no sean las dinámicas principales de la visión europea. Pues si en verdad lo son, dicha perspectiva no tiene nada de entusiasmante para el alma humana.
Permítanme entonces enumerar, inevitablemente como un aficionado y de forma provisional, algunas posibilidades poco comunes, deseos que valdría la pena tomar en cuenta si lo que queremos es que la idea de Europa no se pierda en ese gran museo de los sueños pasados al que llamamos historia.

Odios étnicos, nacionalismo chovinista, reivindicaciones regionales han sido la pesadilla de Europa. La limpieza étnica y el intento de genocidio en los Balcanes no son sino la más reciente manifestación de un flagelo que comprende lo mismo a Irlanda del Norte y el País Vasco, que las divisiones entre flamencos y valones. Con sobrada razón se considera la propagación mundial de la lengua angloamericana, la standarización tecnológica de la vida cotidiana, la universalidad de Internet como otros tantos pasos decisivos en pos de una abolición de las fronteras y de los antiguos odios. Innumerables organizaciones legales, económicas, militares y científicas tienden hacia un grado siempre más elevado de colaboración europea y al fin y al cabo de unión. El éxito fantástico del modelo americano, de su federalismo a través de distancias enormes y una gran diversidad de climas, convoca a la imitación. Europa no debe sucumbir nunca más a las guerras intestinas.

Este ideal de unión es indiscutible. Desde Carlomagno inspira elementos importantes del pensamiento y la política europeos. Pero desde mi punto de vista no representa más que un aspecto del cuadro.
El genio de Europa es aquello que William Blake habría llamado “el carácter sagrado del detalle ínfimo”. Es el de la diversidad lingüística, cultural y social, que con frecuencia transforma una distancia despreciable, una veintena de kilómetros, en una división entre dos mundos. En contraste con la espantosa monotonía que sienta sus reales desde el oeste de Nueva Jersey hasta las montañas de California, en contraste con esa sed de conformidad que es fuerza y vacío a la vez de tantas existencias americanas, el mapa reventado, de divisiones francamente absurdas, del espíritu europeo y de su herencia ha sido de una fertilidad inagotable. La expresión de Shakespeare “una morada local y un nombre” identifica un carácter determinante. No hay “lenguas menores”. Cada lengua contiene, articula y transmite no nada más una carga única de memoria vivida, sino además una energía elaboradora de sus tiempos futuros, una potencialidad para el mañana. La muerte de una lengua es irreparable: disminuye las posibilidades del hombre. Nada amenaza tan radicalmente —desde la raíz— a Europa, que la progresión exponencial y detergente del angloamericano y la uniformidad de los valores y de la imagen del mundo que este esperanto devorador trae consigo. La computadora, la cultura del populismo y el mercado de masas hablan angloamericano desde los night-clubs de Portugal hasta los malls y los fast-foods de Vladivostok. Europa perecerá, sin lugar a dudas, si no pelea por sus lenguas, sus tradiciones locales y sus autonomías sociales. Si olvida que “Dios está en los detalles”.
¿Pero cómo equilibrar las exigencias contradictorias de la unificación político-económica y de la especificidad creadora? ¿Cómo separar de la dilatada crónica de los odios recíprocos la saludable riqueza de la diferencia? Ignoro la respuesta. Sólo sé que personas más sabias que yo deben encontrarla y que ya es tarde.

En “la idea de Europa” se entrelazan las doctrinas y la historia del cristianismo occidental. Nuestra arquitectura, nuestro arte, nuestra música, nuestra literatura y nuestro pensamiento filosófico están saturados de valores y referencias cristianos. La alfabetización nació en Europa de la enseñanza cristiana. Las guerras de religión entre católicos y protestantes moldearon el destino europeo y el mapa político del continente. Otros factores jugaron sin duda su papel, pero es imposible por completo disociar la caída de Europa en la inhumanidad, en la Shoah, de la designación por los cristianos del judío como deicida, como heredero directo de Judas. Es en nombre de una santa revancha por el Gólgota, que los primeros pogroms se emprendieron en Renania a comienzos de la Edad Media. De esas matanzas al Holocausto, el encadenamiento es con seguridad complejo y aun subterráneo, pero no menos indiscutible. El aislamiento, las persecuciones, la humillación social y política de los judíos han estado vinculados de forma integral a la presencia cristiana, la cual ha sido axiomática en la grandeza y abyección de Europa. Los campos de la muerte son un fenómeno europeo situado, con una monstruosa intuición, en la más católica de las naciones europeas. Los crucifijos hacen burla del perímetro de Auschwitz.

Valientes protestas contra el odio a los judíos se levantaron desde el corazón del catolicismo romano, así como de diversas ramas del protestantismo. Más recientemente se han expresado demandas simbólicas de perdón y propuesto modificaciones a algunos de los textos litúrgicos más odiosos. Pero esto es casi nada. La verdad brutal es que hasta el día de hoy Europa se ha rehusado a reconocer o analizar, para no hablar de condenar, el papel múltiple del cristianismo en la negra noche de la historia. Simple y sencillamente ha borrado o ignorado de forma convencional la raíz de su antisemitismo en los Evangelios, en el repudio de su pueblo por San Pablo, en innumerables escritos teológicos e ideológicos posteriores (a comienzos de los años 1520, Lutero reclama alto y fuerte la hoguera para todos los judíos). Hasta que Europa admita que lleva en la sangre ese veneno que es el odio a los judíos, hasta que llegue a reconocer explícitamente la larga prehistoria de las cámaras de gas, muchas estrellas de nuestro cielo europeo continuarán siendo amarillas.

En la actualidad el cristianismo es una fuerza en vías de desaparición. En numerosas regiones de Europa las iglesias se vacían. En el corazón mismo de la Europa papal, en Italia, la tasa de natalidad se desploma. Alrededor de seiscientas iglesias anglicanas han sido declaradas excedentes. ¿Qué gran voz teológica cristiana habla ahora para la Europa cultivada? El tsunami del agnosticismo, si no del ateísmo, desencadena un cambio profundo en la evolución milenaria de Europa. Esta transmutación, tan gradual como pueda serlo, implica posibilidades sin precedente de tolerancia, de indiferencia irónica ante los mitos arcaicos de retribución. Una Europa postcristiana podría surgir, bien que lentamente y por caminos difíciles de predecir, de la sombra de las persecuciones religiosas. En un universo que en la hora actual es rehén de un fundamentalismo homicida, ya sea el del sur o el medio oeste americanos o el del islam, Europa occidental puede tener el privilegio imperativo de elaborar y promulgar un humanismo laico. Si puede purgarse de su propia herencia tenebrosa, enfrentándose a esta herencia sin flaquear, la Europa de Montaigne, de Erasmo, de Voltaire y de Emmanuel Kant podría, una vez más, servir de guía.
Se trata de una misión para el espíritu y para la inteligencia. Es absurdo suponer que Europa podrá rivalizar con el poder económico, militar y tecnológico de Estados Unidos.4 Asia, y China en particular, se encuentran ya en vías de superar a Europa en importancia demográfica, industrial y finalmente geopolítica. Los días del imperialismo y de la hegemonía diplomática europeos han desaparecido de la misma manera que los mundos de Richelieu, de Palmerston y de Bismarck. Las tareas, las ocasiones que se nos presentan ahora son precisamente las que atestiguaron el alba luminosa de Europa bajo la influencia del pensamiento griego y de la moral judía. Resulta vital que Europa reafirme ciertas convicciones y audacias del alma que la americanización del planeta —con todas sus ventajas y su generosidad— ha obscurecido. Permítanme formularlas brevemente.

La dignidad del homo sapiens es exactamente eso: el descubrimiento de la sabiduría, la búsqueda de un saber desinteresado, la creación de belleza. Ganar dinero e inundar nuestras vidas con bienes materiales cada vez más desprovistos de interés es una pasión profundamente vulgar, devastadora. Puede ser que, por medios aún muy difíciles de distinguir, Europa engendre un día una revolución contra-industrial, así como ella dio a luz la revolución industrial. Ciertos ideales de ocio, de vida privada, de individualismo anárquico, ideales casi extinguidos en el consumo y las uniformidades flagrantes de los modelos americanos y americano-asiáticos, pueden conservar su función natural en un contexto europeo, incluso si este contexto tiene por consecuencia un cierto grado de decrecimiento material. Aquéllos que conocieron la Europa Oriental durante las décadas negras, o la Gran Bretaña en periodo de austeridad, sabrán qué solidaridades y creatividades humanas pueden nacer de una pobreza relativa. La censura política no mata, es el despotismo del mercado de masas y los efectos del vedetismo comercializado los que aniquilan.
No se trata más que de sueños, tal vez imperdonables por su inocencia. Sin embargo, hay objetivos que merecen el intento por alcanzarlos. Resulta desesperadamente urgente que se detenga, en la medida de lo posible, la salida de Europa de la flor de nuestros jóvenes talentos científicos (pero también humanistas), atraídos por las ofertas paradisiacas que les hace Estados Unidos. Si nuestros mejores científicos, nuestros jóvenes arquitectos más dotados, nuestros músicos y nuestros eruditos abandonan Europa, si el abismo entre los salarios, las posibilidades profesionales, los recursos consagrados a la investigación y los descubrimientos hechos en colaboración tanto en Estados Unidos como en Europa no es resuelto, estaremos condenados en efecto a la esterilidad o a la segunda posición —en terrenos clave la situación es de por sí prácticamente desesperada—. Y sin embargo estoy convencido de que la solución, tanto económica como psicológica, no está fuera de nuestro alcance. Si los jóvenes ingleses prefieren colocar a David Beckham muy por encima de Shakespeare y Darwin en su lista
de tesoros nacionales, si instituciones científicas, bibliotecas, salas de concierto y teatros sobreviven a duras penas en una Europa que en lo fundamental es próspera y donde la riqueza jamás ha hablado más fuerte, la falta nos incumbe simple y sencillamente a todos nosotros. Como podría incumbirnos la reorientación de la enseñanza secundaria y de los medios de comunicación que corregirían esa falta. Con la degradación del marxismo en tiranía salvaje y nulidad económica se perdió un gran sueño, ese que anunciaba Trotsky del hombre común marchando tras los pasos de Aristóteles y Goethe. Liberado de una ideología declarada en quiebra, este sueño puede y debe ser soñado otra vez. Y sin duda sólo en Europa los indispensables fundamentos del saber, el sentimiento de la vulnerabilidad trágica de la condición humana podrán ofrecer una base. Es entre los hijos con frecuencia fatigados, divididos y confusos de Atenas y Jerusalén que podremos regresar a la convicción de que una “vida que no se somete a examen” no vale la pena de ser vivida.

Puede ser que todo esto no sea más que palabras vanas. Que sea demasiado tarde. Yo espero que no, simplemente porque las digo en Holanda. Aquí, donde Baruch Spinoza vivió y pensó.

Steiner (París, 1929). Catedrático de Cambridge. Éste es el texto íntegro de la conferencia Nexus que George Steiner pronunció en Holanda el año pasado.

Traducción de Alberto Román.

NOTAS:

1 Mi mujer y yo tuvimos el gran privilegio de ser invitados por Nadine Gordimer a su hermosa casa del Cabo durante los tiempos difíciles, justo antes de la liberación. Ella había invitado a cenar a los líderes del Congreso Nacional Africano, el movimiento nacional de resistencia, con todo y sus jefes militares. Policías en auto paraban frente a su casa y tomaban nota de todos los invitados, pero no tocaron a Nadine. Gozábamos de absoluta seguridad. Ellos se contentaban con anotar quién venía a cenar. Toda mi vida he tenido por principal talento una falta de tacto sideral, así que finalmente les pregunté a estos tres grandes líderes: “Miren, vivir bajo la ocupación de las Waffen-SS era muy duro, ellos eran maestros en el arte del sometimiento. Pero de cuando en cuando alguien mataba a uno de esos sinvergüenzas. Ustedes no han tocado a ningún blanco. Ni a uno solo. En Johannesburgo la proporción es de trece negros por blanco. En la calle todo lo que ustedes tienen que hacer es apretar los brazos y nada más con eso ahogarán al blanco. Ni siquiera necesitan armas. Trece a uno. ¿Pero qué les pasa, por Dios?”. Uno de los líderes del CNA me dijo entonces: “Yo puedo responderle. Los cristianos tienen los Evangelios; ustedes los judíos tienen el Talmud, el Antiguo Testamento, la Mishná; mis camaradas comunistas en esta mesa tienen El Capital. Nosotros los negros no tenemos libro”.
Ese momento fue para mí inmenso. La herencia de Atenas a Jerusalén, que consiste en tener un libro, hace que tengamos varios libros. Era ésa una respuesta irresistiblemente triste y convincente: “Nosotros no tenemos libro”.

2 El alemán tiene una palabra que como de costumbre no se puede traducir: Geschichtsmüde, fatiga de la historia. Se trata de una palabra muy antigua y obsesionante.

3 Es necesario recordar que hay mucho por recordar. Fue Herodoto quien planteó la cuestión siguiente: “Año con año nosotros enviamos nuestros barcos a África, con riesgo de nuestras vidas y a un gran costo, para preguntar: ‘¿Quiénes son ustedes? ¿Cuáles son sus leyes? ¿Cuál es su lenguaje?’. Ellos no han enviado jamás un solo barco para hacer lo propio”. Ninguna medida de “corrección política” ni de liberalismo a la moda puede destruir esta cuestión.

4 Esta semana se hicieron públicas las cifras. Entre el 75 y el 80% de todos los europeos que hacen un doctorado en Estados Unidos no regresan. Como no tenemos nada que ofrecerles, es seguro que no regresan. Se podría comenzar por pagarles decentemente; en este sentido soy un verdadero materialista.

 



Confabulario — título que rinde homenaje a Juan José Arreola
 
Héctor de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan Manuel Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx