| Por:
Philip Payne
Robert Musil fue un artista en gestación perpetua: “el
absoluto jamás se alcanza”. Sólo conocido por
un reducido grupo de lectores, nunca fue un escritor famoso. Sin
embargo, El hombre sin atributos alcanzó las cumbres de la
novela de nuestro tiempo. Hoy, una nueva biografía de Musil
causa revuelo y nos acerca, como él querría, hacia
un mundo que plantea el total relativismo de las cosas.
Der Mann ohne Eigenschaften (El hombre sin atributos) de Robert
Musil, que puede considerarse la novela alemana más importante
de siglo XX, se anuda a la vida misma del escritor (1880-1942).
Muchos de los personajes son fácilmente identificables: Ulrich,
el protagonista, es la recreación ideal que Musil escribe
de sí mismo: más apuesto, rico, irresistible a las
mujeres, pero con los mismos intereses intelectuales y emocionales
que el autor; Walter, el amigo de Ulrich, es Gustl Donath, el compañero
de infancia de Musil (y quien, entendiblemente, se disgustó
con las intimidades reveladas y porque aparece como alguien incapaz
de satisfacer a su esposa); Paul Arnheim, el oficial prusiano en
torno a quien gira la subtrama de intriga política e ingeniería
social en los últimos días del Imperio austrohúngaro,
es Walther Rathenau, hombre de negocios, sabio y, más tarde,
Ministro del Exterior en la República de Weimar; Moosbrugger,
el alter ego asesino del héroe, es Christian Voigt, un carpintero
que mató a una prostituta en el Prater de Viena, en 1910;
Agathe, la hermana de Ulrich, con quien posiblemente cometa incesto,
está basada en Martha, la judía con que Musil estaba
casado, aunque Agathe es diez años menor y es rubia en vez
de morena. Los temas del incesto y de indeterminación sexual
de la psique se exploran en la novela, como cuando, por ejemplo,
Ulrich reflexiona que Agathe es “como una repetición
soñada y variable de su propio ser”. Pero tales cosas
no son, en lo más mínimo, desconocidas para quienes
frecuentan a Musil.
¿Cuánto queda por revelarse tras más de medio
siglo de estudios? Algo queda, y de hecho en Robert Musil. Eine
Biographie, la biografía que acaba de escribir Karl Corino,
publicada en 2003 por la editorial de Musil, la Rowohlt Verlag,
prueba que es muchísimo.
Las dimensiones de la biografía son una medida de sus ambiciones:
el cuerpo del texto tiene 1,460 páginas, seguidas de más
de 400 de notas y 150 más con un curriculum vitae, información
de viaje, bibliografía e índice. Ernst Rowohlt, el
fundador de la casa editorial, admiraba profundamente a Musil, a
quien mantuvo durante varios años, a pesar de las ganancias
relativamente exiguas que proporcionaba El hombre sin atributos.
Musil, quien predijo el relativo fracaso comercial durante su vida
y que mejoró gracias a la fama posterior, no podría
haber pedido mayor dedicación que la empleada en esta biografía.
Corino cita con amplitud los textos de Musil, y lo usa a él
para contar partes de su propia historia, de modo que el lector
constantemente aprende y se deleita con la prosa de Musil. Incluso
aquellos pasajes rechazados por las revisiones sucesivas que marcaron
su carrera creativa están llenos de energía, inventiva
e ironía autocrítica: en una carta de 1934 a su amigo,
el satirista Franz Blei, Musil, en una situación personal
desesperada ya durante la supremacía de los nazis en Alemania,
compara su trabajo ininterrumpido en El hombre sin atributos con
“la diligencia de una carcoma perforando el marco de un cuadro
en una casa en llamas”.
Corino mismo tiene un estilo que es vital, individual y a menudo
divertido. Además de un incomparable conocimiento de las
fuentes musilianas, fue Corino quien, hace muchos años, deslumbró
a sus colegas al revelar que Moosbrugger no era una invención
del autor sino una recreación de Christian Voigt. Parte de
los cimientos de este libro son incontables entrevistas con quienes
conocieron al novelista, y viajes por Europa reproduciendo los itinerarios
de Musil. El compromiso de Corino se puede demostrar mencionando
su uso de datos metereológicos de los años veinte
para fechar una entrada importante en los diarios.
Los acaudalados padres de Musil protegieron a su único hijo,
quien nació en Klagenfurt, Austria; más aún
porque su primer bebé, Elsa, nacida cinco años antes,
había muerto al año de edad. (Musil viviría
una fascinación por su hermana muerta, quien marcó
los rasgos de Agathe en la novela.) Corino sostiene que si bien
Musil tenía gran interés en la fuerza y la forma física
masculinas, el que tenía por la vida interior de las mujeres
era obsesivo. Siguiendo a Alfred Adler, Corino cree que sus tendencias
hermafrodíticas predisponían a Musil a la neurosis.
De niño, invertía muchas de sus energías pensando
por qué su madre necesitaba dos hombres adultos en casa:
su manso y obediente esposo Alfred, ingeniero, y el “tío”
Heinrich Reiter, más masculino, quien se encargaba de satisfacer
sus necesidades emocionales. La guerra entre las voluntades férreas
de la madre y el hijo llevaron a la decisión familiar de
que Musil, a los once años, debía ser internado en
una escuela militar. Por ende el padre ya no pudo hacer la cama
de su hijo o, de hecho, atarle las manos sobre las cobijas para
impedir que se masturbara. Esta sima entre el amor y la comodidad
domésticos, y la disciplina brutal y el abuso en la academia,
son los andamios del primer libro de Musil: Las tribulaciones del
estudiante Törless.
De joven, Musil rechazó la doble moral burguesa. Sin embargo,
incluso en los años de entreguerras, cuando la inflación
arruinó a su familia y sus propios ingresos habían
desaparecido por obra de las autoridades del Tercer Reich, Musil
sólo aparecía en público después de
afeitarse meticulosamente y vestirse con ropas cuyo gusto y finura
ocultaban su edad. También exigía que los demás
reconocieran su estatura como intelectual y autor reconocido. No
consideraba inapropiado que le regalaran un boleto para el cine,
como reconocimiento de su posición, y se quejaba cuando no
era el mejor lugar. Como demuestran sus diarios, no ignoraba el
efecto que su arrogancia podía causar en los demás:
le habían enseñado a observarse meticulosamente durante
sus años de estudiante de filosofía y psicología
experimental en el vanguardista instituto de la Universidad de Berlín.
Como científico escéptico, rechazaba las teorías
de Freud como especulaciones carentes de pruebas; además,
como alguien que en el sentido más directo conocía
su propia mente, estaba convencido de que no sufría ningún
tipo de represión. Una fobia se puede identificar, a pesar
de todo, en lo que Corino considera la frase favorita de Musil:
“Se acerca demasiado al precipicio”. Musil sin duda
sentía que estas palabras describían su capacidad
de llevar a la novela más allá de sus límites
existentes, pero también es verdad que temía a las
alturas.
Musil identificó en la conducta de sus padres y sus pares
la falla de la civilización contemporánea y deseaba,
como explicó en una entrevista de 1926, contribuir con sus
escritos “a la conquista espiritual/intelectual del mundo”.
Esto incorporaba la “reevaluación de los valores”
de Nietzsche. Las obras de Musil comprenden uno de los esfuerzos
más serios para encontrar un camino para el avance de la
civilización europea, principalmente a través de la
incompleta (y según el juicio de Corino incompletable) Hombre
sin atributos. Como explica Corino, esta novela unió dos
trabajos previamente planeados.
El primero era un estudio de la decadencia del imperio austrohúngaro
y su sociedad, presentado a manera de una narración que abarcara
un periodo de doce meses previos a la Primera Guerra Mundial; incorporaba
estudios no sólo de aquéllos que Musil conocía
de primera mano, sino de un grupo de personas existentes —damas
de sociedad, burócratas, aristócratas, académicos,
ingenieros, escritores, intelectuales, militares y muchos otros—
cuyos escritos y opiniones Musil fue siguiendo durante muchos años.
La segunda línea narrativa, que fue incorporada a la primera,
comprendía los sondeos racionales de Musil en el mar de las
emociones humanas, basándose en la relación entre
hermano y hermana como una “comunidad de dos”, unidos
en una sola célula.
Sólo logró terminar la primera parte de la novela.
Posteriormente Musil fue clasificado como más analítico
y crítico que sintético y creativo.
¿Por qué no terminó el texto? Una razón
fue la imitación de Nietzsche que Musil tendría que
haber sabido sortear: poco antes de los treinta años, contrajo
sífilis de una prostituta. Corino muestra la hondura de la
ansiedad que le causó la enfermedad. A pesar de que parecía
curado, a Musil le preocupó, a lo largo de la mayor parte
de su vida, que la enfermedad reapareciera, lo que lo llevaría,
como en el caso del Nietzsche, a la locura. Corino identifica, en
una prosa breve de Musil, la descripción del caminar característico
del sifilítico. Sugiere asimismo que la descripción
de Musil de su visita a un manicomio en Roma, que más tarde
adaptó para la novela, resulta muy viva debido al horror
que sentía Musil ante las condiciones mórbidas de
lo que podría resultar su propio destino.
Quizás algunos de los problemas de salud que Musil sufrió
en su madurez se debieron a la potencia de los medicamentos que
tomó para combatir su enfermedad venérea. Martha Musil
tenía que conciliar su estrategia de no decirle a su esposo
de la severidad de los males de Robert con su intento por refrenarlo
de hacer a diario una extenuante rutina gimnástica que un
obsesivo de la salud de nuestros días difícilmente
lograría ejecutar.
En preparación para la novela, Musil se impuso un programa
que incluía estudios sinópticos de campos claves de
la civilización contemporánea y la exploración
sistemática de su vida interior, así como la de muchos
otros individuos. Corino identifica, por ejemplo, en la figura ficticia
de Diotima, la anfitriona de un salón en Viena, partes de
tres mujeres reales a quienes Musil “desmembró”.
Muestra que en la escena en que Ulrich observa a Leona, su amante,
cenando plato tras plato que él pagará, Musil está
reviviendo la glotonería de una prostituta hambrienta a quien
invitó a un restaurante en Brumm. El general Stumm von Bordwehr,
no sólo es una fuente del más delicado humor en la
novela, sino uno de los retratos más logrados de Musil, basado
en varios hombres que conoció cuando sirvió en la
Primera Guerra Mundial. Cuando leía fragmentos de El hombre
sin atributos, Musil a veces elegía el capítulo donde
Stumm visita la Biblioteca de la Corte, que resulta memorable por
cómo narra el cauto avance de Stumm en lo que visualiza como
“territorio enemigo”, y por identificar las estrategias
de aquéllos que viven entre libros para enfrentar su propio
mundo. (Éste era un campo que Musil conocía de primera
mano por su trabajo como bibliotecario en la Universidad Técnica
de Viena). El examen que Corino hace de Rathenau (el personaje que
sostiene al Arnheim de Musil) resulta riguroso y fascinante. Los
estudios de sus contemporáneos obedecen a la determinación
de reproducir en su novela los rasgos decisivos de la vida europea.
Se ha argumentado que Musil carecía de la capacidad de comunicar
cómo se “sentía” la sociedad con la misma
viveza de los más grandes novelistas. Pero su proyecto intelectual
y emocional —iluminar el cambiante reino de las emociones—
requería una mayor distancia que la que acostumbran la mayoría
de los escritores. A Musil le molestaba que algunos autores de su
generación le reprocharan el ser demasiado listo para ser
un “verdadero” novelista. Musil vio El hombre sin atributos
como una suerte de equivalente a escribir un experimento que uniera
los reinos de la cultura y el pensamiento científico. El
resultado podría no ser muy realista, pero fue fundamental
para el proyecto de la vanguardia. La obra crea paralelos entre
la creatividad literaria y los actos de individuos quienes, en fases
sucesivas de la evolución social, se unen en la tarea común
de hacer más habitable el mundo ajeno y amenazante donde
todos debemos vivir.
La reputación de Musil no sólo se debe a una obra.
Las tribulaciones del estudiante Törless merecieron un comentario
muy positivo de uno de los críticos más importantes
de su momento, Alfred Kerr. En cambio, Vereinigungen (Uniones),
dos breves estudios en prosa, basados en fases del desarrollo emocional
de Martha a los que Musil dedicó dos años de ardua
labor intelectual, resultaron demasiado difíciles y demandantes
para suscitar entusiasmos, salvo en una pequeñísima
minoría de los lectores. La única obra de teatro seria
que escribió Musil, Die Schwarmer (Los entusiastas) es tan
original como su gran novela, pero hace aún menos concesiones
a su público. Ningún ser humano habla como los actores
de Musil: dicen lo que piensan y sienten sin que les preocupe darse
a entender. Sólo hubo una representación de la obra
durante la vida de Musil (entre el público estaban Erwin
Piscator, Luigi Pirandello y Joseph Goebbels). Musil, anticipando
la reacción que de hecho sucedió, trató, sin
éxito, de impedir la producción. Después de
su muerte, empero, ha habido representaciones exitosas que han consolidado
su reputación. Quizá las únicas piezas narrativas
que escribió Musil que no están lastradas con reflexiones
son sus extraños y hermosos cuentos Tres mujeres, cuyo contexto
en la vida del autor también ofrece Corino, ampliando nuestra
comprensión de las intenciones del autor.
El hecho de que Musil publicara relativamente poco durante su vida,
se explica en parte con las dificultades que halló al escribir.
Necesitaba rodearse de la evidencia documental de una larga preparación,
con páginas de notas y esbozos que le daban la confianza
para avanzar hacia una versión final. Para El hombre sin
atributos (el primer volumen apareció en 1930-31) fue precisa
la ayuda de terceros. Hacia finales de la década de los veinte,
Musil tuvo una serie de consultas con Hugo Lukács, un discípulo
de Alfred Adler, sobre sus dificultades para escribir. En 1931,
Musil le mandó a Lukács una copia del primer volumen
de la novela, con una dedicatoria en la que le reconocía
su ayuda para terminarlo. El acogimiento de este primer volumen
fue muy positivo; pero el segundo, aparecido un mes antes de la
inauguración del Tercer Reich, fue ampliamente ignorado.
Desde entonces, Musil padeció una salud cada vez más
deteriorada y problemas financieros. Lo tentaba el suicidio y tenía
dificultades con las autoridades de la Alemania nazi; esto último,
exacerbado por sus puntos de vista liberales y por estar casado
con una judía. Demostró que sus principios y su independencia
de pensamiento eran, por lo menos, tan potentes como su falta de
pragmatismo, cuando habló en una conferencia en París
en 1935, organizada por comunistas rusos para presentar un frente
“popular” de izquierda frente al Nacional Socialismo:
aquí trató de mantener su independencia individual
frente a los totalitarismos, tanto de izquierda como de derecha,
y lo callaron a gritos. Corino logra encontrar un balance entre
la sospecha de que Musil mantuvo la distancia apropiada del nazismo
cuando se preparaba a anexarse Austria en el Anschluss (el discurso
“Sobre la estupidez”, de 1937, fue ampliamente considerado
por el público vienés como una crítica sutil
del amenazante y poderoso vecino), y la necesidad de no poner en
peligro los considerables ingresos que generaban sus ventas en Alemania.
(Musil sólo se enteró mucho después de que
las autoridades alemanas habían prohibido su novela en 1938).
Apoyándose en la teoría psicoanalítica, Corino
afirma que, a mediados de la década de los treinta, Musil
se dedicó a una reescritura neurótica e improductiva
de textos que ya tenía compuestos. En los años veinte,
había vivido cerca de sus fuentes: Alice Donath, por ejemplo,
la esposa de Gustl, cuya conducta errática había estudiado
para crear a la Clarisse de su novela. (Clarisse, como Alice, se
vuelve loca después de casarse y acaba en un manicomio; uno
se pregunta si la obra completa de Nietzsche, que Musil le dio como
regalo de bodas, o su carta invitándola a convertirse en
su “hermanita” contribuyeron a estos problemas).
Pero después de que aparecieron los dos primeros volúmenes
de la novela, Musil ya no tenía contacto con los modelos
de sus personajes. Corino nos dice que, aunque Musil fácilmente
podría haber visitado el manicomio donde estaba Alice, para
la década de 1930 ya no tenía ningún interés.
De igual manera, Martha, la mujer que había inspirado en
gran medida a Agathe, tenía más de sesenta años
y la vejez no le había sentado bien; era mucho más
una enfermera y contadora que una amante. Corino describe este proceso
como la pérdida de la vida de los sentidos. El trabajo en
la novela se convirtió en una mera corrección del
manuscrito cuyo progreso se limitaba a cuatro capítulos por
año. Un crítico dijo que Musil estaba “enterrado
en vida” por su trabajo. A pesar de ello, Musil tenía
razón al hablar de cierto progreso; Corino cita algunos fragmentos
exquisitos de los pasajes que Musil reescribió en los últimos
años de su vida. Musil esperaba, a pesar de su hipertensión
arterial, vivir más de ochenta años, pero es dudoso
que aún en ese caso hubiera producido meras versiones adicionales.
¿Se puede pedir más de una biografía? Quizás
algo sobre los proyectos literarios incompletos, incluyendo un texto
satírico sobre un planeta aún no descubierto y sus
habitantes, en órbita alrededor del Polo Sur; más
detalles acerca de lo que subyace a las referencias en El hombre
sin atributos; sobre los intentos del protagonista de vivir según
la imagen de la ciencia. Y parece haber algo que Corino no logró
articular del todo en cuanto a las relaciones entre Musil y su hijastra
Annina. Pero, dadas la determinación, la ingeniosa tenacidad
y la dedicación con la que Karl Corino siguió todo
tipo de fuentes, es posible que no haya mucho más por hallarse.
Esta biografía brillante es una lectura obligada para todos
aquellos que desean informarse debidamente sobre uno de los mayores
novelistas europeos del siglo XX.
Payne. Catedrático de Estudios Alemanes en la Universidad
de Lancaster. Autor de Robert Musil´s “The Man Without
Qualities”. A Critical Study, 1988.
Traducción de José Ramón
Ruisánchez.
© Philip Payne/The Times Literary Supplement, 6 de
agosto de 2004.
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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