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28 agosto de 2004

 

Todo Musil

Por: Philip Payne

Robert Musil fue un artista en gestación perpetua: “el absoluto jamás se alcanza”. Sólo conocido por un reducido grupo de lectores, nunca fue un escritor famoso. Sin embargo, El hombre sin atributos alcanzó las cumbres de la novela de nuestro tiempo. Hoy, una nueva biografía de Musil causa revuelo y nos acerca, como él querría, hacia un mundo que plantea el total relativismo de las cosas.



Der Mann ohne Eigenschaften (El hombre sin atributos) de Robert Musil, que puede considerarse la novela alemana más importante de siglo XX, se anuda a la vida misma del escritor (1880-1942). Muchos de los personajes son fácilmente identificables: Ulrich, el protagonista, es la recreación ideal que Musil escribe de sí mismo: más apuesto, rico, irresistible a las mujeres, pero con los mismos intereses intelectuales y emocionales que el autor; Walter, el amigo de Ulrich, es Gustl Donath, el compañero de infancia de Musil (y quien, entendiblemente, se disgustó con las intimidades reveladas y porque aparece como alguien incapaz de satisfacer a su esposa); Paul Arnheim, el oficial prusiano en torno a quien gira la subtrama de intriga política e ingeniería social en los últimos días del Imperio austrohúngaro, es Walther Rathenau, hombre de negocios, sabio y, más tarde, Ministro del Exterior en la República de Weimar; Moosbrugger, el alter ego asesino del héroe, es Christian Voigt, un carpintero que mató a una prostituta en el Prater de Viena, en 1910; Agathe, la hermana de Ulrich, con quien posiblemente cometa incesto, está basada en Martha, la judía con que Musil estaba casado, aunque Agathe es diez años menor y es rubia en vez de morena. Los temas del incesto y de indeterminación sexual de la psique se exploran en la novela, como cuando, por ejemplo, Ulrich reflexiona que Agathe es “como una repetición soñada y variable de su propio ser”. Pero tales cosas no son, en lo más mínimo, desconocidas para quienes frecuentan a Musil.
¿Cuánto queda por revelarse tras más de medio siglo de estudios? Algo queda, y de hecho en Robert Musil. Eine Biographie, la biografía que acaba de escribir Karl Corino, publicada en 2003 por la editorial de Musil, la Rowohlt Verlag, prueba que es muchísimo.

Las dimensiones de la biografía son una medida de sus ambiciones: el cuerpo del texto tiene 1,460 páginas, seguidas de más de 400 de notas y 150 más con un curriculum vitae, información de viaje, bibliografía e índice. Ernst Rowohlt, el fundador de la casa editorial, admiraba profundamente a Musil, a quien mantuvo durante varios años, a pesar de las ganancias relativamente exiguas que proporcionaba El hombre sin atributos. Musil, quien predijo el relativo fracaso comercial durante su vida y que mejoró gracias a la fama posterior, no podría haber pedido mayor dedicación que la empleada en esta biografía. Corino cita con amplitud los textos de Musil, y lo usa a él para contar partes de su propia historia, de modo que el lector constantemente aprende y se deleita con la prosa de Musil. Incluso aquellos pasajes rechazados por las revisiones sucesivas que marcaron su carrera creativa están llenos de energía, inventiva e ironía autocrítica: en una carta de 1934 a su amigo, el satirista Franz Blei, Musil, en una situación personal desesperada ya durante la supremacía de los nazis en Alemania, compara su trabajo ininterrumpido en El hombre sin atributos con “la diligencia de una carcoma perforando el marco de un cuadro en una casa en llamas”.
Corino mismo tiene un estilo que es vital, individual y a menudo divertido. Además de un incomparable conocimiento de las fuentes musilianas, fue Corino quien, hace muchos años, deslumbró a sus colegas al revelar que Moosbrugger no era una invención del autor sino una recreación de Christian Voigt. Parte de los cimientos de este libro son incontables entrevistas con quienes conocieron al novelista, y viajes por Europa reproduciendo los itinerarios de Musil. El compromiso de Corino se puede demostrar mencionando su uso de datos metereológicos de los años veinte para fechar una entrada importante en los diarios.

Los acaudalados padres de Musil protegieron a su único hijo, quien nació en Klagenfurt, Austria; más aún porque su primer bebé, Elsa, nacida cinco años antes, había muerto al año de edad. (Musil viviría una fascinación por su hermana muerta, quien marcó los rasgos de Agathe en la novela.) Corino sostiene que si bien Musil tenía gran interés en la fuerza y la forma física masculinas, el que tenía por la vida interior de las mujeres era obsesivo. Siguiendo a Alfred Adler, Corino cree que sus tendencias hermafrodíticas predisponían a Musil a la neurosis. De niño, invertía muchas de sus energías pensando por qué su madre necesitaba dos hombres adultos en casa: su manso y obediente esposo Alfred, ingeniero, y el “tío” Heinrich Reiter, más masculino, quien se encargaba de satisfacer sus necesidades emocionales. La guerra entre las voluntades férreas de la madre y el hijo llevaron a la decisión familiar de que Musil, a los once años, debía ser internado en una escuela militar. Por ende el padre ya no pudo hacer la cama de su hijo o, de hecho, atarle las manos sobre las cobijas para impedir que se masturbara. Esta sima entre el amor y la comodidad domésticos, y la disciplina brutal y el abuso en la academia, son los andamios del primer libro de Musil: Las tribulaciones del estudiante Törless.

De joven, Musil rechazó la doble moral burguesa. Sin embargo, incluso en los años de entreguerras, cuando la inflación arruinó a su familia y sus propios ingresos habían desaparecido por obra de las autoridades del Tercer Reich, Musil sólo aparecía en público después de afeitarse meticulosamente y vestirse con ropas cuyo gusto y finura ocultaban su edad. También exigía que los demás reconocieran su estatura como intelectual y autor reconocido. No consideraba inapropiado que le regalaran un boleto para el cine, como reconocimiento de su posición, y se quejaba cuando no era el mejor lugar. Como demuestran sus diarios, no ignoraba el efecto que su arrogancia podía causar en los demás: le habían enseñado a observarse meticulosamente durante sus años de estudiante de filosofía y psicología experimental en el vanguardista instituto de la Universidad de Berlín. Como científico escéptico, rechazaba las teorías de Freud como especulaciones carentes de pruebas; además, como alguien que en el sentido más directo conocía su propia mente, estaba convencido de que no sufría ningún tipo de represión. Una fobia se puede identificar, a pesar de todo, en lo que Corino considera la frase favorita de Musil: “Se acerca demasiado al precipicio”. Musil sin duda sentía que estas palabras describían su capacidad de llevar a la novela más allá de sus límites existentes, pero también es verdad que temía a las alturas.

Musil identificó en la conducta de sus padres y sus pares la falla de la civilización contemporánea y deseaba, como explicó en una entrevista de 1926, contribuir con sus escritos “a la conquista espiritual/intelectual del mundo”. Esto incorporaba la “reevaluación de los valores” de Nietzsche. Las obras de Musil comprenden uno de los esfuerzos más serios para encontrar un camino para el avance de la civilización europea, principalmente a través de la incompleta (y según el juicio de Corino incompletable) Hombre sin atributos. Como explica Corino, esta novela unió dos trabajos previamente planeados.
El primero era un estudio de la decadencia del imperio austrohúngaro y su sociedad, presentado a manera de una narración que abarcara un periodo de doce meses previos a la Primera Guerra Mundial; incorporaba estudios no sólo de aquéllos que Musil conocía de primera mano, sino de un grupo de personas existentes —damas de sociedad, burócratas, aristócratas, académicos, ingenieros, escritores, intelectuales, militares y muchos otros— cuyos escritos y opiniones Musil fue siguiendo durante muchos años. La segunda línea narrativa, que fue incorporada a la primera, comprendía los sondeos racionales de Musil en el mar de las emociones humanas, basándose en la relación entre hermano y hermana como una “comunidad de dos”, unidos en una sola célula.

Sólo logró terminar la primera parte de la novela. Posteriormente Musil fue clasificado como más analítico y crítico que sintético y creativo.

¿Por qué no terminó el texto? Una razón fue la imitación de Nietzsche que Musil tendría que haber sabido sortear: poco antes de los treinta años, contrajo sífilis de una prostituta. Corino muestra la hondura de la ansiedad que le causó la enfermedad. A pesar de que parecía curado, a Musil le preocupó, a lo largo de la mayor parte de su vida, que la enfermedad reapareciera, lo que lo llevaría, como en el caso del Nietzsche, a la locura. Corino identifica, en una prosa breve de Musil, la descripción del caminar característico del sifilítico. Sugiere asimismo que la descripción de Musil de su visita a un manicomio en Roma, que más tarde adaptó para la novela, resulta muy viva debido al horror que sentía Musil ante las condiciones mórbidas de lo que podría resultar su propio destino.

Quizás algunos de los problemas de salud que Musil sufrió en su madurez se debieron a la potencia de los medicamentos que tomó para combatir su enfermedad venérea. Martha Musil tenía que conciliar su estrategia de no decirle a su esposo de la severidad de los males de Robert con su intento por refrenarlo de hacer a diario una extenuante rutina gimnástica que un obsesivo de la salud de nuestros días difícilmente lograría ejecutar.

En preparación para la novela, Musil se impuso un programa que incluía estudios sinópticos de campos claves de la civilización contemporánea y la exploración sistemática de su vida interior, así como la de muchos otros individuos. Corino identifica, por ejemplo, en la figura ficticia de Diotima, la anfitriona de un salón en Viena, partes de tres mujeres reales a quienes Musil “desmembró”. Muestra que en la escena en que Ulrich observa a Leona, su amante, cenando plato tras plato que él pagará, Musil está reviviendo la glotonería de una prostituta hambrienta a quien invitó a un restaurante en Brumm. El general Stumm von Bordwehr, no sólo es una fuente del más delicado humor en la novela, sino uno de los retratos más logrados de Musil, basado en varios hombres que conoció cuando sirvió en la Primera Guerra Mundial. Cuando leía fragmentos de El hombre sin atributos, Musil a veces elegía el capítulo donde Stumm visita la Biblioteca de la Corte, que resulta memorable por cómo narra el cauto avance de Stumm en lo que visualiza como “territorio enemigo”, y por identificar las estrategias de aquéllos que viven entre libros para enfrentar su propio mundo. (Éste era un campo que Musil conocía de primera mano por su trabajo como bibliotecario en la Universidad Técnica de Viena). El examen que Corino hace de Rathenau (el personaje que sostiene al Arnheim de Musil) resulta riguroso y fascinante. Los estudios de sus contemporáneos obedecen a la determinación de reproducir en su novela los rasgos decisivos de la vida europea.

Se ha argumentado que Musil carecía de la capacidad de comunicar cómo se “sentía” la sociedad con la misma viveza de los más grandes novelistas. Pero su proyecto intelectual y emocional —iluminar el cambiante reino de las emociones— requería una mayor distancia que la que acostumbran la mayoría de los escritores. A Musil le molestaba que algunos autores de su generación le reprocharan el ser demasiado listo para ser un “verdadero” novelista. Musil vio El hombre sin atributos como una suerte de equivalente a escribir un experimento que uniera los reinos de la cultura y el pensamiento científico. El resultado podría no ser muy realista, pero fue fundamental para el proyecto de la vanguardia. La obra crea paralelos entre la creatividad literaria y los actos de individuos quienes, en fases sucesivas de la evolución social, se unen en la tarea común de hacer más habitable el mundo ajeno y amenazante donde todos debemos vivir.

La reputación de Musil no sólo se debe a una obra. Las tribulaciones del estudiante Törless merecieron un comentario muy positivo de uno de los críticos más importantes de su momento, Alfred Kerr. En cambio, Vereinigungen (Uniones), dos breves estudios en prosa, basados en fases del desarrollo emocional de Martha a los que Musil dedicó dos años de ardua labor intelectual, resultaron demasiado difíciles y demandantes para suscitar entusiasmos, salvo en una pequeñísima minoría de los lectores. La única obra de teatro seria que escribió Musil, Die Schwarmer (Los entusiastas) es tan original como su gran novela, pero hace aún menos concesiones a su público. Ningún ser humano habla como los actores de Musil: dicen lo que piensan y sienten sin que les preocupe darse a entender. Sólo hubo una representación de la obra durante la vida de Musil (entre el público estaban Erwin Piscator, Luigi Pirandello y Joseph Goebbels). Musil, anticipando la reacción que de hecho sucedió, trató, sin éxito, de impedir la producción. Después de su muerte, empero, ha habido representaciones exitosas que han consolidado su reputación. Quizá las únicas piezas narrativas que escribió Musil que no están lastradas con reflexiones son sus extraños y hermosos cuentos Tres mujeres, cuyo contexto en la vida del autor también ofrece Corino, ampliando nuestra comprensión de las intenciones del autor.

El hecho de que Musil publicara relativamente poco durante su vida, se explica en parte con las dificultades que halló al escribir. Necesitaba rodearse de la evidencia documental de una larga preparación, con páginas de notas y esbozos que le daban la confianza para avanzar hacia una versión final. Para El hombre sin atributos (el primer volumen apareció en 1930-31) fue precisa la ayuda de terceros. Hacia finales de la década de los veinte, Musil tuvo una serie de consultas con Hugo Lukács, un discípulo de Alfred Adler, sobre sus dificultades para escribir. En 1931, Musil le mandó a Lukács una copia del primer volumen de la novela, con una dedicatoria en la que le reconocía su ayuda para terminarlo. El acogimiento de este primer volumen fue muy positivo; pero el segundo, aparecido un mes antes de la inauguración del Tercer Reich, fue ampliamente ignorado. Desde entonces, Musil padeció una salud cada vez más deteriorada y problemas financieros. Lo tentaba el suicidio y tenía dificultades con las autoridades de la Alemania nazi; esto último, exacerbado por sus puntos de vista liberales y por estar casado con una judía. Demostró que sus principios y su independencia de pensamiento eran, por lo menos, tan potentes como su falta de pragmatismo, cuando habló en una conferencia en París en 1935, organizada por comunistas rusos para presentar un frente “popular” de izquierda frente al Nacional Socialismo: aquí trató de mantener su independencia individual frente a los totalitarismos, tanto de izquierda como de derecha, y lo callaron a gritos. Corino logra encontrar un balance entre la sospecha de que Musil mantuvo la distancia apropiada del nazismo cuando se preparaba a anexarse Austria en el Anschluss (el discurso “Sobre la estupidez”, de 1937, fue ampliamente considerado por el público vienés como una crítica sutil del amenazante y poderoso vecino), y la necesidad de no poner en peligro los considerables ingresos que generaban sus ventas en Alemania.
(Musil sólo se enteró mucho después de que las autoridades alemanas habían prohibido su novela en 1938). Apoyándose en la teoría psicoanalítica, Corino afirma que, a mediados de la década de los treinta, Musil se dedicó a una reescritura neurótica e improductiva de textos que ya tenía compuestos. En los años veinte, había vivido cerca de sus fuentes: Alice Donath, por ejemplo, la esposa de Gustl, cuya conducta errática había estudiado para crear a la Clarisse de su novela. (Clarisse, como Alice, se vuelve loca después de casarse y acaba en un manicomio; uno se pregunta si la obra completa de Nietzsche, que Musil le dio como regalo de bodas, o su carta invitándola a convertirse en su “hermanita” contribuyeron a estos problemas).

Pero después de que aparecieron los dos primeros volúmenes de la novela, Musil ya no tenía contacto con los modelos de sus personajes. Corino nos dice que, aunque Musil fácilmente podría haber visitado el manicomio donde estaba Alice, para la década de 1930 ya no tenía ningún interés. De igual manera, Martha, la mujer que había inspirado en gran medida a Agathe, tenía más de sesenta años y la vejez no le había sentado bien; era mucho más una enfermera y contadora que una amante. Corino describe este proceso como la pérdida de la vida de los sentidos. El trabajo en la novela se convirtió en una mera corrección del manuscrito cuyo progreso se limitaba a cuatro capítulos por año. Un crítico dijo que Musil estaba “enterrado en vida” por su trabajo. A pesar de ello, Musil tenía razón al hablar de cierto progreso; Corino cita algunos fragmentos exquisitos de los pasajes que Musil reescribió en los últimos años de su vida. Musil esperaba, a pesar de su hipertensión arterial, vivir más de ochenta años, pero es dudoso que aún en ese caso hubiera producido meras versiones adicionales.

¿Se puede pedir más de una biografía? Quizás algo sobre los proyectos literarios incompletos, incluyendo un texto satírico sobre un planeta aún no descubierto y sus habitantes, en órbita alrededor del Polo Sur; más detalles acerca de lo que subyace a las referencias en El hombre sin atributos; sobre los intentos del protagonista de vivir según la imagen de la ciencia. Y parece haber algo que Corino no logró articular del todo en cuanto a las relaciones entre Musil y su hijastra Annina. Pero, dadas la determinación, la ingeniosa tenacidad y la dedicación con la que Karl Corino siguió todo tipo de fuentes, es posible que no haya mucho más por hallarse. Esta biografía brillante es una lectura obligada para todos aquellos que desean informarse debidamente sobre uno de los mayores novelistas europeos del siglo XX.

Payne. Catedrático de Estudios Alemanes en la Universidad de Lancaster. Autor de Robert Musil´s “The Man Without Qualities”. A Critical Study, 1988.

Traducción de José Ramón
Ruisánchez.

© Philip Payne/The Times Literary Supplement, 6 de agosto de 2004.



Confabulario — título que rinde homenaje a Juan José Arreola
 
Héctor de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx