El lunes 21 de febrero la literatura en lengua española perdió
a uno de sus más grandes autores: el escritor cubano Guillermo
Cabrera Infante (1926-2005), Premio Cervantes 1997, quien murió
en un hospital de Londres, ciudad en la que residía desde
hacía 40 años. Aunque al autor de Tres tristes tigres
no le interesaba saber si sería leído en la posteridad,
con motivo de su muerte ofrecemos estas páginas que destejen
los secretos de su escritura y confirman por qué a Cabrera
Infante se le continuará leyendo.
Antes de comenzar
quiero advertirles de los posibles riesgos que corren ustedes hoy.
Debo decirles francamente que yo pienso mejor que escribo, escribo
mejor que hablo y cuando leo en alta voz como ahora todo puede ocurrir.
No sólo una mala lectura puede asustarlos sino que quizás
hasta los asalte una mala palabra por pobre pronunciación,
claro. Ésa que hace que nulo se me convierta en mulo y quién
sabe en qué otra cosa peor. O cosa mejor, que todo depende
del oído adverso o perverso. Tengo que anunciarles además
que el título de mi charla no tiene nada que ver con mi charla.
Está ahí porque yo siempre comienzo a escribir por
el título y necesitaba uno ahora que fuera lo suficientemente
catchy como para atrapar el ojo y el oído del espectador.
¿Y qué cosa más catchy que un acróbata
en el trapecio, cuya vida pende y depende de un catch a tiempo y
a veces su acto es puro catch-as-catch-can? Pero ya he empezado
a revelar cómo escribo: primero, como en las familias nobles,
viene el título. Un escritor francés que no tenía
de qué escribir, escribió un libro que se titula Cómo
escribí algunos de mis libros. Raymond Roussel se llamaba
ese francés y reveló efectivamente cómo había
escrito algunos de sus libros. Yo, más inmodesto —es
decir más revelador— voy a decirles cómo he
escrito todos mis libros. Los escribí sentado sobre una silla,
ante una mesa y frente a una máquina de escribir. No es broma.
La situación exacta de un escritor es siempre importante.
Ustedes dirán: “Pero todos los escritores escriben
de la misma manera”. Grave error. Eso sería como decir
que todos los escritores escriben igual o, peor, que escriben el
mismo libro. Puedo confiarles esta tarde reveladora que si bien
es verdad que muchos escritores escriben sentados ante una mesa,
Victor Hugo y Hemingway, por ejemplo, escribían de pie por
las mismas razones: almorranas. Hemingway, que se hacía llamar
a veces el Doctor Hemorroides, padecía de almorranas tan
molestas que durante la segunda Guerra Mundial se llegó a
llamar él mismo el Ernie Pyle del pobre, aludiendo al gran
corresponsal de guerra, Ernie Pyle, a quien Ernest Hemingway detestaba,
y por supuesto refiriéndose al hecho de que el nombre Pyle
en plural significa almorranas. Pero Pyle no padecía de Hemingway.
Muchos escritores
han escrito y escriben en la cama. El caso más extremo es
el del compositor Gioachino Rossini, quien no sólo dormía
y se pasaba el día entero en la cama sino que no salía
de ella para escribir. Hablo de un compositor porque la escritura
literaria y la musical son idénticas al escribirse. Es al
leerse que suenan distinto. Rossini, escritor encamado, regaba las
partituras por toda la cama. Un día una de las hojas cayó
al suelo y Rossini, cuya haraganería era ejemplar, en vez
de bajarse de la cama y recoger la hoja escrita, tomó una
hoja en blanco y enseguida la llenó de nuevos signos, componiendo
un aria diferente. Joseph Conrad escribía en todas las posiciones
y algunas veces de perfil, otras en su escritorio. ¡En una
ocasión llegó a escribir con gran concentración
tirado al suelo, bocabajo en un tren que se movía rápido
entre Brighton y Londres! Es difícil mejorar esa posición
pero William Faulkner escribió una de sus novelas mientras
agonizaba en el duro suelo del sótano de una fábrica
en la que era fogonero de la caldera de calefacción por las
noches. Como escritorio escogió la carretilla de carbón,
volcada, su fondo, su mesa de trabajo. No es por gusto que esa novela
se titula Mientras agonizo.
Victor Hugo
escribía de pie a mano, Hemingway de pie a mano y en máquina
luego. Yo más moderno, escribo todo sentado a máquina,
de lo contrario no me entero de lo que he escrito. De joven, cuando
no tenía para comprar o aun para alquilar una máquina
de escribir, escribía a mano y no quieran ustedes saber lo
que escribí entonces. Ni siquiera quieran leerlo. Cuando
llegué a la era de la mecanización de la escritura
(primero con una máquina prestada, luego comprada a plazos,
que es como decir alquilada, después, como una novia que
se hace mujer, toda mía: esa máquina, quiero recordarlo,
era una Smith-Corona, y fiel a las marcas tanto como a las mujeres
todavía escribo en una Smith-Corona. No la misma, claro:
he escrito en diversas máquinas pero todas de la misma familia
con los apellidos ilustres de Smith y de Corona: tanto me gusta
ese doble nombre que convertí a mi máquina en una
mujer, en una muchacha, en un personaje femenino llamado Vivian
Smith-Corona, que alguno de ustedes quizás habrá conocido)
alcanzando la máquina de escribir también accedí
a la máquina de leer y así pude si no saber lo que
estaba haciendo, por lo menos enterarme qué estaba escribiendo.
La máquina de escribir ha sido mi piano mecánico y
puedo componer y oír al mismo tiempo mis rapsodias para dos
manos. Leer fácil hace fácil escribir. En realidad
escribir no es difícil, lo difícil es leer. Por ejemplo
mi último libro, La Habana para un infante difunto, tiene
711 páginas. Llegar a tan avanzado estado de impresión
fue cosa de escribir y cantar (siempre canto cuando escribo, también
canto en la ducha pero mi voz es tan mala, tan estridente, tan ofensiva
que para no ofender los oídos domésticos y convertirlos
en oídos familiares, cierro la puerta del baño y de
mi estudio) pero me temo que leer ese tomo mío, capaz de
fracturar un dedo si se cae de las manos inadvertidas sobre un pie,
no es cosa de entonar y cantar. Así llené mi libro
de obscenidades, de pornografía y de escenas eróticas.
Esa es una obra que no dejaría leer a mis hijas. De hecho
ninguna de mis dos hijas la ha leído, pero no por mi prohibición
sino por su dejadez. “¡Papi —dijo una de ellas,
asténica—, leer 700 páginas!” Tuve que
decirle que leer 700 páginas no era problema, que el problema
de mi libro es leer 711 páginas. Así se han alejado
ellas solas de la obscenidad, la pornografía y el erotismo
que puse en mi libro para divertir a solteronas, deleitar a parejas
de ambos sexos y aun de los tres sexos y servir de coartada a masturbadores.
“La culpa no es mía, papá —puede aducir
el niño sorprendido in fraganti—. Ese libro me tentó.”
Que es como decir: “The Devil Made me do it”. (Perdonen
mi inglés pero es el único que tengo y quiero conservarlo,
nada gasta más a un idioma que pronunciarlo bien. España
es un ejemplo. El inglés de Inglaterra, de tan bien pronunciado
que está, ha terminado por refugiarse en Oxford. Nadie en
Londres habla buen inglés, a menos que sea un locutor de
la BBC. Mi mala pronunciación es un encomiable esfuerzo por
rescatar al inglés de Oxford y evitar que se refugie en Cambridge.
Estoy entre los más esforzados londinenses que luchan por
recobrar el inglés de entre las garras de la BBC. Dicen las
malas lenguas que las películas americanas, los comediantes
cockneys y las óperas de jabón perfumado conseguirán
otro tanto en menos tiempo. Ya Robert de Niro, Al Pacino y Sylvester
Stallone, con su atroz americano, violan los oídos ortodoxos
y abren bocas más grandes que Jaws en las caras académicas.
Faces y fauces del inglés correcto como el cockney.)
Vuelta al volumen. La Habana para un infante difunto habrá
convencido a fanáticos y tal vez a algún escéptico
de que mis libros están compuestos por medio de un único
aparato retórico, la parodia. El título de mi último
libro (que como siempre me niego a llamar novela) es una parodia
del título de una composición de Maurice Ravel, Pavane
pour une Infante défunte. El título de Ravel era irónico
y levemente humorístico. Mi parodia es decididamente cómica
o al menos quiere serlo. El juego entre infante e infanta no sólo
envuelve un cambio de género sino que remite a mi último
apellido —y digo que es el último porque no tengo más
en mi casa—. Aunque al principio el libro inclina a que se
tome su título en sentido recto, en realidad mi intención
—que es lo que importa y no las interpretaciones de mis lectores
aunque sean críticos— era regalar La Habana (una ciudad
recobrada por recordada) a quien quisiera tomarla por asalto —como
hicieron los ingleses en 1762 al empezar el libro por el título—.
El libro es a su vez una parodia de las memorias de juventud en
la Edad Media a que nos han acostumbrado no sólo los románticos
sino escritores tan remotos como San Agustín. Hay además
una parodia de las memorias eróticas. Aunque todas las memorias
deben ser eróticas, existen libros como las memorias de Frank
Harris y el libro de ese victoriano victorioso que conocemos sólo
por el nombre de Walter, que son francamente eróticos.
Tengo que aclarar
que no he leído ninguno de estos antecedentes con excepción
de My Life and Times de Frank Harris, que leí una vez que
hube terminado La Habana... y sólo para ver cómo funcionaba
una memoria ficticia. Harris es un evidente mentiroso, yo he sido
un fabulador. No pienso que nadie se crea las escenas sexuales que
describo y el maratón erótico en que hago participar
a mi protagonista, narrador del libro y a la vez su héroe.
Si alguno de ustedes piensa que hay un lazo de unión entre
mi narrador y yo tengo que desengañarlo y declarar que estoy
lejos de ser un atlas erótico. Ni siquiera soy un atleta
sexual. Pero creo que esta aclaración la hago demasiado tarde.
He recibido cartas escritas con letra femenina en que me piden que
les dé, como pedía san Juan de la Cruz, “Vida
mía, aquello que me diste el otro día”. Como
la esposa del “Cántico espiritual”, casi llegan
a decirme “Gocémonos, amado”. Los lectores masculinos
han sido más pasivos y se han limitado a comunicarme las
veces que se han masturbado con mi tomo. Yo quiero decirles, a unas
y a otros, que han leído mal, que el libro es todo pura parodia,
que es un tomo para reírse pero ¿quién soy
yo para decirle al lector cómo debe leerme? El precio del
libro —a veces de veras oneroso: 28 dólares en Caracas,
22 en Miami, 18 en Nueva York y no he preguntado cuánto cuesta
en San Juan porque el pasmo público será un espasmo
privado, un espanto— autoriza a su comprador (o al lector
que pide prestado que es para mí tan enemigo como ese lector
que presta) a hacer las lecturas que quiera o que pueda. Porque
a veces hay lectores impotentes.
La parodia funciona
también al nivel del párrafo, como esa descripción
sexual que se interrumpe, coitus interruptus verbal, para contar
algo que apenas viene a cuento. Eso se llama digresión y
uno de mis maestros, el inglés Laurence Sterne, ya en el
siglo XVIII (¿han visto ustedes cómo siempre los escritores
declaramos que nuestros maestros se encuentran lo más lejos
posible? Ninguno tiene maestros contemporáneos célebres,
sólo los más oscuros y sin embargo un escritor siempre
busca el aprecio de sus contemporáneos: nadie quiere pasar
a la posteridad si está hecha de enemigos, pero el presente
tiene que estar lleno de amigos: el éxito, por supuesto,
es una forma actual de la posteridad) decía que la digresión
era el sol del párrafo —en este caso da luz a la lujuria—.
Hay además la parodia de la frase. La Habana... está
cundida ¿frases famosas convertidas en frases infames. Por
ejemplo, la cita bíblica “Margaritas para los cerdos”
se convirtió en “Margarita para los sordos” y
esta parodia se hizo una suerte de leitmotiv y así el lector
podrá encontrar “Margarita para los cuerdos”
en una página y “Margarita para el ser” más
tarde. Estas parodias cobran sentido según la página
en que aparezcan y son importantes en el contexto porque tuve la
suerte de contar con un personaje crucial llamado, como el coctel,
Margarita. Los ejemplos abundan hasta el hastío en La Habana...
(algunos dicen que hasta la náusea: por supuesto que prefiero
el vómito enemigo a la indiferencia) pero ya había
hecho su aparición en libro tan lejano como Un oficio del
siglo XX (publicado en 1963) y naturalmente en Tres tristes tigres.
Allí por ejemplo tomo el lamento de Cristo al regresar a
su pueblo natal y encontrarse con el abuso de confianza, la falta
de respeto y, lo que es peor, la desidia que hace decir a Jesús:
“Nadie es profeta en su tierra”, para convertir ese
descubrimiento en la irreverencia también cierta de que “Nadie
es mofeta en su tierra”, queriendo decir además que
el olor humano se siente más entre ajenos. Si alguien quiere
parodiarme puede decir aquí el dolor humano y devolver la
parodia hecha drama, al inicial Nazareno. Pero debo advertir que
hay que tener cuidado al parodiar a un parodista. La parodia puede
leerse por odio. Ravel, el del título lleno de sonidos sordos
y aliteraciones, no estaba parodiando un título específico
sino que se burlaba de un cierto romanticismo retardado, como el
de su maestro Debussy.
Pero su intención
era más que adversa, perversa, pues escondía con su
título lo que su pieza debía melódica y rítmicamente
a Debussy. Ya que hablamos de músicos franceses quiero decir
que cuando me preguntan cuál es mi compositor del siglo XX
favorito, siempre escojo uno del siglo XIX. Es ése Erik Satie,
a quien rindo homenaje en mi libro al tiempo que me burlo, suave
censor de Debussy. Sucede que Debussy en su famosa suite orquestal
La Mer tiene divisiones y subtítulos descriptivos que dicen
cosas como: “Del alba al mediodía en el mar”.
Interrogado Satie en el estreno de La Mer si le había gustado
la suite, declaró: “Mucho, sobre todo la parte ésa
de las once y quince de la mañana”. Es por eso que
Satie es mi músico favorito. No tiene nada qué ver
con su música sino con su humor. El título de La Habana
para un infante difunto es satiesco y además devuelve a su
originador una forma de titular propia del autor de los Tres trozos
en forma de pera. Por cierto, ya al final de La Habana... vuelve
Satie Satírico y cuando el narrador cae en una vagina enemiga
y no sabe dónde está, descubre en seguida que se encuentra
(o se pierde) en una pieza en forma de pera.
Otro de los
elementos que aparece en todos mis libros (aun en ese detestable
Así en la paz como en la guerra inicial) es la aliteración.
Como saben ustedes, la aliteración es un recurso retórico
que consiste en que dos palabras sucesivas empiecen con el mismo
sonido o la misma letra. En La Habana... hice de la aliteración
un sistema de composición porque se me ocurrió que
el hecho de que dos o más palabras se unan por su comienzo
era una forma de cópula, un acto más erótico
que retórico. Y que las palabras montan unas sobre otras
en vez de separarse por la división de la escritura y de
la pronunciación. Es la aliteración que hace recordables
ciertas frases como el título de una película reciente,
Sangre sabia, mucho menos intrigante que en inglés pero más
memorable. Un título de uno de los fragmentos de La Habana...,
“la mirada del mirón miope” es efectivo por la
aliteración, quebrada y continua. La frase francesa femme
fatale es tan peligrosa por su efecto aliterante, no por lo que
dice. Este recurso lo utilicé en Un oficio del siglo XX aun
en los títulos de las crónicas de cine y así
una película de Hitchcock en que un voyeur arriesga la vida
por mirar tanto, se tituló Muere, mirón. En La Habana...
más que buscar la mujer, rubia falsa o trigueña real
hembra, no hay que perder de vista la aliteración, tan abundante
pero a veces tan inevitable que no se le ve.
En Tres tristes
tigres el elemento retórico esencial es la paronomasia, o
mejor como se dice en inglés, el pun, esa palabra que engaña
al oído tanto como perturba al ojo. En inglés y en
español los retóricos condenan al retruécano
por no ser de estilo elevado. Muy bien, ¿y quién quiere
un estilo elevado? ¿Quién quiere siquiera un estilo
a ras de tierra? ¿Quién quiere en fin el estilo? Dénme
ese calembour que es un trompe l’oeil que es también
un trompe l’oreille and I won’t die gravely. Con esta
piedra Cristo hizo a Pedro la base de su iglesia y con tal recurso
se han construido monumentos literarios como los libros de Alicia
por Lewis Carroll y el Ulises de Joyce, por no hablar de momentos
menores como Zazie dans le metro y los libros de Raymond Roussel.
Es precisamente con el fundamento del calembour, del retruécano
que Roussel escribió todos sus libros y no algunos como revela
en Comment J’ai écrit certains de mes livres. He escrito
todos mis libros que se puedan leer como tales, es decir, como literatura,
jugando: Pun Means Tun. Mis libros son juguetes y espero que el
lector adulto sepa jugar con ellos. Si todavía no sabe, a
aquellos de ustedes que leen o siquiera compran mis libros, puedo
darles una última clave, llave para abrir los libros, código
para descifrarlos, para los que necesitan ser acompañados
por la interpretación. La mejor interpretación de
un libro es la que puede ofrecer el autor. Muchos de mis libros
(excepto por el malhadado Así en la paz como en la guerra,
que no vacilo en recomendarles que destruyan en cuanto lo compren)
parecen paradojas pero no son más que parodia: parodia como
recurso literario, parodia como aproximación a la literatura,
parodia como interpretación de la vida. Tal vez las más
conocidas de mis parodias sean las que se declaran tales en Tres
tristes tigres. No hay como poner un título debajo de una
litografía de un tigre para que el espectador crea que es
un tigre y, aun peor, sepa que es un tigre. El grabado puede ser
de una cebra particularmente feroz, pero siempre el lector de la
etiqueta tendrá frente a sí al tigre. Mis mejores
parodias no son las que se dejan llamar parodias, pero puedo contarles
cómo las parodias de Tres tristes tigres llegaron a serlo.
Siempre es divertido ponerle rayas a un burro y decir que es una
cebra.
Una de las más mentadas (aunque no una de las mejores parodias
en Tres tristes tigres, es la atribuida, fraudulentamente, a José
Lezama Lima, ese gran poeta americano. Las parodias todas pretendían
ser el relato de la muerte de Trotsky por varios escritores cubanos
—años antes o después del asesinato del revolucionario
ruso en México. Como se recordará Trotsky fue asesinado
por un pretendido discípulo cubano que clavó en su
cabeza anciana un picacho o alpenstock. La idea de esta parodia
macabra surgió de la irrealidad de la prosa de Lezama, quien
al celebrar al compositor Julián Orbón por un premio
sinfónico lo asaltó tal éxtasis que escribió:
“Me siento como el poseso penetrado por un hacha suave”.
Me encontré el libro en que Lezama extrae esta exaltada frase,
La expresión americana, en una biblioteca más fantástica
que la de Babel de Borges (era tan reducida que nadie podía
haber censado, mucho menos censurado, todos sus tomos) sita en el
siniestro sótano de la embajada de Cuba en Bruselas —como
quien dice, en un centro antitrotskista—. Volví a leer
la línea lezamesca: “Me siento como el poseso penetrado
por un hacha suave” y en seguida me asaltó la asociación
asesina. Aquella declaración era lo que Lezama habría
escrito como frase final dicha por Trotsky después de hendirle
su asesino un punzón de acero en el cráneo. Todavía
más, la frase era en sí misma pura parodia y puesta
en otro contexto resultaba hilarante —al menos para mí
y para otros que me han acusado de haberla inventado. Juro que Lezama
la escribió. Juro que la he leído. Juro que Julián
Orbón la repite. La frase existe. Su comicidad impensada
viene de la seriedad con que fue escrita, por esa misma seriedad.
Era la absoluta expresión absurda americana. No fue difícil
construir una parodia a partir de la frase de Lezama en la que éste
fuera un improbable corresponsal político cuando mataron
a Trotsky, no en ciudad México sino en “la región
más transparente del aire”, como Lezama llamaría
a la capital mexicana. Su breve reportaje terminaba con Trotsky
expirando con una cita de Lezama en los labios: “Me siento
como el poseso penetrado por un hacha suave”. La frase inicial
había sido la frase final y la parodia se construyó
de arriba abajo con su cima como cimiento.
Fue aun menos difícil concebir las otras parodias. Escribirlas
resultó cosa de cazar y contar: una frase verdadera de Virgilio
Piñera aquí, un imposible por probable adjetivo de
Carpentier allá, uña lamentación
de Mártí más lejos, acullá un verso
risible de Nicolás Guillén y su inveterado, veterano
estalinismo por otra parte, palabras improbablemente africanas de
Lydia Cabrera y citas citables de Lino Novás Calvo en su
último extremo. Los títulos frieron a veces más
memorables que las mismas parodias: Los hachacitos de rosa, Nuncupatoria
de un cruzado y El ocaso están tomados de otros tantos títulos
similares de José Martí, Lezama Lima y Alejo Carpentier.
De esta manera
pasé de ser periodista a parodista en esa estereotipia de
algunos lectores previsibles y críticos de clichés.
Así mi nombre llegó a ser sinónimo de parodia
y aun mis iniciales, GCI, se leían casi como FBI, donde todavía
J. Edgar Hoover era una parodia de un perro bulldog que quiere que
vean como perro policía. Afortunadamente no me llamaba Klark
Gable Brown o me habrían apodado KGB. Pero yo me había
transformado, como en una metamorfosis kafkiana, en un parodista.
Nadie podía decir: “Sucedió que una mañana
Cabrera Infante se despertó para verse en el espejo convertido
en una monstruosa máquina de hacer parodias”. Yo era
el mismo escritor que había titulado un cuento temprano (de
hecho fue el tercero que escribí poco antes de cumplir veinte
años y es para mí de veras inolvidable: por escribirlo
fui a dar a la cárcel en Cuba acusado de escribir esa extrañeza
que se llama English Profanities), “Balada de plomo y yerro”.
En ese título estaban todos los elementos que utilizaría
después: el retruécano, el juego de palabras y la
parodia. Ahora, con mi último libro, La Habana para un infante
difunto (repito tanto el nombre para que se lo aprendan y se lo
repitan luego al librero), hay monos sabios que exclamaron: “Ah,
el parodista ataca de nuevo”. No saben estos simios nimios
que el imperio que ataca otra vez no es el de las imágenes
ni el de los sentidos, sino el de la literatura con todos sus recursos
retóricos. Pero si me preguntaran cómo definiría
yo, en último término, mis recursos retóricos,
diría rápido como un reflejo: “Pura parodia”.
En épocas clásicas el dote imitaba a la naturaleza.
En tiempos decadentes la naturaleza imitaba al arte. Ahora el arte
imita el arte. Eso también se llama parodia.
Espero, amigos de Puerto Rico, que esta charla haya aumentado en
ustedes la afición por mis libros hasta hacerla hábito,
como droga suave o pornografía pura. O haya al menos despertado
su curiosidad, como la
de quien ve a alguien empezar a desnudarse y de pronto se apaga
la luz. El lector como mirón. Pero si no he conseguido su
aprecio, por lo menos concédame su desprecio. O su odio.
Todo me es indiferente. Menos, por supuesto, la indiferencia.
O el aburrimiento. Sé sin embargo que no hay nada más
cercano a una carcajada que un bostezo —la diferencia consiste
en hacer o no hacer ruido al abrir la boca—. Hablando de bocas,
gracias por prestar oído a mi lengua. Perdonen, por favor,
que haya hablado con la boca llena.
Esta conferencia
dictada en Puerto Rico forma parte del libro Infantería,
editado por el Fondo de Cultura Económica. La reproducimos
aquí con autorización de los editores.
***
Cabrera
Infante:
“el juego es el jugo”
Alberto Arriaga
Se ha dicho no sin candor que desde la publicación de Rayuela
(1963) ya no se pueden escribir historias lineales. Este parecía
un concepto muy arraigado entre la crítica del boom latinoamericano,
que provocó el desprecio a novelas como Los relámpagos
de agosto (1965), de Jorge Ibargüengoitia. El crítico
colombiano Hernando Valencia Goelkel, en un artículo polémico
que fue recopilado por César Fernández Moreno (América
Latina en su literatura, Siglo XXI editores) y que se titulaba “La
mayoría de edad”, afirmaba que Latinoamérica
había alcanzado madurez en su literatura gracias a García
Márquez, Onetti, Fuentes, Cortázar y Cabrera Infante;
que la novela de Jorge Ibargüengoitia era una obra menor, no
tanto por la ausencia de experimentación como por su sentido
del humor; que si se quería hablar de una “nueva sensibilidad”
de la literatura latinoamericana y por consiguiente de una mayoría
de edad, debía apreciarse el afán de experimentación
como una profunda vocación política. ¿Por qué
el sentido del humor de la primera novela de Guillermo Cabrera Infante
no disgustó al crítico colombiano y vio en ella una
buena muestra de mayoría de edad de la literatura latinoamericana?
La publicación de Tres Tristes Tigres (TTT, como el propio
Cabrera Infante acostumbraba abreviar), cuyo título original
sería Vista del amanecer en el Trópico —y que
sirvió para otro libro de 1974—, estuvo acompañada
de varias reescrituras y periplos. Ganadora del Premio Biblioteca
Breve en 1964, el manuscrito tal y como lo conocemos hoy, sin supresión
alguna, fue publicado hasta 1989. En 1965 y en plena corrección
de galeras, el manuscrito fue rechazado por la censura franquista.
Carlos Barral aconsejó al autor lo siguiente: “Creo
que debes aceptarlo. Es eso o mortis”, y luego, Cabrera Infante
aclaró: “Por un tiempo pensé que quería
decir in articulo mortis: la muerte de mi libro. Pero decía
la Editorial Joaquín Mortiz de México, adonde iban
a parar los cadáveres esquizoides de Seix Barral para ser
enterrados al otro lado de la frontera: la muerte o la muerte.”
Una vez rota toda filiación con el régimen de Fidel
Castro e instalado en la madrileña calle de Batalla del Salado
junto con su esposa Miriam Gómez y sus dos hijas, Cabrera
Infante decidió reescribir completamente Tres tristes tigres.
Lejos de obligarlo a explorar otros caminos, el rechazo de la publicación
en España le aclaró algunas ideas y, sobre todo, asumió
un compromiso más estético que ideológico.
En su famosa “Cronología a la manera de Laurence Sterne...
o no”, relata en tercera persona una verdad que a muchos críticos
del boom les provocó comezón: “La procedencia
de este rechazo no le impide ver que el libro es un fraude, que
cuando lo compuso, su oportunismo político, una forma de
ceguera picaresca, pudo más que su visión literaria
—y se entrega al revisionismo antirrealista, rescatando los
verdaderos héroes del lumpen de entre el maniqueísmo
marxista: completa TTT, devolviendo al libro no sólo su título
sino su intención original. Ahora está libre de todo
compromiso que no sea estrictamente artístico. Entrega a
su editor lo que parece un nuevo manuscrito ya entrado en 1966.”
Si la superstición política nunca lo abandonó,
lo mejor de la obra de Cabrera Infante escapa a la tentación
del realismo gracias a su imaginación lingüística.
Acaso es el único autor latinoamericano cuyos malabares de
palabras pueden resultar abrumadores pero nunca parecen envejecer.
El humor y el amor de La Habana para un infante difunto (1979);
la hibridez genérica y la prosa alucinante de Un oficio del
siglo XX (críticas de cine que el autor publicó con
el pseudónimo de G. Caín entre 1954 y 1960 y que refundió
en un libro unitario de ficción en 1963) e incluso Puro humo,
escrito originalmente en inglés, que es una historia del
tabaco, una radiografía de usos y costumbres de fumadores
que nace de una memoria cinematográfica, serán obras
que nunca se olvidarán —además de TTT—
merced a una condición paradójica que Cabrera Infante
bordó en torno de una concepción propia de la novela.
Esta palabra nunca apareció en ninguno de sus manuscritos
ni en su correspondencia, pero crítica, academia y editoriales
decidieron concebir a Tres tristes tigres y La Habana para un infante
difunto como novelas. Se trata en realidad de un conjunto de viñetas,
prosa narrativa y fragmentaria que va conformando poco a poco un
enorme universo novelístico. Y ese hallazgo de Cabrera Infante
lo conservará en el santuario de los grandes escritores cuya
grandeza radica en la gran parodia genérica: “Me puse
a escribir a partir de una apuesta resoluta por la parodia. Con
el tiempo me doy cuenta que no he hecho otra cosa que parodiar:
parodias de escritores cubanos, de escritores americanos […],
de la vida, de mí mismo. He parodiado palabras, frases, libros
enteros. ¿Se trata acaso de un sistema de composición?
Realmente no lo sé. La parodia es, por definición,
la escritura del juego, y en todo caso sí puedo afirmar que
me gusta el juego. El sexo mismo, que predomina de tal manera en
mis libros, es un juego húmedo [...] El juego es el jugo”.
Bustrófedon, al igual que Horacio Oliveira, Brausen o el
yo ficcionalizador de Ibargüengoitia, es un personaje inmortal
que se diferencia de sus hermanos por la hechura a base de puras
palabras antes que de una psicología definida. Fresco de
la vida nocturna y cotidiana en La Habana anterior a la revolución;
una educación sentimental para jóvenes lectores que
ansían convertirse en escritores; una lección de estilo
olvidable pero, transcurrido un cierto tiempo, acaso una marca determinante:
eso es Tres tristes tigres y buena parte de todo Cabrera Infante.
Arriaga. Crítico literario.
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor de Mauleón,
Director / Laura Emilia Pacheco y Juan Manuel Gómez,Editores.
Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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