25 de noviembre de 2006

La tensión narrativa que imprime Eduardo Antonio Parra en el siguiente cuento mantiene al lector en vilo hasta la última línea. Después de siete años, el autor de Los límites de la noche vuelve al territorio en el que su sabiduría literaria adquiere la máxima potencia. Este texto forma parte del libro Parábolas del silencio , una de las apuestas fuertes de Editorial Era en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara que inicia hoy.

Al acecho
por EDUARDO ANTONIO PARRA
Para David Toscana

Cada vez que una gota de sudor le escurre a las pestañas, antes de que la sal le provoque escozor Bosco sacude la cabeza como si repitiera su negativa de llevar a cabo la encomienda. No, viejo. No lo haré. No puedo. En veinte años no ha encontrado un motivo justo para esa venganza. Mejor dejar las cosas así. Vivamos en paz. Cuando la gota persiste y resbala hasta la punta de la nariz, él suelta por un segundo la empuñadura de la escopeta, barre con dedos engarrotados la humedad de su rostro y envuelve la calle en una mirada. El calor de agosto es un cerco sólido que redobla su nerviosismo. Cualquier ruido le provoca sobresaltos. Una gata preñada que hace un instante se deslizaba a dos metros del escondite, acaso explorando las bolsas de basura en busca de comida, le alteró el ritmo del corazón y Bosco creyó que las costillas le dolían a causa de los latidos. La espera de horas ha sido un martirio para sus músculos, pero su mayor tortura es de orden espiritual: aun estando ahí, armado y al acecho, su voluntad se rebela contra la idea de disparar sobre Ángel.

Debes matarlo en cuanto llegue a su casa. Será al anochecer, le dijo su madre con expresión ausente, mas el tono de su voz no admitía réplica. Hoy termina nuestro calvario, hijo. Es el día más importante de tu vida. El más importante. Así lo dijo. Lo recuerda mientras a su espalda un sonido de uñas rasguñando madera le crispa la mano en torno a la escopeta. La gata otra vez. O un tlacuache. Pinches animales. Dirige al suelo el doble cañón, pues por los nervios estuvo a punto de rociar de perdigones la puerta de doña Ruth. Pinche calor. Regresa la vista a la calle y se frota de nuevo la cara. Continúa sudando, aunque siente las plantas de los pies frías, como si la sangre no fluyera en ellas. Vas a ocupar más paciencia y más tamaños de los que has tenido hasta hoy, hijo. Pero debes hacerlo. Sólo así descansarán en sus tumbas los despojos de tu padre y tu hermano Jacobo. Tu papá, que en gloria esté, ansió años este día. Ahora tienes ocasión de darle gusto y hacer justicia. Las palabras maternas giran en su mente, lo marean, empañan por un momento la visión de la casa de doña Ruth.

La noche había caído un rato antes encima de la colonia. Inmóvil desde su puesto de observación, protegido por las sombras de un mezquite y otros arbustos que no supo reconocer, Bosco vio cómo el aire se opacaba con la desgana del ocaso hasta tornarse ocre, cómo la luz de los faroles partía las sombras trazando triángulos amarillos equidistantes entre sí, y cómo, media hora después de haberse ausentado el sol, doña Ruth arribaba a su casa con dos pesadas bolsas del súper. Seguro son para la cena de bienvenida del hijo pródigo, se dijo Bosco en tanto veía a la anciana depositar las compras en el umbral y, con las manos libres, sacar la llave del bolso y abrir la puerta. Luego se iluminó la ventana de la cocina. Enseguida la del cuarto de Ángel. Quiere que luzca limpio, en orden, como si él no hubiera estado veinte años fuera.

Bosco conoce de memoria el interior de la casa. En otra época gastaba tardes enteras en la recámara de Ángel, con Jacobo o sin él. Ahí era donde jugaban cartas, leían revistas, escuchaban discos, veían televisión o hablaban durante horas de las muchachas de la colonia, de los últimos partidos de los Tigres o de sus escapadas al río por el otro lado del cerro, hasta que oían a doña Ruth manipulando la cerradura. Tras el ruido de la puerta, daba inicio un entrechocar de sartenes y cubiertos y una dispersión de aromas que les llenaba la boca de saliva, en una actividad de vértigo que sólo concluía con el llamado a cenar en voz de la señora. Y cocina bien la doña. No se me olvida. ¿Qué le irá a preparar? Pero eso sucedía muchos años antes, cuando doña Ruth aún lo trataba con familiaridad maternal y al verlo acariciaba sus mejillas y le llenaba los bolsillos de chocolates, cuando Ángel y Jacobo eran inseparables y Bosco los consideraba unos héroes y quería ser como ellos o, por lo menos, que lo incluyeran en sus aventuras.

El zumbido de un zancudo susurra un canto rencoroso junto a su oreja. Bosco lo ahuyenta de un manotazo. Se palpa el cuello húmedo tratando de adivinar si tiene algún piquete. La casa de doña Ruth luce desteñida en el sopor nocturno de la canícula, aislada entre su jardín abandonado y los lotes que nunca fueron vendidos a nadie. Desde que él era chico sólo hay cuatro casas en esa cuadra, muy cerca de los confines de la urbanización. En otras partes la ciudad resulta irreconocible en cosa de semanas. ¿Por qué aquí no? Entre nosotros todo sigue igual que hace veinte años: la muerte de Jacobo detuvo la marcha de los días. Unos pasos arrastrándose sobre el pavimento por el rumbo de la avenida lo ponen en alerta. Bosco aprieta el arma y dirige el doble cañón al extremo de la calle. Le urge fumar. Por un instante piensa en los cigarros y el encendedor dentro de su bolsillo, mas la imagen de Ángel, Jacobo y él muy jóvenes, casi niños, jugando en esa misma cuadra le siembra una duda. Hasta entonces no había considerado la posibilidad de que Ángel se encontrara con algún amigo de otros tiempos que se ofreciera a acompañarlo en su regreso a casa. Si es así, ¿los mato a ambos? Ya en este camino, qué más da uno o dos. Me lleva, necesito un cigarro. El dueño de los pasos surge de las sombras a la luz de un farol y Bosco respira, relaja un poco los músculos. Se trata de un maestro de primaria que vive tres cuadras arriba, donde la colonia se confunde con el cerro, cerca de casa de Nidia. ¿Cuándo vas a aparecer, maldito? Al rato no voy a tener fuerza. De por sí…

El recuerdo de Nidia trunca la frase en su cerebro. Nidia. La mancornadora. La viuda negra de Jacobo. Así la nombra la gente del rumbo. ¿Qué pensará del regreso de Ángel? Aunque no era sino una víctima más de los hechos, el asesinato de Jacobo la había transformado de novia fiel en mujer fatal, y las habladurías en la causante de la tragedia. La ciudad es grande, ¿por qué no se busca otra casa? ¿Por el recuerdo de mi hermano?, se preguntó muchas veces Bosco al verla caminar por las banquetas vestida de negro, con la frente gacha, como si se avergonzara de seguir viva cuando el hombre con quien iba a casarse había muerto. ¿Por qué no me fui yo?, se pregunta ahora. Pero en vez de responder se evade en el recuento de las humillaciones sufridas por Nidia. Los amigos de su hermano, sobre todo durante los primeros meses, la ofendían cuando se la topaban en la calle. Más agresivas, algunas las mujeres escupían a su paso. Incluso hubo una señora casada, amante de Jacobo según algunos, que una tarde se le fue encima y le arrancó varios mechones de pelo en tanto le gritaba puta del demonio, lo mataron por tu traición.

Y es culpa tuya, mamá. La piel de los brazos se le eriza porque ha vuelto a oír rasguños sobre madera. Tú esparciste el rumor. ¿Sospechaste lo ocurrido o en verdad crees que ella fue la causa? ¿Repetías esa versión con el fin de protegerme? Pinche calor. El peso de las dudas le vence las corvas. Se encoge en su escondite hasta quedar en cuclillas, y en cuanto posa las nalgas en los talones una corriente de alivio le atraviesa el cuerpo. Los grillos difunden su canto por los cuatro extremos del terreno. Un piar rítmico, espaciado, se deja oír por donde el baldío invade la banqueta. Bosco cierra los ojos un minuto, lo suficiente para que la imagen de un Jacobo iracundo, la noche de la desgracia, ocupe por completo el espacio de su memoria. Recuerda el rostro de su hermano distorsionado de rabia, lo ve gesticular, sufre de nuevo en el cuerpo entumecido los golpes de Jacobo, escucha las maldiciones con que aquel lo fulminó antes de salir dando un portazo del cuarto que compartían. Un nudo de aire, sólido y sucio, obstruye la garganta de Bosco. En sus ojos hay lágrimas semejantes a las de veinte años atrás, cuando se quedó solo en la habitación, mas la huida loca de una rata cerca del mezquite lo hace reaccionar como si despertara de un mal sueño. La silueta felina también cruza veloz frente a él, y tras entablarse una corta batalla de maullidos furiosos y chillidos histéricos Bosco se descubre de pie, con las piernas trémulas, el pecho agitado, apuntando la escopeta hacia donde la gata ha conseguido callar a su presa. Carajo. Eso es eficacia. Un ataque sorpresa y ya. ¿Tendré que hacer lo mismo? Trata de serenarse. Recorre cada uno de los triángulos luminosos de la calle antes de fijar las pupilas en la puerta de doña Ruth.

Estaba durmiendo. Lo recuerda. A lo largo de dos décadas ha evadido las escenas de aquella noche con la ayuda de la rutina y del tabaco, mas ahora que no puede fumar le resulta imposible anteponer una cortina de humo a la memoria. Los remordimientos, el miedo a lo que sucedería y el dolor en las costillas por los puñetazos de su hermano lo mantuvieron insomne unas horas, pero al fin el cansancio lo venció. Durante la madrugada creyó oír entre sueños el timbre de la casa. Quizá Jacobo olvidó las llaves, pensaría. Luego, pisadas en los pasillos; el siseo de las pantuflas del viejo. Despertó con los gritos de su madre. ¡No! ¡No es cierto! Y el llanto agudo, a borbotones. ¡No puede ser, Dios mío! Después muebles que se movían, objetos que se estrellaban en las paredes y las vociferaciones del viejo jurando venganza tantas veces y tan alto que ya no se distinguían los lloros femeninos. ¡Hijo de la chingada! ¡Lo voy a matar! ¡Yo! ¡Con estas manos! ¡Déjenlo libre! ¡Que se largue! ¡Lo voy a hallar donde esté! Cuando el escándalo hizo saltar a Bosco de la cama halló las luces encendidas y la casa llena de gente. Dos uniformados sujetaban al viejo que, cebollero en mano, en ropa interior y pantuflas, insistía en salir. Una mujer hervía agua para té en la estufa. El vecino de enfrente buscaba una botella de brandy. Bosco veía aquel ir y venir sin preguntar nada por temor a una respuesta que muy dentro de sí ya presentía. Pero, al notar su presencia, el viejo caminó hacia él con aire solemne y mirada enfebrecida. No lo abrazó, ni lo tocó siquiera. Sólo dijo, como repasando las líneas de un guión escrito a propósito: Mataron a Jacobo. El infeliz de Ángel asesinó a tu hermano en la cantina. Y agregó, sonriendo a manera de consuelo: No te preocupes, hijo. Nos vamos a vengar. Le voy a quitar la vida a ese mequetrefe con estas manos.

Un grupo de muchachos viene por la calle pateando un balón y Bosco se inmoviliza. Su quietud repentina atrae la atención de la gata, que emite un ronroneo. No la distingue, tan sólo adivina entre la yerba los destellos dorados de sus ojos y la silueta fosca inclinada sobre el cadáver de su presa, destazándola con colmillos y garras. Los adolescentes gritan algo y Bosco no lo entiende. Ríen. Ensayan jugadas en una cancha imaginaria y trotan y golpean la pelota produciendo un sonido que gana volumen conforme se acercan. La cabeza de doña Ruth surge en el cuadro amarillo de la ventana. Parece sonreír. Uno de los jóvenes la saluda. Otro hace un comentario y Bosco reconoce el nombre de Ángel en sus palabras. Ellos también saben. No se habla de otra cosa. Váyanse pronto, huercos, no les vaya a tocar un escopetazo. Todavía los ve dirigir unos pases antes de alejarse. Luego se pone de pie y los contempla a distancia. El mayor debe andar por la edad de Jacobo al morir, diecinueve años; el menor rondará los catorce, los que tenía Bosco. Se le escapa un suspiro. Voltea adonde hace unos minutos vislumbró las pupilas de la gata y le sonríe al negro vacío con tristeza mientras recuerda que aquella madrugada ni su padre ni su madre supieron responder a la pregunta que les hizo. ¿Cómo que Ángel mató a mi hermano? Eran carnales, ¿no? ¿Por qué?

Jacobo y Ángel se habían hecho íntimos en sexto año de primaria, cuando sus familias se mudaron a ese fraccionamiento recién urbanizado del sur de la ciudad. Con un crédito de su corporación policiaca, el padre de Bosco pudo comprar una casa de dos recámaras en una calle donde sólo había dos terrenos sin construir. En cambio, doña Ruth decidió invertir lo del seguro de vida de su difunto marido en uno de los lotes grandes en los límites entre la colonia y el cerro, donde la mayor parte de los terrenos permanecían baldíos. Los dos niños coincidieron en la escuela. Al principio se cayeron mal, pues eran los más altos del grupo, los mejores en el futbol y quienes atraían mayor número de miradas femeninas. No obstante, su rivalidad terminó con una bronca después de clases, en la que Bosco presenció lleno de asombro infantil cómo su hermano molía a golpes a ese niño desconocido y al mismo tiempo era masacrado por él en una paliza bárbara que los dos dieron por finalizada con un abrazo en el que mezclaron su sudor, sus lágrimas y sus sangres.

A partir de ese día no volvieron a separarse por años. Se convirtieron en los líderes, primero de la escuela, más tarde de la colonia. Organizaban las excursiones al cerro o al río, los partidos de futbol, el asedio a las muchachillas, y Bosco siempre iba detrás de ellos, admirándolos sin reserva, tratando de aprender sus poses, su manera de jugar, sus frases ingeniosas. Entrada la adolescencia, las cosas comenzaron a cambiar. Con las hormonas en ebullición, Jacobo se repartía entre varias novias a la vez, en tanto Ángel, aunque gozaba de un atractivo idéntico con el sexo opuesto, prefería seguir encabezando la tropa de varones. Fue por esos días que Bosco se acercó a él y se convirtió en su pupilo preferido. Incluso llegó a sentir celos cuando Jacobo apareció de nuevo para acaparar la atención de Ángel. Su hermano parecía haberse cansado de su rol de casanova. Limitó sus relaciones amorosas a Nidia, y a las escapadas que se daba de vez en vez para visitar a mujeres adultas por la noche, si vivían solas, o por las mañanas si tenían marido e hijos. Había organizado sus aventuras de tal modo que podía verse a diario con Ángel y, en los meses que precedieron a su muerte, ambos habían vuelto a ser inseparables. La única diferencia era que ahora sí incluían a Bosco en sus asuntos.

Fue culpa de esa perdida, dijo su madre la tarde siguiente del entierro. Ángel ya se hallaba tras las rejas y el padre de Bosco enloquecía de desesperación por no haberlo podido matar antes de su captura. Ahora va a ser difícil, decía. Ni modo que entre al penal a buscarlo. Los presos me odian, a muchos los encerré yo. Me matarían ellos primero. Esa puta le puso los cuernos con Ángel, por eso Jacobo lo buscó en la cantina, insistía la madre. No importa la causa, mujer. Ese cabrón se va a morir; malo que no sea ya. Si hasta mi compadre el capitán me vendió una escopeta. ¡Pos úsala castigando a esa golfa! ¡Por ella nuestro hijo no está! Bosco escuchó por años las discusiones de sus padres en silencio, con el estómago hecho una piltrafa y la culpa desgraciándole los intestinos. Al principio abrigaba la esperanza de que el tiempo aliviara en ellos el dolor y los deseos de revancha, mas pronto comprendió que, al contrario, los recrudecía. Ni siquiera el deceso de su padre, hace cinco años, le trajo un remanso de tranquilidad, lo piensa ahora que recuerda al viejo con la segueta en la mano y los ojos fuera de sus órbitas, imaginando quién sabe qué escenas macabras mientras recortaba la escopeta. Pobre de mi padre. Murió lleno de rencor. ¿Qué se sentirá tanto odio dentro del pecho? Bosco suspira de compasión. Luego mueve el cuello y oye crujir sus vértebras. Mezclado con el tufo de la basura, hasta su olfato llega un olor a sangre y piensa en el cadáver de la rata. La calle permanece vacía. Desde el paso de los adolescentes con el balón, ni la gata preñada ni la danza zumbante de las moscas sobre los desperdicios han vuelto a importunar su espera. La casa de doña Ruth luce tranquila y en silencio. Nomás el aroma de los guisados que escapa por la ventana de la cocina lo convence de que la anciana aún aguarda el retorno de su hijo esta noche.

Durante el velorio de su hermano varios testigos narraron a retazos cómo habían sucedido las cosas. La llamada cantina no era sino una refresquería donde a la medianoche el dueño comenzaba a servir tragos ilegales a los adolescentes. Se hallaba repleta al llegar Jacobo. Bastante encabronado se veía, dijo el cantinero, un expolicía amigo del viejo. Incluso primero creímos que venía para que le hicieran el paro en una bronca. La sinfonola sonaba duro, y aun así escuché su voz. Vamos afuera, hijo de la chingada. Lo jaló del brazo. Quiero hablar contigo. No voy a mentir, el muchacho traía cara de amante despechado. Las facciones de la madre de Bosco se transformaban conforme oía el relato. De tanto en tanto echaba una mirada fiera hacia el centro de la sala, donde Nidia lloraba junto al féretro. Bájale de huevos, contestó el otro. A mí ningún putito me habla así. En eso vino

el primer chingadazo y Ángel se fue de espaldas junto con la silla. Y ya no pude ver nada porque me hallaba detrás de la barra y la tropa de huercos mirones se amontonó alrededor de ellos. Eso sí, oía los pujidos de los dos. Después un ruido de cristales y los gritos de horror de las morras. Más tarde un silencio raro, y digo silencio porque se sintió a pesar de la música y de los comentarios asustados de los testigos. Duró un buen rato. Al dispersarse el montón de mirones, Ángel ya había corrido y Jacobo estaba tirado en el piso enmedio de un charco rojo. La madre recogió varios testimonios más. Caminaba rígida entre los jóvenes asistentes al duelo, les repartía café con ademanes secos en los que desde entonces se advertía la terquedad de su resolución, y les preguntaba si habían visto morir a su hijo. Bosco la seguía en silencio con una botella de brandy en la mano. Añadía chisguetes de licor a los cafés y aprovechaba para captar los pormenores. Madre e hijo se enteraron de que la pelea había transcurrido si acaso en dos minutos, de que Ángel, como si cargara alguna culpa, se había dejado pegar sin responder hasta que Jacobo quebró la botella. Sólo en ese instante reviró, dijo alguien. Las palabras caían igual que balines en el fondo del estómago de Bosco. Se le fue al pescuezo con los vidrios por delante. Andaba ardido, a leguas se veía. Quería matarlo, pero el otro fue más hábil. Para el hermano menor de Jacobo estas revelaciones transformaban el sentido de los hechos. No para sus padres, a quienes la forma, la mecánica de la muerte, les daba igual. Les habían matado a un hijo y eso exigía venganza.

Casi a la hora en que debían trasladar el cuerpo al panteón, una vecina se acercó a la madre. Amiga, no sé si contarte lo que me dijo mi hija. Sería echar más sufrimiento y odio en tu pobre corazón. La mujer se mordió el labio y miró en torno, pero ante el silencio de la dueña de la casa prosiguió. Mi Delfina estaba cerca de Ángel anoche y pudo oír algunas frases durante el pleito. ¿Qué frases?, la voz de la madre de Bosco surgió neutra a pesar del dolor y la fatiga. Sus ojos escrutaban a distancia el semblante de Nidia. Jacobo le reclamó al otro un engaño, murmuró la mujer. Amoroso, creo. A mí ningún hijo de puta me pone los cuernos, parece que dijo. Mal amigo. Traicionero. Así lo llamó. Te vas a morir. Eso no se hace. Y Ángel, antes de mocharle la garganta, cuando forcejeaban por la botella rota, se burlaba de Jacobo entre dientes. ¿Pos no que a ti te sobra con quien coger? ¿Entonces? ¿Qué reclamas, pendejo? Pero después de cortarlo, al mirar que le había abierto la arteria, cayó de rodillas junto a él. Lloraba y le pedía perdón. Perdóname, le decía. No me dejes solo. Yo te quiero, carnal. No te me mueras. Bosco ya no escuchó porque un amigo de su padre le hizo señas para que le llevara el brandy. La vecina siguió hablando unos minutos. Luego la madre caminó con tranco resuelto hasta el féretro y agarró a Nidia del codo. Te me largas de aquí, dijo en voz alta. Y agregó con palabras mordidas: Golfa callejera. Sin dar muestra de comprender, la muchacha salió de la casa despacio, emitiendo unos sollozos semejantes a los pillidos que Bosco escucha ahora entre la maleza del terreno, cadenciosos, agudos, tenues. Una tarántula. Seguro. Una de ésas negras y peludas que la gente nombra arañas pollito. Que no se me acerque. Donde me muerda estoy frito. La peste de la basura se le viene encima en densos remolinos. Hay en torno suyo tanta mosca, tanto calor empalagoso, tanto silencio y tanta oscuridad que Bosco no deja de preguntarse por qué no se olvida de todo y se larga. Su camisa podría exprimirse. Para colmo, en el cuello y los brazos le ha empezado la comezón a causa de los piquetes de los zancudos. Ni modo. Debo aguantar. No ha de tardar en aparecer ese cabrón.

Tras la muerte del viejo, Bosco creyó que las ansias de venganza al fin dejarían de rondar a su madre. Habían transcurrido quince años desde el crimen. Ángel continuaba en el penal y se decía que nada quedaba en él del hombre que había sido. Nidia no era sino una sombra silenciosa que de vez en cuando deambulaba por las calles de la colonia. Bosco mismo encarnaba el fracaso absoluto: soltero, sin haber tenido novia nunca, con un trabajo mediocre detrás del mostrador en una papelería cercana a la secundaria donde estudió, representaba muy bien el papel del hijo castrado por la mamá, y lo sabía. ¿Quién podía seguir pensando en un drama de venganza con actores como ésos? Sólo su madre, quien al quedar viuda relevó al viejo en su obsesión y se dedicó a impedir que el hijo viviera en paz recordándole a diario lo que restaba para que el asesino cumpliera la condena. Ni el mismo Bosco supo comprender lo que sucedió entonces en su interior: se enojaba con gran facilidad, enseguida caía en largos periodos sombríos durante los que los ojos se le llenaban de lágrimas por la menor insignificancia, una niña pidiéndole un lápiz en la papelería, un perro muerto en la calle, o darse cuenta de que se le habían acabado los cigarros. El calor, las escasas lluvias, el frío, los atardeceres lo abrumaban hasta dejarlo sumido en la depresión. Envidiaba la vida de los otros, sin sangre en el pasado ni deudas por cobrar. Pero aún sentía lejos la liberación de Ángel y, de tanto evadir pensar en ella, Bosco consiguió bloquear de sus pensamientos lo que tuviera que ver con la venganza. Fue tan eficaz la barrera mental que logró levantar, tan profundo el pozo donde se enclaustró, que ya sólo muy de vez en cuando la voz de su madre lograba penetrarlo. Nomás faltan tres años, hijo. ¿Has practicado tiro con el arma de tu padre? Sí, mamá, mentía él, este sábado me la llevé al cerro. Queda un año, Bosco. Pronto van a descansar los muertos de nuestra casa. ¿Y tú, mamá? ¿Cuándo vas a descansar tú? El día que ese infeliz muera.

Por lo menos parecía haber olvidado a Nidia. Ya no la mencionaba. Como si el paso de los años le hubiera quitado importancia a la culpa de la muchacha, o como si al fin la anciana se hubiera convencido de que ella nunca tuvo nada que ver. Bosco no sabía a qué atribuir aquella especie de perdón a destiempo y la duda lo hacía temblar de angustia. Tiembla ahora también, por la misma razón, mientras practica en la soledad del baldío una serie de flexiones para sentir sangre en las venas. En cuanto la vida regresa a sus piernas, un cosquilleo mordiente se apodera de ellas. Entonces aventura unas zancadas en torno del mezquite y en el terreno se despiertan zumbidos, desplazamientos minúsculos, rasguños, chisporroteos y crepitaciones de los insectos y roedores que reaccionan a su presencia. Un murciélago se desprende de las ramas del mezquite y traza una espiral en el aire sobre la cabeza de Bosco. De manera inconsciente y sin dejar de moverse lleva una mano al bolsillo, extrae un cigarro y se lo pone en los labios. Después agarra el encendedor. Está a punto de prenderlo cuando la puerta de la casa se abre y la figura enjuta de doña Ruth se delinea en el quicio obligándolo a ocultarse.

La anciana camina a la banqueta. Achica sus ojos rodeados de cuadrículas y hunde la vista al fondo de la calle, en dirección de la avenida. No se oye ningún paso. Su rostro, pálido por la luz de un farol próximo, denota nerviosismo e impaciencia. ¿Tendrá miedo de que yo lo haya encontrado antes? Bosco la entrevé a través del follaje de los arbustos. Ella nunca ignoró que papá y mamá juraron vengarse. Pero quizá no me crea capaz de hacerlo. Me quería mucho. Sabe lo cercanos que éramos Ángel y yo. Los pensamientos de Bosco se congelan cuando advierte que doña Ruth ve con atención hacia su escondite, como si presintiera su presencia o hubiera oído su respiración desde el lado contrario de la calle. Sus músculos se quejan. Una contracción le presiona la espalda. Su cráneo late igual que si estuviera agrandándose. Aunque es imposible, siente que la doña lo mira directo a los ojos con gesto severo. De repente un pensamiento le corta el resuello. ¿Sabrá? ¿Ángel le habrá contado en alguna visita? ¿Y si sabe? No. No puedo matar a su hijo. Nunca quise hacerlo. Lo siento, papá. En cuanto doña Ruth se meta me largo de aquí. La anciana continúa en la banqueta porque a lo lejos se escucha un motor acercándose. Su rostro de surcos profundos se suaviza en una mueca de esperanza en tanto contempla el avance del vehículo. Es una granadera. ¿Traerán a su hijo de la misma forma en que se lo llevaron? Sin embargo los policías tan sólo saludan a la anciana con una inclinación de cabeza y pasan de largo para proseguir la ronda nocturna. Ella, con el peso del desengaño sobre los hombros, baja la mirada, da media vuelta y regresa despacio a la casa. Todavía en el umbral mira de nuevo hacia la avenida, pero ante la calle sola no tarda en meterse y cerrar la puerta.

Pobre vieja. Bosco está demasiado cansado y aturdido para ponerse de pie y largarse del baldío. Además, no sabría qué decirle a su madre si regresara sin sangre en las manos. La escopeta ahora le sirve a manera de báculo, impidiendo que caiga sobre la yerba. En este instante no le importan los ruidos que abundan en torno como si a ras de tierra hubiera un hervidero de gusanos. Una cucaracha trepa a la culata del arma, husmea la mano de Bosco, camina por el dorso, y él la retira con una sacudida. Lo único que ocupa su mente es un acceso de compasión por la anciana. Pobre doña Ruth. Ha sufrido más que papá y mamá. Más que Ángel y Nidia. Más que yo. Ella es la verdadera víctima. ¿Cómo voy a causarle otro dolor? El cigarro cuelga aún de sus labios. Con la mano libre lo quita de ahí para arrojarlo a la oscuridad. No hace ruido al caer, mas la silueta de la gata desplazándose como una raya negra le indica el lugar exacto donde fue a parar. Pobre doña Ruth, decía también la madre de Bosco años atrás. Ella sí me da lástima deveras. No conforme con el sufrimiento al que ya la condenó ese malnacido, encima le asesta otro. Pero, ¿tú crees, mujer? Claro, viejo. No me cabe la menor duda. Ese infeliz lleva la maldad adentro. Y nomás eso le faltaba para matar también a la pobre vieja. Bosco no conseguía captar el sentido de las palabras de su madre. ¿Qué te contaron ahora, mamá? ¿Pos qué no oyes? Ángel acabó haciéndose puto en la cárcel. Y dicen que de los más solicitados, que hasta se pinta y se viste de mujer. Y cobra, cobra sus buenos pesos por otorgar sus mugrosas nalgas.

No podía ser verdad. Se trataba de un embuste, seguro. El asesino de su hermano con vestido de mujer, cubierta la cara de afeites, contoneándose entre los criminales por los pasillos del penal era una imagen grotesca que para Bosco era imposible siquiera imaginar. Ángel poseía una belleza extraña, casi femenina, cierto, pero tenía brazos y piernas musculosos, la espalda ancha, las manos del tamaño de un guante de beisbol. Por años se ha negado a creer semejante chisme. Imposible. Son inventos de mamá. O de sus comadres. Sobre todo no lo cree porque las tardes que visitó a Ángel en prisión lo vio con el uniforme caqui idéntico al de los demás presos, el pelo corto estilo militar y, conforme pasaba el tiempo, con barba y bigote bastante tupidos. Muy hombre de apariencia, pues. ¿A poco lo cambiaron tanto ahí adentro? De pronto se le ocurre que si su madre se enterara de esas visitas moriría del coraje. O me mataría a mí a palos. Menos mal que dejé de ir mucho antes de que el viejo falleciera. Se rasca una roncha en el cuello en tanto trata de calcular, por los pillidos, a qué distancia se halla la tarántula. Desde niño las arañas le provocan un desasosiego que raya en el horror. En especial desde que Ángel me echó dentro del traje de baño una enorme, recuerda con un estremecimiento y aprieta la culata del arma en un acceso de rabia. Sin embargo sonríe. Fue cuando comenzaron a incluirme, cuando ya no me veían tan morro. Carajo. Cómo nos divertíamos.

Levanta la vista y contempla la media luna apenas amarilla. No hay nubes ni estrellas. El cielo luce desnudo. Me dejaban juntarme con ellos porque querían agarrarme de puerquito para sus chingaderas. Par de cabrones. Sin borrar la sonrisa de su rostro, Bosco pisa la yerba varias veces en un espacio de un metro cuadrado con objeto de asegurarse de que ni la tarántula ni otros insectos ronden por ahí. Después se sienta en el suelo con la escopeta atravesada en los muslos. En la calle no hay ruido. Dentro de la casa, doña Ruth apaga la luz de la cocina. Iban al río una vez por semana. Al principio Bosco seguía al grupo de muchachos y muchachas de lejos, sin atreverse a pedirles que lo llevaran, y sólo se acercaba al agua si los demás estaban ya en ella. El momento de mayor felicidad en su infancia fue cuando Ángel lo invitó a echarse un clavado. Esa tarde nadaron horas, y al salir casi todos del agua Ángel y Jacobo decidieron divertirse a sus costillas. Lo hundieron, practicaron en su cuerpo algunas llaves de lucha libre y, ante la risa general, le arrancaron el traje de baño, aventándolo lejos para que él saliera desnudo a buscarlo. Bonito me he de haber visto con el pizarrín al aire. Por lo menos puedo presumir: todas las muchachillas de la colonia me conocieron el chile. Pronto aquel juego se volvió tan rutinario que Bosco llegó a creer que la natación era un pretexto de los demás para verlo sin ropa. Lo encueraban incluso cuando sólo iban al río los tres. Si no le quitaban el traje, se contentaban con abrírselo y echarle dentro tierra, cadillos, ortigas o insectos, y de paso agarrarle las nalgas o introducirle un dedo en el culo entre carcajadas. Pero me defendía. Deveras me defendía. Bosco reacciona al oír rechinar sus muelas. Ellos eran más grandes y fuertes, y de cualquier modo les surtía sus madrazos. El pillido de la tarántula ha cesado y en su lugar hay un fuerte zumbido en el aire. La gata se mueve junto a Bosco con excesiva confianza, como si ya lo considerara parte del paisaje silvestre. Sáquese, pinche animal. Patea la maleza y el felino se retira silencioso. A Bosco se le han dormido las piernas de nuevo. Se pone de pie.

El murciélago lleva a cabo nuevas piruetas en torno del mezquite, pero Bosco lo ignora. Piensa en qué dirán los conocidos al enterarse de que ha vengado a su hermano. Bosco el justiciero. Sonríe. El implacable. No. Bosco el asesino. Por fin su apelativo tendrá un significado actual, ya no será el viejo nombre de un santo escrito en letras oxidadas sobre el portal de la iglesia de la colonia. ¿Y después? La cárcel. A vivir a la sombra en una celda de dos por dos. Inmóvil. Solitario. Como ahora. Y la idea de que su vida ha transcurrido dentro de una prisión es una certeza que lo hace estremecerse. Es cierto. Siempre he estado preso. Con un mostrador o la puerta de mi cuarto en vez de reja. Sin visitas los domingos. Mi madre es mi carcelera. Los dos hemos vivido fuera del mundo, del tiempo. También doña Ruth, y Nidia, y Ángel. Bosco se arrima a la banqueta sin abandonar el baldío y la gata lo sigue a cierta distancia. Desde la orilla del terreno son visibles las otras tres construcciones de la cuadra. Ninguna tiene luz en el interior. Más allá se perfila en la noche el resto de la colonia, donde duermen en paz las familias que no tienen venganzas pendientes. Bosco imagina cómo serán sus vidas, sus despertares cotidianos, su convivencia. Conoce a la mayoría; padres y madres son de su edad y lo saludan cordiales cuando se cruzan; les vende a los hijos útiles escolares y los ve sonrientes. ¿Serán felices? Y nosotros, ¿lo fuimos algún día? Recuerda entonces la risa del viejo, la de su madre, la de Jacobo y la suya, siempre a flor de labio; las conversaciones ruidosas, animadas, a la hora de comer, los días luminosos que hubo en su casa hace más de veinte años, y la nostalgia le aviva en el pecho una oleada de rencor mezclado con un áspero remordimiento.

¿Qué traes ahí?, le preguntó Jacobo aquella noche. Había estado hasta el filo de las doce en casa de Nidia y al llegar encendió la lámpara del buró y despertó a su hermano. ¿Dónde? Bosco, aún adormilado, no entendía. No te hagas güey. Ahí, en el cuello. No sé, ha de ser un golpe. Seguro fue jugando luchas. ¿Con quién? Contigo o con Ángel. ¿Por qué preguntas así? Conforme la mente se le despejaba, una angustia súbita le oprimía a Bosco la boca del estómago. Mientras intentaba mostrar indiferencia, comenzó a temblar igual que si hubiera una corriente de aire dentro del cuarto. Había pasado la tarde con Ángel en el río y, como otras veces, sobre todo durante las últimas semanas, al caer la noche ambos habían ido a casa de éste a oír algunos discos. A ver, déjame ver bien. Bosco quiso cubrirse con la sábana fingiendo mucho sueño, pero Jacobo lo inmovilizó, le descubrió el cuello y lo agarró del pelo para acercarlo a la luz. Esto no es un golpe, dijo. Es una mordida. No hubo modo de inventar algo creíble. Como un toque eléctrico, el recuerdo de los grandes incisivos de Ángel prensándole piel y músculo con objeto de provocarle un dolor que mitigara el otro sacudió a Bosco. Imposible confesar. Debía negarlo. Estás loco, Jacobo. ¿Quién me va a morder? De nuevo el ardor en la piel, el aliento de Ángel humedeciéndole la nuca, las orejas, el peso del cuerpo ajeno en la espalda, las manos aferradas a su cintura. Tú mismo lo dijiste. ¿Qué dije? Que fue Ángel. Las facciones de Jacobo se contraían, sus ojos miraban a lo alto como si buscara en el techo respuestas más concretas. Sí, con Ángel juego luchas, igual que tú. Nunca dije que me hubiera mordido. La lengua de Ángel recorriendo las cavidades de su oreja, el aliento que sale de su garganta con pujidos cortos, como si le costara demasiado esfuerzo empujar el miembro a fondo, en tanto Bosco cerraba muy fuerte los párpados, tensaba las mandíbulas y levantaba un poco las nalgas para facilitarle la entrada. En el recuerdo se le enredaban dolor y gozo y, en ese momento, al ver el rostro desencajado de su hermano, miedo y vergüenza. Bosco, ¿cogiste? Jacobo apretaba los puños. Cómo voy a coger, si ni novia tengo. A su pesar, su voz era un hilo agudo, ondulante; las lágrimas estaban a punto de brotarle. Cogiste con Ángel. A ese cabrón le gusta morder cuando coge. No te hagas. ¿Eres puto? ¡No me digas puto! ¿Quién te crees, pendejo? Las últimas frases, semejantes a chillidos femeninos, vinieron acompañadas del llanto. Entonces Jacobo empezó a pegarle sin hablar, en la espalda primero, en las nalgas, en las piernas de un Bosco hecho bola por el miedo, con una violencia seca, carente de alardes; luego lo volteó para tranquearlo de frente, sin tocarle la cara, sólo en las costillas, en el vientre, en los testículos, mientras mascullaba insultos contra el pervertidor. Hijo de puta. Cómo pudo. El castigo se prolongó hasta que, sin fuerza para seguir pegándole a su hermano, Jacobo fue hacia la puerta con grandes trancos. Esto no se queda así. Maldito maricón, me las va a pagar.

Un vehículo avanza por la calle. Él ve la luz de los faros entre la bruma de las lágrimas y retrocede al refugio sin apresurarse, con la escopeta en ristre. El ronroneo del motor es suave, potente, de auto nuevo, y Bosco duda que Ángel venga a bordo. Incluso ya no está seguro de que regrese esta noche. Quizá no vuelva nunca. Si es cierto lo que dijo mamá, sabe que los vecinos lo rechazarán. Esta colonia no admite jotos; mucho menos vestidas. Tal como lo previó, el carro tuerce en la esquina para tomar la calle que conduce a la avenida. Las muelas vuelven a crujirle mientras contempla la casa de doña Ruth, el cuarto de Ángel. Cabrón, ¿por qué tenías que hacerme eso? Era un morrillo nomás... Desvía la mirada hacia donde los ojos de la gata son ahora por completo visibles. No ven a Bosco, siguen el garabateo aéreo del murciélago como si calcularan sus próximas evoluciones. Esos dos puntos dorados flotando en la negrura le provocan una tristeza flácida, empalagosa, que parece cubrirle cada uno de los poros. Preferiría la ira. ¿Por qué nunca pudiste contagiarme tu sentido de justicia, papá? En su mente se atropellan incompletas las exclamaciones iracundas que su padre repitió contra el asesino a través de los años, los juramentos, las amenazas. Se le enredan con las escenas de la noche fatal, le cosquillean por dentro. En eso la gata maúlla con un maullido tierno, un saludo más bien, y él siente que su cuerpo ríe sin que la risa traspase su garganta, como si se balanceara dentro del estómago con contracciones sordas, al pensar que quizás el alma de su padre se esconda bajo la piel de la gata con objeto de vigilar que lleve a cabo la venganza. Y al fin, en forma de mueca, la risa rebasa su boca cuando recuerda que en la secundaria lo hicieron asistir a una obra de teatro donde el protagonista era empujado al crimen por el espectro de su padre muerto. Ser o no ser. Ésa. Sí, el fantasma se la pasaba jodiendo al héroe hasta conseguir que matara al traidor. Pero ese traidor no había recibido un castigo. Ángel sí. Estuvo en la cárcel y ya no es el mismo. El Ángel de antes no existe, papá. Los ojos felinos se desvanecen en la oscuridad. Se escuchan de nuevo el piar de la tarántula y el zumbido de las moscas. Pensativo, Bosco arranca una hoja de arbusto y se la lleva a los labios. En ese instante la idea de matar a alguien que no existe para complacer a quien ya murió le resulta tan absurda como la de disparar la escopeta al cielo con objeto de vengarse de Dios por haber desgraciado su destino.

Ya no soy yo, carnal, le dijo Ángel durante su última visita al penal. Al jovencito que llegó aquí se lo acabaron los malandros y los cachuchones. Y si quedaba algo de él, se lo llevaron la tristeza y la soledad. Lo decía con acento cortado por la desesperación, como si temiera no sobrevivir otra década. Bosco enfermaba de lástima al oírlo, y para que su amigo no lo notara fingía interés en las familias de los demás internos. Se trataba de una escena cíclica: en cada visita Ángel contaba primero su vida en prisión, enseguida ambos revivían los recuerdos compartidos, las travesuras de la infancia, los juegos de manos de la adolescencia que el cautivo mencionaba sin darles importancia y hacían ruborizarse a Bosco. Después venían las frases expiatorias y, por último, las recriminaciones. Lo peor, Bosco, no es la soledad, sino la culpa. Los pinches remordimientos no me permiten vivir. Jacobo era mi otro yo, mi alma gemela. Ese día iba a dejarlo que se desahogara. Total, unos cuantos chingazos y tan amigos. Pero cuando rompió la botella me ganó el instinto y me defendí sin pensar. Bosco fumaba un cigarro tras otro tratando de poner la mente en blanco para reprimir sus sentimientos. Yo lo quería, carnalito. Tú sabes que lo quería. Sí, hombre, no le des vueltas. Fue un accidente, una desgracia. Todos éramos carnales, ¿qué no? Entonces Ángel fijó los ojos en Bosco y hubo en ellos un destello de desprecio. No, güey, Jacobo y yo sí éramos carnales. Tú nomás estorbabas. ¿Te queda claro? La culpa de que yo esté aquí es tuya. Bosco respingó igual que si hubiera recibido un chicotazo. No me digas eso, cabrón. Tú lo mataste. Por tu culpa, putito. Ángel sonreía con rencor. No, más bien por mi culpa, porque no se me ocurrió que Jacobo iba a darse cuenta de que me estaba cogiendo a su hermanito. Bosco se puso de pie y su movimiento hizo voltear a presos y visitantes. Ya me voy, estás muy estúpido. Sí, lárgate. Y no vuelvas, maricón. Cómo no se me ocurrió que tu hermano reconocería mis mordidas en tu pescuezo. ¡Que te calles, pendejo! Bosco caminó hacia la salida. Cállate, cállate, eso no me decías cuando te la dejaba ir hasta mero adentro. ¡Puto! ¡Entonces te encantaba que te dijera mi amor, que estrecho culito tienes! ¡Cómo se ve que los parió la misma puta! El ruido de la reja al cerrarse y las palpitaciones en las sienes le impidieron entender con claridad las palabras finales de Ángel. Al salir del penal, con el sol de la tarde sobre el rostro, se hizo la promesa de no volver a visitarlo.

Bosco se halla de pie, recargado el hombro en el tronco del mezquite, las pupilas fijas en la luz del cuarto del asesino de su hermano. Hace un minuto escuchó el teléfono en la casa y los murmullos de la anciana al contestar en el silencio nocturno. Después vio su sombra a través de la ventana y enseguida la luz. Va a llegar. Ha de haber llamado para avisar que viene en camino. Con la diestra sostiene la empuñadura de la escopeta; con la izquierda el cañón doble. El coraje hace vibrar sus entresijos; azuzado por los recuerdos, se le ha ido acumulando como agua en una represa y está a punto de desbordarlo. Ser o no ser. Aquí me tienes, viejo, dispuesto a cumplir tu encargo y, de paso, a librar al mundo de esa pinche alimaña. La imagen de Ángel sonriéndole con rencorosa burla se repite una y otra vez en su mente. Cabrón, muy pronto la única que se ría va a ser tu calavera. Los dientes. A Bosco se le incrusta una punzada. Jacobo los reconoció. ¿Por qué? Y se proyectan en su memoria mordidas idénticas en el cuello de su hermano, en los hombros, en la espalda, con los incisivos medio abiertos y echados hacia delante, como dientes de roedor. Bosco se marea, la escopeta resbala de sus manos provocando agitación entre los moradores del baldío. Lo envuelve la náusea. A ese cabrón le gusta morder cuando coge, fueron las palabras de Jacobo. A mí ningún hijo de puta me pone los cuernos, dicen que dijo. Las piernas se niegan a sostenerlo. Cae de sentón en la yerba y el ruido de los insectos se intensifica.

Esta noche te mueres, Ángel. Ahora sí. Extiende la mano en busca del arma, mas el piar de la araña suena muy cerca y lo obliga a recogerla contra el cuerpo. También cerca se escucha un zumbido gordo, espeso, que mantiene atentas las pupilas de la gata a unos pasos de distancia. Una avispa. No, un avispón. Mejor quedarse quieto. Un segundo después el zumbido desciende en picada, se interna en la maleza donde se torna un breve papaloteo y vuelve a la altura sin darle tiempo a la gata de saltarle encima. Dibuja varios círculos en el aire y baja de nuevo al mismo sitio, sólo para enseguida volar lejos. Sin distinguir nada entre las sombras, Bosco lo imagina todo y comprende que ya no escuchará el piar de la tarántula. La visualiza bocarriba entre el zacate, las ocho patas peludas hacia el cielo, sin poder moverse en lo que le resta de vida, hasta que los diminutos huevos del avispón rompan y las larvas comiencen a devorarla. Carajo. Bosco alza la vista. La luna se ha inclinado sobre la silueta equina del cerro. El calor arrecia, trazándole líneas grasosas que van de las sienes a las comisuras de sus labios. Los latidos del corazón le retumban en el pecho. ¿Cómo poner fin a esta angustia? ¿A este vacío? Imagina de pronto que los pasos que se escuchan en la calle esta vez sí son los de Ángel, que doña Ruth ha salido a recibirlo y que él se incorpora rápido y, sin dar ocasión al encuentro entre madre e hijo, descarga el primer cartucho sobre el asesino de Jacobo, enseguida el otro sobre la anciana, y va tres cuadras arriba para quitar de sufrir a Nidia y luego corre a casa y da muerte a su madre para seguirla al otro mundo de inmediato volándose él mismo la cabeza. Sólo así. Matando a cada uno de los involucrados. ¿O hay otra manera? Tengo ganas de vomitar.

Los pasos en la calle pertenecen a un muchacho que procede del rumbo del cerro, un joven de unos quince años cuya sonrisa iluminada por un triángulo de luz expresa la felicidad de una vida sin complicaciones. Aguantando la náusea, Bosco lo ve pasar frente al baldío mientras silba un corrido de los Tigres. Al desaparecer el muchacho, él se inclina a un costado y en una serie de arcadas mudas vomita a chorros la tensión que lo consumía por dentro. Las lágrimas corren sin obstáculos por su rostro, se mezclan con el sudor, resbalan al suelo. El esfuerzo le inflama la garganta y los espasmos lo agotan, pero cuando termina de vaciarse y las siluetas detienen sus giros en torno suyo una calma profunda lo envuelve. Es como si el baldío, la casa de doña Ruth, la calle, la colonia entera se hubiera desmoronado en tanto vomitaba, dejándolo solo enmedio de la oscuridad, libre de compromisos, de culpa, de responsabilidades. A su alrededor la noche permanece idéntica a unos minutos antes, pero Bosco se siente distinto. Como si su inmovilidad de décadas hubiera cesado y él de nuevo estuviera inserto en el universo. La sensación es tan gozosa que por un instante desea que la gata se le arrime para repasarle el lomo con la palma de la mano en una caricia de empatía con otro ser vivo. Le chista dos veces, mas la silueta felina no aparece. Solo. Libre. Ésa es la manera. La única.

El murciélago traza nuevas espirales en lo alto, se acerca a la luz de un farol y se aleja de ella en un rejuego interminable. Mientras lo contempla, Bosco decide obedecer su impulso de largarse del solar, correr a la avenida y de ahí a la central de autobuses con el fin de subir al primer camión que salga de la ciudad. Da el primer paso y un dolor le punza la rodilla. Lo ignora y continúa. Al llegar a la banqueta nota que no trae el arma de su padre. Regresa junto al mezquite y encuentra a la gata entretenida olisqueando los huecos de los cañones. Quítate, fiera. Recoge la escopeta y camina con ella unida al cuerpo rumbo a la calle. Cuando sale del baldío se da cuenta de que la gata va tras él, ocultándose en actitud de acecho, saltando de un matorral a otro con gran agilidad a pesar del volumen de su vientre, sin perderlo de vista. Bosco le sigue el juego y una oleada de buen humor lo reconforta. Se finge presa en esa cacería, se pone en cuclillas para quedar al alcance del felino, pero al volver la vista advierte que la gata no lo mira a él, sino que vigila con el cuerpo encogido y la pelambre erizada el fondo de la calle. Unos pasos retumban en el silencio. Son tacones de mujer. Ruidosos. Llevan demasiado peso encima.

La gata huye hacia el interior del baldío. No tiene caso que Bosco la siga: él se halla en la banqueta, bajo uno de los conos de luz, visible desde lejos. Los tacones continúan acercándose con un repiqueteo irregular, como si quien los usa se tambaleara de un lado a otro. Es Ángel. No hay duda. Tenías razón, mamá. Bosco se pone poco a poco de pie sin apartar el arma de su costado, ocultándola con el cuerpo, mientras escruta la calle allá donde se oyen los taconazos. Aún no ve a nadie, pero los movimientos dentro de la casa, las luces que se prenden en la cocina y en el cuarto que él conoce tan bien, lo confirman en la certeza de que su espera ha concluido. Camina en sentido contrario, sin prisa. Sabe que en cuestión de segundos se cruzará con el asesino de Jacobo. Escucha el tropezón de uno de los tacones y enseguida cómo el otro se afianza en el pavimento con el fin de conservar el equilibrio. Viene borracho, seguro. Fue a celebrar su libertad antes de ver a su madre. Otros dos taconeos inciertos y la figura de un hombre corpulento, avejentado, con ropa de mujer, penetra un ámbito de luz, da un paso más y se abraza del poste. No es él. Ése no puede ser él. Qué jodido está. Se lo acabaron en prisión. En cuanto alcanza el cono de luz de cuyo centro Ángel se sostiene para no venirse abajo, Bosco distingue la tela del vestido rasgada, costras de sangre que oscurecen las facciones del otro y se confunden con el colorete de los labios, con las plastas de maquillaje en los ojos hundidos. Lo madrearon. Lo reconocieron y lo madrearon. Si no, hubiera llegado antes. En algún sitio de su cuerpo la ira comienza a prender mientras se agitan en su mente los recuerdos recuperados, los temores, las exigencias de sus padres, los remordimientos y el deseo de una vida distinta. Bosco advierte la presión de la culata en el sobaco, el peso del arma en la diestra, y la levanta dirigiéndola al travesti. Su dedo índice busca el gatillo que parece haberse desvanecido en el momento crucial. Lo encuentra por fin y, con una debilidad súbita, los músculos de su mano se niegan a oprimirlo. Carajo. Va a intentar el disparo otra vez cuando se da cuenta de que Ángel lo observa desde hace unos momentos. Más que de miedo, su expresión es de sorpresa, como si nunca hubiera imaginado a Bosco con una escopeta en las manos. Las miradas de ambos se cruzan. La de Ángel, turbia, denota hastío, indiferencia. Resignación ante la muerte, tal vez. Bosco sonríe. Busca en su cuerpo la sensación de ira de un instante atrás, pero comprende que el fuego se ha extinguido en su interior por falta de combustible. Ante la expresión asombrada de Ángel, donde él lee una súplica muda, baja el arma y sigue su camino.

En tanto avanza, escucha detrás el tableteo de los tacones femeninos y los imagina a punto de quebrarse. Ángel se aleja vivo, y con él la tragedia, el pozo fuera del tiempo, el vacío. Luego oye el ruido de una puerta, seguido de un llanto senil que bien puede ser de dolor o de alegría. Más taconeos. Un portazo. Bosco se detiene, respira profundo y reemprende el paso. Cuando mira a la distancia por última vez el baldío, cerca del farol donde aletea un solitario murciélago, la silueta de la gata preñada le brinda un maullido a manera de despedida.

Parra. Escritor. Entre su obra destacan el libro de cuentos Tierra de nadie y la novela Nostalgia de la sombra .



Confabulario — título que rinde homenaje a Juan José Arreola
 
Héctor de Mauleón, director
Juan Manuel Gómez y César Blanco, editores Kathya Millares, asistente
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