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24 de julio de 2004

 

Primeras lecciones de cine

 

José Agustín vuelve a las andadas. Justo cuando se comienza a preparar el escenario de las letras mexicanas para celebrar los 40 años de La tumba, el libro que inauguró “la literatura de la onda”, el escritor de la contracultura entrega a sus seguidores una nueva novela: Mi vida con mi viuda. En ésta, “un detective que se hace el muerto” recuerda uno de los momentos clave de su infancia: cuando su tío Lucas, erotómano consumado, toma las riendas de su educación sexual.

José Agustín

AA los siete años de edad me enamoré durísimo de una niñita de la escuela que se llamaba Lilia y que no
sabía de las leyes del amor. Yo tampoco, claro, pero antes de conocerlo, lo adiviné, sí, llegó en el momento en que lo esperaba, no hubo sorpresa alguna cuando lo hallé. Aunque apenas sabía escribir por inspiración no quedaba y le dediqué largas cartas encendidas, te amo con locura, eres el diamante más bello de los cielos, quiero besar tus labios y mirar tus ojos hasta morir. Mi tía Juana no daba crédito y me veía entre pasmada y divertida. A mi hermana Ciénaga le daba risa. Yo flotaba. Un día la niña Lilia fue conmigo a la azotea de mi casa y le di un beso. Se rio antes de irse corriendo. Pero entonces, oh fatalidad, su familia se mudó de casa y la escuincla pasó a otra escuela. Yo no sabía qué hacer en esos casos. Como que había que llorar, pero no me sentía triste. Nada más me gustó mucho besarla a pesar del saborcito del chicle.

Fue muy emocionante.
Mi tío Lucas se dio cuenta de mi estado de ánimo y le conté mis desventuras. Entonces, muy serio, me dijo: Es mi deber de tío enseñarte todo sobre las mujeres. Empezaremos mañana, cuando las clases de la tarde de Juana, y tu hermanita se va al inglés. Pero no le vas a decir nada de esto a nadie, ab-so-lu-ta-men-te a nadie, ¿entiendes?, esto es entre tú y yo nada más, ¿lo juras? Júralo. Sí lo juro, respondí, muy serio. Casi hice el saludo a la bandera. Pero yo no me había dado cuenta de que mi tío Lucas era un vecchio satiro, el libertino-transa-oveja-negra de la familia, incluso un tiempo iba a esas sesiones de Erotómanos Anónimos donde los calenturientos se reforzaban los ánimos para vencer los demonios de la lujuria y del priapismo. A mi tío le encantaban las mujeres y todas las posibilidades del sexo.
Al día siguiente sacó una revista de encueradas y me la enseñó. Me quedé estupefacto. ¿Te gustan?, me preguntó. No supe qué decir pero no paraba de ver los desnudos. Entonces se rio y disertó: las cosas del sexo eran Muy Importantes en la Vida y, como lo prometió, me iba a enseñar para que en la escuela no me vieran como menso que no sabe nada, sino que, al contrario, yo fuera el Jardinero que Corta las Mejores Flores. La revista era de esas gringas “ginecológicas”, creo que un Hustler, que enseñaban todo el rosado túnel hasta la matriz, y él me identificó y me fue explicando la función y operación de la vagina, la vulva, el clítoris, los labios mayores y menores; en fin, todo el peludo o rasurado misterio.

Después me habló sobre el pene y los órganos reproductores masculinos, y como en esas revistas todavía no había hombres en traje de rana, sin ningún pudor pero también sin ninguna idea turbia ni la menor intención incestopederástica, de hecho muy serio, casi como un riguroso académico, se bajó el pantalón, los calzones, y me enseñó sus genitales, que me parecieron enormes. Después me hizo que yo le mostrara mi pitito, todo es igual, ¿ves?, me dijo, sólo que tú estás chiquito aún y esa lombriz con el tiempo se va a convertir en La Poderosa Serpiente de las Cavernas. También te van a salir pelos, como a mí, ¿cómo la ves? No, pos bien, contesté, sin saber qué decía, pero me había puesto rojo, rojo. Nunca sabía qué decir. Bueno, ahora te voy a enseñar cómo se para esta onda, me informó, y con unas cuantas sobadas logró una erección en segundos. Me enseñó entonces “la técnica correcta de la masturbación”, y después de un rato de briosas manipulaciones estiró las piernas, murmuró ay Dios ay Dios y aventó chorros de semen. Esto se llama venirse, o eyaculación, me explicó con un aire docto más bien jadeante. Después me mostró libros de anatomía y de arte con ilustraciones y fotografías de los órganos femeninos, que me intrigaron más que en las revistas. Me pasaba horas viéndolos. En especial me dejó hipnotizado el cuadro de una mujer con las piernotas abiertas y todo el matorral por delante que se llamaba El origen del mundo.

En la siguiente ocasión mi tío y maestro llevó revistas más peludas y libros que ilustraban gráficamente el acto sexual en sus numerosas posiciones, mientras él me indicaba las más ricas y las de acróbata. Me explicó la felación, cunnilingus, culilingus, escrotolingus; sesenta y nueve, sodomía, las formas de amor de los y las homosexuales, consoladores y juguetes sexuales, afrodisiacos, además de sadomasoquismo, bestialismo, paidofilia. Pero nada de esto le gustaba, él era un pervertido, pero decente, le gustaba la anarquía, pero con orden. Y ahí estaba yo, a los siete años, anonadado con el gran espectáculo del sexo que entendía a medias, pero que mi intuición recibía como propio. En esas tremendas e ilustradas lecciones mi tío también me indicó cómo tocar, acariciar, rozar, presionar, apretar y a mover la verguita con ocasionales rozones, apretones y pulsiones al glande y los testículos, que en mi caso entonces eran casi invisibles.

Al poco tiempo de prácticas empeñosas de pronto se me paró. Creo que antes alguna vez había tenido una erección, pero esa vez ocurrió porque yo la había convocado a través de recordar “el origen del mundo” y de la manipulación de mis genitales tal como me enseñó mi tío. A partir de entonces empecé a tener erecciones casi a voluntad, lo cual era insólito pues a sólo a algunos de los niños les había ocurrido una que otra vez, cuando menos se lo esperaban y sin saber qué pasó, es decir: de balde.

No fun. Un día les enseñé a los chavitos cómo se me paraba y se quedaron idiotas. Y mi tío Lucas se tiraba de la risa cuando le mostré cómo lograba aprestar mi calibre 4 cm. ¡Bravo, bravo, mhijito!, es increíble que se te paralice tan fácil, no hombre, me dejas pendejo..., ¿pues a qué edad se me habrá parado a mí?, se preguntó después. Yo cumplía con todo el rito masturbatorio y me lo apretaba suavemente de arriba abajo. No me salían los chorros de semen de mi tío y de hecho no me salía nada; sentía rico, pero tampoco era algo del otro mundo, o al menos en ese momento.

Una vez mi mamá salió de viaje un fin de semana; dijo que a una excursión de la escuela pero ya sabíamos que se iba con Manuel. Y Ciénaga aprovechó para pedir permiso de dormir en casa de una amiguita. Como nos quedábamos solos, mi tío Lucas dijo: a toda madre, ora nos vamos de putas. Esa vez tenía dinero. Como a las nueve de la noche, cuando ya me estaba durmiendo frente a la tele, Lucas me sacudió, me dio un café con leche y me dijo vámonos muchacho, hay que cumplir con el deber.

En un taxi llegamos al cabaret La Concha de Afrodita, donde el de la puerta le dijo: Nhombre, Lucas, ¿y ora? ¿A poco quieres que te deje entrar con esta mirruña? Te presento a mi sobrinito Onelio de la Sierra. Es un niño muy avispado y le estoy enseñando cómo es la onda con las mujeres, respondió afable pero serio mi tío Lucas. El portero nos miró un buen rato, sopesándonos. Bueno, pásenle, pero a ver si no nos acusan de perversión de menores, dijo. Y entramos. Estaba lleno. Una orquesta tocaba música tropical ensordecedora y en unas plataformas, como terrazas, cuatro chavas bailaban en bikini con luz muy baja en momentos y potentísima en otros.

Lucas conocía a mucha gente. Me presentaba: éste es mi sobrinito Onelio, no me lo van a creer, tiene siete años y ya se le para. Todos reían y me frotaban la cabeza porque no sé quién salió con la jalada de que “traía buena suerte despeinar a un niño que ya se le para”. Yo estaba contentísimo porque era como la mascota de la bola de borrachones y pirujas. La gente bailaba en la pista y de pronto casi se me salieron los ojos cuando las chavas de las plataformas se quitaron el brasier y siguieron bailando con los pechos al aire. Están bien buenas, ¿verdad?, me deslizó el tío Lucas, con los ojos chispeantes.
Se la había pasado platicando con medio mundo pero después nos fuimos a un apartado nada menos que con dos de las bailarinas, Fulgencia y Alborada. Como todos ahí, ellas también me hicieron muchos cariños y se rieron al enterarse de mis hazañas eréctiles. Lucas les explicó que me estaba dando clases de sexualidad y las invitó a un hotel para ilustrarme. Ellas dijeron que no, qué pasó, cómo creía, jamás irían a un hotel con un niñito, era una desvergüenza contranatura. Pero él les dijo que yo estaba enteradísimo; en esta época, argumentó, los niños ya saben todo, éste les puede dar clases. Pero no va a participar, nada más va a aprender en vivo, en directo y en caliente, lo que ya ha visto en libros o que yo le he explicado.

Total, las convenció, y ahí te vamos a un hotel que estaba a media cuadra y se llamaba, palabra de honor, El Pisotón. En el cuarto siguieron bebiendo, se quitaron la ropa y las dos se besaban con mi tío; él pasaba de una a otra hasta que las dejó solas en la cama, se sentó en el suelo junto a mí y me dijo: Ahora vas a ver el amor entre mujeres. Ellas se trenzaban más divertidas que otra cosa por las instrucciones didácticas de mi tío, quien nunca perdía de vista que se trataba de un trabajo de campo. Un sesenta y nueve, por favor muchachas, indicaba, ahora muéstrenle a este niño cómo se frotan las cucas. Ellas lo hicieron y él no aguantó más, así es que regresó a la cama y se cogió a las dos.

Yo presenciaba todo con la impresión de un sueño delirante y enmudecedor. Realmente me gustaba verlos, me quitaba el aliento, no podía decir nada y sólo sentía mucho calor, no lo aguantaba; supongo que por eso tuve una de mis para entonces prestigiadas erecciones precoces, lo cual motivó las risas y el relajo de las muchachas, pero mira a éste, deveras se le para muy bien el pirulí. Fulgencia estaba ocupada con mi tío pero Alborada fue conmigo. Sonrió con ternura antes de tocarme el peneque, está bien duro tú, y tan chiquito, duro, duro, le dijo a nadie; suspiró y después me revolvió el cabello. Este niño va a estar muy bien de grande, comentó. Sin dejar de moverse encima de Fulgencia mi tío sugirió: Déjalo que te toque las teclas, nomás pa que sepa cómo se siente. Ella sonrió, tomó una de mis manos y la frotó contra su seno, suave y duro a la vez. Ahora el pozo de los secretos, indicó mi tío. Mi mano entonces conoció las insondables humedades vaginales mientras el corazón me latía con campanillazos locos y de nuevo no aguantaba el calor. Ya con eso, no vayan a decir que a mí me gusta con los beibis, dijo, y mi tío, sin dejar de taladrar a Fulgencia, respondió sí, sí, ésta no es paidofilia sino una seria, rigurosa y científica investigación sobre sexualidad. Todos rieron. Después Lucas les pagó, se dieron de besos siempre entre risas, ah qué cosas tú, todos contentos y yo también. Nunca olvidé esa noche y lo único que lamenté fue no haber llevado la cámara de video, porque hubiera tenido mi primera producción tres equis. Cuando llegamos a la casa seguía alucinando, con la cabeza llena de luces y una sensación intoxicante, febril, desfalleciente pero deliciosa. Apenas me pude dormir y tuve puros sueños eróticos.

Poco después, mi tía Juana se casó con Manuel y nos mudamos a la colonia del Valle. Como si cambiar de casa y escuela me diese una nueva manera de ser, ya no me enamoré perdidamente como antes, pero sí me gustaban las niñas. A los diez años no me costaba ningún trabajo llegarles y casi sin falla se dejaban besar y tocar. Además, les fascinaba que las grabara con la cámara que me regaló mi tío Lucas y después verse en la pantalla del monitor o televisor. Yo seguía el puro instinto, me movía por instrumentos que, por fortuna, funcionaban bien. Tuve una infancia erótica intensa, como para los anales de los doctores Freud y Stekel, pero nada anormal o que preocupara, porque en lo demás era como todos: jugaba, estudiaba y hacía vida de familia. Y grababa videos sin parar.

Más tarde me di cuenta de que mi hermana Ciénaga me tenía un poco de miedín porque desde chiquita supo de mis ligues; después de todo muchas de mis mattress-mates eran sus amigas o compañeras de escuela, y el chismerío era casi obligatorio. Acababa de cumplir doce años cuando una vez, muy callada pero con aire de tensión eléctrica, llegó con su amiga Patricia, una chavita aventadísima que después se volvió Putricia y que esa vez sin pútridos prólogos pusilánimes me dijo que nunca había visto el sexo de un hombre. Yo te lo enseño, le dije al instante. Para entonces había crecido y también mi penélope, por supuesto, y como ponerlo tieso era una de mis facultades pronto estaba ahí, a la vista, duro y un tanto palpitante, expectante. A Patricia se le salían los ojos, y a la Ciena también, aunque luchaba por no mostrarlo. ¿Lo puedo tocar?, me preguntó Patricia. Sí, claro, consentí como lo más normal del mundo, como en las Rigurosas Investigaciones Ciéntíficas de mi tío Lucas. Ella se acercó y lo palpó con firmeza y seguridad crecientes. Le acariciaba ya las nalgas de coyotito como quien no quería la cosa cuando de repente Ciena tomó a Patricia del brazo y se la llevó de ahí en segundos. Pinches viejas. Me dejaron todo alborotado, así es que procedí a la turbación plus, en la que era viajero frecuente; aún no eyaculaba, pero me calentaba tanto que a veces me iba a otros mundos de intensidades insospechadas. Eran orgasmines incipientes, pero entonces me parecían monumentales, mágicos y misteriosísimos, de hecho sagrados y a la vez lo más común y corriente.

Por otro lado, Ciénaga prestaba dinero, cubría mis escapadas y no objetaba que me besara con sus cuatitas, incluso a veces me perfilaba a ellas o me decía cómo eran, qué les gustaba
y qué no, para facilitar el abordaje. Ya que se ponía de procuradora, después me pedía que le contara detalladamente lo que habíamos hecho y me oía con risitas nerviosas. Pero también era Pepe Grillo, la Voz de la Conciencia; siempre me amonestaba, me pedía que respetara y tratara a las muchachas con suavidad, discreción y consentimiento previo, nada por la fuerza. Pero claro, Ciena, hombre, ¿cómo crees que voy a forzar a una niña? Le quitaría todo el chiste. Las partes púbicas son muy delicadas, disertaba, muy seria; se deben tratar con muchos y amorosos cuidados. Ciena, tú sabes que soy un caballero. Onelio, eres un culero, la amenaza de los hímenes eso es lo que eres, císcale císcale diablo panzón. ¡Y ya deja de estarme filmando! No te estoy filmando, te estoy grabando. Es igual, en todo caso me estás jeringando.

Pero no, la verdad siempre me porté decente con las damas. No me lanzaba al abordaje inmediato y brutal sino que me gustaba acariciar con suavidad y contemplar los cuerpitos cuando lograba desnudarlas. Podía pasarme horas simplemente viéndolas y platicando insensateces. Hombre, era un esteta. Un poeta. Un edgarallanpoeta. Muchas veces las niñas y yo nos restregábamos desnudos y yo les ponía el miembro entre las piernas, con gran gusto en las nalgas, y siempre trataba de meterlo pero nunca le atinaba. Aún no me correspondía. A cambio de eso, algunas niñas accedían a chupármelo, pero yo no lanzaba chorros como misiles al estilo de mi tío Lucas, de hecho no echaba nada. Mi primera eyaculación fue a los doce años, en el cine Palacio Chino. Estaba solo, hasta atrás, y pasaban una película que nada tenía de caliente, pero de súbito, solita, me vino una erección. Para entonces ya me había crecido la tartamuda y sin más empecé a meneármela hasta que sentí que todo temblaba, se me cegaron los ojos con resplandores y de pronto brotó mi primera emisión de semen en un auténtico e intenso orgasmo. Oh, dulce misterio de la vida al fin te he hallado, casi canté, como en El joven Frankenstein.

Pero después de que eyaculé en el Palacio Chino no tardó en que los juegos eróticos rebasaran el punto sin retorno. El agente precipitador fue Berta, la esposa de mi tío Alicio, el primo de mi tía Juana (y de mi mamá); es decir, mi tía, pero política. A mí siempre me había gustado, no era espectacular pero sí sumamente cachonda. Tenía la comisura derecha de la boca un tanto hacia abajo, lo que le daba un aire aristocrático y depravadón, un poco de sorna y desaire. Era una bitch con todas las de la ley, pero no lo sabía ni lo aprovechaba, para fortuna de mi tío Alicio.

Una vez fuimos con ellos a nadar en Itzamatitlán, Morelos, y hasta que la vi en traje de baño aprecié su cuerpo. Mi erección fue dolorosa. Al poco tiempo, en una reunión de los grandes, se puso un asesino vestido entallado; yo, después de saquear la colección de revistas de desnudos de mi tío Alicio y de esconderlas en la cajuela del coche de mi tíastro-padrino-papá Manuel, de repente fui a dar a un rincón de la sala y desde ahí veía a mi tía con sus amigotas; ella tenía el aire absorto, no oía mucho lo que decían, no se fijaba en nada en especial, la mente a la deriva... Pero estaba buenísima. Pronto tuve la consabida erección, y se notaba. Yo creí que nadie se daba cuenta, veía a Berta ensoñadoramente y con la mano en la bolsa me frotaba con languidez, además de cierta y placentera resignación ante los suplicios tantálicos de la vida. Pero entonces me sacudió la sorpresa cuando seguí la dirección de la mirada de ella y vi que a través de un gran espejo me observaba con una sonrisita. Ay hija de su pinche madre. Me fui corriendo y me senté en la banqueta de la calle. Cuando salía con mi tío Alicio, como quien no quería la cosa Berta se me acercó y me dijo en voz apenas audible: Ven a verme mañana a las doce del día. Me dio un beso maternal en la mejilla, que hizo sonreír al baboso de mi tío Alicio, se fue y me dejó alucinando.

Al día siguiente yo no quería pensar en nada, menos en que mi tía Berta me podría dar un estreno de gala, aunque lo deseaba intensamente. Su marido estaba en el trabajo y ella, sola en casa, al poco rato de decir quién sabe qué, me inició en el acto sexual con gusto y buen humor. Mi tía (política) estaba tan buena que eyaculé rapidísimo, pero no se me bajó la erección, lo cual la satisfizo enormemente y lo mostró con un contento suspiro; en silencio, siempre sin hablar, incluso se mordía los labios para no emitir sonidos, me fue haciendo cambiar de posiciones, movía mis piernas, los brazos y el cuerpo entero, me ponía arriba o abajo, me llevó a un sillón, me puso de pie, nos fuimos al suelo, se colocó en cuatro patas, se arrimó a la pared, se empinó en la mesa del comedor, y así nos pasamos horas, yo bien sumergido en una profundidad letárgica, hipnotizante, como si soñara, como si fuera una fantasía muy real. Eyaculé dos veces más pero seguí firme, hasta que de pronto ella se salió y dijo: Ya ya, tengo cosas que hacer, Dios mío. Ay muchachito, no sabes qué feliz me hiciste, con tu tío nada en más de seis meses, ¿tú crees?, dice que la vida sexual debe moderarse para no caer en el Pecado Capital de la Lujuria. Pero bien que él se va con quién sabe qué viejas, lo he cachado con tarjetas de prostis y oliendo a perfumes baratos, con manchas de bilé en la camisa o el saco, y además tiene escondidas revistas pornográficas. Y cosas. Y conmigo no quiere, el chistosito, pero si todos sus amigos se mueren de ganas, todavía estoy bien, ¿no? ¿Verdad que sí? Y él, nada. Muy mal, tía. Estás de pocamadre, mi tío es un pendejo.

Me dio un beso largo, me hizo vestir y cuando ya salía de la casa me regaló cien pesos, lo cual me pareció el colmo de la buena suerte. Me vienes a ver dentro de un mes, cuando esté bien cargada como hoy, me dijo al final. Seguí visitando a mi tía Berta durante mucho tiempo y descubrí que mi tío Alicio nos espiaba. Quién sabe desde cuándo. Una vez practicábamos el viejo y ampliamente recomendable coito anal con gran gusto cuando oí ruidos y alcancé a verlo antes de que se ocultara detrás de la puerta entreabierta. Si se fue nunca lo supe, porque yo le seguí y Berta no se dio cuenta de nada. A lo mejor Licho (¡así le decían a mi tío Alicio!) ya sabía, y él y mi tía estaban de acuerdo.

Perder la virginidad a los doce años tan adecuadamente me dio más seguridad con las chavas de mi edad. Casi sin darme cuenta me fui fumando a muchas de las que conocía. Ocurría de una forma natural, con calor y afecto pero sin el romanticismo del Gran Amor, algo más desmistificado. Nos decíamos novios, me daban sus fotos, nos escribíamos cartas, que en mi caso eran como orgasmos fingidos, y las guardaba como expendiente curricular. Me volví experto en terminar sin dramas e incluso con buen humor. Logré conservar la amistad con la mayoría. Fui iniciador frecuente, por lo que alguna vez ellas mismas, muy contentas por lo demás, me proclamaron Desflorador Invicto. Era casi prestigioso haber dejado la virginidad en mi penextepango. Muchas veces grababa las sesiones, con o sin el consentimiento de ellas (pero por lo general estaban de acuerdo; de hecho, les encantaba) y así me fui haciendo de mi coleccioncita porno que tenía que camuflar o esconder con grandes cuidados, porque mi síster Ciénaga era una metiche y revisaba mis cosas con absoluta impunidad. Quién sabe cuántas cintas mías habrá visto, pero creo que muchas, si no es que todas.

José Agustín. Autor de Dos horas de sol (Joaquín Mortiz, 1994).



Confabulario — título que rinde homenaje a Juan José Arreola
 
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