José Agustín vuelve a las andadas. Justo
cuando se comienza a preparar el escenario de las letras mexicanas
para celebrar los 40 años de La tumba, el libro que inauguró
“la literatura de la onda”, el escritor de la contracultura
entrega a sus seguidores una nueva novela: Mi vida con mi viuda. En
ésta, “un detective que se hace el muerto” recuerda
uno de los momentos clave de su infancia: cuando su tío Lucas,
erotómano consumado, toma las riendas de su educación
sexual.
José
Agustín
AA los siete
años de edad me enamoré durísimo de una niñita
de la escuela que se llamaba Lilia y que no
sabía de las leyes del amor. Yo tampoco, claro, pero antes
de conocerlo, lo adiviné, sí, llegó en el momento
en que lo esperaba, no hubo sorpresa alguna cuando lo hallé.
Aunque apenas sabía escribir por inspiración no quedaba
y le dediqué largas cartas encendidas, te amo con locura,
eres el diamante más bello de los cielos, quiero besar tus
labios y mirar tus ojos hasta morir. Mi tía Juana no daba
crédito y me veía entre pasmada y divertida. A mi
hermana Ciénaga le daba risa. Yo flotaba. Un día la
niña Lilia fue conmigo a la azotea de mi casa y le di un
beso. Se rio antes de irse corriendo. Pero entonces, oh fatalidad,
su familia se mudó de casa y la escuincla pasó a otra
escuela. Yo no sabía qué hacer en esos casos. Como
que había que llorar, pero no me sentía triste. Nada
más me gustó mucho besarla a pesar del saborcito del
chicle.
Fue muy emocionante.
Mi tío Lucas se dio cuenta de mi estado de ánimo y
le conté mis desventuras. Entonces, muy serio, me dijo: Es
mi deber de tío enseñarte todo sobre las mujeres.
Empezaremos mañana, cuando las clases de la tarde de Juana,
y tu hermanita se va al inglés. Pero no le vas a decir nada
de esto a nadie, ab-so-lu-ta-men-te a nadie, ¿entiendes?,
esto es entre tú y yo nada más, ¿lo juras?
Júralo. Sí lo juro, respondí, muy serio. Casi
hice el saludo a la bandera. Pero yo no me había dado cuenta
de que mi tío Lucas era un vecchio satiro, el libertino-transa-oveja-negra
de la familia, incluso un tiempo iba a esas sesiones de Erotómanos
Anónimos donde los calenturientos se reforzaban los ánimos
para vencer los demonios de la lujuria y del priapismo. A mi tío
le encantaban las mujeres y todas las posibilidades del sexo.
Al día siguiente sacó una revista de encueradas y
me la enseñó. Me quedé estupefacto. ¿Te
gustan?, me preguntó. No supe qué decir pero no paraba
de ver los desnudos. Entonces se rio y disertó: las cosas
del sexo eran Muy Importantes en la Vida y, como lo prometió,
me iba a enseñar para que en la escuela no me vieran como
menso que no sabe nada, sino que, al contrario, yo fuera el Jardinero
que Corta las Mejores Flores. La revista era de esas gringas “ginecológicas”,
creo que un Hustler, que enseñaban todo el rosado túnel
hasta la matriz, y él me identificó y me fue explicando
la función y operación de la vagina, la vulva, el
clítoris, los labios mayores y menores; en fin, todo el peludo
o rasurado misterio.
Después me habló sobre el pene y los órganos
reproductores masculinos, y como en esas revistas todavía
no había hombres en traje de rana, sin ningún pudor
pero también sin ninguna idea turbia ni la menor intención
incestopederástica, de hecho muy serio, casi como un riguroso
académico, se bajó el pantalón, los calzones,
y me enseñó sus genitales, que me parecieron enormes.
Después me hizo que yo le mostrara mi pitito, todo es igual,
¿ves?, me dijo, sólo que tú estás chiquito
aún y esa lombriz con el tiempo se va a convertir en La Poderosa
Serpiente de las Cavernas. También te van a salir pelos,
como a mí, ¿cómo la ves? No, pos bien, contesté,
sin saber qué decía, pero me había puesto rojo,
rojo. Nunca sabía qué decir. Bueno, ahora te voy a
enseñar cómo se para esta onda, me informó,
y con unas cuantas sobadas logró una erección en segundos.
Me enseñó entonces “la técnica correcta
de la masturbación”, y después de un rato de
briosas manipulaciones estiró las piernas, murmuró
ay Dios ay Dios y aventó chorros de semen. Esto se llama
venirse, o eyaculación, me explicó con un aire docto
más bien jadeante. Después me mostró libros
de anatomía y de arte con ilustraciones y fotografías
de los órganos femeninos, que me intrigaron más que
en las revistas. Me pasaba horas viéndolos. En especial me
dejó hipnotizado el cuadro de una mujer con las piernotas
abiertas y todo el matorral por delante que se llamaba El origen
del mundo.
En la siguiente ocasión mi tío y maestro llevó
revistas más peludas y libros que ilustraban gráficamente
el acto sexual en sus numerosas posiciones, mientras él me
indicaba las más ricas y las de acróbata. Me explicó
la felación, cunnilingus, culilingus, escrotolingus; sesenta
y nueve, sodomía, las formas de amor de los y las homosexuales,
consoladores y juguetes sexuales, afrodisiacos, además de
sadomasoquismo, bestialismo, paidofilia. Pero nada de esto le gustaba,
él era un pervertido, pero decente, le gustaba la anarquía,
pero con orden. Y ahí estaba yo, a los siete años,
anonadado con el gran espectáculo del sexo que entendía
a medias, pero que mi intuición recibía como propio.
En esas tremendas e ilustradas lecciones mi tío también
me indicó cómo tocar, acariciar, rozar, presionar,
apretar y a mover la verguita con ocasionales rozones, apretones
y pulsiones al glande y los testículos, que en mi caso entonces
eran casi invisibles.
Al poco tiempo de prácticas empeñosas de pronto se
me paró. Creo que antes alguna vez había tenido una
erección, pero esa vez ocurrió porque yo la había
convocado a través de recordar “el origen del mundo”
y de la manipulación de mis genitales tal como me enseñó
mi tío. A partir de entonces empecé a tener erecciones
casi a voluntad, lo cual era insólito pues a sólo
a algunos de los niños les había ocurrido una que
otra vez, cuando menos se lo esperaban y sin saber qué pasó,
es decir: de balde.
No fun. Un día les enseñé a los chavitos cómo
se me paraba y se quedaron idiotas. Y mi tío Lucas se tiraba
de la risa cuando le mostré cómo lograba aprestar
mi calibre 4 cm. ¡Bravo, bravo, mhijito!, es increíble
que se te paralice tan fácil, no hombre, me dejas pendejo...,
¿pues a qué edad se me habrá parado a mí?,
se preguntó después. Yo cumplía con todo el
rito masturbatorio y me lo apretaba suavemente de arriba abajo.
No me salían los chorros de semen de mi tío y de hecho
no me salía nada; sentía rico, pero tampoco era algo
del otro mundo, o al menos en ese momento.
Una vez mi mamá salió de viaje un fin de semana; dijo
que a una excursión de la escuela pero ya sabíamos
que se iba con Manuel. Y Ciénaga aprovechó para pedir
permiso de dormir en casa de una amiguita. Como nos quedábamos
solos, mi tío Lucas dijo: a toda madre, ora nos vamos de
putas. Esa vez tenía dinero. Como a las nueve de la noche,
cuando ya me estaba durmiendo frente a la tele, Lucas me sacudió,
me dio un café con leche y me dijo vámonos muchacho,
hay que cumplir con el deber.
En un taxi llegamos al cabaret La Concha de Afrodita, donde el de
la puerta le dijo: Nhombre, Lucas, ¿y ora? ¿A poco
quieres que te deje entrar con esta mirruña? Te presento
a mi sobrinito Onelio de la Sierra. Es un niño muy avispado
y le estoy enseñando cómo es la onda con las mujeres,
respondió afable pero serio mi tío Lucas. El portero
nos miró un buen rato, sopesándonos. Bueno, pásenle,
pero a ver si no nos acusan de perversión de menores, dijo.
Y entramos. Estaba lleno. Una orquesta tocaba música tropical
ensordecedora y en unas plataformas, como terrazas, cuatro chavas
bailaban en bikini con luz muy baja en momentos y potentísima
en otros.
Lucas conocía a mucha gente. Me presentaba: éste es
mi sobrinito Onelio, no me lo van a creer, tiene siete años
y ya se le para. Todos reían y me frotaban la cabeza porque
no sé quién salió con la jalada de que “traía
buena suerte despeinar a un niño que ya se le para”.
Yo estaba contentísimo porque era como la mascota de la bola
de borrachones y pirujas. La gente bailaba en la pista y de pronto
casi se me salieron los ojos cuando las chavas de las plataformas
se quitaron el brasier y siguieron bailando con los pechos al aire.
Están bien buenas, ¿verdad?, me deslizó el
tío Lucas, con los ojos chispeantes.
Se la había pasado platicando con medio mundo pero después
nos fuimos a un apartado nada menos que con dos de las bailarinas,
Fulgencia y Alborada. Como todos ahí, ellas también
me hicieron muchos cariños y se rieron al enterarse de mis
hazañas eréctiles. Lucas les explicó que me
estaba dando clases de sexualidad y las invitó a un hotel
para ilustrarme. Ellas dijeron que no, qué pasó, cómo
creía, jamás irían a un hotel con un niñito,
era una desvergüenza contranatura. Pero él les dijo
que yo estaba enteradísimo; en esta época, argumentó,
los niños ya saben todo, éste les puede dar clases.
Pero no va a participar, nada más va a aprender en vivo,
en directo y en caliente, lo que ya ha visto en libros o que yo
le he explicado.
Total, las convenció, y ahí te vamos a un hotel que
estaba a media cuadra y se llamaba, palabra de honor, El Pisotón.
En el cuarto siguieron bebiendo, se quitaron la ropa y las dos se
besaban con mi tío; él pasaba de una a otra hasta
que las dejó solas en la cama, se sentó en el suelo
junto a mí y me dijo: Ahora vas a ver el amor entre mujeres.
Ellas se trenzaban más divertidas que otra cosa por las instrucciones
didácticas de mi tío, quien nunca perdía de
vista que se trataba de un trabajo de campo. Un sesenta y nueve,
por favor muchachas, indicaba, ahora muéstrenle a este niño
cómo se frotan las cucas. Ellas lo hicieron y él no
aguantó más, así es que regresó a la
cama y se cogió a las dos.
Yo presenciaba todo con la impresión de un sueño delirante
y enmudecedor. Realmente me gustaba verlos, me quitaba el aliento,
no podía decir nada y sólo sentía mucho calor,
no lo aguantaba; supongo que por eso tuve una de mis para entonces
prestigiadas erecciones precoces, lo cual motivó las risas
y el relajo de las muchachas, pero mira a éste, deveras se
le para muy bien el pirulí. Fulgencia estaba ocupada con
mi tío pero Alborada fue conmigo. Sonrió con ternura
antes de tocarme el peneque, está bien duro tú, y
tan chiquito, duro, duro, le dijo a nadie; suspiró y después
me revolvió el cabello. Este niño va a estar muy bien
de grande, comentó. Sin dejar de moverse encima de Fulgencia
mi tío sugirió: Déjalo que te toque las teclas,
nomás pa que sepa cómo se siente. Ella sonrió,
tomó una de mis manos y la frotó contra su seno, suave
y duro a la vez. Ahora el pozo de los secretos, indicó mi
tío. Mi mano entonces conoció las insondables humedades
vaginales mientras el corazón me latía con campanillazos
locos y de nuevo no aguantaba el calor. Ya con eso, no vayan a decir
que a mí me gusta con los beibis, dijo, y mi tío,
sin dejar de taladrar a Fulgencia, respondió sí, sí,
ésta no es paidofilia sino una seria, rigurosa y científica
investigación sobre sexualidad. Todos rieron. Después
Lucas les pagó, se dieron de besos siempre entre risas, ah
qué cosas tú, todos contentos y yo también.
Nunca olvidé esa noche y lo único que lamenté
fue no haber llevado la cámara de video, porque hubiera tenido
mi primera producción tres equis. Cuando llegamos a la casa
seguía alucinando, con la cabeza llena de luces y una sensación
intoxicante, febril, desfalleciente pero deliciosa. Apenas me pude
dormir y tuve puros sueños eróticos.
Poco después, mi tía Juana se casó con Manuel
y nos mudamos a la colonia del Valle. Como si cambiar de casa y
escuela me diese una nueva manera de ser, ya no me enamoré
perdidamente como antes, pero sí me gustaban las niñas.
A los diez años no me costaba ningún trabajo llegarles
y casi sin falla se dejaban besar y tocar. Además, les fascinaba
que las grabara con la cámara que me regaló mi tío
Lucas y después verse en la pantalla del monitor o televisor.
Yo seguía el puro instinto, me movía por instrumentos
que, por fortuna, funcionaban bien. Tuve una infancia erótica
intensa, como para los anales de los doctores Freud y Stekel, pero
nada anormal o que preocupara, porque en lo demás era como
todos: jugaba, estudiaba y hacía vida de familia. Y grababa
videos sin parar.
Más tarde me di cuenta de que mi hermana Ciénaga me
tenía un poco de miedín porque desde chiquita supo
de mis ligues; después de todo muchas de mis mattress-mates
eran sus amigas o compañeras de escuela, y el chismerío
era casi obligatorio. Acababa de cumplir doce años cuando
una vez, muy callada pero con aire de tensión eléctrica,
llegó con su amiga Patricia, una chavita aventadísima
que después se volvió Putricia y que esa vez sin pútridos
prólogos pusilánimes me dijo que nunca había
visto el sexo de un hombre. Yo te lo enseño, le dije al instante.
Para entonces había crecido y también mi penélope,
por supuesto, y como ponerlo tieso era una de mis facultades pronto
estaba ahí, a la vista, duro y un tanto palpitante, expectante.
A Patricia se le salían los ojos, y a la Ciena también,
aunque luchaba por no mostrarlo. ¿Lo puedo tocar?, me preguntó
Patricia. Sí, claro, consentí como lo más normal
del mundo, como en las Rigurosas Investigaciones Ciéntíficas
de mi tío Lucas. Ella se acercó y lo palpó
con firmeza y seguridad crecientes. Le acariciaba ya las nalgas
de coyotito como quien no quería la cosa cuando de repente
Ciena tomó a Patricia del brazo y se la llevó de ahí
en segundos. Pinches viejas. Me dejaron todo alborotado, así
es que procedí a la turbación plus, en la que era
viajero frecuente; aún no eyaculaba, pero me calentaba tanto
que a veces me iba a otros mundos de intensidades insospechadas.
Eran orgasmines incipientes, pero entonces me parecían monumentales,
mágicos y misteriosísimos, de hecho sagrados y a la
vez lo más común y corriente.
Por otro lado, Ciénaga prestaba dinero, cubría mis
escapadas y no objetaba que me besara con sus cuatitas, incluso
a veces me perfilaba a ellas o me decía cómo eran,
qué les gustaba
y qué no, para facilitar el abordaje. Ya que se ponía
de procuradora, después me pedía que le contara detalladamente
lo que habíamos hecho y me oía con risitas nerviosas.
Pero también era Pepe Grillo, la Voz de la Conciencia; siempre
me amonestaba, me pedía que respetara y tratara a las muchachas
con suavidad, discreción y consentimiento previo, nada por
la fuerza. Pero claro, Ciena, hombre, ¿cómo crees
que voy a forzar a una niña? Le quitaría todo el chiste.
Las partes púbicas son muy delicadas, disertaba, muy seria;
se deben tratar con muchos y amorosos cuidados. Ciena, tú
sabes que soy un caballero. Onelio, eres un culero, la amenaza de
los hímenes eso es lo que eres, císcale císcale
diablo panzón. ¡Y ya deja de estarme filmando! No te
estoy filmando, te estoy grabando. Es igual, en todo caso me estás
jeringando.
Pero no, la verdad siempre me porté decente con las damas.
No me lanzaba al abordaje inmediato y brutal sino que me gustaba
acariciar con suavidad y contemplar los cuerpitos cuando lograba
desnudarlas. Podía pasarme horas simplemente viéndolas
y platicando insensateces. Hombre, era un esteta. Un poeta. Un edgarallanpoeta.
Muchas veces las niñas y yo nos restregábamos desnudos
y yo les ponía el miembro entre las piernas, con gran gusto
en las nalgas, y siempre trataba de meterlo pero nunca le atinaba.
Aún no me correspondía. A cambio de eso, algunas niñas
accedían a chupármelo, pero yo no lanzaba chorros
como misiles al estilo de mi tío Lucas, de hecho no echaba
nada. Mi primera eyaculación fue a los doce años,
en el cine Palacio Chino. Estaba solo, hasta atrás, y pasaban
una película que nada tenía de caliente, pero de súbito,
solita, me vino una erección. Para entonces ya me había
crecido la tartamuda y sin más empecé a meneármela
hasta que sentí que todo temblaba, se me cegaron los ojos
con resplandores y de pronto brotó mi primera emisión
de semen en un auténtico e intenso orgasmo. Oh, dulce misterio
de la vida al fin te he hallado, casi canté, como en El joven
Frankenstein.
Pero después de que eyaculé en el Palacio Chino no
tardó en que los juegos eróticos rebasaran el punto
sin retorno. El agente precipitador fue Berta, la esposa de mi tío
Alicio, el primo de mi tía Juana (y de mi mamá); es
decir, mi tía, pero política. A mí siempre
me había gustado, no era espectacular pero sí sumamente
cachonda. Tenía la comisura derecha de la boca un tanto hacia
abajo, lo que le daba un aire aristocrático y depravadón,
un poco de sorna y desaire. Era una bitch con todas las de la ley,
pero no lo sabía ni lo aprovechaba, para fortuna de mi tío
Alicio.
Una vez fuimos con ellos a nadar en Itzamatitlán, Morelos,
y hasta que la vi en traje de baño aprecié su cuerpo.
Mi erección fue dolorosa. Al poco tiempo, en una reunión
de los grandes, se puso un asesino vestido entallado; yo, después
de saquear la colección de revistas de desnudos de mi tío
Alicio y de esconderlas en la cajuela del coche de mi tíastro-padrino-papá
Manuel, de repente fui a dar a un rincón de la sala y desde
ahí veía a mi tía con sus amigotas; ella tenía
el aire absorto, no oía mucho lo que decían, no se
fijaba en nada en especial, la mente a la deriva... Pero estaba
buenísima. Pronto tuve la consabida erección, y se
notaba. Yo creí que nadie se daba cuenta, veía a Berta
ensoñadoramente y con la mano en la bolsa me frotaba con
languidez, además de cierta y placentera resignación
ante los suplicios tantálicos de la vida. Pero entonces me
sacudió la sorpresa cuando seguí la dirección
de la mirada de ella y vi que a través de un gran espejo
me observaba con una sonrisita. Ay hija de su pinche madre. Me fui
corriendo y me senté en la banqueta de la calle. Cuando salía
con mi tío Alicio, como quien no quería la cosa Berta
se me acercó y me dijo en voz apenas audible: Ven a verme
mañana a las doce del día. Me dio un beso maternal
en la mejilla, que hizo sonreír al baboso de mi tío
Alicio, se fue y me dejó alucinando.
Al día siguiente yo no quería pensar en nada, menos
en que mi tía Berta me podría dar un estreno de gala,
aunque lo deseaba intensamente. Su marido estaba en el trabajo y
ella, sola en casa, al poco rato de decir quién sabe qué,
me inició en el acto sexual con gusto y buen humor. Mi tía
(política) estaba tan buena que eyaculé rapidísimo,
pero no se me bajó la erección, lo cual la satisfizo
enormemente y lo mostró con un contento suspiro; en silencio,
siempre sin hablar, incluso se mordía los labios para no
emitir sonidos, me fue haciendo cambiar de posiciones, movía
mis piernas, los brazos y el cuerpo entero, me ponía arriba
o abajo, me llevó a un sillón, me puso de pie, nos
fuimos al suelo, se colocó en cuatro patas, se arrimó
a la pared, se empinó en la mesa del comedor, y así
nos pasamos horas, yo bien sumergido en una profundidad letárgica,
hipnotizante, como si soñara, como si fuera una fantasía
muy real. Eyaculé dos veces más pero seguí
firme, hasta que de pronto ella se salió y dijo: Ya ya, tengo
cosas que hacer, Dios mío. Ay muchachito, no sabes qué
feliz me hiciste, con tu tío nada en más de seis meses,
¿tú crees?, dice que la vida sexual debe moderarse
para no caer en el Pecado Capital de la Lujuria. Pero bien que él
se va con quién sabe qué viejas, lo he cachado con
tarjetas de prostis y oliendo a perfumes baratos, con manchas de
bilé en la camisa o el saco, y además tiene escondidas
revistas pornográficas. Y cosas. Y conmigo no quiere, el
chistosito, pero si todos sus amigos se mueren de ganas, todavía
estoy bien, ¿no? ¿Verdad que sí? Y él,
nada. Muy mal, tía. Estás de pocamadre, mi tío
es un pendejo.
Me dio un beso largo, me hizo vestir y cuando ya salía de
la casa me regaló cien pesos, lo cual me pareció el
colmo de la buena suerte. Me vienes a ver dentro de un mes, cuando
esté bien cargada como hoy, me dijo al final. Seguí
visitando a mi tía Berta durante mucho tiempo y descubrí
que mi tío Alicio nos espiaba. Quién sabe desde cuándo.
Una vez practicábamos el viejo y ampliamente recomendable
coito anal con gran gusto cuando oí ruidos y alcancé
a verlo antes de que se ocultara detrás de la puerta entreabierta.
Si se fue nunca lo supe, porque yo le seguí y Berta no se
dio cuenta de nada. A lo mejor Licho (¡así le decían
a mi tío Alicio!) ya sabía, y él y mi tía
estaban de acuerdo.
Perder la virginidad a los doce años tan adecuadamente me
dio más seguridad con las chavas de mi edad. Casi sin darme
cuenta me fui fumando a muchas de las que conocía. Ocurría
de una forma natural, con calor y afecto pero sin el romanticismo
del Gran Amor, algo más desmistificado. Nos decíamos
novios, me daban sus fotos, nos escribíamos cartas, que en
mi caso eran como orgasmos fingidos, y las guardaba como expendiente
curricular. Me volví experto en terminar sin dramas e incluso
con buen humor. Logré conservar la amistad con la mayoría.
Fui iniciador frecuente, por lo que alguna vez ellas mismas, muy
contentas por lo demás, me proclamaron Desflorador Invicto.
Era casi prestigioso haber dejado la virginidad en mi penextepango.
Muchas veces grababa las sesiones, con o sin el consentimiento de
ellas (pero por lo general estaban de acuerdo; de hecho, les encantaba)
y así me fui haciendo de mi coleccioncita porno que tenía
que camuflar o esconder con grandes cuidados, porque mi síster
Ciénaga era una metiche y revisaba mis cosas con absoluta
impunidad. Quién sabe cuántas cintas mías habrá
visto, pero creo que muchas, si no es que todas.
José Agustín. Autor de Dos horas de sol (Joaquín
Mortiz, 1994).
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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