Sostiene
el primer fiscal que el acusado es un ludópata confeso, un
valentón impenitente y asiduo parroquiano de tabernas de
mala nota. Numerosos testigos y documentos debidamente autenticados
confirman que se trata de un individuo sin oficio estable, un '-',''galeras
reales.
Como si nada de esto bastase para condenarle, esta vez el acusado
se declara culpable de los nuevos cargos de malversación
de fondos públicos que ahora se le imputan. Ante la evidencia,
el primer fiscal exige una condena ejemplar que incluya, como mínimo,
varios años de cárcel y la reposición íntegra
de los 128 mil maravedíes que el acusado confiesa haber distraído
al erario público.
Estos cargos bien pudieron ser esgrimidos ante la Audiencia de Sevilla
en las postrimerías del siglo XVI, pero han llegado también
hasta el tribunal de la historia de la literatura. Este último,
sin apenas deliberar, ha emitido su fallo: el acusado es inocente.
El único culpable en este juicio perpetuo es el primer fiscal,
un traidor, señores, un revisionista incapaz de entender
que los genios son por fuerza nobles, apacibles e inocentes, y que
nadie capaz de escribir lo que este hombre ha escrito puede haber
cometido un crimen. Si acaso, proponen, el acusado debe ser visto
como lo que es: un héroe probado, un gran poeta con mala
suerte, más versado en desdichas que en versos, cuyo único
defecto es no ser precisamente ducho en aritmética, lo cual
explica la milenaria inconsistencia de sus cuentas. Nadie es perfecto,
señores, ni siquiera el autor de la novela más notable
de todos los tiempos.
***
¿Bastaría en verdad la precaria aritmética
del creador de El Quijote para explicar sus múltiples problemas
legales y pecuniarios? ¿Era Miguel de Cervantes un dechado
de virtudes o un calamitoso delincuente? Así planteada, la
pregunta parece tan ociosa como en realidad es. Su impertinencia,
sin embargo, no ha obstado en cuatro siglos para que se le formule
de manera incesante, casi siempre en perjuicio tanto de la vida
como de la obra del ilustre alcalaíno. Legiones de críticos,
filósofos, historiadores y lectores de a pie han entablado
acres disputas sobre la estatura moral de Cervantes y su nula o
total compatibilidad con la indisputable excelencia de su obra más
conocida. La biografía del autor ha sido corregida, maquillada
o reinventada hasta el absurdo para canonizarle o satanizarle según
lo haya exigido la corriente del uso. Ciertamente, tan inútil
controversia no tendría que preocuparnos de no ser por la
medida en que ésta ha afectado y amenaza con seguir afectando
la manera en que leemos El Quijote, o peor aún, la manera
en que Samuel Beckett pensaba en Dios cuando bautizó a Godot,
sino de levantar una aberrante axiología de la lectura a
partir de las virtudes o crímenes de quien escribió
tal o cual obra maestra. De pronto, las obras de individuos moralmente
insalvables como Celine y Hemingway han sido desalojadas de los
programas universitarios en pro de obras mediocres de autores de
segunda línea, autores que seguramente fueron muy buenas
personas, adalides de nobles causas o, por lo menos, víctimas
de algún tipo de segregación.
Por lo que hace a los grandes maestros en cuyas obras se fundan
los más rancios cánones lingüísticos o
nacionales, la imposibilidad de excluirlos del curriculum oficial
ha llevado a los expertos a corregirles la biografía para
que ésta encaje al fin con su bibliografía. De manera
inevitable, este afán de la crítica por divinizar
a los escritores ha devenido en un radical lavado en seco de la
persona autoral, una deshumanización que a su vez ha generado
una percepción de acartonamiento de la obra. De esta suerte,
el falso o innecesario problema de la estatura moral de los escritores
ha terminado por convertirse en un auténtico problema para
la lectura y la crítica.
Añadía el escritor argentino que los falsos problemas
de la literatura no sólo favorecen soluciones también
falsas, sino que la sola palabra problema puede ser una insidiosa
petición de principio. Hablar con Américo Castro,
por ejemplo, del problema judío en el caso de Cervantes implica
postular que los judíos son un problema. El planteamiento
me parece válido y susceptible de ser ampliado a la polémica
tripartita que hoy se entabla en torno a la calidad humana, la coherencia
ideológica y la maestría técnica del autor
de El Quijote. Nuestra común tendencia a creer que los grandes
maestros debieron ser superhombres cortocircuita su lectura y socava
nuestra escribió a partir de la desnuda grandeza que encierra
la condición humana con toda su mezquindad, sus tropiezos
y sus dudas.
***
Quiere un segundo fiscal que los señores jueces desestimen
la atenuante del supuesto humanismo del acusado. Su petición,
explica, se fundamenta en el sesudo análisis, la lectura
desapasionada y el minucioso cotejo de no pocos pasajes de su obra,
mismos que arrojan notables contradicciones tanto ideológicas
como devocionales. A sus célebres invectivas contra las instituciones
eclesiales de su tiempo, el acusado opone desmedidos encomios en
el más puro estilo tridentino. Su taimada afiliación
al pensamiento erasmiano disuena, a veces incluso en una misma obra,
con una mojigatería que haría palidecer de envidia
al Gran Inquisidor. Su persistente defensa de las minorías
étnicas, genéricas y gremiales más denostadas
de su época alterna aquí y allá con insultantes
muestras de racismo y misoginia, particularmente en lo que atañe
a moriscos, gitanos, negros y brujas. Por otra parte, su crítica
aceda a la burguesía y la aristocracia filipinas se estamentos
todos ellos a cuyo reconocimiento aspiraba Cervantes a despecho
de su ascendente de cristiano nuevo, su mala estrella y su explosivo
temperamento.
Ante estas nuevas razones, los jueces de la literatura se conmueven
poco y vuelven a declarar que el acusado es inocente de los cargos
de inconsistencia que se le imputan. El señor Miguel de Cervantes,
exclaman airados, era un erasmista cabal, un filántropo,
un protomártir de la modernidad cuyo pensamiento, sin duda
coherente, no ha sido ni podrá ser nunca comprendido por
los simples mortales que somos sus lectores. Los argumentos del
segundo fiscal son, por tanto, meras calumnias, mentiras como templos
que sólo merecen ser arrojadas a la misma hoguera donde arderán
eternamente las infamias de su predecesor.
***
Nadie, hasta ahora, ha podido establecer de manera contundente una
línea precisa del pensamiento de Miguel de Cervantes. La
razón es muy sencilla: esa línea no existe, como tampoco
existe un diagnóstico verosímil para la locura real
o simulada del Ingenioso Hidalgo ni argumentos definitivos para
salvar o condenar a su escudero, al cura, a los duques o incluso
al bachiller Sansón Carrasco.
La agotadora búsqueda de un sentido inequívoco para
el pensamiento y la fe de Cervantes es otro de los grandes falsos
problemas del hispanismo. Reacios a acatar los titubeos de un autor
como signos preclaros de su humanidad, los estudiosos más
lúcidos proponen en cambio numerosos adjetivos. Ante la evidencia
de las contradicciones que abundan en su obra, la mayoría
concluye que el autor del Persiles tenía ideas bastante claras
sobre la vida, pero las circunstancias lo habrían llevado
a silenciarlas o a pertrecharlas en la ambigüedad de la ficción.
Los hay quienes han querido ver en esta simulación un justificable
acto de supervivencia, pero los hay también quienes acusan
a Cervantes de bifronte, gatopardista o de plano hipócrita.
Como quiera que sea, todos estos caminos conducen a una misma y
arriesgada conclusión: la supuesta claridad contestataria
del alcalaíno se halla cifrada en su obra, particularmente
en El Quijote, cuyos protagonistas tendrían entonces que
ser tratados como criptogramas de ideas definitivas, osadas, sin
aristas. Así despojado del derecho a la ambigüedad y
a las constantes dudas que le convertirían en fiel reflejo
de su tiempo, Cervantes pierde la oportunidad de ser comprendido
como hombre y su obra deja de ser lo que es: un monumento al fracaso,
la duda y la decadencia, una obra tan inclemente, equívoca
y contradictoria como la vida misma.
Cegados por la idea de que todo en El Quijote es producto consciente
y calibrado de un autor que lo entiende todo, arrojamos a sus protagonistas
a un universo tan maniqueo como el de las novelas de caballería
que pretendían parodiar. En este universo, el hidalgo manchego
se transforma en engañoso alter ego de su autor. Entonces
sólo resta percibirle como el paradigma anquilosado del idealista,
un ser todo virtud que nunca duda ni falla, y que persiste en sus
quimeras resistiendo la vileza del mundo real. Plano, castrado por
el filtro del romanticismo, reducido al arquetipo de la absoluta
probidad, don Quijote de la Mancha se transforma así en un
ectoplasma, una lección de vida, un gentilhombre de excelencia
cornejiana. En una palabra, el hidalgo manchego ha dejado de ser
la falible criatura de Cervantes para ser el Hombre de la Mancha.
¿Por qué perder semanas o meses en leer dos farragosos
volúmenes escritos en castellano antiguo cuando un deleitable
musical de escasas dos horas parece suficiente para que nos enamoremos
del este vejete entrañable, de este manchego superhéroe
que, a diferencia de su antecesor, muere rematadamente loco y entonando
para nuestro beneplácito la nómina de sus sueños
imposibles, ay, tan lindos?
***
El tercer fiscal es acaso el más irreverente, y tanto, que
mejor sería no escucharle. Sus razones tocan fibras demasiado
sensibles, creencias tan arraigadas que su sola mención amenaza
con sacudir los cimientos de la lengua que hablamos, no se diga
las leyes más sagradas del savoir fair literario. Su caso
se funda no en la vida de Cervantes o en la proyección de
ésta sobre su obra, sino en la obra misma, sólo en
la obra. Las pruebas, no obstante, son numerosas y difíciles
de refutar: más de doscientos versos cuya factura deja mucho
que desear, seis o siete comedias tan tediosas como poco originales,
una extensa novela bucólica cuyos personajes lloran demasiado
y sienten demasiado poco, una supuesta historia de peregrinaje en
cuatro libros plagados de errores estructurales, pasajes desaforados
e interminables ejemplos de mojigatería contrarreformista.
Por lo que hace a las novelas más reconocidas del acusado,
el tercer fiscal se anuncia capaz de proporcionar al tribunal una
lista exhaustiva de los incontables errores sintácticos,
estilísticos y estructurales que se encuentran en todas y
cada una de las Novelas ejemplares, así como en las dos partes
de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha.
El jurado, claro está, ni siquiera dejará al tercer
fiscal terminar con su donoso escrutinio de la suma cervantina.
Los grandes maestros no tienen obras menores, las imperfecciones
que en ellos quieren ver los mal intencionados son espejismos, producto
de la envidia que les impide estar a la altura del gran arte del
alcalaíno. Es el deber de cualquiera que hable y escriba
en castellano cerrar oídos ante la mera insinuación
de que su padre fundador podría no haber sido intachable
en el correcto uso de las palabras, la gramática o la sintaxis.
Sus errores no lo son, no pueden serlo por cuanto que ellos mismos
son las leyes que hoy por hoy nos rigen. Los abanderados del castellano
deben unir fuerzas con los paladines de la novela perfecta para
colgar al último fiscal de la entena más alta, allí
donde su cuerpo servirá para escarmiento de los corruptores
del buen nombre y los prevaricadores del buen decir.
***
Nada hay más dañino para la memoria de un autor y
la trascendencia de su obra que el estigma de la perfección.
De la misma manera en que los héroes de la corrección
política no acaban de producir una obra que valga el papel
en que se imprime, los incorruptibles de la forma y la lengua apenas
generan capítulos, líneas o personajes memorables.
Los réprobos, en cambio, siguen renovando nuestro idioma
y nuestra literatura. Lo hacen porque no tienen nada que perder
ni esperan ya la salvación que les ganaría defender,
respetar o siquiera conocer de punta a cabo la anquilosada premática
de una lengua que nunca bastará por sí misma para
expresar cuanto atormenta al hombre. De sus plumas surgen las obras
imperecederas porque nunca las pretendieron perfectas, o porque
en verdad hace falta genio para estimar el error en su justa medida
y reconocer que todo intento por expresar con palabras el espíritu
es afortunada e irremediablemente menor que el propio espíritu.
En su prólogo de 1946 a las Novelas ejemplares, Borges señala
que la crítica acepta demasiado a Cervantes y prefiere la
mera veneración al examen. Más que un lamento, el
argentino formula aquí una invitación que todavía
es urgente aceptar. Evidentemente, no se trata de admirar menos
a Cervantes para entender mejor su obra, sino de leerle mejor para
admirarle más. La devoción a ultranza, a fin de cuentas,
sólo produce monstruos de perfección, lamosos charcos
que apenas reflejan lo que deseamos ver, voraces agujeros negros
que lo secuestran todo, incluso la luz que hace falta para leer
una obra extraordinaria, no intachable ni divina, sino fieramente
humana.
Padilla. Autor de las novelas Amphytrion y Espiral de artillería,
entre otras.
CUATRO AVATARES DE EL QUIJOTE EN MÉXICO
POR HÉCTOR DE MAULEÓN
I
Eran dos cajas que contenían 76 y 84 libros, respectivamente.
Habían salido de Cádiz el 12 de julio de 1605 a bordo
de la nao “Espíritu Santo”. Su destino era San
Juan de Ulúa. Ahí las estaba aguardando un “vecino
de México”. Se llamaba Clemente Valdés.
La travesía duró dos meses. La flota atravesó
el océano sin encontrar velas de amigos ni enemigos. La tripulación
cantaba por las tardes la letanía, invocaba en sus necesidades
a San Lorenzo y San Telmo; cada sábado entonaba el Salve
Regina. Dos veces al día se impartía la doctrina a
los niños que iban en los barcos. Esto lo juró ante
un comisario de la Inquisición el escribano Alonso de Bassa.
En las cajas que Clemente Valdés estaba esperando venían
160 “libros del Ingenioso hidalgo Don quixote de la Mancha”.
Iban a ser vendidos “a doze Reales”. Tres siglos después,
en 1911, el estudioso Francisco Rodríguez Marín descubriría
en el Archivo General de Indias que en las naves de la flota eran
transportados otros 102 ejemplares: algunos de éstos debieron
ir a parar a la librería de Pedro Arias, ubicada “frente
a la Puerta del Perdón de la Yglefia Mayor de México”.
Aunque en la capital de Nueva España no abundaban entonces
personas capaces de leer una hoja de un tirón, algunos de
esos libros debieron ser leídos por los escritores activos
en 1605: Bernardo de Balbuena (que un año antes había
publicado Grandeza mexicana), Arias de Villalobos, Juan Ruiz de
Alarcón, Fernando de Alva Ixtlixóchitl, Gaspar Pérez
de Villagrá e incluso el erudito italiano Enrico Martínez:
Cervantes era bien conocido en México desde 1586, año
en que llegaron exitosamente varias cajas con ejemplares de La Galatea.
Los poetas de la Colonia no fueron, sin embargo, los primeros lectores
de El Quijote. Cuando la flota comandada por el general Alonso de
Chávez Galindo fondeó en Veracruz, y los revisores
de la Inquisición subieron a los barcos en busca de literatura
prohibida, Alonso de Bassa respondió así a la pregunta:
“¿En qué se entretenían las gentes durante
la travesía?”:
—Traían las dos partes del Pícaro, y Don Quixote
de la Mancha, Flores y Blanca flor.
En otros dos barcos de la flota, “Nuestra Señora de
los Remedios” y “San Cristóbal”, los comisarios
del Santo Oficio tuvieron noticia de que los sevillanos Juan Ruiz
de Gallardo y Alonso López Tríos guardaban en su equipaje
sendos ejemplares de la obra. Era el 28 de septiembre de 1605. El
“más sublime de los libros que han escrito los hombres”,
según la definición de Julián Amo, llegaba
de ese modo al Nuevo Mundo. Habían pasado ocho meses desde
que Juan de la Cuesta publicara la primera parte de El Quijote en
España.
II
1911. Francisco Rodríguez Marín escarba en miles de
documentos de los archivos de Indias. En un legajo olvidado aparecen
semiconsumidos por el tiempo los registros de la flota que en 1605
salió hacia Nueva España. Numerosos indicios le hacen
presumir que entre los libros que Clemente Valdés fue a esperar
a Veracruz “los hubo no sólo de la primera edición
de Cuesta y de las dos de Lisboa, la segunda de ellas estampada
por Pedro Crasbeeck, en octavo pequeño, sino también
de la segunda de Madrid, hecha por Cuesta, como la príncipe,
y cuarta en orden general de ellas”. Un cuarto de siglo antes
de este hallazgo, el historiador mexicano Joaquín García
Icazbalceta trazó con tintes sombríos el destino de
los libros coloniales:
“El clima de México favorece la polilla y la humedad:
con frecuencia se encuentran libros podridos que al tocarlos se
deshacen, especialmente en la parte inferior. Como las librerías
de los conventos solían estar en los pisos bajos, llegaba
muchas veces el agua a los primeros plúteos de los estantes,
y permanecía estancada el tiempo suficiente para pudrir los
libros. Pero quizá no hubo causa más eficiente de
destrucción que la carestía del papel, llevada al
extremo cuando alguna guerra interrumpía las comunicaciones
con España. Entonces se echaba mano de cuanto había,
y los libros contribuían grandemente al consumo del público
[...]. No es, por lo mismo, de maravillar que muchas ediciones hayan
desaparecido por completo. De unas ni memoria ha quedado; de otras,
tan sólo la noticia más o menos vaga de que existieron”.
Los ejemplares de El Quijote que bajaron del “Espíritu
Santo” siguieron fielmente el parlamento de esta tradición
atroz. A principios del siglo XX no quedaba en México un
solo ejemplar de la edición de Cuesta; los bibliófilos
ignoraban cómo habían llegado esos libros, pero a
cambio disponían de algunos relatos sobre cómo habían
desaparecido.
Luis González Obregón narraba, por ejemplo, el caso
de un virrey que recibió de un oidor un ejemplar en calidad
de préstamo, y que al ser relevado de sus funciones “se
quedó con el libro como si se lo hubieran regalado”.
El mismo cronista solía recordar la tragedia de José
María de Agreda Sánchez, quien después de ver
y palpar un ejemplar en un remate de libros, “dudó
que se tratase de uno de los primeros traídos por la nao”:
lo dejó sobre la mesa y fue a su biblioteca a consultar catálogos
y manuales bibliográficos. Éstos “no tardaron
en convencerlo de que en efecto aquel ejemplar era uno de los que
habían salido de las prensas en 1605”. Al volver al
remate, sin embargo, constató que alguien, un bibliófilo
anónimo, acaso “un mercader sin pasión”,
se había adelantado. De Agreda Sánchez pasó
los últimos años de su vida lamentándose por
“haber perdido el libro más codiciado de cuantos se
han escrito en lengua española, y repitiendo a quien quisiera
oírlo que ese libro debía estar oculto en un cajón,
en el último cuarto de un patio de vecindad.
La otra leyenda es la del historiador y abogado Alfredo Chavero.
En una mesa de su despacho, mandada a hacer a propósito,
volumen “soberbio como un dios, solo como un astro”.
Dos horas después de la visita de un cliente francés
que había acudido a pagarle sus honorarios, Chavero descubrió
que el ejemplar se había esfumado. De nada le valió
revolver durante horas libros y papeles.
El último ejemplar registrado se había perdido —recuerda
Julián Amo en su olvidado estudio “El Quijote en México”
(Memorias de la Academia Mexicana, tomo XII, 1955)—, “no
sólo para él, sino también para México”.
III
Parece estar de moda criticar a Luis González Obregón.
Hace exactamente un siglo, en enero de 1905, mientras el mundo entero
celebraba los 300 años de la aparición de la novela
de Cervantes, el autor de México viejo realizó la
primera tentativa de fijar con precisión la fecha en que
El Quijote había llegado a Nueva España. Los registros
correspondientes a la flota de 1605 aún no eran descubiertos.
Alegando haber encontrado en casa de un amigo un manuscrito trunco
y picado de polilla (“Inquisición de flotas venidas
de los Reynos de S.M desde el Anno de 1601 hasta el presente de
1610”), el cronista sostuvo que el 19 de agosto de 1608, una
flota de 62 naves mandadas por el general Lope Díez de Armendarez
trajo a Nueva España un libro en 4º, aforrado en pergamino,
cuyo título rezaba: el ingenioso hidalgo Don Quixote de la
Mancha, compuesto por Don Miguel Cervantes Saavedra, Dirigido al
Duque de Béjar, Marqués de Gibraleón....
A partir de ese dato, dedujo que el introductor del libro en México
había sido un escritor íntimamente ligado a Cervantes:
Mateo Alemán, autor de El pícaro Guzmán de
Alfarache, quien “llegó a Nueva España en ese
año”.
González Obregón era dado a fantasear, pero no tanto
como su discípulo Artemio de Valle Arizpe. En todo caso,
los hallazgos realizados en 1911 por Francisco Rodríguez
Marín (sobre la flota que partió de Cádiz en
1605) le hicieron comprender su error. Se zambulló en documentos
del Archivo General y Público de la Nación, y tras
una larga búsqueda pudo exhumar, en 1916, el legajo que comprobaba
los nombres de las naos que habían traído el libro,
con los detalles que acompañaron la travesía y la
declaración que el escribano Alonso de Bassa rindió
ante el comisario del Santo Oficio, Francisco Carranco.
Un año después, con mala leche evidente —y pasando
por alto la rectificación—, el bibliógrafo Francisco
A. de Icaza propinó al cronista un artículo cuyo título
ilustra sobre su virulencia (“Una superchería manifiesta.
De cómo fue a América el primer ejemplar de El Quijote”,
1917), con el que deshacía la hipótesis que coronaba
a Mateo Alemán.
Julián Amo sostiene que De Icaza sabía de la rectificación
pero no la tomó en cuenta: aunque volvió a escribir
sobre la llegada de El Quijote al menos en dos oportunidades, no
concedió crédito alguno a los descubrimientos de González
Obregón y se limitó a “repetir lo ya dicho por
Rodríguez Marín en anteriores ocasiones”.
A un siglo de distancia de esos dimes y diretes, de las eternas
miserias del mundillo intelectual, el libro de Cervantes no le debe
nada a De Icaza. Sí a González Obregón, que
aportó a la vasta bibliografía cervantina una modesta
vertiente mexicana.
IV
Ricardo Palma cuenta que el primer Quijote que llegó al Perú
fue enviado como regalo al virrey Gaspar de Zúñiga
y Acevedo en naves que salieron de Acapulco. ¿Qué
lector admirado juzgó necesario hacérselo llegar al
hombre más poderoso de Tierra Firme? Cada libro siguió
el camino que construiría la inmortalidad de Cervantes. En
1918, Manuel Romero de Terreros glosó una “verdadera
relación”: la crónica de una mascarada en honor
de San Isidro Labrador, que demuestra que en 1621 el gremio de los
plateros conocía muy bien la novela. El desfile avanzó
por las principales calles de la ciudad, “llevando por grandeza
y ornato todos los caballeros andantes, autores de libros de caballerías,
don Belianís de Grecia, Palmerín de Oliva, el Caballero
del Febo, yendo el último, como más moderno, Don Quijote
de la Mancha [...] y últimamente Sancho Panza y Doña
Dulcinea del Toboso, que a rostros descubiertos los representaban
dos hombres graciosos, de los más fieros rostros y ridículos
trajes que se han visto...”.
Miguel de Cervantes intentó alguna vez venir a América,
pero el rey le mandó decir “que busque por acá
en qué se le haga merced”. Seduce la idea de que su
libro haya realizado el viaje que a él se le negó,
y que lo haya hecho habitando la mente de quienes surcaron el mar
a bordo de las naos. Acaso cuando el vecino Clemente Valdés
llegó a la capital con sus ejemplares a lomo de mula la fama
de El Quijote comenzaba a extenderse en boca de los pasajeros de
Indias, en los relatos de Juan Ruiz de Gallardo y Alonso López
Tríos, que durante dos meses mataron el tedio con las aventuras
del triste y cuerdísimo Alonso Quijano.
CERVANTES, GENIAL PRODUCTOR DE LIBROS
POR BEATRIZ MARISCAL HAY
Miguel de Cervantes no pudo predecir el éxito editorial de
su Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha , el libro que, en
tanto “hijo de su entendimiento, debiera ser el más
hermoso, el más gallardo y más discreto”, pero
que, “al haber sido engendrado por su mal cultivado ingenio”,
sólo podría ser “seco, avellanado, antojadizo
y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de algún
otro”.
Estas palabras del prólogo a su genial obra, que cumplían
con la acostumbrada declaración de modestia y solicitud de
la benevolencia del lector, tienen el sello de la ironía
del autor, al reclamar para el libro “seco y avellanado”,
lo mismo ingenio —variedad— que originalidad, dos cualidades
literarias con las que pretendía alcanzar fama y retribución
económica.
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, como bien sabemos,
sería impreso, reimpreso, traducido, imitado y plagiado,
además de dar a su autor fama y recursos económicos;
pero no los que él esperaba, a juzgar por lo que nos dice
en la segunda parte de El Quijote, al igual que en casi todas sus
obras escritas después de 1605.
La culpa de esa injusta retribución a su obra era resultado
no de la falta de apreciación de sus lectores, sino de características
propias de esa recién consolidada manera de hacer llegar
al lector sus creaciones literarias: el libro impreso.
A pesar de no haber escrito tratados manuales sobre la literatura,
Cervantes, según ha sido demostrado ampliamente, dejó
en sus obras constancia de sus ideas sobre la literatura que le
tocaba en herencia, lo mismo que sobre el quehacer literario de
su momento, una actividad profesional influenciada irremediablemente
por la imprenta.
En sus observaciones sobre la transformación de la sociedad
que había propiciado la intervención de la imprenta,
Marshall McLuhan incluyó precisamente al Quijote como un
ejemplo de la “confrontación” de su autor con
el “hombre tipográfico”.
La reproducción masiva de textos de todo tipo que trajo consigo
la revolución gutemberguiana hacía posible una lectura
desmedida de libros como la que llevó al hidalgo manchego
a perder la razón. Sin embargo, como lo señala James
Iffland, a pesar de que la pérdida de la razón de
don Quijote está relacionada con la posibilidad que tiene
el pobre hidalgo de leer en forma excesiva gracias al abaratamiento
del libro que permitió la imprenta, El Quijote no es solamente
la historia de un loco lector de libros, es una obra que nos ofrece
numerosas reflexiones sobre otros aspectos de lo que trajo consigo
la “Galaxia de Gutenberg”.
No es mi interés hacer aquí un catálogo de
las numerosas instancias en que el libro y la lectura son tema y
motivo de reflexión en El Quijote, un asunto al que se han
dedicado importantes estudios como el ya mencionado de Iffland,
sino comentar brevemente sobre esa peculiar manera de Cervantes
de novelar la realidad por medio de observaciones sobre su muy personal
experiencia como productor de libros y sobre los efectos de la imprenta
en el quehacer literario.
En primer lugar hago referencia al tratamiento que da Cervantes
a los efectos de la imprenta sobre la literatura tradicional que
aún en su tiempo se transmitía bien en forma impresa,
bien por vía oral, ya que además de utilizar extensivamente
romances en su obra, algunos provenientes de fuentes impresas y
otros a todas luces de tradición oral, en El Quijote noveliza
los efectos de la imprenta en el proceso de re-creación de
la literatura de tradición oral.
Tomo como ejemplo el episodio de la cueva de Montesino (II, 22-24),
estudiado por la crítica desde las ópticas más
diversas. Don Quijote llega a la cueva de Montesinos en la cúspide
de su carrera como caballero andante: ha pasado de ser El Caballero
de la Triste Figura, héroe de hazañas a menudo fallidas,
a ser nada menos que El Caballero de los Leones. Al igual que el
Cid Campeador, héroe por antonomasia, su valor ha sido probado
frente a las fieras que otros de mayor alcurnia pero menor valentía
mantienen enjauladas, y además ha vencido en combate singular
al Caballero de los Espejos.
Convertido en héroe de hazañas verdaderas y no de
meras criaturas de su imaginación, antes de adentrarse en
la cueva, se detiene en el oasis adonde celebra la lujosa boda de
unos labradores, la cual da lugar a una hazaña más
del caballero andante, que defiende con su lanza y con su verbo
la causa de Basilio, pobre pero agraciado pastor enamorado de la
bella Quiteria, a quien sus padres pretenden casar con el rico Camacho.
Gracias a su intervención, los enamorados pueden casarse
y El Caballero de los Leones recibe el reconocimiento de todos los
presentes que lo declaran nada menos que “Cid en las armas
y Cicerón en la elocuencia”. (II, 20-21).
Para enfrentarse con sus modelos, don Quijote ha cumplido con una
verdadera trayectoria heroica. Se ha ido transformando y adaptando
a las necesidades de su circunstancia de la misma manera como se
habían ido transformando y adaptando, de acuerdo con el proceso
propio de la transmisión oral, los temas romancísticos
que habían dado vida a los héroes con los que se topa
en la cueva de Montesinos.
En este episodio, Cervantes ironiza a los personajes y hazañas
admirados por don Quijote, volviendo ridículo el envío
del corazón del caballero moribundo a su amada, algo que
también había hecho Góngora en su romance paródico
“Diez años vivió Belerma”, y nos muestra
cómo los héroes que habían inspirado al Caballero
de los Leones, Durandarte y Montesinos, y sus hazañas que
antaño habían podido correr libremente de boca en
boca, adquiriendo actualidad en el trayecto, se encontraban ya tan
amojamados por la imprenta como el corazón con el que tristemente
deambula Belerma por su cueva.
Al quitarle la imprenta lo efímero al texto literario que
se transmitía por vía oral, eliminaba su capacidad
de irse adaptando de forma paulatina pero irreversible a la siempre
dinámica realidad social. De ahí que a pesar de la
vigencia que podía tener la literatura de tradición
oral para Cervantes, en su obra hay conciencia de que cuando un
texto está destinado a la imprenta, a su receptor ya no le
corresponde enmendarlo o añadirle lo que quisiere, si “bien
trobar sopiere”, como había propuesto el Arcipreste
de Hita al final de su obra.
En este episodio de la vida de nuestro héroe Cervantes se
apropia y aprovecha bien conocidos textos tradicionales y nos hace
partícipes de los efectos que puede tener la imprenta sobre
ellos antes de proceder a explicarnos cómo funciona una imprenta,
la de Barcelona, en la que se presenta Don Quijote, dejando muy
claro cómo veía esa conversión de la literatura
en mercancía, de cómo su producción y distribución
eliminaba al receptor y lo convertía en mero consumidor,
dejando al autor sólo una fracción del beneficio que
producía.
En su obra postrera, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, aparece
un episodio de fuerte carga biográfica que nos pone en evidencia
esta visión de Cervantes frente a lo que él veía
como desventaja de su calidad de autor frente a quienes comercializaban
sus libros. El protagonista es un “gallardo peregrino español”
cargado de escribanías en un brazo y un cartapacio en la
mano.
El peregrino está vestido como tal, y cumple además
con la obligación de pedir limosna. Pero hasta ahí
su calidad de peregrino: ni va a Roma por razones piadosas, ni lo
que pide es propiamente limosna, sino “algún dicho
agudo o sentencia que lo parezca”, para preparar una Flor
de aforismos peregrinos, un tipo de libro que gozaba de grandes
éxitos editoriales en tiempos de Cervantes. La novedad que
reclama el peregrino para el suyo es que solicita su material a
fuer de limosna.
Es un hombre que, al igual que Cervantes, ha dedicado algunos años
de su vida al ejercicio de la guerra y otros, los más maduros,
al de las letras. En ambos campos ha logrado destacar: “En
[...] la guerra he alcanzado algún buen nombre, y por [...]
las letras, he sido algún tanto estimado”. Sus libros,
agrega, “de los ignorantes non [son] condenados por malos,
nin de los discretos han dejado de ser tenidos por buenos”.
Un hombre, en suma, tan “curioso” como el propio Cervantes,
que se autorretrata en el “Prólogo” de las Novelas
ejemplares como soldado que había participado en la batalla
naval de Lepanto y como autor de La Galatea, Don Quijote de la Mancha
y el Viage del Parnaso, y que al llegar a esta etapa final de su
vida se considera a sí mismo como un aguerrido Marte que
tiene la otra mitad del alma dominada por Mercurio, ideal del hombre
maduro y por tanto símbolo de la cordura y la prudencia,
dios que en el Viage del Parnaso, en su calidad de “mensajero
de los fingidos dioses” se encarga de seleccionar a los poetas,
arrojando al mar a los “poetas de gramalla”, y por Apolo,
protector de la poesía y de los buenos poetas, quien, en
tanto profeta conocedor nada menos que de la voluntad de Zeus, su
padre, le ha dado a Cervantes “aquel instinto sobrehumano/
que de raro inventor tu pecho encierra”.
Pero a pesar de esos logros, que lo habían hecho mostrarse
con “alegres ojos” en el mencionado retrato de las Novelas
ejemplares, se acerca al final de su vida padeciendo “necesidad”,
la cual, si bien sirve para avivar su ingenio “con su no sé
qué de fantástico e inventivo”, no le permite
olvidar el mezquino pago que ha recibido tanto por una actividad
como por otra.
Es por ello que antes de poner punto final a su Persiles, obra de
la que tanto esperaba, Cervantes crea este personaje “oportunista”,
que pretende medrar con el esfuerzo de los demás, y hace
una última reflexión sobre la injusta remuneración
que recibieron sus esfuerzos como soldado y como productor de libros.
Como vehículo de sus reflexiones utiliza sentencias y aforismos,
esa modalidad discursiva de la que había echado mano con
tanto éxito en El Quijote para desarrollar la personalidad
de Sancho, en este caso aprovechados más bien por su carácter
doctrinal que como parte esencial de la caracterización de
personajes.
Lo que pide el peregrino español son “sentencias sacadas
de la verdad”, o cuando menos que lo parezcan, a lo que las
mujeres reunidas en el mesón responden con sentencias que
preconizan la honestidad como valor supremo de la mujer, un tema
que se trata a lo largo del relato con la característica
dosis de ironía cervantina, mientras que las sentencias que
proporcionan los hombres tienen que ver con el valor en las acciones
militares.
Es importante señalar que el peregrino que quiere hacer una
obra que recoja las sentencias que le proporcionan otros tiene,
de hecho, poco de “oportunista”, ya que se trata de
material cuya autoría no era cosa a disputarse. Tanto las
sentencias de origen culto como las que provenían de la tradición,
de la boca del pueblo, podían ser “apropiadas”
por cualquiera; y así tenemos que el propio Marqués
de Santillana reconoce que sus “Proverbios” fueron tomados
lo mismo de Platón que de Aristóteles, Virgilio, Ovidio
y Terencio, a la vez que señala que ellos mismos “de
otros tomaron, e los otros de otros, e los otros a aquellos que
por luenga vida e sotil inquisición alcanCaron las experiencias
e cabsas de las cosas”.
No se trata por lo tanto de medrar a costa de otros, con “trabajo
ajeno”, lo único que no debe hacerse con el saber tradicional
es utilizarlos sin ton ni son, como lo hace Sancho a menudo provocando
la irritación de don Quijote.
Los que sí obtenían provecho propio por trabajo ajeno,
nos recuerda Cervantes, eran los libreros que se apropiaban de la
obra de quienes la creaban. De ellos se queja aclarando que si bien
la imprenta había multiplicado las posibilidades de lectura
de las obras de entretenimiento como las que habían nacido
de su ingenio, había traído consigo a los intermediarios
que obtenían los beneficios de la distribución y venta
de los libros, dejando al autor sin control alguno.
Mucho se ha escrito sobre la estrechez con la que parece haber vivido
Cervantes toda su vida, siendo que sus recursos, en la época
en la que está novelando estas reflexiones, no deben haber
sido tan limitadas como se podría deducir de sus quejas.
Lo que es indudable es que no le parecerían suficientes,
algo que subraya con la selección que hace en el mencionado
capítulo del Persiles de la sentencia que le proporciona
al peregrino español un personaje que no está en el
mesón adonde se encuentran reunidos, Diego Ratos, el “corcovado
zapatero de viejo en Tordesillas”: “No desees, y serás
el más rico hombre del mundo”, que el recopilador de
sentencias califica como la más atinada.
Cuando ya Cervantes ha comprobado que su obra había llegado
y llegaría a innumerables lectores, vuelve su mirada sobre
lo que significaba que la literatura se integrara en el nuevo orden
económico y concentra en los libreros sus sentimientos de
injusticia por la retribución que recibió por su labor
creativa, si bien la mediatización entre autor y lector que
había exacerbado el advenimiento de la imprenta incluía
no sólo a libreros, sino a censores e impresores que podían
desvirtuar, o inclusive impedir, la impresión y distribución
de una obra, por no hablar de los consabidos patronos a quienes
había de acogerse un autor dedicándoles las obras
a fin de poder acceder al público al que estaban destinadas.
La imprenta había de multiplicar extraordinariamente los
lectores de la obra de Cervantes; nuevos y viejos lectores de sus
libros reconocerían el genio de quien se atrevía a
decir inequívocamente: “Yo soy aquel que en la invención
excede/ a muchos”. Pero también los alejaba de su autor,
permitía plagios y encumbraba a escritores que merecían
ser destruidos por los dioses del Parnaso. A él, genial productor
de libros, lo dejaba, al final de su vida, con fama, pero injustamente
sumido en la necesidad.
Mariscal Hay. Catedrática de El Colegio de México.
Ensayo tomado del libro Cuatrocientos años del Ingenioso
Hidalgo, de próxima aparición, coeditado por el ITESM
y el FCE.
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor de Mauleón,
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