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22 de enero de 2005

400 años de El Quijote
“La aritmética de Cervantes”, por Ignacio Padilla
“Cuatro avatares de El Quijote en México”, por Héctor de Mauleón
“Cervantes, genial productor de libros”, por Beatriz Mariscal Hay

LA ARITMÉTICA DE CERVANTES
Por Ignacio Padilla


Sostiene el primer fiscal que el acusado es un ludópata confeso, un valentón impenitente y asiduo parroquiano de tabernas de mala nota. Numerosos testigos y documentos debidamente autenticados confirman que se trata de un individuo sin oficio estable, un '-',''galeras reales.

Como si nada de esto bastase para condenarle, esta vez el acusado se declara culpable de los nuevos cargos de malversación de fondos públicos que ahora se le imputan. Ante la evidencia, el primer fiscal exige una condena ejemplar que incluya, como mínimo, varios años de cárcel y la reposición íntegra de los 128 mil maravedíes que el acusado confiesa haber distraído al erario público.

Estos cargos bien pudieron ser esgrimidos ante la Audiencia de Sevilla en las postrimerías del siglo XVI, pero han llegado también hasta el tribunal de la historia de la literatura. Este último, sin apenas deliberar, ha emitido su fallo: el acusado es inocente. El único culpable en este juicio perpetuo es el primer fiscal, un traidor, señores, un revisionista incapaz de entender que los genios son por fuerza nobles, apacibles e inocentes, y que nadie capaz de escribir lo que este hombre ha escrito puede haber cometido un crimen. Si acaso, proponen, el acusado debe ser visto como lo que es: un héroe probado, un gran poeta con mala suerte, más versado en desdichas que en versos, cuyo único defecto es no ser precisamente ducho en aritmética, lo cual explica la milenaria inconsistencia de sus cuentas. Nadie es perfecto, señores, ni siquiera el autor de la novela más notable de todos los tiempos.

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¿Bastaría en verdad la precaria aritmética del creador de El Quijote para explicar sus múltiples problemas legales y pecuniarios? ¿Era Miguel de Cervantes un dechado de virtudes o un calamitoso delincuente? Así planteada, la pregunta parece tan ociosa como en realidad es. Su impertinencia, sin embargo, no ha obstado en cuatro siglos para que se le formule de manera incesante, casi siempre en perjuicio tanto de la vida como de la obra del ilustre alcalaíno. Legiones de críticos, filósofos, historiadores y lectores de a pie han entablado acres disputas sobre la estatura moral de Cervantes y su nula o total compatibilidad con la indisputable excelencia de su obra más conocida. La biografía del autor ha sido corregida, maquillada o reinventada hasta el absurdo para canonizarle o satanizarle según lo haya exigido la corriente del uso. Ciertamente, tan inútil controversia no tendría que preocuparnos de no ser por la medida en que ésta ha afectado y amenaza con seguir afectando la manera en que leemos El Quijote, o peor aún, la manera en que Samuel Beckett pensaba en Dios cuando bautizó a Godot, sino de levantar una aberrante axiología de la lectura a partir de las virtudes o crímenes de quien escribió tal o cual obra maestra. De pronto, las obras de individuos moralmente insalvables como Celine y Hemingway han sido desalojadas de los programas universitarios en pro de obras mediocres de autores de segunda línea, autores que seguramente fueron muy buenas personas, adalides de nobles causas o, por lo menos, víctimas de algún tipo de segregación.
Por lo que hace a los grandes maestros en cuyas obras se fundan los más rancios cánones lingüísticos o nacionales, la imposibilidad de excluirlos del curriculum oficial ha llevado a los expertos a corregirles la biografía para que ésta encaje al fin con su bibliografía. De manera inevitable, este afán de la crítica por divinizar a los escritores ha devenido en un radical lavado en seco de la persona autoral, una deshumanización que a su vez ha generado una percepción de acartonamiento de la obra. De esta suerte, el falso o innecesario problema de la estatura moral de los escritores ha terminado por convertirse en un auténtico problema para la lectura y la crítica.

Añadía el escritor argentino que los falsos problemas de la literatura no sólo favorecen soluciones también falsas, sino que la sola palabra problema puede ser una insidiosa petición de principio. Hablar con Américo Castro, por ejemplo, del problema judío en el caso de Cervantes implica postular que los judíos son un problema. El planteamiento me parece válido y susceptible de ser ampliado a la polémica tripartita que hoy se entabla en torno a la calidad humana, la coherencia ideológica y la maestría técnica del autor de El Quijote. Nuestra común tendencia a creer que los grandes maestros debieron ser superhombres cortocircuita su lectura y socava nuestra escribió a partir de la desnuda grandeza que encierra la condición humana con toda su mezquindad, sus tropiezos y sus dudas.
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Quiere un segundo fiscal que los señores jueces desestimen la atenuante del supuesto humanismo del acusado. Su petición, explica, se fundamenta en el sesudo análisis, la lectura desapasionada y el minucioso cotejo de no pocos pasajes de su obra, mismos que arrojan notables contradicciones tanto ideológicas como devocionales. A sus célebres invectivas contra las instituciones eclesiales de su tiempo, el acusado opone desmedidos encomios en el más puro estilo tridentino. Su taimada afiliación al pensamiento erasmiano disuena, a veces incluso en una misma obra, con una mojigatería que haría palidecer de envidia al Gran Inquisidor. Su persistente defensa de las minorías étnicas, genéricas y gremiales más denostadas de su época alterna aquí y allá con insultantes muestras de racismo y misoginia, particularmente en lo que atañe a moriscos, gitanos, negros y brujas. Por otra parte, su crítica aceda a la burguesía y la aristocracia filipinas se estamentos todos ellos a cuyo reconocimiento aspiraba Cervantes a despecho de su ascendente de cristiano nuevo, su mala estrella y su explosivo temperamento.
Ante estas nuevas razones, los jueces de la literatura se conmueven poco y vuelven a declarar que el acusado es inocente de los cargos de inconsistencia que se le imputan. El señor Miguel de Cervantes, exclaman airados, era un erasmista cabal, un filántropo, un protomártir de la modernidad cuyo pensamiento, sin duda coherente, no ha sido ni podrá ser nunca comprendido por los simples mortales que somos sus lectores. Los argumentos del segundo fiscal son, por tanto, meras calumnias, mentiras como templos que sólo merecen ser arrojadas a la misma hoguera donde arderán eternamente las infamias de su predecesor.

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Nadie, hasta ahora, ha podido establecer de manera contundente una línea precisa del pensamiento de Miguel de Cervantes. La razón es muy sencilla: esa línea no existe, como tampoco existe un diagnóstico verosímil para la locura real o simulada del Ingenioso Hidalgo ni argumentos definitivos para salvar o condenar a su escudero, al cura, a los duques o incluso al bachiller Sansón Carrasco.
La agotadora búsqueda de un sentido inequívoco para el pensamiento y la fe de Cervantes es otro de los grandes falsos problemas del hispanismo. Reacios a acatar los titubeos de un autor como signos preclaros de su humanidad, los estudiosos más lúcidos proponen en cambio numerosos adjetivos. Ante la evidencia de las contradicciones que abundan en su obra, la mayoría concluye que el autor del Persiles tenía ideas bastante claras sobre la vida, pero las circunstancias lo habrían llevado a silenciarlas o a pertrecharlas en la ambigüedad de la ficción. Los hay quienes han querido ver en esta simulación un justificable acto de supervivencia, pero los hay también quienes acusan a Cervantes de bifronte, gatopardista o de plano hipócrita. Como quiera que sea, todos estos caminos conducen a una misma y arriesgada conclusión: la supuesta claridad contestataria del alcalaíno se halla cifrada en su obra, particularmente en El Quijote, cuyos protagonistas tendrían entonces que ser tratados como criptogramas de ideas definitivas, osadas, sin aristas. Así despojado del derecho a la ambigüedad y a las constantes dudas que le convertirían en fiel reflejo de su tiempo, Cervantes pierde la oportunidad de ser comprendido como hombre y su obra deja de ser lo que es: un monumento al fracaso, la duda y la decadencia, una obra tan inclemente, equívoca y contradictoria como la vida misma.

Cegados por la idea de que todo en El Quijote es producto consciente y calibrado de un autor que lo entiende todo, arrojamos a sus protagonistas a un universo tan maniqueo como el de las novelas de caballería que pretendían parodiar. En este universo, el hidalgo manchego se transforma en engañoso alter ego de su autor. Entonces sólo resta percibirle como el paradigma anquilosado del idealista, un ser todo virtud que nunca duda ni falla, y que persiste en sus quimeras resistiendo la vileza del mundo real. Plano, castrado por el filtro del romanticismo, reducido al arquetipo de la absoluta probidad, don Quijote de la Mancha se transforma así en un ectoplasma, una lección de vida, un gentilhombre de excelencia cornejiana. En una palabra, el hidalgo manchego ha dejado de ser la falible criatura de Cervantes para ser el Hombre de la Mancha. ¿Por qué perder semanas o meses en leer dos farragosos volúmenes escritos en castellano antiguo cuando un deleitable musical de escasas dos horas parece suficiente para que nos enamoremos del este vejete entrañable, de este manchego superhéroe que, a diferencia de su antecesor, muere rematadamente loco y entonando para nuestro beneplácito la nómina de sus sueños imposibles, ay, tan lindos?

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El tercer fiscal es acaso el más irreverente, y tanto, que mejor sería no escucharle. Sus razones tocan fibras demasiado sensibles, creencias tan arraigadas que su sola mención amenaza con sacudir los cimientos de la lengua que hablamos, no se diga las leyes más sagradas del savoir fair literario. Su caso se funda no en la vida de Cervantes o en la proyección de ésta sobre su obra, sino en la obra misma, sólo en la obra. Las pruebas, no obstante, son numerosas y difíciles de refutar: más de doscientos versos cuya factura deja mucho que desear, seis o siete comedias tan tediosas como poco originales, una extensa novela bucólica cuyos personajes lloran demasiado y sienten demasiado poco, una supuesta historia de peregrinaje en cuatro libros plagados de errores estructurales, pasajes desaforados e interminables ejemplos de mojigatería contrarreformista. Por lo que hace a las novelas más reconocidas del acusado, el tercer fiscal se anuncia capaz de proporcionar al tribunal una lista exhaustiva de los incontables errores sintácticos, estilísticos y estructurales que se encuentran en todas y cada una de las Novelas ejemplares, así como en las dos partes de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha.

El jurado, claro está, ni siquiera dejará al tercer fiscal terminar con su donoso escrutinio de la suma cervantina. Los grandes maestros no tienen obras menores, las imperfecciones que en ellos quieren ver los mal intencionados son espejismos, producto de la envidia que les impide estar a la altura del gran arte del alcalaíno. Es el deber de cualquiera que hable y escriba en castellano cerrar oídos ante la mera insinuación de que su padre fundador podría no haber sido intachable en el correcto uso de las palabras, la gramática o la sintaxis. Sus errores no lo son, no pueden serlo por cuanto que ellos mismos son las leyes que hoy por hoy nos rigen. Los abanderados del castellano deben unir fuerzas con los paladines de la novela perfecta para colgar al último fiscal de la entena más alta, allí donde su cuerpo servirá para escarmiento de los corruptores del buen nombre y los prevaricadores del buen decir.
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Nada hay más dañino para la memoria de un autor y la trascendencia de su obra que el estigma de la perfección. De la misma manera en que los héroes de la corrección política no acaban de producir una obra que valga el papel en que se imprime, los incorruptibles de la forma y la lengua apenas generan capítulos, líneas o personajes memorables. Los réprobos, en cambio, siguen renovando nuestro idioma y nuestra literatura. Lo hacen porque no tienen nada que perder ni esperan ya la salvación que les ganaría defender, respetar o siquiera conocer de punta a cabo la anquilosada premática de una lengua que nunca bastará por sí misma para expresar cuanto atormenta al hombre. De sus plumas surgen las obras imperecederas porque nunca las pretendieron perfectas, o porque en verdad hace falta genio para estimar el error en su justa medida y reconocer que todo intento por expresar con palabras el espíritu es afortunada e irremediablemente menor que el propio espíritu.

En su prólogo de 1946 a las Novelas ejemplares, Borges señala que la crítica acepta demasiado a Cervantes y prefiere la mera veneración al examen. Más que un lamento, el argentino formula aquí una invitación que todavía es urgente aceptar. Evidentemente, no se trata de admirar menos a Cervantes para entender mejor su obra, sino de leerle mejor para admirarle más. La devoción a ultranza, a fin de cuentas, sólo produce monstruos de perfección, lamosos charcos que apenas reflejan lo que deseamos ver, voraces agujeros negros que lo secuestran todo, incluso la luz que hace falta para leer una obra extraordinaria, no intachable ni divina, sino fieramente humana.
Padilla. Autor de las novelas Amphytrion y Espiral de artillería, entre otras.


CUATRO AVATARES DE EL QUIJOTE EN MÉXICO
POR HÉCTOR DE MAULEÓN

I
Eran dos cajas que contenían 76 y 84 libros, respectivamente. Habían salido de Cádiz el 12 de julio de 1605 a bordo de la nao “Espíritu Santo”. Su destino era San Juan de Ulúa. Ahí las estaba aguardando un “vecino de México”. Se llamaba Clemente Valdés.

La travesía duró dos meses. La flota atravesó el océano sin encontrar velas de amigos ni enemigos. La tripulación cantaba por las tardes la letanía, invocaba en sus necesidades a San Lorenzo y San Telmo; cada sábado entonaba el Salve Regina. Dos veces al día se impartía la doctrina a los niños que iban en los barcos. Esto lo juró ante un comisario de la Inquisición el escribano Alonso de Bassa.
En las cajas que Clemente Valdés estaba esperando venían 160 “libros del Ingenioso hidalgo Don quixote de la Mancha”. Iban a ser vendidos “a doze Reales”. Tres siglos después, en 1911, el estudioso Francisco Rodríguez Marín descubriría en el Archivo General de Indias que en las naves de la flota eran transportados otros 102 ejemplares: algunos de éstos debieron ir a parar a la librería de Pedro Arias, ubicada “frente a la Puerta del Perdón de la Yglefia Mayor de México”.

Aunque en la capital de Nueva España no abundaban entonces personas capaces de leer una hoja de un tirón, algunos de esos libros debieron ser leídos por los escritores activos en 1605: Bernardo de Balbuena (que un año antes había publicado Grandeza mexicana), Arias de Villalobos, Juan Ruiz de Alarcón, Fernando de Alva Ixtlixóchitl, Gaspar Pérez de Villagrá e incluso el erudito italiano Enrico Martínez: Cervantes era bien conocido en México desde 1586, año en que llegaron exitosamente varias cajas con ejemplares de La Galatea. Los poetas de la Colonia no fueron, sin embargo, los primeros lectores de El Quijote. Cuando la flota comandada por el general Alonso de Chávez Galindo fondeó en Veracruz, y los revisores de la Inquisición subieron a los barcos en busca de literatura prohibida, Alonso de Bassa respondió así a la pregunta: “¿En qué se entretenían las gentes durante la travesía?”:
—Traían las dos partes del Pícaro, y Don Quixote de la Mancha, Flores y Blanca flor.
En otros dos barcos de la flota, “Nuestra Señora de los Remedios” y “San Cristóbal”, los comisarios del Santo Oficio tuvieron noticia de que los sevillanos Juan Ruiz de Gallardo y Alonso López Tríos guardaban en su equipaje sendos ejemplares de la obra. Era el 28 de septiembre de 1605. El “más sublime de los libros que han escrito los hombres”, según la definición de Julián Amo, llegaba de ese modo al Nuevo Mundo. Habían pasado ocho meses desde que Juan de la Cuesta publicara la primera parte de El Quijote en España.


II
1911. Francisco Rodríguez Marín escarba en miles de documentos de los archivos de Indias. En un legajo olvidado aparecen semiconsumidos por el tiempo los registros de la flota que en 1605 salió hacia Nueva España. Numerosos indicios le hacen presumir que entre los libros que Clemente Valdés fue a esperar a Veracruz “los hubo no sólo de la primera edición de Cuesta y de las dos de Lisboa, la segunda de ellas estampada por Pedro Crasbeeck, en octavo pequeño, sino también de la segunda de Madrid, hecha por Cuesta, como la príncipe, y cuarta en orden general de ellas”. Un cuarto de siglo antes de este hallazgo, el historiador mexicano Joaquín García Icazbalceta trazó con tintes sombríos el destino de los libros coloniales:
“El clima de México favorece la polilla y la humedad: con frecuencia se encuentran libros podridos que al tocarlos se deshacen, especialmente en la parte inferior. Como las librerías de los conventos solían estar en los pisos bajos, llegaba muchas veces el agua a los primeros plúteos de los estantes, y permanecía estancada el tiempo suficiente para pudrir los libros. Pero quizá no hubo causa más eficiente de destrucción que la carestía del papel, llevada al extremo cuando alguna guerra interrumpía las comunicaciones con España. Entonces se echaba mano de cuanto había, y los libros contribuían grandemente al consumo del público [...]. No es, por lo mismo, de maravillar que muchas ediciones hayan desaparecido por completo. De unas ni memoria ha quedado; de otras, tan sólo la noticia más o menos vaga de que existieron”.

Los ejemplares de El Quijote que bajaron del “Espíritu Santo” siguieron fielmente el parlamento de esta tradición atroz. A principios del siglo XX no quedaba en México un solo ejemplar de la edición de Cuesta; los bibliófilos ignoraban cómo habían llegado esos libros, pero a cambio disponían de algunos relatos sobre cómo habían desaparecido.

Luis González Obregón narraba, por ejemplo, el caso de un virrey que recibió de un oidor un ejemplar en calidad de préstamo, y que al ser relevado de sus funciones “se quedó con el libro como si se lo hubieran regalado”. El mismo cronista solía recordar la tragedia de José María de Agreda Sánchez, quien después de ver y palpar un ejemplar en un remate de libros, “dudó que se tratase de uno de los primeros traídos por la nao”: lo dejó sobre la mesa y fue a su biblioteca a consultar catálogos y manuales bibliográficos. Éstos “no tardaron en convencerlo de que en efecto aquel ejemplar era uno de los que habían salido de las prensas en 1605”. Al volver al remate, sin embargo, constató que alguien, un bibliófilo anónimo, acaso “un mercader sin pasión”, se había adelantado. De Agreda Sánchez pasó los últimos años de su vida lamentándose por “haber perdido el libro más codiciado de cuantos se han escrito en lengua española, y repitiendo a quien quisiera oírlo que ese libro debía estar oculto en un cajón, en el último cuarto de un patio de vecindad.
La otra leyenda es la del historiador y abogado Alfredo Chavero. En una mesa de su despacho, mandada a hacer a propósito, volumen “soberbio como un dios, solo como un astro”. Dos horas después de la visita de un cliente francés que había acudido a pagarle sus honorarios, Chavero descubrió que el ejemplar se había esfumado. De nada le valió revolver durante horas libros y papeles.
El último ejemplar registrado se había perdido —recuerda Julián Amo en su olvidado estudio “El Quijote en México” (Memorias de la Academia Mexicana, tomo XII, 1955)—, “no sólo para él, sino también para México”.

III
Parece estar de moda criticar a Luis González Obregón. Hace exactamente un siglo, en enero de 1905, mientras el mundo entero celebraba los 300 años de la aparición de la novela de Cervantes, el autor de México viejo realizó la primera tentativa de fijar con precisión la fecha en que El Quijote había llegado a Nueva España. Los registros correspondientes a la flota de 1605 aún no eran descubiertos. Alegando haber encontrado en casa de un amigo un manuscrito trunco y picado de polilla (“Inquisición de flotas venidas de los Reynos de S.M desde el Anno de 1601 hasta el presente de 1610”), el cronista sostuvo que el 19 de agosto de 1608, una flota de 62 naves mandadas por el general Lope Díez de Armendarez trajo a Nueva España un libro en 4º, aforrado en pergamino, cuyo título rezaba: el ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha, compuesto por Don Miguel Cervantes Saavedra, Dirigido al Duque de Béjar, Marqués de Gibraleón....
A partir de ese dato, dedujo que el introductor del libro en México había sido un escritor íntimamente ligado a Cervantes: Mateo Alemán, autor de El pícaro Guzmán de Alfarache, quien “llegó a Nueva España en ese año”.

González Obregón era dado a fantasear, pero no tanto como su discípulo Artemio de Valle Arizpe. En todo caso, los hallazgos realizados en 1911 por Francisco Rodríguez Marín (sobre la flota que partió de Cádiz en 1605) le hicieron comprender su error. Se zambulló en documentos del Archivo General y Público de la Nación, y tras una larga búsqueda pudo exhumar, en 1916, el legajo que comprobaba los nombres de las naos que habían traído el libro, con los detalles que acompañaron la travesía y la declaración que el escribano Alonso de Bassa rindió ante el comisario del Santo Oficio, Francisco Carranco.
Un año después, con mala leche evidente —y pasando por alto la rectificación—, el bibliógrafo Francisco A. de Icaza propinó al cronista un artículo cuyo título ilustra sobre su virulencia (“Una superchería manifiesta. De cómo fue a América el primer ejemplar de El Quijote”, 1917), con el que deshacía la hipótesis que coronaba a Mateo Alemán.

Julián Amo sostiene que De Icaza sabía de la rectificación pero no la tomó en cuenta: aunque volvió a escribir sobre la llegada de El Quijote al menos en dos oportunidades, no concedió crédito alguno a los descubrimientos de González Obregón y se limitó a “repetir lo ya dicho por Rodríguez Marín en anteriores ocasiones”.
A un siglo de distancia de esos dimes y diretes, de las eternas miserias del mundillo intelectual, el libro de Cervantes no le debe nada a De Icaza. Sí a González Obregón, que aportó a la vasta bibliografía cervantina una modesta vertiente mexicana.

IV

Ricardo Palma cuenta que el primer Quijote que llegó al Perú fue enviado como regalo al virrey Gaspar de Zúñiga y Acevedo en naves que salieron de Acapulco. ¿Qué lector admirado juzgó necesario hacérselo llegar al hombre más poderoso de Tierra Firme? Cada libro siguió el camino que construiría la inmortalidad de Cervantes. En 1918, Manuel Romero de Terreros glosó una “verdadera relación”: la crónica de una mascarada en honor de San Isidro Labrador, que demuestra que en 1621 el gremio de los plateros conocía muy bien la novela. El desfile avanzó por las principales calles de la ciudad, “llevando por grandeza y ornato todos los caballeros andantes, autores de libros de caballerías, don Belianís de Grecia, Palmerín de Oliva, el Caballero del Febo, yendo el último, como más moderno, Don Quijote de la Mancha [...] y últimamente Sancho Panza y Doña Dulcinea del Toboso, que a rostros descubiertos los representaban dos hombres graciosos, de los más fieros rostros y ridículos trajes que se han visto...”.
Miguel de Cervantes intentó alguna vez venir a América, pero el rey le mandó decir “que busque por acá en qué se le haga merced”. Seduce la idea de que su libro haya realizado el viaje que a él se le negó, y que lo haya hecho habitando la mente de quienes surcaron el mar a bordo de las naos. Acaso cuando el vecino Clemente Valdés llegó a la capital con sus ejemplares a lomo de mula la fama de El Quijote comenzaba a extenderse en boca de los pasajeros de Indias, en los relatos de Juan Ruiz de Gallardo y Alonso López Tríos, que durante dos meses mataron el tedio con las aventuras del triste y cuerdísimo Alonso Quijano.


CERVANTES, GENIAL PRODUCTOR DE LIBROS
POR BEATRIZ MARISCAL HAY

Miguel de Cervantes no pudo predecir el éxito editorial de su Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha , el libro que, en tanto “hijo de su entendimiento, debiera ser el más hermoso, el más gallardo y más discreto”, pero que, “al haber sido engendrado por su mal cultivado ingenio”, sólo podría ser “seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de algún otro”.
Estas palabras del prólogo a su genial obra, que cumplían con la acostumbrada declaración de modestia y solicitud de la benevolencia del lector, tienen el sello de la ironía del autor, al reclamar para el libro “seco y avellanado”, lo mismo ingenio —variedad— que originalidad, dos cualidades literarias con las que pretendía alcanzar fama y retribución económica.

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, como bien sabemos, sería impreso, reimpreso, traducido, imitado y plagiado, además de dar a su autor fama y recursos económicos; pero no los que él esperaba, a juzgar por lo que nos dice en la segunda parte de El Quijote, al igual que en casi todas sus obras escritas después de 1605.

La culpa de esa injusta retribución a su obra era resultado no de la falta de apreciación de sus lectores, sino de características propias de esa recién consolidada manera de hacer llegar al lector sus creaciones literarias: el libro impreso.

A pesar de no haber escrito tratados manuales sobre la literatura, Cervantes, según ha sido demostrado ampliamente, dejó en sus obras constancia de sus ideas sobre la literatura que le tocaba en herencia, lo mismo que sobre el quehacer literario de su momento, una actividad profesional influenciada irremediablemente por la imprenta.
En sus observaciones sobre la transformación de la sociedad que había propiciado la intervención de la imprenta, Marshall McLuhan incluyó precisamente al Quijote como un ejemplo de la “confrontación” de su autor con el “hombre tipográfico”.


La reproducción masiva de textos de todo tipo que trajo consigo la revolución gutemberguiana hacía posible una lectura desmedida de libros como la que llevó al hidalgo manchego a perder la razón. Sin embargo, como lo señala James Iffland, a pesar de que la pérdida de la razón de don Quijote está relacionada con la posibilidad que tiene el pobre hidalgo de leer en forma excesiva gracias al abaratamiento del libro que permitió la imprenta, El Quijote no es solamente la historia de un loco lector de libros, es una obra que nos ofrece numerosas reflexiones sobre otros aspectos de lo que trajo consigo la “Galaxia de Gutenberg”.
No es mi interés hacer aquí un catálogo de las numerosas instancias en que el libro y la lectura son tema y motivo de reflexión en El Quijote, un asunto al que se han dedicado importantes estudios como el ya mencionado de Iffland, sino comentar brevemente sobre esa peculiar manera de Cervantes de novelar la realidad por medio de observaciones sobre su muy personal experiencia como productor de libros y sobre los efectos de la imprenta en el quehacer literario.

En primer lugar hago referencia al tratamiento que da Cervantes a los efectos de la imprenta sobre la literatura tradicional que aún en su tiempo se transmitía bien en forma impresa, bien por vía oral, ya que además de utilizar extensivamente romances en su obra, algunos provenientes de fuentes impresas y otros a todas luces de tradición oral, en El Quijote noveliza los efectos de la imprenta en el proceso de re-creación de la literatura de tradición oral.

Tomo como ejemplo el episodio de la cueva de Montesino (II, 22-24), estudiado por la crítica desde las ópticas más diversas. Don Quijote llega a la cueva de Montesinos en la cúspide de su carrera como caballero andante: ha pasado de ser El Caballero de la Triste Figura, héroe de hazañas a menudo fallidas, a ser nada menos que El Caballero de los Leones. Al igual que el Cid Campeador, héroe por antonomasia, su valor ha sido probado frente a las fieras que otros de mayor alcurnia pero menor valentía mantienen enjauladas, y además ha vencido en combate singular al Caballero de los Espejos.
Convertido en héroe de hazañas verdaderas y no de meras criaturas de su imaginación, antes de adentrarse en la cueva, se detiene en el oasis adonde celebra la lujosa boda de unos labradores, la cual da lugar a una hazaña más del caballero andante, que defiende con su lanza y con su verbo la causa de Basilio, pobre pero agraciado pastor enamorado de la bella Quiteria, a quien sus padres pretenden casar con el rico Camacho. Gracias a su intervención, los enamorados pueden casarse y El Caballero de los Leones recibe el reconocimiento de todos los presentes que lo declaran nada menos que “Cid en las armas y Cicerón en la elocuencia”. (II, 20-21).

Para enfrentarse con sus modelos, don Quijote ha cumplido con una verdadera trayectoria heroica. Se ha ido transformando y adaptando a las necesidades de su circunstancia de la misma manera como se habían ido transformando y adaptando, de acuerdo con el proceso propio de la transmisión oral, los temas romancísticos que habían dado vida a los héroes con los que se topa en la cueva de Montesinos.
En este episodio, Cervantes ironiza a los personajes y hazañas admirados por don Quijote, volviendo ridículo el envío del corazón del caballero moribundo a su amada, algo que también había hecho Góngora en su romance paródico “Diez años vivió Belerma”, y nos muestra cómo los héroes que habían inspirado al Caballero de los Leones, Durandarte y Montesinos, y sus hazañas que antaño habían podido correr libremente de boca en boca, adquiriendo actualidad en el trayecto, se encontraban ya tan amojamados por la imprenta como el corazón con el que tristemente deambula Belerma por su cueva.
Al quitarle la imprenta lo efímero al texto literario que se transmitía por vía oral, eliminaba su capacidad de irse adaptando de forma paulatina pero irreversible a la siempre dinámica realidad social. De ahí que a pesar de la vigencia que podía tener la literatura de tradición oral para Cervantes, en su obra hay conciencia de que cuando un texto está destinado a la imprenta, a su receptor ya no le corresponde enmendarlo o añadirle lo que quisiere, si “bien trobar sopiere”, como había propuesto el Arcipreste de Hita al final de su obra.

En este episodio de la vida de nuestro héroe Cervantes se apropia y aprovecha bien conocidos textos tradicionales y nos hace partícipes de los efectos que puede tener la imprenta sobre ellos antes de proceder a explicarnos cómo funciona una imprenta, la de Barcelona, en la que se presenta Don Quijote, dejando muy claro cómo veía esa conversión de la literatura en mercancía, de cómo su producción y distribución eliminaba al receptor y lo convertía en mero consumidor, dejando al autor sólo una fracción del beneficio que producía.

En su obra postrera, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, aparece un episodio de fuerte carga biográfica que nos pone en evidencia esta visión de Cervantes frente a lo que él veía como desventaja de su calidad de autor frente a quienes comercializaban sus libros. El protagonista es un “gallardo peregrino español” cargado de escribanías en un brazo y un cartapacio en la mano.
El peregrino está vestido como tal, y cumple además con la obligación de pedir limosna. Pero hasta ahí su calidad de peregrino: ni va a Roma por razones piadosas, ni lo que pide es propiamente limosna, sino “algún dicho agudo o sentencia que lo parezca”, para preparar una Flor de aforismos peregrinos, un tipo de libro que gozaba de grandes éxitos editoriales en tiempos de Cervantes. La novedad que reclama el peregrino para el suyo es que solicita su material a fuer de limosna.

Es un hombre que, al igual que Cervantes, ha dedicado algunos años de su vida al ejercicio de la guerra y otros, los más maduros, al de las letras. En ambos campos ha logrado destacar: “En [...] la guerra he alcanzado algún buen nombre, y por [...] las letras, he sido algún tanto estimado”. Sus libros, agrega, “de los ignorantes non [son] condenados por malos, nin de los discretos han dejado de ser tenidos por buenos”.
Un hombre, en suma, tan “curioso” como el propio Cervantes, que se autorretrata en el “Prólogo” de las Novelas ejemplares como soldado que había participado en la batalla naval de Lepanto y como autor de La Galatea, Don Quijote de la Mancha y el Viage del Parnaso, y que al llegar a esta etapa final de su vida se considera a sí mismo como un aguerrido Marte que tiene la otra mitad del alma dominada por Mercurio, ideal del hombre maduro y por tanto símbolo de la cordura y la prudencia, dios que en el Viage del Parnaso, en su calidad de “mensajero de los fingidos dioses” se encarga de seleccionar a los poetas, arrojando al mar a los “poetas de gramalla”, y por Apolo, protector de la poesía y de los buenos poetas, quien, en tanto profeta conocedor nada menos que de la voluntad de Zeus, su padre, le ha dado a Cervantes “aquel instinto sobrehumano/ que de raro inventor tu pecho encierra”.

Pero a pesar de esos logros, que lo habían hecho mostrarse con “alegres ojos” en el mencionado retrato de las Novelas ejemplares, se acerca al final de su vida padeciendo “necesidad”, la cual, si bien sirve para avivar su ingenio “con su no sé qué de fantástico e inventivo”, no le permite olvidar el mezquino pago que ha recibido tanto por una actividad como por otra.

Es por ello que antes de poner punto final a su Persiles, obra de la que tanto esperaba, Cervantes crea este personaje “oportunista”, que pretende medrar con el esfuerzo de los demás, y hace una última reflexión sobre la injusta remuneración que recibieron sus esfuerzos como soldado y como productor de libros.
Como vehículo de sus reflexiones utiliza sentencias y aforismos, esa modalidad discursiva de la que había echado mano con tanto éxito en El Quijote para desarrollar la personalidad de Sancho, en este caso aprovechados más bien por su carácter doctrinal que como parte esencial de la caracterización de personajes.

Lo que pide el peregrino español son “sentencias sacadas de la verdad”, o cuando menos que lo parezcan, a lo que las mujeres reunidas en el mesón responden con sentencias que preconizan la honestidad como valor supremo de la mujer, un tema que se trata a lo largo del relato con la característica dosis de ironía cervantina, mientras que las sentencias que proporcionan los hombres tienen que ver con el valor en las acciones militares.
Es importante señalar que el peregrino que quiere hacer una obra que recoja las sentencias que le proporcionan otros tiene, de hecho, poco de “oportunista”, ya que se trata de material cuya autoría no era cosa a disputarse. Tanto las sentencias de origen culto como las que provenían de la tradición, de la boca del pueblo, podían ser “apropiadas” por cualquiera; y así tenemos que el propio Marqués de Santillana reconoce que sus “Proverbios” fueron tomados lo mismo de Platón que de Aristóteles, Virgilio, Ovidio y Terencio, a la vez que señala que ellos mismos “de otros tomaron, e los otros de otros, e los otros a aquellos que por luenga vida e sotil inquisición alcanCaron las experiencias e cabsas de las cosas”.
No se trata por lo tanto de medrar a costa de otros, con “trabajo ajeno”, lo único que no debe hacerse con el saber tradicional es utilizarlos sin ton ni son, como lo hace Sancho a menudo provocando la irritación de don Quijote.

Los que sí obtenían provecho propio por trabajo ajeno, nos recuerda Cervantes, eran los libreros que se apropiaban de la obra de quienes la creaban. De ellos se queja aclarando que si bien la imprenta había multiplicado las posibilidades de lectura de las obras de entretenimiento como las que habían nacido de su ingenio, había traído consigo a los intermediarios que obtenían los beneficios de la distribución y venta de los libros, dejando al autor sin control alguno.

Mucho se ha escrito sobre la estrechez con la que parece haber vivido Cervantes toda su vida, siendo que sus recursos, en la época en la que está novelando estas reflexiones, no deben haber sido tan limitadas como se podría deducir de sus quejas. Lo que es indudable es que no le parecerían suficientes, algo que subraya con la selección que hace en el mencionado capítulo del Persiles de la sentencia que le proporciona al peregrino español un personaje que no está en el mesón adonde se encuentran reunidos, Diego Ratos, el “corcovado zapatero de viejo en Tordesillas”: “No desees, y serás el más rico hombre del mundo”, que el recopilador de sentencias califica como la más atinada.

Cuando ya Cervantes ha comprobado que su obra había llegado y llegaría a innumerables lectores, vuelve su mirada sobre lo que significaba que la literatura se integrara en el nuevo orden económico y concentra en los libreros sus sentimientos de injusticia por la retribución que recibió por su labor creativa, si bien la mediatización entre autor y lector que había exacerbado el advenimiento de la imprenta incluía no sólo a libreros, sino a censores e impresores que podían desvirtuar, o inclusive impedir, la impresión y distribución de una obra, por no hablar de los consabidos patronos a quienes había de acogerse un autor dedicándoles las obras a fin de poder acceder al público al que estaban destinadas.

La imprenta había de multiplicar extraordinariamente los lectores de la obra de Cervantes; nuevos y viejos lectores de sus libros reconocerían el genio de quien se atrevía a decir inequívocamente: “Yo soy aquel que en la invención excede/ a muchos”. Pero también los alejaba de su autor, permitía plagios y encumbraba a escritores que merecían ser destruidos por los dioses del Parnaso. A él, genial productor de libros, lo dejaba, al final de su vida, con fama, pero injustamente sumido en la necesidad.
Mariscal Hay. Catedrática de El Colegio de México.

Ensayo tomado del libro Cuatrocientos años del Ingenioso Hidalgo, de próxima aparición, coeditado por el ITESM y el FCE.




Confabulario — título que rinde homenaje a Juan José Arreola
 
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