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20 de noviembre de 2004

 

El Niño Araña


Existe un abismo insondable entre las apariencias y la realidad. Nunca como ahora la confrontación entre estos dos mundos se ha vuelto tan cotidiana. Éste es, de hecho, uno de los temas principales de Joyce Carol Oates (Lockport, N. Y., 1938). Prolífica y versátil, su producción literaria no tiene igual. Autora de más de 70 libros, abarca con la misma destreza el género de la novela y el cuento, que el de la poesía, la crítica, el ensayo, el teatro o la literatura infantil. Tiene, incluso, un libro sobre el boxeo. Candidata al Premio Nobel en dos ocasiones, esta mujer de hábitos sencillos y trabajo incansable, es profesora en la Universidad de Princeton desde hace más de dos décadas. El niño araña, cuento que confabulario presenta aquí en exclusiva para los lectores de habla hispana, traza la compleja arquitectura de un mundo violento y trágico, oculto bajo las ataduras de los convencionalismos y del implacable designio de la infelicidad cotidiana. Pero, sobre todo, este relato es una inquietante exposición acerca del vínculo impalpable que existe ente violencia y amor, otro de los temas que obsesionan a la autora.

Por Joyce Carol Oates

—En el mundo hay sitios donde la gente desaparece.
Eran palabras su padre. Las había pronunciado llanamente, sin ningún aire de misterio o de amenaza. No era una frase que pudiera desafiarse y tampoco era una frase que se pudiera explicar. Después, cuando pasó mucho tiempo sin ver a su padre —parecía que habían transcurrido meses o tal vez sólo unas semanas—, trató de recordar aquellas palabras, tal y como él las había enunciado, pero para entonces ya se sentía inseguro, ansioso. ¿Qué había dicho su padre: donde la gente desaparece, o donde la gente puede desaparecer?
¡La diferencia era fundamental!

—Recuerda tu nuevo apellido. Piensa antes de responder. No sólo cuando te pregunten “¿cómo te llamas?”, sino cualquier cosa. Humedécete los labios: eso ayuda a ganar tiempo. Tiempo para no cometer un error que luego no puedas deshacer.
Su madre sonrió. Se había cortado el cabello, tenía un nuevo peinado y saludaba de una manera distinta, con su temblorosa mano izquierda sobre la derecha, más firme, que extendía al nivel de la cintura, como un experimentado jugador de tenis que sostiene una raqueta.
Sin embargo, no era su nombre sino su apellido lo que estaba a discusión. Su apellido había caído en tal ignominia que él había llegado a sentir cierta fascinación con su sonoridad prohibida: las vocales y las consonantes omitidas, el ascenso de la última sílaba en una expresión de sorpresa (probablemente fingida), como la de una ceja arqueada. Cuando estaba solo, Philip pronunciaba su antiguo apellido en voz alta, imitando a los locutores de los noticieros que le imprimían un aire de intriga y de reproche. A veces, en la oscuridad, cuando estaba en la cama de su nuevo cuarto, en casa de sus abuelos, hundía el rostro en la almohada y pronunciaba el apellido indecible, enunciando cada sílaba de manera equitativa y subrayándola con desafío: Szaar-ra. Pronunciaba su apellido hasta quedar sin aliento, hasta que le dolían los pulmones, hasta que se veía obligado a sofocar un pánico casi placentero que recorría todo su cuerpo.
Una almohada. A la altura de la boca, humedecida por la saliva. Una almohada es un objeto cómodo si se usa para apoyar la cabeza, pero cuando se está bocarriba y alguien la presiona contra el rostro, es imposible reunir las fuerzas necesarias para apartarla y salvarse.

—Sí. Nos mudamos fuera del estado.
Incluso antes de que se iniciaran las audiencias, su madre había solicitado el divorcio. Y antes de pedirlo, los había obligado a mudarse. Emily, Philip y ella se fueron a vivir a la casona de piedra con vista al río Hudson que tenían sus padres en Nyack, Nueva York.
Ahora, para llegar a su antigua casa en Trenton, que tenía vista al río Delaware, debían conducir varias horas. En el mapa, la distancia no parecía muy grande, pero había un aire de finalidad en la frase que su madre repetía una y otra vez: “Fuera del estado”.
A Philip se le quedaron grabadas las palabras fuera del estado, pronunciadas en el tono asfixiante e inflexible de su madre. Era como si dijera: Fuera del espacio, fuera del tiempo.
Fuera del peligro, fuera del daño.
Fuera del contagio tóxico.

En este nuevo estado era imprescindible un apellido que reemplazara y nulificara al anterior, tan lleno de desgracia. ¡Y pronto!, antes de que Emily y Philip quedaran inscritos en la nueva escuela.
Emily, de quince años, y quien estudiaba segundo grado de secundaria, en la Academia Nyack; y Philip, que en agosto cumpliría trece años y cursaba octavo grado, en la Escuela Edgerstoune. En Nueva Jersey ambos habían asistido a la Escuela Pennington, en un suburbio al norte de Trenton. A veces su madre los llevaba a la escuela en auto. Otras, lo hacía uno de los asistentes de su padre. Una tercera alternativa era el camión de la escuela, del mismo brillante color calabaza de los otros transportes escolares, sólo que tres veces más pequeño. En ese camión, hermano y hermana jamás se sentaban juntos. Se limitaban a reconocer su mutua presencia de manera cortés, con una sonrisa apocada.
Durante las semanas en que se llevaron a cabo las audiencias de impugnación no dejaron de asistir a Pennington, pero cuando a su padre se le acusó de un cargo criminal, su madre decidió sacarlos de la escuela.
—Así tiene que ser. No pueden sufrir por culpa de él. Apenas son unos niños.
En Nyack, se hizo oficial: donde antes decía Szaara ahora decía Hudgkins.
Donde antes decía Philip Szaara ahora decía Philip Hudgkins.
Desde luego este no era un nuevo apellido nuevo. Era el apellido que tenían sus abuelos en Nyack y el cual —insistía su madre— estaba asociado sólo con cosas alegres. Ella retomó con alivio su apellido de soltera. Durante los dieciséis años que duró casada con el político de Nueva Jersey Roy Szaara, algunas de sus amigas de la prestigiosa universidad Bryn Mawr seguían llamándola Miriam Hudgkins: “No es un gran cambio. Más bien, es como volver a casa”.

El Niño Araña.
Uno podría pensar que el nombre era una referencia juguetona a la tira cómica del superhéroe Hombre Araña, pero Philip no tenía el menor interés en el Hombre Araña, ni en las otras tiras cómicas, películas de acción y videojuegos que tanto cautivaban a los otros niños.
—El Niño Araña.
Decir su nombre en voz alta era una forma de evocar la potente y sobrenatural presencia que ahora existía sólo en su memoria. Si no fuera por un único recordatorio (hediondo, horrendo, de un tamaño espantoso, y en modo alguno un objeto a confundirse con alguna de las pertenencias de Philip), que ocultaba en un escondite secreto en su cuarto, Philip podría haber empezado a preguntarse si en verdad había existido el Niño Araña.
Y sin embargo, recordaba claramente el trabajo que le había costado sonreír. Y la extraña sensación que tuvo en la mandíbula. Su propia voz débil y decepcionante, como de niña. Había tenido que repetir las palabras para que el Niño Araña las escuchara en medio del estruendo del tráfico. Recordaba haber cerrado los puños dentro de los bolsillos de su chamarra de la Escuela Pennington. También, que el Niño Araña mendigaba en las afueras de la estación ferroviaria de Camden. Su postura era extraña, como de sensual jactancia. La palma de su mano estaba abierta con descaro hacia arriba, mientras que tenía la otra empuñada, hundida en el bolsillo de sus pantalones sucios, como un lastre.
El Niño Araña era un poco mayor que Philip. Varios centímetros más alto. Tenía la cabeza rapada y profundos ojos vidriados de color oscuro; una barba sombría y fantasmal. Había algo espasmódico, incluso arácnido, en la forma en que sus brazos se proyectaban de sus hombros huesudos, y en sus piernas larguiruchas y desasosegadas. Llevaba una camiseta negra desaliñada y pantalones vaqueros con agujeros en las rodillas. En los pies: zapatos tenis usadísimos, reparados toscamente con cinta adhesiva. El dedo pequeño de su pie izquierdo se asomaba por la tela putrefacta como una lengua caprichosa.
Desde luego, Philip nunca lo había llamado Niño Araña. En ese momento, había sido incapaz de decir algo más que: Disculpa... Se sintió excitado, turbado y sorprendido al notar la ansiedad con que el muchacho se volvió hacia él, y la forma en que una repentina llamarada de algo similar a la esperanza iluminó sus ojos hundidos.
Niño Araña. Philip quería sentir repugnancia por él. De ese modo podría evitar un sentimiento de mayor ternura.

—¿Pero cómo van a saber quién eres?
Su madre se rió de él, no con crueldad, sino de esa forma en que ríe una madre que ama a su hijo, sin importar cuán estúpido, equivocado o molesto sea.
—Pero si eres exactamente quien afirmas ser: Philip Hudgkins. ¿Por qué habrían de sospechar lo contrario en tu nueva escuela?
Philip vaciló. Frunció el ceño.
Ese tipo de caras exasperaba a su madre. Philip se apresuró a murmurar que sí, que seguramente ella tenía razón, que lo sentía mucho.
Los ojos de su madre desbordaban sufrimiento, denotando que su dolor era mutuo:
—Ya sé que no lo dices en serio, cariño. Son tus nervios.
Philip suponía que sí. Decir nervios era una forma de recordarle a Philip que era una persona muy sensible, igual que su madre, y no tosco, cruel, manipulador e intrigante como su padre.
Más aún, lo de sus nervios no era su culpa, sino resultado directo del comportamiento de otros. Culpa de las circunstancias de nuestra vida.
Sin embargo, lo que a Philip le reverberaba en los oídos era la palabra cariño. También era una señal: de que era amado, como un niño es amado; de que no era un muchacho adolescente sino un niño-muchacho; el bebé de su madre. El sonido de aquella palabra lo hizo sentir un golpe de remordimiento: no merecía que lo llamaran cariño, como tampoco merecía el amor de su madre. Pronto, estaría demasiado grande para eso, como incluso ella tendría que reconocerlo.
El padre de Philip no lo había llamado así en mucho tiempo. Usar cariño para dirigirse a un niño de trece años ofendía el sentido de hombría de su padre. Lo llamaba por su nombre formal, completo: Philip. Pero, cuando estaban juntos en presencia de los muchachos que viajaban de aventón (“esos que piden aventón” era el término con que se referían a los jóvenes), casi siempre su padre se dirigía a él con un simple tú.
En presencia de esos muchachos que pedían aventón su padre tenía un modo de hablar exuberante, pero cauteloso. Una forma de reír que hacía que uno quisiera reír con él. Acostumbraba revolverle el cabello a Philip y molestarlo como se fastidia a un niño pequeño. Era más afectuoso. Cada vez que hacía que Philip se bajara del coche en la esquina de State Street y Mercer, adonde el niño volvía solo al departamento del doceavo piso, le daba un apretoncito en el brazo, a la altura del codo.
—Tienes llave. Entra. Si no he vuelto a las doce, no me esperes. Nos vemos en la mañana.
A veces: Hey, pórtate bien, y un impulsivo beso a un lado de la cabeza, contra la sien izquierda de Philip, en el sitio donde latía trémula una delgada vena azul.

El director de la escuela, el doctor Simmons, invariablemente saludaba al nuevo estudiante, recién transferido desde Nueva Jersey, al que la mayoría de sus compañeros ignoraba por completo. Decía Hola y ¿Cómo están tu madre y su familia?, de una manera discreta, sin mencionar jamás a un padre, vivo o muerto. ¿Cómo estás?, con una cálida y alentadora sonrisa, como la que se usa con alguien que está convaleciente. Y Philip, siempre cuidadoso de incluir la palabra señor, hacía su mejor esfuerzo por devolverle la sonrisa y responder, imitando la voz que su madre usaba en el teléfono.
Conforme pasaron los meses, a Philip le pareció dolorosamente claro que no sólo no había nadie que sospechara de su identidad, sino que casi siempre era invisible a los ojos de sus compañeros. Si los muchachos más grandes le daban de empellones era sólo porque Philip estaba ahí: una diminuta presencia física a quien empujar. Él, Philip Hudgkins, un estudiante que venía de otra escuela, con una manera de retraerse que lo obligaba a retroceder incluso cuando avanzaba, era una víctima poco atractiva para quienes, bajo otras circunstancias, habrían deseado ejercer la crueldad.
Philip suponía que sus maestros sabían. A pesar de que el doctor Simmons había prometido discreción absoluta (su madre lo había exigido así), a Philip le parecía que era muy probable que supieran. En ciertos círculos de Nyack debía quedar algún rastro del largo eslabón que unía a los Hudgkins con los Szaara. La madre de Philip quería olvidar que se había casado en Nyack y que, durante 16 años, había vuelto a casa con su gregario y atractivo marido republicano-en-ascenso para visitar a sus padres y presentarlo a sus amistades. ¿Cómo podían anular eso sus desesperados intentos? Peor aún, tras meses de silencio, reaparecieron los titulares con la palabra Szaara, no sólo en los diarios de Nueva Jersey, sino también en la sección metropolitana del Times, ya que las noticias de cargos por mala conducta, uso indebido de fondos públicos, soborno y cohecho que se le imputaban al político en funciones, se habían transformado en algo mucho más grave: violación de menores, agresión sexual a un menor, rapto de un menor, y conspiración en la comisión de esos delitos. Después de intervenir el teléfono de Roy Szaara a fin de reunir evidencias de su mal comportamiento político, los investigadores de la oficina del procurador general habían quedado atónitos al descubrir evidencias de una actividad criminal enteramente distinta.

El verano anterior Philip y su padre habían ido varias veces a acampar al parque Delaware Water Gap, al noroeste de Nueva Jersey. Es decir, la intención había sido acampar. En el asiento trasero del auto, su padre tenía sacos para dormir sin estrenar, botas de montañismo, botellas de agua Evian, y paquetes de granola. Una manta ligera marca L.L. Bean, una almohada.
Su madre casi nunca le preguntaba a Philip sobre sus fines de semana con su padre.
—A tu madre le interesa saber de ti lo mismo que le interesa saber de mí: absolutamente nada —dijo su padre—. Lo único que le importa es su orgullo: su vapuleado orgullo de clase; su deseo de rasparme con una espátula de sus zapatos.
Su padre soltó una risita y se inclinó para darle un beso a Philip, a un lado de la cabeza.
Roy Szaara tenía un rostro ancho y sólido, bruñido como una moneda. Tenía la cara de alguien muy fotografiado. Las arrugas irradiaban de las comisuras de sus ojos claros, francos, cautivantes. El partido de su cabello, oscuro y entrecano, era quirúrgico. Usaba maquillaje para algunas de sus apariciones en público: un toque muy ligero de máscara de pestañas color negro-tinta.
Para hacer sus giras por Chester, Pennsylvania, South Philly y Camden, Nueva Jersey, usaba lentes coloreados que tenían armazones de metal a la última moda. Silbaba: estaba de buenas. Rara vez mencionaba lo que hacía durante la semana en el capitolio a no ser para decirle a Philip que todo iba bien. Nunca le preguntaba por su madre o su hermana. Sin falta, se afeitaba justo antes de recogerlo en la escuela, todos los viernes a las 3:20 p.m. Olía a colonia y a algo dulce como vainilla.
—Ve a decirle. Pobre niño. Pregúntale si quiere que lo llevemos, si tiene hambre.
Era una estación de autobuses en Chester. O la del ferrocarril en la Calle 30, en Filadelfia. O la del tren en Camden. La última vez, con un golpecito en el hombro, el padre de Philip lo había urgido a descender del coche. Como un sonámbulo, pero con los ojos desmesuradamente abiertos, Philip se había abierto paso por entre una estruendosa familia que cargaba su camioneta, para llegar hasta el muchacho que pedía limosna apáticamente en el entronque de la carretera.
Era un solitario muchacho blanco a quien nadie veía más que de pasada. Estaba ahí, de pie, con la mano extendida y la palma hacia arriba, terco, inamovible. Había en él algo infantil y feral que hizo que Philip se sintiera turbado, así que le causó sorpresa que el muchacho lo mirara con ansias, como esperando a que lo reconocieran.
—Disculpa. Mi papá y yo vamos a ir a McDonald’s por unas hamburguesas. Dice mi papá que, si quieres, puedes venir con nosotros.
Esas palabras habían sido programadas para Philip, excepto por el dice mi papá, que era adición suya.
Después de comer, su padre se había dirigido a Trenton para llevar
a Philip en el departamento. Ya era tarde, casi las diez. A Philip le dolía la cabeza de cansancio. Iba en el asiento trasero. El muchacho, quien decía llamarse Reuben, pero que se había mostrado renuente a la hora de revelar su apellido, iba en el asiento de enfrente, junto al padre de Philip y fumaba el cigarrillo que éste le había ofrecido. Reuben casi vociferaba al hablar. Su discurso entero estaba salpicado de carajo, puta-madre, chingada. En McDonald’s Reuben se había atragantado tres Quarter Pounders, dos órdenes de papas fritas y un refresco gigante. Philip se había quedado atónito cuando el muchacho eructó estrepitosamente sin pedir disculpas, como si fuera una ocurrencia digna de aplauso. La conversación transcurrió casi exclusivamente entre Reuben y el padre de Philip, pero Philip no se había ofendido, o no mucho: ya en dos ocasiones anteriores, en compañía de su padre, había ocurrido algo similar en otros Mc Donald’s, con otros muchachos muertos de hambre, y cada vez Philip había tratado de consolarse pensando: Papá quiere que él se sienta especial. Es alguien digno de lástima.
Resultó que Reuben era de Toms River, al este de Nueva Jersey. Había “rolado” en Atlantic City y luego viajó de aventón a Philly, donde tenía contactos. “A la larga”, afirmó, se dirigía a Nueva York. Cuando, en la esquina de State Street y Mercer, Philip se movió para bajarse del auto, Reuben se mostró sorprendido y le preguntó que por qué no iba a acompañarlos. El padre de Philip explicó que Philip era demasiado joven para ir al sitio adonde quería llevar a Reuben: el Café a Go-Go Bar & Lounge. Philip era mucho muy joven. Su padre lanzó una carcajada, y Reuben se rió también, exhalando una bocanada de humo.

—Tienes llave. No me esperes. ¡Buenas noches!
Philip se ocultó en el vestíbulo del edificio y vio a su padre alejarse con Reuben. Esta vez sí sintió una puñalada de celos, pero sabía que, al día siguiente, Reuben se habría ido y no tendría que compartir a su padre con nadie más. Roy Szaara conducía un Acura: un flamante sedan de hermoso color bronce pálido. Él siempre tenía autos nuevos, que arrendaba. Philip había advertido la admiración en los ojos del muchacho cuando se acercaron al Acura. Ahora Philip veía al auto reintegrarse al tráfico de State Street. Muy pronto, desapareció en un flujo de vehículos rutilantes que se dirigían hacia el puente que pasa sobre el río Delaware.
Al día siguiente, la almohada ya no estaba en el asiento trasero del auto, aunque el resto del equipo para acampar seguía allí. Philip se preguntó si estaría en la cajuela o si su padre la habría tirado a la basura.

Antes del Niño Araña había habido otros: el Gordinflón y el Calvito; Luis y Fumarola.
Cuando le preguntó a su padre por ellos, rió y, con un ademán, le revolvió el cabello a Philip:
—En el mundo hay sitios donde la gente desaparece.
Después, su padre le explicó que lo de los muchachos que pedían aventón era un secreto entre ellos; algo que no debía revelar a nadie. ¿Philip prometía guardar el secreto?
Sí. Philip lo prometió.
Porque se trataba de muchachos que habían infringido la ley. Eran jóvenes “buscados” por la justicia por cometer algún delito y, de no ser por la intervención del padre de Philip, lo más probable es que terminaran reculidos en un centro de detención juvenil, un juvey hall, como se les conoce. Él los había convencido de volver a sus hogares. Él les había dado el dinero para tomar el autobús de regreso. Él había escuchado cómo llamaban a sus padres y había insistido en hablar con ellos personalmente para explicarles el motivo de su presencia y describirles la situación.


—Son muchachos perdidos que necesitan que alguien los encuentre —dijo su padre.
A veces, en el departamento, Philip descubría objetos olvidados por aquellos muchachos que pedían aventón: calcetines y ropa interior sucios, cajetillas de cigarros aplastadas, un solo tenis remendado con cinta adhesiva. Un cinturón de plástico con diseño de piel de cocodrilo. Una gorra de béisbol manchada de sudor. Una vez, su padre le había arrebatado por detrás una camiseta sucísima que Philip había alzado, y se río de una manera espantosa:
—Es de dar vergüenza, Philip. Tu madre debería tenerte más limpio.
Durante mucho tiempo esas palabras de reproche juguetón se le habían quedado grabadas en la mente. Philip era un niño fastidioso. Se lavaba las manos todo el tiempo, tenía compulsión por lavarse los dientes inmediatamente después de comer, porque no toleraba la sensación de restos de comida en la boca. Con el tiempo, llegó a creer que aquella camiseta sucia era suya. Eso lo hacía sentirse invadido por una vergüenza indecible, porque su padre la había visto y la recordaría también.

El Niño Araña era un secreto y seguiría siéndolo. Philip lo había prometido.
Ah, pero Philip hizo una cosa mala, algo que iba a disgustar a su padre. Porque su padre confiaba en él y Philip había violado esa confianza. Envuelto en su propia ropa interior, dentro de la mochila en la que había traído sus pertenencias, Philip se llevó el solitario tenis remendado con cinta adhesiva: un zapato mucho muy deteriorado, sucio, hediondo, de color gris metálico y probablemente del doble de tamaño que sus propios tenis. Si alguien le hubiera preguntado que por qué se llevó algo tan repugnante, Philip sólo habría podido responder que, de no hacerlo, el objeto se habría perdido.
Como si se tratara de un castigo por aquella acción, los fines de semana en Trenton se acabaron súbitamente. Pasó algún tiempo antes de que Philip entendiera por qué.

Y entonces, diez meses después de mudarse a Nyack, vino la llamada.
A la exseñora Szaara se le pedía presentar a su hijo Philip, de trece años, a la Estación de Policía de Trenton, para que lo interrogaran los detectives encargados de la “investigación en curso” que se llevaba a cabo en torno al exsenador republicado por el estado de Nueva Jersey, Roy Zsaara.
El padre de Philip había empezado a cumplir una sentencia de doce a quince años en el Centro Penitenciario Varonil de Rahway. A fin de evitar un juicio prolongado y sensacionalista, y el pago de más honorarios a los abogados —estaba en bancarrota—, Roy Zsaara se había declarado culpable de varios cargos. Los ignominiosos encabezados habían desaparecido de la primera plana del Times, sustituidos por otros, igualmente sensacionalistas, sobre personas que nadie conocía. La madre de Philip seguía incólume en su inamovible convicción de que, con el cambio de apellido, había logrado cortar de tajo todo vínculo con su exmarido. Nadie se atrevió a decirle lo contrario.
¡Ahora estaba furiosa! Lo que más la encolerizaba es que la hubieran llamado para ofrecerle “apoyo para el transporte” al Cuartel de Policía.

—Como si fuera incapaz de llegar en mi propio coche. Como si no supiera llegar. Como si me fuera a perder. Como si fuera a desaparecer.
Philip pidió permiso en la escuela para faltar y llevó consigo varios libros de texto que podían servirle para escudarse de su madre.

—Pero, ¿por qué, por qué? ¿Por qué querrían involucrarte en esto?
Philip no había visto a su padre desde que los fines de semana obligatorios habían terminado de manera abrupta. Incluso antes de eso, una cadena de televisión de Nueva Jersey había transmitido innumerables veces la renuncia de su padre. Para saber cuándo había ocurrido eso, tendría que calcular cuántas semanas habían transcurrido desde la noche en que desapareció el Niño Araña. El zapato robado estaba a salvo en su cuarto, oculto detrás de una fila de videos viejos: “Vuelo de regreso a Hawai”, “Migración alada”, “Tierra de dinosaurios”. La sirvienta guatemalteca que aseaba la casa de sus abuelos sabía que no debía tocar los videos de Philip ni nada que estuviera en los anaqueles o sobre el escritorio.
Era la primera vez que lo interrogaban sobre su padre. En una ocasión, su madre le había preguntado con una sonrisa forzada sobre los fines de semana que pasaba en Trenton; si Philip había estado “bien”; si había habido algún problema. Philip respondió que no había habido ningún problema. Fin del asunto.
Sin embargo, desde que su padre había desaparecido de su vida, Philip pensaba cada vez más en él. Ni siquiera a sus abuelos se había atrevido a sugerirles la posibilidad de que le permitieran visitarlo en prisión, pues sabía que pedir algo así los habría llenado de consternación y de furia, y no existía la menor posibilidad —ni siquiera la más remota— de que se atreviera a pedirle algo así a su madre.
Ahora, en la autopista, al ver los letreros que indicaban la salida a Rahway, la madre de Philip dijo de súbito, con una sonrisa sin aliento:
—¡Ahí está! Podríamos detenernos. ¿Te gustaría, verdad?
Philip meneó la cabeza. No.
No, porque sabía que a su padre no le gustaría que alguien lo viera en ese sitio. Su padre, que siempre había vestido al último grito de la moda: ropa cara, cortes de pelo, uñas manicuradas, los puños perpetuamente inmaculados de sus características camisas de seda blanca. A Philip esto lo reconfortaba, o así le pareció. Philip siempre había admirado el ostentoso reloj con su correa de platino que usaba su padre: un objeto caro, de una marca de prestigio, que le habían obsequiado. Su padre bromeaba diciendo que el maldito reloj era tan pesado que no podía usarlo en la cama; que el maldito reloj no daba la hora tan bien como los Timex baratos que compraba en las farmacias cuando era joven.
Ahora, Philip pensaba en él todo el tiempo, incluso cuando estaba con su madre o en clases. Escuchaba la voz paterna que lo provocaba y lo reprendía: Tu madre debería tenerte más limpio. Es un secreto entre nosotros, ¿lo prometes? Una y otra vez, volvía a oír: En el mundo hay lugares donde la gente desaparece, ¿o había dicho: En el mundo hay lugares donde la gente puede desaparecer? Otra vez vio el hermoso Acura color bronce transitando por las calles de Chester, South Philly, Camden. Pudo ver el paisaje de luces centelleantes desde el departamento que su padre tenía en el doceavo piso. Philip estaba seguro que en la estación del tren de Camden podía verse la figura del fantasma del Niño Araña; que el mostrador brillantemente iluminado de McDonald’s retenía la figura de la sombra de los tres. Si sólo pudiera volver allá y ver.
Esos recuerdos lo asaltaron de camino a Trenton. Ya habían salido de la autopista y se dirigían al sur, sobre la Ruta 1, en dirección a Trenton y el río Delaware. Como siempre, sintió la pequeña emoción que le daba ver el letrero de “Sólo salida” y “Última salida antes del Puente a Filadelfia”. Era un paisaje prácticamente abandonado, de chimeneas industriales y refinerías, fábricas y bodegas en grandes terrenos que tenían el pavimento reventado; lotes baldíos que se habían extendido demasiado, charcas llenas de aceite, anuncios espectaculares de rostros gastados pero sonrientes; edificios en renta con las ventanas tapiadas. Philip sonrió, como imaginando que volvía a la casa del río Delaware, a pesar de que ya la habían vendido; a pesar de que el departamento de su padre llevaba meses deshabitado.

—¿Lo reconoces, Philip? No te
apresures.
En el cuarto sin ventanas donde se llevaba a cabo el interrogatorio, diseminadas sobre la mesa, había media docena de fotografías de un muchacho delgado, de cabello oscuro, un poco mayor que Philip, que miraba a la cámara con el ceño fruncido. No estaba rapado. Negros y lustrosos rizos le cubrían la cabeza y en sus ojos había una expresión brillante y no taciturna como la de un cadáver. Y, sin embargo, supo que se trataba del Niño Araña, quien se veía más joven que cuando Philip lo conoció.
—El muchacho está desaparecido, Philip. En estas fotografías tiene catorce años. Ya es más grande. Desapareció en mayo. ¿Puedes darnos algún tipo de información?
Philip se quedó callado, con la mirada fija. En dos de las fotografías el muchacho llevaba una camiseta blanca. Fumaba. En otra, tenía puesto lo que parecía ser la arrugada camisa de una pijama, abotonada a medias para mostrar un pecho pálido y hundido, y un solo pezón color cereza.
No. Philip no tenía ningún tipo de información. Su madre permaneció de pie a sus espaldas, con una mano posada sobre su hombro.

—No te apresures, Philip. No hay prisa.
Eran dos detectives. Philip se sabía observado. Se percató de que estaban conscientes de que la respiración de su madre se había vuelto más agitada. Lo sorprendieron al saludarlo con un apretón de manos, como si Philip fuera adulto. Tuvieron mucho cuidado en dirigirse a su madre como “Señora Hudgkins”. En la confusión del momento Philip no pudo escuchar sus nombres. No oyó casi nada de lo que dijeron. Entendía que su madre estaba por agotar la paciencia de los detectives al insistir, una y otra vez, en que su hijo era sólo un niño; que él no sabía nada sobre la vida privada de su padre. El niño no lo había visto en meses. En los últimos años, el niño apenas se había encontrado con él en contadas ocasiones, pues su padre vivía separado del resto de la familia desde que Philip tenía diez años. Ahora el niño apenas tenía trece y estaba tratando de adaptarse a un nuevo hogar y a una escuela nueva... Los detectives escucharon amablemente. No la interrumpieron. Philip sintió una punzada de vergüenza al ver que su madre se había convertido en una mujer digna de lástima, a la que había que tratar con pinzas. Vestía toda de negro y llevaba el cabello recogido en un chongo, pero en su boca fulguraba el rojo intenso de su lápiz labial y sus ojos tenían un brillo sintético.

Se le sugirió a la madre de Philip que aguardara afuera mientras los detectives hablaban con él, pero desde luego, se rehusó. No había llevado a su hijo hasta Trenton para abandonarlo en manos de extraños.
—¿No reconoces a alguno?
Había otras carpetas con fotografías similares. Todas de muchachos adolescentes. Philip sonreía y meneaba la cabeza. No. Estaba teniendo dificultades para ver, pero no quería enjugarse los ojos con la manga de la camisa. Ese gesto denotaría debilidad, y sabía que los hombres adultos desprecian la debilidad en un niño.
—No te apresures, Philip. Nosotros comprendemos.
Posada sobre su hombro, la mano transmitía urgencia. Tan súbitamente como llega un dolor, lo asaltaron una ganas terribles de ir al baño. Su madre insistió en acompañarlo.
—No quiero dejarlo solo ni un instante. No aquí.
Philip resintió que su madre se refiriera a él en tercera persona, como si fuera un niño. Cuando Philip intentó dirigirse a la puerta y trató de esquivar a su madre, ella lo tomó del brazo y caminó a su lado, asiéndolo como a un prisionero. Los detectives se comportaron como si fuera algo perfectamente normal. Pero Philip se dio cuenta de que miraban a su madre del mismo modo en que, años atrás, advirtió que la veía su padre: con frialdad y desprecio.
En el baño para caballeros (ubicado en el segundo piso del cuartel de policía de Trenton, en un edificio viejo, a medio remodelar que daba a North Clinton Avenue), la madre de Philip se enfureció ante la perspectiva de que su hijo entrara solo al baño. Tampoco quería que alguno de los detectives lo acompañara. ¡En ese instante Philip sintió un odio terrible contra a esa mujer! Le horrorizaba que ella entrara al baño con él. Uno de los detectives sugirió un arreglo: entraría a revisar el baño para cerciorarse de que estaba desierto. La madre de Philip podía entrar a verificarlo. De ese modo Philip podía usar el baño sin que lo molestaran. Mientras estuviera ahí dentro, no se le permitiría entrar a nadie. Ella podía esperarlo inmediatamente afuera para escoltarlo de regreso a la sala de interrogatorios. Así la señora Hudgkins podía estar segura de que nadie se acercaría a su hijo sin su autorización.
Como si sospechara que se trataba de un ardid, la madre de Philip accedió de mala gana, y Philip pudo usar el baño tranquilamente. ¡Cómo le recordaba todo esto a cuando iba al jardín de niños, su madre ansiosísima, supervisando sus primeros días de escuela! Philip no podía soportar su propia imagen en el espejo. Le resultaba intolerable ver a esa pobre alma, débil y temerosa, centelleante como las lágrimas en sus ojos. Tuvo dificultad para orinar. Se preguntó si una cámara de vigilancia lo estaría filmando. Cuando salió del baño, temblaba de indignación. Trató de no llorar. De inmediato su madre dijo que todo esto lo perturbaba demasiado, que llevaría a Philip de vuelta a Nyack en ese mismo instante. Enfurecido, Philip se soltó de su mano y le dijo a los detectives:
—Yo lo vi. Al primero. Se llamaba Reuben.
Se llamaba, dijo sin pensar. No había querido hablar en tiempo pasado. No tenía motivo alguno para pensar en pasado. Pero, en un ataque verbal que su madre no pudo contener, les contó a los detectives todo lo que se había propuesto no decir aquel día. Quedó grabado. No podía desdecirse. Había cierto alivio en eso.

—Aún es de día: ¡habría pensado que ya era de noche!
Su madre inspeccionaba los alrededores como si no reconociera su ubicación. Habían estado en el cuartel de policía lo que parecía un día entero y, sin embargo, cuando salieron, el sol aún brillaba sobre el horizonte y el cielo se veía brumoso de luz. La madre de Philip estaba agitada, aturdida. Sus movimientos eran los de una anciana.
En el coche, pareció recomponerse. Hizo girar bruscamente la llave de encendido y apretó el acelerador a fondo.
En medio del tráfico de Trenton, la madre de Philip viró intempestivamente hacia el oeste, en dirección al río. No podía soportar la Ruta 1, no por segunda vez en un mismo día. Para evitar Trenton, tomaría la Calle River en dirección norte, hasta la I-95. Era más largo, pero dijo que valía la pena.

—Vamos a pasar por la que era nuestra casa, pero no nos detendremos. Ahora viven allí otras personas. ¡Pues que tengan suerte!
En el cuartel de policía la madre de Philip se había alterado tanto que no pudo escuchar el interrogatorio. Fue necesario escoltarla para que esperara afuera. Luego, cuando Philip salió, ella corrió para abrazarlo, sin decir nada. Philip había llorado y ella lo estrechó con tal fuerza que ambos temblaron al unísono mientras los detectives presencaiaban avergonzados la escena.
Ahora, mientras su madre conducía por River Road, ella dijo, como pensando en voz alta:
—Tenías que hacerlo. Ya sé.
Un estrecho canal de agua lodosa corría paralelo a River Road. Más adelante, podía verse el amplio y sinuoso río Delaware. Del otro lado de la carretera, pequeñas casas suburbanas daban paso, unos cuantos kilómetros más adelante, a imponentes mansiones en las colinas ornamentadas. Allá, en la cima de una de ellas, estaba la casa de cristal y estuco estilo contemporáneo que habían habitado los Szaara, en una época que ahora parecía muy distante.
La madre de Philip se limitó a mirar la casa con de reojo.
—Nunca fui feliz en esa casa. Ese tipo de arquitectura no tiene alma.
Philip miró de soslayo la construcción, apenas visible detrás de una valla de enebros. Sintió una punzada en el ojo. Detestaba que gente desconocida la habitara y que otro niño se hubiera apropiado de su cuarto: un niño de su edad o más chico sin nada qué temer del futuro.
Philip pensó que su madre tomaría la rampa para ingresar a la I-95, cerca de Titusville, pero la pasó de largo, sin detenerse. Philip no se atrevió a decir nada. Su madre, que estaba prendida del volante, conducía a una velocidad muy superior al límite permitido. Cada vez se desviaba más de la autopista y del Parque Garden State que los llevaría de vuelta a Nyack. Ya estaban muchos kilómetros adelante de los suburbios de Trenton, en un área casi despoblada, al oeste de Nueva Jersey, limitada a la derecha por colinas densamente arboladas. La madre de Philip respiraba con agitación.

—Estoy furiosa contigo, Philip —dijo de pronto—. Estoy tan furiosa que temo que me estalle el corazón. Tengo que detenerme. Creo que lo mejor será que te bajes y me dejes sola un momento.
Philip quedó atónito. Era incapaz de habar, de defenderse. En el cuartel de policía había intentado decirle que lo sentía mucho, pero ella lo abrazó con calidez. Creía que lo había perdonado.
Pero ahora, decía violentamente:
—La deshonra que nos has traído. Más deshonra. ¡Muchachitos que pedían aventón! Saldrá en los periódicos, saldrá en todos los canales. ¿Dónde nos escondemos? Imposible mudarnos de nuevo. Pudiste dejar el asunto en paz, Philip. Ese muchacho, ese muchacho desaparecido: pudiste dejarlo en paz.
Su madre frenó bruscamente. El coche derrapó, se salió de la cinta asfáltica y fue a dar a una cuneta desierta. Estaban en el límite del Parque Estatal Washington Crossing. Sin decir nada, Philip abrió la puerta de un golpe y corrió desaforadamente. Temblaba de dolor, de indignación. Advirtió que había algunas mesas para los días de campo, unas bancas. Sanitarios con persianas en unas cabañas de falsa madera. Un basurero rebosante de basura.

Philip no iba a llorar. Estaba furioso. Su madre no tenía derecho a castigarlo en un momento así. Lo único que había hecho era decir la verdad, lo que sabía. No quería que la verdad se perdiera, incluso si eso los deshonraba a todos. Sabía que si volvía implorando, lloriqueante y acobardado, su madre volvería a quererlo, pero Philip no quería saber nada del amor de su madre; no quería saber nada del amor de su padre. No quería volver a verlos jamás.

La cuneta daba pie a un sendero tapizado de pedacitos de madera húmeda. Conducía a un área de colinas arboladas. Había un letrero que decía “Sendero de la montaña: 5 kilómetros”. Philip empezó a caminar y a correr de vez en vez. No sabía dónde estaba ni qué hacía. Sólo quería huir. En Trenton, en la sala de interrogatorios se había sentido exhausto, quería recostar la cabeza en su brazo y cerrar los ojos, pero en este nuevo lugar recobró fuerzas. Un olor a tierra mojada y a vegetación nueva lo invadía todo. Para ser principios de abril, ése había sido un día insólitamente cálido. Pequeños insectos, zancudos y mosquitas le pasaban rozando. Empezó a sudar. Su madre lo había obligado a ponerse una chaqueta con forro. Se la quitó y la dejó tirada en el sendero. Era un camino empinado. Todo ese verano, el verano pasado, su padre le había prometido llevarlo al Delaware Water Gap para acampar, pero siempre surgía algún imprevisto, siempre se atravesaba “algo”. Ahora Philip nunca volvería a ver a su padre porque había faltado a su promesa: todo había terminado.

Pasó la marca de dos kilómetros y luego la de cuatro. Tenía los pies empapados. La hierba invadía el sendero. Respiraba de manera entrecortada. Para entonces habían transcurrido más de cuarenta minutos. Para entonces su madre estaría deambulando, acongojada y temerosa, entre las mesas y los botes de basura retacados, gritando:
— ¿Philip? ¿Phi-lip? ¿Dónde estás?, sin saber muy bien si lo que sentía era enojo o alarma. Philip la imaginaba tirando de la puerta (cerrada con candado) del baño de hombres; la fulgurante boca roja llamándolo, una y otra vez, pronunciando su nombre y, en represalia, silencio.

El sol había descendido y colgaba pálidamente, como una hoz, justo por encima de la línea de los árboles. Philip estaba en un terreno elevado. Caminaba al borde de una saliente paralela a un tranquilo arroyo. Hacía mucho que el sendero tapizado con pedacitos de madera se había acabado. Este otro camino llegaba a ser tan tenue, que resultaba difícil diferenciarlo de la maleza que lo rodeaba. Philip escuchó voces. Por un trágico instante pensó que tal vez había caminado en círculo y se dirigía de vuelta adonde estaba su madre, pero era imposible. Avanzaba tratando de mantener el equilibrio en el borde de la colina. Abajo había una ensenada, y en el fondo, varios adultos y niños. Un hombre lanzaba una línea de pescar al agua que se veía oscura y brillosa. Un niño se acuclillaba a su lado. Philip se detuvo para que no lo vieran. Estaba como a diez metros por encima de la ensenada, jadeando. Se agazapó entre unos cantos muy grandes. En un intento por recuperar el aliento, apoyó los codos en sus rodillas. Estaba rodeado de piedras: la menor presión haría que uno de los cantos rodara colina abajo. Philip permaneció inmóvil. Vio al niño que estaba en el fondo de la ensenado alzar la vista y saludarlo con un ademán. Vio al hombre que pescaba alzar la vista en dirección a él. Philip no había querido que lo descubrieran, pero ya lo habían visto. Sin pensarlo, alzó un brazo para responder el saludo.
¿Lo llamarían? ¿Lo invitarían a acompañarlos? Quizás ese largo día terminaría ahí, en algún sitio al oeste de Nueva Jersey, en el Parque estatal Washington Crossing.


Traducción de Laura Emilia Pacheco.
© 2004 Ontario Review Inc. Publicado inicialmente en The New Yorker, 20 de septiembre de 2004.

Joyce Carol Oates. Su libro más reciente es The Falls (2004).



Confabulario — título que rinde homenaje a Juan José Arreola
 
Héctor de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx