Existe un abismo insondable entre las apariencias y la realidad.
Nunca como ahora la confrontación entre estos dos mundos
se ha vuelto tan cotidiana. Éste es, de hecho, uno de los
temas principales de Joyce Carol Oates (Lockport, N. Y., 1938).
Prolífica y versátil, su producción literaria
no tiene igual. Autora de más de 70 libros, abarca con la
misma destreza el género de la novela y el cuento, que el
de la poesía, la crítica, el ensayo, el teatro o la
literatura infantil. Tiene, incluso, un libro sobre el boxeo. Candidata
al Premio Nobel en dos ocasiones, esta mujer de hábitos sencillos
y trabajo incansable, es profesora en la Universidad de Princeton
desde hace más de dos décadas. El niño araña,
cuento que confabulario presenta aquí en exclusiva para los
lectores de habla hispana, traza la compleja arquitectura de un
mundo violento y trágico, oculto bajo las ataduras de los
convencionalismos y del implacable designio de la infelicidad cotidiana.
Pero, sobre todo, este relato es una inquietante exposición
acerca del vínculo impalpable que existe ente violencia y
amor, otro de los temas que obsesionan a la autora.
Por
Joyce Carol Oates
—En el mundo hay
sitios donde la gente desaparece.
Eran palabras su padre. Las había pronunciado llanamente,
sin ningún aire de misterio o de amenaza. No era una frase
que pudiera desafiarse y tampoco era una frase que se pudiera explicar.
Después, cuando pasó mucho tiempo sin ver a su padre
—parecía que habían transcurrido meses o tal
vez sólo unas semanas—, trató de recordar aquellas
palabras, tal y como él las había enunciado, pero
para entonces ya se sentía inseguro, ansioso. ¿Qué
había dicho su padre: donde la gente desaparece, o donde
la gente puede desaparecer?
¡La diferencia era fundamental!
—Recuerda tu nuevo
apellido. Piensa antes de responder. No sólo cuando te pregunten
“¿cómo te llamas?”, sino cualquier cosa.
Humedécete los labios: eso ayuda a ganar tiempo. Tiempo para
no cometer un error que luego no puedas deshacer.
Su madre sonrió. Se había cortado el cabello, tenía
un nuevo peinado y saludaba de una manera distinta, con su temblorosa
mano izquierda sobre la derecha, más firme, que extendía
al nivel de la cintura, como un experimentado jugador de tenis que
sostiene una raqueta.
Sin embargo, no era su nombre sino su apellido lo que estaba a discusión.
Su apellido había caído en tal ignominia que él
había llegado a sentir cierta fascinación con su sonoridad
prohibida: las vocales y las consonantes omitidas, el ascenso de
la última sílaba en una expresión de sorpresa
(probablemente fingida), como la de una ceja arqueada. Cuando estaba
solo, Philip pronunciaba su antiguo apellido en voz alta, imitando
a los locutores de los noticieros que le imprimían un aire
de intriga y de reproche. A veces, en la oscuridad, cuando estaba
en la cama de su nuevo cuarto, en casa de sus abuelos, hundía
el rostro en la almohada y pronunciaba el apellido indecible, enunciando
cada sílaba de manera equitativa y subrayándola con
desafío: Szaar-ra. Pronunciaba su apellido hasta quedar sin
aliento, hasta que le dolían los pulmones, hasta que se veía
obligado a sofocar un pánico casi placentero que recorría
todo su cuerpo.
Una almohada. A la altura de la boca, humedecida por la saliva.
Una almohada es un objeto cómodo si se usa para apoyar la
cabeza, pero cuando se está bocarriba y alguien la presiona
contra el rostro, es imposible reunir las fuerzas necesarias para
apartarla y salvarse.
—Sí. Nos
mudamos fuera del estado.
Incluso antes de que se iniciaran las audiencias, su madre había
solicitado el divorcio. Y antes de pedirlo, los había obligado
a mudarse. Emily, Philip y ella se fueron a vivir a la casona de
piedra con vista al río Hudson que tenían sus padres
en Nyack, Nueva York.
Ahora, para llegar a su antigua casa en Trenton, que tenía
vista al río Delaware, debían conducir varias horas.
En el mapa, la distancia no parecía muy grande, pero había
un aire de finalidad en la frase que su madre repetía una
y otra vez: “Fuera del estado”.
A Philip se le quedaron grabadas las palabras fuera del estado,
pronunciadas en el tono asfixiante e inflexible de su madre. Era
como si dijera: Fuera del espacio, fuera del tiempo.
Fuera del peligro, fuera del daño.
Fuera del contagio tóxico.
En este nuevo estado
era imprescindible un apellido que reemplazara y nulificara al anterior,
tan lleno de desgracia. ¡Y pronto!, antes de que Emily y Philip
quedaran inscritos en la nueva escuela.
Emily, de quince años, y quien estudiaba segundo grado de
secundaria, en la Academia Nyack; y Philip, que en agosto cumpliría
trece años y cursaba octavo grado, en la Escuela Edgerstoune.
En Nueva Jersey ambos habían asistido a la Escuela Pennington,
en un suburbio al norte de Trenton. A veces su madre los llevaba
a la escuela en auto. Otras, lo hacía uno de los asistentes
de su padre. Una tercera alternativa era el camión de la
escuela, del mismo brillante color calabaza de los otros transportes
escolares, sólo que tres veces más pequeño.
En ese camión, hermano y hermana jamás se sentaban
juntos. Se limitaban a reconocer su mutua presencia de manera cortés,
con una sonrisa apocada.
Durante las semanas en que se llevaron a cabo las audiencias de
impugnación no dejaron de asistir a Pennington, pero cuando
a su padre se le acusó de un cargo criminal, su madre decidió
sacarlos de la escuela.
—Así tiene que ser. No pueden sufrir por culpa de él.
Apenas son unos niños.
En Nyack, se hizo oficial: donde antes decía Szaara ahora
decía Hudgkins.
Donde antes decía Philip Szaara ahora decía Philip
Hudgkins.
Desde luego este no era un nuevo apellido nuevo. Era el apellido
que tenían sus abuelos en Nyack y el cual —insistía
su madre— estaba asociado sólo con cosas alegres. Ella
retomó con alivio su apellido de soltera. Durante los dieciséis
años que duró casada con el político de Nueva
Jersey Roy Szaara, algunas de sus amigas de la prestigiosa universidad
Bryn Mawr seguían llamándola Miriam Hudgkins: “No
es un gran cambio. Más bien, es como volver a casa”.
El Niño Araña.
Uno podría pensar que el nombre era una referencia juguetona
a la tira cómica del superhéroe Hombre Araña,
pero Philip no tenía el menor interés en el Hombre
Araña, ni en las otras tiras cómicas, películas
de acción y videojuegos que tanto cautivaban a los otros
niños.
—El Niño Araña.
Decir su nombre en voz alta era una forma de evocar la potente y
sobrenatural presencia que ahora existía sólo en su
memoria. Si no fuera por un único recordatorio (hediondo,
horrendo, de un tamaño espantoso, y en modo alguno un objeto
a confundirse con alguna de las pertenencias de Philip), que ocultaba
en un escondite secreto en su cuarto, Philip podría haber
empezado a preguntarse si en verdad había existido el Niño
Araña.
Y sin embargo, recordaba claramente el trabajo que le había
costado sonreír. Y la extraña sensación que
tuvo en la mandíbula. Su propia voz débil y decepcionante,
como de niña. Había tenido que repetir las palabras
para que el Niño Araña las escuchara en medio del
estruendo del tráfico. Recordaba haber cerrado los puños
dentro de los bolsillos de su chamarra de la Escuela Pennington.
También, que el Niño Araña mendigaba en las
afueras de la estación ferroviaria de Camden. Su postura
era extraña, como de sensual jactancia. La palma de su mano
estaba abierta con descaro hacia arriba, mientras que tenía
la otra empuñada, hundida en el bolsillo de sus pantalones
sucios, como un lastre.
El Niño Araña era un poco mayor que Philip. Varios
centímetros más alto. Tenía la cabeza rapada
y profundos ojos vidriados de color oscuro; una barba sombría
y fantasmal. Había algo espasmódico, incluso arácnido,
en la forma en que sus brazos se proyectaban de sus hombros huesudos,
y en sus piernas larguiruchas y desasosegadas. Llevaba una camiseta
negra desaliñada y pantalones vaqueros con agujeros en las
rodillas. En los pies: zapatos tenis usadísimos, reparados
toscamente con cinta adhesiva. El dedo pequeño de su pie
izquierdo se asomaba por la tela putrefacta como una lengua caprichosa.
Desde luego, Philip nunca lo había llamado Niño Araña.
En ese momento, había sido incapaz de decir algo más
que: Disculpa... Se sintió excitado, turbado y sorprendido
al notar la ansiedad con que el muchacho se volvió hacia
él, y la forma en que una repentina llamarada de algo similar
a la esperanza iluminó sus ojos hundidos.
Niño Araña. Philip quería sentir repugnancia
por él. De ese modo podría evitar un sentimiento de
mayor ternura.
—¿Pero cómo
van a saber quién eres?
Su madre se rió de él, no con crueldad, sino de esa
forma en que ríe una madre que ama a su hijo, sin importar
cuán estúpido, equivocado o molesto sea.
—Pero si eres exactamente quien afirmas ser: Philip Hudgkins.
¿Por qué habrían de sospechar lo contrario
en tu nueva escuela?
Philip vaciló. Frunció el ceño.
Ese tipo de caras exasperaba a su madre. Philip se apresuró
a murmurar que sí, que seguramente ella tenía razón,
que lo sentía mucho.
Los ojos de su madre desbordaban sufrimiento, denotando que su dolor
era mutuo:
—Ya sé que no lo dices en serio, cariño. Son
tus nervios.
Philip suponía que sí. Decir nervios era una forma
de recordarle a Philip que era una persona muy sensible, igual que
su madre, y no tosco, cruel, manipulador e intrigante como su padre.
Más aún, lo de sus nervios no era su culpa, sino resultado
directo del comportamiento de otros. Culpa de las circunstancias
de nuestra vida.
Sin embargo, lo que a Philip le reverberaba en los oídos
era la palabra cariño. También era una señal:
de que era amado, como un niño es amado; de que no era un
muchacho adolescente sino un niño-muchacho; el bebé
de su madre. El sonido de aquella palabra lo hizo sentir un golpe
de remordimiento: no merecía que lo llamaran cariño,
como tampoco merecía el amor de su madre. Pronto, estaría
demasiado grande para eso, como incluso ella tendría que
reconocerlo.
El padre de Philip no lo había llamado así en mucho
tiempo. Usar cariño para dirigirse a un niño de trece
años ofendía el sentido de hombría de su padre.
Lo llamaba por su nombre formal, completo: Philip. Pero, cuando
estaban juntos en presencia de los muchachos que viajaban de aventón
(“esos que piden aventón” era el término
con que se referían a los jóvenes), casi siempre su
padre se dirigía a él con un simple tú.
En presencia de esos muchachos que pedían aventón
su padre tenía un modo de hablar exuberante, pero cauteloso.
Una forma de reír que hacía que uno quisiera reír
con él. Acostumbraba revolverle el cabello a Philip y molestarlo
como se fastidia a un niño pequeño. Era más
afectuoso. Cada vez que hacía que Philip se bajara del coche
en la esquina de State Street y Mercer, adonde el niño volvía
solo al departamento del doceavo piso, le daba un apretoncito en
el brazo, a la altura del codo.
—Tienes llave. Entra. Si no he vuelto a las doce, no me esperes.
Nos vemos en la mañana.
A veces: Hey, pórtate bien, y un impulsivo beso a un lado
de la cabeza, contra la sien izquierda de Philip, en el sitio donde
latía trémula una delgada vena azul.
El director de la escuela,
el doctor Simmons, invariablemente saludaba al nuevo estudiante,
recién transferido desde Nueva Jersey, al que la mayoría
de sus compañeros ignoraba por completo. Decía Hola
y ¿Cómo están tu madre y su familia?, de una
manera discreta, sin mencionar jamás a un padre, vivo o muerto.
¿Cómo estás?, con una cálida y alentadora
sonrisa, como la que se usa con alguien que está convaleciente.
Y Philip, siempre cuidadoso de incluir la palabra señor,
hacía su mejor esfuerzo por devolverle la sonrisa y responder,
imitando la voz que su madre usaba en el teléfono.
Conforme pasaron los meses, a Philip le pareció dolorosamente
claro que no sólo no había nadie que sospechara de
su identidad, sino que casi siempre era invisible a los ojos de
sus compañeros. Si los muchachos más grandes le daban
de empellones era sólo porque Philip estaba ahí: una
diminuta presencia física a quien empujar. Él, Philip
Hudgkins, un estudiante que venía de otra escuela, con una
manera de retraerse que lo obligaba a retroceder incluso cuando
avanzaba, era una víctima poco atractiva para quienes, bajo
otras circunstancias, habrían deseado ejercer la crueldad.
Philip suponía que sus maestros sabían. A pesar de
que el doctor Simmons había prometido discreción absoluta
(su madre lo había exigido así), a Philip le parecía
que era muy probable que supieran. En ciertos círculos de
Nyack debía quedar algún rastro del largo eslabón
que unía a los Hudgkins con los Szaara. La madre de Philip
quería olvidar que se había casado en Nyack y que,
durante 16 años, había vuelto a casa con su gregario
y atractivo marido republicano-en-ascenso para visitar a sus padres
y presentarlo a sus amistades. ¿Cómo podían
anular eso sus desesperados intentos? Peor aún, tras meses
de silencio, reaparecieron los titulares con la palabra Szaara,
no sólo en los diarios de Nueva Jersey, sino también
en la sección metropolitana del Times, ya que las noticias
de cargos por mala conducta, uso indebido de fondos públicos,
soborno y cohecho que se le imputaban al político en funciones,
se habían transformado en algo mucho más grave: violación
de menores, agresión sexual a un menor, rapto de un menor,
y conspiración en la comisión de esos delitos. Después
de intervenir el teléfono de Roy Szaara a fin de reunir evidencias
de su mal comportamiento político, los investigadores de
la oficina del procurador general habían quedado atónitos
al descubrir evidencias de una actividad criminal enteramente distinta.
El verano anterior
Philip y su padre habían ido varias veces a acampar al parque
Delaware Water Gap, al noroeste de Nueva Jersey. Es decir, la intención
había sido acampar. En el asiento trasero del auto, su padre
tenía sacos para dormir sin estrenar, botas de montañismo,
botellas de agua Evian, y paquetes de granola. Una manta ligera
marca L.L. Bean, una almohada.
Su madre casi nunca le preguntaba a Philip sobre sus fines de semana
con su padre.
—A tu madre le interesa saber de ti lo mismo que le interesa
saber de mí: absolutamente nada —dijo su padre—.
Lo único que le importa es su orgullo: su vapuleado orgullo
de clase; su deseo de rasparme con una espátula de sus zapatos.
Su padre soltó una risita y se inclinó para darle
un beso a Philip, a un lado de la cabeza.
Roy Szaara tenía un rostro ancho y sólido, bruñido
como una moneda. Tenía la cara de alguien muy fotografiado.
Las arrugas irradiaban de las comisuras de sus ojos claros, francos,
cautivantes. El partido de su cabello, oscuro y entrecano, era quirúrgico.
Usaba maquillaje para algunas de sus apariciones en público:
un toque muy ligero de máscara de pestañas color negro-tinta.
Para hacer sus giras por Chester, Pennsylvania, South Philly y Camden,
Nueva Jersey, usaba lentes coloreados que tenían armazones
de metal a la última moda. Silbaba: estaba de buenas. Rara
vez mencionaba lo que hacía durante la semana en el capitolio
a no ser para decirle a Philip que todo iba bien. Nunca le preguntaba
por su madre o su hermana. Sin falta, se afeitaba justo antes de
recogerlo en la escuela, todos los viernes a las 3:20 p.m. Olía
a colonia y a algo dulce como vainilla.
—Ve a decirle. Pobre niño. Pregúntale si quiere
que lo llevemos, si tiene hambre.
Era una estación de autobuses en Chester. O la del ferrocarril
en la Calle 30, en Filadelfia. O la del tren en Camden. La última
vez, con un golpecito en el hombro, el padre de Philip lo había
urgido a descender del coche. Como un sonámbulo, pero con
los ojos desmesuradamente abiertos, Philip se había abierto
paso por entre una estruendosa familia que cargaba su camioneta,
para llegar hasta el muchacho que pedía limosna apáticamente
en el entronque de la carretera.
Era un solitario muchacho blanco a quien nadie veía más
que de pasada. Estaba ahí, de pie, con la mano extendida
y la palma hacia arriba, terco, inamovible. Había en él
algo infantil y feral que hizo que Philip se sintiera turbado, así
que le causó sorpresa que el muchacho lo mirara con ansias,
como esperando a que lo reconocieran.
—Disculpa. Mi papá y yo vamos a ir a McDonald’s
por unas hamburguesas. Dice mi papá que, si quieres, puedes
venir con nosotros.
Esas palabras habían sido programadas para Philip, excepto
por el dice mi papá, que era adición suya.
Después de comer, su padre se había dirigido a Trenton
para llevar
a Philip en el departamento. Ya era tarde, casi las diez. A Philip
le dolía la cabeza de cansancio. Iba en el asiento trasero.
El muchacho, quien decía llamarse Reuben, pero que se había
mostrado renuente a la hora de revelar su apellido, iba en el asiento
de enfrente, junto al padre de Philip y fumaba el cigarrillo que
éste le había ofrecido. Reuben casi vociferaba al
hablar. Su discurso entero estaba salpicado de carajo, puta-madre,
chingada. En McDonald’s Reuben se había atragantado
tres Quarter Pounders, dos órdenes de papas fritas y un refresco
gigante. Philip se había quedado atónito cuando el
muchacho eructó estrepitosamente sin pedir disculpas, como
si fuera una ocurrencia digna de aplauso. La conversación
transcurrió casi exclusivamente entre Reuben y el padre de
Philip, pero Philip no se había ofendido, o no mucho: ya
en dos ocasiones anteriores, en compañía de su padre,
había ocurrido algo similar en otros Mc Donald’s, con
otros muchachos muertos de hambre, y cada vez Philip había
tratado de consolarse pensando: Papá quiere que él
se sienta especial. Es alguien digno de lástima.
Resultó que Reuben era de Toms River, al este de Nueva Jersey.
Había “rolado” en Atlantic City y luego viajó
de aventón a Philly, donde tenía contactos. “A
la larga”, afirmó, se dirigía a Nueva York.
Cuando, en la esquina de State Street y Mercer, Philip se movió
para bajarse del auto, Reuben se mostró sorprendido y le
preguntó que por qué no iba a acompañarlos.
El padre de Philip explicó que Philip era demasiado joven
para ir al sitio adonde quería llevar a Reuben: el Café
a Go-Go Bar & Lounge. Philip era mucho muy joven. Su padre lanzó
una carcajada, y Reuben se rió también, exhalando
una bocanada de humo.
—Tienes llave. No me esperes. ¡Buenas noches!
Philip se ocultó en el vestíbulo del edificio y vio
a su padre alejarse con Reuben. Esta vez sí sintió
una puñalada de celos, pero sabía que, al día
siguiente, Reuben se habría ido y no tendría que compartir
a su padre con nadie más. Roy Szaara conducía un Acura:
un flamante sedan de hermoso color bronce pálido. Él
siempre tenía autos nuevos, que arrendaba. Philip había
advertido la admiración en los ojos del muchacho cuando se
acercaron al Acura. Ahora Philip veía al auto reintegrarse
al tráfico de State Street. Muy pronto, desapareció
en un flujo de vehículos rutilantes que se dirigían
hacia el puente que pasa sobre el río Delaware.
Al día siguiente, la almohada ya no estaba en el asiento
trasero del auto, aunque el resto del equipo para acampar seguía
allí. Philip se preguntó si estaría en la cajuela
o si su padre la habría tirado a la basura.
Antes del Niño
Araña había habido otros: el Gordinflón y el
Calvito; Luis y Fumarola.
Cuando le preguntó a su padre por ellos, rió y, con
un ademán, le revolvió el cabello a Philip:
—En el mundo hay sitios donde la gente desaparece.
Después, su padre le explicó que lo de los muchachos
que pedían aventón era un secreto entre ellos; algo
que no debía revelar a nadie. ¿Philip prometía
guardar el secreto?
Sí. Philip lo prometió.
Porque se trataba de muchachos que habían infringido la ley.
Eran jóvenes “buscados” por la justicia por cometer
algún delito y, de no ser por la intervención del
padre de Philip, lo más probable es que terminaran reculidos
en un centro de detención juvenil, un juvey hall, como se
les conoce. Él los había convencido de volver a sus
hogares. Él les había dado el dinero para tomar el
autobús de regreso. Él había escuchado cómo
llamaban a sus padres y había insistido en hablar con ellos
personalmente para explicarles el motivo de su presencia y describirles
la situación.
—Son muchachos perdidos que necesitan que alguien los encuentre
—dijo su padre.
A veces, en el departamento, Philip descubría objetos olvidados
por aquellos muchachos que pedían aventón: calcetines
y ropa interior sucios, cajetillas de cigarros aplastadas, un solo
tenis remendado con cinta adhesiva. Un cinturón de plástico
con diseño de piel de cocodrilo. Una gorra de béisbol
manchada de sudor. Una vez, su padre le había arrebatado
por detrás una camiseta sucísima que Philip había
alzado, y se río de una manera espantosa:
—Es de dar vergüenza, Philip. Tu madre debería
tenerte más limpio.
Durante mucho tiempo esas palabras de reproche juguetón se
le habían quedado grabadas en la mente. Philip era un niño
fastidioso. Se lavaba las manos todo el tiempo, tenía compulsión
por lavarse los dientes inmediatamente después de comer,
porque no toleraba la sensación de restos de comida en la
boca. Con el tiempo, llegó a creer que aquella camiseta sucia
era suya. Eso lo hacía sentirse invadido por una vergüenza
indecible, porque su padre la había visto y la recordaría
también.
El Niño Araña
era un secreto y seguiría siéndolo. Philip lo había
prometido.
Ah, pero Philip hizo una cosa mala, algo que iba a disgustar a su
padre. Porque su padre confiaba en él y Philip había
violado esa confianza. Envuelto en su propia ropa interior, dentro
de la mochila en la que había traído sus pertenencias,
Philip se llevó el solitario tenis remendado con cinta adhesiva:
un zapato mucho muy deteriorado, sucio, hediondo, de color gris
metálico y probablemente del doble de tamaño que sus
propios tenis. Si alguien le hubiera preguntado que por qué
se llevó algo tan repugnante, Philip sólo habría
podido responder que, de no hacerlo, el objeto se habría
perdido.
Como si se tratara de un castigo por aquella acción, los
fines de semana en Trenton se acabaron súbitamente. Pasó
algún tiempo antes de que Philip entendiera por qué.
Y entonces,
diez meses después de mudarse a Nyack, vino la llamada.
A la exseñora Szaara se le pedía presentar a su hijo
Philip, de trece años, a la Estación de Policía
de Trenton, para que lo interrogaran los detectives encargados de
la “investigación en curso” que se llevaba a
cabo en torno al exsenador republicado por el estado de Nueva Jersey,
Roy Zsaara.
El padre de Philip había empezado a cumplir una sentencia
de doce a quince años en el Centro Penitenciario Varonil
de Rahway. A fin de evitar un juicio prolongado y sensacionalista,
y el pago de más honorarios a los abogados —estaba
en bancarrota—, Roy Zsaara se había declarado culpable
de varios cargos. Los ignominiosos encabezados habían desaparecido
de la primera plana del Times, sustituidos por otros, igualmente
sensacionalistas, sobre personas que nadie conocía. La madre
de Philip seguía incólume en su inamovible convicción
de que, con el cambio de apellido, había logrado cortar de
tajo todo vínculo con su exmarido. Nadie se atrevió
a decirle lo contrario.
¡Ahora estaba furiosa! Lo que más la encolerizaba es
que la hubieran llamado para ofrecerle “apoyo para el transporte”
al Cuartel de Policía.
—Como si fuera incapaz de llegar en mi propio coche. Como
si no supiera llegar. Como si me fuera a perder. Como si fuera a
desaparecer.
Philip pidió permiso en la escuela para faltar y llevó
consigo varios libros de texto que podían servirle para escudarse
de su madre.
—Pero, ¿por qué, por qué? ¿Por
qué querrían involucrarte en esto?
Philip no había visto a su padre desde que los fines de semana
obligatorios habían terminado de manera abrupta. Incluso
antes de eso, una cadena de televisión de Nueva Jersey había
transmitido innumerables veces la renuncia de su padre. Para saber
cuándo había ocurrido eso, tendría que calcular
cuántas semanas habían transcurrido desde la noche
en que desapareció el Niño Araña. El zapato
robado estaba a salvo en su cuarto, oculto detrás de una
fila de videos viejos: “Vuelo de regreso a Hawai”, “Migración
alada”, “Tierra de dinosaurios”. La sirvienta
guatemalteca que aseaba la casa de sus abuelos sabía que
no debía tocar los videos de Philip ni nada que estuviera
en los anaqueles o sobre el escritorio.
Era la primera vez que lo interrogaban sobre su padre. En una ocasión,
su madre le había preguntado con una sonrisa forzada sobre
los fines de semana que pasaba en Trenton; si Philip había
estado “bien”; si había habido algún problema.
Philip respondió que no había habido ningún
problema. Fin del asunto.
Sin embargo, desde que su padre había desaparecido de su
vida, Philip pensaba cada vez más en él. Ni siquiera
a sus abuelos se había atrevido a sugerirles la posibilidad
de que le permitieran visitarlo en prisión, pues sabía
que pedir algo así los habría llenado de consternación
y de furia, y no existía la menor posibilidad —ni siquiera
la más remota— de que se atreviera a pedirle algo así
a su madre.
Ahora, en la autopista, al ver los letreros que indicaban la salida
a Rahway, la madre de Philip dijo de súbito, con una sonrisa
sin aliento:
—¡Ahí está! Podríamos detenernos.
¿Te gustaría, verdad?
Philip meneó la cabeza. No.
No, porque sabía que a su padre no le gustaría que
alguien lo viera en ese sitio. Su padre, que siempre había
vestido al último grito de la moda: ropa cara, cortes de
pelo, uñas manicuradas, los puños perpetuamente inmaculados
de sus características camisas de seda blanca. A Philip esto
lo reconfortaba, o así le pareció. Philip siempre
había admirado el ostentoso reloj con su correa de platino
que usaba su padre: un objeto caro, de una marca de prestigio, que
le habían obsequiado. Su padre bromeaba diciendo que el maldito
reloj era tan pesado que no podía usarlo en la cama; que
el maldito reloj no daba la hora tan bien como los Timex baratos
que compraba en las farmacias cuando era joven.
Ahora, Philip pensaba en él todo el tiempo, incluso cuando
estaba con su madre o en clases. Escuchaba la voz paterna que lo
provocaba y lo reprendía: Tu madre debería tenerte
más limpio. Es un secreto entre nosotros, ¿lo prometes?
Una y otra vez, volvía a oír: En el mundo hay lugares
donde la gente desaparece, ¿o había dicho: En el mundo
hay lugares donde la gente puede desaparecer? Otra vez vio el hermoso
Acura color bronce transitando por las calles de Chester, South
Philly, Camden. Pudo ver el paisaje de luces centelleantes desde
el departamento que su padre tenía en el doceavo piso. Philip
estaba seguro que en la estación del tren de Camden podía
verse la figura del fantasma del Niño Araña; que el
mostrador brillantemente iluminado de McDonald’s retenía
la figura de la sombra de los tres. Si sólo pudiera volver
allá y ver.
Esos recuerdos lo asaltaron de camino a Trenton. Ya habían
salido de la autopista y se dirigían al sur, sobre la Ruta
1, en dirección a Trenton y el río Delaware. Como
siempre, sintió la pequeña emoción que le daba
ver el letrero de “Sólo salida” y “Última
salida antes del Puente a Filadelfia”. Era un paisaje prácticamente
abandonado, de chimeneas industriales y refinerías, fábricas
y bodegas en grandes terrenos que tenían el pavimento reventado;
lotes baldíos que se habían extendido demasiado, charcas
llenas de aceite, anuncios espectaculares de rostros gastados pero
sonrientes; edificios en renta con las ventanas tapiadas. Philip
sonrió, como imaginando que volvía a la casa del río
Delaware, a pesar de que ya la habían vendido; a pesar de
que el departamento de su padre llevaba meses deshabitado.
—¿Lo
reconoces, Philip? No te
apresures.
En el cuarto sin ventanas donde se llevaba a cabo el interrogatorio,
diseminadas sobre la mesa, había media docena de fotografías
de un muchacho delgado, de cabello oscuro, un poco mayor que Philip,
que miraba a la cámara con el ceño fruncido. No estaba
rapado. Negros y lustrosos rizos le cubrían la cabeza y en
sus ojos había una expresión brillante y no taciturna
como la de un cadáver. Y, sin embargo, supo que se trataba
del Niño Araña, quien se veía más joven
que cuando Philip lo conoció.
—El muchacho está desaparecido, Philip. En estas fotografías
tiene catorce años. Ya es más grande. Desapareció
en mayo. ¿Puedes darnos algún tipo de información?
Philip se quedó callado, con la mirada fija. En dos de las
fotografías el muchacho llevaba una camiseta blanca. Fumaba.
En otra, tenía puesto lo que parecía ser la arrugada
camisa de una pijama, abotonada a medias para mostrar un pecho pálido
y hundido, y un solo pezón color cereza.
No. Philip no tenía ningún tipo de información.
Su madre permaneció de pie a sus espaldas, con una mano posada
sobre su hombro.
—No te apresures, Philip. No hay prisa.
Eran dos detectives. Philip se sabía observado. Se percató
de que estaban conscientes de que la respiración de su madre
se había vuelto más agitada. Lo sorprendieron al saludarlo
con un apretón de manos, como si Philip fuera adulto. Tuvieron
mucho cuidado en dirigirse a su madre como “Señora
Hudgkins”. En la confusión del momento Philip no pudo
escuchar sus nombres. No oyó casi nada de lo que dijeron.
Entendía que su madre estaba por agotar la paciencia de los
detectives al insistir, una y otra vez, en que su hijo era sólo
un niño; que él no sabía nada sobre la vida
privada de su padre. El niño no lo había visto en
meses. En los últimos años, el niño apenas
se había encontrado con él en contadas ocasiones,
pues su padre vivía separado del resto de la familia desde
que Philip tenía diez años. Ahora el niño apenas
tenía trece y estaba tratando de adaptarse a un nuevo hogar
y a una escuela nueva... Los detectives escucharon amablemente.
No la interrumpieron. Philip sintió una punzada de vergüenza
al ver que su madre se había convertido en una mujer digna
de lástima, a la que había que tratar con pinzas.
Vestía toda de negro y llevaba el cabello recogido en un
chongo, pero en su boca fulguraba el rojo intenso de su lápiz
labial y sus ojos tenían un brillo sintético.
Se le sugirió a la madre de Philip que aguardara afuera mientras
los detectives hablaban con él, pero desde luego, se rehusó.
No había llevado a su hijo hasta Trenton para abandonarlo
en manos de extraños.
—¿No reconoces a alguno?
Había otras carpetas con fotografías similares. Todas
de muchachos adolescentes. Philip sonreía y meneaba la cabeza.
No. Estaba teniendo dificultades para ver, pero no quería
enjugarse los ojos con la manga de la camisa. Ese gesto denotaría
debilidad, y sabía que los hombres adultos desprecian la
debilidad en un niño.
—No te apresures, Philip. Nosotros comprendemos.
Posada sobre su hombro, la mano transmitía urgencia. Tan
súbitamente como llega un dolor, lo asaltaron una ganas terribles
de ir al baño. Su madre insistió en acompañarlo.
—No quiero dejarlo solo ni un instante. No aquí.
Philip resintió que su madre se refiriera a él en
tercera persona, como si fuera un niño. Cuando Philip intentó
dirigirse a la puerta y trató de esquivar a su madre, ella
lo tomó del brazo y caminó a su lado, asiéndolo
como a un prisionero. Los detectives se comportaron como si fuera
algo perfectamente normal. Pero Philip se dio cuenta de que miraban
a su madre del mismo modo en que, años atrás, advirtió
que la veía su padre: con frialdad y desprecio.
En el baño para caballeros (ubicado en el segundo piso del
cuartel de policía de Trenton, en un edificio viejo, a medio
remodelar que daba a North Clinton Avenue), la madre de Philip se
enfureció ante la perspectiva de que su hijo entrara solo
al baño. Tampoco quería que alguno de los detectives
lo acompañara. ¡En ese instante Philip sintió
un odio terrible contra a esa mujer! Le horrorizaba que ella entrara
al baño con él. Uno de los detectives sugirió
un arreglo: entraría a revisar el baño para cerciorarse
de que estaba desierto. La madre de Philip podía entrar a
verificarlo. De ese modo Philip podía usar el baño
sin que lo molestaran. Mientras estuviera ahí dentro, no
se le permitiría entrar a nadie. Ella podía esperarlo
inmediatamente afuera para escoltarlo de regreso a la sala de interrogatorios.
Así la señora Hudgkins podía estar segura de
que nadie se acercaría a su hijo sin su autorización.
Como si sospechara que se trataba de un ardid, la madre de Philip
accedió de mala gana, y Philip pudo usar el baño tranquilamente.
¡Cómo le recordaba todo esto a cuando iba al jardín
de niños, su madre ansiosísima, supervisando sus primeros
días de escuela! Philip no podía soportar su propia
imagen en el espejo. Le resultaba intolerable ver a esa pobre alma,
débil y temerosa, centelleante como las lágrimas en
sus ojos. Tuvo dificultad para orinar. Se preguntó si una
cámara de vigilancia lo estaría filmando. Cuando salió
del baño, temblaba de indignación. Trató de
no llorar. De inmediato su madre dijo que todo esto lo perturbaba
demasiado, que llevaría a Philip de vuelta a Nyack en ese
mismo instante. Enfurecido, Philip se soltó de su mano y
le dijo a los detectives:
—Yo lo vi. Al primero. Se llamaba Reuben.
Se llamaba, dijo sin pensar. No había querido hablar en tiempo
pasado. No tenía motivo alguno para pensar en pasado. Pero,
en un ataque verbal que su madre no pudo contener, les contó
a los detectives todo lo que se había propuesto no decir
aquel día. Quedó grabado. No podía desdecirse.
Había cierto alivio en eso.
—Aún
es de día: ¡habría pensado que ya era de noche!
Su madre inspeccionaba los alrededores como si no reconociera su
ubicación. Habían estado en el cuartel de policía
lo que parecía un día entero y, sin embargo, cuando
salieron, el sol aún brillaba sobre el horizonte y el cielo
se veía brumoso de luz. La madre de Philip estaba agitada,
aturdida. Sus movimientos eran los de una anciana.
En el coche, pareció recomponerse. Hizo girar bruscamente
la llave de encendido y apretó el acelerador a fondo.
En medio del tráfico de Trenton, la madre de Philip viró
intempestivamente hacia el oeste, en dirección al río.
No podía soportar la Ruta 1, no por segunda vez en un mismo
día. Para evitar Trenton, tomaría la Calle River en
dirección norte, hasta la I-95. Era más largo, pero
dijo que valía la pena.
—Vamos a pasar por la que era nuestra casa, pero no nos detendremos.
Ahora viven allí otras personas. ¡Pues que tengan suerte!
En el cuartel de policía la madre de Philip se había
alterado tanto que no pudo escuchar el interrogatorio. Fue necesario
escoltarla para que esperara afuera. Luego, cuando Philip salió,
ella corrió para abrazarlo, sin decir nada. Philip había
llorado y ella lo estrechó con tal fuerza que ambos temblaron
al unísono mientras los detectives presencaiaban avergonzados
la escena.
Ahora, mientras su madre conducía por River Road, ella dijo,
como pensando en voz alta:
—Tenías que hacerlo. Ya sé.
Un estrecho canal de agua lodosa corría paralelo a River
Road. Más adelante, podía verse el amplio y sinuoso
río Delaware. Del otro lado de la carretera, pequeñas
casas suburbanas daban paso, unos cuantos kilómetros más
adelante, a imponentes mansiones en las colinas ornamentadas. Allá,
en la cima de una de ellas, estaba la casa de cristal y estuco estilo
contemporáneo que habían habitado los Szaara, en una
época que ahora parecía muy distante.
La madre de Philip se limitó a mirar la casa con de reojo.
—Nunca fui feliz en esa casa. Ese tipo de arquitectura no
tiene alma.
Philip miró de soslayo la construcción, apenas visible
detrás de una valla de enebros. Sintió una punzada
en el ojo. Detestaba que gente desconocida la habitara y que otro
niño se hubiera apropiado de su cuarto: un niño de
su edad o más chico sin nada qué temer del futuro.
Philip pensó que su madre tomaría la rampa para ingresar
a la I-95, cerca de Titusville, pero la pasó de largo, sin
detenerse. Philip no se atrevió a decir nada. Su madre, que
estaba prendida del volante, conducía a una velocidad muy
superior al límite permitido. Cada vez se desviaba más
de la autopista y del Parque Garden State que los llevaría
de vuelta a Nyack. Ya estaban muchos kilómetros adelante
de los suburbios de Trenton, en un área casi despoblada,
al oeste de Nueva Jersey, limitada a la derecha por colinas densamente
arboladas. La madre de Philip respiraba con agitación.
—Estoy furiosa contigo, Philip —dijo de pronto—.
Estoy tan furiosa que temo que me estalle el corazón. Tengo
que detenerme. Creo que lo mejor será que te bajes y me dejes
sola un momento.
Philip quedó atónito. Era incapaz de habar, de defenderse.
En el cuartel de policía había intentado decirle que
lo sentía mucho, pero ella lo abrazó con calidez.
Creía que lo había perdonado.
Pero ahora, decía violentamente:
—La deshonra que nos has traído. Más deshonra.
¡Muchachitos que pedían aventón! Saldrá
en los periódicos, saldrá en todos los canales. ¿Dónde
nos escondemos? Imposible mudarnos de nuevo. Pudiste dejar el asunto
en paz, Philip. Ese muchacho, ese muchacho desaparecido: pudiste
dejarlo en paz.
Su madre frenó bruscamente. El coche derrapó, se salió
de la cinta asfáltica y fue a dar a una cuneta desierta.
Estaban en el límite del Parque Estatal Washington Crossing.
Sin decir nada, Philip abrió la puerta de un golpe y corrió
desaforadamente. Temblaba de dolor, de indignación. Advirtió
que había algunas mesas para los días de campo, unas
bancas. Sanitarios con persianas en unas cabañas de falsa
madera. Un basurero rebosante de basura.
Philip no iba a llorar. Estaba furioso. Su madre no tenía
derecho a castigarlo en un momento así. Lo único que
había hecho era decir la verdad, lo que sabía. No
quería que la verdad se perdiera, incluso si eso los deshonraba
a todos. Sabía que si volvía implorando, lloriqueante
y acobardado, su madre volvería a quererlo, pero Philip no
quería saber nada del amor de su madre; no quería
saber nada del amor de su padre. No quería volver a verlos
jamás.
La cuneta daba pie a un sendero tapizado de pedacitos de madera
húmeda. Conducía a un área de colinas arboladas.
Había un letrero que decía “Sendero de la montaña:
5 kilómetros”. Philip empezó a caminar y a correr
de vez en vez. No sabía dónde estaba ni qué
hacía. Sólo quería huir. En Trenton, en la
sala de interrogatorios se había sentido exhausto, quería
recostar la cabeza en su brazo y cerrar los ojos, pero en este nuevo
lugar recobró fuerzas. Un olor a tierra mojada y a vegetación
nueva lo invadía todo. Para ser principios de abril, ése
había sido un día insólitamente cálido.
Pequeños insectos, zancudos y mosquitas le pasaban rozando.
Empezó a sudar. Su madre lo había obligado a ponerse
una chaqueta con forro. Se la quitó y la dejó tirada
en el sendero. Era un camino empinado. Todo ese verano, el verano
pasado, su padre le había prometido llevarlo al Delaware
Water Gap para acampar, pero siempre surgía algún
imprevisto, siempre se atravesaba “algo”. Ahora Philip
nunca volvería a ver a su padre porque había faltado
a su promesa: todo había terminado.
Pasó la marca de dos kilómetros y luego la de cuatro.
Tenía los pies empapados. La hierba invadía el sendero.
Respiraba de manera entrecortada. Para entonces habían transcurrido
más de cuarenta minutos. Para entonces su madre estaría
deambulando, acongojada y temerosa, entre las mesas y los botes
de basura retacados, gritando:
— ¿Philip? ¿Phi-lip? ¿Dónde estás?,
sin saber muy bien si lo que sentía era enojo o alarma. Philip
la imaginaba tirando de la puerta (cerrada con candado) del baño
de hombres; la fulgurante boca roja llamándolo, una y otra
vez, pronunciando su nombre y, en represalia, silencio.
El sol había descendido
y colgaba pálidamente, como una hoz, justo por encima de
la línea de los árboles. Philip estaba en un terreno
elevado. Caminaba al borde de una saliente paralela a un tranquilo
arroyo. Hacía mucho que el sendero tapizado con pedacitos
de madera se había acabado. Este otro camino llegaba a ser
tan tenue, que resultaba difícil diferenciarlo de la maleza
que lo rodeaba. Philip escuchó voces. Por un trágico
instante pensó que tal vez había caminado en círculo
y se dirigía de vuelta adonde estaba su madre, pero era imposible.
Avanzaba tratando de mantener el equilibrio en el borde de la colina.
Abajo había una ensenada, y en el fondo, varios adultos y
niños. Un hombre lanzaba una línea de pescar al agua
que se veía oscura y brillosa. Un niño se acuclillaba
a su lado. Philip se detuvo para que no lo vieran. Estaba como a
diez metros por encima de la ensenada, jadeando. Se agazapó
entre unos cantos muy grandes. En un intento por recuperar el aliento,
apoyó los codos en sus rodillas. Estaba rodeado de piedras:
la menor presión haría que uno de los cantos rodara
colina abajo. Philip permaneció inmóvil. Vio al niño
que estaba en el fondo de la ensenado alzar la vista y saludarlo
con un ademán. Vio al hombre que pescaba alzar la vista en
dirección a él. Philip no había querido que
lo descubrieran, pero ya lo habían visto. Sin pensarlo, alzó
un brazo para responder el saludo.
¿Lo llamarían? ¿Lo invitarían a acompañarlos?
Quizás ese largo día terminaría ahí,
en algún sitio al oeste de Nueva Jersey, en el Parque estatal
Washington Crossing.
Traducción de Laura Emilia Pacheco.
© 2004 Ontario Review Inc. Publicado inicialmente en The New
Yorker, 20 de septiembre de 2004.
Joyce Carol Oates. Su
libro más reciente es The Falls (2004).
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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