Creador de disonancias, el compositor austro-húngaro
Arnold Schönberg (1874-1951) fue un incomprendido. La revisión
que hace aquí Claudio Magris —el gran autor italiano
que acaba de recibir el premio Príncipe de Asutrias—
de las pertenencias de este músico, habla del precio que pagan
quienes se aventuran “como Moisés en el desierto”
para crear una obra irrepetible.
POR CLAUDIO MAGRIS
Para Nuria,
con muchísimo afecto
A menudo, la
imagen de la bondad está ligada a una relación amigable
y confidencial con las cosas, a una respetuosa familiaridad con
los objetos, a una atenta y sabia capacidad para tratarlos con habilidad,
pero también con cuidado y respeto. La gentileza con la que
se trata a las personas, a los animales, a las plantas, se extiende
espontáneamente a las cosas, al florero en el que se mete
la flor; la bondad también está en las manos, en la
manera en la que se tienden hacia otras o toman un cenicero de la
mesa. La atención, se ha dicho, es una forma de plegaria,
el reconocimiento de la realidad objetiva, de un orden, de que existen
límites: una manera de mirar más allá y por
encima del yo egocéntrico, de saber que nadie es el caprichoso
y tiránico sátrapa del mundo y que puede destruirlo
a su arbitrio, como nos sucede en esos penosos e impotentes ataques
de cólera en los que, al no poder destruirnos a nosotros
mismos, a los otros o al universo, hacemos pedazos el primer objeto
que nos queda a la mano. San José o Geppetto tienen manos
fuertes y buenas, se mueven con habilidad y soltura entre las herramientas
de su taller.
Esa bondad se asemeja al amor auténtico que sienten aquellos
que se preocupan por los demás y no se concentran estérilmente
sólo en su propio deseo; se asemeja a la infancia, cuya fantasía
se enciende por una piedra o por una caja de cerillos vacía
y, sobre todo, se asemeja al arte, que no existe sin esta sensual,
curiosa y escrupulosa pasión por sentir el relieve de lo
físico, los detalles, las formas, los colores, los olores,
una superficie lisa o áspera, la revelación que puede
llegar observando la arena mojada a la orilla del mar luego de haberse
retirado una ola o del botón mal cosido de una chaqueta.
Esta luz cobija todas las cosas y los materiales, clavos oxidados,
ventanas de rascacielos o pantallas de computadoras que se animan
como la lámpara de Aladino; pero la madera, sobre todo, posee
una religiosa fraternidad, quizá por la estrecha cercanía
de la mano que la aferra y la modela, por el placer que proporciona
al tacto, por el olor vivo. No por nada el carpintero es una antigua
y mítica figura de protectora bondad paterna, como San José
o Geppetto.
También la mesa de trabajo de Arnold Schönberg está
abarrotada de objetos, profusamente amontonados en ese aparente
desorden que únicamente entiende aquel que los puso y dispuso
de esa manera, pero que, precisamente por esto, es el verdadero
orden de quien vive y trabaja, disponiendo y organizando la realidad.
Sobre esa mesa hay a granel cuadernos, tinteros, libretas de apuntes,
hojas de música llenas de notas, lápices, portaplumas
y libros, pequeños rodillos construidos ingeniosamente para
pegar los timbres postales o cerrar las cartas, un violín
de cartón, complicados tableros de ajedrez imaginados por
él, muy diferentes a los usuales y con piezas muy bizarras;
modelos y dibujos de las famosas cartas de juego de su invención,
los cuadritos de cartón de colores que le servían
para estudiar las posibilidades combinatorias de las doce notas
musicales. Tirados en el piso hay bisagras, pisapapeles, sierras,
martillos, utensilios y mecanismos de todo tipo. En su mayor parte
se trata de objetos y herramientas fabricados por él mismo,
un poco por necesidad, un poco para ahorrar, un poco por gusto y
placer. Schönberg se construyó su mundo al igual que
Robinson Crusoe: cortaba, segaba y pegaba, fabricaba sus cestos
para los recortes de papel o los cilindros para poner las plumas
y los lápices, envolvía con cuidado en tiritas de
cartón los restos de los lápices para que le duraran
más tiempo.
Esa mesa se encuentra en Los Ángeles, en el Instituto Arnold
Schönberg en la Universidad de Sur de California. Se encuentra,
por lo tanto, en el lugar del exilio, donde se había refugiado
para escapar del nazismo; y no en la casa dónde él
vivía —y donde ahora vive uno de sus hijos, Ronald—
sino en el instituto que alberga el riquísimo material de
archivo puesto a disposición en 1976 por sus tres hijos:
seis mil páginas de manuscritos musicales, literarios y personales,
dos mil volúmenes fértiles en anotaciones autógrafas
en sus márgenes, ensayos y artículos, epistolarios,
fotografías, revistas, discos y casetes, cuadros, testimonios
de varios géneros —desde hojas de permiso de la Primera
Guerra Mundial hasta tarjetas de felicitaciones—, y documentos
de toda índole y de gran interés, clasificados y ordenados
con claridad y precisión.
Pero ese escritorio no hace pensar en el exilio, en el desarraigo
o la lejanía, sino en la casa, en los lares, en una vida
profundamente enraizada en la familia, en los afectos, en el orden
cotidiano. Esa cálida miríada de objetos —que
hace sentir la vida de cada día, provisoria y caótica
pero indestructible en su apasionado fluir— nos habla de la
realeza sabática del idilio familiar judío, que ningún
pogrom y ningún exterminio pueden destruir. Es la casa del
judío de la diáspora, el cual no tiene patria pero
tiene una en el corazón que siempre lleva consigo y que nada
puede aniquilar; el judío inserto en la tradición,
en la ley, en el libro, el cual, según la vieja historia,
cuando lo ven partir y le preguntan si va lejos, responde talmúdicamente
con una pregunta, es decir, pregunta a su vez: “¿Lejos
de dónde?”, porque por una parte está siempre
y en todos lados lejos; pero, por la otra, nunca está lejos
de su centro de valores.
En esa habitación de Schönberg, maestro y creador de
disonancias, se advierte la impronta de la armonía, de un
hombre que vivió en la armonía. Es la habitación
de aquellos fabulosos padres, abuelos o tíos que quizá
tuvimos en nuestra infancia, de esos personajes de la familia que
quizá entendíamos muy poco y que los parientes miraban
con desconfianza, pero que para nosotros eran los magos que hacían
vivir las cosas, transformando pedacitos de papel en criaturas misteriosas,
construyendo teatros de marionetas o nacimientos con pastores y
camellos que se movían en la sombra.
Nuria Schönberg Nono, la hija que cuida en particular el museo
y está trabajando en una biografía del compositor,
me cuenta, en efecto, de los semáforos de cartón y
de otros juegos imaginativos y complicados que su padre construía
para ella y sus hermanos, y de los ganchos especiales que él
hacía para que su esposa Gertrud pudiese colgar sus faldas
de manera que siempre estuvieran bien plisadas y planchadas; en
el ensayo escrito para acompañar la publicación de
las encantadoras cartas de juego dibujadas por Schönberg, cincuenta
y dos cartas de un whist, Nuria recuerda cómo, cuando era
niña, le gustaba verlo cuando preparaba los modelos para
sus invenciones, recortando, cepillando y pegando, sintiendo el
olor del engrudo y de la mezcla de agua y harina que el creador
de Pierrot lunaire y de Moses und Aron removía en una olla.
Más tarde, durante la cena en casa Schönberg, cada tanto,
los tres hermanos —Nuria, Ronald y Lawrence— recuerdan
juegos y cumpleaños, veladas y ocurrencias transcurridas
en familia compartiendo la mesa, los regaños si no se portaban
bien en la escuela, chistes y risas, con esa complicidad fraterna
que es el mejor y espontáneo homenaje a los padres que han
sabido ser tales.
Mirando ese escritorio y escuchando esas historias, se piensa con
envidia en la señoría que Schönberg ostentaba
sobre el tiempo, en el tiempo que empleaba para muchas, muchas cosas
aparentemente de poca monta, en lugar de dedicarlo, como a menudo
acontece, a la febril administración de su genio: las conferencias,
las entrevistas, la promoción de sí mismo, la organización
cultural.
La grandeza de Schönberg no parece pesarle a sus hijos, como
lo quiere una retórica rancia y como además sucede
con mucha frecuencia; no los aplasta, sino los potencia y sobre
todo los alegra, no arroja una sombra sobre su rostro, sino una
luz fresca y amable, la clara y afectuosa sonrisa con la que su
hija me habla de su padre. Por su rostro, por su manera de ser,
se intuye que a los tres hijos de Schönberg, un grande del
arte más alto y más riguroso, les dio ese afecto que
educa en la libertad, para sentirse en armonía con el mundo
—en los límites en los que esto sea posible en la tragedia
y en lo absurdo de la vida.
La música de Schönberg penetró hasta el fondo,
con despiadada lucidez, en esa tragedia y en ese absurdo de la existencia,
en las disonancias del corazón, de la historia y del destino.
Sin la experiencia de la escisión y de la laceración,
sin aventurarse como Moisés en el desierto, no existe gran
arte y ni siquiera es posible darle voz a la armonía y a
la alegría, auténticas sólo cuando pasan a
través del conocimiento y la certidumbre de la tragedia,
porque de otra manera, son falsas y postizas. El gran artista sabe,
al igual que Kafka, que su tarea es asumir en su persona lo negativo
y el mal de su época.
Pero este descenso a los infiernos no es en lo absoluto fascinación
del mal y renuncia a la humanidad. No muy lejos de la casa Schönberg
y de las grandes olas del Pacífico que se abaten de improviso
sobre la playa, está la casa de Thomas Mann, también
él un exiliado. Los Schönberg a veces iban a visitar
al escritor, pero los niños, incluso ya grandes, tenían
que quedarse afuera, porque en esa casa no se amaba demasiado a
la infancia.
Schönberg quedó muy dolido cuando en el Doctor Faustus,
para representar la tragedia del arte contemporáneo, condenado
a una perfección carente de humanidad y a su manera entrelazada
a la barbarie nazi, Mann identificó en la música dodecafónica
un gran arte, que él veía inhumano y demoníaco.
Naturalmente, Schönberg sabía muy bien que, como todo
escritor que inventa un personaje, Mann tenía el pleno derecho
de prestarle a su protagonista imaginario, Adrian Leverkähn,
rasgos particulares sugeridos por otras realidades y por otras personas,
sin pretender retratar objetivamente a estas últimas.
Ciertamente, Doktor Faustus no presume de ser un estudio sobre Schönberg,
sino una novela. Pero la grandeza y la fama de esa obra pueden inducir
a muchos a considerar que la música de Schönberg es
efectivamente la que Mann le atribuye a su héroe infernal.
Judío e invadido por un profundo sentimiento sagrado de lo
humano, Schönberg no podía no entristecerse al sentir
que su música, de alguna manera, era conectada con el éxito
final y bárbaro de la involución de la cultura germana.
“Si Mann me lo hubiese preguntado —le dijo a su hija—
habría podido inventar para él una música demoníaca
e inhumana que hubiera podido describir en su libro. Yo no la inventé,
porque una música de ese tipo no me interesaba, la mía
es otra cosa...”
Entre los muchos malentendidos, éste lo había amargado
particularmente. Pero Schönberg, creador de una música
radicalmente nueva y muchas veces mal entendida, rechazada y acusada
de muchas maneras, había aprendido a soportar con tranquilidad
incluso la incomprensión dolorosa. “Quienes han recibido
del Señor Dios la misión de decir algo impopular —dice
serena y profunda su voz en un discurso berlinés de 1931,
que escucho en el museo— también recibieron de él
la capacidad de darse cuenta y aceptar que siempre serán
los otros los que sean entendidos”.
Texto publicado
con autorización del autor.
Traducción de María Teresa Meneses.
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Claudio Magris, la frontera escindida
Premio Príncipe de Asturias 2004
Para Claudio
Magris (Trieste, 1939) la frontera es doble y ambigua, a veces es
un puente para encontrar al otro, y a veces es una barrera para
repelerlo. Las fronteras tienen la vida dura, se camuflan, se regeneran
y se multiplican como células cancerígenas. El defecto,
la maldición de las fronteras es que se les considera infranqueables.
Las ciudades europeas, sobre todo, son un nudo de fronteras, lugares
de transición y muros de separación a la vez.
“Quizá porque nací en Trieste, la literatura,
para mí, es esencialmente un viaje en busca de todo aquello
que pueda desacreditar el mito del ‘otro lado’. Hacer
que se adquiera conciencia de que cada uno de nosotros está
ora de un lado de la frontera, ora del otro; de que cada uno —el
Jedermann de los misterios sacros de la Edad Media— es el
otro. El escritor que inventó el paisaje literario triestino,
Scipio Slataper, comenzaba su libro Il mio Carso intentando decir
quién era él, y descubría que para ser sincero
como poeta tenía que inventar y decir que él era otro,
alguien del Este”, explica el autor de Microcosmos.
Que se haya votado por la obra literaria de Claudio Magris —buena
parte de ella traducida al español por la editorial Anagrama—
para otorgarle el Premio Príncipe de Asturias de Literatura
2004, es apostar por una obra seducida por la multiplicidad de la
vida, por la búsqueda de la propia identidad que está
hecha de lugares, de las calles en las que hemos vivido y dejado
parte de nosotros, de la épica de las raíces y los
orígenes, de la contemplación y de la sensualidad
que proporcionan la luz y los colores del mundo, por la fascinación
del viaje entendido como retorno, cuyo trayecto resulta más
importante y aleccionador que el lugar al que se pretende llegar,
percibiéndose la importancia épica de cada odisea.
Fue apostar por la gran narración de Europa y sus fronteras.
En México, la recepción de su obra comenzó
con la publicación en 1988 de Danubio, obra paradigmática,
de compleja estructura narrativa que aún no ha sido leída
ni comprendida con toda la atención que merece. Pero podemos
decir que la obra ensayística y narrativa de Claudio Magris
es una poética del instante, es decir, de la persuasión:
“La posesión presente de la propia vida, la capacidad
de vivir a fondo el instante sin la maniática angustia de
quemarlo pronto”. Así, la figura de un tronco derribado
a la orilla de una laguna, el perfil de una duna que se desmorona,
las huellas que ha dejado la vida cotidiana en una casa abandonada,
el esqueleto carcomido de una barca, se vuelven el paisaje ideal
para vagabundear en busca de las señales que nos ha dejado
la metamorfosis de la vida. Por esto, en la literatura del germanista
italiano podemos encontrar la pulsión de la vida, porque
la persuasión es el presente, es detenerse en el amor y en
el placer, sin estar supeditados a la fugacidad del tiempo y a su
precipitación. Sólo a través de la persuasión,
se le pueden arrancar significados a la ausencia y a la temporalidad
y lanzar una mirada oblicua sobre las cosas e ir más allá
de sus fronteras.
María Teresa Meneses
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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