El
destacado investigador de la imagen James Campbell descifra el significado
del icono Sartre, que despliega su influencia sobre varias generaciones.
Al recorrer la magna exposición iconográfica y documental
en torno a Sartre, que se lleva a cabo actualmente en la Bibliothèque
Nationale de París, Campbell se pregunta qué tan justa
es esta valoración de los claroscuros de quien “escribió
siempre contra sí mismo”.
Se
necesita hacer un esfuerzo para considerar a Jean-Paul Sartre como
un escritor escabroso. Los editores de Gallimard que publicaron
La nausea, primera novela de Sartre, le exigieron que, por motivos
de obscenidad, le hiciera cuarenta y cinco cortes al manuscrito
antes de aceptar publicarlo en 1938. Su segunda obra de ficción,
una colección de cuentos que se imprimió en Francia
un año después con el título de El muro, apareció
en Gran Bretaña como Intimacy, un título tímidamente
incitante, y fue publicada por un editor famoso por su afición
a las obras provocativas (Peter Nevill). El cuento del título
“Intimité” narra la relación entre Lulu,
una mujer frígida, y Henri, su marido impotente. Sólo
cuando ella lo abandona y acude a la cita convenida con el amante
en un hotel de Montparnasse, se da cuenta de que su vida de casada
le convenía más: “Dios mío, pensar que
la vida es eso, para eso se viste una y se baña y se pone
guapa, y todas las novelas se escriben sobre eso, y una piensa en
eso todo el tiempo y, finalmente, no es más que esto, una
se mete a un cuarto con un tipo que medio la aplasta y que, para
acabar, le moja el vientre.” A pesar de la cirugía
que se le practicó a La nausea (y un cambio de título;
el manuscrito original de Sartre se titula “Melancholia/ novela”),
el autor logró conservar la triste relación sexual
entre Antoine Roquentin y la patronne del café del barrio,
un arreglo que es todo biología y nada de romance (“ella
necesita hacerlo por lo menos una vez al día”, etc).
Sus primeros críticos invocaron la cloaca, la letrina, el
depôt d’ordures”. Sartre fue tal vez el primer
escritor francés que describió los cajones sucios
de un hombre (“Intimité”); en una novela posterior,
narra cómo una mujer se levanta las enaguas, se acuclilla
sobre las chiottes y orina ruidosamente, una imagen que al autor
al menos le da algo de placer... esto es, placer por la repugnancia
que le provoca. Sartre fue asediado por las mujeres y a él
le agradaba esa devoción pero, en su obra, la repugnancia
reemplaza al impulso erótico. Dicha repugnancia satura La
edad de la razón, una novela que escribió en vísperas
de la guerra, desde la aversión que siente Mathieu Delarue
ante la idea de engendrar un hijo (la historia narra cómo
Mathieu busca dinero para pagarle un aborto a su novia) hasta la
idea de que las familias son “la viruela que te deja marcado
de por vida”. Roquentin no puede recoger guijarros de la playa
sin estremecerse: “Tengo miedo de entrar en contacto con ellos,
como si fueran animales vivos”. En los diarios que escribió
durante la guerra, Sartre se preguntaba: “¿Por qué
Roquentin y Mathieu, que son yo, son tan sombríos?”.
Con su acostumbrada dureza, decidió que eso se debía
a que ellos “carecían del principio viviente”.
Su fogosa aventura literaria le permitió mantenerse aparte.
En 1946, en una conferencia que dio en Yale, Sartre estableció
un nuevo derrotero para la novela francesa y orientó la brújula
hacia sus anfitriones y libertadores. “Las primeras novelas
francesas, que se escribieron durante la Ocupación, pronto
se publicarán en Estados Unidos. Vamos a devolverles las
técnicas que nos prestaron”. Una de estas novelas,
El aplazamiento, que era la segunda parte de la trilogía
titulada Los caminos de la libertad, se tradujo un año después,
permitiéndoles a los lectores estadounidenses comprobar ellos
mismos hasta qué punto se había liberado el autor
de la técnica de “simultaneidad” de acción
rápida que John Dos Passos inauguró en Manhattan transfer,
novela publicada en 1925. Sartre añadió a esa obra
algo de opacidad faulkneriana, mezclando distintos esquemas temporales,
lugares y personajes en un solo párrafo o incluso en una
sola oración: “En Crevilly, al dar las seis en punto,
Daddy Croulard entró a la comisaría y llamó
a la puerta de la oficina. Y dijo para sus adentros, “Me han
despertado”. Pensaba decirles, “¿Por qué
me han despertado?”. Hitler estaba dormido, Chamberlain estaba
dormido, roncando y haciendo un ruido agudo y penetrante por la
nariz, Daniel estaba sentado en su cama, bañado en sudor,
y él pensó, “¡No fue más que una
pesadilla!”.
Sartre no trató de ocultar la deuda que tenía con
sus maestros estadounidenses (sin olvidar a Virginia Woolf, su maestra
inglesa). Ya en 1938, Dos Passos era considerado como “el
mejor escritor de nuestros tiempos”. Sin embargo, por la época
del anuncio que hizo en Yale, que coincidió con el nacimiento
del “fenómeno Sartre”, él prácticamente
había dejado de escribir novelas. En 1949 apareció
la tercera parte de lo que sería una tetralogía, La
muerte en el alma (que se tradujo en Estados Unidos como Troubled
sleep y en Gran Bretaña, como Iron in the soul), que le permite
a Mathieu Delarue sentir la libertad que hay detrás de un
arma de fuego. Sartre decidió llamar su tetralogía
una trilogía, consideró el estilo como un pecado contra
el compromiso y se entregó a las ideas, a la agitación
y, en lo tocante a la imaginación, al teatro, un medio más
pedagógico. Parece injusto con los organizadores de Sartre
(la exposición dedicada al centésimo centenario de
su nacimiento que permanecerá abierta hasta el 21 de agosto
en la Bibliothèque Nationale de France) compararla con la
que le fue dedicada a Jean Cocteau en el Centro Pompidou en 2003-2004,
pero es difícil no hacerlo. Ambos hombres escribieron novelas,
obras de teatro y guiones cinematográficos; ambos se hicieron
amigos de otros artistas y tenían una intensa vida social;
ambos atacaron el sentir de su época. Pero mientras que Cocteau
siempre se sintió motivado por el poder del juego, tanto
más cuanto que desviaba su nativa morbosidad, Sartre marchó
al compás de la psicología, la filosofía y
la política. Él no decoró sus letras con diferentes
tintas ni timoneó las caprichosas revistas de la vanguardia
ni hizo gala de sus neurosis. A pesar de ser famoso por su compañerismo,
Sartre no poseía un sentido artístico del juego y,
por consiguiente, es inevitable que la exposición resulte
bastante árida. Los cuadros de Wols, André Masson
y Paul Rebeyrolle, que forman parte de la exhibición, se
centran en “les prisons et la torture”, como dijo Foucault
acerca de Rebeyrolle. En el catálogo se citan las palabras
de Sartre al referirse a ese mismo artista: “l’horreur
devient le grand sentiment qui guide le peintre” [“el
horror se convierte en el gran sentimiento que guía al pintor”].
Giacometti, quien hizo varios retratos grandes de Jean Genet, se
limitó a hacer esbozos de Sartre en su cuaderno de espiral.
También se exhiben otros retratos pero el rostro, que colaboró
con tanto carisma con la lente de la cámara, en general no
logró cautivar la mirada del artista.
La exposición abarca todas las actividades de Sartre y cuenta
con un espléndido catálogo ilustrado, con ensayos
de Michel Contat, Annie Cohen-Solal y otros autores, pero es necesariamente
parca en lo que a los atributos sartrianos esenciales se refiere,
como la crítica y las opiniones. “Toda mi vida he escrito
contra mí”, declaró Sartre en Las palabras,
mientras que la exhibición provoca el efecto de presentarlo
casi todo por él. El 15 de julio de 1954, en la primera plana
de Libération apareció el artículo, “La
liberté de critique est totale en URSS” [“En
la Unión Soviética, hay total libertad de crítica”];
es la primera entrega de una entrevista, dividida en cinco partes,
sobre el reciente viaje de Sartre a la “gran nación”.
“Sería un error creer que el ciudadano soviético
no expresa sus críticas”, le dijo Sartre al periodista,
un año después de la muerte de Stalin. “Se critican
constantemente a sí mismos como medio para progresar”.
Cuando se le preguntó por qué no había rusos
en el extranjero, contestó: “Eso se lo pregunté
a varias personas... Ellos no quieren viajar en estos momentos.
Tienen mucho que hacer en casa”. La lista de “bellezas
y maravillas soviéticas”, como dice Cohen-Solal en
Sartre (1985), una excelente biografía, habla por sí
sola en la Bibliothèque Nationale... aparte de la fría
explicación que Simone de Beauvoir da en La fuerza de las
cosas, en el sentido de que Sartre quedó rendido de tanto
viajar y no se le dio la oportunidad de revisar el texto. Un episodio
más edificante fue su rechazo al Premio Nobel en 1964, cuando
actuó con verdadera decencia, resistiéndose a la tentación
de aprovechar lo que consideraba como un desafortunado malentendido.
Eligió a un periodista sueco para explicar sus motivos para
rechazar el premio, con el fin de minimizar el bochorno de la Academia
de Estocolmo, y concluyó: “El escritor no debe permitir
que las instituciones lo transformen”. Se muestran fragmentos
de las obras de teatro de Sartre, que aparecieron en el cine y la
televisión, así como video clips del autor siendo
entrevistado o hablando, rodeado de los miembros de la “petite
famille” de Les temps modernes (Beauvoir, Claude Lanzmann
et al.). Sin embargo, las imágenes que más llaman
la atención del espectador son las del grupo de la post-libération
en les caves existentialistes de Saint-Germain-des-Prés,
bailando al son del jazz y haciendo payasadas para la cámara.
Una toma de Boris Vian tocando una trompeta de bolsillo levanta
el ánimo momentáneamente. Después, uno prosigue
a una sala de video insonorizada para ver y oír a Evelyne
Rey reírse hasta la desesperación infinita en Huis
clos. El material documental que se expone nos recuerda que el “fenómeno
Sartre” nació de repente... en 1943, El ser y la nada
y Las moscas, una obra de teatro alegórica, contra la Ocupación;
un año después, Huis clos; en septiembre de 1945,
los primeros dos volúmenes de Los caminos de la libertad,
seguidos del lanzamiento de Les temps modernes en octubre. El primer
número de la revista incluía las colaboraciones de
Raymond Aron, Maurice Merleau-Ponty, Francis Ponge, Richard Wright
y la insinuación de que Sartre se disponía a dejar
atrás la literatura, bajo la forma de un manifiesto escrito
sobre el tema de la littérature engagée [la literatura
comprometida]. También daba a entender que el editor en jefe
(Merleau-Ponty era el editor) recibiría visitas los martes
y jueves de 5.30 a 7.30 p.m. En 1956, Sartre puso fin a su romance
con la Unión Soviética y se convirtió en l’ambassadeur,
dedicándose a promover la causa de los oprimidos en todo
el mundo. La exposición reseña estas actividades por
medio de fotografías en donde Sartre aparece con Castro,
Nasser, el Che Guevara, Khrushchev, Tito y de copias ampliadas de
artículos de periódicos a los que apoyaba, como La
Parole du peuple, La Cause du peuple, Révolution! y la moderna
encarnación de Libération que él ayudó
a fundar en 1973. Era bueno contar con Sartre en la plataforma (la
postura tardía que lo caracterizó era oratoria), pero
él tenía escasa experiencia directa con trabajadores,
fábricas y campesinos. Cohen-Solal cita a David Rousset,
un camarada del RDR (Rassemblement Démocratique Révolutionnaire),
un partido creado para aquellos que no podían comprometerse
con el Partido Comunista: “A pesar de su lucidez, él
vivía en un mundo que estaba totalmente aislado de la realidad...
Tuvo mucho que ver con el juego y el movimiento de las ideas, pero
no tanto con los acontecimientos... Sí, eso es, Sartre vivía
en una burbuja”. Después de todo, el infierno son los
demás. En su ensayo, “La situación del escritor
en 1947”, Sartre conjuró una imagen romantizada del
escritor estadounidense, en cuyas manos estaba el futuro de la literatura:
“Escribe a ciegas, impulsado por una necesidad absurda de
deshacerse de sus temores y su enojo... Al igual que Steinbeck,
se encierra durante tres meses, luego se desquita el resto del año
pasando lo que queda de él en las carreteras, en las obras
de construcción o en los bares”.
Como ocurre con una gran parte del periodismo de Sartre, esta acomodaticia
generalización tiene un propósito propagandístico,
en este caso el de hacer que los lectores sientan el asfixiante
peso de la tradición que el novelista francés tuvo
que enfrentar para salir adelante. Sartre quería deshacerse
de ella, así como quería deshacerse de la sociedad
que la había alimentado y que lo alimentaba a él.
“Somos los escritores más burgueses de todo el mundo
—se quejaba—. Para nosotros, la máxima transformación
de un poema... es que termine impreso en pequeñas letras,
en un libro de pasta dura, encuadernado con tela de color verde”.
La solución era evidente... esa odiosa estructura debía
ser destruida por completo. En 1974, seis años antes de su
muerte, después de varias décadas de cambios de bando
político, después de reconocer la realidad de los
horrores soviéticos que antes había negado mientras
tomaba un café crème en el Café Flore, Sartre
podía formular su postura en estos términos: “Un
día se fundará una nueva cultura, para todos, y todos
los individuos serán intelectuales y obreros manuales al
mismo tiempo” (On a raison de se révolter: Discussions).
Que la recompensa por el esfuerzo de la renuncia continua, 100 años
después de su nacimiento, sea quedar institucionalizado bajo
la forma de una exposición en la Bibliothèque Nationale,
altamente vigilada para garantizar que ningún acólito
se acerque demasiado a las vitrinas que protegen los valiosos manuscritos,
parece un tanto injusto con le petit camarade. Por otro lado, esto
puede mirarse con ironía y considerarse como la venganza
de la república de las letras. Si bien Sartre tuvo razón
en 1946 al alabar la vitalidad de la novela estadounidense, que
prácticamente no ha decaído desde entonces, fue típica
y consistentemente perverso al creer que la mejor forma de engrandecer
la novela francesa era abandonándola.
Campbell. Escritor
y crítico de arte. Columnista regular del TLS.
© The Times Literary Supplement, viernes 6 de mayo de 2005
Traducción:
Katia Rheault
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor de Mauleón,
Director / Laura Emilia Pacheco y Juan Manuel Gómez,Editores.
Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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