Anton Chéjov (1860-1904) dedicó casi
toda su vida a combatir la tuberculosis que lo mató a los 44
años de edad. En ese lapso, escribió obras de teatro
y narraciones sobre nuestra incapacidad para comunicarnos; sobre “la
belleza sutil, apenas perceptible, del dolor humano”. Este ensayo
de Juan Villoro —que no sólo admira sino conoce y entiende
la obra del indiscutible primer maestro del cuento moderno—
decanta las claves de este género y, al hacerlo, delinea la
personalidad de un hombre para quien “el verdadero mal consiste
en no desear nada y entregarse a la pasividad”.
Por
Juan Villoro
Al modo de los
iconos de la iglesia ortodoxa rusa, la imagen de Anton Chéjov
preside el cuento contemporáneo. Los practicantes del género
suelen tener una foto suya cerca del escritorio de los desafíos.
Ya sea recostado en una escalera con un perro en brazos, viendo
a la cámara con espejuelos en la etapa de Yalta o antes de
llevar barba en sus años de estudiante de medicina (los rasgos
tártaros más notorios), conserva una serena fotogenia.
Sus retratos parecen entrañar una moral. Arte de la reticencia,
el cuento no tuvo un profeta enardecido. Chéjov mira a través
del tiempo como si recordara la transgresión sutil que buscó
en sus historias: “una vida que ninguna circular prohibía,
pero que no estaba permitida del todo”.
Conviene iniciar la revisión de sus cuentos con otra fotografía.
María Vasílevna, protagonista de “En el carro”,
conserva una imagen de su madre muerta, tan gastada que sólo
se distinguen el pelo y las cejas. Ese desteñido talismán
es su más valiosa pertenencia. Al final de la travesía
que ocupa la mayor parte de la trama, ve la llegada de un tren.
El ventanal de la estación reverbera; todo se inunda de un
resplandor hiriente. En el andén de primera clase, María
entrevé la silueta de su madre y recupera la “habitación
luminosa y bien caldeada” en la que transcurrió su
infancia. El tiempo perdido regresa en forma torrencial, como si
la vieja fotografía volviera a revelarse. La trama —hasta
ese momento la historia de un vacío— adquiere poderosa
ilusión de vida. Una foto desdibujada y un tren en movimiento
desatan una compleja red de sentidos. Anton Chéjov cuenta
un cuento.
Al menos en otra ocasión el autor se sirvió de la
frase “una habitación luminosa y bien caldeada”
para ubicar el sitio del que surgen las historias. En “Iván
Matveich” un hombre de letras aguarda la visita de su infructuoso
secretario. Harto de sus retrasos, se decide a despedirlo. Cuando
el joven finalmente llega, el letrado ve con desprecio sus ropas
grasientas, la forma en que toma el té sin aguardar a que
se enfríe, la voracidad con que come galletas y mete otras
en los bolsillos. El protagonista emprende su dictado seguro de
que será el último. El secretario lo interrumpe para
hablar de lo que ha visto en el campo. Es un notable observador
de la naturaleza, pero el sabio tiene otras cosas en mente. El relato
continúa hasta el momento en que el visitante debe irse.
Una corriente invisible atenaza a los personajes. El secretario
ve el entorno, luminoso y bien caldeado, en el que podría
seguir contando anécdotas. El letrado lo insta a quedarse.
¿Qué ocurrió? Una revelación no pronunciada,
la inminencia de una historia. Seguirán ahí mientras
tengan algo qué decirse. La poética entera de Chéjov
encaja en esta situación. No es casual que uno de sus mayores
discípulos, Ernest Hemingway, titulara una de sus más
logradas piezas breves “Un sitio limpio, bien iluminado”.
Detrás de un cristal empañado por el vaho, la escarcha,
las huellas de una mano frágil y una nerviosa telaraña,
arde una flama nítida, el lugar de la ficción.
A diferencia de la novela, género en perpetua polémica
con su tradición, que se renueva transgrediendo sus normas,
el cuento ha buscado, de Edgar Allan Poe a Ricardo Piglia, maneras
de reinventarse dentro de un canon estricto. Los usuarios de esta
severidad suelen escribir teorías, tesis o decálogos
del perfecto cuentista. Se puede ser novelista sin una pedagogía
de la novela; en cambio, de manera implícita o explícita,
los grandes del cuento han dejado constancia de su proceso de aprendizaje.
En un oficio que se ejerce con ánimo de compartir lecciones,
el maestro absoluto ha sido Chéjov. Sus consejos —extraídos
de cartas, cuadernos de notas, recuerdos de terceros o simples rumores—
se repiten en los talleres literarios como las acatistas de la iglesia
ortodoxa rusa: “Hay que empezar el cuento en la segunda página”;
“si una pistola aparece en el primer acto de una obra de teatro,
debe dispararse en el tercero”; “no digas que uno de
tus personajes está triste: sácalo a la calle y haz
que vea un charco en el que se refleje la luna”.
Un aprendizaje chejoviano básico, del que Hemingway extrajo
sus mejores recursos: el diálogo en apariencia banal. Dos
personas comparten nimiedades que poco a poco revelan su vida interior.
Las conversaciones —muchas veces armadas en forma de disputa—
delatan lo que los personajes no se atrevían a decir y ni
siquiera suponían qué llevaban dentro.
El cuento chejoviano depende de una zona implícita, aludida
pero no expresada. Una masa de silencio sostiene la urdimbre del
relato. Hemingway ilustró esta forma de composición
con la metáfora del iceberg (el soporte del relato está
bajo el agua, no se ve pero se advierte). Piglia recuperó
el tema con la tesis de que todo cuento cuenta dos historias, una
evidente y otra sumergida, insinuada, que otorga sentido profundo
a la superficie del relato.
Otro insoslayable heredero de Chéjov, Raymond Carver, copió
una frase suya en una tarjeta: “…y de pronto todo se
le aclaró”. Hay algo casi religioso en transcribir
una cita tan sencilla, que podría ir impresa en una caja
de cereal. Carver explica su valor de esta manera: “Estas
palabras me parecen llenas de expectativas y posibilidades. Me encanta
su llana claridad y el asomo de revelación implícito
en ellas. Por otro lado, encierran algo de misterio. ¿Qué
es lo que no había estado claro? ¿Por qué justo
ahora logra dilucidarse? ¿Qué fue lo que sucedió?
Y sobre todo: ¿Y luego, qué? Este tipo de repentinos
despertares generan consecuencias”. Seguramente la frase no
habría llamado la atención del autor de Catedral si
no procediera de alguien que escribió casi 500 cuentos para
mostrar lo que hay detrás de las palabras “…y
de repente todo se le aclaró”. Carver atesora la cita
como un salvoconducto para avanzar por terreno peligroso. Si Chéjov,
el primer maestro, dijo eso, la epifanía es posible: la habitación
puede iluminarse. Uno de los mejores relatos de Carver, “Tres
rosas amarillas”, trata, precisamente, de la muerte de Chéjov
en el balneario de Badenweiller. La vida del escritor se ha apagado;
en la mesa queda una botella de champaña a medio beber; el
silencio abruma la habitación; de pronto, animado por el
gas, el corcho sale disparado. La vida continúa, con precisión
chejoviana.
Carver escribió el cuento a partir de las dos narraciones
que Olga Knipper, viuda del escritor, hizo del episodio en Badenweiller.
En Leyendo a Chéjov Janet Malcolm sugiere que, en su condición
mimética de actriz, Olga imitaba el estilo literario de su
marido. Lo cierto es que su crónica de la agonía aporta
los elocuentes detalles chejovianos que Carver requería para
su relato.
Aunque escribió algunos clásicos del género,
como “El monje negro”, es poco lo que el cuento fantástico
le debe a Chéjov. En cambio, el cuento realista le debe prácticamente
todo. Un inventario exprés de sus discípulos norteamericanos:
Sherwood Anderson, Hemingway, Salinger, Malamud, Cheever, Carver,
Joy Williams, Richard Ford, David Leavitt.
En una entrevista de 1957, William Faulkner comentó: “[En
la novela] puedes ser más descuidado, incluir más
basura y ser perdonado. Un cuento se acerca a la poesía en
que casi cada palabra debe ser excacta. En la novela puedes ser
descuidado, en el cuento no. Me refiero a los buenos cuentos, como
los que escribió Chéjov”. Cerca de cuarenta
años después, John Cheever, quien mereció el
apodo de “el Chéjov de los suburbios”, comentó
que en los cuentos chejovianos no sucede nada en apariencia. No
hay asesinatos ni se roban los planos del submarino nuclear. Sin
embargo, la pregunta que en su opinión debe plantearse respecto
al cuento no es “¿pasa algo?” sino “¿es
interesante?”. Bajo esa premisa, nadie supera a Chéjov.
La influencia del modo chejoviano de escribir sólo es superada
por el modo chejoviano de leer. Los cortes que Salinger y Carver
hicieron en sus manuscritos por sugerencia de sus editores demuestran
lo que un escritor gana al ser leído a la manera de Chéjov.
Esto lleva a un asombro esencial: en ocasiones, el propio Chéjov
podría ser más chejoviano. Sus principios estéticos
han calado tan hondo que tranquiliza comprobar que no siempre los
puso en práctica. El cuento “Luces” abunda en
digresiones y “Pesadilla” desemboca en esta explicación
didáctica: “Así empezó y acabó
el esfuerzo sincero que hacía por mostrarse útil uno
de esos muchos hombres bienintencionados, pero demasiado satisfechos
e irreflexivos”. Por Chéjov sabemos que el juicio de
los personajes debe depender del lector y que no hay mayor artificio
que presentar a un hombre como “sincero”. Qué
diferencia con el Chéjov que deprime a un personaje haciendo
que escuche “el ruido insoportable de unos rieles que alguien
transportaba por la noche”.
Admirador de Pushkin, Tolstói y Turguéniev, Chéjov
lamentaba el desaliño en la prosa de Dostoyevski, las exageraciones
emocionales a las que sucumbían sus personajes y su tendencia
a soltar parrafadas edificantes. De acuerdo con Nabokov, Chéjov
dotó a la prosa rusa de una pureza equivalente a la de Pushkin
en la poesía; no fue un estilista enfático como Turguéniev
(“que cruzaba sus piernas fijándose en el color de
sus calcetines”) ni aspiró al ingenio del virtuoso;
decantó la prosa a través de supresiones y de reconocer
el tono unitario de la lengua, los matices de cielo invernal en
los que hablan sus personajes.
En “La dama del perrito” un hombre sostiene un affaire
con una mujer que lo ama más de lo que él la ama.
El pretexto para acercarse a ella es el perro que la acompaña
durante unas vacaciones (él lo menciona con falso interés
para iniciar el cortejo). Al final del relato, el protagonista repara
con melancolía en que nunca supo el nombre del perro. Esta
ignorancia cala en su ánimo y le revela su egoísmo.
¿Hay mejor demostración del poder expresivo de lo
que se ignora?
En ocasiones, el recuerdo de un cuento de Chéjov es más
chejoviano que el original. Hace poco leí un atractivo resumen
de “Ganas de dormir” como la historia de una niñera
agotada, que aprieta en sus brazos al bebé que no cesa de
llorar hasta asfixiarlo para conciliar el sueño. Esta manera
extrema de “consolar” al niño no es sino el desesperado
consuelo de sí misma. En realidad, el desenlace de Chéjov
es menos sugerente. La niñera cobra conciencia de que el
niño es su enemigo, se dirige a su cuna, lo estrangula, se
tiende en el piso y al fin duerme. Comparado con el sugerente resumen,
que convierte la angustia de la niñera y la necesidad de
cuidar y callar al bebé en hechos simultáneos, el
final auténtico parece burdo, melodramático, poco
chejoviano.
“El tiempo también pinta”, decía Goya
para referirse a la pátina que contribuiría al futuro
aspecto de sus cuadros. En el caso de Chéjov, el tiempo continúa
depurando sus relatos.
“No amo la popularidad de mi nombre”
Antón Pávlovich Chéjov nació en la pequeña
ciudad de Taganrog, en 1860. Su abuelo fue siervo y compró
su libertad por 3,500 rublos. Su padre se arruinó como tendero
y buscó suerte en Moscú. De los 16 a los 18 años,
Chéjov permaneció por su cuenta en Taganrog; luego
siguió a su familia a Moscú, donde estudia medicina.
A los 23 años escribió el cuento “En la peluquería”,
donde el dueño del local se complace en ver a sus clientes
reflejados en un espejo que los distorsiona. Aunque sus primeras
viñetas tuvieron un tono humorístico, Chéjov
se sintió cautivado desde muy pronto por “la belleza
sutil, apenas perceptible, del dolor humano”. Escribió
sin tregua para los periódicos, y a partir de 1888, para
las revistas literarias. Su trabajo como médico no interrumpió
su infatigable producción narrativa. A los 29 años
supo que padecía tisis y que su vida sería breve.
Al año siguiente emprendió un extenuante viaje a la
colonia penitenciaria de Sajalín para escribir un extenso
reportaje. En el resumen que hizo de su biografía para el
editor de la revista Siever, escribió: “En 1891 hice
una gira por Europa, donde bebí vino espléndido y
comí ostras […] Descubrí los secretos del amor
a los trece años. Mantengo excelentes relaciones con mis
amigos, tanto médicos como escritores. Estoy soltero […]
No obstante, todo esto no vale nada. Escriba lo que le parezca.
Si no hay hechos, sustitúyalos por un comentario lírico”.
Sus compañeros de viaje comentan que en Roma costaba trabajo
interesarlo en las ruinas; sólo se fijaba en las personas
y en sus ropas. Aunque conocía bien Moscú, rara vez
escribió de temas urbanos. Sus recuerdos de infancia y adolescencia
en Tanganrog; su trabajo de médico rural y sus temporadas
de convalescencia en Yalta, le permitieron conocer a los campesinos,
los cocheros, los cazadores furtivos, los oficiales desplazados,
las niñas descalzas y las señoritas de provincia que
pueblan sus relatos. Aunque a veces sus protagonistas se juntan
para combatir el frío en torno a un humeante samovar, sus
cuentos presuponen un paisaje extenso, amenazante, inconquistable.
En su opinión, el “alma rusa” dependía
de la inaudita soledad de la estepa. Fue amigo de Tolstói,
quien le dijo: “Tus obras de teatro son aún peores
que las de Shakespeare”, pero admiraba sus maneras suaves
y su andar “de muchacha”. Poco antes de morir, Chéjov
dedicó una hora a escoger el pantalón que se pondría
para recibir al autor de Guerra y paz. Como sus cuentos, su vida
amorosa se escribió en episodidos breves; sostuvo amoríos
intermitentes, en general con mujeres casadas. En 1885 le escribió
a un amigo: “Deme una mujer que, como la luna, no aparezca
todos los días en mi cielo”. Tres años después
contrajo matrimonio con la actriz Olga Knipper. Aunque ella cumplía
con el requisito de estar más presente en los escenarios
que en la casa, Iván Bunin juzgó que el enlace de
su amigo era “un suicidio peor que Sajalín”.
El matrimonio ocurrió básicamente por correspondencia.
Enfermo de los pulmones, Chéjov residía la mayor parte
del año en Yalta mientras su esposa actuaba en Moscú.
Peter Brook leyó el epistolario en clave chejoviana y lo
llevó a escena, mostrando la fuerza dramática de los
papeles secundarios del escritor y su mimética esposa. Chéjov
murió en Badenweiller, a los 44 años. En las últimas
anotaciones de su diario se queja de lo mal que se visten las alemanas.
Su cadáver fue trasladado a Rusia en ferrocarril. Alguien
que no lo había leído pero que ya pertenecía
a su siglo, confundió los bultos en el vagón de carga
y colocó en su ataúd un letrero que decía:
“Ostras frescas”.
Chéjov creía en el trabajo con un fervor casi sagrado
y en la bondad como una técnica. Al rememorar su amistad
con él, Bunin se sosprende de que ni su madre ni su hermana
recordaran haberlo visto llorar nunca. Lejos del sentimentalismo,
Chéjov practicó la filantropía como una tarea
objetiva de la que no se ufanaba.
Su caritativa personalidad fue elogiada por autores proclives a
la megalomanía, que no hubieran hecho nada por vivir como
él: Gorki, Mann, el propio Bunin. Austero, modesto, más
interesado en los demás que en sí mismo, de un sentido
común ajeno al arquetipo del Artista Moderno —ese ser
vestido de negro, atribulado y en estado de excepción—,
Chéjov vivió con un sentido de la entrega que hoy
parece más cerca de Médicos Sin Fronteras que del
trabajo literario. Los extremos del rebelde asocial o el hipnotizador
mediático no pueden asociarse con su temperamento. Cálido,
llevadero, Chéjov suscita desde el competitivo presente la
sospecha de que es demasiado bueno para escribir bien. “¿Por
qué no fue pediatra?”, podría preguntarse el
colega convencido de que la mala leche produce historias.
A Gorki, la sencillez del maestro y su desapego ante la gloria,
le provocan cierta lástima. Por su parte, Bunin elogia su
interés en los demás, sobre todo en lo que se refiere
a él (en su deshilvanado libro, escrito poco antes de morir,
no pierde oportunidad de citar del diario de Chéjov frases
como: “¡Extraño tanto a Bunin!”). Más
agudo, Mann reflexiona en lo difícil que resulta apreciar
a un autor que no transmite una alta idea de sí mismo (“su
modestia es sobremanera simpática pero no contribuye a imponer
respeto en el mundo”).
Durante años, el patricio autor de Los Budenbrook se negó
a frecuentar a un autor de pequeñeces. Al comienzo de su
“Ensayo sobre Chéjov” ofrece una explicación
de este rechazo: “En mi caso seguramente influyeron la fascinación
por la ‘magna obra’, el ‘largo aliento’,
el monumento épico sostenido y acabado con poderosa paciencia,
la admiración por los grandes realizadores como Balzac, Tolstói,
Wagner, a los que soñaba emular de alguna manera. Y Chéjov
era, como Maupassant, al que yo, por cierto, conocía mucho
mejor, un escritor de la forma pequeña”. Los espacios
chejovianos son, en fecto, “formas pequeñas”,
delicadas figuraciones; sin embargo, es de esa decantada condensación
de donde deriva su fuerza.
De la misma manera en que Mann desconfiaba de las rápidas
y astutas soluciones del zorro, Chéjov descreía del
monomaniaco y sólido avance del elefante. Más interesado
en las preguntas que en las respuestas, se apartaba de los intelectuales
que leían la historia como si ocurriera para citarlos: “Todos
los grandes sabios son despóticos como generales y descorteses
como generales. Están convencidos de su impunidad”.
Amigo de la reticencia y de la duda, no participó en partidos
ni movimientos políticos, pero buscó sin descanso
formas prácticas de combatir la injusticia. No se puede perder
de vista que vivió en un país tiranizado por Alejandro
III, donde el recurso de castigo más habitual era el azote
y la policía operaba como un tenebroso clan secreto.
Nabokov, que desconfiaba de los hombres revestidos del ambiguo disfraz
de la filantropía, describe con admiración las muchas
causas a las que Chéjov dedicó su mermada energía.
Entre otros proyectos que incluyen el rescate de perros, la mejoría
de los jardines y la lectura de manuscritos ajenos, impulsó
el museo de artes plásticas de Taganrog, la primera estación
biológica de Crimea, la primera clínica dermatológica
de Moscú, el envío de libros a la isla de Sajalín,
cuatro escuelas para niños campesinos, una estación
de bomberos y la renovación de la Casa del Pueblo de Moscú.
Todo esto sin dejar de socorrer pacientes. Contra la opinión
de sus colegas, ya enfermo, recorría los camastros de los
afectados por el cólera.
El activista no cedió a simplificaciones psicológicas
ni se consideró especialmente virtuoso. En “El pabellón
número 6”, apunta: “No hay nada bueno sobre la
Tierra que en su origen no contenga algo malo”.
El insominio
honorable
Chéjov no fue practicante religioso pero su literatura es
inseparable del cristianismo. En la niñez, su lectura obsesiva,
casi única, fue la Biblia. La devoción de su familia
lo convirtió en testigo del rito ortodoxo, y atesoró
escenas que le permitirían escribir de seminaristas, popes,
archimandritas, cantores de acatistas, campesinos transidos por
la fe, hombres que adoptan a un hijo para salvar su alma. El pecado,
la culpa y la redención forman parte esencial de su sistema
narrativo.
En “El estudiante” una anciana llora al oír el
episodio del Huerto de los Olivos y descubrir que todo dolor pasado
puede ser presente. Lejos del proselitismo y la doctrina, Chéjov
se sirve de la religión como relato para condensar dos tiempos
distantes. Al contrario de Raskolnikov, convencido de que “si
Dios no existe todo está permitido”, hace de la ética
un problema de elección individual. En “Caso extraído
de la práctica” una acaudalada señorita padece
de insomnio y su médico se atreve a comentarle: “Usted
está descontenta como propietaria de fábrica y rica
heredera. No cree usted en su derecho y por eso no duerme. Naturalmente,
eso es mejor que si estuviera usted feliz, durmiera profundamente
y pensara que todo va de perlas. Sufre usted de un insomnio honorable”.
El sentimiento de culpa no mejora la realidad, pero dignifica como
molestia.
La religiosidad sin iglesia de Chéjov se expresa de manera
ejemplar en “La noche de Pascua”. Un grupo de feligreses
remonta un río a bordo de un transbordador para asistir a
misa. El barquero acaba de perder a su mejor amigo y enfrenta las
aguas de modo vacilante. El narrador se lamenta de ser conducido
por un hombre hipersensible, tal vez irresponsable. Poco a poco
ese sufrimiento, desnudo e inexpresable, se impone al ritual que
habrá de celebrarse. La travesía en manos del piloto
incierto, entre jirones de niebla, revela con extraña precisión
el misterio de la muerte y la dificultad de trascenderlo. También
“El obispo” alude a esta inefable condición de
la experiencia, lo que ocurre “más allá del
entendimiento humano y sin embargo próximo a él”.
Para Chéjov toda fe que inmoviliza resulta inútil.
Creer en un orden trascendente no significa rendirse a la fatalidad.
En “Deportación” contrasta dos posturas morales,
la de un hombre educado a quien apodan el Juicioso y la de un tártaro
que roza la barbarie. Como el paciente Job, el primero acepta la
deportación a Siberia sin atenuantes. Horrorizado por esta
renuncia a la lucha, el tártaro exclama que el verdadero
mal consiste en no desear nada y entregarse a la pasividad. Aún
en Siberia hay que anhelar la piel de la mujer amada y dar un paso
hacia el escape. Para Chéjov, la ética de la acción
semeja el trabajo de un jardinero que no admite descanso. En una
carta a su hermano Nikolái, resumió sus reglas para
una vida recta: “No armar escándalo por un martillo
o una pieza de caucho extraviados […] Perdonar el ruido, la
carne fría y seca, las ocurrencias y la presencia de extraños
en el hogar. No sentir sólo compasión por los mendigos
y los gatos. El corazón se duele por lo que el ojo no ve.”
En su cuento de madurez “Casa con desván”, insiste
en una ética de lo diario, fundada en la consideración
por los demás: “La buena educación consiste
no en no volcar la salsa sobre el mantel, sino en no darse cuenta
cuando lo hace otro”.
Con el mismo asombro con que estudió la vida de José
y sus hermanos, Thomas Mann habla de la conducta ejemplar de Chéjov,
su ironía ante la fama, su entrañable deseo de ser
un hombre antes que un monumento. El titán germano, que deseaba
todo lo contrario, admira este inimitable caso radical y cita una
frase que el ruso escribió a su hermano: “Alégrate
de tu descontento, demuestra que eres más grande que los
autosatisfechos”. Las carencias son el estímulo del
imperfecto. Por eso, porque no tienen dónde detenerse, sus
pasos vacilantes llevan más lejos.
La supremacía del débil
Nabokov observó que el héroe chejoviano suele ser
alguien bueno incapaz de hacer el bien. En El tío Vania la
felicidad se proyecta hacia un futuro intangible: “Los que
vivan cien o doscientos años después de nosotros,
y que nos despreciarán por haber llevado una vida tan estúpida
y anodina, quizá encuentren la manera de ser felices”.
En los remotos bosques de abedules, las isbas en medio de la tundra,
las guarniciones sin gloria y los ríos al amanecer donde
ocurren las historias de Chéjov, los personajes distinguen
sin dificultad entre el bien y el mal pero no siempre logran actuar
en consecuencia.
Y sin embargo, en forma casi inadvertida, algo se salva en ese mundo
castigado. Con preciso antidarwinismo, el cuentista rescata a los
inadaptados, los débiles, los peor dotados para la supervivencia.
“Aniuta” narra la historia de una muchacha que pasa
de un hombre a otro, sin poder retener a ninguno. Todos buscan un
futuro más allá de ella. Ahora vive con un estudiante
de medicina. En pleno invierno, él le pide que se desnude
y le dibuja las costillas para estudiar anatomía. Apenas
tienen qué comer y están sumidos en la desesperación.
Entonces, un pintor que vive en la misma pensión llega a
solicitar que Aniuta pose para él. El estudiante accede por
ella. Durante la ausencia de la muchacha, piensa en deshacerse de
alguien tan insignificante. Ella regresa al poco rato, exhausta,
con señas de haber hecho el amor con el vecino de habitación.
Su novio le dice que debe marcharse. Resignada, la muchacha junta
sus cosas. Antes de irse, coloca cuatro terrones de azúcar
en la mesa. Es lo que sacó de la visita al pintor. El estudiante
se arrepiente, le pide que se quede; ella vuelve a coser, sin decir
palabra. En un espacio de extremas carencias, donde unos terrones
de azúcar son el precio del amor, la ambición sin
mesura no puede tener lugar. Sobrevivir es un heroísmo de
la precariedad. La nevisca cae sobre un carruaje, los caballos están
cansados y las ropas empapadas. Es de noche y una mano sostiene
el último cerillo. Puede fallar, pero si es suficientemente
frágil no va a fallar. Sólo quienes dependen de las
cosas nimias se ponen de parte de ellas.
La creatividad depende de renunciar a la fortaleza física.
Un pasaje de “El monje negro”: “La inspiración,
el entusiasmo, el éxtasis, todo lo que distingue a los profetas,
a los poetas y a los mártires de una idea de la gente común,
se opone al lado animal del hombre, es decir, a la salud física”.
Diez páginas más adelante, el narrador agrega: “Si
Mahoma hubiera tomado bromuro de potasio para curar sus nervios,
hubiera trabajado sólo dos horas diarias y hubiera bebido
leche, ese hombre notable habría dejado tan poca huella como
su perro.” Para el médico de Taganrog, toda opinión
propia proviene de una deficiencia física. Este análisis
psicológico entraña una estética: “Nunca
había podido amar a una mujer sana, fuerte, de mejillas sonrosadas,
pero le gustaba la pálida, débil y desdichada Tania”.
Y “En el carro” añade: “No hay manera de
entender —pensaba— por qué Dios concede belleza,
afabilidad, tristes y dulces ojos a personas débiles, desdichadas
e inútiles, y por qué son tan atractivas”.
En el código Chéjov sobreviven los endebles, pero
fracasan los sumisos: “Esas personas desdichadas y sumisas
son las más insoportables, las más molestas. Todos
sus actos quedan impunes. Cuando una persona desdichada, en respuesta
a un reproche merecido, levanta sus ojos profundos y culpables,
esboza una dolorosa sonrisa y acerca humildemente la cabeza, parece
como si la justicia misma no tuviera ánimos para levantar
la mano en su contra” (“Vecinos”). Chéjov
detesta la impunidad del sabelotodo tanto como la del sometido.
La debilidad le interesa como forma de resistencia. Así escribió
las historias del cochero que encuentra en su caballo a su mejor
confidente, la campesina que busca en el bosque al cazador que la
detesta pero es el único hombre con el que ha perdido un
hijo, la inmerecida dicha de un oficial al que una muchacha besa
por error en la oscuridad, la tormenta de nieve que favorece a una
mujer desdichada trayéndole atractivos pretendientes. Cuatro
terrones de azúcar, el rumor del aire en una botella vacía,
un plato de cerezas, claves del universo.
En su biografía de Chéjov, V. S. Pritchett señala
que muchos de sus relatos terminan con una recuperación del
curso de la vida. “Aniuta” concluye con un grito que
llega del pasillo en la modesta pensión: “¡Grigori,
el samovar!”. La trama ha concluido; fuera del relato, alguien
quiere un té.
La mano extraña
Una metáfora rectora de Chéjov fue el jardín,
siempre necesitado de modestas atenciones. En “Vecinos”
dejó esta estampa: “El viejo jardín de Vlásich,
testigo de tantas historias tristes, dormía, envuelto por
la penumbra, y al atravesarlo se sentía, por alguna razón
desconocida, cierta melancolía”. Las historias se preservan
en el follaje; algún día el viento agitará
las frondas para esparcir lo que ahí se dijo.
En “El monje negro”, Chéjov se refirió
a la principal amenaza del jardín: “En nuestra labor
el principal enemigo no es la liebre, ni el abejorro, ni la helada,
sino la mano extraña.”
¿Cómo han tratado las manos posteriores el jardín
de Chéjov? El escritor no se hacía ilusiones respecto
a su posteridad. Sostenía que siete años después
de su muerte, sería olvidado.
Hace cien años, Chéjov le dijo al doctor que lo atendía:
“Es inútil poner hielo sobre un corazón vacío.”
El diagnóstico, extraño en un médico, tenía
un maniático sentido de la precisión literaria. Imposible
escribir un cuento contemporáneo sin compartir ese sistema
de precisión.
Al final de El jardín de los cerezos, cuando los actores
ya han salido de la escena, se escucha el golpe de un hacha sobre
un árbol. En la pieza teatral esto significa la destrucción
del escenario. En la historia del cuento el mismo sonido adquiere
el significado opuesto; es la vida que lo alimenta desde hace un
siglo. Toda historia narrada con pericia desemboca en un silencio
estremecedor. Entonces el oído atento registra algo más.
Un hacha da contra un árbol. El maestro poda su jardín.
Villoro. Autor del libro de ensayos Efectos personales
(Era, 2000).
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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