| Por
Roberto Calasso
Todo esto sucedió entre tirajes de libros que no sobrepasaban
los mil ejemplares. Luego de unos años, del primer libro
de Kafka, Betrachtung, que tuvo un tiraje de ochocientos ejemplares,
se quedaron en stock quinientos de ellos que se volvieron a presentar
como “segunda edición”.
Y sin embargo, tenían la impresión de que la literatura
sólo sucedía entre ellos. Y no se habían equivocado.
Eran unos desconocidos para el mundo, pero ya podía aparecer
uno como la contrafigura del otro.
Cuando, en 1918, la revista Hyperion publicó las primeras,
breves prosas de Kafka, el director de la revista, Franz Blei, tuvo
que asegurarle a un colaborador suyo que Kafka no era Robert Walser
y que realmente existía. Blei le escribía de esta
manera a Heymel: “Kafka no es Walser, es en realidad un joven
de Praga que así se llama”.
Al mostrarse al mundo, el escritor más irreductiblemente
singular del siglo era confundido con otro escritor que sólo
se asemejaba a sí mismo. Y tal parece que ya estamos inmersos
en un cuento de Kafka. Es más, la permuta de persona nos
hace recordar otra, que el propio Kafka comentó unos años
más tarde, cuando ya había escrito El proceso. Acompañado
de su médico, había ido a hacerse unas curas en una
aldea del Riesengebirge: Spindelmühle. Al llegar al hotel tuvo
una sorpresa: “A pesar de que yo había escrito claramente
mi nombre en el registro del hotel, y a pesar de que ellos mismos
ya lo habían escrito dos veces justo frente a mí,
en el registro todavía aparece escrito Joseph K. ¿Tengo
que ser yo quién les explique cómo son las cosas o
tengo que hacérmelas explicar por ellos?”.
El nexo de Kafka con Walser no era solamente literario. Tenía
algo más íntimo, secreto. Incluso Eisner, el jefe
de oficina de Kafka en las Assicurazioni Generali, se había
dado cuenta de esto. Le parecía que su subordinado guardaba
cierto parecido con Simon, uno de los hermanos Tanner de la novela
homónima de Walser. Este sencillo hecho invita a soñar.
Un jefe de oficina que muestra tal fineza y clarividencia hacia
un joven empleado. Uno piensa en un lugar idílico y, sin
embargo, Kafka describió su oficina como “el verdadero
infierno” y agregaba: “Ya no tengo miedo de otros infiernos”.
La observación del director Eisner debió haber tocado
a Kafka en un punto muy sensible. De tal suerte que redactó
el borrador de una “Carta al jefe de oficina” que nunca
mandó y se lee como una página perdida de Walser:
“Creo que Simon es un personaje en esos Hermanos Tanner. ¿Acaso
Simon Tanner no es el que siempre anda vagabundeando, feliz hasta
la saciedad, para que al final, de él no salga nada productivo,
a no ser el goce del lector?”.
Ya estas palabras son de una precisión desconcertante, porque
no encierran a Simon Tanner, sino a todo su autor, en un amable
y angustiante camafeo.
El arte de convertirse en nada era el arte peculiar de Walser, y
Kafka de inmediato lo había sacado a relucir, agregando una
glosa que agrava todavía más la situación y
parece referirse a la desolada vida futura del escritor, como en
un sumiso epicedio: “Es una carrera muy mala, pero sólo
una mala carrera le da al mundo la luz que un escritor no perfecto
pero sin duda alguna bueno quiere producir, pero, desgraciadamente,
a cualquier costo”.
Ese “a cualquier costo” aludía anticipadamente
a los veintisiete años que Walser pasaría encerrado
en un manicomio. Pero es suficiente para mostrar que entre Kafka
y Walser no se trataba de influencia literaria de uno (Walser) sobre
el otro, sino de una remota y oscura convergencia de ambos en un
presupuesto común: una fundamental extrañeza en el
mundo. Pero por otra parte, no hubieran podido ser más diferentes,
incluso en el estilo. Por una parte (Walser), un flujo tendenciosamente
informe, amanerado por desesperación, proclive a esconderse,
ávido por dispersarse.
Por otra parte (Kafka), una geometría mordaz, una oscilación
milimétrica entre lo mínimo y lo enorme, una disposición
incoercible para entender cualquier cosa.
Pero en un cierto periodo, alrededor de 1910, también se
observa, entre ellos, una suerte de ósmosis en la sensibilidad.
Llega la compañía del Ballet Ruso a Praga. Kafka asiste
a la función del 24 de mayo de 1909.
Le impresiona, sobre todo, “una ballerina absolutamente salvaje,
la Eduardowa”, le escribirá un día a
Felice. Robert Walser presencia la función del Ballet Ruso
en Berlín en los mismos días y admira a “esta
hermosa salvaje, ennoblecida por la disciplina y el ritmo”.
Agregando: “Esto es cautivador, y a propósito es necesario
decir que es la Eduardowa”. Kafka, a su vez, menciona a la
Eduardowa en las primeras páginas de sus Diarios, aludiendo
que podría transformarla en personaje de algún cuento.
Anota un sueño en el que él le pide que siga bailando
la czarda. Pero un tercero en discordia le susurra a la Eduardowa
que su tren está por partir. La bailarina entonces le dice
a Kafka, con el gesto de una diva en los albores del cine sonoro:
“¿Realmente soy una mujer mala, malvada, verdad?”.
“Oh, no”, dice Kafka y se va. En el ínterin había
comprobado que “la bailarina Eduardowa no era tan hermosa
al aire abierto como lo era en el escenario”.
Es más, decía que, mirándola bien, la veía
“muy parecida a una de mis tías, a una señora
entrada en años, muchas viejas tías de mucha gente
tienen un aire semejante”. También aquí obraba
la perenne oscilación walseriana entre veneración
e insolencia.
Partiendo de algunas páginas de los Diarios, una de las primeras
oportunidades narrativas que Kafka parece querer seguir es la descripción
de un incendio en un teatro: calca, en los detalles del horror,
de otra descripción de un incendio en un teatro que Robert
Walser había publicado tres años antes. Kafka: “Se
cuenta y estamos dispuestos a creer que, cuando se encuentran en
peligro, los hombres no les guardan ninguna consideración
a las mujeres que no conocen, aun si son hermosas; si estas mujeres
representan un obstáculo en su fuga del teatro que se incendia,
las empujan contra las paredes, las empujan con la cabeza y las
manos, con las rodillas y los codos.
“Entonces, nuestras mujeres parlanchinas callan, su discurrir
interminable encuentra un punto final, sus cejas se arquean desde
su posición de reposo, cesa el temblor de sus piernas y de
sus caderas, en la boca ahora semiabierta por el miedo entra más
aire que el acostumbrado y las mejillas parecen un poco abultadas”.
Walser: “Algunas madres pisoteaban sus dulces flores; algunos
hombres les arrancaban a los niños mechones enteros de cabello,
y había una hermosa jovencita a la que le metían los
pies en los ojos.
“En medio de la vida cotidiana de todos los días nació
una batalla sin parangón en civilizaciones anteriores.
“Algunas mujeres fueron arrojadas contra columnas y balaustradas,
y en el ínterin incluso los hombres comenzaron a quemarse,
a quemarse como se quema el papel.
“Pero lo que se quemaba con más horror que las mujeres
era el sofocante júbilo interior que amenazaba con devorar
a los que estaban a salvo, cuando se volvían a ver afuera,
sanos y salvos, formando grupos, en medio del frío y el hielo
invernal, se daban golpes de alegría, y también en
grupos de tres o cuatro a la vez, se arrojaban a la nieve crepitante.
Muchos enloquecieron”.
En una crónica literaria de 1914, Robert Musil escribió
sobre Robert Walser y Kafka, presentando a éste último
como un “caso especial del tipo Walter”.
¿Pero, en qué consistía la peculiaridad inconfundible
que hacía de Walser una “especie aparte”? De
acuerdo a Musil, en esto: “Mientras en general, en cuanto
hombres, tenemos ‘modelos fijos de comportamiento emotivo’
en relación a muchas cosas, Robert Walser parece sustraerse
a esta coacción. Por ejemplo, Walser es capaz de observar
un ‘incendio en el teatro’ como si fuese ‘un desastre
encantador’ ”.
Y Musil se refería precisamente al texto titulado Incendio
en el teatro, publicado en la antología Geschichten, en 1914,
pero que en 1908 apareció publicado en una revista, donde
Kafka lo había leído, para luego mencionarlo en su
diario de 1911, que Musil no pudo conocer.
Pero el punto en donde la agudeza de Musil descubre el nexo más
delicado es allí donde, hablando de El fogonero de Kafka
(sin saber que era el primer capítulo de El disperso), escribe
que ese texto está regido por el “sentimiento de las
férvidas oraciones de los niños y posee algo del escrúpulo
inquieto de las tareas en casa bien hechas”. Había
un sólo ejemplo precedente a esas “tareas en casa bien
hechas”: Los temas de Fritz Kocher, primer libro de Walser.
De todas maneras, en su percepción, Musil no era el único.
La comparación con Walser acompañó a Kafka
desde su primera aparición pública, como un rasgo
indicador. En 1912, en un anuncio publicitario del editor Rowohlt,
se presentaba el primer libro de Kafka usando el nombre de Walser
como única referencia: “Esta suerte de meditaciones
que este libro recoge, finamente limadas en la forma y profundamente
sentidas y pensadas en su contenido, quizá sitúan
a Kafka junto a Robert Walser, de quien, por otra parte, lo separan
profundas diferencias de sustancia en la elaboración poética
de las experiencias interiores”.
En una ocasión que Kafka tuvo que ir a Radotin para convencer
a un empleado a permanecer en el negocio del padre, observó
cuidadosamente el aspecto de sus compañeros de viaje en el
vagón del tren. Incluso su manera de deglutir, que interpretaba
como reacción a lo que los rodeaba y de lo que también
formaba parte Kafka, sentado con un número de la revista
Pan sobre las rodillas. En ese número se podía leer
un ensayo de Max Brod sobre Robert Walser.
Y fue el propio Brod quien narró lo mucho que Kafka amaba
leer ciertas prosas de Walser entre estallidos de hilaridad, de
esa misteriosa y alarmante hilaridad con la que incluso acompañaba
la lectura de El proceso. El texto predilecto de Kafka, según
Brod, era “Cervecerías alpinas”: “Se trata
de un sencillo local nocturno berlinés con bailes y exhibiciones
canoras. ¿Conocen las cervecerías alpinas en Unter
den Linden? Alguna vez deberían darse una vuelta por allí.
Si les toca ver a la cajera comer pan y salchichas, no cambien de
dirección disgustados”.
Kafka proseguía la lectura sofocando la risa a duras penas.
“Y entonces vendrá a su encuentro un ser enorme, una
especie de gigante de los bosques; es el tabernero y harán
muy bien en saludarlo quitándose el sombrero. A él
le complacerá y les agradecerá gentilmente su cortesía
levantándose un poco de la silla en la que está sentado”.
En este punto, Kafka ya no puede detener la risa. “Profundamente
halagados, ahora se acercarán al glacial, que es el escenario:
una curiosidad geológica, geográfica y arquitectónica”.
Y todas las frases que seguían, eran para él, ocurrencias
que acrecentaban su hilaridad. Hasta que llegaba al paroxismo en
el punto: “El tabernero realiza una vuelta de inspección
en el local para sacar a los borrachos. Aprecia la decencia y el
comportamiento correcto.
“Pero vayan alguna vez a este lugar, se los digo yo, ¡eh!”.
Entonces Kafka estalla en carcajadas y casi no logra calmarse. El
mordaz, invasor ¡eh! resuena metálico. De allí
en adelante todo se aplacaba, se iba retardando, con un final in
pianissimo: “Quizá un día hasta me encuentren
a mí allí, en la cervecería. Pero no me reconocerán,
procuro sentarme en silencio, cautivado por los encantamientos”.
Ese final in pianissimo le recordaba a Brod cómo Kafka acostumbraba
leer uno de sus cuentos más breves y perfectos, “En
la galería”: “Kafka leía la conclusión
con una particular sonoridad, haciendo tintinear una delicada campanita”.
Calasso (Florencia,
1941). Es autor de La locura que viene de las ninfas (Sexto piso,
2004).
Tomado de la revista italiana Panorama.
Traducción
de María Teresa Meneses
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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