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15 de mayo de 2004

 

La autobiografía de Fidel Castro


Ante la mirada de El Che, Fidel abandona la cárcel mexicana
Foto: United Press
Tras formar parte durante años del círculo
más cercano a Fidel Castro, el escritor Norberto Fuentes (La Habana, 1943) tenía elementos suficientes para escribir un libro destinado al escándalo:
La autobiografía de Fidel Castro. Relato minucioso sobre la construcción de los pliegues del poder castrista, esta obra que editorial Planeta lanzará en junio próximo, y de la que presentamos algunos fragmentos, alumbra los pasajes más misteriosos en la vida del mandatario cubano: su primer asesinato, por ejemplo.

Por Norberto Fuentes

Coño, me trató de usted. Es una señal de respeto inequívoca por los difuntos. Cómo vas a matar a nadie que acabas de tratar de tú, que tienes con él esa confianza. Inaceptable. Hay códigos para todo. Vale la pena aclarar que esas costumbres se perdieron en nuestros paredones de fusilamiento, donde más vale que termines con esto rápido, tú. Acaba de pararte ahí y no jodas más.

Mi primer muerto. Mejor dicho, el primero que se me acredita. Óscar Fernández Caral. Era jefe de una suerte de sección de investigaciones de la Policía Universitaria. Este servicio de policías había sido creado para garantizar una absoluta autonomía a la Universidad de La Habana, que era como una isla independiente, con gobierno propio —¡y hasta policía, como se ve!— en medio de La Habana.

A mí se me acusaba de haber extorsionado al profesor Ramón Infiesta para que le diera las notas de aprobado a alguien —ya no recuerdo quién—, que pertenecía a uno de los grupos. Yo estaba haciendo fuerza para ganar unas elecciones. Necesitaba ese aprobado para que ese alguien me lo debiera como favor. El profesor Infiesta, el muy hijo de puta, nos acusó, a Aramís Taboada, mi mentor(después explico), y a mí. Que si las pistolas en su cabeza, una apoyada por cada sien. Que si lo obligamos a firmar. Impuesto yo a los pocos días de que tenía un sabueso olisqueándome los talones, salí a discutirlo. Nos amenazamos mutuamente. Días más tarde, Óscar Fernández Caral aparecía ultimado a balazos cerca de su casa. Fue tarde en la noche en un desolado rescoldo de la barriada de El Vedado y nadie vio nada. Pero era inevitable que todas las culpas me cayeran encima. Un distinguido juez de instrucción, Riera Medina, se hizo cargo de la causa. Al poco, la causa fue sobreseída. La familia contrató a un abogado defensor muy famoso, Rosa Guyón, que no logró avanzar ni un palmo. Causa sobreseída por segunda vez. Después me ocurrió lo mismo cuando mataron —finalmente— a Manolo Castro. Dos veces me acusaron por el hecho y dos veces la causa fue sobreseída. La prensa de la época está repleta de las invectivas en contra mía respecto a tales procesos. Después de la Revolución, a mediados de los sesenta, a un grupito de jodedores les dio por husmear en los archivos de la Biblioteca Nacional. Un tal Luis Alfonso Seisdedos —por aquí tengo los viejos informes de seguridad—, al que llamaban El Cojo Drácula por unas deformaciones de nacimiento que lo obligaban a arrastrar las piernas, era el investigador principal y que parecía sacar más motivos de diversión de los viejos periódicos. La primera consecuencia de aquellas lecturas fue que se rompieron todas las fotocopiadoras de la biblioteca y, desde luego, no era permitido sacar del área de la institución aquellos valiosísimos incunables. Era una época en que yo todavía no estaba en capacidad para extremar los mecanismos de censura, sobre todo por mi coqueteo con los intelectuales cubanos en vista de mi coqueteo mayor con los intelectuales europeos. Así que les dejé ver periódicos más o menos durante una década (dando tiempo también a que El Cojo Drácula, sabiendo yo que estaba enfermo, se acabara de morir), hasta que pude instrumentar un sistema de identificación de acceso a los archivos de la Biblioteca Nacional que yo no creo que el ingreso a los cuarteles generales de la CIA en Langley, Virginia, sea más complejo y eficaz. Tienes que pertenecer a un organismo estatal, ser militante del Partido o de la Juventud Comunista, argumentar el motivo de tu investigación y estar apoyado por un ministro o jefe de organismo de nivel equivalente para aspirar a un permiso de tiempo limitado de investigación. Ah, el uso de las fotocopiadoras es bajo supervisión y las copias se pagan en dólares. Y el día que me molesten mucho, les mando a dar candela.

Exilio en México

Teníamos el ambiente caldeado en México. Heredamos los problemas anteriores creados por otros grupos de revolucionarios cubanos, sobre todo el escándalo por el asesinato de un tal “Cucú” Hernández, que estuvo implicado en la masacre de Orfila. Era la venganza de la UIR —el grupo Emilio Tro, al que yo había pertenecido— por la contribución de Cucú a la muerte de Emilio y los otros compañeros. El mulato Herminio Díaz y Laureano la Plancha habían sido despachados a México para dar cuenta del tal Cucú, que creyó encontrarse a salvo en la capital azteca. Otro personaje, éste apodado “El Doctorcito”, lo echó por delante —los cubanos decimos “lo echó palante”, es decir, lo denunció. El Doctorcito fue a la casa de huéspedes de Puebla 296, esquina a Salamanca, en el de efe —como le llaman los mexicanos al Distrito Federal— y les dijo a Herminio y a Laureano: “¿Ustedes no están buscando a Cucú? Pues ahora mismo lo tienen en el consulado”. Era una época de mucho trasiego por los países de área de pistoleros cubanos, los conocidos “revolucionarios”, unos exiliados, otros vendiendo sus servicios al mejor postor, otros aún en plan de guerra contra antiguos adversarios. Y no les asombre que aparezcan tantos individuos en relación con estas pandillas. Según la información disponible, una cantidad de no menos de tres mil hombres se movía en forma activa y permanente alrededor de los grupos hasta el golpe de Estado de Batista, en marzo de 1952. Y todos “ensillados”, es decir, armados con una pistola calibre 45. Todo esto es información obtenida algunos años después, y con los recursos del poder a mi disposición, cuando hice un estudio de este fenómeno del gangsterismo en Cuba. Quise ver desde la lejanía cómo era el escenario donde se había producido mi formación. También quise actualizar la nómina, de forma completa y exhaustiva, de los pistoleros que pudieran quedar rondando por Cuba. Sobre todo los que aún pudieran quedar con deseos y ánimos de saldar alguna vieja cuenta en contra mía, más que la preocupación por cualquier rencilla pendiente de solución entre los antiguos grupos. Pero no quedaba nadie. Los que no estaban en la cárcel o fusilados, yo mismo los había mandado a salir del país. Luego algunos de ellos siguieron matándose en los países vecinos, Venezuela, Santo Domingo, México, y sobre todo Estados Unidos. Si acaso se informaba en los expedientes, pero como verdaderas rarezas, que el antiguo comandante de la policía de Grau y simpatizante de la UIR, Antonio Morín Dopico, viejo y achacoso, había tenido un taller para fabricar silenciadores de carros (mufflers) en la ciudad de Matanzas, unos cien kilómetros al este de La Habana, el cual le expropiamos en marzo de 1968, y que vivía de una pensión de nuestro gobierno, y que Billiken andaba en las mismas, solicitando jubilarse luego de trabajar unos meses en un puesto de quinta categoría en el Ministerio de Justicia.

Debo aceptar —y hasta hubiese tenido que agradecerle— a Batista que él ordenara una limpieza preventiva en los inicios de su gobierno. Tenía una lógica de continuidad que él encargara al más impetuoso de sus esbirros, el coronel Rafael Salas Cañizares, la misión de exterminio. Lo que ocurrió entonces puede ilustrarse con las oleadas que se abalanzan sobre las playas, una tras otra, cuando apenas el remanso de las aguas en retirada se ven ahogadas por el espumeante barrido de la nueva ola. En 1945, Batista dejaba la oficialidad del ejército en manos de sus hombres. Grau pretendió contrarrestar con los grupos paramilitares como los ya conocidos UIR, MSR, Joven Cuba, y luego todas las caprichosas divisiones y subdivisiones que conocieron y que al final derrivaron, sin excepción, en virtuales escuadrones de la muerte. De modo que la orden de Batista —al regresar al poder mediante su golpe de Estado de 1952— de que Salas Cañizares acabe con los grupos creados anteriormente para combatir a sus hombres, no sólo encuentra el terreno fértil de la lógica, sino el de la más imperiosa necesidad.

Cucú estaba con su familia, mujer e hijos, atendiendo unos papeles con el cónsul, una tal Vianelo, reconocido homosexual —por esa época tal reconocimiento suscitaba recelos y prejuicios, y no se decía reconocido sino connotado homosexual—, cuando los matarifes hicieron acto de presencia. Separaron de un tirón a Vianelo y a la señora e hijos de Cucú, creo que dos hijos, del campo de fuego y le vaciaron los dos cargadores de ocho balas calibre 45 cada uno en la caja del pecho y como tres que se escaparon hacia la cabeza y uno en el cuello, que con el primer fogonazo le había bastado para considerarse asesinado, y que cayó, soltando pedazos de piel, y bañando en sangre en aspersión al cónsul Vianelo.
Esa misma noche, después de corretear por todos los refugios posibles y de que les cerraran todas laspuertas en las narices, y con la policía del de efe detrás de ellos, Herminio y Laureano saltaron por una verja de la embajada cubana en busca de asilo y donde vinieron a caer directamente fue en la habitación que ocupaba Vianelo, al que le dio por gritar desesperadamente y clamara, que, por favor, no lo mataran.
A los pocos días Laureano pudo escapar sin mayores dificultades, rumbo a La Habana, por el mismo aeropuerto del de efe, ataviado con un poco imaginativo disfraz de turista americano en plan de farra. Poco imaginativo aunque de alta eficacia, como se pudo comprobar.

Pero Herminio era mulato, mulato más bien prieto, y en aquella época no había turistas americanos de ese color. Hubo que trasladar a Herminio en un barco desde Veracruz a La Habana, y se hizo imprescindible la ayuda del famoso muralista Diego Rivera y el cónsul cubano de Veracruz. La escritora cubana Loló de la Torriente, que vivía en Londres 40, también en el de efe, cooperó así mismo. Herminio fue embarcado en el Marqués de Comilla, el trasatlántico español. Todos observando de soslayo los retratos de Herminio colocados en las comisarías y en las tablillas de Inmigración mientras se dirigían al muelle con el pelotón comandado por don Diego. Herminio subió a bordo como un cargamaletas que acompañaba al pintor. Tres o cuatro maletas colocadas sobre los hombros de manera que le escondieran la cabeza y no se le pudiera identificar. Ése fue el lío de sacar al mulato. Creo que don Diego se quedó a bordo y descendió en alguna escala y que Loló y el cónsul cubano de Veracruz despacharon algunas copas de Terry maya dorada con el comodoro. Pero el problema es que eso nos dejó muy mal a todos los cubanos. En los meses posteriores al asesinato de Cucú, carecías de la más mínima tranquilidad para conspirar en México.

Bayo, Alberto Bayo. Probablemente un mercenario. Desconozco de dónde saca esa reputación de entrenador de cualquiera interesado en derrocar un gobierno en América Latina, no importa bajo qué denominación. Pero es de origen cubano. Tiene una mueblería en el de efe. Da clases también en una escuela de mecánicos de aviación militar. Todo lo que le prometo —en cuanto a sus beneficios— es para después. Para cuando yo tenga dinero. Para cuando triunfemos y las arcas de la República agradecida estén a su disposición. Por lo pronto me es suficiente con un discurso patriótico. Es el único cubano en todo México que puede ayudarme a montar una expedición. Lo convenzo y él me entrena a los muchachos y me organiza la escuelita en un rancho cercano a Ciudad de México (de paso lo persuado también de que empeñe la mueblería para comprar el rancho). Mi gran problema con Bayo es su pérdida de visión y control motor del ojo derecho, y aquel ojo grande que parecía colgarle como una leontina me creaba grandes problemas para mirarlo de frente y sobre todo para acercármele y poder pegarle casi mi nariz a la suya, que es la fórmula irresistible de persuasión que suelo utilizar, sobre todo cuando el discurso es de carácter patriótico. Tú no puedes hablar de la patria a larga distancia. Necesitas hacerlo con el adecuado tono conspirativo a la vez que tocas a tu interlocutor. Ese índice que yo les hundo en el pecho a mis donantes en proyecto es decisivo en la operación de convencimiento. Así que reprimía mi reluctancia y le soltaba mi descarga de que Cuba lo necesitaba desesperadamente.

En realidad, su única preocupación era saber con cuánta seriedad actuábamos, cuán responsables éramos. Cuando fusilamos a los dos primeros allí mismo en la finquita y los enterramos debajo de unas piedras tuvo una noción de nuestra seriedad. Eran unos tipejos de los que teníamos la convicción de ser informantes de la inteligencia batistiana. Los fusilamos con pistolas. Al tercero lo matamos en Tuxpan, a la salida del Granma.

Nunca he sabido si esos cadáveres han aflorado, porque al menos al de Tuxpan lo enterramos casi a flor de tierra, a flor de arena, quiero decir, porque fue en una playa cercana al muelle.
En lo que a Bayo respecta, les informo que cumplí rigurosamente mis compromisos. Al triunfo de la Revolución se le invistió con el grado de comandante y cada vez que se presentaba la oportunidad lo agasajábamos con actos públicos y los niños lo rodeaban y colmaban de flores y cánticos revolucionarios.
La casualidad como materia.

La propaganda ha sido bastante simétrica en relación con el Che. Para ser un hombre sobre el que hice un rechazo inicial y del que luego su propia presencia a nuestro lado se encargó de darme sobradamente las razones, creo haber hecho de él un uso adecuado y bien productivo a favor de la Revolución. Era un pobre diablo. Pero la verdadera biografía de ese pobre diablo a quien todo el mundo conoce como Che y que se llamaba Ernesto Guevara de la Serna es difícilmente compatible con la del personaje creado a partir de la Revolución cubana. Yo sé que a todos ustedes les va a resultar un trago muy amargo el reconocer que llevan cerca de 40 años postrados de admiración ante un hombre que sólo existe como propaganda.

Al inicio dije simetría porque los biógrafos parecen coincidir en que el origen de sus convicciones revolucionarias se produce en sus recorridos por el subcontinente latinoamericano. Se supone que, viajando desde Argentina hasta Guatemala, descubrió la miseria y la explotación de los pueblos y la voracidad del imperialismo norteamericano. Fueron viajes, como se sabe, realizados a tramos desde que terminó la adolescencia. Cada año se aventuraba más lejos y por más tiempo desde las fronteras de su casa. Estas excursiones devinieron con el tiempo una especie de apostolado ideológico, un aprendizaje en el terreno de los vectores de una revolución. Pero si algo yo conozco perfectamente, después de incontables horas de conversaciones con el Che, es el carácter deportivo de todos esos viajes y que si alguna lectura animaba su espíritu entonces eran las novelitas de Emilio Salgari y no los panfletos de Marx. Y que, por encima de todas las cosas, si se imponía cada vez llegar más lejos y a la vez tentar las situaciones más extremas, lo hacía como un reto con él mismo y que esto era debido a los espantosos ataques de asma que quisieron doblegarlo desde muy niño. Muchos años después —y como resultado directo de mis observaciones sobre el Che— entendí que la fuerza de sus convicciones y su estoicismo ante el peligro y su voluntad de hierro no tenían nada que ver con auténticas convicciones, estoicismo o voluntad. Era el asma. Y es algo consustancial con los asmáticos. Ese ahogarse permanente y sobre todo las respuestas constantes del organismo, los golpes de adrenalina emitidos en ambulancia por el sistema neurovegetativo, te curten diariamente para resistir cualquier oleada de miedo y con tanta consistencia como hallarte en un blocao japonés bajo la preparación artillera de la Séptima Flota yanqui durante la guerra del Pacífico. Es decir, cada vez que el Che exigía alguna clase de esfuerzo sobrehumano a nuestros combatientes, yo me veía obligado a cambiar la vista y hacerme el desentendido, puesto que —entre otras cosas— ya era muy tarde para destruir una de nuestras primeras leyendas de la Sierra. (Amén de que, de cualquier manera, la experiencia resultaba al final beneficiosa, porque los compañeros se obligaban a alcanzar una meta cada vez más alta, y eso los aceraba y los dotaba de orgullo.) Pero, en lo más profundo de mis convicciones, yo sabía qué era lo que estaba viendo. Estaba viendo a un hombre enfermo obligado a regirse según los cánones de su enfermedad a un montón de alegres y sanos muchachos cubanos.

Ese supuesto aprendizaje revolucionario continúa, luego de muchas vueltas, en Guatemala. Para ganarse la vida, sale por las calles de ciudad de Guatemala a vender imágenes de Cristo de Kipula, un Cristo negro traído por los españoles, a quien los guatemaltecos atribuyen poderes milagrosos. Entonces conoce a Ñico López. Yo estaba en la prisión de Isla de Piños y Ñico, que había logrado escapar ileso del combate en Bayamo, daba tumbos entre México y Guatemala, en lo que teníamos la ilusión de que eran labores de propaganda y recogida de fondos, pero que en realidad se trataba del infeliz de Ñico tratando de sobrevivir en ese submundo de blanquitos en desgracia que para ganarse la vida estafan a los aborígenes. Sopesen ustedes la baja estofa de los negocios a los que se dedicaban el Che y Ñico, si uno de ellos vendía estatuillas a los indios y el otro era representante de un movimiento revolucionario cuyos integrantes se hallaban tras la rejas en Cuba. Sólo un esfuerzo de imaginación descomunal permitiría adivinar que a la vuelta de cinco años, el Che, se convertiría en uno de los hombres más venerados de la historia de nuestra civilización.

Ñico, en aquellas caminatas guatemaltecas, le cuenta nuestro combate del Moncada al argentino, él con los Cristo de Kipula al hombro. Y el argentino le responde, con ese tono bastante irónico, o de permanente incredulidad, que lo caracterizaba: “Contate otra de cowboys”. No le creyó una palabra. Resulta paradójico, mirado con la perspectiva actual, que el segundo icono en importancia de la Revolución cubana (el primero, desde luego, debo ser yo) haya tenido su primer contacto con el proceso a partir de una historia que consideró inaceptable para su inteligencia.

Pero se va a producir una especie de equidad histórica entre el argentino y nosotros. Cuando a mí me hablan por primera vez del Che, hago una enorme resistencia a que me lo presenten. Eso de alguna manera establece un equilibrio en el origen de nuestras relaciones, que fue una especie de rechazo común inconsciente. Como dos cabezas imantadas sobre barra de metal que, al ser colocadas una frente a otra, norte frente a norte, se repelen. Él no creyó en la historia del Moncada. Yo no quería conocerlo. ¿Mi explicación? Pues ésta de produjo a un nivel intuitivo. Se lo expliqué a Raúl, porque fue mi hermano el que primero me habló del Che, el que me lo vende primero. Me dice que hay un argentino que es médico y que quiere presentármelo, que es cuando yo le digo (y es por esta expresión mía que yo hablo de intuición): “Coño, Raúl, acuérdate de que toda América Latina está llena de trotskistas. El único partido que limpió con eso fue el cubano. ¿Por qué vas a meter el trotskismo en la Revolución cubana?”.

La cárcel mexicana

El 20 de junio caigo preso. Saqué la pistola pero la policía cogió a Universo Sánchez y a Ramiro como pantallas.

Estaba reunido con un grupo de revolucionarios en una de las tantas casas que la organización poseía en el Distrito Federal. La policía, que actúa en colaboración con la de Batista, rodea la casa. Alcanzo a salir antes de que el cerco se cierre. A las pocas cuadras es cuando caigo detenido. Se abalanzan sobre Ramiro y Universo y los usan de escudo porque ya estoy empuñando mi 45. Yo era muy rápido, la verdad. Me empujan dentro de un automóvil y me conducen a la Dirección Federal de Seguridad. La mayoría de nosostros caemos en la redada esa noche. El 21 de junio, el argentino no se encontraba en casa, pero detienen a su mujer, Hilda, a quien trasladan a una dependencia judicial junto con su hija (de un matrimonio anterior) y a un amigo, “el Patojo”, que se encontraba por casualidad en el apartamento de los Guevara.
Mi hermano Raúl es alertado en el rancho Santa Rosa. Decide esconder las armas y esperar. Al poco tiempo llega una caravana de vehículos policiales en uno de los cuales me traen a mí. El Che, que en ese momento está de guardia, alerta sobre la llegada del convoy. Raúl logra escapar, pero el resto es conducido a la prisión Miguel Schultz en la colonia San Rafael. Por lo pronto ya sabemos cuál es nuestro primer objetivo. Evitar la deportación hacia cárceles cubanas, donde nos espera el destino peor. Los mexicanos acusan al Che de comunista y de tener relaciones políticas con diferentes movimientos revolucionarios de América Latina (le han encontrado la dichosa tarjetita de Nikolai Leonov). El presidente de México, Ruiz Cortines, interviene. Imparte personalmente directivas al procurador de la República. Éste debe actuar con celeridad y rigor en el trámite de las investigaciones.

La situación se nos presenta complicada. México es el objetivo de prioridad uno de la inteligencia soviética para la revolución latinoamericana, el de efe está lleno de comunistas cubanos y los americanos y la CIA como es de suponer van a estar presionando como locos a los mexicanos para ver qué información nos pueden sacar. Por otro lado, la situación es parecida a la del fin de semana de julio de 1953 cuando el asalto al Moncada, con Santiago de Cuba lleno de comunistas. Aunque esta vez sí los mantengo a raya, bien lejos, y le he dado órdenes muy precisas a Raúl de que no se les puede acercar, entre otras cosas, para monopolizar yo la eventualidad de cualquier contacto, como efectivamente va a ocurrir.

Raúl, que ha salido de México, contrata a dos abogados para que se encargen de la defensa de los revolucionarios detenidos. Se trata de Ignacio Mendoza y Alejandro Guzmán, quienes en la primera intervención ante los juzgados, exigen el levantamiento de la incomunicación a la que estamos sometidos.
El 9 de julio de 1956 el juez decreta la liberación bajo régimen de vigilancia a la mayoría de los detenidos del grupo, entre los que se encuentran Universo Sánchez y Ciro Redondo. En prisión quedamos Calixto García, Ernesto Guevara y yo.

El 24 de julio me ponen en libertad. Así que estuvimos presos por distintos cargos, en la estación migratoria de la Secretaria de Gobernación, del 20 de junio al 24 de julio de 1956. Luego conozco que he sido librado gracias a las gestiones del general Lázaro Cárdenas ante el presidente Adolfo Ruiz Cortines. Ernesto y Calixto permanecerán en Miguel Schultz unos días más, hasta que, por medio de un soborno, logro sacarlos de la cárcel: han permanecido 57 días tras los barrotes.



Confabulario — título que rinde homenaje a Juan José Arreola
 
Héctor de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx