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Ante la
mirada de El Che, Fidel abandona la cárcel mexicana
Foto: United Press |
Tras formar parte durante años del círculo
más cercano a Fidel Castro, el escritor Norberto Fuentes (La
Habana, 1943) tenía elementos suficientes para escribir un
libro destinado al escándalo:
La autobiografía de Fidel Castro. Relato minucioso sobre la
construcción de los pliegues del poder castrista, esta obra
que editorial Planeta lanzará en junio próximo, y de
la que presentamos algunos fragmentos, alumbra los pasajes más
misteriosos en la vida del mandatario cubano: su primer asesinato,
por ejemplo.
Por Norberto Fuentes
Coño,
me trató de usted. Es una señal de respeto inequívoca
por los difuntos. Cómo vas a matar a nadie que acabas de
tratar de tú, que tienes con él esa confianza. Inaceptable.
Hay códigos para todo. Vale la pena aclarar que esas costumbres
se perdieron en nuestros paredones de fusilamiento, donde más
vale que termines con esto rápido, tú. Acaba de pararte
ahí y no jodas más.
Mi primer muerto. Mejor dicho, el primero que se me acredita. Óscar
Fernández Caral. Era jefe de una suerte de sección
de investigaciones de la Policía Universitaria. Este servicio
de policías había sido creado para garantizar una
absoluta autonomía a la Universidad de La Habana, que era
como una isla independiente, con gobierno propio —¡y
hasta policía, como se ve!— en medio de La Habana.
A mí se me acusaba de haber extorsionado al profesor Ramón
Infiesta para que le diera las notas de aprobado a alguien —ya
no recuerdo quién—, que pertenecía a uno de
los grupos. Yo estaba haciendo fuerza para ganar unas elecciones.
Necesitaba ese aprobado para que ese alguien me lo debiera como
favor. El profesor Infiesta, el muy hijo de puta, nos acusó,
a Aramís Taboada, mi mentor(después explico), y a
mí. Que si las pistolas en su cabeza, una apoyada por cada
sien. Que si lo obligamos a firmar. Impuesto yo a los pocos días
de que tenía un sabueso olisqueándome los talones,
salí a discutirlo. Nos amenazamos mutuamente. Días
más tarde, Óscar Fernández Caral aparecía
ultimado a balazos cerca de su casa. Fue tarde en la noche en un
desolado rescoldo de la barriada de El Vedado y nadie vio nada.
Pero era inevitable que todas las culpas me cayeran encima. Un distinguido
juez de instrucción, Riera Medina, se hizo cargo de la causa.
Al poco, la causa fue sobreseída. La familia contrató
a un abogado defensor muy famoso, Rosa Guyón, que no logró
avanzar ni un palmo. Causa sobreseída por segunda vez. Después
me ocurrió lo mismo cuando mataron —finalmente—
a Manolo Castro. Dos veces me acusaron por el hecho y dos veces
la causa fue sobreseída. La prensa de la época está
repleta de las invectivas en contra mía respecto a tales
procesos. Después de la Revolución, a mediados de
los sesenta, a un grupito de jodedores les dio por husmear en los
archivos de la Biblioteca Nacional. Un tal Luis Alfonso Seisdedos
—por aquí tengo los viejos informes de seguridad—,
al que llamaban El Cojo Drácula por unas deformaciones de
nacimiento que lo obligaban a arrastrar las piernas, era el investigador
principal y que parecía sacar más motivos de diversión
de los viejos periódicos. La primera consecuencia de aquellas
lecturas fue que se rompieron todas las fotocopiadoras de la biblioteca
y, desde luego, no era permitido sacar del área de la institución
aquellos valiosísimos incunables. Era una época en
que yo todavía no estaba en capacidad para extremar los mecanismos
de censura, sobre todo por mi coqueteo con los intelectuales cubanos
en vista de mi coqueteo mayor con los intelectuales europeos. Así
que les dejé ver periódicos más o menos durante
una década (dando tiempo también a que El Cojo Drácula,
sabiendo yo que estaba enfermo, se acabara de morir), hasta que
pude instrumentar un sistema de identificación de acceso
a los archivos de la Biblioteca Nacional que yo no creo que el ingreso
a los cuarteles generales de la CIA en Langley, Virginia, sea más
complejo y eficaz. Tienes que pertenecer a un organismo estatal,
ser militante del Partido o de la Juventud Comunista, argumentar
el motivo de tu investigación y estar apoyado por un ministro
o jefe de organismo de nivel equivalente para aspirar a un permiso
de tiempo limitado de investigación. Ah, el uso de las fotocopiadoras
es bajo supervisión y las copias se pagan en dólares.
Y el día que me molesten mucho, les mando a dar candela.
Exilio en México
Teníamos el ambiente caldeado en México. Heredamos
los problemas anteriores creados por otros grupos de revolucionarios
cubanos, sobre todo el escándalo por el asesinato de un tal
“Cucú” Hernández, que estuvo implicado
en la masacre de Orfila. Era la venganza de la UIR —el grupo
Emilio Tro, al que yo había pertenecido— por la contribución
de Cucú a la muerte de Emilio y los otros compañeros.
El mulato Herminio Díaz y Laureano la Plancha habían
sido despachados a México para dar cuenta del tal Cucú,
que creyó encontrarse a salvo en la capital azteca. Otro
personaje, éste apodado “El Doctorcito”, lo echó
por delante —los cubanos decimos “lo echó palante”,
es decir, lo denunció. El Doctorcito fue a la casa de huéspedes
de Puebla 296, esquina a Salamanca, en el de efe —como le
llaman los mexicanos al Distrito Federal— y les dijo a Herminio
y a Laureano: “¿Ustedes no están buscando a
Cucú? Pues ahora mismo lo tienen en el consulado”.
Era una época de mucho trasiego por los países de
área de pistoleros cubanos, los conocidos “revolucionarios”,
unos exiliados, otros vendiendo sus servicios al mejor postor, otros
aún en plan de guerra contra antiguos adversarios. Y no les
asombre que aparezcan tantos individuos en relación con estas
pandillas. Según la información disponible, una cantidad
de no menos de tres mil hombres se movía en forma activa
y permanente alrededor de los grupos hasta el golpe de Estado de
Batista, en marzo de 1952. Y todos “ensillados”, es
decir, armados con una pistola calibre 45. Todo esto es información
obtenida algunos años después, y con los recursos
del poder a mi disposición, cuando hice un estudio de este
fenómeno del gangsterismo en Cuba. Quise ver desde la lejanía
cómo era el escenario donde se había producido mi
formación. También quise actualizar la nómina,
de forma completa y exhaustiva, de los pistoleros que pudieran quedar
rondando por Cuba. Sobre todo los que aún pudieran quedar
con deseos y ánimos de saldar alguna vieja cuenta en contra
mía, más que la preocupación por cualquier
rencilla pendiente de solución entre los antiguos grupos.
Pero no quedaba nadie. Los que no estaban en la cárcel o
fusilados, yo mismo los había mandado a salir del país.
Luego algunos de ellos siguieron matándose en los países
vecinos, Venezuela, Santo Domingo, México, y sobre todo Estados
Unidos. Si acaso se informaba en los expedientes, pero como verdaderas
rarezas, que el antiguo comandante de la policía de Grau
y simpatizante de la UIR, Antonio Morín Dopico, viejo y achacoso,
había tenido un taller para fabricar silenciadores de carros
(mufflers) en la ciudad de Matanzas, unos cien kilómetros
al este de La Habana, el cual le expropiamos en marzo de 1968, y
que vivía de una pensión de nuestro gobierno, y que
Billiken andaba en las mismas, solicitando jubilarse luego de trabajar
unos meses en un puesto de quinta categoría en el Ministerio
de Justicia.
Debo aceptar —y hasta hubiese tenido que agradecerle—
a Batista que él ordenara una limpieza preventiva en los
inicios de su gobierno. Tenía una lógica de continuidad
que él encargara al más impetuoso de sus esbirros,
el coronel Rafael Salas Cañizares, la misión de exterminio.
Lo que ocurrió entonces puede ilustrarse con las oleadas
que se abalanzan sobre las playas, una tras otra, cuando apenas
el remanso de las aguas en retirada se ven ahogadas por el espumeante
barrido de la nueva ola. En 1945, Batista dejaba la oficialidad
del ejército en manos de sus hombres. Grau pretendió
contrarrestar con los grupos paramilitares como los ya conocidos
UIR, MSR, Joven Cuba, y luego todas las caprichosas divisiones y
subdivisiones que conocieron y que al final derrivaron, sin excepción,
en virtuales escuadrones de la muerte. De modo que la orden de Batista
—al regresar al poder mediante su golpe de Estado de 1952—
de que Salas Cañizares acabe con los grupos creados anteriormente
para combatir a sus hombres, no sólo encuentra el terreno
fértil de la lógica, sino el de la más imperiosa
necesidad.
Cucú estaba con su familia, mujer e hijos, atendiendo unos
papeles con el cónsul, una tal Vianelo, reconocido homosexual
—por esa época tal reconocimiento suscitaba recelos
y prejuicios, y no se decía reconocido sino connotado homosexual—,
cuando los matarifes hicieron acto de presencia. Separaron de un
tirón a Vianelo y a la señora e hijos de Cucú,
creo que dos hijos, del campo de fuego y le vaciaron los dos cargadores
de ocho balas calibre 45 cada uno en la caja del pecho y como tres
que se escaparon hacia la cabeza y uno en el cuello, que con el
primer fogonazo le había bastado para considerarse asesinado,
y que cayó, soltando pedazos de piel, y bañando en
sangre en aspersión al cónsul Vianelo.
Esa misma noche, después de corretear por todos los refugios
posibles y de que les cerraran todas laspuertas en las narices,
y con la policía del de efe detrás de ellos, Herminio
y Laureano saltaron por una verja de la embajada cubana en busca
de asilo y donde vinieron a caer directamente fue en la habitación
que ocupaba Vianelo, al que le dio por gritar desesperadamente y
clamara, que, por favor, no lo mataran.
A los pocos días Laureano pudo escapar sin mayores dificultades,
rumbo a La Habana, por el mismo aeropuerto del de efe, ataviado
con un poco imaginativo disfraz de turista americano en plan de
farra. Poco imaginativo aunque de alta eficacia, como se pudo comprobar.
Pero Herminio era mulato, mulato más bien prieto, y en aquella
época no había turistas americanos de ese color. Hubo
que trasladar a Herminio en un barco desde Veracruz a La Habana,
y se hizo imprescindible la ayuda del famoso muralista Diego Rivera
y el cónsul cubano de Veracruz. La escritora cubana Loló
de la Torriente, que vivía en Londres 40, también
en el de efe, cooperó así mismo. Herminio fue embarcado
en el Marqués de Comilla, el trasatlántico español.
Todos observando de soslayo los retratos de Herminio colocados en
las comisarías y en las tablillas de Inmigración mientras
se dirigían al muelle con el pelotón comandado por
don Diego. Herminio subió a bordo como un cargamaletas que
acompañaba al pintor. Tres o cuatro maletas colocadas sobre
los hombros de manera que le escondieran la cabeza y no se le pudiera
identificar. Ése fue el lío de sacar al mulato. Creo
que don Diego se quedó a bordo y descendió en alguna
escala y que Loló y el cónsul cubano de Veracruz despacharon
algunas copas de Terry maya dorada con el comodoro. Pero el problema
es que eso nos dejó muy mal a todos los cubanos. En los meses
posteriores al asesinato de Cucú, carecías de la más
mínima tranquilidad para conspirar en México.
Bayo, Alberto Bayo. Probablemente un mercenario. Desconozco de dónde
saca esa reputación de entrenador de cualquiera interesado
en derrocar un gobierno en América Latina, no importa bajo
qué denominación. Pero es de origen cubano. Tiene
una mueblería en el de efe. Da clases también en una
escuela de mecánicos de aviación militar. Todo lo
que le prometo —en cuanto a sus beneficios— es para
después. Para cuando yo tenga dinero. Para cuando triunfemos
y las arcas de la República agradecida estén a su
disposición. Por lo pronto me es suficiente con un discurso
patriótico. Es el único cubano en todo México
que puede ayudarme a montar una expedición. Lo convenzo y
él me entrena a los muchachos y me organiza la escuelita
en un rancho cercano a Ciudad de México (de paso lo persuado
también de que empeñe la mueblería para comprar
el rancho). Mi gran problema con Bayo es su pérdida de visión
y control motor del ojo derecho, y aquel ojo grande que parecía
colgarle como una leontina me creaba grandes problemas para mirarlo
de frente y sobre todo para acercármele y poder pegarle casi
mi nariz a la suya, que es la fórmula irresistible de persuasión
que suelo utilizar, sobre todo cuando el discurso es de carácter
patriótico. Tú no puedes hablar de la patria a larga
distancia. Necesitas hacerlo con el adecuado tono conspirativo a
la vez que tocas a tu interlocutor. Ese índice que yo les
hundo en el pecho a mis donantes en proyecto es decisivo en la operación
de convencimiento. Así que reprimía mi reluctancia
y le soltaba mi descarga de que Cuba lo necesitaba desesperadamente.
En realidad, su única preocupación era saber con cuánta
seriedad actuábamos, cuán responsables éramos.
Cuando fusilamos a los dos primeros allí mismo en la finquita
y los enterramos debajo de unas piedras tuvo una noción de
nuestra seriedad. Eran unos tipejos de los que teníamos la
convicción de ser informantes de la inteligencia batistiana.
Los fusilamos con pistolas. Al tercero lo matamos en Tuxpan, a la
salida del Granma.
Nunca he sabido si esos cadáveres han aflorado, porque al
menos al de Tuxpan lo enterramos casi a flor de tierra, a flor de
arena, quiero decir, porque fue en una playa cercana al muelle.
En lo que a Bayo respecta, les informo que cumplí rigurosamente
mis compromisos. Al triunfo de la Revolución se le invistió
con el grado de comandante y cada vez que se presentaba la oportunidad
lo agasajábamos con actos públicos y los niños
lo rodeaban y colmaban de flores y cánticos revolucionarios.
La casualidad como materia.
La propaganda ha sido bastante simétrica en relación
con el Che. Para ser un hombre sobre el que hice un rechazo inicial
y del que luego su propia presencia a nuestro lado se encargó
de darme sobradamente las razones, creo haber hecho de él
un uso adecuado y bien productivo a favor de la Revolución.
Era un pobre diablo. Pero la verdadera biografía de ese pobre
diablo a quien todo el mundo conoce como Che y que se llamaba Ernesto
Guevara de la Serna es difícilmente compatible con la del
personaje creado a partir de la Revolución cubana. Yo sé
que a todos ustedes les va a resultar un trago muy amargo el reconocer
que llevan cerca de 40 años postrados de admiración
ante un hombre que sólo existe como propaganda.
Al inicio dije simetría porque los biógrafos parecen
coincidir en que el origen de sus convicciones revolucionarias se
produce en sus recorridos por el subcontinente latinoamericano.
Se supone que, viajando desde Argentina hasta Guatemala, descubrió
la miseria y la explotación de los pueblos y la voracidad
del imperialismo norteamericano. Fueron viajes, como se sabe, realizados
a tramos desde que terminó la adolescencia. Cada año
se aventuraba más lejos y por más tiempo desde las
fronteras de su casa. Estas excursiones devinieron con el tiempo
una especie de apostolado ideológico, un aprendizaje en el
terreno de los vectores de una revolución. Pero si algo yo
conozco perfectamente, después de incontables horas de conversaciones
con el Che, es el carácter deportivo de todos esos viajes
y que si alguna lectura animaba su espíritu entonces eran
las novelitas de Emilio Salgari y no los panfletos de Marx. Y que,
por encima de todas las cosas, si se imponía cada vez llegar
más lejos y a la vez tentar las situaciones más extremas,
lo hacía como un reto con él mismo y que esto era
debido a los espantosos ataques de asma que quisieron doblegarlo
desde muy niño. Muchos años después —y
como resultado directo de mis observaciones sobre el Che—
entendí que la fuerza de sus convicciones y su estoicismo
ante el peligro y su voluntad de hierro no tenían nada que
ver con auténticas convicciones, estoicismo o voluntad. Era
el asma. Y es algo consustancial con los asmáticos. Ese ahogarse
permanente y sobre todo las respuestas constantes del organismo,
los golpes de adrenalina emitidos en ambulancia por el sistema neurovegetativo,
te curten diariamente para resistir cualquier oleada de miedo y
con tanta consistencia como hallarte en un blocao japonés
bajo la preparación artillera de la Séptima Flota
yanqui durante la guerra del Pacífico. Es decir, cada vez
que el Che exigía alguna clase de esfuerzo sobrehumano a
nuestros combatientes, yo me veía obligado a cambiar la vista
y hacerme el desentendido, puesto que —entre otras cosas—
ya era muy tarde para destruir una de nuestras primeras leyendas
de la Sierra. (Amén de que, de cualquier manera, la experiencia
resultaba al final beneficiosa, porque los compañeros se
obligaban a alcanzar una meta cada vez más alta, y eso los
aceraba y los dotaba de orgullo.) Pero, en lo más profundo
de mis convicciones, yo sabía qué era lo que estaba
viendo. Estaba viendo a un hombre enfermo obligado a regirse según
los cánones de su enfermedad a un montón de alegres
y sanos muchachos cubanos.
Ese supuesto aprendizaje revolucionario continúa, luego de
muchas vueltas, en Guatemala. Para ganarse la vida, sale por las
calles de ciudad de Guatemala a vender imágenes de Cristo
de Kipula, un Cristo negro traído por los españoles,
a quien los guatemaltecos atribuyen poderes milagrosos. Entonces
conoce a Ñico López. Yo estaba en la prisión
de Isla de Piños y Ñico, que había logrado
escapar ileso del combate en Bayamo, daba tumbos entre México
y Guatemala, en lo que teníamos la ilusión de que
eran labores de propaganda y recogida de fondos, pero que en realidad
se trataba del infeliz de Ñico tratando de sobrevivir en
ese submundo de blanquitos en desgracia que para ganarse la vida
estafan a los aborígenes. Sopesen ustedes la baja estofa
de los negocios a los que se dedicaban el Che y Ñico, si
uno de ellos vendía estatuillas a los indios y el otro era
representante de un movimiento revolucionario cuyos integrantes
se hallaban tras la rejas en Cuba. Sólo un esfuerzo de imaginación
descomunal permitiría adivinar que a la vuelta de cinco años,
el Che, se convertiría en uno de los hombres más venerados
de la historia de nuestra civilización.
Ñico, en aquellas caminatas guatemaltecas, le cuenta nuestro
combate del Moncada al argentino, él con los Cristo de Kipula
al hombro. Y el argentino le responde, con ese tono bastante irónico,
o de permanente incredulidad, que lo caracterizaba: “Contate
otra de cowboys”. No le creyó una palabra. Resulta
paradójico, mirado con la perspectiva actual, que el segundo
icono en importancia de la Revolución cubana (el primero,
desde luego, debo ser yo) haya tenido su primer contacto con el
proceso a partir de una historia que consideró inaceptable
para su inteligencia.
Pero se va a producir una especie de equidad histórica entre
el argentino y nosotros. Cuando a mí me hablan por primera
vez del Che, hago una enorme resistencia a que me lo presenten.
Eso de alguna manera establece un equilibrio en el origen de nuestras
relaciones, que fue una especie de rechazo común inconsciente.
Como dos cabezas imantadas sobre barra de metal que, al ser colocadas
una frente a otra, norte frente a norte, se repelen. Él no
creyó en la historia del Moncada. Yo no quería conocerlo.
¿Mi explicación? Pues ésta de produjo a un
nivel intuitivo. Se lo expliqué a Raúl, porque fue
mi hermano el que primero me habló del Che, el que me lo
vende primero. Me dice que hay un argentino que es médico
y que quiere presentármelo, que es cuando yo le digo (y es
por esta expresión mía que yo hablo de intuición):
“Coño, Raúl, acuérdate de que toda América
Latina está llena de trotskistas. El único partido
que limpió con eso fue el cubano. ¿Por qué
vas a meter el trotskismo en la Revolución cubana?”.
La cárcel mexicana
El 20 de junio caigo preso. Saqué la pistola pero la policía
cogió a Universo Sánchez y a Ramiro como pantallas.
Estaba reunido con un grupo de revolucionarios en una de las tantas
casas que la organización poseía en el Distrito Federal.
La policía, que actúa en colaboración con la
de Batista, rodea la casa. Alcanzo a salir antes de que el cerco
se cierre. A las pocas cuadras es cuando caigo detenido. Se abalanzan
sobre Ramiro y Universo y los usan de escudo porque ya estoy empuñando
mi 45. Yo era muy rápido, la verdad. Me empujan dentro de
un automóvil y me conducen a la Dirección Federal
de Seguridad. La mayoría de nosostros caemos en la redada
esa noche. El 21 de junio, el argentino no se encontraba en casa,
pero detienen a su mujer, Hilda, a quien trasladan a una dependencia
judicial junto con su hija (de un matrimonio anterior) y a un amigo,
“el Patojo”, que se encontraba por casualidad en el
apartamento de los Guevara.
Mi hermano Raúl es alertado en el rancho Santa Rosa. Decide
esconder las armas y esperar. Al poco tiempo llega una caravana
de vehículos policiales en uno de los cuales me traen a mí.
El Che, que en ese momento está de guardia, alerta sobre
la llegada del convoy. Raúl logra escapar, pero el resto
es conducido a la prisión Miguel Schultz en la colonia San
Rafael. Por lo pronto ya sabemos cuál es nuestro primer objetivo.
Evitar la deportación hacia cárceles cubanas, donde
nos espera el destino peor. Los mexicanos acusan al Che de comunista
y de tener relaciones políticas con diferentes movimientos
revolucionarios de América Latina (le han encontrado la dichosa
tarjetita de Nikolai Leonov). El presidente de México, Ruiz
Cortines, interviene. Imparte personalmente directivas al procurador
de la República. Éste debe actuar con celeridad y
rigor en el trámite de las investigaciones.
La situación se nos presenta complicada. México es
el objetivo de prioridad uno de la inteligencia soviética
para la revolución latinoamericana, el de efe está
lleno de comunistas cubanos y los americanos y la CIA como es de
suponer van a estar presionando como locos a los mexicanos para
ver qué información nos pueden sacar. Por otro lado,
la situación es parecida a la del fin de semana de julio
de 1953 cuando el asalto al Moncada, con Santiago de Cuba lleno
de comunistas. Aunque esta vez sí los mantengo a raya, bien
lejos, y le he dado órdenes muy precisas a Raúl de
que no se les puede acercar, entre otras cosas, para monopolizar
yo la eventualidad de cualquier contacto, como efectivamente va
a ocurrir.
Raúl, que ha salido de México, contrata a dos abogados
para que se encargen de la defensa de los revolucionarios detenidos.
Se trata de Ignacio Mendoza y Alejandro Guzmán, quienes en
la primera intervención ante los juzgados, exigen el levantamiento
de la incomunicación a la que estamos sometidos.
El 9 de julio de 1956 el juez decreta la liberación bajo
régimen de vigilancia a la mayoría de los detenidos
del grupo, entre los que se encuentran Universo Sánchez y
Ciro Redondo. En prisión quedamos Calixto García,
Ernesto Guevara y yo.
El 24 de julio me ponen en libertad. Así que estuvimos presos
por distintos cargos, en la estación migratoria de la Secretaria
de Gobernación, del 20 de junio al 24 de julio de 1956. Luego
conozco que he sido librado gracias a las gestiones del general
Lázaro Cárdenas ante el presidente Adolfo Ruiz Cortines.
Ernesto y Calixto permanecerán en Miguel Schultz unos días
más, hasta que, por medio de un soborno, logro sacarlos de
la cárcel: han permanecido 57 días tras los barrotes.
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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