The Stars Above Veracruz (Las estrellas en el firmamento
de Veracruz) es el título del libro que Barry Gifford (Chicago,
1946) escribe actualmente. La “ficción geográfica”
de que se compone este volumen, engarza una serie de historias, casi
todas retratos trágicos y devastadores de almas destrozadas
y vidas perdidas. El relato que presentamos en exclusiva, forma parte
de la nueva colección de cuentos de este maestro del lado oscuro
estadounidense.
POR
SERGIO PITOL
Para Barry Gifford
Mi tío Buck tenía grandes planes para invertir en
Honduras. A principios de los setenta, adquirió una propiedad
frente al mar, en La Ceiba, un sitio en la isla de Utila, Bahía
Islands. Tenía 15 mil pies de playa e imaginó un paraíso
vacacional con juegos de apuestas —algo ilegal en Honduras—,
hoteles de lujo, veleo, lanchas rápidas, etcétera.
Ingeniero civil, Buck se construyó una casa octagonal sobre
unos pilotes. Cuando subía la marea había que usar
un bote para llega a tierra. Para tal efecto, el tío Buck
tenía una balsa de caucho con un pequeño motor fuera
de borda que dejaba amarrado a uno de los pilotes, junto a la escalera.
Uno podía nadar sin dificultad hasta la orilla, pero Buck
me dijo que la bahía estaba infestada de tiburones, lo que
volvía algo arriesgada esa opción.
Según mi tío, la isla estaba regida por la brujería,
o el vudú, pero en realidad sus pocos cientos de habitantes
—en su mayoría descendientes de piratas, tratantes
de esclavos, y esclavos con apellidos como Morgan, Jones y Lafitte—
funcionaban o se inspiraban en la superstición, más
que en ninguna otra cosa. La gente era muy pobre y, a pesar de las
grandes ideas de mi tío, durante los veinte años que
vivió ahí, prácticamente no hubo turismo.
Sin embargo, poco después de que mi tío Buck vendiera
su propiedad en Utila, un devastador huracán destruyó
casi todas las Islas Bay y Tegucigalpa, la capital del país.
Durante un tiempo mi tío vivió bien. Cuando se mudó
a Utila tenía como sesenta años. Poco después
se agenció a Juana, una muchacha de dieciséis años,
nativa de la isla. Mi tío hablaba un español fluido
y le enseñó inglés a Juana. Cada vez que Buck
se iba de viaje ella se hacía cargo de todo. Años
después, cuando ella quiso emigrar a Estados Unidos, mi tío
la ayudó a obtener una residencia en Tampa, Florida, donde
él también era dueño de una casa. A la larga
Juana se casó en Tampa. Ella y mi tío siguieron siendo
buenos amigos hasta el día en que él murió.
De hecho, ella estaba a su lado en el hospital cuando él
falleció, dos semanas antes de cumplir noventa y tres años.
Una día que yo estaba con mi tío Buck en Tampa, me
contó que habían arrestado a Bobby Robinson —uno
de sus amigos en la isla— por matar a tiros a un conocido
de ambos, de nombre George Morgan. Robinson y Morgan habían
ido a un día de campo cuando de pronto se desató una
disputa a raíz de un juego de cartas. Al parecer los dos
hombres, ninguno mayor de treinta años, conocidos de toda
la vida, sostuvieron una breve pero acalorada discusión.
Todos los ahí presentes imaginaron que la cosa no pasaría
a mayores, pero transcurrida como una hora, Bobby —probablemente
estaba ebrio— sacó una pistola y le disparó
a George Morgan en la sien izquierda, matándolo al instante.
Un par de semanas después, mi tío recibió una
carta de Spurgeon Bush, otro de sus amigos isleños, propietario
de la única tienda de enseres del hogar. Bush, quien había
estado presente el día del pleito, le contó a Buck
lo ocurrido y le dijo que Bobby Robinson estaba detenido en la prisión
de la isla. El tío Buck llamó al alguacil, Prince
Albert. En la prisión Bobby Robinson le contestó el
teléfono.
—Bobby: ¿por qué contestas tú? —le
preguntó mi tío—.Pensé que estabas detenido,
acusado de asesinato.
—Estoy jugando damas en el escritorio de Prince Albert, así
que, cuando sonó el teléfono, contesté —respondió
Bobby.
—¿Mataste a Morgan? —preguntó Buck.
—Sí. Pero fue un accidente. Prince Albert dice que
me va a liberar en cuanto termine la investigación.
—Pásame a Albert —dijo mi tío—.
Buena suerte, Bobby.
—Gracias, señor Buck. Hasta pronto.
Bobby le pasó el auricular a Prince Albert y Buck le preguntó
los detalles.
—Bobby no quería dispararle a George Morgan —le
dijo el alguacil a mi tío—. Y a nadie le importa la
muerte de Morgan. Como sabes, no era un tipo muy popular.
—¿Hubo testigos? —preguntó Buck.
—Muchísimos —respondió Prince Albert—.
Ya reuní las declaraciones. Todos coinciden en que Bobby
no tenía intención de matar a Morgan. El revólver
era viejo y el seguro del arma tenía un defecto. Bobby no
pensó que se disparara.
—Pero así fue —respondió Buck.
—Para bien o para mal, eso pasó —dijo el alguacil.
—¿Y la familia de Morgan? Tenía esposa e hijo,
¿cierto? ¿Quién se va a encargar de ellos?
—Victoria, la esposa de Morgan, es prima en primer grado de
Bobby —respondió Prince Albert—. Él dice
que Victoria puede quedarse con su familia. Ella no era feliz con
Morgan. Ya encontrará a otro hombre. Tal vez a mí.
Recordarás que Victoria sigue siendo muy bonita.
—Creo que no la conozco —dijo Buck.
—Ya la conocerás. Cuando vuelvas a la isla te voy a
invitar a cenar a la casa.
Un par de años después en casa de mi tío conocí
a Spurgeon Bush, el dueño de la tienda de enseres. Estábamos
en el cuarto de huéspedes. Spurgeon siempre me decía
sobrino, en español. Me mostró una .38 plateada que
siempre llevaba consigo, junto con una tarjeta de presentación
que tenía impresa un número telefónico y el
nombre de un general del ejército hondureño.
—Dale vuelta a la tarjeta —me indicó Spurgeon—.
Ve lo que dice sobre la firma.
“Este hombre está bajo mi protección.”
—En mi país, estas son las seis palabras más
imórtantes que hay que tener. Es mi permiso.
—¿Permiso para qué?
—Para matar —respondió Spurgeon—. Soy un
agente especial, y estoy bajo la protección de la autoridad
de un general. Soy intocable.
—¿Y la tienda?
—¿Qué hay con ella?
—Si te enojaras conmigo porque compro un refrigerador en otra
parte, ¿podrías matarme a tiros sin que te acusaran
de asesinato?
Spurgeon sonrió y, al hacerlo, pude ver algunos de sus dientes
de oro:
—¿Olvidas, sobrino, que soy el único distribuidor
de refrigeradores en Utila?
Le devolví su permiso.
—A diferencia de otros hondureños yo uso mi arma sólo
por los motivos más elevados —remató Spurgeon.
—¿Y Bobby Robinson? ¿Tuvo un buen motivo para
matar a George Morgan? —pregunté.
—El mejor —respondió Spurgeon—. Victoria,
la esposa de Morgan, era prima en primer grado de Bobby, pero eran
amantes desde muy jóvenes. Bobby era el padre del hijo de
Victoria, no Morgan.
—¿Y Morgan sabía?
Spurgeon se encogió de hombros.
—¿Bobby también tenía un permiso? —pregunté.
—No. De lo contrario Prince Albert no habría podido
arrestarlo. Pero Bobby tenía derecho.
—Supongo que, desde el punto de vista del marido de Victoria,
si George Morgan sabía que el niño no era suyo, tenía
derecho de matar a Bobby.
Spurgeon se puso de pie y se guardó la .38 plateada en el
cintillo. Llevaba unos pantalones holgados azul tierno, sin cinturón,
y una guayabera verde selva. Spurgeon no era particularmente alto
pero era robusto y sus manos parecían ganchos de carnicero.
Su piel era de un color que en la isla llaman parda, es decir, color
lodo. Tenía el rostro tachonado por la viruela y, en la nariz,
una marca profunda en forma de ancla.
Spurgeon Bush me sonrió otra vez y posó uno de sus
ganchos de carnicero en mi hombro.
—Sobrino. Nadie quería a George Morgan.
Traducción de Laura Emilia Pacheco
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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