..............................


14 agosto de 2004

 

La ley del afecto

 

The Stars Above Veracruz (Las estrellas en el firmamento de Veracruz) es el título del libro que Barry Gifford (Chicago, 1946) escribe actualmente. La “ficción geográfica” de que se compone este volumen, engarza una serie de historias, casi todas retratos trágicos y devastadores de almas destrozadas y vidas perdidas. El relato que presentamos en exclusiva, forma parte de la nueva colección de cuentos de este maestro del lado oscuro estadounidense.

POR SERGIO PITOL

Para Barry Gifford

Mi tío Buck tenía grandes planes para invertir en Honduras. A principios de los setenta, adquirió una propiedad frente al mar, en La Ceiba, un sitio en la isla de Utila, Bahía Islands. Tenía 15 mil pies de playa e imaginó un paraíso vacacional con juegos de apuestas —algo ilegal en Honduras—, hoteles de lujo, veleo, lanchas rápidas, etcétera. Ingeniero civil, Buck se construyó una casa octagonal sobre unos pilotes. Cuando subía la marea había que usar un bote para llega a tierra. Para tal efecto, el tío Buck tenía una balsa de caucho con un pequeño motor fuera de borda que dejaba amarrado a uno de los pilotes, junto a la escalera. Uno podía nadar sin dificultad hasta la orilla, pero Buck me dijo que la bahía estaba infestada de tiburones, lo que volvía algo arriesgada esa opción.

Según mi tío, la isla estaba regida por la brujería, o el vudú, pero en realidad sus pocos cientos de habitantes —en su mayoría descendientes de piratas, tratantes de esclavos, y esclavos con apellidos como Morgan, Jones y Lafitte— funcionaban o se inspiraban en la superstición, más que en ninguna otra cosa. La gente era muy pobre y, a pesar de las grandes ideas de mi tío, durante los veinte años que vivió ahí, prácticamente no hubo turismo.

Sin embargo, poco después de que mi tío Buck vendiera su propiedad en Utila, un devastador huracán destruyó casi todas las Islas Bay y Tegucigalpa, la capital del país. Durante un tiempo mi tío vivió bien. Cuando se mudó a Utila tenía como sesenta años. Poco después se agenció a Juana, una muchacha de dieciséis años, nativa de la isla. Mi tío hablaba un español fluido y le enseñó inglés a Juana. Cada vez que Buck se iba de viaje ella se hacía cargo de todo. Años después, cuando ella quiso emigrar a Estados Unidos, mi tío la ayudó a obtener una residencia en Tampa, Florida, donde él también era dueño de una casa. A la larga Juana se casó en Tampa. Ella y mi tío siguieron siendo buenos amigos hasta el día en que él murió. De hecho, ella estaba a su lado en el hospital cuando él falleció, dos semanas antes de cumplir noventa y tres años.

Una día que yo estaba con mi tío Buck en Tampa, me contó que habían arrestado a Bobby Robinson —uno de sus amigos en la isla— por matar a tiros a un conocido de ambos, de nombre George Morgan. Robinson y Morgan habían ido a un día de campo cuando de pronto se desató una disputa a raíz de un juego de cartas. Al parecer los dos hombres, ninguno mayor de treinta años, conocidos de toda la vida, sostuvieron una breve pero acalorada discusión. Todos los ahí presentes imaginaron que la cosa no pasaría a mayores, pero transcurrida como una hora, Bobby —probablemente estaba ebrio— sacó una pistola y le disparó a George Morgan en la sien izquierda, matándolo al instante.

Un par de semanas después, mi tío recibió una carta de Spurgeon Bush, otro de sus amigos isleños, propietario de la única tienda de enseres del hogar. Bush, quien había estado presente el día del pleito, le contó a Buck lo ocurrido y le dijo que Bobby Robinson estaba detenido en la prisión de la isla. El tío Buck llamó al alguacil, Prince Albert. En la prisión Bobby Robinson le contestó el teléfono.

—Bobby: ¿por qué contestas tú? —le preguntó mi tío—.Pensé que estabas detenido, acusado de asesinato.
—Estoy jugando damas en el escritorio de Prince Albert, así que, cuando sonó el teléfono, contesté —respondió Bobby.
—¿Mataste a Morgan? —preguntó Buck.
—Sí. Pero fue un accidente. Prince Albert dice que me va a liberar en cuanto termine la investigación.
—Pásame a Albert —dijo mi tío—. Buena suerte, Bobby.
—Gracias, señor Buck. Hasta pronto.
Bobby le pasó el auricular a Prince Albert y Buck le preguntó los detalles.
—Bobby no quería dispararle a George Morgan —le dijo el alguacil a mi tío—. Y a nadie le importa la muerte de Morgan. Como sabes, no era un tipo muy popular.
—¿Hubo testigos? —preguntó Buck.
—Muchísimos —respondió Prince Albert—. Ya reuní las declaraciones. Todos coinciden en que Bobby no tenía intención de matar a Morgan. El revólver era viejo y el seguro del arma tenía un defecto. Bobby no pensó que se disparara.
—Pero así fue —respondió Buck.
—Para bien o para mal, eso pasó —dijo el alguacil.
—¿Y la familia de Morgan? Tenía esposa e hijo, ¿cierto? ¿Quién se va a encargar de ellos?
—Victoria, la esposa de Morgan, es prima en primer grado de Bobby —respondió Prince Albert—. Él dice que Victoria puede quedarse con su familia. Ella no era feliz con Morgan. Ya encontrará a otro hombre. Tal vez a mí. Recordarás que Victoria sigue siendo muy bonita.
—Creo que no la conozco —dijo Buck.
—Ya la conocerás. Cuando vuelvas a la isla te voy a invitar a cenar a la casa.
Un par de años después en casa de mi tío conocí a Spurgeon Bush, el dueño de la tienda de enseres. Estábamos en el cuarto de huéspedes. Spurgeon siempre me decía sobrino, en español. Me mostró una .38 plateada que siempre llevaba consigo, junto con una tarjeta de presentación que tenía impresa un número telefónico y el nombre de un general del ejército hondureño.
—Dale vuelta a la tarjeta —me indicó Spurgeon—. Ve lo que dice sobre la firma.
“Este hombre está bajo mi protección.”
—En mi país, estas son las seis palabras más imórtantes que hay que tener. Es mi permiso.
—¿Permiso para qué?
—Para matar —respondió Spurgeon—. Soy un agente especial, y estoy bajo la protección de la autoridad de un general. Soy intocable.
—¿Y la tienda?
—¿Qué hay con ella?
—Si te enojaras conmigo porque compro un refrigerador en otra parte, ¿podrías matarme a tiros sin que te acusaran de asesinato?
Spurgeon sonrió y, al hacerlo, pude ver algunos de sus dientes de oro:
—¿Olvidas, sobrino, que soy el único distribuidor de refrigeradores en Utila?
Le devolví su permiso.
—A diferencia de otros hondureños yo uso mi arma sólo por los motivos más elevados —remató Spurgeon.
—¿Y Bobby Robinson? ¿Tuvo un buen motivo para matar a George Morgan? —pregunté.
—El mejor —respondió Spurgeon—. Victoria, la esposa de Morgan, era prima en primer grado de Bobby, pero eran amantes desde muy jóvenes. Bobby era el padre del hijo de Victoria, no Morgan.
—¿Y Morgan sabía?
Spurgeon se encogió de hombros.
—¿Bobby también tenía un permiso? —pregunté.
—No. De lo contrario Prince Albert no habría podido arrestarlo. Pero Bobby tenía derecho.
—Supongo que, desde el punto de vista del marido de Victoria, si George Morgan sabía que el niño no era suyo, tenía derecho de matar a Bobby.
Spurgeon se puso de pie y se guardó la .38 plateada en el cintillo. Llevaba unos pantalones holgados azul tierno, sin cinturón, y una guayabera verde selva. Spurgeon no era particularmente alto pero era robusto y sus manos parecían ganchos de carnicero. Su piel era de un color que en la isla llaman parda, es decir, color lodo. Tenía el rostro tachonado por la viruela y, en la nariz, una marca profunda en forma de ancla.
Spurgeon Bush me sonrió otra vez y posó uno de sus ganchos de carnicero en mi hombro.
—Sobrino. Nadie quería a George Morgan.

Traducción de Laura Emilia Pacheco



Confabulario — título que rinde homenaje a Juan José Arreola
 
Héctor de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx