Presente en varias religiones, el mito del andrógino permea,
desde sus horizontes más lejanos, la historia y la literatura.
En el ensayo que ofrecemos a continuación, Ana Clavel construye
una serie de pasadizos literarios en los que este personaje (Ifis
o Aquiles, el caballero de’Eon o la princesa Budur) recorre
las fronteras que anulan, y a la vez acentúan, las diferencias
entre lo masculino y lo femenino.
Por
Ana Clavel
Una farsa al
estilo Casanova
En sus Memorias (1822), el memorable Giovanni Giacomo Casanova refiere
el caso del caballero d’Eon, una mujer disfrazada de hombre
que tuvo una querella con el Ministerio de Asuntos Extranjeros.
El rey Luis XV, quien “guardaba fielmente un secreto, y le
encantaba estar seguro de que nadie más que él lo
sabía”, dejó llegar esta “comedia”
hasta el final sólo para divertirse.
La anécdota real, transformada en materia literaria por intermediación
de la biografía, nos sitúa de lleno con dos elementos
inherentes al arte del travestismo literario: el disfraz y el secreto
(aunque en el caso del personaje de Casanova bien pareciera parte
de una farsa ideada por el propio rey para su divertimento). Tal
vez todo obedezca a la necesidad de simular según cánones
de diferenciación sexual establecidos, y que esta simulación
sea tan perfecta que pase inadvertida. A su vez, las leyes de esta
necesidad tienen que ver con la prohibición y el castigo,
en última instancia, formas todas ellas de censura e interdicción
según los papeles asignados al comportamiento de los sexos
(lo que los especialistas llaman “performatividad”,
según los más recientes estudios de género)
.
Ifis, una pasión
a medias ondas
Si tomamos por caso el ejemplo de Ifis, referido por Ovidio en sus
Metamorfosis, nos topamos de frente con la figura de la autoridad
que establece la balanza de la vida y la muerte, metáfora
de una normatividad que enlaza los conceptos de sexo y destino.
Se trata del padre de Ifis, hombre de hacienda y nobleza limitadas,
quien desde antes de su nacimiento ha anunciado su supervivencia
sólo en caso de que sea varón.
...amonestó
él los oídos de su cónyuge grávida
con estas voces, cuando ya cerca el parto estuviera:
“Dos son lo que quiero: que con mínimo dolor tú
te alivies,
y que paras un macho; suerte más onerosa es la otra,
y fuerzas la fortuna niega. Así, lo cual abomino,
si por acaso una hembra fuere de tu parto nacida
(sin querer lo mando, perdóname, piedad), muerta sea.
[Metamorfosis II, SEP, 1985, p. 83]
Por intermediación
de la diosa egipcia Isis, la madre de la protagonista de esta historia
recurre al engaño para derogar la sentencia que pesaba sobre
su vástago y sólo la nodriza sabrá de la mentira,
no así el “ignaro padre” que desconociendo el
sexo verdadero de su descendiente, decide imponerle el nombre del
abuelo: Ifis. Hábiles y temerosas, madre y nodriza se dan
a la tarea del disfrazamiento y la ocultación a partir de
la ambigüedad limítrofe de los rasgos físicos
de la muchacha.
No advertidas,
sus mentiras con pío fraude ocultábanse;
el arreglo era de niño; la faz, que si a una niña
la dieras
o si la dieras a un niño, fueran ambos hermosos.
[Metamorfosis II, p. 84]
No será
sino a la hora de desposarse por disposición paterna pero
también por inclinación propia con la pequeña
Yante, a la edad de trece años, que el engaño amenaza
con venirse abajo, no sólo por el temor al castigo paterno,
sino por las consecuencias de una pasión “inadecuada”,
pues la propia desposada, la rubia niña que le ha sido destinada
como esposa, también desea y ama a Ifis.
...el amor tocó
de ambas el pecho ignorante, y la llaga
dio, a ambas, igual; pero era dispar su confianza;
el connubio espera y de la pactada antorcha los tiempos,
Yante, y cree que habrá de ser hombre, aquel que ella piensa
que es hombre; la ama Ifis; desespera de poder
gozarla, y aumenta eso mismo sus flamas, y arde
por la virgen, la virgen...
[Ibid.]
El disfraz ha
urdirdo una estrategia de enmascaramiento que no parece resultar
suficiente. Desesperada, Ifis califica de “monstruoso”
tal éxito que, desconocido del común de los seres,
la somete al cuidado de “una Venus nueva”. Son interesantes
sus reflexiones en torno a la inusual naturaleza de su pasión,
pues por más que busca ejemplos donde se muestre el deseo
de unas hembras por otras, no los encuentra entre las vacas, yeguas,
ovejas, ciervas, aves de sexo femenino: “entre todas las bestias/
ninguna hembra fue de anhelo de la hembra arrastrada” (p.
85). Según la normatividad sexual vigente a través
del estro del autor, pues no hay que olvidar que quien habla a través
de Ifis es un hombre, la protagonista de esta metamorfosis sufre
ante el imperativo erigido en una supuesta ley natural y se ordena
a sí misma: “ama lo que debes como hembra”. Aunque
el disfraz ha servido para salvarle la vida y engañar a todos,
incluida la propia Yante, la inminencia de las nupcias y su propio
deseo que sabe no ha de ser colmado, la sume en la desesperación
de estos que son de los más bellos versos sobre la imposibilidad
del amor:
Viene, ved,
el tiempo deseable, y llega la luz nupcial,
y Yante ya se hará mía, y no me pertenecerá;
sed,
a medias ondas tendremos.
[Ibid.]
Serán
los ruegos y la piedad inquebrantable que Ifis y su madre dirigen
a Isis, la diosa egipcia de la feminidad, los que consigan la compasión
divina. Pero otra lectura posible ubicaría el milagro de
la transexualidad a partir de la fuerza metamórfica del deseo
y del amor con la que tanto platónicos como neoplatónicos
estarían de acuerdo. De este modo, el travestismo trasciende
a la esfera de los cambios trascendentales y reubica una pasión
descrita como fuera de
lo natural, en los terrenos del canon sexual imperante.
...Ifis, con
mayor paso que lo usual; y el candor no en su rostro
permanece y sus fuerzas aumentan, y más bravo
en su mismo semblante, y más breve el tamaño
en los despeinados cabellos, y hay más de vigor que el que
tuvo
una hembra; pues tú que eras hembra hace poco,
eres niño; [...] “Ifis, niño, paga los dones
que,
hembra, había ofrecido.” Había la siguiente
luz con
sus rayos abierto el lato orbe, cuando Venus y Juno y su socio
Himeneo a los fuegos llegan juntos, y el niño Ifis
de su Yante se adueña.
[p. 86]
Aquiles
y los juguetes de los hombres
Otro ejemplo valioso a considerar es el del héroe griego
Aquiles. Alertada por el oráculo de Delfos que le revela
que su hijo morirá en la guerra de Troya, la diosa Tetis
lo disfraza de doncella y lo esconde en la corte del rey Licomedes
en Esciros. Pirra es el nombre de mujer que le es asignado. Pero
Tetis no cuenta con la astucia de Odiseo, quien había sido
enviado a buscar al héroe. Disfrazado a su vez de mercader
de joyas, Odiseo se dirige a la corte de Licomedes a ofrecer sus
mercancías (lo que nos enfrenta a la paradoja: para descubrir
un disfraz, disfraz y medio). En el cofre de joyas coloca también
unas espadas. Vestido de púrpura como una doncella más,
según el cuadro del pintor Rubens, a su vez inspirado en
el mosaico de la villa romana de la Olmeda (España), Pirra
se avalanza no sobre los brazaletes y collares, sino sobre las armas
fulgentes. Y con ello, Odiseo embozado descubre la identidad oculta
del pelida. Es decir, de nuevo nos encontramos con la estrategia
del disfraz como instrumento para salvar la vida, y su develamiento
opera según los cánones de una normalidad sexual que
se rige por códigos establecidos del tipo “a los muchachos
les gustan las armas”. Cierto es que esa normalidad sexual
debe ser relativizada en función del mundo griego que permitía
la homosexualidad en términos de una paideia pues es de sobra
conocida la relación cercanísima de Aquiles con su
amigo Patroclo, pero aun en este caso, nuevamente los usos y costumbres
sexuales se rigen por los lineamientos de un canon establecido,
en el que ya en aquellas épocas se diferenciaba el comportamiento
esperado para un hombre y una mujer: las mujeres se quedan en palacio,
mientras los hombres van a la guerra.
Travestismo
en Las mil y una noches
El Oriente nos ofrece un caso maravilloso de travestismo literario
a través de una de las historias no tan conocidas de Las
mil y una noches, titulada “Historia de Kamaralzamán
y de la princesa Budur, la luna más bella entre todas las
lunas” (insertada en las páginas 421-520 de Ediciones
29, 1988). Reacios ambos príncipes a casarse, Kamaralzamán
y Budur son sólo comparables en nobleza y hermosura uno al
otro pues “el molde que fabricó a uno no se ha roto
sin crear una muestra perfecta en femenino, que es precisamente
la princesa Budur” (pp. 436-437). Habiéndose conocido
gracias a una curiosa apuesta de efrits sexuados, que defiende cada
uno al príncipe del género opuesto, se enamoran y
consuman su amor en medio de una suerte de fantasía onírica.
Al despertarse ambos en ciudades y palacios distantes, buscarán
encontrar en la vigilia al amado desconocido. Después de
innumerables peripecias los amantes se reúnen y se casan.
Pero es justo en este punto en el que uno de ellos, la princesa
Budur, ante la desaparición del esposo, se vestirá
de hombre para continuar el viaje que ambos habían emprendido,
pues de otro modo, como mujer no le sería permitido actuar
y moverse con libertad. Siendo tan parecida a Kamaralzamán,
se hace pasar por el amado y en su nombre acepta el reino de Ébano
y a su heredera como esposa.
En principio se trata de un travestismo de abundante tradición,
tal y como nos lo presentan desde personajes del teatro del Siglo
de Oro —Tirso de Molina, Cervantes, y en otra tradición,
Shakespeare— hasta autores del siglo XX —Guimarães
Rosas y Tahar Ben Jelloun, entre otros—. En todos estos casos,
un personaje se disfraza del sexo opuesto para gozar de sus privilegios
y desempeñarse con soltura en el mundo que le es ajeno por
la moralidad y las costumbres imperantes. Sin embargo, el caso de
la princesa Budur es singular porque lleva el disfraz al límite
pues se permite intimar sexualmente con la princesa que ha desposado,
la bella Hayat-Afenus, luego de revelarle su verdadera condición.
“...Budur
aplicó sus labios a los de la otra, hasta que ambas quedaron
sin aliento. Luego se puso en pie y exclamó:
“—¡Mírame, Hayat-Alfenus y sé mi
hermana!
“Con presteza se entreabrió la ropa desde el cuello
hasta la cintura e hizo salir dos pechos deslumbradores, que coronaban
sus ropas. Luego agregó:
“—¡Ya ves que soy una mujer, igual que tú,
mi muy amada! ¡Si me he disfrazado de hombre ha sido a causa
de una singular aventura!...” [pp. 492-493]
En aras de no
contravenir los lineamientos de la moral vigente y su sexualidad
hegemónica, Budur acaricia, seduce y juega con su amiga pero
destina la virginidad de su amante para goce del marido ausente
en calidad de segunda esposa en el momento en que vuelva a hacer
su esperada y gloriosa aparición. Y cuando esto sucede Kamaralzamán
no sólo se adueñará del reino de Ébano
sino de las dos mujeres que ahora son sus esposas, pues según
la tradición musulmana un hombre que posee suficiente hacienda
para mantener a más de una mujer, puede casarse hasta cuatro
veces. Es así que al final la historia regresa a los cauces
de una normalidad conveniente y dichosa para todos.
“...la
reina Budur y la reina Hayat-Alfenus, fecundadas ambas por Kamaralzamán,
dieron cada una un hijo varón a su esposo, tan bello como
la luna. ¡Y todos vivieron felices hasta el fin de sus días!”
[p. 519]
Herculine Barbin
o el disfraz encarnado
Otro caso singular de travestismo es el del hermafrodita francés
del siglo XIX, Herculine Barbin, cuyas memorias fueron exhumadas
por Michel Foucault y publicadas en 1978. Singular por el hecho
de haber recurrido a un travestismo en un principio involuntario
pues, al parecer, su hermafroditismo no resultó evidente
en el reconocimiento inicial al que se somete a todo recién
nacido. Así, Adéläide Herculine, conocida por
sus familiares como Alexina, pasó por ser mujer desde su
nacimiento, verificado el 7 de noviembre de 1838, hasta el juicio
civil que le otorgó una nueva identidad sexual, realizado
el 21 de junio de 1860. Oficialmente, veintidós años
en que fue educada como mujer y portó el disfraz femenino,
no obstante que desde su pubertad comenzó a dar muestras
de rasgos sexuales secundarios masculinos, que la joven, confundida
y atribulada, buscó ocultar. Instruida y educada para ser
profesora de niñas, sus Memorias son el testimonio de sus
avatares pero también un documento literario que roza la
novela sentimental y erótica gracias a su diestra y conmovedora
escritura. Iniciadas sólo tres años después
del juicio civil, estas Memorias no dejan lugar a dudas de la conciencia
del proceso doloroso que le tocó vivir.
“Tengo
veinticinco años y, aunque aún soy joven, puedo avizorar
sin lugar a dudas la proximidad de la hora de mi muerte.
“He sufrido demasiado, ¡y debo añadir que lo
he hecho sola! ¡Sola! ¡Abandonada por todos! No se me
destinó un lugar en este mundo que me esquiva, que reniega
de mí. Ninguna criatura viviente ha podido compartir esta
pena inmensa que me embargó desde que abandoné mi
niñez, esa edad cuando todo es hermoso, porque todo es nuevo
y brilla con la luz del futuro.
“Pero esa edad ya no existe más para mí. Tan
pronto como me hice mayor, instintivamente me aparté del
mundo, como si hubiera entendido que debía vivir como una
extranjera.”
[Herculine Barbin. Being the Recently Discovered Memoirs of a Nineteenth
Century French Hermaphrodite, Pantheon Books, Nueva York, 1980,
p. 3]
Vestida siempre
con ropas del género que Herculine creía le pertenecía,
verá llegar la pubertad con cambios que la obligarán
a buscar mantener la apariencia femenina.
“A esa
edad, cuando se despliegan todas las gracias de una mujer, no tenía
ese aspecto suave ni unos miembros bien formados que revelaran una
juventud en pleno florecimiento.
Mi apariencia era de una palidez enfermiza que denotaba un estado
de morbidez crónica. Mis rasgos presentaban una dureza inusual.
Mi labio superior y una parte de mis mejillas estaban cubiertos
por una pelusa ligera que aumentó con el paso de los días.
Por supuesto, esta peculiaridad a menudo me exponía a comentarios
y bromas que yo intentaba evitar mediante el uso frecuente de tijeras
ya que no disponía de una navaja. Mas, como suele suceder,
sólo conseguí que el vello se hiciera más grueso
y más notorio.” [p. 26]
El ocultamiento
se convierte entonces en un medio para evitar las miradas sobre
un cuerpo que, vaga e intuitivamente, Herculine percibe como “ominoso”.
“Me cubría
todo el cuerpo y, a diferencia de mis compañeras, evitaba
escrupulosamente exponer mis brazos incluso durante las épocas
más calurosas. En lo tocante a mi figura, me mantenía
ridículamente delgada. [...] Debo decir, sin embargo, que
en general era bien vista por mis maestras y compañeras,
y aunque les devolvía su afecto de la mejor manera, lo hacía
casi con temor. Yo había nacido para amar. Todas las facultades
de mi alma me impulsaban a hacerlo; debajo de una aparente frialdad,
que rayaba incluso en la indiferencia, se ocultaba mi corazón
apasionado.” [p. 27]
Muy pronto Herculine
se sentirá atraída por una de sus compañeras
de internado, y a los ojos de las institutrices y de las propias
alumnas, sus inclinaciones serán toleradas como parte de
los afectos entre amigas cercanas.
“Muy pronto
entablé una amistad entrañable con una niña
encantadora de nombre Thécla, quien era un año mayor
que yo. [...] Siempre nos llamaron ‘las inseparables’,
pues de hecho no nos perdíamos de vista por un solo instante.
“Durante el verano, las clases solían impartirse en
el jardín; nosotras acostumbrábamos sentarnos una
al lado de la otra, tomadas de la mano, sosteniendo el libro entre
ambas. Cada cierto tiempo la profesora echaba una mirada en derredor
y en más de una ocasión me sorprendió inclinándome
hacia Thécla para besarla, algunas veces en la frente y —¿podrían
creerlo de mí?— algunas otras en sus labios. Esto podía
repetirse una veintena de veces en el curso de una hora. Entonces
era condenada a sentarme en la parte más alejada del jardín,
lo que hacía de no muy buena gana.”
Como suele acontecer
en los casos de hermafroditismo, con el correr del tiempo uno de
los sexos se hizo cada vez más patente, de tal forma que
la apariencia retraída que hasta entonces Herculine había
mantenido, se vuelve un cruel disfraz —una suerte de verdadero
corsé mental, emocional, no sólo corpóreo—
que entra en conflicto con los cambios y apetitos inesperados.
“Poseída
por sentimientos que me resultaría difícil describir,
no escuchaba la tormenta que se avecinaba, sino su estruendo aún
sordo. [...] Una confusión total reinaba en mis pensamientos.
Mi imaginación estaba incesantemente agobiada por el recuerdo
de las sensaciones que habían despertado en mi interior,
y llegué al punto de culparme por tenerlas como si se tratara
de un crimen...” [p. 33]
Para José
Ricardo Chaves, quien ha dedicado al tema del andrógino en
la literatura del siglo XIX buena parte de sus estudios, hay una
suerte de “atisbo nominalista” en la perspectiva de
Herculine al considerar los géneros como un asunto de representación
teatral.
“Aunque
Herculine tiene una visión esencialista de los sexos en la
que la fisiología es destino, no puede negarse que hay cierto
atisbo nominalista cuando se refiere al sexo de cada quien como
un papel, como una actuación, que se representa en el teatro
de la realidad, de forma similar a una comedia de travestimientos
y metamorfosis a la manera de Beaumarchais en Le mariage de Figaro
(a quien menciona en el texto) o de Shakespeare en As you like it.
Herculine habla en varias ocasiones del titre d’homme o del
titre de femme, como si fuera algo que se pudiera cambiar una vez
formado dentro de una de esas dos categorías, a la manera
de un antifaz. Habla de esos títulos como algo casi intercambiable
o al menos como si se pudiera transmigrar de uno a otro opuesto,
femenino o masculino.”
[José Ricardo Chaves, “Herculine Barbin y los nombres
de lo innombrable”, en Biblioteca de México, núm.
44, marzo-abril, p. 62]
Y en efecto,
investida con una suerte de atavío que la ubica en un mundo
de mujeres pero a la vez sintiendo inclinaciones desconcertantes
hacia su mismo género, Herculine pareciera observar, asomarse
tímidamente al horizonte desde el resquicio de un no-lugar,
de un no-ser previo a las definiciones.
“En efecto,
tal y como lo había anticipado, ¡el futuro se revelaba
amenazador! Más tarde o más temprano tendría
que romper con una forma de vida que ya no me pertenecía.
Pero, ¡ay de mí!, ¿cómo escapar de este
laberinto escalofriante? ¿Dónde encontrar la fortaleza
para declarar al mundo que había estado usurpando un lugar,
un título que las leyes humanas y divinas me prohibían?
Aquello era suficiente para nublar una mente menos firme que la
mía. Hasta el momento, ¡no había dejado a Sara
ni de día ni de noche! [...] Compartíamos el dulce
sueño de pertenecernos uno al otro, ante el cielo y para
siempre, es decir, mediante el matrimonio.” [p. 52]
Cuando Herculine
se decide a reclamar en un juicio civil el estatus masculino que,
en apariencia, más le correspondía, no hace sino mostrarse
desnuda ante un público que se horroriza con el misterio
de su singularidad: cae el disfraz y se avecina la catástrofe.
Entonces, uno no puede dejar de recordar el consejo del abad confesor
que le había propuesto un nuevo ropaje: el de monja, recluida
en la vida religiosa y monástica, lejos del devenir de los
hombres, pero también más a resguardo su secreto de
una sociedad que no sería capaz de asimilarlo.
“Este
fue el consejo que me dio el abad: ‘No tengo que decirte lo
que ya sabes: estás aquí y ahora tienes derecho a
llamarte a ti mismo un hombre en la sociedad. Ciertamente lo eres,
pero ¿cómo obtendrás el derecho legal para
hacerlo? A costa del mayor escándalo, quizás. Sin
embargo, no puedes mantener tu situación actual, que está
llena de riesgos. Así, el consejo que te doy es el siguiente:
retírate del mundo y hazte monja; pero sé muy cuidadosa
de no repetir a nadie la confesión que me has hecho, o de
lo contrario ningún convento de mujeres te admitiría.
Créeme, éste es el único camino que veo posible:
acéptalo.’ ” [p. 62]
Pero Herculine
no sólo se negó a renunciar al mundo, sino que buscó
reclamar en él un lugar digno. Profundamente religiosa, cifró
sus esperanzas según el esquema de una piedad cristiana que
como ideal distaba mucho del acontecer real —olvidando, por
ejemplo, que en el monte Calvario Cristo ofreció a uno de
los forajidos con quienes fue crucificado, un reino que no era de
este mundo.
Si bien sus Memorias fueron editadas por el médico que realizó
el reporte forense, de forma tal que no sabemos a ciencia cierta
dónde acaba la pluma del hermafrodita y dónde empieza
la de su censor, hay un dato que sin duda concierne al albedrío
de Herculine Barbin: la elección del nombre con el que se
le conocería a partir del juicio civil que le dio el “título”
de hombre. Con su formación católica, no puede ser
casual que haya elegido el nombre de Abel para su nueva condición.
¿Acaso no murió el Abel bíblico a manos de
un Caín envidioso de su virtud? ¿No se trataría
de una proyección sublimada de lo que, precisamente por los
avatares que le tocó vivir, aspiraba la atribulada señorita
Barbin?
No obstante, los intentos resultaron en vano. Despojada del disfraz
que la protegía de la mirada del mundo, portando un atuendo
masculino en una mascarada donde sus nuevos pares no la reconocían
ni le hacían lugar en la representación, Herculine
Barbin, ahora bajo el nombre de Abel Barbin, se suicidó en
febrero de 1868. Las últimas palabras de su diario resultan
reveladoras, sobre todo porque dan cuenta del grado de percepción
que su autora tenía de estar representando un papel “absurdo”,
en gran medida impulsada por esa sed de autoconocimiento que, más
allá de las fronteras de los sexos y de los géneros,
es común a hombres
y mujeres:
“¿Qué
extraña ceguera me llevó a mantener este papel absurdo
hasta el final? Sería incapaz de explicarlo. Quizás
se trataba de esa sed por lo desconocido, que es tan natural al
hombre.” [pp. 114-115]
Y acaso, de
una encarnación a otra, de un revestimiento más o
menos aparencial a una metamorfosis más profunda, convendría
recordar las palabras de Píndaro cuando declara Umbrae somnium
homo: “el hombre es el sueño de una sombra”.
Clavel. Autora
de Los deseos y su sombra (2000) y Paraísos trémulos
(2002), ambos editados por Alfaguara.
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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