Para celebrar el centenario del Bloomsday, el día
en que transcurre la portentosa novela Ulises, Declan Kiberd aborda
la arquitectura de la obra maestra de James Joyce y explica cómo
las ciudades modernas vuelven imposibles los encuentros fortuitos:
justo la materia de que está hecha Ulises. Bloomsday, dice
él, es en realidad un lamento por una ciudad que podía
recorrerse a pie y que dejaba abierto el sentido de lo inesperado.
POR
DECLAN KIBERD
Según
Richard Ellmann, James Joyce fechó Ulises el 16 de junio
de 1904 para conmemorar el primer día que salió con
Nora Barnacle y en que ella lo convirtió en hombre. Si de
regalos de aniversario se trata, Ulises debe ser uno de los más
espectaculares de todos los tiempos. En caso de que Nora Barnacle
hubiera editado el texto podríamos perdonarle que se preguntara
cómo es que Ulises celebra esa ocasión, pues el desenlace
del libro describe el encuentro entre dos hombres: el joven poeta
Stephen Dedalus y un hombre mayor, dedicado a hacer mantas publicitarias,
llamado Leopold Bloom. Aunque muchas veces se ha intentado representar
el soliloquio final de Molly Bloom como la vida secreta de Nora
Barnacle, en realidad se trata de un pasaje que le da punto final
al libro y —en casi todos los aspectos—, constituye
una mirada al alma de James Joyce. Para que haya sido capaz de escribir
sobre una profundidad psicológica como la que alcanzó,
tuvo que haberse basado en su propia conciencia.
La reunión entre Dedalus y Bloom constituye uno de los finales
más extraños en toda la historia del Modernismo anglosajón,
pues transgrede la convención de que existe una guerra entre
lo bohemio y lo burgués. En el libro, el poeta y el hombre
de negocios cenan juntos y sostienen una conversación amistosa.
¿Qué se proponía Joyce con esto? ¿Es
él uno de los primeros revisionistas irlandeses, en el sentido
de que deseaba restituirle a un momento pasado la apertura que tuvo
alguna vez, antes de que los eventos posteriores se vieran como
inevitables? Al volver a 1904, Joyce buscó otro escenario
que podría haberse desarrollado a partir del momento en que
un amable hombre mayor lo rescató de una gresca. Es bien
sabido que Ulises se inició como un cuento corto titulado
“Mr. Hunter´s Day” sobre ese incidente, y que
el texto creció y creció hasta convertirse en el libro
que hoy conocemos. A un autor que permite que un cuento corto se
convierta en una épica involuntaria puede perdonársele
que, como tema central de su obra, use la misteriosa apertura de
momentos pasados. Y eso es justo lo que hace Joyce, pues en La Odisea
de Homero halló toda una serie de potencialidades artísticas
que pedían a gritos que se les desarrollara con más
amplitud a como aparecen en el original. De hecho, toda la narrativa
de Ulises está permeada por el temor a las oportunidades
perdidas: las escenas en “Eolo” y en “Escila y
Caribdis”, cuando Leopold y Stpehen se cruzan en el camino,
pero no se ven, son tan paradigmáticas como el volante publicitario
que anuncia la llegada del Profeta Elías pero que vuela y
se va flotando río abajo, hacia la Bahía de Dublín.
Las múltiples pistas falsas (hay otro señor Bloom
que es dentista; una olla hirviendo que no contiene comida sino
unas camisas) se convierten en una especie de versión escalofriante
de las auténticas posibilidades que “expulsamos”.
Todo esto influye en nuestra lectura actual de Ulises. Tras tantas
décadas de exégesis, hay un intenso deseo por volver
a capturar la inocencia de la lectura de 1922, antes de que las
interpretaciones de la Industria Joyce se solidificaran en torno
a ciertos temas obsesivos, como por ejemplo, la búsqueda
del hijo para encontrar al padre. ¿Qué ocurriría
si, junto con la Biblia y Hamlet, la épica de Homero sólo
fuera otro texto base y no la llave esencial del libro? La publicación
en 1922 de un Ulises popular (Ulises: edición para el lector,
1997) sugiere que existe el deseo de una experiencia menos perspicaz.
¿Ulises es una novela? Por lo general las novelas versan
en torno a sociedades establecidas y, en 1904, Irlanda era una sociedad
aún en formación. El cuento corto está diseñado
para describir a un pueblo sumido en la miseria, como lo sugirió
Frank O´Connor en The Lonely Voice, en tanto que la novela
parece más apta para un mundo establecido, de clases sociales
calibradas. Sin lugar a dudas Ulises es mucho más que una
mera exfoliación de cuentos cortos, e incluso es posible
que pertenezca a un género irlandés que está
en evolución y para el que todavía no hay nombre.
Esta forma puede explicarse mejor a través de la noción
de “latencia”.
La antigua aristocracia gaélica cayó alrededor del
año 1600, pero no fue reemplazada totalmente por una clase
media nativa sino hasta mediados del siglo veinte. Entre estas fechas,
las obras fundamentales de la literatura irlandesa fueron colecciones
de micro-relatos, con apariencia de novela, pero sin el sentido
de una narrativa bien desarrollada. Los viajes de Gulliver de Jonathan
Swift es, en realidad, un conjunto de cuatro cuentos cortos y, en
cada uno, el protagonista emprende un nuevo viaje, como si no hubiera
aprendido nada de los anteriores. Castle Rackrent de Maria Edgeworth
describe a varias generaciones en apenas sesenta páginas,
y la trilogía en prosa de Samuel Beckett, así como
At Swim-Two Birds de Flann O´Brien, o Cré na Cille
de Mairtin Ó Cadhain, se estructuran alrededor de anécdotas
que nunca adquieren bien a bien la forma de novela. Si la épica
es el género de la aristocracia y la novela lo es de la burguesía,
entonces la difícil transición entre estos dos órdenes
es el espacio donde puede darse una innovación radical de
las formas. En países como Inglaterra, Francia o Alemania
esa transición se manejó con bastante presteza, pero
en Irlanda duró más de dos siglos.
Dublineses, la primera obra en prosa de Joyce, fue una colección
de cuentos suficientemente interconectados como para sugerirle a
W.B. Yeats la promesa de un nuevo tipo de novelista, pero cuando
llegó Ulises, también quedó atrapado en los
intersticios de aquellas formas. Joyce no podía producir
un Bildungsroman convencional (abortó la sección de
Dedalus después de tres episodios) porque no tenia bien asidas
las palancas del poder. Un Bildunsgsroman normalmente concluiría
con un joven venido de las provincias que, tras lograr todas las
conquistas posibles, se dedica a ver las azoteas de la capital con
la sensación de haber llegado al centro de las cosas. Pero
tanto en Ulises como en Dublineses, la ciudad es un lugar de parálisis.
Es menos una entidad singular planificada centralmente que una colección
de aldeas juntas: la liberación de cualquier protagonista
sólo puede imaginarse como un movimiento hacia el exterior,
alejado de ese centro de parálisis.
Antes de Joyce, las novelas clásicas europeas estaban impulsadas
casi invariablemente por el diálogo. Tolstoi (uno de los
modelos joyceanos) sabía cómo atribuirle a sus personajes
principales una o dos oraciones de monólogo interior, pero
puso gran cuidado en que esos breves interludios estuvieran perfectamente
subordinados al diálogo circundante. Sin embargo, en el Dublín
de Joyce —un sitio donde todos pueden hablar pero pocos saben
escuchar—, el diálogo no tiene efecto ni fuerza, y
contribuye poco al desarrollo de la trama, en el sentido de que,
por lo general, los monólogos interiores contienen tantos
detalles que abruman por completo al mundo social.
Quizá estos monólogos de Stephen, Leopold y Molly
constituyan el mayor logro técnico de la obra de Joyce. Guiados
por el “sí” final de Molly Bloom, la mayoría
de los críticos los consideran una afirmación de la
vida cotidiana, pero hay algo sospechoso y desproporcionado en su
riqueza. Cada uno de estos personajes vuelve al interior de su mente
a consecuencia de una frustración y de una derrota sufrida
en el mundo de afuera. W.B. Yeats dijo alguna vez que sólo
somos felices cuando cada cosa dentro de nosotros tiene un equivalente
en el mundo externo: y leídos bajo esa luz, los monólogos
pueden verse a menudo como algo patológico; como una táctica
defensiva de los marginados. Al escuchar la más reciente
y estupenda versión completa en cd de Ulises, leída
por Jim Norton y Marcella Riordan (Naxos Audiobooks; 22 cd.s, con
fotografías y textos) recordé la pregunta que me hizo
mi padre tras escuchar la emisión de 1982 que hizo la RTE:
“¿No crees que sería mejor tener una vida interior
un poco menos complicada?”
Esto es especialmente cierto en el soliloquio final de Molly Bloom,
que podrá terminar con un “sí”, pero que
tiene una implicación trágica. Molly es una mujer
insomne que está recostada junto a su marido que duerme;
es una mujer que no tiene con quién platicar más que
con ella misma. Después de una tarde con su amante, Molly
se masturba una y otra vez porque él se quedó con
todo el placer. Los pedacitos de papel en blanco que ella se deja
a sí misma parecen emblemas de su condición solitaria,
de igual forma que el “sí” que pronuncia parece
una desesperada táctica
para convencerse a sí misma de que la vida es mejor de lo
que realmente es. Cuando la actriz irlandesa Fionnuala Flanagan
actuó el monólogo de esa forma en una universidad
norteamericana en los años ochenta, algunos profesores devolvieron
las
tarjetas que los acreditaban como miembros de la Asociación
Joyce, repugnados antes la supuesta blasfemia contra un texto sagrado.
El descubrimiento y el desarrollo que hizo Joyce del monólogo
interior pudo haberse predecido, ya que
—mucho antes que otros pueblos— los irlandeses del siglo
XIX padecieron el más moderno de todos los males: una mente
sin hogar. Después de la Gran Hambruna la mayoría
de quienes reiniciaron sus vidas en una aldea azotada por el viento
se hallaron varados en sitios remotos como Hammersmith o Hell´s
Kitchen, e incluso quienes se quedaron en su casa cambiaron de idioma,
con el resultado —como se le dijo Engels a Marx en una carta—,
de que empezaron a sentirse como extranjeros en su propio país.
En un medio ambiente que de pronto se volvió extraño,
se sintieron escindidos del pasado, de su idioma y de su mismo ámbito,
lo que equivale a decir que vivían en una especie de bohemia
involuntaria.
La bohemia más convencional de Estados Unidos y de Europa
occidental era una zona voluntaria, habitada por jóvenes
empobrecidos que aguardaban un empleo, o bien por artistas disidentes.
En esos lugares, estos grupos improvisaron nuevas formas de arte
y de vida, antes de llevar de vuelta un mensaje revolucionario a
una sociedad más amplia. Habían ingresado a este enclave
especial bajo la presión del desarrollo arquitectónico
y el elevado precio de las rentas.
El Dublín de Joyce tiene algunas cosas en común con
esos sitios y, como él mismo lo dijo, era “la última
de las ciudades íntimas”; es decir, una ciudad que
no había perdido su sabor rural. La habitaban jóvenes
de al-
rededor de treinta años “que envejecían”
—como ese personaje que se llama Lenehan—, y de hombres
mayores en quiebra —como Simon Dedalus—, que aguardaban
un empleo y mataban el tiempo emborrachándose, cantando o
contando historias. Pero Joyce huyó de ese Dublín
que le repugnaba y, en consecuencia, mostró muy poco interés
por mudarse a Montmartre o a Montparnasse, lugares voluntariamente
bohemios. Como joven estudiante de medicina en París, Joyce
alarmó al dramaturgo anglo-irlandés J.M. Synge al
sugerirle que, igual que todos los demás burgueses, debían
ir de día de campo al Parque St. Clouds. Cuando ya era famoso,
a sus vecinos franceses les pareció muy difícil reconciliar
su reputación de artista temerario con la figura del hombre
de familia excesivamente amoroso —de trajes muy vivaces—,
que entraba y salía de su departamento. La célebre
reunión de Joyce con Marcel Proust resultó poco más
que un incómodo y acartonado intercambio sobre las bondades
de las trufas de chocolate oscuro.
En el París modernista la mayoría de los intelectuales
que se respetaban sentían un desprecio por los burgueses:
autómatas sin alma, esclavos del dinero. Las cosas no habían
sido así en 1789, cuando los escritores celebraron a la élite
intelectual y académica de una nueva clase media que, por
fin, reemplazaban a la aristocracia parasitaria. Fue mucho después
que los intelectuales comenzaron a alejarse de esa clase social,
convirtiéndose en sus principales y más acérrimos
detractores. Sin embargo, en Irlanda, aunque la vieja aristocracia
gaélica ya había caído, fue reemplazada por
un grupo de arribistas ingleses que tomaron la actitud de una nueva
nobleza. Durante la vida de James Joyce la clase media nativa aún
no emergía como un grupo social completo. Quizás este
sea uno de los motivos por los que esos intelectuales que, entre
1890 y 1921, encabezaron el Renacimiento irlandés, estaban
tan convencidos del nexo que existe entre la autoconfianza cultural
y el éxito en los negocios. El idioma gaélico, por
ejemplo, no sólo buscó revivir el idioma irlandés,
sino también hacerles publicidad a los empresarios irlandeses
en los desfiles que empezaron a organizarse en todo el mundo con
pretexto del día de San Patricio. Los primeros cuentos de
Joyce se publicaron en The Irish Homestead, un diario de granjeros
editado por George Russell, cuya premisa era tender un puente entre
los “diarios de Plunkett” y “las hadas de Yeats”.
La mayoría de los escritores irlandeses de aquella época
mostraban un pronunciado talento para los negocios. Wilde editaba
una revista para mujeres y escribió sus obras de teatro con
la premisa de “ganar muchísima plata”. Shaw se
quejó así con un magnate del cine que deseaba comprarle
los derechos de una de sus obras: “Usted no deja de hablar
de arte y a mí lo único que me interesa es el dinero.”
Yeats tenía dos editoriales y una compañía
autosuficiente de teatro.
Quizá Joyce fue el más empresarial de todos. Con el
aval de un patrocinador europeo, en 1909 estableció el primer
cine de Dublín. Obtuvo una franquicia de las fábricas
de lana para vender suéteres irlandeses en Europa. Su proyecto
más ambicioso fue establecer un diario dublinense que se
llamaría The Goblin. La idea nunca tomó forma y Joyce
se quedó sin dinero pero, entre muchas otras cosas, puede
decirse que Ulises constituye un intento del arte por vencer al
periódico moderno con su recuento —pletórico
en detalles— sobre un solo día en la vida de la ciudad.
La yuxtaposición surrealista de temas y de estilos que chocan
evoca la de The Irish homestead, en donde las epifanías de
Joyce aparecieron al lado de las cotizaciones semanales del estiércol
(se sintió tan humillado de que publicaran sus textos en
esa página del “Periódico del Cerdo”,
que se refugió en el pseudónimo Stephen Dedalus).
En más de una ocasión el autor de Ulises se refirió
a sí mismo como: “Alguien que sólo corta y pega
palabras.”
Si Joyce se sentía impresionado por los empresarios se debe
a que —como muchos artistas— eran cambistas en riesgo;
gente dispuesta a apoyar una corazonada inicial con largos años
de arduo trabajo. De modo que no es muy sorprendente que alguien
como Bloom —dedicado a hacer mantas publicitarias— sea
la figura central de su obra maestra. A lo largo del libro este
personaje aparece como alguien que entiende cómo la publicidad
traza mapas en el inconsciente y los trasfiere a locaciones cotidianas.
Al ver a los comulgantes en la iglesia de All Hallows, Bloom hace
un comentario sobre un lema religioso: “Qué buena idea
de los romanos: primero hay que estupidizarlos.” Bloom está
en perpetuo estado de alerta, cazando oportunidades prácticas
de negocios, ya sea una nueva línea del tranvía que
lleve a los muelles de la ciudad o un pase gratuito del ferrocarril
para visitar a su hija Mily en Mullingar.
En cambio, Stephen Dedalus hereda hábitos dispendiosos de
su padre y le hace mucha falta algo del carácter práctico
de Bloom. Malachi Mulligan, compañero de Stephen en Sandycove
Tower, detecta en Bloom a un rival y le advierte a Stepehen que
tenga cuidado con él porque a lo mejor Bloom tiene malas
intenciones: “Es más griego que los griegos”,
le dice Malachi. Pero quizá el interés de Mullingan
es más directamente sexual, y se advierte en su temprana
invocación de Wilde. De ser así, la amistad que se
desarrolla entre Dedalus y Bloom podría verse como un sustituto
clásico más de orden platónico: la disposición
de un hombre maduro, lleno de experiencia, para aconsejar al joven
inexperto que promete. Aunque para Stephen, Bloom es un padre sustituto
(y muy superior en su papel a Simon, su padre bilógico),
en los últimos capítulos la tendencia de Bloom es
francamente maternal. La prolongada labor de parto que sufre la
señora Purefoy lo llevan a sentir una gran lástima
y a rondar el hospital Holles Street. En el episodio de “Circe”
su fantasía de ser madre se hace realidad a través
de sus ensoñaciones pero, de manera más importante,
al rescatar a Stephen. Cuando la voz de May Dedalus recuerda cómo
ella hizo todo lo posible para proteger a su errante hijo mayor,
parecería que su fantasma incita a Bloom a llenar el lugar
de madre que ella dejó vacante. A pesar de lo que dice Mullingan
no hay ningún indicio de que la relación entre el
hombre maduro y el joven poeta tuviera connotaciones sexuales. De
hecho, Bloom sospecha que Stephen musita algo sobre una muchacha
de apellido Ferguson y considera que eso podría ser “lo
mejor que le ha ocurrido” al muchacho. En esta etapa, Bloom
se siente ansioso de proteger al hijo de su amigo. Y la imagen final
del episodio —donde el hijo muerto de Bloom lee un texto judío—-,
parece una versión de Stephen “leyendo un libro de
sí mismo.”
El Bloom que antes se había burlado de los comulgantes en
la iglesia ahora recrea con formalismo el momento sacramental cuando
comparte el pan y el café con el hambrientísimo joven
poeta. Esa comunión entre el burgués y el bohemio
es el verdadero clímax del libro, en donde Bloom se preocupa
del agotamiento prematuro de “personas cultas que prometían
tanto.” Cuando le sugiere a Stephen que busque empleo, obtiene
una respuesta cortante: “No cuentes conmigo”. Bloom
se apresura a asegurarle a Stephen que no hay conflicto entre la
definición que tiene cada uno sobre el trabajo. Sería
un empleo “en el sentido más amplio de la palabra”,
porque “tienes el mismo derecho de vivir de tu pluma en busca
de tu filosofía como la tiene un campesino.”
Al abandonar el refugio del taxista, Bloom le dice a Stephen que,
si camina a su lado, se sentirá como “un hombre distinto”
y, sin duda, al tomarse del brazo de Bloom, Stepthen “sintió
la extraña cercanía de la carne de un hombre...”.
El papel profético de Bloom con Stephen no consiste en comunicarle
una filosofía particular con palabras, sino en sacralizar
lo cotidiano; en ayudarlo a sentirse a gusto en el mundo. Joyce
su burla un poco del final de su propio libro al citar los versos
de una canción popular y describir a la pareja de Stephen
y Bloom alejándose en un carruaje “para que el Padre
Maher los una en matrimonio”. Esa muesca se ve reforzada porque
el caballo del cochero defeca cuando se alejan. El acercamiento
entre lo bohemio y lo burgués es sólo temporal: si
ambos estuvieran sobrios y menos cansados, ¿cuánto
tendrían en común?.
La escena en que Bloom le muestra a Dedalus una fotografía
de una Molly mucho más joven puede interpretarse de varias
formas. En un sentido la foto completa la imagen de la nueva “sacra
familia” a la que Stephen se ha unido(a la vez que asegura
que la invitación a casa de Bloom no tiene tintes homosexuales).
Quizá no homosexuales, pero sí homosociales. A lo
largo de todo Ulises Bloom muestra gran necesidad de compañía
y de aprobación masculina. Asiste al funeral de alguien a
quien apenas conoció, como si estuviera ansioso de unirse
a un ritual sagrado con otros hombres. En “Sirenas”,
sentado al lado de Richi Goulding, Joyce describe a los dos hombres
como “matrimoniados” por el silencio del pub. Quizá
en el gesto de Bloom hacia Stephen existe un deseo homosocial de
compartir la contemplación de su mujer con otro hombre. En
“Ítaca” parece excitarle la posibilidad de que
otros hayan sido amantes de Molly.
De vuelta en Eccles Street, acompañado por Stephen, Bloom
se vuelve aún más andrógino. No le molesta
la ausencia de luz en la oscura casa. Cada uno parece dueño
de uno de los polos que conforman a una persona entera, en donde
Sephen representa lo artístico y Bloom lo científico.
Y, sin embargo, su matrimonio psíquico resulta ser un poco
como la unión sexual de Leopold y Molly: una zona de no-intersección
y de no-ficción en donde uno está embrujado por el
otro; comparten su mutua soledad, pero nada más.
Con frecuencia la bohemia era un medio de vida artístico
para los fallidos estudiantes de medicina y para los abogados proscritos.
Joyce, sin embargo, era un gran trabajador que huyó de todo
eso para escribir su portentoso Ulises. Nunca buscó la pobreza
de moda sino, por el contrario, dinero para escapar de ese mundo.
Lejos de representar la táctica de los bohemios de alejarse
de la vida diaria, trató de enfatizar la extraña redención
de lo cotidiano. Ulises se publicó justo en el momento de
la historia del Surrealismo en que lo bohemio se convertió
en la forma avant-garde de la publicidad. Bloom condensa todas estas
tendencias en su amor por los estribillos publicitarios, en su apertura
al arte al que considera un trabajo productivo, en su deseo de saborear
Nighttown. En una forma algo similar, Joyce empleó los recursos
del dinero, de los libros y de las revistas para publicitar Ulises,
a la vez que mantenía una postura muy respetable y burguesa
(nunca usaba malas palabras al hablar, sólo en su escritura)
para proteger su propia privacidad.
De hecho, en 1922, cuando Ulises salió a la venta en las
calles de París, en esa ciudad la guerra entre bohemios y
burgueses llegaba a su fin, conforme el arte comercial empleó
cada vez más las técnicas de los surrealistas. En
las décadas siguientes, los bohemios de Francia, Inglaterra
y los Estados Unidos rompieron sus viejas ataduras y ayudaron a
crear el estilo de vida consumista de las nuevas clases medias (lo
que después se llamaría “modernismo en las calles”.)
A partir de las condiciones particulares de Irlanda, Joyce asumió
que nunca había existido un conflicto de raíz, y probablemente
eso ayudó a asegurar su rápida asimilación
al canon. Uno de los extraños resultados de esto es que,
un libro que empieza satirizando la casa de estudiantes Haines de
Oxford como ejemplo del turista literario inglés, genera
miles de visitantes de este tipo que retacarán los hoteles
de Dublín para celebrar el centenario de Bloomsday.
La esencia del Modernismo irlandés siempre ha sido el trabajo
arduo y la producción literaria. Aunque a Yeats le gustaba
hablar de sprezzatura, le gustaba creer en la maldición de
Adán y en “la fascinación de lo difícil”,
igual que lo hicieron todos sus predecesores, desde Swift hasta
Shaw, desde Goldsmith hasta Wilde, a quienes Yeats disfrutaba llamar
“aristócratas anglo-ingleses” pero que, de hecho,
eran protestantes burgueses con una fuerte ética de trabajo.
Por su parte, la apariencia que daba Joyce de ser un bohemio francés
era sólo superficial: el bastón de Stephen es menos
el del flaneur parisino que el bastón ceremonial del joven
bardo de Gaeldom. Y el tan publicitado hábito de Joyce de
escribir recostado en la cama se basa menos en Oblomov que en la
tradición de los antiguos bardos. Para Joyce la burguesía
era algo que —al igual que el proletariado— aún
estaba por crearse en Irlanda, así que le pareció
glamorosa e incluso misteriosa. Materializó en el personaje
de Leopold Bloom su sueño de un irlandés absolutamente
burgués, que puede disfrutar de los encuentros fortuitos
con otros, y que en las calles se siente como en casa.
Pero, en 1922, la figura burguesa ya estaba condenada y unas décadas
después sería reemplazada por la clase media. La ciudad
de Bloom no estaba planificada, conservaba su aura rural, pero era
muy cívica. Pronto la clase media urbanizaría toda
la civilización, cuya arquitectura y cuyos centros comerciales
están planeados de una manera tan absoluta que vuelven cada
vez más imposibles los encuentros fortuitos entre las personas.
Bloom mismo carga las semillas de esta degeneración en el
sueño de un publicista que imagina una villa en los suburbios
de Dundrum (Bloom Cottage, St. Leopold´s Flowerville.)
Al igual que todos los demás personajes de Ulises, Bloom
es una “street person” (alguien que vive en la calle),
pero no en el sentido degradatorio que tiene hoy. Como lo ha demostrado
Jane Jacobs, hoy ya no existen ni la calle cívica ni la multitud.
La celebración que hace Dublín de Bloomsday es, en
realidad, un lamento por los días en que la ciudad todavía
podía recorrerse a pie y no estaba blindada por la existencia
de cien mil automóviles que la inundan. Los dublineses de
Joyce circulaban de manera impredecible y fue justo eso lo que hizo
posible que Joyce renovara su estilo narrativo en cada episodio
y dejara abierto el sentido de posibilidad. Lo que Joyce mostró
es que el crecimiento -el encuentro con otros- es más una
cuestión de alegre accidente que de diseño deliberado.
Es lo que les sucede al viejo Leopoldo y al joven Stephen, cuando
el deseo de superioridad se desgasta y cuando las viejas rutinas
se desafían, pero las nuevas prácticas que podrían
reemplazarlas aún no toman forma.
Kiberd (Dublín,
1951). Alumno de Richard Ellmann y profesor en University College,
Dublín. Autor de Inventing Ireland (1977), que le mereció
el Irish Times Literary Award y el Oscar Wilde Award for Literary
Achievement.
Traducción de Laura Emilia Pacheco
©Declan Kiberd/ Times Literary Supplement,4 de junio de 2004.
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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